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lunes, 5 de septiembre de 2011

J.D. - Las iniciales del dios

Para muchos, la llegada del mes de setiembre es todo un acontecimiento. Primavera, amores, calidez en los pechos, sol tibio, florecillas silvestres, mariposas que revolotean en los campos coronados por arcoiris a lo "My little pony"... sólo que claro, ése no es (por suerte) el único setiembre que se celebra en el mundo. Debajo de las sonrisas, entre las todas las tabernas de todas las esquinas del mundo y el callejón, otra imagen se impone sobre las aceras, mientras se apura en los vasos otro motivo para celebrar. No hay ritos que llenen más los corazones de la gente que los paganos; y eso es, precisamente, lo que tenemos por delante para celebrar este mes. El nacimiento de un hombre, de EL hombre... o, si lo prefieren así, de un mito, de un dios, de un sentido más allá de todos los fantasmas y los cadáveres de las utopías, una promesa más real que la de todos los paraísos que nos han prometido, en vano, los libros divinos. Y es que setiembre, señores, es el mes de Jack Daniel's.
Como sucede con todos los mitos, los hechos que han dado luz a la tradición pertenecen al más absoluto misterio. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo nació Jack, ese alquimista genial del siglo XIX que nos dio algo mucho mejor que la piedra filosofal o el elixir de la vida. Un incendio destruyó todos los registros concernientes a su fecha de nacimiento, y los datos consignados en su tumba y la de su madre no nos brindan más que contradicciones. Pero eso es lo de menos: basta un "aparentemente" para nutrir religiones enteras, y eso es lo que tenemos: aparentemente, Jack nació un mes de setiembre, allá por... ¿1850? Y con eso nos basta, y hasta es muchísimo mejor: al fin y al cabo, si no tienes una fecha exacta, nada te impide hacerte con toda la cartilla del calendario. Así, tenemos que, desde hace ya más de un siglo, setiembre es el mes de Jack Daniel's. Y eso, señores, es religión pura y dura.
¿Qué les puedo decir? Es inevitable que me ponga un poco sentimental al respecto... Recuerdo algunas de mis primeras borracheras, cuando con un amigo (el único y original André D'auriol) asaltábamos el minibar de su madre para hacernos con tan enigmático elixir, el tradicional "Old Nº 7" de etiqueta blanca y negra, tan elegante... Amores, historias, resacas de agonía y gloria, delirio, poesía, canciones... ha corrido mucha agua bajo ese puente, y siempre dejando ese sabor refrescante, duro y algo dulzón, que tiene el buen bourbon. Bien lo dijo alguna vez Frank Sinatra (otro que canta en la misma iglesia): "Ustedes saben. He tenido muchos amigos y he llevado una vida muy agitada, pero nunca he tenido un amigo que, como él, no me fallara nunca: se llama Jack Daniel's".
Viejo número siete, este mes alzaremos todas las copas con un eco para tí. Setiembre se tiñe de blanco y de negro, y nunca sonaron tan bien los coros que llegan desde los bares, ya sean del barrio, del cielo o del infierno. Casi todo el mundo recuerda al padre de esta larga tradición, el viejo Jack, por su curiosa muerte (gangrenado por patear su caja fuerte, según cuenta la leyenda); hoy, queremos recordarlo por lo demás, por eso que nunca olvidamos, por su legado, su honor, su gloria, nuestra fortuna. ¿Quién necesita un Edén, mientras nos queden las canciones, los amigos y las botellas de Jack Daniel's? Un vaso de este whiskey es como un párrafo de Faulkner: fuente de una poesía por la que bien vale la pena irse dejando la vida en las propinas.


martes, 30 de agosto de 2011

30 de Agosto...

Esta mala tierra de nadie a la que llamamos Perú tiene una mala costumbre que yo agradezco infinitamente: celebrar santos. Cosa que me gusta mucho, porque nos cae de cuando en cuando un día feriado, y me puedo dar el lujo de olvidarme de los horarios y de las clases, para destinar una noche más a la gloria y otro día a la inmisericorde resaca. Hoy, 30 de agosto, es el día de Santa Rosa de Lima, una mujer que vivió allá por entre los siglos XVI y XVII, que estaba más loca que una cabra. Se la conoce, sobre todo, por la fe con la que se flagelaba (recurriendo, segun dicen, a cinturones con púas y todo ese tipo de artefactos que solemos encontrar en las obras del Marqués de Sade) y por haber hecho un pacto con los zancudos, con los que acordó (nadie sabe muy bien en qué idioma) que ella no los aplastaría si ellos no le picaban. Además, escribía poemas, algunos de los cuales están bastante bien.
Dada la fecha, queremos recordar a la santa loca, a santa Rosita, trayendo a brillar por estos lares una entrevista que apareció en el Oso Mugroso, hace ya un buen tiempo, y de la cual soy 50% responsable. Eso sí, com muuucho respeto (y sacando la lengua). Con ustedes, la más moderna de las monjitas, o casi tanto como Woopy. 



¿Cómo se siente estar muerta, doña Rosa?

Por favor, me haces sentir vieja... llámame Rosita.


Bueno, Rosita. ¿Cómo se siente?
Bueno, la verdad, es complicado. Pero después de tantos flagelamientos, yo me la buscaba.


Bueno, cuéntanos, Rosa. ¿Es verdad que consumes drogas?
No, en realidad no lo hago. En mi juventud me metí un poco de ácidos con toda la gente de la parroquia, que eran medio hippies. También experimenté con los cantos gregorianos, pero eran muy fuertes. ¿Todavía los usan como alucinógeno?


Eh… no. Me parece que no.
Qué pena. No sé cómo será la juventud actual, pero ayudaba a los muchachos de mi época. Todos veían a Dios, y levitaban y cosas así. Ahora creo que ya nadie levita… eso es muy triste.

¿Y cómo le fue en su viaje al futuro?
Muy bien. Me llevó un demonio. Él fue el que me hizo tomar la decisión de querer ser una santa. Me amenazó con que si no me flagelaba el futuro iba a ser como él me lo mostró. Así que puedo considerarme uno de los pilares de lo bien que está el mundo ahora.

¿Cómo era ese mundo que le enseñaron?
Aburridísimo… Todos iban a la iglesia, y nadie hacía daño a nadie. Los curas se morían de hambre, ya te imaginarás. ¿Quién necesita un cura si no hay guerras, hambre, desgracia o sufrimiento?


Cierto, madresita. Tiene toda la razón.
¿Qué esperabas? El título de santa no lo regalan.


Sobre los mosquitos…
Mis mejores amigos. Ellos me ayudaron a darme cuenta de que debía dejar los ácidos. Y no es que haya alucinado que me hablaban, pero uno de ellos me dijo “oye, Rosa, vamos a tomar un café”, y ahí hablamos sobre todas estas cosas… el camino por el que iba. Y cambié. Ahora, sé que Dios me lo envió.


¿Y qué tal te llevas con Dios, ahora que andas en el cielo?
Muy bien, si es divino… Claro que a veces es un poco confuso, porque como viene en combo y es tres en uno, no sabes muy bien con quién estás hablando realmente. Pero es buenísimo, y prepara unos cabellos de ángel maravillosos. Ya vas a ver cuando te mueras, si es que subes, claro está. ¿Tú te portas bien?


¿Yo? ¡Claro!
¿Y te flagelas?


De cuando en cuando.
Hazlo más seguido, y con fervor. Sino no sirve.


¿Dónde queda el cielo, Rosita?
Mira, se supone que es un secreto, pero a ti te lo voy a decir. Queda en otra galaxia, bastante lejitos. A mí me recogieron en nave espacial para llevarme. San Martín de Porres me contó, cuando nos encontramos por allá, que uno de los extraterrestres le metió la mano. Muy, muy mal. Todo porque era negro.


Una última pregunta, Santa Rosa. ¿Es usted vírgen?
Ah, bueno (risas). Una dama jamás contestaría esa pregunta.  

