Mostrando entradas con la etiqueta Camilo José Cela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Camilo José Cela. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de agosto de 2010

Calles, sangre y belleza


¿Cómo hacer hacer notar al mundo entero la belleza que pueden guardar un callejón sucio y lleno de ratas, un mercado lleno de gente, los pasillos de una prisión en la que agoniza un hombre? Sacar a relucir las heridas para hacer de lo sórdido algo bello no parece una tarea demasiado sencilla. Y, si pensamos cuánto de sórdido guarda lo cotidiano, las cosas parecen pasar a hundirse en un tornado de dudas.
Pero ya se sabe: hay escritores y artistas a los que les gusta cazar en territorios difíciles, y la lista de los que han acarreado con esta labor es muy larga. ¿La exigencia del caso? Buena vista, un tipo muy especial de sensibilidad, estómago y páncreas de acero, consciencia crítica (y autocrítica) y buena letra. Y si, como decíamos, la lista es bastante larga, quiero llamar la atención sobre unos pocos nombres, con semejanzas y diferencias entre sí, sobre los que he estado pensando mucho estas últimas horas, sin ningún motivo en especial.
¿Dónde empieza la historia de esta forma de mirar? Quizá esta pregunta sea la mejor forma de hablar del primero de estos autores, porque puede que se trate del primero de la lista: Petronio. Es verdad que, antes de su llegada, ya había otros que asfaltaron el camino (Catulo, Propercio, Ovidio...), pero la sensibilidad de Petronio fue, definitivamente, una novedad literaria. Y su texto, leído en nuestros días tan lejanos a la Roma de Nerón, sigue siendo novedoso, una torre perdida entre la bruma de los siglos de cuyos fragmentos tenemos demasiado que aprender. El Satiricón que nos ha legado es, más allá de sus apariencias, una obra complejísima, capaz de lecturas infinitas (una de las mejores es, sin duda, la de Fellini, que se tradujo en su espectacular adaptación cinematográfica de la novela). Más allá de los caracteres técnicos que suda el libro, me interesa hacer notar la forma en que Petronio deforma la realidad con su mirada, atinada para lo grotesco, pero fiel a la estética. Deformar la realidad para hacer un retrato fiel de la misma es tarea que pocos pueden hacer con tanta precisión, talento y equilibrio como la que demuestra el Satiricón. En este sentido, creo que es justo afirmar (como lo he hecho antes) que Henry Miller es el escritor del siglo XX que más cerca está de Petronio.
Pienso, también, en un escritor muy distinto, y que sin embargo supo hacer las cosas muy bien: Camilo José Cela. Con el paso de los años, parece tener cada vez menos lectores, y sin embargo sus páginas siguen tan vivas como lo estuvieron siempre. Los retratos que el autor ha pintado con tanta destreza verbal en La colmena son, definitivamente, de las mejores formas de captar la magia urbana, de los hombres que vagan desgarrados por la tragedia silenciosa de la existencia. La guerra civil que se esconde detrás de sus páginas sucedió hace ya muchos años, y sin embargo La colmena sigue siendo una novela en la que todos nosotros podemos reconocer nuestro rostro. Y esto sin mencionar otras obras de Cela, como su célebre Pascual Duarte, donde la condición humana es retratada con un acierto que nos hace temblar en lo más profundo.
Un nombre que no puede quedar fuera de este breve memorandum es el de Pier Paolo Pasolini. Pensar en él es pensar en magia y torturas al mismo tiempo, en un desfile de contradicciones que cobran sentido enseguida, precisamente por el hecho de ser contradicciones. Es decir, ¿cómo concebir que el hombre que hizo películas como Mamma Roma, Teorema o, peor aún, Saló o le centovente giornate di Sodoma fuese, también, autor de la Trilogía de la vida? Las escenas más desgarradoras de su repertorio, sin embargo, han sido tan cuidadas y tan bien preparadas que el efecto es devastador. Cada una de sus tomas, cada una de sus palabras, es una reflexión sobre la condición humana, que en él adquirían una intensidad sin límites. Amó las calles y cada uno de los rostros que la poblaban, aunque las percibía como una pesadilla, y supo traducirlas en verdadero arte, con o sin miradas que la distorsionasen.
Dejo aquí el repaso. Que no se me tome a mal: ya les digo que hay una infinidad de nombres que han quedado sin mención, pero hay que dar con un punto final tarde o temprano. Sea como fuere, creo que nunca está de más que las buenas obras de arte nos den algo. No una enseñanza, ni algo que debamos asumir como una verdad, sino más bien una pregunta, una duda, algo que nos incomode y nos fuerce a cuestionarnos. Hay miles de caminos para llegar a esta Roma, y la literatura de la que hablo en esta nota es uno muy digno. Al fin y al cabo, nos guste o no, estamos vivos, y algo hay que hacer con esa maravillosa y terrible realidad.

