jueves, 27 de mayo de 2010
Una de Sabina y Gurruchaga
lunes, 24 de mayo de 2010
Las crónicas de sangre de Pascual Duarte
Siempre me he preguntado qué le pasa a todo el mundo (y en especial a muchos españoles) con las novelas de don Camilo: de un tiempo a esta parte, parece haber pasado del pedestal de mármol al rincón de cachivaches, y su nombre cada vez suena menos, como no sea para mencionar el tipo de literatura que "no debe hacerse". Y trato de comprender, y me arranco los pelos y me destapo la cabeza y me devano los sesos, y no lo logro. De hecho, creo que el día que tenga la suerte de conocer España voy a detenerme frente a cada busto de Cela que encuentre (creo que hay unos cuantos) y voy a recordar alguno de sus pasajes.
Y es que yo no sé cuántos estarán de acuerdo conmigo, pero creo que Cela fue uno de los escritores de prosa más intensa, dura y poética de la narrativa española. Alguna vez he echado laureles y flores al referirme a La colmena, en este mismo blog. Ahora, hablo de un libro muy distinto, menos total quizá, y que puede que peque de ser algo desigual, pero que no deja de ser una lectura que no dejo de agradecer cada vez que vuelve a mi memoria: La familia de Pascual Duarte, novela de corte realista, que es sórdida en el mejor de los sentidos (como lo será luego La colmena): en el desarrollo psicológico de sus personajes (uno, en este caso, que es Pascual Duarte), que nos obligan a poner en tela de juicio los valores de la ética para, al final, acpetar que hay que colgarlos de los talones para buscarles los piojos.
Más que urbana, suburbial. Dura y cruda, narrada con violencia y prepotencia, en voz de grito o de lamento la mayor parte de las veces. En pocas palabras, una novela con verdadera personalidad, absorbente no sólo por el personaje a cuyos andares asistimos, sino también por la secreta poesía con que está escrita. Esto no tengo ni que escribirlo, pero lo haré por si las dudas: Camilo José Cela fue un verdadero poeta en su prosa. Un genio, además, que supo articular maquinarias narrativas verdaderamente escalofriantes, portentosas, que logran dar la vuelta de tuerca exacta para generar en nosotros, sus lectores, eso que jamás pensamos que sentiríamos frente a páginas semejantes: ternura. Una ternura enfermiza, es cierto, y que convive mano a mano con el temor y la angustia. Pero ternura al fin y al cabo, y para sorpresa de todo el mundo.
Lentamente, los nubarrones del olvido parecen cernirse sobre la novela con la que Cela logró, alguna vez, revolucionar el universo literario de España. Pero, como la misma novela reza, "Hay hombres a los que se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a los que se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas". Y ese fue, desde su primera página de vida, el camino de Pascual Duarte. Para ahogarse lentamente en el polvo de los años, quizá; pero, también, para encontrar, una que otra vez, un nuevo lector que pase sus páginas lentamente y con la mirada muy fija, que al final se despedirá del bueno de Pascual agradecido y algo tembloroso, como fue mi caso.
Pero no quisiera despedirme sin antes recordar una anécdota (otra de las tantas) de Cela, esta vez en relación a La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Cuenta don Camilo en una entrevista que, cuando se enteró de que el libro había llegado a las librerías, se fue a la más cercana y, luego de cerciorarse de que su novela estaba sobre la mesa de novedades, se quedó esperando a ver si alguien lo compraba. Al rato entra un hombre mayor, que se detiene unos momentos frente a la mesa de novedades y, ¡oh sorpresa!, toma su libro, lo hojea unos momentos y lo vuelve a dejar en el lugar donde estaba. Luego se dirige a otro lado de la librería, toma un libro de Julio César (creo que el de la Guerra Civil) y, de camino a la caja, vuelve a detenerse junto a la mesa de novedades, vuelve a hojear la novela de Cela, y se la lleva a la caja, paga, y sale con ambos libros. El joven Camilo José, emocionado, lo sigue hasta la calle, se le acerca y le pregunta si no quiere que le firme su libro. El hombre, algo atónito por la sorpresiva increpación, ve el libro que lleva consigo, la Guerra civil de Julio César, vuelve a mirar a Cela y, de pronto, sale corriendo. Claro: ¿quién, se habrá dicho, es este loco que jura ser Julio César?
Anécdotas aparte, me permitiré insistir todavía una vez más: dense una oportunidad y no dejen esta novela de lado antes de haber recorrido sus páginas. Que puede que no les guste, de acuerdo, pero vale la pena intentarlo. Al fin y al cabo, puedo asegurarles que, para bien o para mal, es una novela que merece una lectura atenta, y que es perfectamente capaz de colárseles en la médula misma de los huesos, si se andan sin cuidado. ¿Es necesario decir algo más?
sábado, 22 de mayo de 2010
Una de Cela
Filosofía cruda
Más allá del morbo, de la "perversión", de la crueldad con que concebía (y realizaba) los actos sexuales, el Marqués de Sade fue un verdadero hombre de su siglo: ilustrado al mejor estilo francés, dotado de esa sensibilidad que antecedería en su patria al romanticismo. Fue un hombre de clase, pero vio que esa sociedad que lo hubiera abrazado se podría sin una gota de sutileza.
Si los comparamos con el mar de lectores que ha tenido Sade, han sido muy pocos los que han notado las múltiples dimensiones críticas, sociales, políticas, religiosas y filosóficas que se encuentran en esas líneas llenas de penes, semen, culos (sobre todo culos) y gritos donde el dolor y el placer siguen confundiéndose. Si uno repasa, sobre todo, sus cuentos, se encontrará no sólo con un dedo que señala la paja del ojo ajeno, sino que además se dará con la sorpresa de que algunos de ellos ni siquiera hablan de sexo. Éstos fueron, en su mayoría, escritos en la juventud del Marqués: con el paso de los años, parece que ya no le bastó con hacer críticas, sino que hacía falta derrumbar el universo entero.
