Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de agosto de 2012

Ponme la mano aquí, Macorina



Vuelvo a las andadas, después de algunos meses de silencio. Ya saben: la vida a veces no deja tiempo para la vida, pero siempre habrá cuándo volver, como dicen las canciones que cantaba, con el corazón en la garganta y la voz desgarrándose en llanto, Chavela, Chavelita, la Vargas. Pero hoy las cosas son diferentes. Hoy hay duelo y luto en el bulevar de los sueños rotos, hoy lloran las barras de los bares y todas las canciones de amor guardan silencio y se quitan lentamente el sombrero. Chavela Vargas ha muerto en su México lindo y querido a la sorprendente edad de 93 años, poniendo el punto final a lo que ha sido toda una era de la canción ranchera, y aún de la música en general. 
Casi un siglo, y todavía demasiado poco tiempo para disfrutar de una voz tan única como la suya. Nunca olvidaré las tardes de mi infancia, cuando en la sala de campo de mi abuelo no sonaba otra cosa que las canciones de Chavela (bueno, y las de José Alfredo Jiménez). Hace no mucho estuve allí con unos amigos, y me encontré una mañana, solo, tomando una cerveza mientras flotaban los acordes de algunas de las canciones que ella hizo inmortales: "En el último trago", "Ponme la mano aquí Macorina", "La llorona" y tantas otras. Creo... no, sé que no exagero cuando digo que, de alguna manera, todos los que la hemos escuchado nos hemos visto abrumados por ese cálido y sin embargo acongojante sentimiento al que llamamos "amor". Después de todo, ¿quién no podría amar a la Vargas? Imposible dejar de hacerlo, imposible cerrar el pecho después de escuchar una voz tan honesta y hermosa como la suya, acostumbrada a decirlo todo con mucho más que las meras palabras. Sí, sí... ponme la mano aquí, Macorina, y tómate esta botella conmigo, que en el último trago nos vamos. 

martes, 25 de octubre de 2011

Un poco de música... maestro

Estos últimos tiempos ando algo complicado de horarios, entre el trabajo, la universidad y parecidos, así que las agendas no me han dado mucho tiempo para dedicarme al viejo Café. Pero, para que no se ande diciendo por ahí que no paso un trapo por la barra, ni quito las telarañas del techo, ni lavo los vasos, ni nada, pues los dejo con una canción, más la promesa de traer algún texto digno lo antes que pueda (que haré lo posible porque sea esta semana). Ya lo saben, los gajes del oficio...

(Ya ven que no es cualquier cosa... y encima el título cae a pelo a la ocasión)



viernes, 19 de agosto de 2011

El implacable Rod Stewart

Nunca terminaré de estar seguro de si la mala costumbre que tiene la gente de etiquetarlo todo, como si el mundo entrase en un pequeño montón de frascos, juega a favor o en contra de una personalidad como la de Rod Stewart. Hay quienes lo tachan enseguida, porque lo ven como una figura eminente del pop-rock (una combinación que no pueden dejar de considerar como una contradicción en sí misma); otros, lo tienen fichado como un cursi más del montón, uno de esos ingleses guapos que se visten de saco para cantar las baladas más tiernas y vomitivas del planeta... ¿y qué hace él? Con la mayor naturalidad del mundo, riéndose con ganas, planta los pies dando la cara a los reflectores y no duda en darles la razón a todos, de modo que los que no se sientan satisfechos queden en un shock lo bastante efectivo como para que no puedan cerrar la boca, y mucho menos seguir criticando.
Pero la verdad está muy lejos de ese montón de etiquetas, y vuela a años luz de lo que cualquiera de sus detractores pudiera tratar de decir en su contra. De pop-rock ni hablemos, porque en ese género (que tiene unas cimas extraordinarias, dicho sea de paso) él es el rey, como bien lo demuestran temas como Some guys have all the luck, Baby Jane o uno tan magistral como Young Turks; y no sólo eso, porque dejarlo en ese terreno es olvider sus canciones más rockeras, de calibre duro, pródigas en sexo y correrías nocturnas (el arsenal clásico), ¿o es que ya nadie recuerda Hot Legs, o Forever young? Y, en lo que respecta a las baladas, las que canta él se cuentan entre algunas de las más maravillosas y bellas canciones que ese género ha dado a luz alguna vez (de éstas, mi favorita personal es Handbags and gladrags, una verdadera joya).
En fin, que sobra tela que cortar en la carrera de uno de los músicos más versátiles del siglo pasado y de lo que viene siendo éste en el que vivimos, alguien que es capaz de apropiarse de las canciones de una manera tal que a menudo sus versiones originales (porque casi todas ellas son tomadas de otros) quedan olvidadas, o minimizadas frente a la voz de lija de Rod Stewart. En los últimos años, hasta se ha atrevido a entrar en aguas más difíciles, y sus American Songbooks, en los que recorre el repertorio clásico del jazz que cantaban maestros del tamaño de Sinatra y compañía, son una pieza maestra.
Pero no todo queda en la voz y la interpretación. Como Freddy Mercury, Roger Daltrey o Javier Gurruchaga (si hay que nombrar a alguno de lengua hispana tenía que ser él), Rod Stewart pertenece a la extraña y estrambótica especie de los showmans: gente para la cual las bandas de rock no son sólo una excusa para la buena música, sino también para el entretenimiento, la exhibición y la sátira. No es una labor sencilla conseguir esa empatía con públicos tan grandes, pero basta ver uno solo de sus conciertos para notar enseguida que Rod Stewart pertenece a los primeros puestos de la lista de los showmans más talentosos. 
Mezcla de payaso, estrella de rock y galán de cine clásico, hombre y caricatura a la vez, plural y hasta infinito: así es Rod Stewart, un cantante cuya carrera musical no parece tener notas menores, sino acordes que, aún en sus momentos más disonantes, consiguen la anhelada armonía, la gloria que sólo tiene una patria en la buena música. Recién me entero de que pronto llegará a hacer de las suyas en Lima, en un concierto que promete ser extraordinario (como todos los suyos). Yo ya me lo perdí una vez en Buenos Aires, y ahora hago cálculos frenéticos para ver si esta vez la historia no se repite; pero, para todos los que lo tengan a mano, se los aseguro: es una oportunidad que no hay que dejar pasar. Un concierto de Rod Stewart tiene la efectividad de un disparo en el bulbo raquídeo. Lo dicho: implacable.