Fuente de la imágen: Revista Axolotl (revistaaxolotl.com.ar). El nombre de su autor es Emanuel Gómez.

domingo, 18 de julio de 2010

La inspiración (una reflexión personal)


Más de una vez lo he dicho: no soy de los que defienden sus opiniones personales como si se tratase de verdades universales. Y, en materia de gustos, no hay juez que tenga nada que decirnos, y repitiendo por enésima vez al siempre citable maestro Joan Manuel Serrat, "cada loco con su tema", que de gustos y colores los autores mejor no dicen un carajo, ¿no?
Pero como este blog es de mi autoría, aunque todos sigan estando invitados a decir lo que les entre en gana, voy a traer a colación uno de mis pareceres, sin esperar a que estén de acuerdo conmigo todos. De lo que vengo hoy a reflexionar es ese viejo tema, la inspiración.
¿Qué carajo es la inspiración? He sabido (y conocido) de muchos que piensan que no puede haber trabajo si no se está "inspirado". Es decir, si no se siente ese temblor interno, ese extraño pacto en el que la realidad parece darnos luz verde para cruzar a dios sabe dónde, no hay nada que pueda hacerse que valga la pena. Pero sigue valiendo la pena que nos preguntemos: ¿es realmente así?
La inspiración es una tradición viejísima. Ya los griegos invocaban a las musas para que los animasen y guiasen en sus cantos; o, en su defecto, a los dioses. Recuérdese, sino, cómo inicia Homero sus poemas: siempre con una invocación. No quiero meterme hasta la nuca a tratar lo que los antiguos entendían por la inspiración, pero baste con aclarar que, para ellos, la creación como el recitado, lo relativo a la poesía y el drama, estaba muy ligado a la intervención de las fuerzas supremas: dioses, musas y demás seres por el estilo.
Por obvios motivos, a los románticos esta idea no podía dejar de llamarles la atención. Hegel, en sus lecciones de estética, hace mucho hincapié en el tema de la inspiración, señalando cómo es a través de ella que lo Universal se manifiesta en códigos humanos a través del Artista (sí, con mayúscula), que en ese sentido era su portavoz, y gracias a su sensibilidad. En ese sentido, los artistas eran hombres de dios, o si prefieren del Espíritu Absoluto. Schelling sostuvo ideas muy semejantes a esta, y, como Hegel, sobre las ideas que tenía Goehte sobre el arte. Es decir, que el artista era, por naturaleza, un ser especialmente sensible, ya que la imaginación, en estos términos, es también producto de esta sensibilidad, en tanto que busca las fórmulas para expresar lo más perfectamente posible aquello que, en sí mismo, es Ideal, y como tal se encuentra muchísimo más allá de lo que nuestra pobre percepción humana es capaz de comprender, aunque sí que puede intuirlo.
Pero las cosas han cambiado mucho. Hoy, el desarrollo de los estudios en neurociencias nos señalarían cómo la inspiración es producto de determinadas reacciones químicas, procesadas , seguramente, gracias a ese trocito del cerebro llamado amígdala, que determina los procesos que nosotros traducimos como emociones o sentimientos. La de las neurociencias, claro está, es sólo una de las muchas posibles explicaciones, y cada cual puede quedarse con la que más le interese.
En todo caso, lo que me interesa señalar es cómo la inspiración puede ser, también, un error. Los románticos, por su universo de creencias tan distinto al nuestro (o, en todo caso, al mío) podían darse el lujo de estar inspiradísimos siempre, y Coleridge no necesitaba soñar los versos que escribiría al día siguiente para la composición de cada poema, que fue lo que le sucedió con el Kubla Khan. Si los sueños no le ayudaban, siempre había un estado anímico a la vuelta de la esquina para repintar la realidad (y todo esto lo digo sin querer ser peyorativo, ni mucho menos, por si las dudas). Pero hoy por hoy, yo prefiero creer en otra cosa, que tiene un nombre tan sencillo como "trabajo duro". Claro que mi ejemplo no sirve para nada, porque mi nombre no vale un centavo, pero hay otros exponentes que pueden resultar interesantes en este sentido.
El primero de ellos es William Faulkner. Para él, trabajar era lo primordial, sin importar por dónde anduvieran las musas. Recuerdo haber leído una entrevista en la que él señalaba cómo un escritor no podía andar preocupándose por las ventas, las críticas ni nada relativo a sus libros, porque no tenía tiempo para ello: siempre había algo más que hacer, y esto era escribir.
También Camilo José Cela estaba en esta línea. Dijo alguna vez que no creía en la inspiración; que le parecía una excusa demasiado sencilla. Expuso una teoría (que ya he comentado antes, algunos meses atrás) según la cual el de escritor era un oficio total, que implicaba las veinticuatro horas de todos los días del año. Una frase suya que he anotado en mi filosofía de vida es ésa que escribió en el prólogo de La colmena, que dice que "La literatura no es una charada", sino que es una actitud. También fué por una entrevista suya por la que me enteré de esta respuesta de Picasso, en una ocasión en la que le preguntaron por la inspiración: "Siempre que llega, me encuentra trabajando".
He de reconocer que hay algo que es muy cierto, y es que uno no siempre se encuentra en estado de sentarse a escribir: uno necesita cierta lucidez, algo de energías, capacidad (auto)crítica, entre otras cosas, y después de X horas de trabajo o estudios o lo que fuere, no se cuenta con ello. Pero sigue sin ser una excusa: uno sigue, fatalmente, dando vueltas a lo que puede o no escribir cuando se siente a hacerlo. Lo importante es no dejarse vencer por las excusas, que ninguna vale suficiente.
¿Y la inspiración? Bueno, según mi experiencia personal, hasta puede ser negativa y dar el tiro por la culata. Uno se siente invadido por un vértigo febril, se le arremolinan las ideas y las palabras y escribe qué se yo, cuatrocientas páginas en quince minutos. Luego, corrigiendo, me ha pasado que descubro que entre el 90 y el 98% (a veces, un aterrador 100%) no vale nada, y es pura mierda.
Pero como dije al principio, esto me vale a mí, lo creo yo, y porque funciono así. Al final, lo que importa son los resultados, mucho más que los medios. Juzgar a una obra no es lo mismo que juzgar los métodos de su autor, y esto puede ser secundario. Dejo, sencillamente, mi humilde parecer.