La obra de Sade es una costante acusación contra la hipocresía, de todo el mundo y de todos los géneros. También la sexual: es decir, ¿por qué hacer de la sodomía un crímen si es, a su modo de ver, la forma en que más se goza de los placeres sexuales? Pero sus grandes obras (Justine, Los 120 días de Sodoma, La filosofía en el tocador) ya dan un paso que es violento no sólo en cuestiones de tema y estilo, sino también en términos filosóficos. Lo que hizo Sade fue, a resumidas cuentas, proponer un sistema de la anti-ética, que se fundamentaba en la naturaleza primaria y más instintiva del hombre. La sociedad, vista así, era la construcción de una gran mentira antinatural; la ética sólo negaba lo que el cuerpo buscaba con desesperación: el placer, el morbo, todo aquello que las buenas costumbres habían converido en un tabú. No es de extrañar que detestase a la religión, como principal responsable de esta censura.
¿Y no es todo esto, en cierto modo, parte de lo que Freud, y luego Jung y Marcuse, afirmarían? ¿Qué es si no el id y su tensión constante con el superego, qué el "principio de realidad" que Marcuse veía oponerse al "principio del placer" a niveles macro-sociales; qué los arquetipos simbólicos de Jung, que tan a menudo se relacionaban a lo sexual y a lo fálico? Y eso sólo por una parte: ¿no es el irracionalismo naturalista que propone Sade un antecesor también de algunas perspectivas contemporáneas que, si bien fueron muy distintas, guardan algunos puntos en común? Heidegger, Jaspers o Sartre, por ejemplo.
Recuerdo que me llamó mucho la atención el descubrir que Bertrand Russell había incluído en su Historia de la filosofía occidental todo un vasto capítulo sobre Lord Byron; del mismo modo, me ha sorprendido siempre que los filósofos no recuerden que hubo uno que se hizo llamar del mismo modo, y que construyó las bases de una filosofía cuyo único "pecado" era el de tener consecuencias que sólo podrían parecernos catastróficas, de paso que cruel. El Marqués de Sade permite lecturas muy curiosas, desde más de una perspectiva. ¿Por qué quedarnos sólo con la obvia? Claro que siempre seguiremos disfrutando sutil y, quizá, secretamente con todos los excesos y la brutal sexualidad del Marqués; pero, poniendo las cosas en claro, ¿por qué no, de paso, llevar estas lecturas a otros marcos?
martes, 18 de mayo de 2010
Ha muerto un Poeta
Para muchos de los que habitan este rincón del mundo, aquende el Atlántico, el nombre de Sanguineti no singifica nada. Pero, para los europeos y, sobre todo, los italianos de los alláes, ese nombre es, para bien o para mal, grande. Como Pasolini, Sanguineti fue un crítico de su sociedad, un autor de gran precisión crítica y un agradecido lector de Gramsci. Pero el recién fallecido tuvo otra mirada, ciertamente, y su participación codo a codo con las vanguardias de los sesenta hablan mucho de ello, de paso que su negativa a marcharse de un campo de batalla que casi todo el mundo había abandinado con la llegada del nuevo milenio, cuando seguir metido hasta la nuca en la Izquierda Radical parecía una cosa digna de ser trasladada al manicomio.
Bien, he de recordárselo a todo el mundo: la política no me interesa, y si Sanguineti pensó tal o cual cosa respecto de ésta me trae, en realidad, sin cuidado. Admiraré, sí, su pasión, su fervor, su siempre renovado y revisado espíritu crítico, que no se dejaba pisar ni intimidar. ¿A quién se le ocurre hacer una relectura marxista de la Divina Comedia? Bueno, a muy pocos, y entre ellos a Sanguineti. Pero una rlectura muy bien argumentada, y bien cargada de coherencia. Ya lo saben, cada loco con su tema.
Lo más importante, para mí, seguirá siendo el hombre que escribió los versos y las novelas (que por desgracia no he leído aún), y que se ha ido. Voy a invocarlo aquí desde el blog de mi amigo Víctor Coral, que ha transcrito un par de poemas suyos, y seguiré con la copa en alto, por lo menos hasta que alguien se decida a completar este brindis. Salud, Sanguineti, salud...
24.
he enseñado a mis hijos que mi padre fue un hombre extraordinario: (podrán
contarlo, así, a cualquiera, si quieren, con el tiempo): y después, que todos
los hombres son extraordinarios:
y que de un hombre sobreviven, acaso,
unas diez frases, tal vez (metiendo todo junto: los tics,
los dichos memorables, los lapsus):
y estos casos son los más afortunados:
36.
cuando te nado dentro, en mi estilo libre (profesional, casi: medio
mixto, en cualquier caso), buceo, retengo mi aliento, y (entrecerrando,
cerrando mis ojos) abro mis brazos, separo mis piernas,
pelo mi plátano (y lo encapucho):
me hago el muerto, me encorvo, me balanceo:
todo aquí: (pentagonal y a estrella, si te parece, soy inscribible en mi propio cerco)
domingo, 16 de mayo de 2010
Y treinta años después... ¿la memoria?
Alguna vez, en este mismo blog, he atacado la censura de que es objeto Sendero Luminoso y todo aquello que se refiera a él y a sus miembros, y lo he hecho porque descreo íntima y profundamente del silencio forzado, de la patologización de las ideas (que al final recrudecen en tumores, y ahí no queda otra que temblar, salir huyendo o pegarse un tiro antes de que caiga el diluvio) y, sobre todo, del discurso ético y social moderador y autoimpuesto de un Estado que es tan o más violento y cruel que los "malos" de la película. Pero una cosa es una cosa y otra es otra: yo defenderé siempre su derecho a hablar, pero no firmaré nada de cuanto me pasen. La intolerancia siempre es un error; y, cuando echa mano de la violencia y el terror, pues muchísimo peor para todos esos humanos con "h" minúscula que están de por medio.
