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jueves, 7 de abril de 2011

Propaganda "Cristiana"


"El cristianismo es una metafísica de verdugos"
Nietzsche

Colaborando con la labor de Mr. Mierdas de agarrárselas con lo más sucio y crudo de las religiones, doy a conocer al público un inestimable documento, que creo yo que habla por sí solo, pero al que no dudaré en agregar mis pareceres (así que ya lo saben: voy a resaltar los pasajes más "llamativos", además de agregar comentarios entre corchetes). Porque bueno: soy un defensor de la tolerancia, pero de todos modos creo que hay que hacer notar el pedazo de caobab que llevan algunos en el ojo, y sobre todo si se trata de presuntos cristianos que, de acuerdo con la fe que profesan, tendrían que hacer, decir y ser algo muy distinto a lo que nos muestran. ¿Estamos de acuerdo? Bien, pues pasemos a los detalles: este documento es una especie de folletín, que va citando pasajes bíblicos para construir una retórica que brilla por su sadismo, y que tiene mucho, pero muchísimo, que ver con algo que escribí hace un buen tiempo (al que le interese, puede leerlo aquí) acerca de cómo algunas vertientes del cristianismo se sirven del miedo al castigo para hacer de las suyas. Pero pasemos a lo que nos interesa ahora: damas y caballeros, ante ustedes el folletín cristiano que lleva por título "¿Qué nos enseña la palabra de Dios acerca de la salvación?" (demagogia pura, qué asco). Cita textual más comentarios. Todos los resaltados y comentarios entre corchetes (ojo, que no es lo mismo que los paréntesis) son míos.

¿QUÉ NOS ENSEÑA LA PALABRA DE DIOS ACERCA DE LA SALVACIÓN?

1. ¿Qué es el pecado?
"Toda injusticia es pecado..." (1 Juan 5:7) (Cualquier cosa que no es recta ante los ojos de Dios es pecado) [Bueno... ¿y quién nos dice lo que dios, si anda por allí, piensa de tal o cual cosa? No me digan que Ratzinger, porque no sabría si reír o llorar].

2. ¿Cuál es el pecado más grande?
Jesús dijo: "...Por cuanto no creen en mí" (Juan 16:9) [Más allá de la incoherencia gramatical, hay que hacer notar que resulta que, ahora, no creer en Jesús es peor que cometer un asesinato, violar a una niña o mandar a detonar una bomba sobre un país].

3. ¿Quién ha pecado?
"Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23) [Se nota que esta gente no aprendió nada de sus clases de lenguaje en el colegio, pero lo que más importa es que, de arranque, todos estamos cagados, porque no hay quien se salve de ese "todos". O bueno, al menos están hechos los que sientan que estar fuera de la gloria de dios es algo de lo que haya que procuparse].
4. ¿Qué pasará a los que pecan?
"...El alma que pecare, esa morirá" (Ezequiel 18:4) [Cómo, ¿no es que todos ya pecamos? Oigan, ¿a esto le llaman una religión del amor y la caridad? Me cago en cristo...]. "Porque la paga del pecado es la muerte" (Romanos 6:23) [Hay una obsesión perversa con la muerte en todo este asunto... o ganas de meter miedo, claro. Porque ya saben lo que decía Foucault: el miedo es una herramienta de control, porque genera dependencia de una entidad que prometa hacerse cargo del problema].

5. ¿Qué debo hacer para estar salvo del castigo de mis pecados?
"Cree en el señor Jesucristo, y serás salvo..." (Hechos 16:31) [Aquí había que resaltarlo todo... completa la idea que expuse hace unos segundos: que sólo creyendo en lo que nos dicen nos salvamos, así que ellos tienen el poder. Bien... no me gusta cómo suena].