Fuente de la imágen: http://unadonnadellarte.blogspot.com/2007/12/w-e-r-t-h-e-r.html

domingo, 30 de mayo de 2010

Vivir con las arañas


Como dormir la siesta (aunque yo nunca lo hago) con el Demonio. Pero esto es superstición de algunos. Vivir con las arañas es una maravilla: sobre todo cuando uno vive, como yo, rodeado de plantas en un segundo piso, en una habitación donde siempre hay polillas, moscas y zancudos (más alguna abeja ocasional) revoloteando en torno al fluorescente. Pero se las tienen que jugar, porque la población de arañas que comparten mi espacio de vida son una amenaza constante para todos estos bichos ruidosos: un rápido examen de las miles de telas de araña que hay por los rincones basta para demostrarlo.
Y no, no he llegado hoy al blog con la idea de hablarles de mi vida personal, sino usándola de excusa para hablar, sí, de las arañas. ¿Las arañas? Coño, que ya les dije que sí. Y ahora le paso la posta, por unos instantes, a Camilo José Cela, que tiene sus propias palabras al respecto:
"La araña, la delicada y maternal araña, debiera ser el animal totémico del escritor. Nadie más que la araña -y el escritor- es capaz de abrirse el vientre para que el hijo hambriento la devore. Nadie más que la araña, y el escritor, es capaz de morir en las redes en que, tejiéndolas, perdió lentamente la vida. Nadie más que la araña, y el escritor, derrama sus espaciosas horas, infinitas, con tanta aplicación y tanta monotonía".
Escribir algo mejor que esto es imposible. Y yo quiero firmar a favor de esta verdad, con todas mis arañas encima. Faulkner entendía algo similar: él decía que escribir era como hacer un pacto con el demonio, convertirse en Fausto. Se puede entender lo que trata de decir: la vida se va a ir entre páginas y páginas, en una búsqueda infinita cuyo fin no tiene sentido alguno ni siquiera como idea; porque, como él mismo lo decía, el escritor que llegue a estar satisfecho de su obra, no tendrá otra opción que lanzarse desde ella y suicidarse. Conseguir ese libro significa no tener otra cosa que hacer, perder ese algo de insatisfacción y crudeza que hace al corazón seguir palpitando en su sitio.
Pero volvamos a las arañas: tercas, ensimismadas. Pasan las horas de su vida construyendo telas y redes en las que ellas son el único habitante, y que se van poblando de carcasas vacías de los seres a los que han ido devorando. Solas entre los muertos, esperan a que llegue quien les de amor, y luego lo devoran, lo suman al inventario del cementerio en el que viven. Más adelante, cuando llegan las crías, puede pasar una de dos cosas: o, como dice Cela, los hijos devorarán a su madre, que se les entregará como primer alimento, sabiendo que ése era el fin de su existencia; o, dependiendo de la especie, la madre tratará de devorar a su prole, como lo hará el escritor insatisfecho, decidido a acabar con ese montón de homúnculos deformes a los que ha dado la vida sin saber por qué, y cuya imperfección le hace sentir culpable ante sus propios ojos. Él, que quería la Rosa, tiene un geranio marchito, que sólo puede echar a las llamas.
La araña, decíamos, es un ser solitario por naturaleza. Observa el mundo desde la tela que va construyendo y reparando, sabiendo lo estrecho que es, en el fondo, el universo. Pero hay, en cambio, miles de formas que intentar o combinar para llenar esos espacios vacíos y muertos. La vida no le puede interesar, porque es fértil por sí misma. Necesita aniquilar esas existencias para seguir viviendo ella misma, absorber sus jugos vitales para seguir respirando... y respirar sólo para seguir tejiendo redes que se llenarán de cadáveres.
De nuevo lo diré: firmo al pie de las palabras de Cela. Mientras afuera se asienta la noche y yo me vuelvo una vez más a mis propias páginas llenas de seres deformes y de redes que parecen a punto de romperse, releo sus palabras y levanto la mirada hacia mis compañeras de dormitorio. Hay que seguir tejiendo.