lunes, 25 de julio de 2011

Se llamaba Amy

El sábado por la tarde me dieron la noticia de que Amy Winehouse había muerto. Recuerdo que desde hace ya unos cuantos años mis amigos decían que si esta iba a terminar sumándose a la lista de Joplin, Morrison, Cobain y demás; y, al final, resultó que sí lo iba a hacer. Amy Winehouse ha muerto con 27 años, después de agotar la vida como un seco de ron puro, consiguiendo, además, salir por la puerta grande.
Y digo lo de la puerta grande no por la edad, sino por la actitud. Eso era lo que transmitía esta mujer en cada una de sus canciones, una actitud de firme instinto autodestructivo, una voluntad férrea de caminar a pasos largos hasta la tumba con toda la gracia de una modelo sobre la pasarela. Y eso, hoy por hoy, ya no se ve mucho. La pose la tienen todos (ella también), pero pocos son los que tienen algo más que eso. Y Amy lo tenía, y de sobra.
No voy a dar más vueltas al asunto. Amy Winehouse era una artista mayúscula, dueña de una voz extraordinaria y con un talento escénico de un tipo que no se veía desde los tiempos de la vieja escuela. Hoy, levanto por ella la botella, y hasta que quede bien vacía no paramos. He dicho. 

domingo, 10 de julio de 2011

Me dicen de Facundo Cabral...


Recién esta mañana recibí la noticia de que habían asesinado a Facundo Cabral. Lo que significa, entre muchas otras cosas, que se nos ha ido una de las grandes voces que se han templado de este lado del mundo al compás de una guitarra dolida y terca. Son los gajes del oficio, que les llaman, pero de todos modos se va a extrañar a este cantautor de la vieja escuela, argentino de cepa clásica que siempre se columpió entre la pampa y el bolero más amargo. Por lo menos, nos quedarán sus canciones, ésas que uno invoca a vibrar en su pecho mientras recibe a la madrugada con la copa de la melancolía, o entre las copas y los amigos cuando se les da por tomar la guitarra y dedicarse a ese maravilloso oficio que es el recordar las viejas canciones que habitan en nosotros. Dejo, pues, estas rápidas líneas como un homenaje, con la copa en alto y la voz en la ansiedad de la espera. Hay quien piensa que las canciones viven más que el recuerdo mismo, y eso, señores, es una dignidad noble a la que pocas cosas pueden aspirar siquiera. Y cuánta poesía. Olé, don Facundo Cabral. Olé...


sábado, 2 de julio de 2011

La del sábado: Enrique Morente - "Granaína"

Ha sido una semana complicada, y se la hemos dejado enterita a mi abuelo, como tenía que ser. Y ahora, para cerrar su homenaje, y ya que la resaca se hace presente, invocaremos a los viejos fantasmas de la música y la alcoholemia, tan de nuestros sábados de furia. Morente también se nos fue mayorcito, hace casi nada, y cuando su voz todavía hubiera podido romper muchos pechos. Si existe una vida para después, ahora estarán echándose unos tragos, guitarra a mano, mientras templan la voz para hacerse un duo. Quedará flotando siempre la nostalgia, pero a la tristeza le cerraremos el paso. Como decía Cela, no hay que dejarse vencer. Hoy, pues, nuestra radiola sabatina y ebria suena a ritmo de palmas, con Granaína en lo alto, y en voz del maestro Morente. Ya saben lo que queda por decir: olé. Y se las quiero dedicar a todos ustedes, los que han hecho presencia y han puesto una copa y un abrazo esta semana, ya sea por aquí, en mi correo o en vivo y en directo. A todos ustedes, que merecen una ovación eterna. Yo, me quito el sombrero. Esa copa siempre en alto, y a dejar que la música eche a correr. He dicho. 