Memoria, pues, de tiempos terribles, en que la barbarie sembró a la barbarie para hundir al país en una cruenta guerra civil, con muertos por todas partes, olor a amenaza en las calles y fosas comunes que se iban llenando, no diré que lentamente. Un momento que nos recordó que los buenos también pegan duro, porque la respuesta de los militares y del Estado fue jugar la misma carta que sus enemigos, para terror de los que seguían estando al medio, y que sumió al Perú en una de sus más graves crisis morales y sociales. "¡Por suerte ya pasó!"
No, no... no hay que celebrar, ni sonreír siquiera. La pura verdad es que parecemos un pabellón de amnésicos y locos en el gran hospital del mundo dirigido por Kafka o por Cela. La bandera de la paz que ondea sobre los Andes está manchada de sangre, y Sendero Luminoso sigue en actividad, pese a que su líder esté encerrado, y ahora se habla en algunos círculos de los "terrores" del narcoterrorismo (de los que aún no estoy tan enterado como para asegurar que espanten de verdad; no vaya a ser otro de esos cuentos para asustar a los niños que se inventa el Estado). Además, hay otras cosas, de las que se habló mucho y subiendo la voz a tono de grito en su momento, y que ya no se comentan más: ¿qué pasó con Bagua y sus montones de desaparecidos, los alzados muertos incinerados y fondeados en los ríos? ¿Qué se hizo de aquella misión, realizada en esos mismos años (hay quien dice por ahí que para "tapar" un poco lo de Bagua), en que los miembros del ejército arrasaron con los pequeños grupos senderistas, que si discutían mucho y se pasaban los contratos para el comercio de drogas por encima de la mesa, en el fondo no hacían nada más terrible que sentarse a tomar un café y soñar con tiempos "mejores"? La violencia, señores, se sigue sirviendo caliente en nuestras picanterías.
No dudo que la memoria tiene mucho que hacer en nuestras vidas. Pero recordar es también un cáncer necesario, una cicatriz que nos puede ayudar a prevenir todas esas cosas que ya nos han pesado bastante. Claro que esto es sólo un punto de vista personal, que parece pecar de esperanzado. En el fondo, sé que la violencia va a seguir allí, fatal y necesariamente. La esperanza me parece inconcebible, pero sí creo que nuestra actitud hacia todas estas cosas es, todavía, capaz de dar un paso que no sea el de la cirugía estética para borrar la sombra que nos han dejado las heridas, con el veneno aún bajo la piel. Sentémonos, pues, con un café, y recordemos mientras el humo se suspende ante nuestros ojos, o sale lentamente por la ventana, a recorrer otros vientos.
sábado, 15 de mayo de 2010
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Búsqueda: todo un problema filosófico
Y ahora lo que muchos de ustedes se preguntarán: ¿pero qué coño se ha fumado este, y de qué carajos está hablando? No se preocupen, que no es que divague sólo porque tengo dedos para tipear y un lenguaje del que abusar. Quiero hablar, más bien, de ese problema que la filosofía se ha planteado desde sus inicios mismos, y que ha seguido en pie y reformulándose a lo largo de los siglos, a ver si para ir a caer en el cubo de la basura o qué. Porque, ¿qué es lo que implica, realmente, el mirar hacia el mañana, el proyectar-se, la búsqueda? Y una pregunta urgente: ¿qué deberíamos esperar?
Será porque la vida es todo lo que puede conocer (de hecho, es la condición de cualquier forma de todo); lo cierto, es que el hombre siempre ha tenido una relación bastante complicada con la muerte. En la antigüedad (y esto ya nos lo dice Coulanges), las primeras sociedades pre-civiles y, luego, las civiles se formaron con una mira común: el culto a los muertos, a los manes de la familia. Claro que, así, proyectaban no sólo la existencia de sus seres queridos a un plano al que nadie les había dado el derecho (ya decía Sabina que la muerte no acepta propinas), sino que eran, también, sus propias condiciones de existencia las que quedaban aseguradas. Los hombres antiguos no temían a la muerte; tampoco es que la buscaran: para ellos, morir era tan natural como estar vivo.
Pero las cosas fueron cambiando, y muchos filósofos empezaron a mirar los cementerios con un escepticismo creciente: después de todo, quizá era hora de reformular esa pregunta que Parménides les había dejado: ¿Por qué el ser y no la nada? Era el momento de tomar plumas, papel, máquina de escribir o computadora y ponerse a trabajar. Dios mío, ¿qué iba a ser de la humanidad?
El existencialismo fue la gran afirmación contra la trascendencia: digamos que si Nietzsche ya había declarado la muerte de dios, hombres como Sartre llegaron para acribillar sus restos sobre la tierra a ráfagas de ametralladora. De nuevo, la muerte era el gran tema: Heidegger le había dado un lugar eminente en su análisis existenciario del "ser", relacionándola al tiempo y haciendo notar su relevancia y consecuencias como gran condición existencial que es. Sartre, que escribió bajo su influencia, llevaría a todas las almas (y para colmo sonriente) al matadero, llegando casi a optar por la segunda opción de la pregunta de Parménides: la nada. Ni siquiera un pensador tan bonachón y deseoso de optimismo como Jaspers, que se debate él mismo al no encontrar lugar para sus esperanzas, tiene que terminar aceptando la innegable inmanencia del hombre, que sólo puede conocer la trascendencia como un horizonte envolvente y siempre futuro. Una gran esperanza frustrada, y que no se cansa de darse contra las paredes, más o menos. El cielo, de pronto, ya no estaba estrellado; cloacas por todas partes.