6. ¿Qué debo creer acerca de Jesús?
"Que Cristo murió por nuestros pecados, conforma a las escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día..." (1 Corintios 15:3, 4). [No hay nada nuevo aquí, sólo más demagogia].
7. ¿Por qué sufrió Jesús tanto por mí?
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". (Juan 3:16) [Un poco exclusivo, este club de la vida eterna, ¿no? Más demagogia, en fin].

8. ¿Qué ofrece Dios a todos los que creen en Jesús? 
"El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Juan 3:36) [Un poco de originalidad, señores, por favor... si no hacen más que repetir lo que acaban de decir arriba].

9. ¿Cómo puede el regalo de Dios ser mío?
"...la dádiva (el regalo) [claro, tienen que aclarar esto] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro". (Romanos 6:23). [¿Es que no pueden dejar de repetir la misma maldita idea? Creo que a estas alturas ya todo el mundo entendió ese detalle]. 

10. ¿Cómo puedo saber que tengo vida eterna?
"...Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al hijo de Dios no tiene la vida". (1 Juan 5:11, 12) [Sobre este detalle siempre he pensado que, tal y como se presenta, el cristianismo es una religión para la gente que no se siente capaz de tomar las riendas de su propia existencia].

11. ¿Qué me pasará si no recibo a Jesús como mi Salvador?
Los que no "obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor". (2 Tesalonicenses 1: 8, 9) [Esto suena más sádico que el propio Marqués de Sade].

Si en algo podemos ayudarte, puedes escribirnos, llamarnos por teléfono o visitarnos en: [aquí viene una dirección, que no transcribiré]. 


Y aquí termina el folleto, también. Que las conclusiones las saque cada uno: yo ya dije lo que tenía que decir. Aclararé, eso sí, que no es que piense que todos los cristianos del mundo sean una escoria de esta especie; ni siquiera una escoria en lo absoluto: muchos amigos míos, y muchos muy buenos, son cristianos, pero ellos no se la pasan predicando discursitos como éste, ni mucho menos. A los que sí, pues bueno... mejor no decir nada. Sólo agregar que, después de leer cosas como ésta, la frase de Nietzsche que he elegido de epígrafe parece más cierta que nunca, ¿no? 

Nota: no me he dado el trabajo de revisar si las citas del folleto son exactas, o si descontextualizan los textos. Tampoco es mi problema, así que no tengo por qué sentirme obligado a hacerlo.
 