miércoles, 29 de junio de 2011

Retrato de un Padre


"El día que cumpla ochenta años, quiero matar un novillo". Esas palabras se las dijo mi abuelo, con setenta y nueve años, a dos de sus hijos, mis tíos José Ignacio y Rodrigo. Enseguida, añadía que "es que sin eso, no se puede vivir". ¿Sin "eso"? ¿Qué es "eso"? Pues yo se los voy a decir: es el sentimiento de la sangre bullendo en la vena misma, es la pasión con todas sus letras y el más puro y entregado goce de vivir haciendo lo que uno más ama y rodeado de las personas que a uno más le importan. Es, en fin, lo que lleva a una persona de setenta y nueve años a decir que, por su cumpleaños, quiere matar un novillo en el ruedo.
Mi abuelo nunca vería en la arena ese novillo, sin embargo. Hace apenas unos días, en la noche del domingo, sus ojos se cerraron por última vez -como dicen las canciones- estando él en su casa, lejos del ruido de la ciudad, al lado de mi abuela y rodeado de paz. Llevando sobre sí, de paso, la memoria de setenta y nueve largos años en los que se dedicó, ante todo, a disfrutar de la vida con sencillez, tal y como le iba saliendo al frente, amando a la gente que lo rodeaba, enseñando siempre con el ejemplo y la palabra. Mi abuelo no fue sólo eso, sino también un amigo, un compinche, un padre, un ídolo, un modelo y una leyenda. Y no sólo para mí, ni para mis tíos, primos y allegados, sino para casi todas las personas que lo conocieron, desde sus amigos de toda la vida hasta algunos que apenas si charlaron con él por unas pocas horas en una o dos ocasiones. Tenía ese don, el de hacerse querer enseguida, el de calar en el cariño de las personas como el vino en una esponja: muy rápidamente, y dejando un calorcito en lo más íntimo. Sus hijos, nietos y hermanos hemos sido, por ende, muchísimos, aunque lleven apellidos tan distintos del "Bullard" que nos legó como pueden serlo "Aramburú", "Simpson", "Del Campo" o "Goicochea". Sólo esto es, para muchos, más que suficiente.
Pero mi abuelo tenía esa sed vital que lo empujaba a rebosar con creces eso, contagiando así sus aficiones a quienes lo rodeaban. Fue, en todos los sentidos, una figura. A los doce años, ya decía que quería llegar a torero, y aunque juró que colgaba los trastos hace cosa de un par de años, no han pasado ni dos semanas desde la última vez que lidió una vaquilla. Cuando era joven, fue "crooner" de una banda de mambo, y como era muy fanático de José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, y tenía oído suficiente como para hacer suya una guitarra, compuso y escribió algunas rancheras, uno que otro bolero, temas que hoy son, para casi todos los que lo conocimos, un himno. Fanático de los "cowboys" y de los westerns, era un jinete de primera línea, y alguna vez me lo topé por Lurín, de pura casualidad, mientras él cabalgaba con sus amigos (sin ir más lejos, y como para que se hagan una idea, hoy asistió a su entierro Hispano, su caballo predilecto, con el que más correrías ha vivido en los últimos años). Y, claro está, y porque no hay que dejar las virtudes en entredicho, hay que recordar que nunca se negó sus buenos tragos, y más de una vez hemos recibido juntos a la aurora, compartiendo un whiskey (que era nuestra común debilidad) y muchas, pero muchas, charlas, de las que he aprendido muchísimo más de lo que podrían enseñarme todas las bibliotecas del mundo. 
Podría contar montones de anécdotas, llenar este texto de palabras y palabras que, al final, igual se quedarían cortas. José Alfredo Bullard fue un hombre que lo rebasó, literalmente, todo, y he aprendido demasiado de él como para confiar sus enseñanzas a los pobres diccionarios. Pero, en vistas al contexto, sí me gustaría sacar a relucir una de las cosas que aprendí de él, y esto es a gozar de la vida con sencillez, a agradecer siempre lo bueno, a resistir lo malo y a encarar a la muerte como lo que es: uno de los tantos gajes que trae consigo este oficio de vivir. Y con dos cojones. Ahora, sólo queda dejar su voz para que suene entre nosotros, entonando el Himno de la ATA (Asociación de Toreros Aficionados, de la que él mismo fue miembro fundador) y levantar, muy alta, una copa, con un "Olé" bien claro y muy alto vibrando tanto en la boca como en el pecho. Salud. 


viernes, 10 de junio de 2011

Tocayaje: Santi Guillén y Yabo Torbo


Hoy quiero hablarles de uno de mis hermanos. No es la primera vez que lo hago, porque aquí en el Café nos hemos tomado muy a pecho lo que hace, registrando paso por paso el desarrollo de su proyecto musical, pero hoy quiero sacar un poco más las vísceras a relucir, y no sé si será culpa de la resaca o qué, pero lo cierto es que hoy me siento autobiográfico. 
España (máter severa, pero que no usa ropa interior) ha querido metérseme en la vida para alegrarla un poco. Su música y sus toros me han acompañado desde que tengo memoria, y con el paso de los años empecé a interesarme por su historia y su cultura, a contagiarme de su negro sentido del humor y a emborracharme con sus vinos, en crudo o en versión tinto de verano (ya se podrán imaginar que mis amigos me joden por la hispanofilia... qué se le va a hacer). Y, sobre todo, España me ha deparado hermandades de hierro, amigos de esos que queman biblias por uno y que están allí, como dice el cliché, en las buenas, en las malas y en las juergas. 
Hoy, pues, quiero hablar de mi hermano, mi tocayo murciano, el gran Santi Guillén. Músico, ingeniero de sonido, compositor, letrista, y toca la guitarra... que te cagas de pie. Nos conocimos en Buenos Aires, allá por el 2008, vía una amiga común, María Villegas, una española con la que compartía departamento en Borgeslandia. Ni bien nos conocimos hicimos buenas migas, y a la primera borrachera ya éramos hermanos de sangre. Jamás olvidaré esas tardes eternas en las que, armados de guitarras y cigarros, tentábamos a los vigilantes nocturnos de las puertas del Infierno. Que si él me enseñaba los acordes de alguna canción de los Beatles, que si yo le enseñaba a tocar rancheras y tangos... a la noche llegábamos con el humor templado para jugar al mus entre las cervezas y los vinos, y a la madrugada la mandábamos a dormir sin beso de buenas noches. Después, en Lima, hemos compartido más de un blues bajo el sol enfermo de mi maravilloso Barranco. 
Pasan dos, tres años. Él, ahora, estudia música en Madrid, aunque tenga las venas a la orilla del Mediterráneo y el corazón (y el hígado) entre Lima y Montevideo. Yo, cómo no, encerrado entre las cuatro paredes de mi vida, siguiendo la misma ruta que va de mi casa a la universidad y de ahí al bar de la esquina, tomándome el tiempo que pueda para hacer de periodista. Voy recibiendo noticias suyas: que algo se está armando, que el huevo que empollaba empieza a abrirse, que un documental por ahí... hasta que de pronto llega a mi casa un cartero (¿todavía quedan carteros?) y me entrega un paquete: el primer disco de Yabo Torbo, el dúo dinámico y musical del que forma parte mi compadre Guillén (que no sólo el apellido lo tiene de poeta, eh). Le he dado mil vueltas, he escrito alguna crítica por aquí, y sueño con el día en que nos pongamos de pie sobre el mismo escenario para cantar a viva voz y botella en mano esa que se llama Me dispongo a morir
Urbano y sin embargo etéreo, Santi Guillén es de ese tipo de personas que pueden imaginar el Paraíso aunque tengan los pies metidos en una cloaca. "Mirando las estrellas", como decía Oscar Wilde. Bien parado sobre la tierra, dando a la cara a la vida, todavía se puede dar el lujo de soñar y, lo que es aún más importante, de luchar por algo en lo que cree. Yo, que soy un escéptico nato, siempre lo he admirado por eso, por la fuerza con la que puede seguir un ideal, eso para lo que yo soy un negado. Y, encima, el muy cabrón se da el tiempo de vivir, de gastarse noches y días y de ser uno de los tipos más divertidos y más de puta madre que he conocido.
Memorial de las noches sin memoria... veamos lo que puedo rescatar de las lagunas que la vida me va dejando... 
Estamos en el departamento de Buenos Aires yo, mi tocayo el Santi, y el soperuano Jorge Chávez, leyenda viva de los arrabales más macabros. Sobre la mesa, botellas vacías de cerveza, tal vez una de pisco, y otra a medio vaciar. Surge, después de varias horas de charla, el tema de la masturbación. Risas, ejemplos, alguna anécdota, más risas y de pronto sale Santi con la metáfora perfecta: "Puñalada de carne en barra". Poco después (o antes... ya no lo recuerdo) nos aleccionaba con dos sentencias de gran sabiduría y la más poética belleza (haz memoria, Tripi): "Si hay pelito, no hay delito" y "Si pesa más que un pollo, me la follo". Carcajada general, otro brindis, y ya no recuerdo lo que sigue. 
Esta copa, pues, la levanto por Santi Guillén, mi hermano y sin embargo amigo, mi tocayo del otro lado del charco, mi cófrade en esta cantina de la poesía del fracaso. Breve y necesario homenaje, de paso que luz verde a la memoria. Es que a mí las resacas me ponen sentimental. Venga, dejémonos de mariconadas: otra botella, y un poco de música. Con ustedes, Santi Guillén. 