Pero el existencialismo es demasiado obvio; ¿qué hay de los otros? La epistemología, la fenomenología, la filosofía del lenguaje y todas las demás, ¿no buscan, en el fondo, un sustento para dar pie a la existencia? Wittgenstein lo creía así, y por más fría que fuese la disciplina o la obra, siempre había una angustia profunda latiendo en el pecho de cada filósofo, empujándole a dar un paso más en el filo de la navaja, a ver qué pasa al final, con una pregunta grabada en los labios cerrados: ¿se le podrá arrancar todavía a dios una sonrisa?
A ver a dónde nos lleva todo esto: yo, por lo menos, creo que una de las virtudes a las que tendría que aspirar el hombre contemporáneo es a la sana y sonriente resignación. La muerte está allí, y el que se muere se muere. Y, bien visto el asunto, hasta tendríamos que agradecer el que así sea, porque al final los años tienen que ser agotadores, y un descanso bien merecido, pues bueno... es un descanso bien merecido. Pero soy de los pocos que piensan así: como me lo dijo mi padre alguna vez, la mentalidad del hombre a cambiado, y en lugar de ver el ciclo de la vida como nacer-crecer-alimentarse-reproducirse-morir (lo más natural del mundo, y nada de lágrimas, por favor), hoy prefiere verlo así: nacer-crecer-alimentarse sano-estudiar-hacer dinero-si se puede, aplastar al resto-reproducirse-tratar de no morir. ¿Y para qué? Ni la salud ni la vida habían estado alguna vez tan sobrevaloradas, y el hombre de nuestro siglo padece, en los huesos mismos, de un terror sin precedentes, tanto al poder-no-ser como al ser (¿qué sería de ellos sin ese sistema lleno de frivolidades detrás?).
En cuanto a mí, repetiré por enésima vez que no veo por qué tenga que ser así, y haré mías las palabras del Marqués de Sade cuando escribió que no hay por qué temer al sistema de la Nada: es consolador y simple. Que esta sea una reflexión especial por mi cumpleaños, recién acaecido. Y a ver si abrimos un poco los ojos y nos dejamos estar en paz.
miércoles, 12 de mayo de 2010
ATA: por amor al arte

Por amor al arte, sí... y es que ATA podría leerse, también, como tres palabras sueltas que, juntas, tienen un sentido muy especial: Afición - Toros - Arte. Vivir y gozar de cada instante de la pasión que se está jugando allí, no debajo sino al frente, sobre la arena, entre el hombre y el toro, esos dos sujetos que, de pronto, se convierten en todo lo que existe en el universo, que tratan de leerse uno al otro, ser el uno en el otro, pero sabiendo que sólo uno de los dos puede llevar los laureles a casa. No, señores: esta vez no quiero detenerme en todo el debate moral que se cierne sobre la tauromaquia; sólo quiero hablar de la Fiesta Brava como un amante de la pintura habla de un Van Gogh: abandonándome a ello.
Y es que, al fin y al cabo, ¿no es ése el espíritu que guía al torero? Y, en este caso, a la Asociación. Una afición compartida, que va de la mano con la fraternidad, las risas, el consejo, el cariño y, por qué no, las canciones y las copas. Han sido largos años desde que mi abuelo, José Alfredo Bullard, se reuniese un 6 de diciembre de 1968 con sus amigos Fito Matellini, Rafael Puga y Raúl Aramburú para fundar esta sociedad; desde entonces, muchos nombres han ido sumándose a la lista, dispuestos a encarar al toro con valor, pasión y esa extraña forma de cariño y empatía (aunque más de algún escéptico no esté dispuesto a creerlo) que surge entre ambos en ese tiempo en que ambos se juegan la vida mano a mano, entre el estoque y los pitones.
Digan que me pongo sentimental si quieren: es absolutamente cierto. ¿Cómo no hacerlo, ya que toco un tema como este, que llevo tan atado en tradición, afición, familia y amigos? ¿Cómo no hacerlo si no puedo dejar de sentir cómo bulle la sangre en mis venas mientras escribo estas escasas líneas? Venga, vamos a llevar esto a su máxima nota: adjunto, como epílogo, un videíllo. La canción es el Himno de la ATA, compuesta, escrita y cantada por mi abuelo, "papapa" Bullard en persona, con los hermanos Bullard (sus hijos, entiéndase mi padre y sus hermanos) en el coro y el Joven (alias "Iván") Goicochea en la guitarra; grabado bajo la tierna mirada del maestro Ernesto Hermoza. Las fotos que componen el video, hay que dejarlo dicho también, son todo un documento, pues recorren muchos de los años de la ATA. ¡Un brindis bien alto por la afición! ¡Olé, coño, olé!
lunes, 10 de mayo de 2010
Hablando de toros: Mosterín contra Vargas Llosa
Muchos sabrán que los toros son tema del día: sobre todo en España, donde ya empieza a hablarse seriamente de prohibir las corridas en Cataluña. En este mismo blog, comenté una apología de la Fiesta Brava que hizo Fernando Savater; poco después, Mario Vargas Llosa realizó otra, muy interesante y bien argumentada, de paso. Y, hoy, mi madre me ha enviado al correo un artículo publicado por el filósofo español Jesús Mosterín, donde se trata de echar abajo a ambos autores. Copio a continuación su texto:
La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa cuando vemos a otro sufriendo. Esta capacidad puede ejercitarse y afinarse o, al contrario, embotarse por falta de uso.
Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.
El pensamiento indio, y en especial el budismo y el jainismo, consideran que la ahimsa (la no-violencia, la no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el principio central de la ética. En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus continuas cacerías, no se le ocurre otra cosa que salir ahora en defensa de la tauromaquia. Más le valdría identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III, que prohibió las corridas de toros, que con el cutre y absolutista Fernando VII, que las promovió.