Imágen: La madre, escultura de bronce (si no me equivoco) que se encuentra en Bilbao, España, y que cae como un dedal a estas palabras. Fotografía de Sonia Cunliffe.

lunes, 24 de mayo de 2010

Las crónicas de sangre de Pascual Duarte


Como ando ahogado en un mar de agendas, pensé que no estaría mal pasarme un rato por estos lares y echar al ruedo un libro: la gran pregunta que faltaba contestar era cuál. A los pocos segundos, y quizá algo empujado por la última entrada, se me vino a la cabeza uno que ni Satanás podrá explicarme cómo no he invocado antes: La familia de Pascual Duarte, del ha poco mentado Camilo José Cela.
Siempre me he preguntado qué le pasa a todo el mundo (y en especial a muchos españoles) con las novelas de don Camilo: de un tiempo a esta parte, parece haber pasado del pedestal de mármol al rincón de cachivaches, y su nombre cada vez suena menos, como no sea para mencionar el tipo de literatura que "no debe hacerse". Y trato de comprender, y me arranco los pelos y me destapo la cabeza y me devano los sesos, y no lo logro. De hecho, creo que el día que tenga la suerte de conocer España voy a detenerme frente a cada busto de Cela que encuentre (creo que hay unos cuantos) y voy a recordar alguno de sus pasajes.
Y es que yo no sé cuántos estarán de acuerdo conmigo, pero creo que Cela fue uno de los escritores de prosa más intensa, dura y poética de la narrativa española. Alguna vez he echado laureles y flores al referirme a La colmena, en este mismo blog. Ahora, hablo de un libro muy distinto, menos total quizá, y que puede que peque de ser algo desigual, pero que no deja de ser una lectura que no dejo de agradecer cada vez que vuelve a mi memoria: La familia de Pascual Duarte, novela de corte realista, que es sórdida en el mejor de los sentidos (como lo será luego La colmena): en el desarrollo psicológico de sus personajes (uno, en este caso, que es Pascual Duarte), que nos obligan a poner en tela de juicio los valores de la ética para, al final, acpetar que hay que colgarlos de los talones para buscarles los piojos.
Más que urbana, suburbial. Dura y cruda, narrada con violencia y prepotencia, en voz de grito o de lamento la mayor parte de las veces. En pocas palabras, una novela con verdadera personalidad, absorbente no sólo por el personaje a cuyos andares asistimos, sino también por la secreta poesía con que está escrita. Esto no tengo ni que escribirlo, pero lo haré por si las dudas: Camilo José Cela fue un verdadero poeta en su prosa. Un genio, además, que supo articular maquinarias narrativas verdaderamente escalofriantes, portentosas, que logran dar la vuelta de tuerca exacta para generar en nosotros, sus lectores, eso que jamás pensamos que sentiríamos frente a páginas semejantes: ternura. Una ternura enfermiza, es cierto, y que convive mano a mano con el temor y la angustia. Pero ternura al fin y al cabo, y para sorpresa de todo el mundo.
Lentamente, los nubarrones del olvido parecen cernirse sobre la novela con la que Cela logró, alguna vez, revolucionar el universo literario de España. Pero, como la misma novela reza, "Hay hombres a los que se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a los que se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas". Y ese fue, desde su primera página de vida, el camino de Pascual Duarte. Para ahogarse lentamente en el polvo de los años, quizá; pero, también, para encontrar, una que otra vez, un nuevo lector que pase sus páginas lentamente y con la mirada muy fija, que al final se despedirá del bueno de Pascual agradecido y algo tembloroso, como fue mi caso.
Pero no quisiera despedirme sin antes recordar una anécdota (otra de las tantas) de Cela, esta vez en relación a La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Cuenta don Camilo en una entrevista que, cuando se enteró de que el libro había llegado a las librerías, se fue a la más cercana y, luego de cerciorarse de que su novela estaba sobre la mesa de novedades, se quedó esperando a ver si alguien lo compraba. Al rato entra un hombre mayor, que se detiene unos momentos frente a la mesa de novedades y, ¡oh sorpresa!, toma su libro, lo hojea unos momentos y lo vuelve a dejar en el lugar donde estaba. Luego se dirige a otro lado de la librería, toma un libro de Julio César (creo que el de la Guerra Civil) y, de camino a la caja, vuelve a detenerse junto a la mesa de novedades, vuelve a hojear la novela de Cela, y se la lleva a la caja, paga, y sale con ambos libros. El joven Camilo José, emocionado, lo sigue hasta la calle, se le acerca y le pregunta si no quiere que le firme su libro. El hombre, algo atónito por la sorpresiva increpación, ve el libro que lleva consigo, la Guerra civil de Julio César, vuelve a mirar a Cela y, de pronto, sale corriendo. Claro: ¿quién, se habrá dicho, es este loco que jura ser Julio César?
Anécdotas aparte, me permitiré insistir todavía una vez más: dense una oportunidad y no dejen esta novela de lado antes de haber recorrido sus páginas. Que puede que no les guste, de acuerdo, pero vale la pena intentarlo. Al fin y al cabo, puedo asegurarles que, para bien o para mal, es una novela que merece una lectura atenta, y que es perfectamente capaz de colárseles en la médula misma de los huesos, si se andan sin cuidado. ¿Es necesario decir algo más?

