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lunes, 5 de septiembre de 2011

J.D. - Las iniciales del dios

Para muchos, la llegada del mes de setiembre es todo un acontecimiento. Primavera, amores, calidez en los pechos, sol tibio, florecillas silvestres, mariposas que revolotean en los campos coronados por arcoiris a lo "My little pony"... sólo que claro, ése no es (por suerte) el único setiembre que se celebra en el mundo. Debajo de las sonrisas, entre las todas las tabernas de todas las esquinas del mundo y el callejón, otra imagen se impone sobre las aceras, mientras se apura en los vasos otro motivo para celebrar. No hay ritos que llenen más los corazones de la gente que los paganos; y eso es, precisamente, lo que tenemos por delante para celebrar este mes. El nacimiento de un hombre, de EL hombre... o, si lo prefieren así, de un mito, de un dios, de un sentido más allá de todos los fantasmas y los cadáveres de las utopías, una promesa más real que la de todos los paraísos que nos han prometido, en vano, los libros divinos. Y es que setiembre, señores, es el mes de Jack Daniel's.
Como sucede con todos los mitos, los hechos que han dado luz a la tradición pertenecen al más absoluto misterio. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo nació Jack, ese alquimista genial del siglo XIX que nos dio algo mucho mejor que la piedra filosofal o el elixir de la vida. Un incendio destruyó todos los registros concernientes a su fecha de nacimiento, y los datos consignados en su tumba y la de su madre no nos brindan más que contradicciones. Pero eso es lo de menos: basta un "aparentemente" para nutrir religiones enteras, y eso es lo que tenemos: aparentemente, Jack nació un mes de setiembre, allá por... ¿1850? Y con eso nos basta, y hasta es muchísimo mejor: al fin y al cabo, si no tienes una fecha exacta, nada te impide hacerte con toda la cartilla del calendario. Así, tenemos que, desde hace ya más de un siglo, setiembre es el mes de Jack Daniel's. Y eso, señores, es religión pura y dura.
¿Qué les puedo decir? Es inevitable que me ponga un poco sentimental al respecto... Recuerdo algunas de mis primeras borracheras, cuando con un amigo (el único y original André D'auriol) asaltábamos el minibar de su madre para hacernos con tan enigmático elixir, el tradicional "Old Nº 7" de etiqueta blanca y negra, tan elegante... Amores, historias, resacas de agonía y gloria, delirio, poesía, canciones... ha corrido mucha agua bajo ese puente, y siempre dejando ese sabor refrescante, duro y algo dulzón, que tiene el buen bourbon. Bien lo dijo alguna vez Frank Sinatra (otro que canta en la misma iglesia): "Ustedes saben. He tenido muchos amigos y he llevado una vida muy agitada, pero nunca he tenido un amigo que, como él, no me fallara nunca: se llama Jack Daniel's".
Viejo número siete, este mes alzaremos todas las copas con un eco para tí. Setiembre se tiñe de blanco y de negro, y nunca sonaron tan bien los coros que llegan desde los bares, ya sean del barrio, del cielo o del infierno. Casi todo el mundo recuerda al padre de esta larga tradición, el viejo Jack, por su curiosa muerte (gangrenado por patear su caja fuerte, según cuenta la leyenda); hoy, queremos recordarlo por lo demás, por eso que nunca olvidamos, por su legado, su honor, su gloria, nuestra fortuna. ¿Quién necesita un Edén, mientras nos queden las canciones, los amigos y las botellas de Jack Daniel's? Un vaso de este whiskey es como un párrafo de Faulkner: fuente de una poesía por la que bien vale la pena irse dejando la vida en las propinas.


viernes, 4 de febrero de 2011

Rallando la zanahoria


Es bueno saber que, más allá de lo que Susana Villarán entienda por "democracia", la gente reacciona a las medidas estúpidas (lo siento, pero no hay otra palabra) que algunos que tienen algo parecido al poder creen que nos pueden meter como y por donde quieran. Sí, señores: hablo de la Ley Zanahoria, esa pachotada de aires fascistas (alguien ya lo dijo antes que yo) que, vaya a saber dios o quien se le parezca por qué, algunos creen es la mejor solución, cuando ni siquiera llega a ser eso. Y, mucho menos aún, un "triunfo para la democracia", como dice Susana Vilarán, aparentemente sin entender qué demonios es la democracia. En fin, que las palabras de hoy no serán las mías (aunque ya me tocará el turno otra vez; lo juro), sino de mi tío, el abogado Alfredo Bullard, que entiende estas cosas desde un ámbito mucho más cercano. Lo que transcribo aquí es un texto que publicó él en su blog, Semana Económica (pueden ver la entrada original si entran en esta dirección: http://blogs.semanaeconomica.com/blogs/prohibido-prohibir/posts/el-efecto-zanahoria), y que lleva por título El efecto Zanahoria. (También se pudo haber titulado La zanahoria mecánica, creo yo). En fin, que les dejo el texto, para que lo mastiquen, y a ver si de una vez por todas los que tienen el poder para hacer este tipo de cosas empiezan a dedicarse a hacer cosas trascendentes o, siquiera, útiles. 