martes, 29 de marzo de 2011

Pasión perfecta: la "Tosca" de Puccini


Los primeros sonidos de mi vida: recuerdo el viejo radiocassette del auto de mis padres escupiendo notas y ritmos de diverso género e índole. Del lado de mi padre venían Rubén Blades y Sui Generis; del de mi madre, Joaquín Sabina y de cuando en cuando algo de los Rolling Stones. Sonidos que se graban en los huesos, los riñones, el páncres y el hígado, en todo eso que se parece a lo que algunos llaman "alma", y que hasta el día de hoy acompañan mis tardes y mis noches. Pero eso no era todo: había algo más, un sonido que era perfectamente capaz de llevarme, literalmente, a universos en los que las notas musicales adquirían vida propia y dibujaban verdaderos paisajes incorpóreos; una música que no sólo se oía, sino que además se podía oler, saborear, tocar... algo que lo atravesaba a uno y, en cierto modo, lo elevaba. Con el paso de los años, aprendí que eso que tanto me maravillaba y, por así decirlo, me sacaba de mí mismo, tenía un nombre: música clásica. 
No es que quiera poner "mejores" y "peores" a los géneros musicales que me gustan, porque no tengo preferencias absolutas entre mis favoritos. ¿Qué hace que prefiera escuchar, en un determinado momento, a Tchaikovski antes que a Serrat, una de Sabina a un viejo blues o un flamenquito a un tango? Pues el humor con el que me agarre la tarde: tan sencillo como eso. Pero ya lo digo: la música clásica sigue empapando mi vida, y con qué gusto lo digo. 
Ahora bien, que dentro de ese universo que es la música clásica hay tantos universos igualmente gigantescos que, realmente, es para pegarse un tiro sólo del agradecimiento. Hoy, sin embargo, quiero dedicarme a uno de ellos, que siento muy profundamente, y que puedo quedarme escuchando horas muertas sin un solo segundo de aburrimiento: la ópera. Y no digamos la ópera en general, sino esa que yo creo que es la ópera, mi favorita entre favoritas: la Tosca de Puccini. 
No será tan conocida como Madama Butterfly o La boheme, pero la pura verdad es que la Tosca es una obra sublime, que te pone el puñal al cuello con tal sutileza que antes de darte por enterado ya tienes la sangre encima. Para empezar, la historia (de complejísima sencillez), es extraordinaria, por muy tocado que esté el argumento del amor en tiempos jodidos (la revolución, o lo que fuera), que es el mismo viejo argumento que ni muere ni morirá (oigan, que eso ya lo había hecho Homero, ¿no?).
En cuanto a la música... bueno, es que aquí las palabras se me escapan. ¿Cómo carajo puedo dibujar con letras el pedazo de perfección que es, a mi juicio, la Tosca de Puccini? Es que es algo que hay que escuchar... En todo caso, diré que, desde las primeras notas, uno entra a un torrente furioso del que es imposible librarse: una ópera violenta, pero elegante; poderosa, pero sutil; magnífica, pero humana; visceral, pero sentimentalona. Y todo esto, ojo, lo digo por la música. 
Es verdad que hay muchas otras, que existen Bizet y Wagner, alguna que otra cosa de Mozart, Verdi y, también, Roger Waters (porque la ópera que compuso me parece extraordinaria). Quién sabe, a lo mejor y hasta muchos de los mentados han hecho cosas mejores que la Tosca, pero la pura verdad es que eso no me importa: antes que por ninguna otra, levanto mi copa y todas las botellas que tenga delante por esta obra maestra de Puccini, que sigue y seguirá siendo mi favorita, y que sonará, espero, entre otras pocas cosas que me acompañarán a la última morada el día de mi muerte. 
Dejo aquí, para vuestro deleite, una de las canciones de la Tosca, interpretada nada más ni nada menos que por esa voz de oro que tenía María Callas. Recomiendo acompañarla con una buena copa de tinto. 