sábado, 22 de mayo de 2010

Una de Cela

Para los que recuerden esa de "Cela y la palangana", aquí les dejo otro video de ese maestro ya no sólo de las letras, sino de la vida pública. Y, de paso, para que la gente entienda un poco mejor hasta dónde llegan los riesgos en el oficio del periodista, que los hay de todas las clases. Y bueno, me pregunto: ¿qué haría si vienen a preguntarme algo así a mi?


miércoles, 3 de marzo de 2010

Entrevista a Camilo José Cela


Ya que hemos invocado a Camilo José Cela, hagámoslo como debe hacerse. Esta es una entrevista que se le realizó en 1999, en la que habla, entre otras cosas, de la labor de escribir (el tema del que veníamos charlando) y, luego, de esa obra maestra que nunca dejaré de agradecerle, La colmena, y sobre los tiempos que trató de retratar en esa obra, el espíritu de aquellos tiempos que sobrevivie en esas líneas (como, también, en los poemas de Dámaso Alonso) de la posguerra española., con toda su desesperación, con todo su miedo y con todo su silencio. No diré demasiado: prefiero pasar a las palabras de alguien que, definitivamente, tiene mucho más que decir. Todo lo que haré antes de retirarme será dejar un brindis por Cela. Salud.

-¿Cómo recuerda usted el Madrid y la España de 1943, donde se sitúa La colmena?

- Hombre, era una España amarga, un Madrid dramático. Yo, con frecuencia, dedico ejemplares de esa novela diciendo «esta crónica amarga de un tiempo amargo», lo cual era verdad. Era terrible aquello, era terrible. El miedo... El miedo era incluso desproporcionado. Había muchas razones, sin duda alguna, para el miedo, el miedo político sobre todo. Pero quizá en ocasiones era hasta desproporcionado, lo cual lucha a favor de aquel que mete miedo.

- Ese retrato rompió moldes literarios y tuvo gran repercusión.

- Hombre, yo hice lo que pude, claro. Sí, en algún momento por mí, por mis páginas, hablaba un poco la conciencia colectiva.

- La colmena fue censurada dos veces.

- Bueno, eran estúpidas aquellas censuras. Después se autorizó incluso durante el régimen de Franco; Fraga, siendo ministro del Interior, y sin que yo se lo pidiese, cogió el teléfono y me dijo: «¿La colmena sigue prohibida?». «Sí», le dije. «Bueno, pues empezar a hacer otra edición, esto es una vergüenza». O sea, que salió de él.

- Ahora suena a risa, parece increíble.

- La censura no es que dé risa o deje de darla, es que era una evidencia, era una autoridad ejercida por gente, en general, de escasos talentos.

- ¿Qué pudo molestar?

- No lo sé, yo creo que nada. Ganas de marear que tenían, ganas de reivindicar el carguito, su pequeño mando de censores.

- Tardó en escribir la novela cinco años, de 1945 a 1950...

- Hice varias versiones, claro. Y la última me indignó tanto que tiré la novela al fuego, pues estaba encendida la chimenea de mi casa, en la calle de Ríos Rosas [de Madrid]. Menos mal que alguien se echó a rescatarla del fuego. Y no ardió, claro. Menos mal.

- La estructura, ha reconocido, le costó mucho trabajo.

- Claro, porque la técnica es algo que se va creando al mismo tiempo que la obra literaria. Es una especie de andamiaje que tiene que desaparecer después, como el andamiaje de una catedral. Esa es una labor muy enojosa.