El efecto Zanahoria 
por Alfredo Bullard  
¿Sabía usted que al año fallecen en el Perú entre 3,000 y 4,000 personas en accidentes de tránsito? Y que un número mayor de personas quedan heridas, muchas con daños irreversible. Y eso es sin contar los millonarios daños patrimoniales de este tipo de accidentes. Dado que son los automóviles los que causan estos daños sugiero sacar una norma que prohíba los automóviles. Finalmente, “Muerto el perro se acabó la rabia”.
Y hablando de perros, cada cierto tiempo vemos noticias sobre ataques de perros a ciudadanos. Varios de esos ataques han resultado en lesiones serias a personas, incluidos niños. Sugiero prohibir la tenencia de perros para evitar que esos hechos se repitan.
No dejo de asombrarme con el número de salvavidas que uno ve en las playas. El número de personas que sufren incidentes en el mar no es deleznable. Y todos los años tenemos un saldo lamentable de personas que se ahogan. Sería, por tanto, bueno prohibir que la gente se bañe en todas las playas para evitar estas desgracias.
Muchas personas saltan de los puentes y edificios para suicidarse. Su altura causa la muerte de quienes saltan. Deberíamos, entonces, limitar la construcción de cualquier estructura arquitectónica para que no supere una altura de la que una caída causaría la muerte (me imagino que sería un piso).
La experiencia demuestra que una buena cantidad de los policías que patrullan las calles son corruptos (me atrevería a decir que la mayoría). Deberíamos, por consiguiente, cerrar la Policía para evitar actos de corrupción.
Podría seguir con una serie interminable de remedios a varios de los problemas que nos agobian. Las soluciones que propongo parecen ridículas. Una buena cantidad de viajes de automóvil (la inmensa mayoría, casi la totalidad) se realizan sin que ocurran accidentes. Y la mayoría de los que ocurren no son graves. Si prohibimos el automóvil castigamos a todos por eventos que afectan a un número relativamente reducido de personas.
Y lo mismo se puede decir de tener perros, nadar en el mar o construir un puente o un edificio. Y tampoco parece lógico solucionar la corrupción policial eliminando a la Policía.
Un Estado que toma alguna de las medidas sugeridas mostraría su incapacidad para enfrentar problemas. Renuncia a lo que le toca hacer, muestra falta de coraje (yo diría que muestra cobardía) y de capacidad para cumplir su rol, enfrentar los retos que le tocan. Un Estado que actúa así tira la toalla y soluciona el problema de la manera más fácil y brutal imaginable: privándonos a todos de nuestra libertad por la acción irresponsable, negligente o criminal de algunos pocos.
Todos los males de cualquier actividad humana se pueden evitar prohibiendo la actividad. El problema es que si la actividad puede (y suele) tener fines lícitos y legítimos, para evitar los males causado por unos se restringe la libertad de todos a alcanzar esos fines.
Susana Villarán cae en la misma simple y brutal tentación de negarnos nuestra libertad (lo cual no es de extrañar en una socialista). Como algunos actos de violencia y de criminalidad están vinculados al alcohol, mejor prohibimos el alcohol a partir de ciertas horas. Fin del argumento. Así, en lugar de enfrentar la violencia y el crimen (un rol que claramente le compete al Estado) nos privan de libertad a todos. Plan Zanahoria que le llaman.
Y ello sin tomar en cuenta que los violentos y los criminales seguirán bebiendo obteniendo trago clandestinamente. Es de esperar que tengan una demanda inelástica por el alcohol si la comparamos con la demanda del común de ciudadanos. Por tanto, están más dispuestos a asumir los costos de la prohibición.
Con mucha gracia la señora Villarán nos dice en los medios que uno puede divertirse sin beber. Ese no es su problema. Por supuesto que se puede. Pero también puedo divertirme bebiendo responsablemente. Cómo decide divertirse la gente es un acto que le compete a la gente, no a las autoridades. Cuando quiera su opinión de cómo puedo divertirme se lo pregunto. Pero nadie autoriza a un alcalde a decidir cómo debemos divertirnos o pasar el tiempo los ciudadanos. El único límite que pueden imponernos es que al hacerlo no dañemos a otros.
La razón por la que les hemos entregado a las autoridades la función de controlar el crimen y la violencia es para proteger nuestra libertad y nuestra integridad. Nada de lo que el Estado hace en ese tema tiene sentido si el resultado es privarnos precisamente de esa libertad.
Si hay personas que generan violencia o crímenes bajo la influencia del alcohol, le corresponde al Estado controlar sus actos y sancionar a esas personas y no prohibir a todos que consumamos una cerveza o un buen pisco. Como la mayoría de los peruanos, consumo alcohol, y como también la mayoría de los peruanos, no he matado, ni asaltado, ni dañado la propiedad privada de nadie. Creo que ejerzo mi libertad responsablemente. No entiendo por qué Susana Villarán quiere evitar que siga siendo responsable, cuando la libertad, ejercida con responsabilidad es la clave de una sociedad en la que nos podemos llamar verdaderos ciudadanos. Sin libertad y responsabilidad no hay auténtica dignidad.
Curiosa muestra de incompetencia aquella en que el fracaso de la política pública se pretende curar negando los derechos a los ciudadanos. Es como pretender combatir la polio amputándole las piernas a quienes podrían contraer la enfermedad.
Pero si se quiere ir a los extremos le sugiero a Susana Villarán algunas medidas más efectivas para lograr su fin: un toque de queda (si no hay nadie en la calle, el crimen y la violencia desaparecen). Que prohíba también que las personas se acerquen a menos de 5 metros de otros. Es difícil atacar o asaltar a alguien a esa distancia. O que prohíba que la gente converse en la calle. La mayoría de peleas se originan en un intercambio de palabras. Y prohíba que la gente tenga pareja o enamorada. Una buena parte de las peleas se originan porque alguien les dijo algo inapropiado.
La verdad es que hay una manera muy práctica de evitar que los alcaldes hagan tonterías: prohibiendo que haya alcaldes. Me tienta la idea, pero pensándolo bien, mi desconfianza del Estado no puede llegar a tanto. Esperemos que las autoridades a cargo de controlar los excesos de los alcaldes (Indecopi y el Poder Judicial) “no nos dejen caer en la tentación” de derogar a los alcaldes y sus funciones.

lunes, 17 de enero de 2011

Oye, ¡que no somos conejos!