martes, 8 de marzo de 2011

Los sonidos de Gato Barbieri


Hablar de jazz, hoy por hoy, es hablar de uno de los universos musicales más variados, infinitos y llenos de rarezas del mundo. ¿Quién puede dudarlo? A lo largo de los años, y habiendo pasado tanto tiempo desde que Jelly Roy Morton dibujó los primeros acordes de jazz en un burdel del sur de los Estados Unidos, el jazz sólo ha hecho una cosa: amplia su horizonte, alimentarse y servir de alimento a cuanto género musical pudiese aparecer, rompiendo con las etiquetas y trascendiendo de las palabras con las que pudiéramos tratar de capturarlo. Pronto, hubo que hablar de swing, de bebop, de jazz & blues; llegada de década del sesenta, sobre todo, y gracias al empuje que los que empezaban a meterle a la onda de la psicodelia y a los primeros experimentos del rock progresivo, el jazz entró a otro universo, nace lo que hoy llamamos rock & jazz y tantas otras cosas, como el jazz-disco que rompió los esquemas en los años setenta... y en fin, que si sigo así se me va la vida tratando de abarcarlo todo, y moriría antes de conseguirlo. 
Pero en esta historia de genialidades y sonidos, de experimentos y desenfreno improvisatorio y arquitectónico, hay un nombre que no puede dejarse de lado: me refiero, cómo no, a Gato Barbieri, saxofonista, ícono del jazz latino, pero uno de los grandes del jazz como tal. Un músico que no sólo replanteó la forma de tocar el saxofón (con notas largas que se siguen unas a otras en un solo soplido, en lugar de independizar cada una de ellas en soplidos individuales) y supo meterse de lleno y con originalidad a la experimentación de sonidos y melodías que empezaban a hacer del jazz algo muy diferente a lo que había sido hasta entonces, sino que, por todo esto y un par de cosas más, replanteó el hecho y la forma mismos de escuchar música, sobre todo la de su género. También se lo recuerda por algunas de sus contribuciones a la música del cine, sobre todo por esa pieza maestra que es la banda sonora de El útlimo tango en Paris, de Bertolucci. 
Bajo la influencia de nombres tan grandes como lo pueden ser Charlie Parker, John Coltrane y Miles Davis, el saxo tenor y los arreglos musicales de Barbieri se han convertido, hoy por hoy, en un verdadero clásico, un capítulo escencial en la historia ya no solo del jazz, sino también de la música en general. Una obra compleja, a veces hasta difícil de seguir, donde cada canción parece haber sido escrita para narrar una historia de sensaciones (él mismo dijo de una de ellas, incluída más abajo, que la había escrito "como si fuera una película"), capturando algo a lo que podríamos llamar, tal vez, "esencias" a través de la suma de sonidos diversos y extraños, que de alguna forma llegan a alcanzar esa poesía fascinante que tiene la armonía del caos (disculpen el tono esotérico, pero es que son las únicas palabras que encuentro para tratar de explicar lo que escucho cada vez que pongo un disco suyo). 
Para mí, hablar de Gato Barbieri es hablar de la música que me ha acompañado a lo largo de tantos años llenos de memoria, de algunas canciones fundamentales en el soundtrack de mis días. De un repertorio, también, que es muy diferente a los usuales, y que se ha contado alguna vez entre los primeros en dar el arriesgado paso que lleva de un océano al otro. Compartirlo es algo más que un placer, algo parecido a una necesidad. Levantar una copa por él, también.

domingo, 20 de febrero de 2011

La del sábado: Banco del Mutuo Soccorso - "La conquista de la posizione eretta"

Esta es una que todos mis amigotes que andan metidos en el rollo de la psicodélica y el progresivo más arriesgado me van a agradecer. No serán los más conocidos de la pandilla, pero lo cierto es que los muchachos del Banco del Mutuo Soccorso han hecho de su banda una de las mejores del panorama del progresivo a nivel internacional, y en Italia sólo les dan pelea los de la Premiata Forneria Marconi y los de Le Orme. Pero volvamos a nuestro tema, ya que lo hemos echado a rodar. Porque imagino que más de uno se estará preguntando que a quién carajo se le ocurre poner de título a una canción La conquista de la posición erecta, y la pura verdad es que a mí tampoco se me hubiera ocurrido nunca. Y, sin embargo, aquí está: parte de un disco conceptual titulado Darwin, esta es uno de esos temas de antología, que merecen ser perpetuados hasta el fin de los tiempos, y ya verán que seguirá vigente hasta la última nota. ¿Cuándo no ha sido el mundo un loquerío? Ya pues... ahí tienen casi regaladas todas las respuestas. Con dedicatoria especial a DVD, que andará poniendo temas chorros allá por Sevilla, porque imagino que le gustará este temita a lo largo de sus diez minutos. Lo juro: la canción de queda corta, y cada uno de sus minutos vale oro. Al que no me crea, que ponga play; si lo hace y sigue en desacuerdo, nos vemos afuera. ¡He dicho!

domingo, 13 de febrero de 2011

La del sábado: Orquesta Mondragón - "Caperucita feroz"

He vuelto a dejar la entrega de los sábados para el domingo, pero por motivos muy bien pensados. Vamos, señores lectores, que San Valentín está a la vuelta de la esquina, y corresponde celebrarlo con todos los honores, ¿no? Pero no se confundan: hoy no pasearán por aquí los gatos azules de Roberto Carlos, ni haré repetir a Serrat eso de "no hago otra cosa que pensar en tí", ni esa sabinada tremenda de "Cuando aprieta el frío". No, señores: esta tarde raquítica voy a traer a sonar a los que estuvieron a punto de sonar ayer por la noche, cuando me dije "Oye, este olor a neón le va muy bien a un sábado por la noche, pero es que también está como para los sanvalentines". Hablo, damas y caballeros, nada más ni nada menos que de Javier Gurruchaga y la Orquesta Mondragón, masters del amorío y las luces urbanas, de los que tenemos tanto, pero tanto que aprender. Con ustedes, noble público enamorado, el tema que hace falta para caldear un poco estas fiestas: la magistral, tierna y cómica Caperucita feroz, que tarareamos todos en algún rincón de nuestro subconciente. Poesía pura, ya lo ven.

 

sábado, 5 de febrero de 2011

La del sábado: Zaz - "Je veaux"

Para este sábado resacoso y alegre he traído algo especial, señores. Aunque imagino que a muchos de ustedes no les sonará ni jota el nombre, lo cierto es que basta con escuchar una vez a  la francesa Isabelle Geoffroy (mejor conocida como Zaz) para saber que se trata de algo muy jodidamente bueno, de paso que para enamorarse de ella (ojo, que no sólo es la voz, porque la chica es guapísima). Su repertorio, además, no sólo cuenta con unas extraordinarias composciones originales, sino que además hace un repaso por los viejos clásicos de la chanson francaise, más algo de blues, jazz y ritmos nacidos de la fusión. El tema para este sábado (día del pisco sour, que le llaman) lleva por título Je veaux, y aunque no entienda ni jota de la letra, pues la verdad es que me parece extraordinario. Y ya lo digo: esta es una buena canción para seguir los pasos de Lázaro una tarde de post-destrucción etílica y masiva. De modo que los dejo con la maravillosa presencia de Zaz y sus amigos, y yo me largo a ver qué novedades me trae la tarde. 