sábado, 13 de noviembre de 2010

Teoría Crítica: aciertos y desencuentros


A principios del siglo pasado, apareció un grupo de pensadores (filósofos, psicólogos, sociólogos...) que postularon una nueva forma de hacer teoría, y la llamaron "teoría crítica": a diferencia (y contra) los métodos descriptivos de, digamos, un Heidegger, un Jaspers o aún un Sartre, estos pensaban que la teorización no debe limitarse a describir, sino también a cuestionar y, por ende, a transformar. El resultado, claro está, fue apabullante, y de hecho muchos de los puntos de estas toerías siguen en pie, pero, hay que decirlo, sobre todo por su lado descriptivo: es decir, el anánilis del rol de los contenidos de los discursos en la formación de conceptos más o menos aceptados a gran escala, o arraigados en eso que Jung llamó el "Inconsciente Colectivo". ¿Qué es el bien? Lo que el Estado nos hace entender, a cachitos y mediante métodos muy diversos, que es el Bien. ¿A qué debemos aspirar? Más o menos a lo que la publicidad y los discursos sociales y políticos nos dicen que hay que aspirar. Me refiero, por su puesto, a lo que queda después de hacer arqueología en los diferentes discursos (y hoy, con Internet y tanto mundo virtual, esto queda muy, pero muy vigente). 
En pocas palabras, que se repite un poco lo que decía Nietzsche en su Genealogía de la moral: que los conceptos (e interes) de muchos en realidad pueden ser los de unos pocos, llevados a todos los niveles mediante casi todas las expresiones humanas: la educación, las leyes, el derecho, la prensa, la propaganda, los comerciales, la publicidad, la televisión (sobre todo los programas infantiles: véase casi cualquier programa de Discovery Kids y arránquese los presupuestos morales que contienen acerca de lo que debe ser un "buen ciudadano", y todo eso), el sexo, las escuelas profesionales, etcétera, etcétera, etcétera. O, si quieren, se trata de que ya no estamos viviendo nuestras propias vidas. 
Obviamente, pintar así la situación es dar paso a una serie de grandes exageraciones. No es que las teorías críticas estén mal: como ya dije, son muy vigentes, y muy útiles para el estudio de los fenómenos sociales, comunicativos y discursivos en general. Pero suelen cometer un error, y es no poner bajo lupa crítica sus propios escritos. Claro: Foucault, en su dibujo de la dialéctiva de los discursos que va dibujando a su vez la historia de la humanidad, parece olvidar el detalle de que lo que él mismo está haciendo es un discurso, un nuevo postulado que, quizá (y yo lo pienso así) es sólo uno más de muchos posibles. Otros como Horkheimer o Merton no notan que sus ideas sociales son, también, el planteamiento de un nuevo status, que como tal es perfectamente criticable, una vez que ha aparecido una segunda teoría crítica que se la agarre con la suya. En este sentido, el espíritu autocrítico es una virtud, con la que muchos autores ciertamente contaron (Marcuse, Adorno o el propio Merton, por ejemplo), pero del que hicieron falta algunas otras dosis. 
Pero eso no es todo. Si se quiere llegar a un buen planteamiento, mucho más funcional y explicativo que el que se plantea normalmente, hay que abrir un poco más la descripción y sumar al análisis al interpretante. Después de todo, si algo se desprende de las teorías críticas (y, sobre todo, de las de Foucault, creo yo) es que los sujetos interpretantes sólo se dejan penetrar por los discursos, sin plantar la cara, como si fuesen recipientes más o menos vacíos, conteniendo sólo lo que resulta de otros discursos, o qué se yo. En otras palabras, que lo que hace falta es notar que, efectivamente, el individuo no es una mera "víctima" de los discursos (esos sodomitas...), sino que está, todo el tiempo, haciendo suyo, recreando y, en cierto modo, "particularizando" el mensaje. En estos términos, una teoría crítica más o menos libre de vicios tendría que tomar en consideración la posibilidad de una hermenéutica dialógica, que corra de dos partes y no de una sola (una hojeada a los libros de Gadamer y Davidson no estaría nada mal, ¿no?). 
¿Y todo esto por qué? Pues por lo mismo que dije un poco más arriba: la forma de hacer teoría de las corrientes críticas es algo que, hoy por hoy, no deberíamos dejar que se oxide. Su vigencia es notoria, y su necesidad quizá inesquivable. Pero, si queremos aplicar teorías, no está de más hacer primero un saneamiento, un aggiornamento y, además, hacerlas lo más abiertas y útiles posibles. Pero, en ningún modo, dejar que sean deshechadas. Aún no ha dicho nadie la última palabra; quizá se trate de empezar a entender que nadie lo hará nunca.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La nada en el horizonte