El conocimiento facilita la empatía. Como decía Francis Crick (el descubridor de la doble hélice), los únicos autores que dudan del dolor de los perros son los que no tienen perro. Muchos españoles no dudan del dolor de los perros ni de los toros. Cuando un degenerado cortó con una sierra eléctrica las patas de los perros de la perrera de Tarragona y los dejó desangrarse hasta la muerte, más de medio millón de españoles estamparon su firma en una petición al Congreso exigiendo la introducción del maltrato animal en el Código Penal. En Cataluña todas las encuestas indican una gran mayoría a favor de la abolición de la tauromaquia, solicitada al Parlamento catalán por más de 200.000 firmas. Yo conozco a varios firmantes de la petición; todos lo hicieron por compasión, ninguno por nacionalismo.
Los defensores de la tauromaquia siempre repiten los mismos argumentos a favor de la crueldad; si se tomaran en serio, justificarían también la tortura de los seres humanos. Ya sé que los toros no son lo mismo que los hombres, pero la corrección lógica de las argumentaciones depende exclusivamente de su forma, no de su contenido. En eso consiste el carácter formal de la lógica. Si aceptamos un argumento como correcto, tenemos que aceptar como igualmente correcto cualquier otro que tenga la misma forma lógica, aunque ambos traten de cosas muy diferentes. A la inversa, si rechazamos un argumento por incorrecto, también debemos rechazar cualquier otro con la misma forma. Incluso escritores insignes como Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, en sus recientes apologías de la tauromaquia publicadas en este diario, no han logrado formular un solo argumento que se tenga en pie, pues aceptan y rechazan a la vez razonamientos con idéntica forma lógica por el mero hecho de que sus conclusiones se refieran en un caso a toros y en otro a seres humanos.
Ambos autores insisten en el argumento inválido de que también hay otros casos de crueldad con los animales, lo que justificaría la tauromaquia. Savater nos ofrece una larga lista de maltratos a los animales, remontándose nada menos que al sufrimiento infligido por Aníbal a sus elefantes cuando los hizo atravesar los Alpes. En efecto, debieron de sufrir mucho, pero no más que los soldados, la mayoría de los cuales no lograron sobrevivir a la aventura italiana del caudillo cartaginés. Si esto fuese una justificación del maltrato animal, también lo sería del maltrato humano y de la agresión militar. Vargas Llosa pone el ejemplo de la langosta arrojada viva al agua hirviente para dar más gusto a ciertos gourmets. Esto justificaría las corridas, pues también las langostas sufren. También es cruel la obtención del foie-gras de ganso torturado, pero por eso mismo el foie-gras ya ha sido prohibido en varios Estados de EE UU y en varios países de la UE. En cualquier caso, sabemos que los toros sienten dolor como nosotros, pues el sistema límbico y las partes del cerebro involucradas en el dolor son muy parecidos en todos los mamíferos. El neurólogo José Rodríguez Delgado hizo sus famosos experimentos para localizar los centros del placer y el dolor en el cerebro de toros y hombres y no encontró diferencias apreciables. Desde luego, el mundo está lleno de salvajadas y crueldades contra los animales humanos y no humanos, pero este hecho lamentable no justifica nada.
Se aduce que la tauromaquia forma parte de la tradición española, como si lo tradicional fuera una justificación ética, lo que obviamente no es. Todas las costumbres abominables, injustas o crueles son tradicionales allí donde se practican. Vargas Llosa siempre ha polemizado contra la corrupción y la dictadura en América Latina, pero ambas son desgraciadamente tradicionales en muchos de esos países. También ha puesto a Chile como ejemplo a seguir por los demás países sudamericanos. Pero Chile prohibió las corridas de toros hace ya dos siglos, el mismo día y por el mismo decreto que abolió la esclavitud.
Antes los caballos salían a la plaza de toros sin protección alguna y durante la suerte de varas casi siempre acababan destripados y con los intestinos por el suelo. Por otro lado, como los toros no querían combatir y huían, les introducían en el cuerpo banderillas de fuego (petardos que estallaban en su interior y desgarraban sus carnes), a ver si así, enloquecidos de dolor, se decidían a embestir. En 1928 al general Primo de Rivera se le ocurrió invitar a una elegante dama parisina, hermana de un ministro francés, a una corrida de toros en Aranjuez. Cuando la dama empezó a ver la sangre brotar a borbotones, los intestinos de los caballos caer a su lado y los petardos estallar dentro de los toros, casi le dio un patatús de tanta repugnancia e indignación como le produjo el espectáculo. El general, avergonzado, ordenó al día siguiente que se cambiase el reglamento taurino, suprimiendo los aspectos que más pudieran escandalizar a los extranjeros, a quienes se suponía una sensibilidad menos embotada que a los aficionados locales.
Los toros pertenecen a la misma especie que las vacas lecheras, aunque no hayan sido tan modificados por selección artificial. Son herbívoros y rumiantes, especialistas en la huida, no en el combate, aunque en la corrida se los obligue a defenderse a cornadas. Los taurinos dicen que la tauromaquia es la única manera de conservar los toros "bravos". Pero hay una solución mejor: transformar las dehesas en que se crían (a veces de gran valor ecológico) en reservas naturales. Algunos añaden que, puesto que no se ha maltratado a los toros con anterioridad, hay que torturarlos atrozmente antes de morir. ¿Aceptarían estos taurinos que a ellos se les aplicase el mismo razonamiento?
