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sábado, 19 de marzo de 2011

La voz del demonio


Tengo muy metidas en el páncreas unas palabras que dijo alguna vez William Faulkner, ese genio de los portentos de la sangre y el polvo, sobre el oficio de escribir; palabras que pesan lo que pesan, y que dicen mucho más de lo que parecen decir: "Un artista es una criatura dirigida por demonios. Él no sabe por qué lo eligieron, y normalmente está demasiado ocupado para preguntárselo". 
Claro que muchos se dirán que bueno, que no se trata sino de una frase recargada, "bonita", el tipo de cosas que dice un escritor para sonar interesante. Pero no hagamos caso a los juicios simplones: estas palabras son muy sentidas, muy mascadas e infinitamente afiladas, dichas por alguien que, sabemos de sobra, no tenía mayor interés por lo que su público pensara de él. ¿De qué se trata, entonces? ¿Qué es esto de ser el títere inesperado de los demonios? ¿De quién es la voz que va arrastrando vidas, carne, tierra y esperanzas a lo largo de las páginas de un libro? ¿Qué pulso es este temblor que va agrietando nuestra sensibilidad hasta echarnos a rodar por una colina? O, si lo prefieren, preguntémonos: ¿qué demonios son estos?
Siempre he interpretado estas palabras en un sentido muy humano. Es verdad que, alguna vez, los poetas eran "invadidos" por la inspiración, ya fuera por culpa de las musas o los dioses, o aún de los demonios. Y ni siquiera es necesario irse tan lejos como a los tiempos de la antigüedad, pues ya en la Francia ilustrada (siglo XVIII, sobre todo) se tenía este proyecto de "exorsizar" el universo de las artes y de las ciencias, y alguno autores fueron llamados verdaderos "posesos" (entre ellos, el Marqués de Sade). Pero imaginar una inspiración semejante en nuestros días no parece muy inteligente: ¿a quién se le ocurriría aparecer de pronto hablando de revelaciones infernales, místicas de ultratumba a lo William Blake o sueños donde la voz de los espíritus dicta poemas y visiones? Bueno, a lo mejor y sí se le puede ocurrir a alguien, pero nuestro error sería suponer que estos universos, espíritus y demonios están por ahí, afuera, en lugar de notar que sudan y gruñen desde dentro. 
Desde que el psicoanálisis existe, diferentes autores han tratado de esbozar la relación que hay entre la creación artística y la neurosis, reconociendo la suerte de catarsis que se produce. Freud, Jung, Otto Rank: todos ellos han dedicado páginas enteras a meditar sobre el fenómeno. ¿Trato de decir acaso que los demonios son nuestros males mentales, nuestros traumas y demás? Algo parecido, pero no exactamente. Los demonios pueden ser infinitos, llevar cualquier nombre o apariencia y manifestarse de formas muy diversas. No es necesario ser un neurótico: el mismo respirar puede ser un demonio perverso. Los hombres estamos solos con ellos, esos demonios que somos, también, nosotros mismos.
¿Y el arte, entonces, qué es? ¿Está llamado acaso a domesticar a los demonios? Eso que lo responda cada artista por su cuenta. Yo, personalmente, no estoy muy seguro de si pueden ser domesticados: más bien, son ellos los que juegan con nosotros, empujándonos a hacer cosas tan absurdas como hilar palabras que, poco a poco, van adquiriendo vida propia, bebiendo de nuestra propia sangre y convirtiéndose en dolorosos espejos en los que, poco a poco, vamos reconociendo nuestros rostros más ocultos. 
Quizá lo mejor sea aprender a resignarse y, de ser posible, echarse un trago con los demonios con los que vivimos. Al fin y al cabo, les debemos mucho, aunque nos duela o no nos guste. Voy a cerrar mis divagaciones con una recomendación: una novela del Quinteto de Avignon de Lawrence Durrell, que lleva por título Monsieur o el príncipe de las tinieblas, que no es otra cosa que una forma más de esta reflexión sobre la oscura voz que va dictando las palabras y los destinos de las vidas que su otro títere, el escritor, está forzado a ir viviendo lenta y desgarradoramente. La vida misma. 