 Y, también, en el pecho. Después de todo, no es del todo injusto pensar que, desde cierta perspectiva, el siglo XX empezó con la irrupción de la Nada en el mundo y el pensamiento humanos. Que hubieron precedentes, queda clarísimo: Parménides ya se preguntaba "¿Por qué el ser y no la nada?" hace casi veinticinco siglos, y mucho antes de que otro pensador de avanzada, David Hume, señalara que así como no podemos afirmar el conocimiento, tampoco podemos afirmar al conocedor, osea que el "yo" raya con el vacío (y si a Descartes le duele, pues peor para él). Pero de todos modos, esto no se equipara a la verdadera irrupción, esa penetración que se multiplicó como un virus y que llevó a la Nada a ocupar un lugar privilegiado en el quehacer del pensamiento occidental. 
En otras palabras, que el grito de "Dios ha muerto" de Nietzsche taladró con fuerza en los oídos de la generación que le siguió. De hecho, Sartre sería, en este sentido, el que acribillaría al cadáver de la vieja divinidad, por si las dudas. Así, una tarea a la que deben enfrentarse los nuevos pensadores es, precisamente, tratar de llegar a las conclusiones acerca de lo que podría (o, para algunos, "debería") hacer el hombre ante tal perspectiva: eso a lo que José María Valverde llamó, con tanta presición, la "muerte de las Ideas". 
Sartre, al que ya mencionamos antes, es un caso paradigmático porque, en su obra, este carácter se revela a los dos niveles, teórico y literario. El ser y la nada es un libro que, desde su título, ya nos está diciendo mucho de lo que vamos a encontrar, encarnado en una hipóstasis genial y desgarradora, en su novela La náusea. Es el encuentro del hombre consigo mismo y que de pronto nota que hay algo que falta. Es decir, que hay una nada, o que el hombre está de pie entre la nada y la nada. Claro que hace falta pesar bien esta palabra, "nada", para sentir ese temblor al que nos invita Sartre: es la nada del sentido, la luz que alguna vez guiaba los pasos de la humanidad y que, de pronto, se ha apagado (y, quizá, hasta con una carcajada). La condición humana se ha quedado encerrada en su propio circuito de nadez, y no tiene idea de cómo salir, porque sencillamente no hay hacia dónde ir. 
Claro que este encierro tiene sus límites. Si se lo quiere plantear así, el "Ser" tiene dos niveles que, de un modo u otro, se contaminan entre sí: podríamos hablar, de hecho, de un nivel "privado" (el yo que se encuentra consigo mismo y que es su propia cárcel, del que no puede escapar) y el yo "interaccional" o "público", ese yo cuyos contenidos mentales, lenguaje e inclusive capacidades de autocognición y atribución psicológica (véanse las obras de Davidson y Carruthers en torno a este tema) dependen de la interacción efectiva con "los otros". O, en lenguaje heideggeriano, que el Dasein se reconoce (interpreta) a sí mismo en tanto que se reconoce como parte de una realidad circundante en la que están incluídos "los otros" y el propio "mundo circundante". (Dicho sea de paso, Sartre sabía esto de sobra. Que yo sepa, nunca leyó a Davidson, pero era un ferviente admirador de Heidegger, y de hecho Ser y tiempo es el punto de partida de El ser y la nada. Si se quiere una prueba de esto que no implique tener que meterse a un libro tan denso como El ser y la nada, puedo recomendar su obra de teatro A puerta cerrada, donde de hecho hay una frase memorable que dice que "El Infierno son los otros"). 
¿Dónde está, pues, esta nada que pasó del horizonte a meterse hasta en la sopa de todos los hombres? Pues, precisamente, hasta en la sopa. Es decir: que esta nada que ha quedado como un agujero después de la muerte de Dios (con mayúscula) se hace presente todo el tiempo, convirtiendo nuestra vida entera en una suerte de "situación límite", ese término que tanto le gusta al existencialismo. 
La pregunta que sigue es, por supuesto: ¿Y qué demonios hacemos nosotros ahora? Bueno, si llamar al Chapulín Colorado no funciona, pues sencillamente reconocernos dentro de este panorama. Todo el que llegue a la conclusión de que el pesimismo es la única actitud posible, creo yo, debería reconocer también que el pesimismo no implica vivir torturándose, ni mucho menos suicidarse. Es una posibilidad, pero un poco tonta. Es verdad que hay una nada, pero para nosotros esa nada se traduce como un todo: se trata, pues, de generar nuestras creencias, fundar nuestras actitudes existenciales frente a ellas y salir a caminar por las calles con la sonrisa de un actor de tragicomedia o de gladiador romano. Es un espectáculo absurdo, pero vale la pena. Como decía Bukowski, "es divertido". 