Bueno, pero Mosterín también cae en algunos vicios argumentativos (de hecho, cualquier argumentación lo hace, de un modo u otro). Claro que él parte de una noción bastante ambigua, que es la del progreso moral universal, tal y como lo defendió Darwin, según el cual todas las sociedades progresan éticamente hacia una moral universal fundamentada en la compasión. Y este argumento sobre el que se basa Mosterín es harto debatible; después de todo, implica que una moral es superior a otra, lo que es decir que una serie de prácticas son mejores que otras, que es decir que unas sociedades son mejores que otras, y de ahí al etnocentrismo (que es una de las malas tendencias que occidente no se cansa de repetir) y a la intolerancia. Yo, por lo menos, creo que invocar universales es siempre un error: mucho más atinado me parece situar las definiciones que hacen la disputa dentro de un enfoque o contexto determinado. Una sociedad, con sus códigos éticos y todo lo demás, no es superior o inferior a otra, sino sólo diferente; el problema es cuando dos sociedades se encuentran, ya que lo que una considera la Verdad no va de la mano con lo que la otra entiende por la misma palabra, y entonces una (la más poderosa, normalmente) va a imponerse sobre la otra. Si buscas casos en la historia, vas a encontrar miles: desde las guerras griegas y las conquistas romanas hasta la aparición de los medios de comunicación masivos, o la de Internet. Siempre hay un discurso que trata de adaptar los discursos "menores" a sus prejuicios, intenciones y creencias. Por eso es tan fuerte el debate entre el respeto a la tradición y las posturas que proponen una ética absoluta y que se oponen a toda práctica que ELLAS consideran "despreciables", "crueles" o "inhumanas" (meras palabras, que se definen DESDE un sistema de creencias que, normalmente, las considera universales). De nuevo: no se trata de que una sociedad, o un discurso, sea mejor que otra, sino que es diferente. Y, luego, entra el gran problema del respeto a los derechos ajenos y la tolerancia, que es materia de otro debate.
En todo caso, creo que es mejor, aún para un toro, morir en el ruedo que en un sórdido y sucio camal, ¿no? De todos modos, el destino del animal va a ser el mismo. Soy el primero en defender que los animales tienen derechos, pero eso no deja de significar que esté justificado el matarlos bajo ciertos parámetros y vedas. Una cosa es la organización institucional de los toros en la fiesta brava, y otra muy distinta legalizar la caza de ballenas durante diez años (que es lo que ha propuesto el CBI, para tomar una resolución en junio): lo primero, ya lo dije, responde a una organización articulada en vistas a una serie de características propias de la fiesta: fechas, tiempo de crianza, etc. Lo segundo requiere tomar en cuenta otros factores: estado de amenaza de las especies, rutas y temporadas migratorias, etc. Todo muy específico. En otras palabras, un contexto radicalmente distinto. Y así en lo que refiere al trato de cada especie.
No sé lo que pienses de mi argumentación. De todos modos, se mueve en las mismas aguas que la de Mosterín. En filosofía, yo soy de los que defienden que no se trata de cuál sea LA verdad, independiente de todos los pormenores, sino que los segundos definen a la primera. Como ya dije, hablar de universales me parece un error; y, en ciertos casos, de un error peligroso.
Después de esto, hay mucho que agregar a mi postura (y seguramente a la contraria también), pero nada que decir por el momento. Bueno, quizá un breve pero bien clavado "Olé". A ver quién brinda conmigo.
miércoles, 5 de mayo de 2010
El Pasolini que conozco

Pier Pasolo Pasolini
Fue, quién lo podría dudar, una figura llena de paradojas e incógnitas. Un hombre apasionado, pero cuyo pensamiento era fino y agudo como el funcionamiento de una máquina; que destilaba un pesimismo amargo e irresistible, pero no cesaba en su lucha por ver brillar la tímida luz de la esperanza en algún punto del negro horizonte; una figura sombría que, sin embargo, reía y bromeaba con una entrega absoluta. Y, esto ya casi no es necesario repetirlo, un genio indiscutible, una de las mentes más fascinantes, sórdidas, totales, terribles e incansables de todo el siglo veinte, y aún de la Historia.
He de confesar, de paso, que la noche que conocí a Pasolini fue traumática. Serían las dos o tres de la madrugada, y yo (para variar) no podía dormir. Así que decidí que esa noche, en lugar de leer, podía ver una película, aunque no tenga la costumbre de hacerlo solo. Hacía mucho que quería ver algo de Pasolini, y tenía una de sus películas en casa: nada más ni nada menos que Teorema. Bueno, quienes han visto la película comprenderán lo que sucedió. Cuando dieron las siete de la mañana, yo seguía despierto, con los ojos como platos, y había dejado el paquete de cigarrillos casi vacío, presa de una angustia existencial de lo más cruda y desgarradora, como no la había conocido desde que leyese La náusea de Sartre (obra con la que guarda mucha relación, dicho sea de paso). Y, sin embargo, desde ese momento yo ya sabía que ésa era una de las mejores películas que había visto en mi vida, y que había ingresado a la lista de mis favoritas de un solo empujón.
Luego vinieron otras, y no dejo de sorprenderme por la magnitud, la fiereza, la sordidez y la agudeza crítica y estética de este hombre. Claro que, de paso, aprendí que Saló o le centovente giornate di Sodoma era una experiencia aún más traumática por la que no había pasado (y, por más que la haya visto cuatro veces, la experiencia siempre es un poco más dura), pero ese tipo de detalles son, precisamente, los que hacen que nos sintamos atraídos por la obra de un autor que no pone reparos en desnudar algunos aspectos de la realidad para que nosotros nos peguemos un tiro, o demos la vuelta por completo a todo lo que pensábamos y creíamos.
