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lunes, 12 de abril de 2010

Una inquisición (llamémosle abuso de cojudez) contemporánea


Déjenme que les cuente mi versión de los hechos: había estado releyendo el Tratactus de Wittgenstein con un amigo, discutiendo cada uno de los puntos para poner en contraste nuestras interpretaciones; al cabo de algo así como una hora y media, m amigo se fue para su casa, y yo encendí mi computadora pensando, en tono jocoso, si realmente tenía sentido todo ese análisis obsesivo que es, efectivamente, el Tratactus, y (recuerden que en tono jocoso) si alguien necesitaba realmente una lectura semejante. Hasta que llegué, de pronto, al blog de Víctor Coral, "Luz de Limbo", donde me encuentro con una entrada titulada Injusticia. De más está decir que hay dos o tres personas en el mundo a las que obligaría a leer el libro de Wittgenstein no dos, sino cuarenta veces por lo menos.
La noticia: acaban de echar de El Comercio a Óscar Malca, escritor y periodista, autor de esa película inolvidable (por lo buena o por lo mala, el punto es que inolvidable) que se llamó Ciudad de M, y editor desde hace doce años de la revista semanal "Somos". ¿El motivo? Bueno, pues hay que remitirnos a lo escrito por Beto Ortiz en su blog, ampliamente citado por Coral en su entrada: "¿La razón oficial? Al informar sobre el escándalo de los abusos sexuales cometidos por curas católicos, "Somos" había incurrido en falta contra la línea editorial (¿les suena) [yo repito: ¿les suena?] y los principios del prístino heraldo de la independencia y la veracidad. / ¿La razón verdadera? En la edición de "Somos" de la semana pasada, más exactamente en la muy glamorosa y codiciada sección "Circo Beat" Malca había osado incluír una foto del periodista Fernando Ampuero quien es, por lo demás, uno de los más antiguos inquilinos de las páginas del jet-set limeño". (Para todos los lectores extranjeros: "Circo Beat" es una página de sociales de la revista "Somos").
¿Dónde está el pecado? Bueno, los peruanos recordarán el viejo problema de los petro-audios, el rol que desempeñó Ampuero en él, a la editorial del diario haciendo de él un Galileo contemporáneo y, ante su negativa de seguir el ejemplo del físico italiano y retractarse, su despido de El Comercio. Tras lo cual, Ampuero pasó a figurar en la "lista negra" del diario, y con ello al silencio. Claro: nunca apareció en "El Dominical" señalando sus diez libros favoritos, como si lo hicieron en cambio un montón de anónimos; ni se mencionaron las presentaciones de sus libros en las agendas culturales de la sección Luces. Bueno, ese ya es un temita por sí mismo.
Y, de aquello a esta parte, mandar al hombre que lleva doce años como editor de la revista a hacer las maletas y repetir las líneas de la Orquesta Mondragón, "Adios, adios", ya es otro tema. Un error metido de lleno en el lodo del otro. Yo me pregunto, si un diario está comprometido con su público y con la realidad... ¿luego la realidad es un espacio en que no existen Fernando Ampuero, Augusto A. Rodrich, Pablo O'Brien y demás? ¿O es que la realidad que nos ofrecen está sesgada, llena de falacias de énfasis, con lo que su compromiso vendría a valer tanto como un billete de cincuenta y cinco soles? Cada cual saque sus propias conclusiones.
Yo, por mi lado, citaré de nuevo a Beto Ortiz: "En qué parte del mundo se despide a un periodista sólo por una foto de sociales? Only in Perú." Y sí, yo que no me caso con nadie, gritaré con él ese "¡Abajo!" que tanto hace falta. Será porque yo mismo soy periodista, y siento empatía por estas víctimas del sistema (venga, Foucault, dí algo); será porque la hipocresía siempre me ha parecido un cáncer sobre el que todos deberíamos fijar nuestra atención antes de andar diciéndole a todo el mundo cuál es su problema; será porque, sencillamente, actitudes como éstas me parecen francamente absurdas. No lo sé; a lo mejor Wittgenstein tiene algo que decirle a alguien. A lo mejor y no dejaría de estar de acuerdo conmigo cuando digo: "Cojudeces para los que se las traguen". Y a ver si nos vamos dejando, de una vez por todas, de seguir metiendo la cabeza de lleno en algunas cojudeces.