- La colmena tiene sorna, ironía, piedad...

- Como la vida misma, sin duda de ninguna clase.

- Cuando la escribía, trabajaba...

- A todas horas, como ahora he hecho con Madera de boj.

- ¿Cómo se reparte el día?

- Trabajo y cuando me canso, paro. Y cuando descanso, vuelvo a trabajar, hasta que ya estoy tan cansado que confundo las palabras.

- Sábados, domingos...

- Me da igual, yo no tengo calendario laboral.

- Algunos escritores sostienen que una novela surge a medida que se escribe, ¿usted lo sostiene o hace un esquema...?

- Yo no sé nunca dónde va a ir el personaje. Nunca, nunca jamás. Es más, si yo quiero que vaya hacia un lado, va o no va. Y si un personaje está bien creado, con harta frecuencia hace de su capa un sayo.

- Cómo ve hoy La colmena, ¿quizá lejana?

- No, no, no muy lejana. La veo viva y coleando todavía, ya lo creo. La releo a veces, abriendo por cualquier lado, y veo que todavía... Ya es una especie de historia. Esto es, quien quiera estudiar la Historia de España de aquellos tiempos, no bastaría con que se fuese a las hemerotecas o a los libros de Historia, tendría que leer La colmena también. Hay una cosa que es el espíritu de aquel tiempo que está en las obras literarias, en La colmena y en las obras que la acompañaron en aquel trance.

- ¿Y cómo se las apañaba para crear tantas decenas de personajes?

- ¡Si están ahí! No hay más que echarse a la calle y dar una palmada y salen todos. Se mete usted en un café, o se metía entonces en los cafés, que estaban abarrotados de gente, y en cada mesa había una novela. Después sólo había que bautizar a esos personajes y atribuirles una profesión, un oficio, unos amores, los que fueren, una vecina...

- O sea, que hay que saber ver.

- Sin duda ninguna, es que el oficio de novelista no es otro. La novela existe, ahí está en vigor; ahora, descúbrala usted, claro; desentráñela usted y apúntela en un papel.

- «Madera de boj» era una asignatura pendiente, una espina clavada que se atragantó por la concesión del Nobel.

- No, no, fue simplemente una novela atascada, que se atascó con el Nobel. Lo curioso es que durante ese tiempo yo hice dos novelas y un par de libros de artículos. O sea, que yo tampoco hice el vago, porque El asesinato del perdedor y La cruz de san Andrés se escribieron y se publicaron durante ese tiempo.

- Lo que sí ha hecho ha sido rehacerla de nuevo...

- Más que rehacerla, hacerla de nuevo, lo que tenía no me sirvió.

- Y cuando no ve claro un libro, ¿lo consulta con alguien?

- No, no, no. Lo dejo que madure, lo releo, y hay páginas que se guardan y otras que no.

- Hombre, lo difícil es saber si una página aguanta o no.

- Bueno, eso es uno de los riesgos que cura el tiempo de que hablaba Herodoto, que es dejar descansar un original durante equis tiempo a ver si resiste una última lectura o no. Eso, querido amigo, depende de cada página o de cada circunstancia.

- ¿Usted se ha dicho en algún momento «ya no se me ocurren más cosas»?

- Por ahora no se me ha planteado. Cuando me pongo a escribir siempre tengo algo que decir.

- ¿Cómo le ha cambiado el Nobel, si es que le ha cambiado?

- Lo que hace al principio es desorientar... mucho, no poco, sino mucho. Pero después se vuelve uno a reorientar, vuelve uno a sus hábitos normales, de siempre. Pero eso es cuestión de que pase el tiempo.

- Usted ha dicho en varias ocasiones que el que resiste gana, que puede valer tanto...

- Para todo. No hay que tener prisa, nunca. Con la prisa puede uno escornarse la boca contra la pared y eso es terrible. Hay que ir a su ritmo. Y el que resiste gana, sin género de dudas. Lo que pasa es que ahora resistir cuesta mucho trabajo y dan ganas de tirar la toalla y abandonar todo. Es lo que hay que evitar.

- ¿Nunca ha tirado la toalla?

- No, nunca. Sigo en activo desde hace... Usted verá, La familia de Pascual Duarte fue del año 42, luego tiene ya 57 años y ya ha llovido desde entonces.

- ¿La literatura es cuestión de codos, de disciplina?

- Entre otras cosas, sí. Hay que tener un mínimo talento y un instinto de la lengua, se supone.

- Usted parece que siempre ha saltado al vacío.

- Bueno, es un poco mi deber. Sería demasiado cómodo el tirar por los caminos trillados. Eso sería un fraude, incluso un engaño que se haría al lector. Y después un engaño del escritor a sí mismo. No hay nada más dramático que el escritor que se convierte en su propia caricatura. Hay que intentar caminos nuevos.