martes, 23 de agosto de 2011

La España soñada... de Ratzinger


Siempre he pensado que la mejor decisión que podrían tomar los italianos es la de levantar una barricada enorme alrededor del Estado Vaticano para impedir que algunos de los que lo habitan puedan salir a hacer de las suyas en fiestas a las que nadie los ha invitado. Porque bueno, una cosa es filtrarse en el cumpleaños de un desconocido, tomar unas copas y coquetear con las amigas de su novia, y otra muy distinta llegar y empezar a decirle al dueño del santo que la decoración es una mierda, tocándole el culo a la novia y, en general, metiendo las narices en asuntos en los que él no pinta nada. Que es, precisamente, lo que suele pasar cuando el viejo Ratzinger, que algunos insisten en llamar Benedicto XVI (el papa, para los amigos) decide salir a dar un paseo por los barrios de sus vecinos. Recuerdo que, en su última visita a Londres, cobraban la entrada para la misa (como si los del coro cobraran el salario de los Rolling Stones) con la excusa de que los gastos del viaje les salían carísimos a los del Vaticano (como si hubieran pasado hambre alguna vez, ¿no?). Pero de este asunto ya he hablado alguna vez, así que mejor pasemos a la sección de actualidades.
Hace no mucho, al papa le entraron ganas de salir a tomar un poco de aire, y se dijo que bueno, que en España hacía un verano maravilloso, y que no estaría nada mal darse un paseo por la Península Ibérica. Y no fue a los toros, ni a ver el flamenco, ni a comer tapas y paella mientras sorbía tintos de verano, no: fue a seguir promoviendo su campaña, una de las menos cristianas de la histroria del cristianismo.
Siempre insisto en este punto, pero es que pareciera que hay que estarlo recordando siempre: hasta los ateos más declarados y tercos sabemos que a Jesús no le gustaba la intolerancia entre los hombres, sino más bien el Amor Caritativo ("Caritas", en latín) que recuerda, ante todo, que los hombres son hombres y que hay que amarlos por eso, por muy graves que sean sus pecados (para los que crean que existen los pecados, se entiende, porque su definición no pertenece al ámbito social ni penal sino al religioso y, sobre todo, teológico). Y, siguiendo estos puntos, salta a la vista que Ratzinger y Cristo sólo tienen en común el gusto por la demagogia, mientras en todo lo demás no hay más que abismos. 
Después de muchas semanas de voluntaria desinformación, al fin me he puesto a leer las noticias respecto a la visita de Ratzinger (B16, que le llaman), y ante todo creo que habría que decir que, a todas las críticas usuales que se hacen de este sujeto, podríamos agregar la de ser tan predecible, porque no hace más que repetirse, llenándonos de palabras que hacen pensar que, para él, no hay nada como la Edad Media. Qué tiempos aquellos, cuando a los herejes podías echarlos a una hoguera, ¿no? Pero bueno, tampoco sé qué otro tipo de discurso podríamos esperar del hombre que, en pleno siglo XXI, y contradiciendo lo dicho por Juan Pablo II, anunció que el Infierno existe, y que es un lugar físico y eterno en el que serán condenados por la eternidad las almas de los pecadores. "¡Azotaos, débiles de corazón!", le falta agregar antes de las pausas. 
En fin, ya está bien el retrato; ahora pasemos a los hechos. De las noticias que leo, me llaman particularmente la atención algunas de las críticas que Ratzinger ha hecho a un par de puntos de la constitución española; en particular, a los que dan legalidad al matrimonio homosexual y al aborto (éste sólo bajo ciertas condiciones). Son dos puntos muy interesantes que pueden levantar grandes disputas, es verdad, pero que yo encuentro admirables, como una vuelta de página para entrar de lleno a los tiempos que corren, echando a un lado prejuicios que llevaban demasiado tiempo bailando sobre las mesas de nuestros hogares. Claro que, sobre estos puntos (y, seguramente, sobre todo respecto del segundo) cada cual puede pensar lo que quiera, y yo no opino en nombre de nadie.
Hace no mucho, comentaba a Eduardo (el del Café del Artista, claro) que siempre me habían chocado mucho las opiniones de Ratzinger, sobre todo porque, pese a todo, el tipo es un intelectual, perfectamente capaz de seguir una línea argumentativa a lo largo de un debate, como me dicen -porque yo no he leído ese texto todavía- que lo hizo alguna vez con Jürgen Habermas, el filósofo alemán. Opiniones que, como creo que ya ha quedado claro, me parecen una aberración retrógrada. Y ojalá fuera sólo eso: siempre he pensado, también, que las ideas de Ratzinger podrían llegar a ser hasta peligrosas, tomando en cuenta la influencia que tiene entre muchos. Sobre todo, en un momento en el que el diálogo se hace más necesario que nunca en todos lados, ya no sólo del mundo, sino aún dentro de las muchas culturas y formas de pensamiento que conviven en una sola ciudad.
¿Quieren ejemplos? Pues vayamos a ello, para que no se me acuse después de demagogia a mí también. ¿Qué sentido tiene, en el fondo, criticar a quienes “desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto, quién es digno de vivir o no”? Porque tales fueron las palabras de Herr Papa en su visita a España. Y si no es la gente (que la sociedad también es gente, vamos), ¿quién va a ser? ¿El papa? ¿O dios, que habla a través del papa? 
Es el tipo de cuestiones que a mí me molestan de Ratzinger, esa mentalidad tajante y cerrada que convertiría en sus enemigos a todos los que se aparten de lo que él considera ético si no fuera porque los menosprecia demasiado como para que lleguen a tanto. A mí tampoco me gustan las ideologías, pero decir que ellas conducen "a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios”, hay un salto muy largo... 
En fin, que yo no soy partidario de las religiones, pero tampoco las desprecio. Siempre he pensado que cada cual tiene derecho a elegir qué cruz va a cargar a lo largo de la vida, y no soy quién para cuestionar las decisiones ajenas. Pero el que una persona con la autoridad y el poder de Benedicto XVI sostenga ideas tan íntima pero notoriamente violentas y discriminatorias, cuando representa a una institución cuya fe se basa en el amor, la tolerancia y el perdón, no me cala para nada. Tampoco el que vaya paseando su folletín inquisitorio al extanjero, a países sobre suya constitución y forma de vida él no tiene por qué decir nada en nombre de nadie. En otra de sus declaraciones, B16 sentenció que la juventud está sometida "a nuevas formas de esclavitud"; pues bien, ya que hay que cargar con cadenas, al menos que sean nuevas, y no las viejas y oxidadas que nos ofrece el viejo, el viejísimo dogma del que este sujeto (que lo es) no es más que un representante. 

miércoles, 22 de junio de 2011

De Diavolo questionae...


Acabo de hacerme con un libro del que nunca había oído hablar, pero que me enamoró desde el título: Historia del diablo. Siglos XII - XX, de Robert Muchembled. Como es una adquisición reciente, no he tenido tiempo de leerlo, pero ya lo he hojeado, y promete. Por ejemplo, hoy más temprano estaba echando un vistazo a sus páginas cuando de pronto me he topado con una frase extraordinaria, agudísima... que deslumbra, precisamente, por ser tan clara, sencilla y obvia: "El diablo es siempre un producto de su tiempo". Aprovecharé, pues, que aún tengo esta lectura como pendiente para dar un par de vueltas a esta sentencia, como quien va preparando el terreno. 
Siempre me ha fascinado todo lo que se relaciona al demonio y sus allegados (el Infierno, los gnósticos, las visiones, la alquimia, la nigromancia...). Desde mis años más oscuros, cuando todavía me enorgullecía (¡me enorgullecía!) de ser cristiano, y más lejos aún, desde mi más tierna infancia, todo lo que tuviera que ver con el asunto me atraía enseguida, con una sensación que, ahora no me cuesta nada reconocerlo, tenía (y tiene) mucho de morbo. Interés intelectual también, claro, pero eso es una novedad: cuando, con ocho años, sabía que mi libro favorito era el Apocalipsis de San Juan, no había interés analítico, científico, filosófico ni teológico alguno. En cambio, me fascinaban esos paisajes oscuros, grotescos, tan parecidos a lo que después encontraría en los cuadros de El Bosco. Los niños no piensan en escribir libros. 
Ahora, que sí había algo que me acuciaba, que me quemaba las entrañas y me producía no malestar, sino una profunda preocupación, un dolor agudo, y que yo encontraba en cada una de las páginas a lo largo de las cuales San Juan relata su visión del fin de los tiempos: el problema del Mal, la posibilidad de la salvación, la condena del mundo. ¿De verdad estaban ya escritos los nombres de los condenados en los libros? ¿No debía preocuparme de que mi destino pudiera ser el destierro en la Segunda Muerte? ¿Qué podía hacer yo
El problema del diablo, en los tiempos antiguos, estaba directamente relacionado con el problema del Mal. Claro que, en aquellos tiempos, Bien y Mal todavía se escribían exclusivamente así, con mayúsculas, y sus definiciones correspondían a una ley absoluta, dada por un libro que recopilaba los libros sagrados, que supuestamente inspiró una paloma, y que encierra, entre todas sus santas contradicciones, el sentido de la vida y de la muerte. Pero corrían otros tiempos, y hoy por hoy las cosas han cambiado mucho. De hecho, empezaron a cambiar con la Ilustración, cuando los pensadores post-cartesianos de Francia decidieron que ya estaba bien de cuentos, y que era hora de limpiar un poco de supersticiones al mundo. 
El demonio, sin embargo, no es tan fácil de matar, y sabe más por viejo que por diablo. Francia misma sería el escenario en el que decidiría montar algunas de sus más extraordinarias representaciones, empezando por los años de Terror que siguieron a la Revolución, pasando por los pensadores libertinos al estilo Marqués de Sade o Restif de la Bretonne, y de allí hasta llegar a casos tan ambiguos y excéntricos como el de un Baudelaire, que lo celebraba con una cruz en el pecho y una pipa de opio entre los labios, sonriente. Mientras tanto, en Alemania, Satanás tomaba un nombre nuevo, Mefistófeles, y nos sonreía y gastaba bromas desde las páginas de Goethe. 
Entre el siglo XX y lo poco que vamos malviviendo del XXI, creo que el diablo se ha convertido ya en algo distinto: en una manifestación de nuestros propios fantasmas. Eso, creo yo, es lo que pensaba Faulkner cuando decía que el artista es un ser guiado por demonios. Ahora que el Bien y el Mal ya no llevan puestas las mayúsculas, sentimos la amenaza de las minúsculas, las que sentimos cerca, pero que no podemos ver claramente, porque no tienen contornos definidos y absolutos, ni Ley que nos diga hacia dónde volver la cabeza. El hombre, en su soledad, bajo ese cielo vacío y silencioso, tiene que aprender ya no sólo que el Infierno son los otros, como decía Sartre, sino que está en todos lados: en las calles, en la soledad de una habitación vacía, en los espejos, en la oscuridad que queda cuando uno cierra los párpados, detrás de cada palabra. "Un estado del alma", lo llamó Juan Pablo II en el Concilio Vaticano Segundo; yo prefiero llamarlo "uno de tantos gajes del oficio de andar vivo". 
El diablo, pues, visto a la luz del correr de los años... y un poco apresuradamente, dicho sea de paso. Ahora, queda la duda: ¿y qué si se trata de una presencia corpórea, como nos lo aseguran la tradición y las películas? Francamente, no lo sé. En todo caso, yo lo invitaría a tomar unas cervezas. 


lunes, 9 de mayo de 2011

Diálogo entre un moribundo y un sacerdote.