A ver, vamos a ser claros: está muy bien que los dirigentes de un país, de una ciudad o de un municipio tomen cartas en el asunto y quieran velar por la seguridad de la gente. Pero una cosa es una cosa, y otra es andar y meter las narices al punto de que nos empiecen a hacer cosquillas donde preferiríamos que nos dejaran en paz. La decisión de la Asamblea de Alcaldes, con Susana Villarán a la cabeza, es un mal trago para empezar la semana... y lo digo literalmente, porque si los barranquinos ya estábamos jodidos con esto del Plan Zanahoria (con la zanahoria metida en el culo, digamos), ahora se ha decidido que eso no basta: el sadismo sodomita de los dirigentes de nuestra ciudad no está satisfecho con tan poco; ahora, toda la ciudad tendrá que prepararse para legislaciones que parecen más prohibiciones que ninguna otra cosa (y como decía un amigo blogger, "prohibir no es legislar, es prohibir"), y a ver a dónde llevamos nuestras pobres almas al final de la noche cuando nosotros todavía no estamos dispuestos a admitir un final. 
Ya sé que mi protesta suena a ridiculez, que la seguridad pública tendría que ser una prioridad y bla bla bla... pero es que tampoco podemos aplaudir todo lo que otros deciden sólo porque nos juran y perjuran que "es por nuestro bien". En primer lugar, que no hay que confundir las cosas: por enésima vez repetiré que la salud está muy sobrevalorada hoy por hoy, y también insistiré en que la felicidad no siempre va de la mano con el bienestar y la seguridad públicos (y si no me creen a mí, pregúntenle a los suizos). Yo no estoy muy seguro si de la mejor fórmula para apoyar el bienestar de una población sea atentar contra su libertad... en todo caso, me suena a artículo retorcido de alguna mente política. ¡Y encima nos lo venden como "triunfo de la democracia! Oigan, por favor yo quiero escuchar lo que tiene que decir la gente, porque creo que no somos exactamente una minoría los que estamos en contra de medidas como ésta; y si la democracia la hacen las mayorías, pues creo que hablamos de otra cosa, o es que nos la han metido junto con la zanahoria (y para colmo de males, a mí ni siquiera me gusta la zanahoria, y de conejo no tengo nada). 
Además, creo que este tiro es de los que salen por la culata. Se habla de este tipo de medidas como necesarias para la seguridad pública, y sin embargo puedo decir (porque lo he visto, y lo sigo viendo, en Barranco, donde el Plan Zanahoria anda vigente desde hace ya mucho tiempo) que las cosas no son tan simples. El espectáculo es muy interesante, a decir verdad: llegadas las tres de la mañana, se pueden ver las multitudes que, cual procesión, avanzan hacia las avenidas para tomar un taxi, mientras los ladonzuelos y carteristas aprovechan para escurrirse como caneros por entre las masas de gente ebria para sacar un tajo de ganancias. Así que ya lo saben, muchachos: podrán dormir tranquilos, siempre que no anden por las calles. 
Guardo, sin embargo, la esperanza. Las palabras a veces suenan muy bien, pero sucede a menudo que no tienen por dónde andar, con lo que sólo les queda ir de paseo o quedar como jeroglíficos en papeles que a nadie le importan. Esperemos, pues, esperemos... y no nos comamos la ensalada que nos tratan de vender con tantas sonrisas, que ya saben dónde puede terminar, y sonreír es demasiado fácil. ¿Algo más que decir? Pues supongo que sí: ¡Salud! 

viernes, 24 de diciembre de 2010

La del sábado: Rory Gallagher - "Too much alcohol"

Como un especial navideño, adelantamos nuestra sección de los ´sabados y la echamos a correr hoy, viernes 24 de diciembre, como para ir calentando motores (y en vista a que voy a estar dos días fuera de Lima, de paso). Y, como andamos de fiesta, he traído de las tinieblas a ese maestro de maestros, verdadero "hijo de la derrota y el alcohol", y que nos ha dejado por la puerta por la que salen los de su especie, esa a la que se llega echándose abajo una o dos paredes: hablo de Rory Gallagher, uno de los hombres que hicieron del blues lo que es hoy el Blues, aunque sea irlandés en lugar de negro, porque para la música, como para la navidad y las borracheras, da lo mismo qué o quién seas. Gallagher, que murió hacia mediados de los noventa, después de una operación de la que sacó un nuevo hígado (el otro ya había pasado a mejor vida, imaginarán por qué), justo cuando estaba recuperándose del intercambio. Y, para que no olvidemos de qué se trata en el fondo la navidad, he elegido una canción... eh... "ilustrativa", por así decirlo; ¿o acaso preferían un villancico? Porque si es así, me avisan y les pongo la de los niños cantores. Pero oigan, que es nochebuena, así que quedan invitados a dejar correr la canción y levantar las copas. En todo caso, supongo que no queda más que hacer, por el momento, que desearles una muy feliz navidad, y un resacoso año nuevo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Las musas y las botellas