Foto: Óscar Malca, claro está.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Salinger según Victor Coral


Retomamos la palabra sobre Salinger, pasadas ya las semanas como brisa sobre su recuerdo. He de reconocerlo: yo hablo de él con una devoción y un cariño enormes, pero lo hago en función al único de sus libros que leí, El cazador oculto. Y eso, creo, es una limitación: siempre lo he pensado, y ahora más que nunca. ¿De qué otra forma podría ser, después de la "invocación" de su obra que ha realizado Víctor Coral en un artículo publicado en el último número de Cosas? Porque claro: Salinger, para mí, fue siempre el autor de esa novela y de dos libros más, que nunca cayeron en mis manos. Ahora, recién ahora, vengo a plantearme seriamente la cuestión acerca de cuán amplio es realmente el universo de Salinger en lo que se refiere a sus obras publicadas, y bueno, supongo que habrá que empezar a incluir sus títulos en las listas de libros que tengo que comprar (el problema es que esa lista es tan extensa...). Los hombres, y esto lo tiene que saber cualquier lector de Salinger, tenemos que seguir siempre a la expectativa de lo que nos vendrá, listos para tomarlo y, de alguna forma caótica, supongo que crecer.
Creo que el Salinger que ha retratado Coral, con tanto esmero, cuidado y cariño, es uno de los mejores que podemos recordar: el rebelde casi juvenil, comprometido consigo mismo frente a un mundo que había perdido todo el interés, ingobernable y genial. Un terco y eterno adolescente.
En mi vida, entretanto, Salinger es como ese viejo amigo al que nunca o casi nunca vemos, pero al que guardamos un cariño infinito; ese amigo del que sabemos que, cuando suceda el milagro y nos volvamos a encontrar, dicho encuentro será una ocasión magnífica, única y, si se quiere, llena de lágrimas. Porque supongo que es así: cada cual tiene su propio Salinger, y nadie puede evitarle la ternura. Salinger el hombre, no lo dudo, habría vomitado solo de escucharlo; Salinger el autor está demasiado cerca de nosotros como para poner todo esto en duda.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Reseña de "Migraciones"


Víctor Coral acaba de publicar en su blog, "Luz de Limbo", la reseña que escribí para su última novela, Migraciones. A los interesados, pueden entrar via el link en la sección "Otros blogs" que está más abajo, o a la dirección del blog: luzdelimbo.blogspot.com.
Y, ya que estamos en estas, aprovecharé para decir otro par de cosas: que puedo recomendar sin temores la novela de Coral, que ciertamente ofrece lecturas muy interesantes y singulares. Eso es lo primero. Luego, plantearme una pregunta que la lectura de esta novela me ha suscitado: ¿cómo sobrevive hoy el viejo ideal literario del romanticismo? Porque, en general, las formas que encuentra en nuestros días suelen ser bastante... patéticas (exceptuando, claro está, algunos nombres ilustres). En España, por ejemplo, hay una suerte de "espíritu romántico" que predomina sobre mucho de sus letras, pero tienden con demasiada frecuencia al sentimentalismo fácil y a la hiperconstrucción sin columnas que sostengan la obra (caso de Ruiz Zafón, que teniendo tantas cualidades como narrador, no puede evitar que las novelas se le caigan encima, porque no pasan de ser un juego lleno de lugares comunes, excesos de estilacho -que no es estilo ni estilete- y finales forzadamente felices. Eso sí, aplaudo su sentido del humor y la agilidad de su estilo). En el Perú tenemos algo similar en lo referente al simplicismo, sólo que recargado de palabras que por querer sonar cultas quedan siempre de sobra para relatar una historia en la que el argumento se queda corto (si es que hay argumento), sobre todo entre los escritores jóvenes que aparecen en las publicaciones de las universidades o via internet.
En ese sentido, la obra de Coral es bastante llamativa: al relato de "formación" clásico de los románticos (Goethe fue el padre del género, y uno de sus representantes Novalis, con su Heinrich von Ofterdingen; luego, en el XX, tenemos a Hesse) él le agrega el elemento contemporáneo, arrancando el viejo modelo de su siglo XVIII o XIX y metiéndolo de lleno en el XXI, regándolo con ron barato y algunos gramos de cocaína, para que agarre color. Eso es lo que tenemos en Migraciones: la construcción espiritual de un personaje a través del viaje (la búsqueda) hacia su yo poético, ideal y, en gran medida, imposible. Salud por eso, Víctor.
(Otra opción, magistral, es la "Novela total" de Sábato, su poética del "neorromanticismo fenomenológico; pero eso es asunto para tratar en su debido momento).
Dicho esto, paso a despedirme. Y les dejo la opción de la novela, más que digna de una lectura.

p.d. A los que lean la reseña, no dejen de leer los comentarios. Hay algunos negativos muy divertidos en los que atacan mi texto, como para no perdérselos.
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