 "El sistema de la nada nunca me ha
asustado: es consolador y simple."
M. de Sade
Diálogo entre un moribundo
y un sacerdote 

Tras atravesar un pasillo oscuro, mal iluminado por un fluorescente defectuoso bajo cuya luz, blanca y mortecina, se podían distinguir algunos estantes pegados a las paredes, cubiertos de libros viejos y gastados, de tapas duras, el sacerdote llega a la puerta del moribundo. Huele a moho, a polvo y a humo guardado. Toca una vez, y nadie responde. Se persigna y toca una segunda vez, pero nadie responde. ¿Ha llegado acaso muy tarde? Impasible, el sacerdote toca la puerta por tercera vez, y una voz rasposa y grave le responde con un grito: "¡Vete a la puta mierda!". Se siente palidecer por unos instantes, pero aún así pone la mano sobre el pomo de la puerta y abre. Dentro hace calor, huele a humo de tabaco y a suciedad humana. Tumbado sobre su cama, el moribundo fuma un cigarrillo, echando las cenizas directamente sobre el suelo. A su lado, sobre la mesa de noche, hay una petaca bastante gastada. El moribundo lo mira con cara de estar pensando "¿Y tú qué carajos quieres?", a lo que el sacerdote respondería, seguramente, "Tu salvación, tu alma". Este es el diálogo que mantuvieron:
S: Buenas noches, hijo.
M: No tan buenas.
El sacerdote se persigna y le ofrece la cruz. Con una sonrisa sarnosa, el moribundo se rasca la entrepierna y, señalando la petaca, le ofrece un trago al sacerdote.

M: Guarda tus maderos, viejo. Échate un trago, si quieres. Sabe mejor.

S: No, muchas gracias. He venido aquí a ofrecerte la gracia del perdón, la salvación en el reino de...

M: ¡Sí, sí...! Me conozco el cuento. Insisto en que deberías tomarte un trago. Es bourbon del bueno, lo juro. 

S: Pero hijo, ¿cómo es posible que en estos, tus últimos momentos, prefieras entregarte al vicio y la perversión, en lugar de rogar al Señor por el perdón de tus faltas?

M: ¿Perdón? ¿Y yo por qué tendría que pedirle perdón al señor ese? Si ni siquiera me lo he cruzado una vez en toda mi puta vida. 

S: ¿No sabes que todos nacemos de Él y somos en Él, con Él y por Él?

M: ¿En serio? Pues qué metiche insoportable...

S: ¿Cómo dices?

M: Que le voy a pasar la factura, al muy cabrón. Dile de mi parte que más le vale no toparse conmigo, o lo voy a moler a golpes.

S: Pero desgraciado... ¿que cosas terribles estás diciendo?

M: Que yo recuerde, nunca pedí a nadie la vida. Antes de darme cuenta, ya estaba hundido hasta la frente en este mundo. Y nunca me quejé. Ya que había que ponerse en cuatro ante el estado de las cosas, pues yo hasta sacudí un poco el culo. ¿Y qué es la vida, sino un montón de miserias y dolores reales, más algunas pequeñas distracciones entretenidas pero bastante estúpidas y superfluas, con los que la vamos pasando, sufriendo y riendo en vano, hasta que llega el momento de decir hasta nunca, ya me voy, y nunca supe ni por qué llegué?

S: Todos hemos venido al mundo por algo. Todos tenemos una parte en el Plan Divino...

M: ¿Ah sí? ¿Juega al ajedrez, entonces? ¿Y tú que eres? Alfil, probablemente. De torre no tienes mucha pinta. En cuanto a mí, no me han podido dar algo mejor que peón. Tal vez soy la ramera que se turnan los peones. 

S: No es así, es...

M: La broma del siglo, sí señor. Mira con todo lo que tenemos que cargar sólo para que el cabrón ese se juegue una partida. 

S: ¡Que no! ¿No entiendes que fuimos creados por Amor? ¿Que Dios ama por igual a todos y cada uno de los hombres? ¿Que Dios es Amor?

M: Claro... seguramente fue el amor el que movió a diosito a sacar a Adán a patadas del Edén, y sólo porque el muy cabrón se atrevió a querer saber algo más de lo que le habían dicho que supiera. A mis ojos, tu dios se parece, más que a un bondadoso abuelito, a uno de esos peces gordos que dominan la economía mundial y que no pueden dejar de ver a los individuos como números en un plano cartesiano. O, sino, como uno de esos grandes empresarios, que jura a sus empleados que son como una gran familia, y quizá y hasta les mande un pavo por navidad, pero que no dudará en poner en la calle al primero que trate de saber demasiado, o que levante la cabeza más de lo que a él le conviene. No es un dios muy cariñoso... más bien, yo diría que es celoso de su poder, inseguro de sí mismo, temeroso ante la mera posibilidad de que alguien quiera ser mejor que sí mismo. Necesita tener al mundo en la ignorancia para tenerlo dominado. Tu dios no es amor... es control. 

S: ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿Crees tú que las cosas han sido creadas en vano, o por vanidad? ¿Que los hombres no tenemos una Misión Sagrada que cumplir? ¿Que la vida es una gran nada?

M: La vida es como un cigarrillo: se consume rápido, da algo de placer, hace otro poco de daño, y al final no deja otra cosa que humo y ceniza. ¿Y de qué misiones me hablas? Yo no creo que los niños que mueren de frío o hambre en el mundo estén muy satisfechos con el amor de su creador. ¿Qué misión podrían tener ellos, si mueren antes de saber su nombre? 

S:... Pues a ellos les está reservado un lugar en el Reino, donde....

M: Donde la pasarán muy bien bailando la macarena. Vamos, viejo, admitámoslo: esos son consuelos para las viejas que no pueden ver más allá de sus abanicos y para todos esos miserables que necesitan creer que su vida vale algo más que un puñado de polvo. 

S: ¿Crees que tu vida vale lo que un puñado de polvo?

M: ¿Mi vida? No, no llega a tanto. El polvo está bien cotizado en el mercado del cielo. 

S: Hombre de mala fe, ¿no te das cuenta del error que cometes? ¿Por qué no dejas que el Señor sane tus heridas y te haga descansar la cabeza sobre Su hombro?

M: ¿Descansar? Oye, me estoy muriendo. Dentro de poco ni siquiera necesitaré descansar. 

S: ¿Y qué es lo que esperas después de la muerte? ¿Acaso la desesperación del vacío y la nada?

M: ¿Desesperación? ¿Pero de qué me estás hablando? No se puede desesperar si no hay nada de qué desesperar. Esa es la ventaja de la nada: es tan radicalmente sencilla, tan cojonudamente simple...

S: ¿No temes perderte a tí mismo? ¿No buscas la salvación de tu alma?

M: ¿Mi alma? ¿Y qué carajos es eso del alma? Yo creo que es un mal invento de los que exageran sus sentimientos, un consuelo para los que tienen demasiado miedo a morir. Un cuento muy malo, además. ¿Alma? Valemos más como rancho de gusanos que como parte de la corte de dios; por lo menos, ahí no nos tragamos el cuento de nadie. 

El sacerdote, agotada su paciencia, se levanta. Nunca se ha sentido tan insultado, ni se ha visto confrontado alguna vez con tanta necedad. Antes de marcharse, sin embargo, y sabiendo que debía ser más fuerte que sus sentimientos heridos, dijo:

S: Puesto que no deseas tomar la mano que el Señor te tiende, me marcharé. Pero recordaré tu nombre en mis oraciones, y le pediré al Señor que tenga piedad de tu alma.

M: Porque no sé lo que hago, como los que crucificaron a Jesús, claro. Haz lo que quieras, que al fin y al cabo es tu vida, y a mí me da lo mismo, mientras no vengan a tocarme la puerta. Si crees que decirle un montón de palabras vacías a un par de tablas que cuelgan de una pared sirve de algo...

S: ¿Tienes algo mejor, acaso?

M: Por supuesto que sí. 
Y diciendo esto, dio la última calada a su cigarrillo y tomó un largo trago de la petaca. Después de eso, se derrumbó sobre la cama y empezó a toser violentamente. El sacerdote, sin saber qué hacer, empezó a dar gritos, llamando a alguien. Pero nadie vino. Y escuchó, entre las toses de agonía del moribundo, unas palabras, articuladas con dificultad, pero muy claramente:
M: Esto es lo que tengo. Los dolores y placeres de morir y haber vivido. La plenitud de mi patetismo. Mi humanidad. 