 
Tiempos hubieron en que los poetas podían darse ciertos lujos retóricos sin caer, por ello, en la impostura. Los poemas de Homero, por ejemplo, arrancan con la invocación de las musas, a las que se solicita no que ayuden al poeta a maquinar o recitar los versos que hablan de la Furia de Aquiles o los Viajes de Odiseo, sino que se les dice que canten, que tomen el micrófono y salgan a ponerse de pie sobre el estrado del karaoke épico. En otras palabras, que la inspiración es, aquí, algo más que abrir una que otra puerta interior del poeta: más bien, implica que éste se deje poseer por algo que le viene de afuera. El genio no está en dentro, sino que viene de las fuerzas divinas y de las de la naturaleza, por así decirlo. 
Pero eso cambió rápido. De hecho, ya cuando Virgilio hace su llamado a las musas para cantar los viajes de Eneas y las guerras fundacionales de lo que serán Roma y el Imperio, nosotros lo aceptamos con escepticismo. Por aquellos tiempos, en Roma (y eso queda bastante claro en la Epístola a los Pisones de Horacio) se tenía muy en claro que la creación era un acto cuya responsabilidad recaía sobre el poeta. Lo demás, es poesía (retórica o no). ¿Alguno de ustedes imagina a Petronio invocando a las musas, acaso? Pues yo, la verdad, no. 
Pero demos el gran salto: hace ya mucho que las musas fueron dejadas atrás, y ni siquiera los devotos de la "inspiración" podrían decir que su arte viene de un súbito ingreso de fuerzas extra-humanas (el romanticismo se encargó de recalcar la idea del genio como algo individual, así sea reflejo o parte del Espíritu Absoluto). Hoy por hoy, tenemos que recurrir a otra clase de recursos. 
¿A lo que trato de ir? Pues a lo que dice el título, claro: que las musas están encerradas en botellas. La "etílica de la creación" es un viejo recurso estético, un buen latigazo que, más que inspiración, da el empujón que hacía falta para ponerse manos en la masa y hacer algo con la vida que va quedando: una obra de arte. Recuerdo que Faulkner decía que, para escribir, nada mejor que tener tabaco, algo de comida y whiskey. También Ribeyro decía que, si no contaba con ninguna otra cosa, podía escribir, pero que era mejor si tenía un cigarrillo y una copa de vino. O Francis Bacon, del que hablábamos hace poco, que hablaba sobre los muchos cuadros que pintó con la dulce compañía de una botellita (o borracho, aunque esto pasaba menos). Y la lista podría ser interminable: ¿cuántos autores guardan su deuda con estas musas de vidrio? O con el barman, claro está. 
¿Mi parecer? Yo no creo que la inspiración esté en ninguna parte ahí afuera. Ni siquiera creo en la inspiración. Creo que un trago es un buen acompañante para esas interminables cruzadas que son la creación, pero no que sean las respuestas a todos nuestros problemas. No recuerdo qué escritor recomendaba alguna vez, hablando de labores creativas, que "todo lo que se haga, es mejor hacerlo con un whiskey", o algo así. ¿Contra la inspiración? Bueno, pues contra el 99% de ella, al menos, yo sí. ¿Contra una copita en el desierto de la crisis? Jamás. Esas musas todavía tienen dos o tres cosas que decirnos. De lo que se trata es de no hacerles mucho caso.

martes, 26 de octubre de 2010

¿Una copa más, Tom?


Siempre he pensado que, en algún retorcido espacio de su ser, Bukowski (tengo por más que seguro que Henry Chinaski lo hacía) envidiaba la "suerte" que tuvo Dylan Thomas cuando le tocó en suerte la forma de morir que le tocó: después de una mítica serie de rondas de whiskey en un bar de Nueva York, que culminaron con el ingreso del poeta galés en un hospital, donde encima se dice que tuvo un último suspiro para hacerle notar al médico que creía haber roto un récord después del último trago. No sé si él, de haber podido, hubiese elegido morir así; lo que sí puedo decir es que no pudo haber tenido un mejor final. 
Supongo que muchos poetas (no todos) sienten ese llamado profundo a abandonar la vida antes de tiempo, y no por la salida de emergencia, sino echando abajo alguna ventana, o abriendo un agujero en las paredes, o aún echándose el edificio encima, para acabar con el universo de pasada. Y no hay que confundirse: no hablo aquí de lo buen publicista que es la muerte, que cuando trae rarezas y excesos bajo la capa hace aún mejor su trabajo para lanzar a los artistas: desde Ovidio hasta Jim Morrison, desde Gérard de Nerval hasta Alejandra Pizarnik o Javier Heraud, las muertes extrañas, divertidas, excesivas o simplemente "raras"  y fuera de lo común han servido más que como un trampolín, como una catapulta (sorry, Ferrando, pero te quedaste corto) publicitaria para los versos. Vale: eso no lo niego. Pero tampoco es de lo que vengo a hablar hoy. 
Porque claro, hay otras lecturas posibles. Además de que hay que gozar de una frivolidad de la que sólo imagino capaz a un personaje como el Horacio de la novela de Cortázar para buscarse una muerte lo bastante inusual como para lanzar a otras alturas la propia obra, sigo considerando que muchos poetas sienten íntimamente el llamado de lo destructivo: sin pena y sin gloria, aunque sobren los lectores. 
Hace poco me preguntaba por qué demonios es que sigue existiendo la poesía, por qué ha existido por tanto tiempo y qué motivos la empujaron a existir. Como al arte, claro. Yo creo que sí: que podemos estar de acuerdo con las hipótesis sobre el origen ritual del comportamiento creativo. Y creo, también, que hay un algo inexplicable, indescifrable, misterioso en el arte que hace que sea lo que sea, que puede ser algo diferente para cada persona, pero que está allí, y que para mí es mejor que siga envuelto en las sombras de lo que no puede ser analizado, sumido en ese lenguaje incorrupto del silencio del que hablaba Lawrence Durrell. 
Ayer, mientras leía la entrevista a Panero, y luego mientras terminaba los últimos párrafos de uno de los cuentos más perfectos que han sido escritos jamás (Después de la Feria, de Dylan Thomas), volvía a pensar en todas estas cosas. Obviamente, no tengo una respuesta, ni la busco. No digo, como lo hizo alguna vez (con una candidez inusual en ella) Susan Sontag, que no debamos interpretar las obras de arte: de hecho, creo que el solo decir que algo es "una obra de arte" es ya estar interpretando. Pero ese algo que nos genera la buena poesía, como lo hace también algún párrafo de Faulkner o un cuadro de Hopper, debe quedar en el maravilloso terreno de lo indeterminado, de lo oscuro. En la Noche, si quieren. 
De alguna manera, la muerte de Dylan Thomas es algo más que la muerte del hombre que en vida se llamó Dylan Thomas: la muerte del poeta es un símbolo, una puerta a través de la cual la imaginación y a la creatividad intepretativa son invitadas a dar vueltas y vueltas en torno a un universo infinito de posibilidades que por sí mismas son insuficientes, pero que nos ponen cara a cara con algo que percibimos como mayor y total. No digo que esa totalidad exista: sólo que llegamos a cais percibirla, que no es lo mismo. 
Divagando, divagando... sobre este tema nos podríamos quedar horas muertas. Yo ya he dicho lo que tenía que decir, y sin embargo no he dicho nada. Tampoco creo que sea necesario. A ver, a ver... ¿otra copa?