sábado, 20 de noviembre de 2010

Las musas y las botellas

 
Tiempos hubieron en que los poetas podían darse ciertos lujos retóricos sin caer, por ello, en la impostura. Los poemas de Homero, por ejemplo, arrancan con la invocación de las musas, a las que se solicita no que ayuden al poeta a maquinar o recitar los versos que hablan de la Furia de Aquiles o los Viajes de Odiseo, sino que se les dice que canten, que tomen el micrófono y salgan a ponerse de pie sobre el estrado del karaoke épico. En otras palabras, que la inspiración es, aquí, algo más que abrir una que otra puerta interior del poeta: más bien, implica que éste se deje poseer por algo que le viene de afuera. El genio no está en dentro, sino que viene de las fuerzas divinas y de las de la naturaleza, por así decirlo. 
Pero eso cambió rápido. De hecho, ya cuando Virgilio hace su llamado a las musas para cantar los viajes de Eneas y las guerras fundacionales de lo que serán Roma y el Imperio, nosotros lo aceptamos con escepticismo. Por aquellos tiempos, en Roma (y eso queda bastante claro en la Epístola a los Pisones de Horacio) se tenía muy en claro que la creación era un acto cuya responsabilidad recaía sobre el poeta. Lo demás, es poesía (retórica o no). ¿Alguno de ustedes imagina a Petronio invocando a las musas, acaso? Pues yo, la verdad, no. 
Pero demos el gran salto: hace ya mucho que las musas fueron dejadas atrás, y ni siquiera los devotos de la "inspiración" podrían decir que su arte viene de un súbito ingreso de fuerzas extra-humanas (el romanticismo se encargó de recalcar la idea del genio como algo individual, así sea reflejo o parte del Espíritu Absoluto). Hoy por hoy, tenemos que recurrir a otra clase de recursos. 
¿A lo que trato de ir? Pues a lo que dice el título, claro: que las musas están encerradas en botellas. La "etílica de la creación" es un viejo recurso estético, un buen latigazo que, más que inspiración, da el empujón que hacía falta para ponerse manos en la masa y hacer algo con la vida que va quedando: una obra de arte. Recuerdo que Faulkner decía que, para escribir, nada mejor que tener tabaco, algo de comida y whiskey. También Ribeyro decía que, si no contaba con ninguna otra cosa, podía escribir, pero que era mejor si tenía un cigarrillo y una copa de vino. O Francis Bacon, del que hablábamos hace poco, que hablaba sobre los muchos cuadros que pintó con la dulce compañía de una botellita (o borracho, aunque esto pasaba menos). Y la lista podría ser interminable: ¿cuántos autores guardan su deuda con estas musas de vidrio? O con el barman, claro está. 
¿Mi parecer? Yo no creo que la inspiración esté en ninguna parte ahí afuera. Ni siquiera creo en la inspiración. Creo que un trago es un buen acompañante para esas interminables cruzadas que son la creación, pero no que sean las respuestas a todos nuestros problemas. No recuerdo qué escritor recomendaba alguna vez, hablando de labores creativas, que "todo lo que se haga, es mejor hacerlo con un whiskey", o algo así. ¿Contra la inspiración? Bueno, pues contra el 99% de ella, al menos, yo sí. ¿Contra una copita en el desierto de la crisis? Jamás. Esas musas todavía tienen dos o tres cosas que decirnos. De lo que se trata es de no hacerles mucho caso.

lunes, 2 de agosto de 2010

Jorge Franco sobre el oficio de escribir


Ya que hemos hablado un buen tanto de Jorge Franco últimamente, creo que no está de más traer a que brillen por estos lares algunas de sus palabras, pronunciadas durante una entrevista para Perú21, sobre ese noble y extraño oficio que es el de escribir. Palabras que no caen en saco roto, dicho sea de paso, porque siempre hay algo que aprender de los que tienen algo que decir al respecto, y mucho más cuando se trata de un autor de la talla de Franco

El autor siempre mira más allá de lo que ve el común de los mortales. Un escritor se nutre de todo, todo le sirve: a nuestro alrededor siempre hay personajes para nuestras historias. Tengo fama de ser una persona callada, silenciosa. Sucede que disfruto mucho oyendo. Todo lo oído sirve después como una base de datos para construir una historia, para delinear un personaje. Por eso, como sufro de pánico escénico –le corro a micrófonos y cámaras–, como narrador oral me va muy mal (ríe). Una de las tantas de las razones por las que escribo es porque la escritura me permite decir las cosas que me cuesta verbalizar. Escribir me permite rumiar, digerir mejor mis ideas y encontrar las palabras precisas, cosas que, oralmente, me cuesta.