domingo, 30 de enero de 2011

La del sábado: Monty Python - "Always look on the bright side of life"

Esta vez no puede quejarse nadie, porque fueron advertidos todos de que nuestra sección de los sábados sería atrasada para el día siguiente, es decir hoy. Pero, como sé que hay quienes se toman esto muy a pecho que a lo mejor y hasta se ofenden con mis tardanzas, pues para esta entrega he elegido una canción diferente, magistral y, por si fuera poco, divertida. Los Monty Python, creo yo, no necesitan presentación alguna; y los que sepan por qué lo digo recordarán haber visto alguna vez una película sobre un mesías que no era exactamente el mesías pero que por algún motivo se las vio complicadas y terminó como un mesías cualquiera... en fin, que no voy a arruinarle a nadie la película. Pero eso sí: tengan por seguro que no hay nadie, pero nadie, que no tenga una sonrisa bien dibujada en el rostro cuando termina esta canción (que es la única que podría cantar un grupo de crucificados, creo yo). Y la dejo aquí, para que suene después de todas las resacas que vienen haciendo cola y, así, podamos tener el empujoncito que nos hace falta para poner el pie en esta semana que recién arranca. La he tomado, dicho sea de paso, no de la película Life of Brian (el que no la haya visto, hágalo), sino de la puesta en escena que hicieron los Python hace unos años en el Royal Albert Hall, y viene con la letra para que puedan cantar a coro desde sus casas y estresar a sus tías o hermanas de pasada. Que la disfruten, señores, que esto es existencialismo puro, y del bueno (¿alguien imagina a Sartre montándose un show con los Hermanos Marx?). .


lunes, 24 de enero de 2011

Poesía barroca y fresca: "Yabo Torbo"


Hay, quién lo duda, muchas (acaso infinitas) maneras de concebir una obra de arte. Hay quienes tejen laberintos y quienes levantan torres de Babel; otros prefieren las viñetas de acuarela y verso; existen los que capturan instantes, como también los que trazan la eternidad en la contemplación de un segundo. No sé si lo hemos visto todo, pero lo cierto es que cada cual tiene sus formas para seducir a las musas, ya sea que le haga cosquillas en los pies o le plante un beso entre las piernas. 
En el maravilloso y complejo mundo de la música, la forma en que se construyen estos universos ha cambiado mucho. Poniendo aparte el tema de su complejidad (que puede variar), se siguen construyendo universos fascinantes; pero también es cierto que, con el paso de los años, una fórmula que se ha ido abandonando (como la Novela Total en la literatura) es la del disco-concepto, esa propuesta mediante la cual una serie de canciones adquiere una especie de unidad distinta y que, siempre, se resuelve mediante la estética, ya sea que echo mano o no de otras cosas. Supongo que habrá quienes piensen que este tipo de discos están un poco oxidados, y que los tiempos de Roger Waters o Il Balleto di Bronzo ya han pasado. Pues bien, hoy por hoy contamos con un contraargumento: nada más ni nada menos que Yabo Torbo.
El disco Yabo Torbo, del dúo Santi Guillén y David Gómez (made in Spain) es una propuesta que renueva las viejas fórmulas: mediante la reflexión en torno a las trabas que se clavan en el correr del mundo y de la propia vida que uno trata de in ensayando dentro de sus fronteras, las nueve canciones (más dos, que son el prólogo y el epílogo) adquieren una unidad que, más que lineal, habría que comparar con un tornado: uno entra y va acercándose al ojo de la tempestad tan fácilmente como se aleja de él, y no es sino hasta el epílogo que uno puede desemarazarse y safar de las garras del viento. ¿Metáforas aparte? Pues que, como toda reflexión, el disco no pretende seguir una línea clara, sino que se deja caer en los peros y los por qués, en los detalles, en las minucias, para descubrir que cada instante puede ser una puerta al Paraíso o al Infierno, o ambas cosas. 
En lo que se refiere a la música, pues hay un cruce muy interesante (y, hay que decirlo, muy bueno): progresiones complejas de estilo barroco, que sofocan con poesía, van de la mano con la frescura de su sencillez instrumental (entiéndase por esto: sólo dos instrumentos, guitarra y batería), lo que hace pensar en lo que sería meter juntos en una licuadora a los White Stripes y a Muse. Y los ritmos, dicho sea de paso, no dudan en probar la variedad: el disco cuenta con temas rockeros como Me dispongo a morir o Las niñas juegan a irse de compras tanto como con otros más lentos y de puñal clavado como Subimos a un tejado a llorar y, además, con un viaje pinkfloydesco como Leviathan, invitación a pegarse un tiro en la sien y dejar el disco corriendo. 
Volver a fórmulas como esta es, también, una forma de novedad. Es lo que los muchachos de Yabo Torbo dejan bien claro. Su proyecto, además, se completa con la expresión en otros medios: videos y textos que han ido apareciendo en la página del proyecto, yabotorbo.blogspot.com, y que se van ligando a una forma particular y poética de entender la vivencia, el pasado y la proyección de las frágiles pero valientes esperanzas en un futuro cada vez más incierto. Ya lo digo: que se trata de un disco raro, pero de ese tipo de discos raros que aparecen una vez cada mil años, y que son poesía de punta a punta. Recomiendo, finalmente, escucharlo con la compañía de una cerveza bien helada. Por si las moscas.

domingo, 23 de enero de 2011

La del sábado: Leonard Cohen - "Dance me to the end of love"

Jura Joaquín Sabina que la historia fue así: el día que Leonard Cohen, poeta y novelista al que no se le había pasado por la cabeza ser cantante, escuchó una canción de Bob Dylan se dijo: "si este cabrón, con esa voz que tiene, puede hacerlo, entonces yo también". Y ahí lo tienen: Leonard Cohen ha llegado hasta nuestro rincón de los sábados, para dar el calibre correcto a los contrabajos de la resaca. (Ahora, que la historia a lo mejor no fue así, pero yo le creo al maestro ubetense, y pueden consultarla en el libro de diálogos con su biógrafo) Lo cierto es que Leonard Cohen es un verdadero maestro de la letra y la canción, y si no canta como Plácido Domingo, ¿eso qué? Lo preferimos así, con su voz de lija pasada por aguardiente y las ganas de llenar cada uno de nuestros silencios de poesía. Que es, precisamente, lo que hace este hombre: poesía convertida en canción, con palabras que siguen dando vueltas en nuestros oídos muchas horas después de haberlas escuchado. Voy a dejarles, pues, con uno de sus temas: Dance me to the end of love, que no creo que quede corta para nadie, y que hace mucho que quiero hacer rodar por estos lares. Con esto, me despido, y la semana entrante espero llegar a tiempo y no estar haciendo los domingos lo que he prometido para los sábados (aunque como igual hay resaca...). Sigamos, pues, rodando.