Dicho esto, al fin el sujeto murió. En cuanto al sacerdote, pues lo que haya sido de su vida después de este momento no nos importa ni en lo más mínimo. 

Con mucho cariño (y poco talento) para mi compadre Jorge Chávez, mester de paganía y honroso compañero en estas sendas baldías de los que vivimos sin techo ni religión, de paso que de esas largas lecturas del Marqués de Sade (para el que hay un guiño obvio en este texto). Por lo demás, pues que me cago en el semen derramado de Cristo. ¡Jodido dios!

sábado, 23 de abril de 2011

"El Tábano"... ¡existe!


Pues eso. Muchos recordarán el coñazo que nos armó Mr. Mierdas hace un tiempo, cuando se le dio por armar un bailongo mientras nos sacaba la lengua, y todo porque se había hecho con un libro (casi duele pensar que somos lo bastante subnormales como para armar embrollos como estos por un libro... ¿pero a qué hemos llegado?), una obra misteriosa, que nadie había leído ni por casualidad, y ni hablemos de encontrarlo. Su enigmático título era El Tábano, de la irlandesa Ethel L. Voynich (otra que todos jurarían que solo era conocida en su casa y la de sus abuelos), y dadas las ganas con las que Mr. Mierdas se puso a proclamar lo bueno que era el libro y tal, pues nosotros nos quedamos las de leerlo. Y empieza el drama, porque ya lo digo: que nadie tenía ni puta idea de dónde encontrarlo. ¿Existía realmente?
Y yo les digo: sí, carajo, existe, y es de la puta madre. En vano gasté tiempo y voz recorriendo librerías, pero al fin me topé con un ejemplar en un puesto de libros de segunda mano en La Habana, hace apenas unos días. Algo viejito, tal vez, pero con todas sus páginas puestas, y editado por la Editorial Artes e Imágenes, de La Habana -es decir, made in cuba. Lo empecé un par de noches después, y ya tengo más o menos leída la mitad, con lo que me basta para sentirme justificado para hablar de él. Terminemos, entonces, con lo anecdótico y pasemos, mejor, a decir una o dos cosas de la novela de Voynich.
¿Qué les puedo decir de El Tábano, en estos momentos en que ni siquiera sé cómo va a terminar? Pues que es un bombazo: aunque está escrito en un estilo sereno y claro, con notorias deudas con el romanticismo -y aún con el Sturm und Drang-, el libro llega a ser íntimamente impactante. Y lo digo, sobre todo, pensando en la forma en que se las apaña para narrar, sin una palabra más de la justa y necesaria, complejos estados emocionales y sentimientos qe fluyen y cambian constantemente. El rencor se torna en interés, el odio en pasión, la indiferencia en curiosidad... pero a través de acciones sencillas, de meros detalles. La profundidad psicológica de algunos de sus personajes (Gemma, Martini, el padre Montanelli, el mismo Tábano) es acojonante, y la trama llega a convertirse, en cierto modo, en la historia de los desencuentros en los que ellos se van descubriendo como actores. 
¿Debería decir algo sobre la trama? Nunca he sido amigo de dar adelantos de este tipo, no sólo porque le jodo la lectura a alguno, sino también porque me cuesta mucho resumir (esa ruin palabrita) un libro, como si sólo se tratara de lo que pasa en él. Pero de todos modos diré lo básico: Arturo Burton, un joven inglés que estudia filosofía en la Italia del siglo XIX, le revela un día a su amigo el padre Montanelli que se ha unido a un grupo nacionalista, la Joven Italia, para contribuir en la lucha contra los de Habsburgo, que dominan parte del país. Pero después pasarán un par de cosas -no diré cuáles son- y se decide a huir del país, rompiendo con todo: sus viejas amistades, su "familia" y, sobre todo, su religión; sólo para volver trece años después, con la frente marchita (como dice el tango), y ya convertido en el Tábano: un ser deformado y lleno de cicatrices, mal rodeado, y que en su calidad de autor satírico volverá a verse rodeado de conspiradores, entre ellos una vieja amiga a la que amaba en secreto en sus años tiernos, cuando joven era y en el amor creía. 

Este no tiene nada que ver con el libro. Sólo es un tábano.
Bien. Suficiente resumen. Ahora, a decir algo que tiene que decirse. Y es que si antes hablé de cómo la autora se las arregló para reflejar tensiones existenciales y rupturas emocionales en pocas y simples palabras y gestos, pues la pura verdad es que el momento en el que el joven Arturo Burton rompe con la religión es extraordinario. Hay un lento marchitarse, dudas, lenta pero cruda resignación, violencia... Yo no sé si alguno de mis lectores entenderá de lo que hablo, pero los que hemos pasado por ese trance violento en el que dejamos atrás la tierra firme pero mentirosa de la religión y salimos sin paraguas a las baldías, tormentosas y divertidísimas tierras de nadie del ateísmo más declarado y tozudo, podemos vernos allí como en un espejo. Son páginas, párrafos que remueven las vísceras. Muy, pero muy bien logradas. 
"¿Qué haremos contigo, Jesús de Nazaret?" Tales son las palabras con las que arranca este libro extraordinario, del que ya Bertrand Russell dijo que era una de las novelas más apasionantes que había leído en lengua inglesa. Yo la recomiendo con una mano (y una biblia) sobre el fuego... al que pueda conseguirlo, claro está.

Breve posdata: Obviamente, esta entrada va dedicada al cabrón de Mr. Mierdas. Y que sepa que en la primera página de mi edición de El Tábano, debajo de mi nombre, he escrito estas palabras entre paréntesis: "In Honorem Mr. Mierdas". Que cada cual tenga lo que se merece, y este se merece una copa en alto. Dada la ocasión, les dejo un tangazo del maestro Osvaldo Pugliese.
 

jueves, 7 de abril de 2011

Propaganda "Cristiana"


"El cristianismo es una metafísica de verdugos"
Nietzsche

Colaborando con la labor de Mr. Mierdas de agarrárselas con lo más sucio y crudo de las religiones, doy a conocer al público un inestimable documento, que creo yo que habla por sí solo, pero al que no dudaré en agregar mis pareceres (así que ya lo saben: voy a resaltar los pasajes más "llamativos", además de agregar comentarios entre corchetes). Porque bueno: soy un defensor de la tolerancia, pero de todos modos creo que hay que hacer notar el pedazo de caobab que llevan algunos en el ojo, y sobre todo si se trata de presuntos cristianos que, de acuerdo con la fe que profesan, tendrían que hacer, decir y ser algo muy distinto a lo que nos muestran. ¿Estamos de acuerdo? Bien, pues pasemos a los detalles: este documento es una especie de folletín, que va citando pasajes bíblicos para construir una retórica que brilla por su sadismo, y que tiene mucho, pero muchísimo, que ver con algo que escribí hace un buen tiempo (al que le interese, puede leerlo aquí) acerca de cómo algunas vertientes del cristianismo se sirven del miedo al castigo para hacer de las suyas. Pero pasemos a lo que nos interesa ahora: damas y caballeros, ante ustedes el folletín cristiano que lleva por título "¿Qué nos enseña la palabra de Dios acerca de la salvación?" (demagogia pura, qué asco). Cita textual más comentarios. Todos los resaltados y comentarios entre corchetes (ojo, que no es lo mismo que los paréntesis) son míos.

¿QUÉ NOS ENSEÑA LA PALABRA DE DIOS ACERCA DE LA SALVACIÓN?

1. ¿Qué es el pecado?
"Toda injusticia es pecado..." (1 Juan 5:7) (Cualquier cosa que no es recta ante los ojos de Dios es pecado) [Bueno... ¿y quién nos dice lo que dios, si anda por allí, piensa de tal o cual cosa? No me digan que Ratzinger, porque no sabría si reír o llorar].

2. ¿Cuál es el pecado más grande?
Jesús dijo: "...Por cuanto no creen en mí" (Juan 16:9) [Más allá de la incoherencia gramatical, hay que hacer notar que resulta que, ahora, no creer en Jesús es peor que cometer un asesinato, violar a una niña o mandar a detonar una bomba sobre un país].

3. ¿Quién ha pecado?
"Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23) [Se nota que esta gente no aprendió nada de sus clases de lenguaje en el colegio, pero lo que más importa es que, de arranque, todos estamos cagados, porque no hay quien se salve de ese "todos". O bueno, al menos están hechos los que sientan que estar fuera de la gloria de dios es algo de lo que haya que procuparse].
4. ¿Qué pasará a los que pecan?
"...El alma que pecare, esa morirá" (Ezequiel 18:4) [Cómo, ¿no es que todos ya pecamos? Oigan, ¿a esto le llaman una religión del amor y la caridad? Me cago en cristo...]. "Porque la paga del pecado es la muerte" (Romanos 6:23) [Hay una obsesión perversa con la muerte en todo este asunto... o ganas de meter miedo, claro. Porque ya saben lo que decía Foucault: el miedo es una herramienta de control, porque genera dependencia de una entidad que prometa hacerse cargo del problema].