¿Lo que queda por hacer? Pues de más está decirlo: hacerse con uno de sus libros y dejarse arrastrar por la corriente de su prosa, que no le teme a rápidos ni a cascadas. Tengo su última novela, Santa suerte, esperando en el estante, así que no hay excusas para quedarse dormido.

sábado, 12 de junio de 2010

¿Debate, guerra o juego de niños? (En torno al entorno de la Novela Total)


Corren los meses y los años, y parece haber un tema inagotable a la hora de armar debates, ataques e intercambio de cosquillas en el universo de los blogs. Y, sin embargo, yo sigo sin entender: ¿cuál es exactamente el conflicto entre la "Novela Total" contra la "Novela Parcial", por ponerle un nombre? Porque los disparos suenan todo el tiempo, y sin embargo nadie hasta hora parece haber pensado en que quizá esta no es otra cosa que una guerra de lodo en el jardín de la literatura, y eso si es que llega a tanto.
"Los lectores y/o escritores contemporáneos estamos hartos de la Novela Total", "La Novela Total es un vejestorio, una pieza de museo que quedó con el "boom" de la literatura latinoamericana", "Oye, que ya nadie quiere ser Vargas Llosa". Y yo sin comprender este tipo de argumentos. Será porque descreo de los ideales estéticos o literarios, tanto como de la militancia artística. Lo que sucede ahora es que, al que intenta escribir algo similar a una Novela Total, le caen encima en un dos por tres un manchón de gente mostrándole los dientes y acusándolo de ser un anticuado, de defender un tipo de escritura que ya ha muerto, de aburrir a los lectores, de ser un pretencioso.
Pues ni uno ni nada. ¿Anticuado? ¿Que es un género muerto? Oigan, eso no puede estar muerto sencillamente porque se sigue escribiendo así, y tan simple como eso. Y si los lectores se aburren, la culpa no es del escritor sino de los lectores: yo, por lo menos, creo que un autor puede cagarse cuanto quiera en la opinión de sus lectores. Como decía J. P. Witkin: "Yo creo en primer lugar para mí mismo y en último lugar para mí mismo". No, no: no es una forma de escribir anticuada ni muerta, sino una forma distinta de sensibilidad. Es decir, ni mejor ni peor que las otras: sólo distinta. Y en cuanto a lo último... bueno, ¿por qué va a ser un pretencioso el que trate de escribir una obra que se asemeje a los modelos de la Novela Total? Creo que esa pregunta es tan absurda que no merece ni siquiera ser contestada.
Pero lo que no termina de cuadrar es qué carajo estamos entendiendo aquí por "Novela Total". La gente sólo escucha mencionar esas dos palabras y ya parece que va a haber un crucificado. Y sin embargo, si se les pregunta qué escritores leen, todos esos lectores asesinos incluirán en su lista a Faulkner, a Dostoyevski, a Vargas Llosa. A Sábato, que fue el padre de la Novela Total en Latinoamérica, tal vez no, porque ahora parece que no es tan leído como antes (otra cosa que no puedo entender). Lo que quieren, entonces, es que ya no se escriban nuevas Novelas Totales... ¿por qué? ¡Si eso sólo puede significar que hay más que leer! Imagino que alguno se sentirá desafiado, si es que es o desea ser escritor, pero eso no tiene sentido: la literatura no tiene por qué ser un campo de batalla entre egos. Más que insultar, yo creo que la mayor parte de las veces hay que agradecer.
La definición, entonces, se nos escapa. Ernesto Sábato la planteó a lo largo de un libro entero, El escritor y sus fantasmas, y haciendo un hincapié heideggeriano en la toma de consciencia del escritor como existente que se debate en una realidad, para de ahí pasar a otros planteamientos. No es la única posible, claro está: en otras aguas nadan Nooteboom o Vargas Llosa, y en otras muy distintas nadaron Thomas Mann, Faulkner o Joyce, que tienen entre sí un "aire de familia", pero no una traducción directa.
¿Por qué responder con un "NO" militar a la Novela Total? Yo prefiero dejarme de lado moralejas y aforismos trascendentes para echarme a leer en paz; si el libro en cuestión me gusta o no, eso ya es asunto mío, y no voy a enemistarme con géneros por culpa de dos o tres idiotas que no supieron hacerlo tan bien como yo lo hubiera querido. No trato de atacar el tipo de novelas que se escriben el día de hoy, entre los que hay muchos que pongo entre mis obras favoritas, sino tan sólo de decir que una cosa no tiene que negar a la otra. ¿No convivieron muy bien las novelas de Faulkner con las de Scott Fitzgerald, acaso? No, señores: los que no pueden convivir en paz con la literatura son, aparentemente, los lectores. Y sin la más mínima intención de atacar a nadie, eh, que no es lo mío. Pero a ver si nos vamos olvidando de debates que huelan tanto a juego de niños.