Casi puedo imaginar el encuentro: en un café, él con un par de tomos y el periódico de su lado de la mesa y yo con un libro del mío, con las tazas de espresso entre ambos y el cenicero llenándose de mis colillas. Tendría que esforzarme por esquivar los temas de política, pero al menos habría mucho de qué hablar en terrenos más afines a ambos: la literatura, el cine, la filosofía, la historia... Con algo de suerte, hasta podríamos soltar una que otra risa. Fuera, en la calle, una lluvia como ésas que nunca se ven en Lima.
Pero sé que esto es imposible: Pasolini fue asesinado en Ostia en 1975, y yo nací trece años después en un rincón bastante lejano en el mapa. He tenido el honor, el verdadero placer de conocerle, y él en cambio ha tenido el privilegio de nunca escuchar mi nombre. Pero soñar sale barato, y a veces es gratificante. Y, de todos modos, tengo a este hombre único en su especie para admirarlo, ponerle un "San" delante del nombre y levantar, cada vez que pueda, copas, jarras y botellas por él.
Pero no quisiera cerrar esta nota sin dejar escrita una impresión más: y es que Pasolini, por más de un motivo, bien podría haber llevado con toda justicia esa frase memorable del testamento de Bergson: "He querido permanecer entre los que mañana serán perseguidos".
En la imágen: Pasolini de pie ante la tumba de Antonio Gramsci, al que tanto admiró. Un desencuentro entre dos genios.
Una invocación a Ramón Gómez de la Serna
Tengo que convivir con la desgracia de haber nacido en un país que casi no sabe quién es Ramón Gómez de la Serna. Dicho en otras palabras, hacerse con algunos libros suyos es casi imposible. He leído cuanto he podido, y he consultado más de una colección de sus greguerías (según tengo entendido, el mismísimo Ortega y Gasset editó una), pero sólo cuento en mi biblioteca con un tomo suyo, titulado La Nardo, que compré en Buenos Aires, y que además de este relato largo o novelín bien corto incluye unos cuantos cuentos del susodicho, de los que voy a resaltar uno titulado Se presentó el hígado, que es de los mejores del tomo. Otra genialidad (de estilo heideggeriano, quién lo duda) fue titular a su autobiografía Automoribundia, y a ver si me hago con ese libro algún día.
Como escritor, no podemos cuestionar su buen estilo y su humor sarnoso; dicen por ahí que como conversador era igualmente ingenioso y divertido. Ahora les dejo, para coronar esta breve nota con un buen epílogo, un video de Gómez de la Serna, en su función de orador (hace mucho que quería poner este video aquí, en el Café). Como para no perdérselo.
martes, 4 de mayo de 2010
Una velada con Burroughs: "El almuerzo desnudo"
Ahora bien: yo creo que todos los revisionistas de la literatura del siglo XX tienen un quebradero de cabezas pendientes con la obra de Burroughs, en vista de que las palabras se les van quedando algo cortas. Y el día de hoy, yo todavía insistiré en cuestionar acerca de si es podemos llamar al Almuerzo desnudo una novela, como es usanza común entre las gentes. ¿De qué trata el libro? Según Burroughs, son sus reflexiones y apuntes, el maremoto de percepciones y alucinaciones que, como un demonio sonriente y ebrio, sobrevivieron a los quince años en que el autor se entregó, sin remordimiento alguno, a meterse todo lo que un ser humano podía meterse, desde las clásicas como la marihuana o el hash, pasando por las fuertes calibre "cocaine" o heroína, hasta las de nombres extraños aún para los más entendidos con la materia, variantes de opiáceos y demás, sin excluir la nuez moscada. Y creo que no estará de más señalarlo: la lectura de este libro es lo más parecido al efecto de las drogas que he encontrado a lo largo de mi vida.
Pero eso no es todo: El almuerzo desnudo es un viaje atrevido y sin miramientos de ninguna clase (la moral y el buen gusto hay que dejarlos a la entrada, por favor) por todo ese lado grotesco, irracional, inhumanamente humano y demencial que corre por entre las venas del hombre y de la sociedad por igual. La putrefacción, la violencia, la perversión, el horror y la sexualidad sin fronteras bajo una mirada que no teme dejar los prejuicios de lado. Caos y belleza, en pocas palabras, y muchas náuseas y carcajadas.
Eso sí: léase con cuidado. Burroughs no debe su inmortalidad sólo a la amplia gama de temas políticamente incorrectos que levantó sobre pilares de mármol, declarándolos un fenómeno estético. No: Burroughs fue un escritor duro y crudo, pero muy fino, con un fuerte sentido de la estructura y la limadura y, por si fuera poco, muy cuidadoso. El mismo Bukowski, de hecho, que compartió esta misma clase de genialidad contra toda apariencia y que, en general, despreció a los escritores de su generación en general y a los relacionados al movimiento beatnik en particular, nunca supo dar una palabra en contra de Burroughs, que yo recuerde. Sólo viene a mi memoria, de la vasta obra de Bukowski (que, hay que advertirlo, no he leído por completo aún), un capítulo de su novela Mujeres, le dicen a Chinaski (el álter-ego de Bukowski) que Burroughs está hospedado en el mismo hotel, y le preguntan si quiere conocerlo. Chinaski se niega, y nadie dice nada; pero después, mientras se dirige hacia su habitación, cruza frente a la puerta abierta de otra: dentro, mirando por la ventana, está Burroughs, que se vuelve hacia Chinaski. Ambos escritores cruzan sus miradas en silencio, y luego cada cual vuelve a lo suyo, sin haberse dicho nada. Pues eso: un silencio respetuoso. Ni flores ni escupitajos, pero respeto de por medio.