5. ¿Qué debo hacer para estar salvo del castigo de mis pecados?
"Cree en el señor Jesucristo, y serás salvo..." (Hechos 16:31) [Aquí había que resaltarlo todo... completa la idea que expuse hace unos segundos: que sólo creyendo en lo que nos dicen nos salvamos, así que ellos tienen el poder. Bien... no me gusta cómo suena].

6. ¿Qué debo creer acerca de Jesús?
"Que Cristo murió por nuestros pecados, conforma a las escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día..." (1 Corintios 15:3, 4). [No hay nada nuevo aquí, sólo más demagogia].
7. ¿Por qué sufrió Jesús tanto por mí?
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". (Juan 3:16) [Un poco exclusivo, este club de la vida eterna, ¿no? Más demagogia, en fin].

8. ¿Qué ofrece Dios a todos los que creen en Jesús
"El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Juan 3:36) [Un poco de originalidad, señores, por favor... si no hacen más que repetir lo que acaban de decir arriba].

9. ¿Cómo puede el regalo de Dios ser mío?
"...la dádiva (el regalo) [claro, tienen que aclarar esto] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro". (Romanos 6:23). [¿Es que no pueden dejar de repetir la misma maldita idea? Creo que a estas alturas ya todo el mundo entendió ese detalle]. 

10. ¿Cómo puedo saber que tengo vida eterna?
"...Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al hijo de Dios no tiene la vida". (1 Juan 5:11, 12) [Sobre este detalle siempre he pensado que, tal y como se presenta, el cristianismo es una religión para la gente que no se siente capaz de tomar las riendas de su propia existencia].

11. ¿Qué me pasará si no recibo a Jesús como mi Salvador?
Los que no "obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor". (2 Tesalonicenses 1: 8, 9) [Esto suena más sádico que el propio Marqués de Sade].

Si en algo podemos ayudarte, puedes escribirnos, llamarnos por teléfono o visitarnos en: [aquí viene una dirección, que no transcribiré]. 


Y aquí termina el folleto, también. Que las conclusiones las saque cada uno: yo ya dije lo que tenía que decir. Aclararé, eso sí, que no es que piense que todos los cristianos del mundo sean una escoria de esta especie; ni siquiera una escoria en lo absoluto: muchos amigos míos, y muchos muy buenos, son cristianos, pero ellos no se la pasan predicando discursitos como éste, ni mucho menos. A los que sí, pues bueno... mejor no decir nada. Sólo agregar que, después de leer cosas como ésta, la frase de Nietzsche que he elegido de epígrafe parece más cierta que nunca, ¿no? 

Nota: no me he dado el trabajo de revisar si las citas del folleto son exactas, o si descontextualizan los textos. Tampoco es mi problema, así que no tengo por qué sentirme obligado a hacerlo.
 

viernes, 18 de febrero de 2011

Paganismo Cristiano (esas paradojas que dan variedad a la vida...)


Pasa de todo allá por el mundo, ¿no? Oriente y medio retumba y tiembla, los ingleses se preparan para estrenar una nueva cerveza en honor al matrimonio del principito Guillermo y Kate Middleton (más buena que el pan), Sylvester Stallone pasa de las explosiones y los puños de su última película a montar una retrospectiva de sus mejores cuadros (era pintor, el muchacho) y, en general, hay movimiento en todas partes. Pero entre tanta noticia, no deja de asaltarme una pregunta: ¿qué se trae mi viejo... no, no es mi amigo... el viejo Ratzinger, que tan calladito anda?
La respuesta es una verdadera joya. Mientras da los últimos retoques a su nuevo libro sobre la vida de Jesús, Herr Papa ve que los preparativos para este primero de mayo estén a punto. Cómo, ¿que qué va a pasar este primero de mayo? Ah, pues es divertidísimo. Ahora mismo les cuento de qué va el chiste.
Todos recuerdan a Juan Pablo II, ¿verdad? Un papa muy querido, al que yo mismo guardo mucho respeto (aunque, obviamente, sin devoción), que murió hace ya seis largos años, cursando el año 2005. Pues bien, la comisión que se encarga de este tipo de asuntos (¿dónde estudia uno esa carrera?) ha dispuesto que el Papa está listo para ser beatificado, osea que pronto se sumará a la larga lista de santos por los que jura el corpus cristiano. Y, mientras todos nos preguntamos qué carajo habría pensado JP2 ante semejante perspectiva, Ratzinger (alias "B16", o "Goma2", o lo que quieran) arma una verdadera feria en el Vaticano. Así es, señores: este primero de mayo del 2011, bajo la mano de dios que pintó Miguel Ángel en el techo de la Basílica de San Pedro, serán expuestos los restos del ex-papa, San Juan Pablo II, nada más ni nada menos que para su adoración. ¡Tal y como lo leen! Y el primerito de todos en postrarse frente a lo que queda del finado va a ser B16 en persona. 
¿Es que acaso soy el único que se sorprende con este tipo de noticias? Aunque he de reconocerlo: me fascinan, me hacen delirar de la risa y me recuerdan que, pese a toda su perorata sobre la adoración de ídolos y la memoria que llevan a cuestas (y que Ratzinger parece dispuesto a revivir) de las persecuciones a los herejes, los cristianos católicos, apostólicos y todo el rollo son los primeros en echar mano del culto "pagano style". Y aunque el papa no esté a la altura de religión tan maravillosa como el paganismo, pues al menos nos sirve bien de comedia, ¿no? O por lo menos como para echar una reflexión más en el balde, y si es que llega a tanto. 
Esto no es novedad: los que se quejan del idolatrismo y las figuritas y los tótems y todo ese rollo han sido, siempre, los primeros en "adorar becerros de oro" (citando una expresión del gran Mr. Mierdas). Y eso, señores, me encanta: mil y un virgencitas, jesucristos de todos los colores y sabores, santos para todos los gustos y hechos a medida. ¿Quién dijo que el paganismo ha muerto? Sigue viviendo, muy feliz y contento, entre las filas y en los hogares de sus más encarnecidos enemigos. ¡Ya lo ven! Juliano el apóstata no salió tan mal de su batalla, después de todo. 
Entre otras noticias, una niña en Australia ha sobrevivido, "milagrosamente", a la grata experiencia de que un bus le pase por encima, quedando sólo con algunos rasguños. Según los padres, la suerte se la deben a la bendición que la pequeña recibió, tres años atrás, de Herr Papa en persona. ¿De qué estábamos hablando? 

¡Ah! Casi lo olvidaba: para todos aquellos hombres de poca fe que pudieran no creerme, sólo tienen que echar un vistazo a estas dos direcciones, que le pondrán al tanto de los pormenores: 
  
http://noticias.terra.com.pe/internacional/europa/los-restos-de-juan-pablo-ii-seran-expuestos-para-su-veneracion-en-san-pedro,4b60f5af1b93e210VgnVCM20000099f154d0RCRD.html

Y

http://www.elintransigente.com/notas/2011/2/18/bendecida-benedicto-salva-milagrosamente-pasarle-colectivo-encima-71810.asp

Me despido con una canción, como para coronar ocasiones. Y ya lo saben: In Gods we Trust.


domingo, 8 de agosto de 2010

La billetera del Vaticano


Parece que eso de que "la religión está en crisis" no se remite sólo a la fe. O es que los del Vaticano no andan muy contentos con lo que tienen en sus bancas, o que eso de que la sed de dios sólo da más sed tiene más de un significado, y algunos inesperados. Porque la crisis estará sobrevolando Europa, pero que no me vengan con que eso lo justifica todo. ¿De qué estamos hablando? De la polémica iniciativa de la gente del Vaticano (que a estas alturas ya no tienen nada de polemistas, porque nada es inesperado y nada puede sorprendernos), que ha propuesto una serie de tarifas para la asistencia a las diversas apariciones de Herr Joseph Ratzinger (alias "El Papa") en su visita a Inglaterra.
A ver un breve repaso: 25 libras (30 euros, digamos) costará la "entrada" a la misa que dará don Papa en Bringham; 24 la de Glasgow, con concierto de Susan Boyle incluído; y un equivalente a 6 euros será lo que la gente tendrá que pagar para poder participar de la vigilia de oración que se celebrará en el Hyde Park. A ver si no es una linda forma de echar la plata al agua, que así sea bendita es una patada al buen sentido.
Todo el mundo sabe que Herr Ratzinger es un hombre muy chapado a la antigua, que le gustan las misas en latín, que cree que el Infierno está allí esperándonos a nosotros los que pecamos (y con mucho gusto), que parece emocionarse mucho soñando con inquisiciones para acabar con ateos y herejes (o eso nos deja intuir en muchas de las páginas que ha escrito). Por eso mismo lo digo: que aquí puede haber de todo menos sorpresas. ¿Y mañana, qué? Preparáos, hombres de buena fe, que a lo mejor y les va a caer una cuentasa por todas las misas, confesiones e intervenciones divinas (que hay que comprender que dios también es humano). Falta un vocero del Vaticano que lo diga: "El futuro de la Iglesia y de la fe está en su pasado". Aprender de los errores, que le llaman.
No voy a ser tan ciego para no reconocer que algunas de las performances político-religiosas de Ratzinger han sido acertadas (como su acercamiento a las comunidades judías, por poner un ejemplo), pero de poco pueden servir los frutos cuando la raíz está más podrida que el sentido musical de Ricardo Arjona. Y que no me vengan los del Vaticano (ni el papa ni nadie) con cuentos: si sus billeteras están tan flacas es porque se dejaron el dinero debajo del colchón. Los cristianos tendrían que ser los primeros en saber que el derecho a la fe no se paga, aunque a dios le entre la gana de alzar los impuestos. ¿O es que hay que pagar peajes para subir al cielo?