- Se le ve a gusto, en forma...

- Hombre sí, no me puedo quejar. Yo creo que es un poco la satisfacción de ir cumpliendo con el deber que uno se haya marcado, claro. Ver que poco a poco va consiguiendo uno aquellas metas que se propone. La más importante, la de poder seguir trabajando. Este oficio tiene la ventaja de que no hay jubilación posible, más que la artereosclerosis. De mí, el día de mañana, se podrá decir que yo era un escritor bueno, malo o regular; ahora, lo que no me podrá decir nadie es que fui un holgazán, porque yo he escrito más que un tostao.

(Fuente: El Mundo)

Ese casi noble oficio de escribir


Hace un tiempo, no recuerdo si en una reunión (entre copas) o en Cafetal (entre cafés) un sujeto, amigo o conocido de algún amigo o conocido -ya se puede notar lo poco fiable que es mi memoria- que estaba al tanto de que tenía una novela inédita guardada por ahí, y que trabajaba en otra nueva, me comentó que él también quería escribir, y luego me soltó esa clásica pregunta: ¿es fácil escribir una novela? Pero bueno, ¿y qué carajo se supone que va uno a contestar ante semejante interrogación?
Para empezar, yo no sé qué demonios hace que alguien quiera dedicar su tiempo a una labor tan sacrificada y patética como escribir. Visto desde cierta perspectiva, no es más que una gran pérdida de tiempo y de energías: a menudo se necesitan muchas horas sólo para llenar dos páginas que vas a borrar al cabo de unos días, cuando se te ocurra releerlas; o te pasas años enteros trabajando en una novela que, cuando te parece que está terminada, resulta estar tan plagada de errores que no puedes hacer nada mejor que deprimirte, tomar un whiskey y empezar a releerlo todo con una esquirla en el pecho, sintiéndote defraudado de tí mismo por haber llevado al papel cosas tan ridículas o, en todo caso, tan mal escritas. Además, hay algo que dijo Camilo José Cela que, definitivamente, es cierto: el escritor no tiene ni siquiera la opción de tomarse un descanso. Su mente, su sensibilidad y su imaginación deben trabajar constantemente, aún cuando duerme (no sea que en un sueño del montón se encuentre alguna buena semilla literaria). Mierda, es la pura verdad. Cela lo dijo mucho mejor: "De todos los oficios conocidos, el del escritor es el más duro, el más obsesionante, el más esclavizador. Si el ser loco fuera un oficio, ese oficio sería sin duda el que más próximamente podría compararse al del escritor. Lástima que en la lista de oficios conocidos aún no figura el de loco y sí, en cambio, el de escritor." Luego, añade otra serie de grandes verdades: "En el oficio de escritor la vacación es una palabra que se ha borrado de su diccionario, que no figura en su vocabulario, que no cabe en su léxico. A veces, cuesta trabajo hacer creer a las gentes que uno trabaja cuando toma café, cuando se rasca la cabeza, cuando juega con su hijo pequeño, o cuando contempla una puesta de sol".
Yo me preguntaba un poco más arriba por qué a alguien se le ocurriría tomar semejante oficio (yo, que no soy nadie, lo he hecho, y sigo sin saber nada). Pero pongo mi dinero por las palabras de Cela: "Se escribe no más que por una ley de inexorable fatalidad. Se escribe porque no se puede, ni se sabe, ni tampoco se quiere hacer otra cosa". Y que las cosas queden bien dichas: escribir es entrar a una cámara de torturas con una sonrisa dibujada en el rostro. Todo lo que puedes llegar a saber, ya que nunca por qués ni para qués, es que estás dispuesto a hacerlo, aunque se te vaya la vida en ello, aunque te duela, aunque el mundo esté desplomándose a tu alrededor, aunque temas poder estar al borde de la locura o la muerte.
Pero yo no se hasta qué punto pueda decir nada. Ya lo dije: nunca he publicado una palabra de ficción, y muy pocos han tenido la mala fortuna de leer alguna de mis cosas. Para consejos literarios, es mejor leer a Cela, a Sábato, a Faulkner. Y sólo si es que sus consejos parecen de utilidad. ¿Qué es un escritor? Es un sádico y un masoquista, un morboso, un ridículo, un hombre con la falta de escrúpulos necesaria para no casarse con nadie y tomar el mundo por donde más le convenga para lograr su maldito objetivo: escribir algo que no le parezca del todo un vomitivo. Como bien lo dijo Ernesto Sábato, un escritor es, en esencia, un exagerado. Lo que sí que puedo decir es que escribir no es oficio de vagos: por experiencia sé que nada exige tanto esfuerzo, dedicación, constancia, sufrimiento y terror como sentarse a escribir una novela. Y que me crea el que quiera hacerlo.