La maquinaria narrativa de Burroughs es complejísima. Por poner un ejemplo, una lectura atenta permite notar que el libro vuelve una y otra vez hacia ciertas imágenes, ideas y palabras, que van construyendo una serie de posibles cadenas de significado y Leitmotivs, probablemente bajo la influencia de nada más ni nada menos que el Ulysses de Joyce. Esto es significativo, sobre todo, por el recurso del lenguaje, que se las ingenia para ordenar el caos con tanta precisión: una estructura muy fina para un edificio grotesco, como un cuadro de Francis Bacon. Otra influencia que creo percibir en el libro es la de Dante: El almuerzo desnudo huele, ciertamente, a Infierno, pero tiene miles de detalles estructurales y temáticos que hacen pensar, definitivamente, en una obra total y envolvente, al estilo de la Commedia, donde no quede un tema que sacar a relucir, así sea mediante juegos de palabras. En este sentido, ¿quién es Dante, quién es Virgilio, quién es Beatriz? Bueno, se puede jugar con las posibilidades, pero me gusta pensar que Dante somos nosotros, los lectores, guiados por Virgilio Burroughs a conocer el Infierno sin paraísos donde reinan la droga y los excesos (Beatriz o Dios), y donde hablar de la "dignidad humana" no tiene ni el más mínimo de los sentidos.
¿Una lectura recomendable? Puede ser, pero para cierta clase de lectores. Yo, en particular, la tengo en un lugar privilegiado, pero requiere de un tipo de sensibilidad muy especial, no sólo para entenderla y soportarla, sino también para disfrutarla. Yo no sé lo que pensará la mayoría, pero no temo equivocarme al afirmar que William Burroughs es, definitivamente, uno de los grandes genios literarios del siglo pasado, además de uno de los pocos capaces de dar una vuelta de tuerca más, y aún dotada de originalidad, a lo que Henry Miller y el existencialismo habían dejado sobre la mesa de juego. Ya lo dije antes: léase con cuidado.
jueves, 29 de abril de 2010
Una copa por Gramsci
En los tiempos de la teoría crítica, Gramsci se convirtió en una suerte de mártir para la causa. Sus teorías, que iban de la mano con las de Marcuse, Adorno y Merton, y fundadas sobre la obra de Marx, marcaron fuertemente a varias generaciones italianas y del mundo, que pasaban sus hojas con las bocas abiertas. Pasolini, de hecho, le debe el título de uno de sus mejores poemarios, Las cenizas de Gramsci, y un horizonte de perspectivas que se dejan leer, con mucha precisión, en más de una de sus películas (Mamma Roma, por ejemplo; o, también, en la "Trilogía de la vida").
Hace dos días se cumplió un aniversario más de la muerte de este hombre que, tantos años después, sigue subsistiendo, ahora en la memoria, como un clandestino, en el subsuelo. En todo caso, ha dejado la celda.
Yo no soy marxista (ni ninguna otra cosa) ni en el más mínimo sentido, y la política me parece tan aburrida como los tratados de lógica de Hegel, tan indigna como el whiskey con gaseosa. Pero eso es una cosa, y no borra ni un ápice de la admiración y la reverencia que guardo por Gramsci. Tampoco la copa que, el día de hoy, levanto en su memoria.
miércoles, 28 de abril de 2010
Los mares teñidos de rojo...
Al que no esté al tanto de la noticia, pues ahí les va un panorama general del asunto: la Comisión Ballenera Internacional (CBI), integrada por 88 países, va a reunirse este próximo mes de junio en Marruecos para discutir una propuesta según la cual la caza de ballenas sería legalizada (por primera vez en 24 años, si no me equivoco) por diez años, en forma controlada, y con el curioso argumento de poder tomar las riendas de la situación ballenera actual, pues no pueden controlar los estándares de caza que existen de momento. Bueno, a lo mejor y no estaría de más informarles que, de hecho, la caza actual es en su mayor parte ilegal, descontando las actividades balleneras de países como Japón o Noruega, que practican la caza de ballenas aprovechando los espacios confusos que, entre línea y línea, están en los tratados firmados que prohíbe dicha actividad.
Pero bueno, ¿en qué andamos? ¿Es que acaso los extremistas (algo dados al idiotismo) de Greenpeace llevan la razón? Sea como sea, la situación puede ser alarmante. Les mentiría si les dijera que estoy cien por ciento al tanto de los pormenores (especies y territorios que se proponen para legalizar la caza, por ejemplo), pero lo cierto es que, tomando en cuenta que prácticamente no hay especie de ballena que no esté en peligro de extinción, o siquiera en estado de amenaza, todo esto suena a muy mal rollo. Porque claro: ya que vamos a hablar de caza legal, hagámoslo, y sin ningún problema con ello. Pero hay algunos puntos complicados aquí: la caza de especies en peligro, ¿debe ser legalizada sin las posibilidades de un control de área? Mucha gente es consciente de que los cotos de caza tienen, en un trasfondo, una propuesta de conservación de las especies, que se reproducen en espacios protegidos y en temporadas de veta. Pero esto que funciona tan bien sobre el suelo, ¿cómo aplicarlo en el mar? Y para el control de un animal que no puede ser vigilado en áreas establecidas, sino que es migratorio.
Yo no se si haga mucho eco, pero al menos desde aquí voy a dejar colgado un voto en contra de la legalización de la caza. Si a la caza furtiva va a sumarse la legal, pues yo no sé qué tanto podamos esperar para el futuro de los cetáceos, y en este tipo de casos no creo que haya un argumento económico que valga. Pero tampoco vamos a dejar de ser justos, y todavía en un contexto como este quiero levantar mi vaso, bien lleno, por México, que ya se ha opuesto a la comitiva.
Tampoco se esperen un discurso lleno de llamados morales y de romanticismo de mi parte. No soy uno de los imbéciles de PETA, ni extremista parecido. Creo, sin embargo, en la conservación de las especies, y puedo asegurarles que, desde esa perspectiva, una propuesta como esta puede ser motivo de verdadera preocupación. Abajo, pues, con esos arpones.