Fuente de la noticia y de la imagen: El Comercio. Por cierto: miren bien la foto, y ninguno que sepa dos cosas de Star Wars podrá negar el parecido que tienen Ratzinger y Darth Sitheous (hablando de sorpresas, tampoco puede tomarnos desprevenidos si el pontífice empieza a echar rayos de las manos, si ya nos las mete en los bolsillos).

sábado, 24 de julio de 2010

Gianni Vattimo en la FIL Lima


La FIL de este año viene con intenciones de pegar duro. No sólo se trata ya de escritores de la talla de Jorge Franco o Edmundo Paz Soldán, más los peruanos, sino que asistirá, desde Italia, nada más ni nada menos que un filósofo, uno de los mejores y, para mí, más sugerentes pensadores de los tiempos en los que andamos perdidos: Gianni Vattimo.
Para los que anden un poco perdidos al respecto, Vattimo es un seguidor de la escuela hermenéutica de Gadamer, aunque algo más radical que el maestro, y ha hecho mucho hincapié en las interpretaciones del arte y la estética, además de sus escritos sobre hermenéutica en general. Si pensamos en la filosofía no sólo como en una disciplina a la que le corresponde plantear preguntas y problemas sino también explicarlos, Vattimo se ha enfocado, más de una vez, en tratar de explicar los problemas implicados en la interpretación entre un sujeto y otro, en vistas a categorías tales como la "diferencia".
Otro tema que ha abordado constantemente es el de la religión, y lo ha hecho en una forma tan fascinante que hasta los ateos más burlones nos sentimos llamados a leer sus textos, y con la boca muy abierta. Y ese es, precisamente, el tema que va a tratarse en la FIL: Vattimo participará en un diálogo con monseñor Luis Bambarén sobre la fe en el nuevo milenio. De más está decir que tengo muy altas expectativas al respecto, y no pienso perderme la ocasión de escuchar a un pensador de su talla.
¿Cuándo? Este martes 27 de julio, a las 8:15 pm. El ingreso es libre, así que mejor llegar temprano.

viernes, 16 de abril de 2010

¡Atención, obispos del mundo!


De más está decir, después de tanto tiempo lanzando ataques a diestra y siniestra, que adolezco de una náusea profunda y terrible ante el cristianismo en general y ante Benedicto XVI en particular. ¿Ante todo el cristianismo? Bueno, en lo que respecta al dios que adoran, sí; en lo que respecta a los seres humanos que llevan sobre su pecho esa etiqueta, no. Y más de uno sabe muy bien que cuento entre mis amigos, y aún entre mis grandes amigos, no sólo a cristianos, sino aún a un sacerdote y teólogo. No es lo mismo el traje que el hombre, eso lo sé muy bien; y que hay cristianos que tienen ideas bastante claras y críticas sobre su propia posición como cristianos, el humanismo y las consecuencias de sus creencias, también.
Pero una cosa es eso, y otra muy distinta lo que respecta a otros ciertos cristianos (católicos, apostólicos y todo el cuento que quieran) de cuyos nombres no quiero acordarme. Si, si: Herr Ratzinger a la cabeza de toda la comitiva. ¿Por qué tanto ataque, se preguntarán algunos, por parte de un hombre como yo que dice no defender ideología alguna y que, por tanto, no tiene regla con la que corregir nada? Pues porque, con regla o sin ella, hay que mantenerse siempre de pie, con los ojos muy abiertos y la mente despierta, con toda la lucidez del mundo para poder realizar las críticas pertinentes. Y lo digo desde ahora: puedo tolerar cualquier creencia, con o sin ataques, pero siempre con el respeto que toda creencia merece, así se aleje de las mías; pero no respeto ni en lo más mínimo la hipocresía, que es uno de los mandamientos del Papa y de la mayor parte de su gente.
Y ahora repito el título de esta nota: "¡Atención, obispos del mundo!" Pero el que tiene algo que decirles no soy yo, en este momento, sino Hans Küng, sacerdote y teólogo suizo, que acaba de publicar en los diarios de todo el mundo una Carta Abierta a los obispos de alrededor del globo, con un llamado muy interesante: plantear ellos mismos una crítica y las posibilidades de una reforma fundamentándose, sobre todo, en las conclusiones del Concilio Vaticano II, donde se dejaron en claro muchos puntos respecto al cristianismo y a la profesión del sacerdocio que Ratzinger parece haber olvidado del todo, a pesar de haber participado en ese Concilio junto con el mismo Küng. Empezando por algo más que básico: la lealtad se la deben, ante todo, a su dios, no al Papa, sea cual sea su nombre. Y dado que el susodicho es un ser humano, ¿pueden actuar los obispos y sacerdotes del mundo como si su palabra equivaliese a la de alguna divinidad? Da mucho que pensar, ¿no?
De más está decir que posturas de este tipo, que no por ser cristianas dejan de ser críticas y lúcidas, me parecen admirables. Así es, lectores míos: esta vez, la copa la levanto por un sacerdote y teólogo cristiano, y hasta propongo un brindis bien clavado en la garganta. Salud, Küng, y ojalá imperara sobre el catolicismo una visión más cercana a la tuya, no por ideologíao dogma, sino en cuanto a lo critico de la misma.
La Carta Abierta la pueden leer accediendo a la página de cualquier periódico (o, en todo caso, de casi cualquiera). De más está decir que recomiendo su lectura. ¡Y a ver si algo sucede de una vez por todas, en algún rincón del mundo o en el patio del Vaticano! Entretanto, esperaremos. Y seguiremos con los cinco sentidos bien atentos, que siempre hay moscas, y hay que estar listos para hacer notar el trozo de leña que tienen metido algunos en el ojo.

El de la foto, damas y caballeros, es el hombre del momento, Hans Küng.

