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domingo, 13 de marzo de 2011

Como para filosofar en la cama


De cuando en cuando, viene alguien a pedirme que les recomiende algún libro de filosofía, pero algo que "no sea demasiado difícil" o "técnico", o similares. Normalmente, yo recomiendo ese extraordinario librito de José María Valverde que es Vida y muerte de las ideas, una breve historia de la filosofía que es al mismo tiempo esclarecedora, práctica, sencilla y escrita con un lenguaje transparente que no duda en soltar una que otra broma. Si me piden algo más intermedio, que tenga algo más de profundidad y tecnicismos, mi respuesta suele ser la Historia de la filosofía de Coplestone, algo más larga, pero sólida, con todo y algunos pasajes aburridísimos, pero perfectamente legible. Pues bien, me gustaría sumar otro libro a la lista, escrito por el siempre preciso y divertido Simon Blackburn, que lleva un título irresistible: Lujuria.
Para los que se pregunten qué tiene que ver un libro con semejante título con la filosofía, agregaré un par de palabras al respecto: se trata nada más ni nada menos que de un acercamiento filosófico a la lujuria. ¿Es esto posible? Pues ya lo ven: Simon Blackburn nos ha demostrado que sí: el libro entra de lleno en la cuestión, planteando preguntas y desarrollando problemas en torno a este encantador fenómeno al que algunos eunucos han preferido llamar (nunca entenderé por qué) un "pecado": ¿qué es la lujuria? ¿cómo definir sus límites en tanto que estado mental? ¿cuál es su naturaleza? ¿cuál su fin?... En otras palabras, el tipo de cuestiones con las que Hamlet se rompería la cabeza después de verse una de Sasha Grey o Noemí Russell. 
Y todavía hay que agregar algo. Porque claro: si el tema del libro es, de por sí, atractivo, falta recordar que su autor no es otro que Simon Blackburn, un filósofos inglés que no sólo tiene uno de los mejores estilos a la hora de escribir sobre materias filosóficas (claro, comprensible, lineal... como una tarde de primavera, si quieren que haga metáforas maricas), sino también uno de los mejores sentidos del humor de entre los de su oficio, (cosa que, a la hora de leer filosofía, se agradece mucho) con lo que la lectura se convierte en una experiencia aún mejor. Yo he pasado algunas horas de verdadera diversión, riéndome a lo largo de pasajes enteros. Y claro: también tiene una buena mente fría y clara, que no se hace problemas a la hora de resolver los problemas como sólo un tipo duro sabe hacerlo, que es sin hacer muy jodido el rollo y con una buena carcajada llena de tierna malicia. 
Así que ya lo ven: el Marqués de Sade y Freud (ese par de pervertidos...) no son los únicos que han dedicado obras enteras a hablar de la lujuria y el deseo de la carne. Este librito de Blackburn es, definitivamente, uno que no puede faltar, sobre todo en esas crudas noches de invierno. Como para filosofar en la cama (o antes, o después... eso ya depende del gusto de cada cual). ¿Acompañamiento? Yo recomiendo un vasito de buen whiskey, con tres hielos. 

¿A que la portada del libro es genial? Con el piececillo ese que cuelga y todo. ¿Quién dice que la filosofía es aburrida, carajo?

domingo, 6 de febrero de 2011

Filósofos y comediantes


Alguna vez se me ocurrió un proyecto que espero poder llegar a realizar algún día: una antología de textos y ensayos filosóficos, pero que serían elegidos no por su pertinencia, brillo argumentativo o solidez, sino por su manejo del humor. ¿Del humor?, se dirán algunos a los que respondo: sí, del humor. Porque puede sonar un poco contradictorio, es verdad: para muchos, la palabra "filosofía" está más ligada a sus peores pesadillas, recuerdos de sus tiempos de universitarios en los que se las tenían que ver con algunas de las peores jaquecas de su vida (hasta ahora no conozco ningún alivio realmente efectivo para después de leer a Hegel o a Husserl); y, ciertamente, no es "humor" en lo que piensan, ni siquiera remotamente.
Y, sin embargo, lo cierto es que en el rubro siempre han habido grandes humoristas (que, además, han sido muy buenos o extraordinarios filósofos), y los siguen habiendo hasta el día de hoy. Lo que pasa es que claro: se trata de un sentido del humor que a muchos les sonará tirado de los pelos, y que no cualquiera está interesado en entender. Pero hay otros que sí, que hasta agradecemos a los autores las bromas, solapadas o no, que incluyen en sus escritos.
Es verdad que hay filósofos que prefieren el tecnicismo frío y lejano, la prosa muy pulida e impersonal (aunque creo que es imposible la prosa impersonal en el terreno filosófico). Thomas Nagel, por ejemplo. O el mismísimo Hegel. Pero hay otros que no, que se toman libertades y que, en algunos casos, hasta utilizan el humor como parte de su argumentación. 
Bertrand Russell dijo alguna vez que la filosofía era una cuestión de carácter. Uno cree o escribe aquello que se adecúa más a su forma de ser, o de relacionarse con la realidad. ¿Y no es acaso el humor una de estas formas? Tómese en cuenta que, para dicha antología, Bertrand Russell tendría una buena selección de textos que ofrecer. Su estilo de hacer las bromas es limpio y solapado, de modo que a veces cuesta un poco o hay que leer otro par de líneas para notar el chiste.
Hay muchos otros nombres que tendrían que unirse a esta antología. Paul Churchland, por ejemplo, podría brinar unas cuantas páginas, aunque su humor es bastante fácil. Jerry Fodor, en cambio, suelta bromas a diestra y siniestra, tomándose libertades enormes y, a veces, hasta arriesgadas. Yo he reído a carcajadas leyendo su Psicosemántica (título que, más bien, haría pensar en tediosas horas llenas de bostezos), que incluye un pasaje, casi al final del libro, que procedo a citar textualmente, como para dejar una muestra de lo que digo: luego de haber autocriticado sus propios planteamientos hasta llegar a callejones sin salida, termina diciendo: "En este caso, sólo he perdido un montón de tiempo que hubiera podido dedicar a navegar. ¡Ah, bien!". Recién en el epílogo y en el apéndice del libro, empezará a formular el por qué defiende las teorías que defiende (sobre las que no voy a hablar ahora, dicho sea de paso).
Otro verdadero maestro es Simon Blackburn. De hecho, él acuñó una frase muy buena que relaciona humor con filosofía: "La forma rápida de darse cuenta de que algo debe ser un error es a través del humor". Y, ciertamente, esta es una regla que él no solo no teme aplicar, sino que además lo hace con talento y con verdadera maestría. 
Podría seguir sacando nombres, pero creo que la idea ya ha quedado clara y, espero, ilustrada. ¿Es un error echar mano del humor a la hora de hacer filosofía? Yo creo que no; que no sólo es un método más y tan justificable como cualquiera, sino que es algo de lo que además podemos estar agradecidos. Al fin y al cabo, parte de lo que escribe un pensador (y Wittgenstein es una prueba irrefutable de ello) es lo que ese pensador es. Y si naciste para el martillo, del cielo te caen los clavos.   

En la foto, cómo no, el siempre genial Bertrand Russell, pensando lo que tengo por seguro alguna vez habrá pensado (no sé quién le agregó eso, pero le quedó perfecto).
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