domingo, 16 de enero de 2011

La del sábado: Chick Corea - "Spain"

Me disculparán que llegue tarde y sirva el menú del sábado un domingo, pero ayer no he tenido cuándo ni cómo caerme por aquí. Y sin embargo todavía insistiré en traer a sonar algo por estos lares, con tardanza y todo, por el simple hecho de que puedo darme el lujo de hacerlo si quiero. Además, estoy seguro de que los más escépticos también me perdonarán luego de oír lo que me he traído a sonar por aquí el día de hoy: estoy hablando nada más ni nada menos que de Spain, ese tema emblemático de Chick Corea que, en sus miles de versiones (clásicas, acústicas, eléctricas...) siempre consigue despegar hacia las alturas más altas de ese tipo de jazz tan único que ha cultivado y cosechado su autor, y que no es otra cosa que poesía licuada y traducida en pentagrama. Hace no mucho fue grabada, también, por el dúo Michael Camilo - Tomatito, en una versión de piano y guitarra fulminante y genial (un sábado de éstos me los traeré a sonar por aquí, lo prometo). Pero para esta ocasión he preferido quedarme con una versión en vivo, interpretada por Corea en persona y con la dulce compañía de su Electric Band, que siempre sabe poner las notas donde deben estar. En fin, que las palabras sobran: mejor echar a correr la música y dejarse abrazar por la resaca, ese cruel y maternal demonio. Que lo disfruten.


sábado, 8 de enero de 2011

La del sábado: Elmore James - "It hurts me too"

Una clásica consecuencia de andar de vacaciones es que los días empiezan a confundirse y a pasarse, perdiedo de paso el nombre en el camino. Recién hace un rato reparé en que hoy es sábado; y, siendo tal el día, pues toca echar a rodar la del sábado, como para no perder el ritmo (la semana pasada quedó en silencio, es verdad, pero bueno, estaba fuera de la ciudad, así que imposible). Pero no sólo eso, sino que además es la primera canción que echamos a rodar en el año, así que he elegido una muy, pero que muy especial: nada más ni nada menos que It hurts me too, que es un blues de los más blues que se han grabado alguna vez. Una buena elección, además, para una noche que huele y sabe como a blues, creo yo (aunque vivir en Barranco, la verdad, es como nadar en un blues, forzoso es reconocerlo). Elegida la canción, restaba elegir al intérprete; y lo digo porque este tema en particular ha sido grabado montones de veces, y por voces y guitarras tan geniales y distintas como lo pueden ser Keb' Mo', Eric Clapton, Chuck Berry, Hound Dog Taylor y The Animals, entre tantos otros; y, por supuesto, por Tampa Red, que fue el primero en llevar esta canción, anónima como buen "standard", a una sala de grabaciones. Pero yo elegí otra, nada más ni nada menos que la de Elmore James, el Rey de la Guitarra Slide, que fue de paso el primero en meterle un cambio por ahí a la letra. En fin, que dejo sonando este pedazo de poesía en estado líquido y me despido, que ya cayó el telón sobre las aceras y es hora de salir a ver qué ofrece el menú de las calles.


miércoles, 5 de enero de 2011

"Yabo Torbo" según Achorock


Me acaban de confirmar (vía e-mail de Santi Guillén) que ya está volando a territorio peruano mi disco de Yabo Torbo, así que pronto podré hacer lo que corresponde: sentarme en mi habitación, bien armado con una botella de cerveza o whiskie y un paquete de cigarrillos a escuchármelo de arriba abajo, de pie y de cabeza. Después, les prometo una reseña; pero, por lo pronto, copio por aquí otra reseña del mismo disco, recién aparecida en el blog "Achorock". Sólo he escuchado dos canciones de la banda, pero por lo menos hasta donde he llegado firmo lo que ha sido escrito; y, de paso, me alimentan las ganas (y la maldita ansiedad) de que el disco en cuestión llegue a mi puerta. Ahí les dejo la nota en cuestión: 