En la imágen: Ernesto Sábato, quien forjara con mayor tenacidad teórica y, luego, autor de lo mejor que se ha hecho de la Novela Total en Latinoamérica.
Fuente de la imágen: Semanarioelsur.com.ar

domingo, 30 de mayo de 2010

Vivir con las arañas


Como dormir la siesta (aunque yo nunca lo hago) con el Demonio. Pero esto es superstición de algunos. Vivir con las arañas es una maravilla: sobre todo cuando uno vive, como yo, rodeado de plantas en un segundo piso, en una habitación donde siempre hay polillas, moscas y zancudos (más alguna abeja ocasional) revoloteando en torno al fluorescente. Pero se las tienen que jugar, porque la población de arañas que comparten mi espacio de vida son una amenaza constante para todos estos bichos ruidosos: un rápido examen de las miles de telas de araña que hay por los rincones basta para demostrarlo.
Y no, no he llegado hoy al blog con la idea de hablarles de mi vida personal, sino usándola de excusa para hablar, sí, de las arañas. ¿Las arañas? Coño, que ya les dije que sí. Y ahora le paso la posta, por unos instantes, a Camilo José Cela, que tiene sus propias palabras al respecto:
"La araña, la delicada y maternal araña, debiera ser el animal totémico del escritor. Nadie más que la araña -y el escritor- es capaz de abrirse el vientre para que el hijo hambriento la devore. Nadie más que la araña, y el escritor, es capaz de morir en las redes en que, tejiéndolas, perdió lentamente la vida. Nadie más que la araña, y el escritor, derrama sus espaciosas horas, infinitas, con tanta aplicación y tanta monotonía".
Escribir algo mejor que esto es imposible. Y yo quiero firmar a favor de esta verdad, con todas mis arañas encima. Faulkner entendía algo similar: él decía que escribir era como hacer un pacto con el demonio, convertirse en Fausto. Se puede entender lo que trata de decir: la vida se va a ir entre páginas y páginas, en una búsqueda infinita cuyo fin no tiene sentido alguno ni siquiera como idea; porque, como él mismo lo decía, el escritor que llegue a estar satisfecho de su obra, no tendrá otra opción que lanzarse desde ella y suicidarse. Conseguir ese libro significa no tener otra cosa que hacer, perder ese algo de insatisfacción y crudeza que hace al corazón seguir palpitando en su sitio.
Pero volvamos a las arañas: tercas, ensimismadas. Pasan las horas de su vida construyendo telas y redes en las que ellas son el único habitante, y que se van poblando de carcasas vacías de los seres a los que han ido devorando. Solas entre los muertos, esperan a que llegue quien les de amor, y luego lo devoran, lo suman al inventario del cementerio en el que viven. Más adelante, cuando llegan las crías, puede pasar una de dos cosas: o, como dice Cela, los hijos devorarán a su madre, que se les entregará como primer alimento, sabiendo que ése era el fin de su existencia; o, dependiendo de la especie, la madre tratará de devorar a su prole, como lo hará el escritor insatisfecho, decidido a acabar con ese montón de homúnculos deformes a los que ha dado la vida sin saber por qué, y cuya imperfección le hace sentir culpable ante sus propios ojos. Él, que quería la Rosa, tiene un geranio marchito, que sólo puede echar a las llamas.
La araña, decíamos, es un ser solitario por naturaleza. Observa el mundo desde la tela que va construyendo y reparando, sabiendo lo estrecho que es, en el fondo, el universo. Pero hay, en cambio, miles de formas que intentar o combinar para llenar esos espacios vacíos y muertos. La vida no le puede interesar, porque es fértil por sí misma. Necesita aniquilar esas existencias para seguir viviendo ella misma, absorber sus jugos vitales para seguir respirando... y respirar sólo para seguir tejiendo redes que se llenarán de cadáveres.
De nuevo lo diré: firmo al pie de las palabras de Cela. Mientras afuera se asienta la noche y yo me vuelvo una vez más a mis propias páginas llenas de seres deformes y de redes que parecen a punto de romperse, releo sus palabras y levanto la mirada hacia mis compañeras de dormitorio. Hay que seguir tejiendo.