jueves, 25 de febrero de 2010

Ratzinger - Welcome (back) to hell


Hace ya poco más de diez años, el papa Juan Pablo II (que pese a ser un papa fue un gran hombre) decidió que había suficiente tiempo separándonos del medioevo, y que había llegado el momento de cortar con algunas idioteces del canon católico. Así, en el verano del 99', pronunció una serie de audiencias dedicadas al viejo tema del Infierno, que ya se merecía una revisión después de tantos años de presión científica y ortodoxia ideológica. Ante todo, hizo notar que ni el Cielo ni el Infierno eran entidades físicas: ni el uno ni el otro se encontraban en algún punto entre las nubes, ni enterrado a muchos kilómetros bajo tierra. No: tanto el Cielo como el Infierno (y el Purgatorio, esa sala de espera de los buenos no tan buenos), dijo, son "estados del alma" de los individuos en su relación con dios. Así, el Infierno es el estado del alma de las personas que se han alejado de él, y así para cada una de las terminales post-mortem del cristianismo. (Incluso hizo notar, ya que iba por el tema, que Satanás tampoco existía como una entidad, ya que "había sido derrotado por Jesús").
A mí, en lo personal, no me interesa mucho si existen o no Paraísos, Purgatorios e Infiernos: los asilos para los muertos del cristianismo pueden, desde mi punto de vista, quedarse con los cristianos. Pero aún así le reconozco la obra a Juan Pablo II: la suya fue una lucha por humanizar al cristianismo, de paso que hacer a la religión entrar de lleno en la modernidad, al mundo post-cartesiano y post-hegeliano, porque una religión, el lo sabía, no puede existir sin lucidez, ni mucho menos sin saber cuál es el mundo que le rodea. Mucho menos una como el cristianismo, que tiene com principio existencial el compromiso con el prójimo.
Pero el capítulo Juan Pablo II terminó hace ya casi cinco años, y ahora las cosas empiezan a pintarse un poco distintas, ya entrado el capítulo Benedicto XVI, el cristianismo según Herr Ratzinger. Quien, como nadie pone en duda, es un hombre no sólo chapado a la antigua muy antigua (¿siglo VII o VIII, aproximadamente?), sino que ha entablado una lucha tenaz contra todo aquello por lo que su antecesor defendió: el pluralismo moral, la libertad de los individuos frente a y dentro de la religión, la apertura hermenéutica de la Biblia y, en general, todo aquello que relacione las palabras "Religión" y "Modernidad".
A Ratzinger no sólo le ha parecido necesario autorizar, entre otras medidas, la vieja costumbre de dar la misa en latín y de espaldas a los asistentes a la iglesia. Eso es apenas un detalle, un formalismo. A principios del año 2007, el bueno del papa, cansado de pecadores y ateos, y de que el cristianismo fuese en la modernidad "una viña devastada por jabalíes", puso las cartas sobre la mesa y anunció que el Infierno volvía a abrir sus puertas. "El Infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno", dijo Herr Ratzinger; y, seguramente, a los creyentes más creyentes los mandó a buscar sus látigos. Por si a alguien no le gustó mucho el Renacimiento, ¿eh?
Pero más allá del retroceso que significa reponer al Infierno; más allá de la ruptura que el hecho significa, frente a los esfuerzos de su antecesor Juan Pablo II por traer al cristianismo y a la iglesia católica al aggiornamento con el mundo contemporáneo; más allá de todo esto, digo, habría que preguntarse una cosa: ¿por qué revivir la vieja idea del Infierno físico, la del castigo eterno de los pecadores? Porque no todo en el mundo Vaticano son los caprichos de sus papas y cardenales, ni sus esmeros para construir máquinas del tiempo. No: hay otras consecuencias implícitas en el asunto. Y el papa, ténganlo por seguro, lo sabe muy bien.
Cargar con la responsabilidad de ser el papa, el pontífice, el representante del mundo cristiano, católico y apostólico y toda esa mierda, implica asumir no sólo un rol social, sino también, por el cargo, mucho poder. De las ideas que Ratzinger defiende ya sabemos bastante, y si a alguien detesta es a los que tragiversan su religión, se la toman muy poco a pecho o la niegan por completo (véanse, sino, algunos pasajes de su Caritas in veritate). Su visión es totalizante y universalista: el orden debe ser Uno, el de dios, que es ya no solo justo, sino también castigador.
Llegados a este punto, la palabra "castigo" no es, en modo alguno, gratuita. Como muy bien nos lo ha hecho notar la vieja teoría crítica, y respecto a este punto sobresalen las aplicaciones de Foucault (Cf. Las redes del poder), el castigo y su adverso, el premio, forman parte esencial de un discurso de dominación, al asegurar una serie de consecuencias en el comportamiento humano en base a su deseo de ser premiados o castigados. Foucault, para ejemplificar esto, utilizaba un estudio sobre el rol de las prisiones: gracias a su existencia (que es ya la amenaza y la prueba del castigo), la sociedad puede certificar un orden, un código de comportamiento moral y social y, por ende, su propio poder sobre los individuos, que actuarán en vistas a evitar el castigo. En el caso de Darth Sitheous... ¡Perdón! En el caso de Herr Ratzinger, la representación del castigo es menos tangible, pero mucho más peligrosa en el ideario humano: el Infierno, prisión eterna, castigo eterno. Al poner sobre la mesa de juego una carta tan amenazante y terrible como esta, asegura su poder y su dominación, al dar por seguro que la gente puede condenarse si no se anda con cuidado.
Así, pues, el Vaticano hace ondear sobre sus techos la bandera de la intolerancia, del retroceso ideológico y formal, la de la represión ideológica y la del miedo. El proyecto de Ratzinger sigue en pie, y ahora tiene un capítulo nuevo en su encíclica Caritas in veritate (sobre la que ya hemos discutido algunos puntos en este blog). Yo me considero un defensor de la tolerancia (y miren que no defiendo muchas cosas), y normalmente me importa un carajo lo que hagan los partidos y demás entidades de poder, pero cuando me parece que debo, o puedo, o me da la gana de decir algo, lo hago. Y me voy a tomar la libertad de ir contra uno de mis principios de tolerancia, y voy a hacer un llamado: Romanos, ¿por qué no se la arman de una vez por todas y mandan a fusilar a Ratzinger? O a crucificarlo de cabeza, para darle el placer de sentirse un mártir. En fin, bromas aparte, lo que digo es que hay que preguntarse muy seriamente cuál es el tipo de rol que está jugando Ratzinger en el mundo cristiano, tomando en cuenta que el cristianismo tendría que ser tolerante y justo, siguiendo la profesión de "Religión es Amor" que dejó Jesucristo (y esto lo digo yo, siguiendo la interpretación cristiana humanista, pese a que no doy ni dos centavos por el cristianismo). En fin, que tonterías las justas, e hipocresías papales por donde vinieron. ¡Que estamos en pleno siglo XXI, joder!
Bueno, supongo que las cosas seguirán como tengan que seguir; yo ya dije lo mío. Y a ver con quiénes me encuentro en el Infierno, ya que ha vuelto a abrir sus puertas, y tal y como están las cosas, no espero merecer nada mejor, cortesía de Benedicto XVI.

NOTA: Este es el artículo prometido. El anterior, "El Infierno y el Miedo: una reflexión", es su prólogo. Advierto, de paso (porque hay lectores incapaces de reconocer el sarcasmo y la broma aunque le bailen desnudos frente a los ojos), que no es que yo me proponga, en modo alguno, promover el asesinato del papa (¿o sí?). Me basta con que quede en claro cuáles son mis sentimientos hacia él. Y que pasen una maravillosa estancia en el Infierno, ya que estamos en esto.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El Infierno y el Miedo: una reflexión


No parece que la gente vaya a cansarse nunca de hablar del Infierno. Y claro: hay que reconocer que, como problemática, se le incrusta en el pecho a cualquiera que se diga mortal, y en ella se articulan las preocupaciones más humanas acerca de la trascendencia y la inmortalidad con esas otras que hemos adoptado de una larga línea de discursos de poder y contrato social, las que tocan el bien y el mal, la ética, los códigos morales. Quien haya leído The will to believe de William James recordará, de hecho, su comentario acerca de la "Apuesta de Pascal": no podemos saber si existe un dios basándonos en la experiencia, pero, en vistas a los riesgos que implica el no creer, más conveniente resulta que creamos que existe (no perdemos nada, y podríamos ganar mucho), que es casi reformular eso que escribió Ovidio acerca de que hay que creer en los dioses porque conviene que los haya.
Pero no es la creencia lo que me llama ahora mismo. No es la primera vez que hablo del infierno, y recuerdo haber comentado algo acerca del tema el año pasado (mismo canal, mismo comentador). Hoy, quería llamar la atención sobre cierto fenómeno que me parece bastante curioso: la valoración del Infierno.
En un principio, existieron dos deidades que eran, también, fenómenos: para los griegos, Thánatos era el dios que traía la muerte, y Hades hacía las veces de rey y reino donde iban a parar las almas una vez finalizada su existencia por el barrio. Pero en aquel entonces la gente no veía mal a la muerte, sino que la aceptaba como algo necesario y natural. Si se quiere, remontémonos a los tiempos más arcaicos, a lo que Coulanges ha llamado el "orígen de las civilizaciones": tiempos fueron en que la muerte no era concebida como un "dejar de ser", sino como un "ser" más absoluto. Al morir, las almas se convertían en dioses familiares, en manes, que eran atendidos por los vivos por los que velaban (de hecho, se temía más al exilio que a la muerte). De hecho, Homero y Virgilio recuerdan que en el Hades no sólo se castiga: también se premia.
Este es el tipo de pensamiento (que todavía reinaba entre los romanos, mucho más "terrenales" y llamativos que los griegos) sobre el que se fundaron los prejuicios del cristianismo. Como un vulgar tumor antinatural, el cristianismo pervirtió desde sus orígenes al pensamiento occidental, y a todos les decía: "Si pecas, vas a ir al Infierno, donde serás castigado por toda la eternidad", a la vez que no se cansaba de repetir a todo el mundo: "Eres un pecador; porque eres humano y, por ende, débil". Todos estaban condenados, todos temblaban de miedo. Para el juicio cristiano original, es muy difícil que alguien llegue al Paraíso (que, de hecho, debe estar vacío, pensadas así las cosas), por lo estrictos que son sus formularios de afiliación; para el Infierno, sólo tocas y te dejan entrar.
Así llegó la Edad Media, con sus crueles representaciones del Infierno: Dante (of course), San Agustín sin cansarse de hablar de la Civitas Dei y Durero son buenos ejemplos de lo que digo. Y, como todo el mundo estaba convencido de ser un pecador, la muerte se vistió de negro y empezó a respirar un aire frío como el hielo. A todos, claro, se les caían los pantalones del miedo. Morirse era lo mismo que estar condenado.
¿Y hoy? Hasta cierto punto, es la misma historia: aunque ya no queden tantos que se crean las historias de fuego, tenazas y latigazos que se popularizaron en otros tiempos, el prejuicio ya está enterrado como una astilla en la piel de la cultura occidental. Para ella, la muerte no es natural: debe ser evadida bajo cualquier circunstancia, y la buena salud y la longevidad son metas aceptadas casi por todo el mundo (la propaganda antitabaquista lo sabe muy bien, y se aprovecha de eso para meter en la cabeza de todo el mundo sus inhumanizantes ideales). Pero no todo está pintado del mismo color: hay cosas que han ido cambiando.
Desde que Baudelaire se enamoró de Satanás, de su reino y de todos sus suculentos "paraísos artificiales", muchos han empezado a cambiar sus miras. Hoy, el Infierno es más que nada un símbolo, una forma de representar la realidad (subrayando la visión personal, y olé por Schopenhauer), y si en otros tiempos fueron Dante y Swedenborg, hoy los retratistas del Infierno son otros, con otra forma de ver las cosas. Desde el "hermoso caos" y las sordideces de Henry Miller hasta los cuadros de Tola; desde los óleos desesperados de Faulkner hasta las ciudades vacías de Sartre, el Infierno ha tomado nuevos matices: el Infierno está aquí, somos nosotros mismos, estamos solos. Y, aunque cruel, el Infierno está lleno de tesoros: es una belleza. Casi estamos listos para volver a abrazarnos de los talones de la muerte.
Yo no sé si existirá algo parecido al eterno retorno o a la dialéctica de la historia; personalmente, soy incapaz de creer en estas cosas. Sólo se que las cosas cambian mientras se pasan los días: hoy, mucha gente aprende a resignarse a ser humana. Nadie nos espera al final del camino. Y, sin embargo, estamos aquí, patéticos e insignificantes, pero luchando al fin y al cabo, aunque no tengamos un por qué. He ahí la gloria del Infierno.