"Murcia es una ciudad con una oferta musical amplísima. Una ciudad donde (desde siempre hasta hace relativamente poco), reinaban el rock y el blues sobre los demás estilos; y que ahora tiende amigablemente la mano también al indie y al gafapastismo más pasmoso. Pero etiquetas a parte, la verdad es que hay mucho donde perderse en cuanto a estilos musicales y bandas. Bandas que a veces nos dan gratas sorpresas, ya sea por su calidad o por su originalidad, o por las dos cosas juntas, como es el caso que hoy nos ocupa.
Yabo Torbo es un dúo de Rock que nos presenta un primer álbum lleno de canciones de calidad y que no tiene desperdicio alguno. El disco nos invita desde el primer momento de escucha a entrar en el mundo de locura e imaginación de un grupo original donde los haya y a darnos un paseo imaginario por la cabeza del vocalista-guitarrista Santi Guillén y del batería-percusionista David Gómez; únicos componentes de la banda.
Para comenzar, aclararé que este es un disco que hay que escuchar con la mente bien abierta, sin prejuicios, y olvidando un poco lo que hemos aprendido antes. Digo esto porque quizá lo que escuchéis no tenga mucho que ver con el típico grupo de Rock al uso que todos conocemos. Pero no nos equivoquemos: aquí lo que prima son las buenas guitarras y las buenas melodías. Que nadie piense en un álbum de pseudo-Rock ultramoderno lleno de loops y sintetizadores, porque los tiros no van por ahí. Es Rock, al fin y al cabo, que da un pasito adelante, pero sin olvidar los orígenes clásicos. De hecho, hay un aspecto del disco que es completamente básico y que yo diría que mira hacia el Rock más primigenio y directo, y es el hecho de que todos los temas vayan a guitarra, batería y voz, sin demasiados artificios añadidos ni florituras innecesarias. Es justo mencionar que casi no se echa en falta un bajo, otra guitarra u otros instrumentos. Han sabido ingeniárselas para que una guitarra y una batería den para mucho.
Nos encontramos ante una obra conceptual, ya que todos los temas giran en torno al tema común que es el resumen de distintas vivencias, historias, lugares y momentos de los últimos tres años de la vida de sus protagonistas. La verdad es que la cohesión entre los distintos cortes está más que conseguida no sólo en cuanto a temática, sino que musicalmente este disco también tiene esa sensación de unidad que debe tener toda Ópera-Rock. La manera de estructurar los temas también ayuda a crear ese ambiente de unión, ya que la colección de canciones se presenta con un prólogo llamado “La locura viene a cenar”, una especie de introducción con cierto aire western al principio, y concluye con el correspondiente epílogo “Entre la guerra y la locura”, un corte que sirve como despedida del álbum.
La verdad es que en el disco hay variedad y canciones para casi todos los gustos. En cuanto a las letras, son ingeniosas y muy personales, dado el tinte autobiográfico de toda la obra. La mayoría de los temas tienen algún tipo de introducción que nos hace mantener la atención en el concepto general del álbum, sin olvidarnos de lo importante de verdad: las canciones; y aquí hay de todo: temas más melancólicos y lentos, como “Subimos a un tejado a llorar”, “Querida Rutina”, con la colaboración del omnipresente Carlos Vudú haciendo una gran interpretación en las voces, o “Mi desván”, en la que Pedro A. Teruel (guitarra del Clan Jukebox de Carlos Vudú) hace un trabajo sobresaliente con su pedal steel. Hay algunos cortes que pueden parecer un tanto extraños en principio, como el epílogo que cierra el disco, o “Leviathan”, que es una preciosa interpretación hablada en francés por Estrella Talavera; pero repito,  no nos olvidemos que esto es un álbum conceptual, y hay temas que, sin llegar a entrar en la definición “normal” de canción, nos sirven para mantener la atención y la cabeza dentro del concepto que quieren transmitir los autores  del disco. También existe alguna canción que me trae un aire cercano a Coldplay, como por ejemplo “Hoy viviremos”. Los temas más marchosos y alegres del disco los encontramos en “Las niñas juegan a irse de compras” o “Funk #6”. Especial atención merece el tema que abre el álbum tras el prólogo: “Me dispongo a morir”. Una composición que recuerda por momentos al grupo Fuzz y que es de lo mejor que he oído en mucho tiempo.
Escuchando el disco me vienen a la cabeza personajes como Matthew Bellamy, Jack White o incluso Pink Floyd en algunos momentos atmosféricos. Al primero quizá me recuerdan no tanto musicalmente como en cuanto a concepto, porque no son sólo un puñado de buenas canciones bien tocadas, sino que esta obra te invita a disfrutarla desde dentro y explorar cada rincón de ella, y eso es algo que también ocurre con los discos de Muse. Digamos que es un disco que no sólo tienes que saber escuchar, sino también saber entender, (dada su condición de álbum conceptual). El segundo personaje aparece por la evidente coincidencia de formar parte también  de un dúo guitarra-voz y batería como son The White Stripes. Por esta razón aquí si que podrían aparecer aspectos musicales cercanos entre unos y otros.
El dúo se concibe no solamente como un grupo de música. Me explico,  la parte musical es tan sólo un modo de expresión (el más importante), de una obra más completa en la que entran otros campos como las artes plásticas y visuales. Prueba de ello es el libreto del disco, cuyas ilustraciones ha realizado el cantante, y que también forman parte del concepto y ayudan a adentrarse en el universo de Yabo Torbo.
Quizá haya a quien igual el álbum no le entre a la primera. Mi consejo es: dadle una oportunidad y escuchadlo un par de veces más. Y si podéis, cuando se presenten en directo, acercáos a verles. Seguro que merece la pena y no os dejan indiferentes. Las grandes obras a veces necesitan varias escuchas para captar su grandeza y esta es una de ellas.
Esta gente es un claro ejemplo de que en Murcia hay gente joven haciendo música original y con calidad de sobra. Estaremos atentos para ver lo que es capaz de ofrecernos este dúo en el futuro."

Hasta aquí las palabras ajenas. Las propias tendrán que esperar, ya se los dije, pero no por mucho. Entretanto, que el público español (que es el que tiene acceso al disco, después de todo) ande con los ojos (y los oídos) bien abiertos, que aquí hay algo bueno.

viernes, 24 de diciembre de 2010

La del sábado: Rory Gallagher - "Too much alcohol"

Como un especial navideño, adelantamos nuestra sección de los ´sabados y la echamos a correr hoy, viernes 24 de diciembre, como para ir calentando motores (y en vista a que voy a estar dos días fuera de Lima, de paso). Y, como andamos de fiesta, he traído de las tinieblas a ese maestro de maestros, verdadero "hijo de la derrota y el alcohol", y que nos ha dejado por la puerta por la que salen los de su especie, esa a la que se llega echándose abajo una o dos paredes: hablo de Rory Gallagher, uno de los hombres que hicieron del blues lo que es hoy el Blues, aunque sea irlandés en lugar de negro, porque para la música, como para la navidad y las borracheras, da lo mismo qué o quién seas. Gallagher, que murió hacia mediados de los noventa, después de una operación de la que sacó un nuevo hígado (el otro ya había pasado a mejor vida, imaginarán por qué), justo cuando estaba recuperándose del intercambio. Y, para que no olvidemos de qué se trata en el fondo la navidad, he elegido una canción... eh... "ilustrativa", por así decirlo; ¿o acaso preferían un villancico? Porque si es así, me avisan y les pongo la de los niños cantores. Pero oigan, que es nochebuena, así que quedan invitados a dejar correr la canción y levantar las copas. En todo caso, supongo que no queda más que hacer, por el momento, que desearles una muy feliz navidad, y un resacoso año nuevo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...