miércoles, 13 de enero de 2010

Cela y la absorción anal

Siempre he defendido a Camilo José Cela por su genio. No sólo como escritor, sino también como personaje público: contestatario, irreverente, de un humor negro casi medieval. Tiene una larguísima lista de bromas y anécdotas a menudo hilarantes o grotescas, pero que él nos menciona con tanto humor y naturalidad que no queda de otra que arrastrarse de la risa ante ese señor, ya mayor, escritor serio, Nóbel de Literatura y todo lo demás, pero que no se hace problemas para confesarnos que una vez se comió un grillo en la barra de un bar para demostrar que era inofensivo, que mató por casualidad a cuatro jóvenes que iban conduciendo ebrios en un accidente automovilístico o, en esta ocasión, que posee la rara habilidad de poder absorber líquidos por el ano. ¡Y lo dice él mismo! Les dejo el video, y una copa en alto por Cela, carajo, que es un verdadero genio (aunque con cada día que pase lo quiera menos gente).


jueves, 30 de julio de 2009

Un tal Camilo José Cela


Creo que la única forma justa de mencionar a Camilo José Cela es así, con sus dos nombres y apellido: tres palabras que, unidas, dan una muy buena idea de lo que es la obra de este escritor: solidez, crudeza, fuerza e ironía. Y, también, poesía, porque hablamos del autor de una de las prosas más exquisitas de lo que ha venido siendo la literatura española de los últimos siglos, si es que no la más.

Un momento que creo nunca olvidaré fue la ya lejana noche en que abrí por primera vez La Colmena. Lo primero con lo que me topé fue con una serie de prólogos a las diferentes ediciones de la novela, a través de los cuales el autor reflexionaba en torno a varios puntos que, luego, se enmarañarían entre las páginas. Esa noche descubrí un sabor de literatura que nunca antes había conocido, que era absolutamente nuevo para mí. Cada vez que leía eso de no dejarnos vencer por la tristeza, un sentimiento muy extraño se revolcaba en mis entrañas mientras me acariciaba el paladar. Y, luego, esa cita a la que no dejo de volver a cada momento: "La literatura no es una charada: es una actitud". Después, empieza la obra (que no es exactamente una novela), que, definitivamente, incluyo entre mis favoritas: la suma de retratos, sonidos, imágenes, personajes y diálogos que es La Colmena ha sido una de mis mayores vivencias como lector. Además, hay un punto que me gustaría señalar acerca de la obra de Cela en general y de La Colmena en particular, y lo hago como un lector hispanoparlante no nacido en españa: es imposible leer a Camilo José Cela sin la entonación particular que dan los españoles al idioma español, como si en esas páginas estuviese capturado algo de la España que fue, de la España que es. Esta es una forma de lectura que sólo se me ha vuelto a imponer tiempo después, leyendo La Nardo de Ramón Gómez de la Serna, y en mucho menor escala. Pero claro, si hablamos de dos genios como ellos...

Pero hay otro Camilo José Cela, que sin embargo no deja de ser el mismo: el Cela personaje, el Cela entrevistado, el Cela que alguna vez anduvo por las calles de Madrid o de Mallorca y que era un especialista del humor y la grotesquería con el mejor estilo medieval. Vivencias extrañas, bromas y ocurrencias tiene de sobra en su biografía: meterse, muy elegantemente vestido, a una fuente durante la inauguración oficial de una estatua en su honor; comerse un grillo una noche en un bar sólo para demostrar a una señora que se trataba de una criatura inofensiva; o quemar su licencia de conducir sólo porque no entiende el sentido de las normas que lo obligan a, entre otras cosas, detenerse en las esquinas y ante los semáforos. Pero las historias sobran (en sus entrevistas hay montones), así como las bromas. Una que narra en el transcurso de una entrevista con el Paris Review, por ejemplo, es que estaba en una reunión del congreso, muy aburrido, y que uno que estaba hablando en ese momento le llamó la atención y lo acusó de eestar dormido, a lo que Cela respondió que no, que no estaba "dormido", sino que estaba "durmiendo". Cuando el otro le dijo que esas dos palabras eran lo mismo, Cela, con infinito tino y con astucia de zorro, le respondió que no era así: que, del mismo modo, no era lo mismo estar "jodido" que estar "jodiendo".

En fin, un breve brindis por Cela, un escritor al que debo mucho y que merece ser más recordado de lo que es últimamente. Ya casi nadie habla de Cela, y sin embargo... sólo puedo decirles que lo lean, que se dejen arrancar por sus páginas. Aunque, ciertamente, a él no le importaría demasiado lo que le digan, o lo que dejen de decirle.


p.d. Vean la entrevista que le hace J. Soler Serrano a Cela, que está colgada en Youtube y es, sencillamente, genial.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...