NOTA: Este artículo es el prólogo de otro que tengo en preparación mental, y que estaré poniendo por escrito y publicando muy pronto, lo más probablemente mañana. Verán que el tema, efectivamente, tiene vigencia, y todo porque hay gente como... en fin, que ya lo diré todo en su momento. Y que llegue el día en que podamos alzar las copas por allá, entre súcubos y poetas.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Benedicto XVI es "atacado" por una señora



Una noticia que leí el otro día, y que tengo que comentar: porque todos lo sabemos, que hay muchos que no están muy contentos con que los papas esto y los papas lo otro (¿a Juan Pablo II no lo trataron de asesinar unas cuantas veces?), y nunca falta uno que otro que quiera poner fin a sus santos días... y ahora las mujeres italianas se unen a la moción. Ah, no... esperen... ¡sólo quería saludar al pontífice!
Puedo imaginar a la pobre mujer, muy devota ella, esperando afuera de la Basílica de San Pedro, muy ansiosa porque AL FIN, AL FIN VA A VER AL PAPA EN PERSONA. Y claro, cuando el "bueno" de Darth Ratzinger hace su aparición estelar, su fe puede más que la compostura y de un segundo a otro se ve a si misma encima del papa. Unos minutos después, se la lleva la policía, y las noticias hablan de "desequilibrio mental". ¡Gracias al cielo el cristianismo es una religión que promueve el amor al prójimo! ¿Y no era el mismo Benedicto XVI, en su epístola Caritas in veritate, el que hacía tanto discurso sobre el humanismo? Porque si por "humanismo" entendemos permitir a la policía llevarse a la pobre señora y, luego, a los medios decir que está mal de la cabeza... en fin, que se entiende el punto.
No digo que yo me pasaría la vida abrazando ancianas por las calles de Roma, pero si uno es el papa, creo que tiene que asumir cierta responsabilidad moral y un rol social, ¿no? Y, como representante de Dios y de Cristo y de toda esa gente ante el mundo terrenal, creo que dejar que las cosas sucedan así no es exactamente ser muy humanista, ni mucho menos comportarse como un cristiano (vamos, ¿ya se olvidaron de las parábolas? ¿Y el buen samaritano, dónde quedó?).
Pero ya sabemos como es Herr Ratzinger (Darth Sitheus, dicen por ahí), aunque no termine de entender por qué promueve el tipo de cristianismo que promueve, ni en la palabra -al respecto pueden ver mi comentario a la última epístola papal en este mismo blog-, ni en la práctica. Ni modo, allá en el Vaticano entenderán sus propios asuntos.
Aquí la nota que aparece en la página de "El Comercio":

Ciudad del Vaticano.- (Reuters) – Una mujer que el Vaticano describió como “inestable” saltó el jueves una barricada para avalanzarse sobre el Papa Benedicto XVI y lanzarlo al suelo, al inicio de la misa de Nochebuena en la Basílica de San Pedro.

El pontífice de 82 años quedó aparentemente ileso y pudo terminar el servicio de dos horas, pero un anciano obispo que integraba la procesión papal cayó al piso y fue hospitalizado por una fractura en una pierna.

La televisión mostró a la mujer, vestida con una blusa roja, saltando una barricada y arrojándose sobre el Papa, que cayó al piso de mármol.

El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, dijo que la mujer, a la que describió como “inestable”, fue la misma persona que intentó saltar una barricada para acercarse al Papa durante la misa de Navidad del año pasado.

El Papa, vestido con ropas doradas y blancas, fue socorrido por agentes de la seguridad vaticana y, tras unos pocos segundos, continuó con la procesión en la nave central de la basílica para celebrar la misa.

Pero, el cardenal francés Roger Etchegaray, de 87 años y con una salud frágil, fue llevado en una silla de ruedas. El prelado fue hospitalizado por una fractura de fémur.

El incidente, que dejó a los guardias de seguridad visiblemente agitados y a los obispos aturdidos, ocurrió al inicio de la misa en la que Benedicto condujo al 1,1 millón de católicos romanos a la Navidad por quinta vez desde que fue elegido en el 2005.

Imágenes de televisión en cámara lenta mostraron una silla de plástico volando por el aire mientras guardaespaldas corrían alrededor del Papa y detenían a la mujer, que se esperaba sea interrogada por la policía vaticana.

Por primera vez en la historia reciente, la misa comenzó dos horas antes de medianoche para darle al Pontífice más tiempo para descansar antes del principal evento de Navidad, el viernes al mediodía (11:00 GMT / 06:00 hora de Lima).

En su homilía ante más de 10 mil personas, el Papa llamó a los fieles a redescubrir la simplicidad del mensaje de la Navidad.

P.d. !Por favor, díganme si no es increíble la imágen de la mujer saltando encima de Ratzinger! Y él, claro, muy a su estilo hace su entrada a la Basílica... ¿Es que soy el único que piensa que se ve como un verdadero señor de los Sith? (Sé que no lo soy, pero da igual).

lunes, 9 de noviembre de 2009

Fetichismo, esa maravillosa religión...


Yo me pregunto qué sería de todos nosotros sin esos dulces detalles a los que comúnmente llaman fetiches... porque lo digo de antemano: sin ellos, el sexo no sería lo mismo. Es más: perdería su contenido "misterioso", ese algo más que nos llama hacia él, que nos envuelve en la lujuria y que nos abre la posibilidad de llegar a reírnos en la cama (porque, como muy bien decía Armando Robles Godoy, el sexo y el humor no tienen por qué excluírse entre sí).
Pero claro, ¿qué es el fetichismo, al fin y al cabo? Dicho en términos fríos, es el dar a un "objeto" (valga parte del cuerpo, acto o escenario particular, detalles de ambiente y demás) un valor agregado que, visto por sí mismo, no tiene una relación ontológica con el acto sexual en sí mismo. O, si quieren, es el no bastarse con el coito, sino además ir por las manos o por los pies, ponerse encima un disfraz de pirata o de enfermera (o el clásico uniforme escolar), esconder las clásicas portaligas o un buen encaje de lencería debajo de la falda, preparar un ambiente con velas o a imitación de un simposio romano y demás detalles. A su modo, son obsesiones estimulantes, a menudo muy mal llamadas "perversiones", atizadores de la más sana lujuria (como bien decía el gran filósofo británico Simon Blackburn, "la lujuria no persigue la reproducción, sino un buen revolcón").
Pero el fetichismo es también algo más. Pasando de su construcción social, biográfica y/o genética, los fetiches son una profunda sacudida de la condición humana: a su modo, no dejan de ser totemismos, una forma pagana de mantener con vida cierta adoración inexplicable junto con todos los rituales que exige. Es cierto que nosotros ya no tenemos figuras en forma de falo a lo largo de los caminos para rendir tributo a Príapo, como los fascinus romanos, pero en cambio rendimos una infinidad de cultos íntimos y personales, que luego sacamos a compartir en el lecho (o en la intimidad de la masturbación, claro está, donde prima la libertad de la imaginación). Del fetiche, ni qué decir, nadie se escapa: el culto de las tetas y los culos son otra forma de fetiche, en tanto que no encierran ningún significado sexual (entiéndase "sexual" como "relativo al coito"). Pero algunos fetiches son mejor vistos que otros (de ahí podemos pasar a los términos freudianos de "Tótem" y "Tabú", y de hecho estamos a un paso de llegar a "Eros" y "Thanatos", pero ese es un toro que no voy a torear ahora mismo). Lo cierto es que necesitamos un culto, algo profundo ante lo cual rendirnos sin poder dar explicaciones; y, como un renuente de las viejas culturas, tenemos todo el simbolismo de los fetiches. Olé, Jung.
Podríamos llamar al fetichismo la religión del siglo XXI, si tan solo no fuese cierto que, de hecho, ha sido una religión universal para todos los tiempos. Masoquistas y sádicos están incluídos en la fiesta, por supuesto: también ellos responden a cierto llamado irracional que los empuja fuera de una vagina. Lo importante, al final, es que están ahí, para nuestra fortuna y la de nuestras parejas. Mucho más podría decirse, pero nos adentraríamos a otros pantanos que, en este momento, no quiero pisar (sobre todo, por motivos de espacio). Salud, pues, por los viejos y buenos fetiches, que también son los hijos de algún dios, qué carajos.
Antes de poner el punto final, querría agregar rápidamente una breve lista de fetichistas clásicos, para los interesados en el género (el orden es meramente caótico, y no responde a factores de historicidad ni preferencia): Nobuyoshu Araki, Quentin Tarantino, Restif de la Bretonne, Ovidio, Philip Roth, el Marqués de Sade, Luis Buñuel, Fellini, Mapplethorpe, Edward Weston. Hay muchos nombres más, pero lo dejaremos allí. Y que sigan los "juegos".
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