Imágen: La madre, escultura de bronce (si no me equivoco) que se encuentra en Bilbao, España, y que cae como un dedal a estas palabras. Fotografía de Sonia Cunliffe.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Ese casi noble oficio de escribir


Hace un tiempo, no recuerdo si en una reunión (entre copas) o en Cafetal (entre cafés) un sujeto, amigo o conocido de algún amigo o conocido -ya se puede notar lo poco fiable que es mi memoria- que estaba al tanto de que tenía una novela inédita guardada por ahí, y que trabajaba en otra nueva, me comentó que él también quería escribir, y luego me soltó esa clásica pregunta: ¿es fácil escribir una novela? Pero bueno, ¿y qué carajo se supone que va uno a contestar ante semejante interrogación?
Para empezar, yo no sé qué demonios hace que alguien quiera dedicar su tiempo a una labor tan sacrificada y patética como escribir. Visto desde cierta perspectiva, no es más que una gran pérdida de tiempo y de energías: a menudo se necesitan muchas horas sólo para llenar dos páginas que vas a borrar al cabo de unos días, cuando se te ocurra releerlas; o te pasas años enteros trabajando en una novela que, cuando te parece que está terminada, resulta estar tan plagada de errores que no puedes hacer nada mejor que deprimirte, tomar un whiskey y empezar a releerlo todo con una esquirla en el pecho, sintiéndote defraudado de tí mismo por haber llevado al papel cosas tan ridículas o, en todo caso, tan mal escritas. Además, hay algo que dijo Camilo José Cela que, definitivamente, es cierto: el escritor no tiene ni siquiera la opción de tomarse un descanso. Su mente, su sensibilidad y su imaginación deben trabajar constantemente, aún cuando duerme (no sea que en un sueño del montón se encuentre alguna buena semilla literaria). Mierda, es la pura verdad. Cela lo dijo mucho mejor: "De todos los oficios conocidos, el del escritor es el más duro, el más obsesionante, el más esclavizador. Si el ser loco fuera un oficio, ese oficio sería sin duda el que más próximamente podría compararse al del escritor. Lástima que en la lista de oficios conocidos aún no figura el de loco y sí, en cambio, el de escritor." Luego, añade otra serie de grandes verdades: "En el oficio de escritor la vacación es una palabra que se ha borrado de su diccionario, que no figura en su vocabulario, que no cabe en su léxico. A veces, cuesta trabajo hacer creer a las gentes que uno trabaja cuando toma café, cuando se rasca la cabeza, cuando juega con su hijo pequeño, o cuando contempla una puesta de sol".
Yo me preguntaba un poco más arriba por qué a alguien se le ocurriría tomar semejante oficio (yo, que no soy nadie, lo he hecho, y sigo sin saber nada). Pero pongo mi dinero por las palabras de Cela: "Se escribe no más que por una ley de inexorable fatalidad. Se escribe porque no se puede, ni se sabe, ni tampoco se quiere hacer otra cosa". Y que las cosas queden bien dichas: escribir es entrar a una cámara de torturas con una sonrisa dibujada en el rostro. Todo lo que puedes llegar a saber, ya que nunca por qués ni para qués, es que estás dispuesto a hacerlo, aunque se te vaya la vida en ello, aunque te duela, aunque el mundo esté desplomándose a tu alrededor, aunque temas poder estar al borde de la locura o la muerte.
Pero yo no se hasta qué punto pueda decir nada. Ya lo dije: nunca he publicado una palabra de ficción, y muy pocos han tenido la mala fortuna de leer alguna de mis cosas. Para consejos literarios, es mejor leer a Cela, a Sábato, a Faulkner. Y sólo si es que sus consejos parecen de utilidad. ¿Qué es un escritor? Es un sádico y un masoquista, un morboso, un ridículo, un hombre con la falta de escrúpulos necesaria para no casarse con nadie y tomar el mundo por donde más le convenga para lograr su maldito objetivo: escribir algo que no le parezca del todo un vomitivo. Como bien lo dijo Ernesto Sábato, un escritor es, en esencia, un exagerado. Lo que sí que puedo decir es que escribir no es oficio de vagos: por experiencia sé que nada exige tanto esfuerzo, dedicación, constancia, sufrimiento y terror como sentarse a escribir una novela. Y que me crea el que quiera hacerlo.
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