domingo, 26 de septiembre de 2010

Los libros y las copas

 
Algún día tengo que plantearme seriamente el proyecto de escribir un libro sobre qué trago sienta mejor a la hora de sentarse a leer a tal o cual autor. Claro que hay que tomar en cuenta que, al final, este asunto es tan personal que no sé si serviría de algo escribir dicho libro, pero de todos modos sería un proyecto interesante y divertido, así sea sólo para enseñárselo a mis amigos. 
Ojo: que este es un asunto que puede ser planteado en términos estrictamente teóricos, hasta filosóficos, si se quiere. A ver: si aceptamos la tesis general del contextualismo según la cual para un determinado contexto "C" existirá un valor de verdad "V" determinado por el mismo contexto, luego podríamos plantearlo así: que si una lectura es un contexto, luego decir que tal o cual trago (si quieren llamarlo "T", adelante) es el mejor para acompañar dicha lectura es una proposición cuyo valor de verdad estará determinado por dicha lectura. Pero bueno... no creo que sea necesario pensar en este asunto dando tantas vueltas. 
Mejor pensemos en algunos ejemplos (todos ellos extraídos, obviamente, de mi experiencia personal, que nadie tiene que compartir si no quiere, y si alguno está en desacuerdo, pues me parece muy bien: aquí nadie trata de sacar moralejas). Probemos algunos nombres: William Faulkner (esto ya lo he escrito alguna vez) se lee mejor con un whiskey "on the rocks", y cada cual es libre de escoger entre bourbon o escocés. Sigamos por esta línea y pensemos en Hemingway: yo creo que aquí, lo mejor, es una cerveza bien fría, aunque algunos pasajes también invitan a algo un poco más fuerte. Para leer a Ribeyro, creo que un chilcano de pisco o un vino, dependiendo del texto, hacen la mejor compañía. Con Martín Adán, en cambio, el pisco pasa mejor si se sirve puro. 
Otro poeta que merece un buen vino para poner las tildes a los versos es Cernuda: eso sí, un vino fuerte, que evoque el polvo y la tierra pero que, al rebotar en el paladar, nos haga sentir un poco fuera y un poco bien metidos en el mundo y en nosotros mismos. En cuanto a Vicente Aleixandre, les juro que algunos de sus poemas más enredados cobran un sentido estético inesperado cuando los empapas con alcohol (imagino que con jerez deben ser una maravilla... pero el pisco no les sienta nada mal). Otro al que le va bien el pisco es Bukowski, aunque lo ideal allí es una chela o algún trago barato. Y, si quieren salir un poco de la literatura, pues les dejo este testimonio: yo me he topado con que Heidegger es mucho más comprensible cuando tienes un vaso de cerveza a un lado del libro. A Platón también le va muy bien la cerveza. 
En fin, que esta es más o menos la idea. ¿Interesante? Tal vez. ¿Trascendente? Ni hablar. ¿Divertido? Bueno, hay quienes tenemos un sentido del humor bastante cuestionable. En todo caso, supongo que habrá alguien en el mundo que entienda lo que trato de decir con todo esto: y es que, si leer es, en cierto modo, dialogar con estos autores, muchos de los cuales ya reconocemos como nuestros amigos, ¿pues por qué no acompañar la charla con una copa o dos? Tampoco estaría mal escuchar los maridajes literario-etílicos ajenos, así que siéntase libre el que quiera hacerlo de contarme qué trago es su favorito para acompañar alguna lectura. Yo, entretanto, me vuelvo a mis lecturas (desgraciadamente, sin copas). A ver quién me echa un brindis.