La imágen, que algo tiene que ver con lo que he escrito, pero no demasiado, la incluyo de todas formas y dejando de lado otras posibles por el sencillísimo hecho de que es genial.De hecho, yo plagiaría la idea para fabricarme un epitafio.

lunes, 16 de noviembre de 2009

¿Tesoros censurados? - La literatura y lo "políticamente correcto"


El año pasado conocí el placer de leer a uno de los mayores autores argentinos (y latinoamericanos) de nuestros tiempos: Juan José Saer. La novela en cuestión lleva por título Lo imborrable, y sugiere una larga serie de reflexiones en torno a la literatura: el proceso creativo, el porqué de cierto cánon establecido, la primacía de ciertos autores sobre otros... y, además, una bastante llamativa (y que, lamentablemente, sigue en boga): el caso de la literatura "comprometida". El compromiso político o social de una obra determinada, en lo personal, no me interesa: es mi muy humilde opinonión que, de hecho, convertir novelas como Cien años de soledad o Rebelión en la granja en meros folletines de apoyo a un determinado partido arruina el goce de la lectura. Y, por lo demás, y en vistas de que la política me importa un pepino, nunca me siento obligado a hacerlo (como mucho, la política me parece una buena herramienta para la literatura, no al revés). Pero esa es sólo mi opinión, y, si bien no digo que todo el mundo deba compartirla, creo que sí hay algunas consecuencias lamentables de atar al autor o a su obra a sus opiniones y/o tendencias políticas.
Creo que Nietzsche (y, después, Foucault, Gramsci y Pasolini) no erró del todo en sus teorías sobre las relaciones entre ética, sociedad y poder. Si la Verdad no tiene un valor ontológico real, sino apenas un valor relativo (hoy diríamos "plural"), ésta sólo puede quedar atada a lo que un grupo de élite, cuya opinión se convierta en autoridad, determine como lo válido. Desde esta perspectiva, el discurso de lo "políticamente correcto" quedaría en manos de lo que el correr de la Historia nos ha dejado; y ésto también se aplica a la literatura.
Pero dejémonos de abstracciones y tomemos un ejemplo: derrotado el fascismo en Italia, los valores de la crítica literaria se giraron hacia sus detractores: el neorrealismo, por ejemplo. Pero significó, también, la caída al olvido de algunos autores de talento indiscutible; es decir, ¿cómo es posible que hoy nadie recuerde el nombre de Guelfo Civinini, quien probablemente fue el mejor cuentista italiano del siglo XX? Es que claro: era un facho. Otros autores que, a la larga, tuvieron más suerte también se las vieron en algunos aprietos frente a la crítica de su momento, dadas sus tendencias políticas: Cèline, o Heidegger, por ejemplo. Y, finalmente, ¿por qué no recordar el ya tan nombrado caso de Borges? Porque hubo un tiempo en que Borges, el genial Borges, se convirtió en un escritor mal visto en España, y ni hablemos del Premio Nóbel que jamás recibió.
El punto es que, al final, los únicos que salen perdiendo con todo esto son los lectores. Ahora mismo, no puedo recordar haber leído alguna vez a un poeta español de la posguerra que no fuese republicano, y la sombra de la Generación del 27 parece alargarse casi hasta los últimos años de Franco. Y, entre los escritores alemanes que simpatizaron con el nazismo en su momento, ¿no hubo ni siquiera uno que fuese bueno? Porque han sido barridos de la memoria. Alguien tendría que tomarse el trabajo de buscar este tipo de obras, las tachadas por el discurso de lo "políticamente correcto" y de las victorias militares.
Si tomamos en cuenta que esto funciona también al revés, que autores como Gramsci o Sartre fueron censurados en su momento, o que a obras como la de Baudelaire les costó tanto ver la luz, ¿no tendríamos que reconocer que quizá hay un tesoro de riquezas literarias que no nos han dejado descubrir todavía? Es una buena pregunta, y, creo, no del todo injustificada.
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