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jueves, 5 de mayo de 2011

Leer a Cortázar


Siempre he pensado en Cortázar como un mago de los de la antigua escuela, de esos que se las ingenian para partir guapas mujeres a la mitad, convertir el agua en palomas o sacar conejos del sombrero sin que el público pueda imaginar siquiera dónde está el truco. Tal vez, hay que admitirlo, porque no hay truco, sino sólo eso: magia. No hay ilusiones aquí.
Claro que hay que su repertorio no es como los de los demás en el rubro: un hombre que vomita conejos de tanto en tanto, otro que se convierte en el axolotl que observa desde el otro lado del vidrio en un acuario, un lector que se convierte en la víctima del libro que lee, un embotellamiento tal que da pie a la formación de comunidades en la carretera... No, no es un mago como los demás, ni es su pluma una varita cualquiera. ¿A lo que trato de llegar? Pues a eso: a decir que Julio Cortázar es uno de los autores más imaginativos, talentosos e inesperados que se hayan decidido, alguna vez, a garrapatear palabras sobre un papel. 
Hablo, claro está, de sus cuentos. Siempre he pensado que el gran error de Cortázar fue tentar otros oceános que, en el fondo, tuvieron que estarle vedados. Sus poemas no están mal, pero les falta brillo. Y digan lo que digan los amantes de la Maga, Rayuela sólo tiene de interesante el planteamiento lúdico de su estructura, porque por lo demás... bueno, pues las cosas como son: que es un bodrio de novela. Así y sin más. Todos y cada uno de los personajes es insoportable, y el que quiera terminarla (lo digo yo, que lo he hecho) va a tener que poner a prueba su fuerza de voluntad -aunque tal vez no... porque conozco a mucha gente que disfrutó leyendo ese libro; en fin, que de gustos y sabores, camarón que se duerme y todo ese rollo. 
Pero sus cuentos... es que son únicos en su especie. Tanto por sus imposibles -y de pronto hechos realidad- argumentos como por su frescura y esa leve y secreta tensión que se mantiene a lo largo de la narración, y que es deudora de lo mejor de la obra de Poe. En ese sentido, Julio Cortázar ha significado un hito, una cima en ese género que se llama "literatura fantástica", y que tan buenos representantes ha tenido por estos lares del mundo. 
Para mí, volver a sus páginas cada cierto tiempo es algo más que un placer: es casi terapéutico, un verdadero alivio, una oportunidad para respirar aire fresco después de andar tan metidos -y por más que lo disfrute- en esta botella llena de humo que es el mundo. Porque hasta los que nos sentimos más cómodos en las calles llenas de mugre de Miller, las cantinas de mala muerte de Bukowski o los burdeles de peor calaña de Petronio, necesitamos un paseo por el prado de cuando en cuando. 
Paso, pues, a traer una vez más a la memoria a este gigante, a este Julio Verne de las letras hispanas. A los más muchachos, ya les digo: que no pierdan el tiempo saltando por los capítulos de Rayuela y que, mejor, busquen la felicidad en sus tomos de cuentos. Ahí está, y ni siquiera es que se esconda. ¿Títulos imperdibles? A ver, que son casi todos: Todos los fuegos el fuego, Bestiario, sus Cronopios y famas, ese formidable que es Las armas secretas... o hagámoslo simple: todos, y listo. Todos con Cortázar, carajo.

jueves, 8 de abril de 2010

Cortázar "Rebovinado": el regreso del Perseguidor


Mi más que hermano, Víctor Castillo, acaba de clavarme un puñal de inspiración fría en el medio del páncreas sin saberlo. Como quien charla con su insomnio, me doy un paseo por su blog, "Stop, play and rec" (favorrebovinar.blogspot.com), y me topo con que evoca un viejo relato en el que, vaya escándalo, hace mucho que no me paraba a pensar. Ni más ni menos que El perseguidor, donde una de las mejores plumas de Julio Cortázar hace pulular por París a un saxofonista que, todo el mundo lo sabe, sin importar qué nombre le pongan en el cuento, no es otro que Charlie Parker, "The Bird".
Y quién lo duda: nadie se puede cansar de releer ese cuento (a menos que sea el más absolutista de los anticortazarianos), como bien lo dice Víctor. Como quien escucha una canción de Parker: las mismas viejas notas son, en cada ocasión, una nueva aventura, otro viaje que se ha cagado del todo en las censuras y que... Bah, a la mierda con las palabras. Parker es Parker.
Como quien se sienta a fumar un cigarrillo mientras conversa con su insomnio, echo a andar una canción de "Bird" (Bluebird), y pienso en ese cuento que no leo hace ya... qué, ¿tres, cuatro años? Y sin embargo, el sabor y los olores siguen vivos en mi memoria, inexorcisables, por suerte. Yo no sé lo que piense el resto del mundo al respecto (sobre todo los cortazarianos, que son, y sobre todo en Buenos Aires, una escuela férrea y a veces hasta terrible), pero yo afirmaré sin temores que, para mis pobres gustos, el Cortázar de libros como Rayuela y unos pocos más puede ser olvidado sin demasiados temores: me quedo con el de Las babas del diablo, el de Todos los fuegos el fuego, el de la mayor parte del Bestiario y, cómo no, con el de El perseguidor. Olé por Cortázar. Olé por Parker. Levanta esa copa, insomnio amigo.

Un videíto: Charlie Parker y Dizzy Gillespie, "The duck", tocando juntos Hot house. Provecho.

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