viernes, 9 de julio de 2010

Escribir hasta descorchar la última botella


Alguna vez he comentado cuán certeros fueron los griegos de la antigüedad para atribuir a un mismo dios la poesía y el vino, como asumiendo, si es que no lo inseparables que son, al menos lo bien que una y otro se llevan cuando se las ven mano a mano y, lo más probablemente, sobre la misma mesa. Ya lo saben: vaso, botella, papel y pluma...
En la entrada anterior hablé de la posibilidad de concebir la cata como un fenómeno estético. Pues bien: del mismo modo, y siguiendo el camino de las mismas palabras, afirmaré que beber es un arte. No, no... no escribo esto estando ebrio: todo lo contrario, lo hago a plena consciencia, y con una mano sobre el pecho y la otra sobre el hígado. Pero a ver lo que tienen que decirnos los filósofos.
Para Aristóteles, el objetivo de las obras de arte (o, por lo menos, del género trágico) es la catarsis: lograr que los espectadores se identifiquen con las penas y los dolores de los personajes representados, haciendo consciencia de que esos problemas que enfrentan podrían ser los mismos que los afecten a ellos, por ser universales: el género es relativo a la especie. Pero, desde que irrumpieron en el panorama la teoría psicoanalítica en general y Freud en particular, las cosas dieron un nuevo giro, y la catarsis pasó a ser comprendida como un acto de "expurgación", una liberación de las fuerzas inconscientes que nos remueven por dentro.
En este sentido, siempre he pensado que la borrachera es una catarsis perfectamente válida, por no mencionar que de las más efectivas. En esto, el alcohol se parece a la poesía: logra los mismos efectos para liberarnos de nosotros mismos y echar sobre el asfalto un poco de esa náusea que nos estruja la médula espinal y amenaza con empujarnos a rodar cuesta abajo por el abismo que cada uno de nosotros lleva en el pecho.
Y como todos los otros hombres, pero con un subrayado particular, más de un escritor ha comprendido bien estas cosas. Desde los banquetes llenos de vino de los poemas de Homero hasta las bravuconadas de Bukowski, las botellas han rodado sin descanso entre las letras (¿"Con la pluma y con la espada", decía el Inca Garcilaso? Mejor "con la pluma y con la copa").
Yo no soy un idealista, y no creo en la trascendencia del espíritu más de lo que creo en el espíritu (es decir, nada de nada). No se me ocurre pensar que algo pueda tener una naturaleza metafísica, un alma o un "ser en sí". Pero creo en los misterios que aguardan agazapados en los fenómenos para saltarnos encima como una gran incógnita en el momento mismo en que nos acercamos a interpretar. En ese sentido, el alcohol tiene algo de mágico, en el mismo sentido en el que lo tiene la poesía.
Como un acceso de delirium tremens, estas notas no pretenden ser más que un variopinto desfogue desordenado y caótico. No voy a demostrar una tesis, ni a argumentar siquiera: sólo reflexiono. Y teniendo por seguro que más de uno entiende de sobra lo que trato de decir. Permítaseme cerrar, pues, este aforismo cantinero, ya que me falta copa con qué brindar, con una cita muy certera del siempre genial Petronio: "El vino es vida".

En la imágen, Bukowski, botella en mano, recitando sus poemas (hablando de entender a lo que me refiero...).

lunes, 31 de agosto de 2009

Preparándonos para el Día de San Baco


Sí, señores: es hora de volver a la carga con la moción, y anunciar, finalmente, que todo está dispuesto para celebrar, de una vez por todas, el Día de San Baco. Hace algún tiempo, hice notar que los ritos, pese a haber cambiado, no han muerto, y siguen palpitando en el corazón de la gente cada noche de copas, le guste a quien le guste; y, sin embargo, quiero llevar las cosas un paso más hacia adelante, y me he propuesto celebrar, el año que viene, el primer Día de San Baco: una ocasión para rendir homenaje, a la vez, a los versos y a la borrachera (una causa más que justa, como podrán notar), de dejar que se sacuda un poco al pagano que todos llevamos dentro y, sobre todo, de pasar un buen rato con los amigos.
La gran pregunta, ahora, es cuándo: siguiendo la buena usanza de los romanos, y después de haber investigado un poco la cuestión, he dado con la fecha perfecta. En los tiempos de la Roma Imperial, los bacanales eran reuniones secretas en las que, originalmente, sólo participaban las mujeres, practicadas en un principio en la arboleda de Simila, en las cercanías del monte Aventino, los días 16 y 17 de marzo; con el paso de los años, estas fiestas fueron cambiando, y pronto no sólo eran mixtas, sino que además se celebraban cinco veces al mes. Una serie de motivos (más políticos que morales) llevaron al senado a prohibir los bacanales en los tiempos de la República, pero ello no bastó, claro está, para darles fin; ésto, sobre todo, porque las mujeres supieron aprovechar los vacíos del sistema penal de la época: al no ser consideradas como ciudadanas, quien pagaba sus faltas eran los maridos, padres o hermanos (en términos legales, sus "apoderados"), lo que les daba a ellas el campo de libertad que necesitaban para entregarse sin temor a los placeres de sus rituales.
Ahora bien, y para contestar la pregunta de una vez por todas: propongo que, en honor a los primeros bacanales, el Día de San Baco se celebre entre la noche del 16 de marzo y la madrugada del 17. De alcoholes, cualquiera está bien (todos son hijos de Baco, al fin y al cabo), pero no puede faltar el vino. Con el paso de los años, espero poder imponer la moda de las togas, las sandalias y las coronas de laurel, pero vayamos de a pocos. En cuanto a las orgías... bueno, al que pueda, le aplaudo (y, si quiere, le paso mi dirección de correo electrónico). Supongo que, de momento, eso es todo. Restaría investigar un poco más para determinar qué platos habría que servir, pero eso lo dejo para más adelante.
Dejo, pues, esta puerta abierta al que le interese; yo, por mi lado, haré todo lo posible porque el primer Día de San Baco se convierta en una realidad digna de recordarse (o de olvidarse, dependiendo de la calidad de la borrachera). Y, entretanto, que sea hasta el 16 de marzo, a todos mis hermanos en el paganismo. Que nunca falte el vino en sus copas.

Imágen: La juventud de Baco, de William Adolphe Bouguereau

sábado, 25 de julio de 2009

Bukowski, intimista ebrio


Whitman veía en el discurso poético una forma de charlar con cada individuo, con cada lector, con la humanidad toda, aún con la futura. Ante semejante espectáculo, Bukowski hubiera sonreído con ironía y se hubiera retirado por algún callejón: poco podía imporetarle, a él, la Humanidad. Y es que, si la poesía es una forma de diálogo, la de Bukowski es de un tipo bien distinto: en lugar de los discursos altisonantes y felices del mega-ego de Whitman, él optó por una forma de charla muy diferente: la que se tiene en la barra de una cantina, lo más probablemente con un desconocido, que es una de las formas más solitarias de comunicarse. Bukowski prefería el tono íntimo y visceral, con unos cuantos tragos encima, con malhumor o con risas, y sin embargo siempre honesto. Y eso es su obra: una extraña mezcla de ternura, jocosidad, humor, perversidad, patetismo, ebriedad, desencanto, genialidad y delirio, impregnada de olores a cerveza rancia y a sexo, con sabor a vino barato y a gloria.

Y, pese a todo, resta siempre esa pregunta fatal: ¿quién fue, en realidad, Charles Bukowski? ¿Quién está detrás de la figura del genio, del alcohólico, del sátiro? ¿Qué rostro hay detrás de la leyenda, y qué mueca pone? Porque pocas leyendas literarias ha sido más inflada que la de Bukowski, que (él siempre lo afirmó) no entendía todo ese hablar de él, que sólo quería tomar y escribir en paz. Bien visto, Bukowski era un genio extraño que aspiraba a la sencillez, pero que no podía dejar de alimentar el mito que se tejía en torno a su persona, y que, al fin y al cabo, quería poder disfrutar de las cosas sin ese resto de temor, sin ese escalofrío que lo invadía ante la certeza de que no había nada que justificase la existencia de nada.

De modo que, para curarse del mundo, del sinsentido, de los demás, de sí mismo, está la literatura: "Esencialmente era por eso por lo que escribía: para salvarme el culo, para salvarme del manicomio, de las calles, de mí mismo" (Hollywood). Y esa literatura, al fin, sólo podía ser el diálogo errático que vive en las cantinas, esa forma de confesión íntima y desinteresada a la vez. Nada más que distracciones, simulacros de juego, carnavalerías y copas, y sin embargo el rostro más íntimo y desesperado de un poeta genial que nunca supo muy bien por qué estaba en este mundo, como un Baudelaire del siglo XX.

¿La receta? Neil Baldwin dijo así: "Tómese una porción de Hemingway, añadir una dosis de humor (del que Hemingway extrañamente carece, mientras Bukowski es un virtuoso), mezclar con un puñado de hojas de afeitar y varios litros de vino barato, luego una o dos gotas de ironía, agitar bien y leerlo al final de la noche: así tendrá el auténtico sabor Bukowski". Yo, personalmente, hubiera agregado un poco de Sade, dos o tres gotas más de ironía, algo de Baudelaire y sábanas sucias. Luego, eso sí, leerlo al fnal de la noche, a la hora Bukowski, con un vaso de whiskey.




la tragedia de las hojas

me desperté para la sequedad y los helechos estaban muertos
las plantas enmacetadas amarillas como el maíz;
mi mujer se había ido
y las botellas vacías como cadáveres desangrados
me rodeaban con su inutilidad;
el sol todavía era bueno, sin embargo,
y la nota de mi patrona partida en fina e
insolicitada amarillez; lo que era necesario ahora
era un buen comediante, estilo antiguo, un bromista
con bromas sobre dolor absurdo; el dolor es absurdo
porque existe, nada más;
afeité cuidadosamente con una navaja vieja
al hombre que una vez fue joven y
decía tener genio; pero
esa es la tragedia de las hojas,
los helechos muertos, las plantas muertas;
y caminé hacia un vestíbulo oscuro
donde la patrona estaba de pié
execrativa y terminante,
mandándome al infierno,
ondeando sus brazos gordos y sudorosos,
y gritando
gritando por la renta
porque el mundo nos había fallado
a ambos.


(Traducción hecha en casa por un servidor)

Bukowski, intimista ebrio



Whitman veía en el discurso poético una forma de charlar con cada individuo, con cada lector, con la humanidad toda, aún con la futura. Ante semejante espectáculo, Bukowski hubiera sonreído con ironía y se hubiera retirado por algún callejón: poco podía imporetarle, a él, la Humanidad. Y es que, si la poesía es una forma de diálogo, la de Bukowski es de un tipo bien distinto: en lugar de los discursos altisonantes y felices del mega-ego de Whitman, él optó por una forma de charla muy diferente: la que se tiene en la barra de una cantina, lo más probablemente con un desconocido, que es una de las formas más solitarias de comunicarse. Bukowski prefería el tono íntimo y visceral, con unos cuantos tragos encima, con malhumor o con risas, y sin embargo siempre honesto. Y eso es su obra: una extraña mezcla de ternura, jocosidad, humor, perversidad, patetismo, ebriedad, desencanto, genialidad y delirio, impregnada de olores a cerveza rancia y a sexo, con sabor a vino barato y a gloria.


Y, pese a todo, resta siempre esa pregunta fatal: ¿quién fue, en realidad, Charles Bukowski? ¿Quién está detrás de la figura del genio, del alcohólico, del sátiro? ¿Qué rostro hay detrás de la leyenda, y qué mueca pone? Porque pocas leyendas literarias ha sido más inflada que la de Bukowski, que (él siempre lo afirmó) no entendía todo ese hablar de él, que sólo quería tomar y escribir en paz. Bien visto, Bukowski que aspiraba a la sencillez, pero que no podía dejar de alimentar el mito que se tejía en torno a su persona, y que, al fin y al cabo, quería poder disfrutar de las cosas sin ese resto de temor, sin ese escalofrío que lo invadía ante la certeza de que no había nada que justificase la existencia de nada.


De modo que, para curarse del mundo, del sinsentido, de los demás, de sí mismo, está la literatura: "Esencialmente era por eso por lo que escribía: para salvarme el culo, para salvarme del manicomio, de las calles, de mí mismo" (Hollywood). Y esa literatura, al fin, sólo podía ser el diálogo errático que vive en las cantinas, esa forma de confesión íntima y desinteresada a la vez. Nada más que distracciones, simulacros de juego, carnavalerías y copas, y sin embargo el rostro más íntimo y desesperado de un poeta genial que nunca supo muy bien por qué estaba en este mundo, como un Baudelaire del siglo XX.


¿La receta? Neil Baldwin dijo así: "Tómese una porción de Hemingway, añadir una dosis de humor (del que Hemingway extrañamente carece, mientras Bukowski es un virtuoso), mezclar con un puñado de hojas de afeitar y varios litros de vino barato, luego una o dos gotas de ironía, agitar bien y leerlo al final de la noche: así tendrá el auténtico sabor Bukowski". Yo, personalmente, hubiera agregado un poco de Sade, dos o tres gotas más de ironía, algo de Baudelaire y sábanas sucias. Luego, eso sí, leerlo al fnal de la noche, a la hora Bukowski.





la tragedia de las hojas

me desperté para la sequedad y los helechos estaban muertos
las plantas enmacetadas amarillas como el maíz;
mi mujer se había ido
y las botellas vacías como cadáveres desangrados
me rodeaban con su inutilidad;
el sol todavía era bueno, sin embargo,
y la nota de mi patrona partida en fina e
insolicitada amarillez; lo que era necesario ahora
era un buen comediante, estilo antiguo, un bromista
con bromas sobre dolor absurdo; el dolor es absurdo
porque existe, nada más;
afeité cuidadosamente con una con una navaja vieja
al hombre que una vez fue joven y
decía tener genio; pero
esa es la tragedia de las hojas,
los helechos muertos, las plantas muertas;
y caminé hacia un vestíbulo oscuro
donde la patrona estaba de pié
execrativa y terminante,
mandándome al infierno,
ondeando su brazos gordos y sudorosos,
y gritando
gritando por la renta
porque el mundo nos había fallado
a ambos.


(Traducción hecha en casa por un servidor)

miércoles, 8 de julio de 2009

Para el Día de San Baco, o reflexiones en torno a la Causa Etílica


No en vano fue Baco dios de la poesía, ni ha muerto del todo su culto, pese al paso de los siglos: no se pronunciará su nombre, pero... ¿no son nuestras reuniones y borracheras formas rituales casi religiosas? Como el plato de sueño que necesita la sociedad para no caer en la locura (Bukowski escribió, sabiamente, que "es mejor la resaca que el manicomio"). Yo hasta propondría la celebración anual del día de San Baco, para que todos los paganos podamos sentirnos, por una vez, justificados por un día del calendario. Y creo que los poetas también tendrían que agradecerlo, pues, creo, no estarán todos ellos de acuerdo con la sentencia de Hegel que afirma que "del vino no nace la poesía". ¡¿Se imaginan semejante blasfemia?! Creo que un solo verso de Bukowski basta para enterrarlo, y hablo de él como un supremo exponente de la mejor poesía ebria (porque, parafraseándolo, ya que "las horas son largas y de alguna forma hay que ocuparlas hasta que llegue la muerte", ¿por qué no hacerlo con alcohol y literatura?); o, sino, una ranchera de Jiménez o de la Vargas, o alguna letra de Sabina (Ponme un trago más o La canción de los buenos borrachos, por ejemplo).

Todo esto en la antigüedad lo sabían bien: Homero se dedica, en repetidas ocasiones y con todo lujo de detalles, a relatar banquetes en los que nunca falta el vino; siglos más tarde, en la Roma Imperial, Ovidio lo santificó por su utilidad fundamental para la gesta amorosa, y luego Petronio escribió que "el vino es vida", y aún llegó a escribir una de las más bellas líneas sobre la condición humana valiéndose del ejemplo del vino: "Pues resulta -dijo -que vive más un vino que los pobres humanos". De hecho, los banquetes se convirtieron en un escenario clásico de la literatura latina, y hasta dieron paso a un género llamado "Simposio" (Simposium), donde se relataban, como en el Satiricón, banquetes y borracheras, que eran las excusas para el diálogo y la reflexión (la filosofía, recordémoslo, no tiene por qué no nacer de la ebriedad; José María Valverde, de hecho, ha escrito sobre la Fenomenología del Espíritu de Hegel que "puede parecer un libro engendrado en una larga borrachera", aunque sabemos que eso es imposible, dadas las opiniones de su autor respecto a la infertilidad del vino). Y no faltan a la causa ni mártires ni santos: aparte de los clásicos romanos y el obvio Bukowski, tenemos aún una larga lista, que incluye nombres tan prestigiosos como los de Poe, Baudelaire, Faulkner, Hemingway, Burroughs, Martín Adán... y el obvio caso del poeta Dylan Thomas, que murió a raíz de una larga serie de vasos de whiskey.

Así que ya lo saben; yo, por mi lado, sigo esperando el día en que se anuncie, al fin, la validez universal del Día de San Baco (claro que no lo haré sin abrir botellas: que la religión no es para tomársela a la broma, joder). Hasta entonces, igual seguimos bebiendo.
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