Mostrando entradas con la etiqueta Calígula. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Calígula. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de abril de 2011

Un poco más allá de la mera historia: "Julian", de Gore Vidal


Dentro de lo que acostumbramos llamar "literatura", hay un género de novela que parece especialmente propenso a generar largos, arduos y, a menudo, estériles debates: la novela histórica, ese tipo de texto que ya es, desde su nombre, casi una contradicción. ¿No mienten acaso las novelas como mienten los boleros? ¿Y no se supone que, por contraparte, la historia está allí para decirnos la verdad y nada más que la verdad, bien desnuda, y que le duela al que le duela? 
Antes de pasar a lo que va esta nota, me gustaría decir un par de cosas respecto a la historia, y es que ella tampoco está libre de pecados. No sólo me refiero a que un libro de historia pueda ser superado por otro, fruto de una labor más concienzuda y exhaustiva, sino que además hay otro detalle, que ya trató de hacer notar Gadamer en los años sesenta: que el estudio de la historia no es inclinarse sobre un libro abierto en el que los hechos están dados en una forma objetiva y pura, sino que la forma en que esta es interpretada, reescrita y leída tiene, también, muchísimo peso. O, en otras palabras, que le metemos un poco de nuestro rollo cultural y personal a lo que entendemos por "interpretar los hechos históricos". Bien: punto y aparte. 
La novela histórica es un género que, como cualquier otro, puede dar frutos extraordinarios y suculentos como bodrios de la peor calaña. Que es lo mismo que decir que existen genios del tamaño de Umberto Eco o Robert Graves como mequetrefes tan insulsos como Dan Brown o, me dicen (porque a él no lo he leído), Ken Follet. O, si prefieren, los que toman los datos históricos y los reinterpretan o cambian (olé, Tarantino) para hacer una obra maestra y los que pierden su tiempo escribiendo montones de páginas para que luego otro montón de personas pierdan su tiempo leyéndolas. Bueno, en realidad los autores no pierden su tiempo, porque les pagan un pastón, pero los asuntos del bolsillo no están en el papel. 
A este primer grupo, el de los genios que consiguen convertir la historia en algo nuevo, pertenece también Gore Vidal. Yo lo he comprobado, sobre todo, con la que considero una de las mejores novelas históricas de todos los tiempos: Julian, mejor conocida en español como Juliano el apóstata. El argumento es imaginable: se trata de la narración, desde tres perspectivas, de la vida y hechos del emperador Juliano, el hombre que trató de traer una vez más a la vida el culto a las divinidades paganas en un momento en el que el imperio ya se había vuelto crisitiano, sobre la base de un muy bien cuidado estudio de montones de documentos de y sobre este personaje histórico y su momento (incluídas las obras de Juliano mismo). 
Pero bueno: esto último lo puede hacer casi cualquiera que sepa algo de latín y griego y tenga vocación litararia. Claro que podemos agradecer el esmero que Gore Vidal le ha puesto al estudio de la historia, pero no está de más hacer notar que esto es solo una parte del todo. Después de todo, Julian es una novela en la que se da pie a una cruda y fulminante reflexión sobre el poder, la religión y todos esos temas que esperamos nos remuevan los intestinos cuando leemos una buena novela. Algo similar a lo que hizo, también, cuando escribió el guión original de la película Calígula (que dirigió Tinto Brass, y a la que Bob Guccione, de Penthouse, agregó un par de orgías lo bastante explícitas como para tentar al público pornógrafo). Oigan, que no en vano fue Gore Vidal el que dijo que el sexo es política. 
En pocas palabras, que creo que Julian es una novela lo bastante sólida, profunda y buena como para que la disfrute todo el mundo, y no sólo los fanáticos de Foucault y los que sufren de delirios de persecución. Más aún: creo que tiene suficiente potencia como para que más de uno la ponga entre sus títulos preferidos, de paso que como para quedar fulminado por algunos de sus pasajes más poéticos, que en cuanto a épica son dignos de Homero en persona.

jueves, 6 de enero de 2011

Entre "Eros" y "Porné": el neblinoso límite de los géneros


Bien, bien... supongo que he atrasado esta publicación demasiado tiempo; y, en vistas a que he recibido una solicitud de que la haga aparecer de una vez vía correo electrónico, pues aquí la tienen: esta es la conferencia (o charla, o lo que quieran llamarle) que dí a fines del año pasado en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP, titulada Entre "Eros" y "Porné": el neblinoso límite de los géneros. Lo único que debo advertir es que, en vistas al medio en que estoy haciendo la publicación, tan diferente a un aula en la que cuento con un proyector, he realizado algunas adaptaciones mínimas para dar más continuidad al texto. Pero no hay de qué preocuparse, porque los contenidos son los mismos: sólo he cambiado algunas formas (por ejemplo, por el hecho de que aquí no tengo cómo poner la escena de Calígula que puse como parte de mi charla) y he quitado algunos ejemplos gráficos que, en ese momento, pasé mediante un Power Point. Lo demás, está aquí, íntegro y sin censuras. Para quien lo disfrute, ahí va:

"Hoy, voy a dar vueltas en torno a un viejo problema, del que tengo por seguro que más de uno de los presentes habrá tenido que escuchar alguna vez, y es el de los consabidos géneros que implican, de alguna forma, cuerpos desnudos, sexo explícito o implícito y todo ese tipo de cuestiones relativas a lo sexual: obviamente, me refiero al erotismo y a la pornografía. Géneros que, dicho sea de paso, parecen ser opuestos para casi todo el mundo: mientras uno es “artístico”, se dicen, el otro es “vulgar”, “simplón” o “innoble”; mientras el primero busca expresiones de gran calidad estética o profundidad simbólica, al segundo le basta cualquier excusa, por más tonta que sea, para ponernos uno o dos penes y unas cuantas tetas (mientras más, mejor) al frente. Mi intención es la de dar una vuelta de tuerca a todo este rollo y, de una vez por todas, tratar de poner un nuevo orden a las ideas que nos formamos de todo lo que implican estas cosas.
            Y, para empezar con pie derecho esta charla, me gustaría aclarar un asunto. Podría hablar en términos de “erotismo” y “pornografía”, pero prefiero no hacerlo. En su lugar, voy a hablar de “lo erótico” y “lo pornográfico”. Que ni es lo mismo ni es igual, como pretendo demostrar en unos instantes. Antes, sin embargo, y para que no parezca que me salgo de la línea, dejaré en claro que, si “erotismo” y “pornografía” son los géneros, luego decir “lo erótico” y “lo pornográfico” es hablar de lo relativo a estos géneros.
            La pregunta que subyace a todo este rollo es bastante notoria: ¿qué es un género? Pero, para poder contestarla de la mejor manera posible, antes me gustaría pasar revista a algunos aspectos implicados. Bien, puesto todo esto sobre la mesa, paso a lo que quedó pendiente: las etimologías.
            ¿Qué significan las palabras “erótico” y “pornográfico”? La primera es más obvia: “Eros” es la palabra griega para el amor. Pero no cualquier amor, sino el Amor (con A mayúscula). Eros era, para los antiguos, una figura mitológica, divina. Los romanos le pusieron por nombre “Cupido”, y hay una larga tradición literaria que lo llama, sencillamente, Amor (Tirso de Molina en El burlador de Sevilla, por ejemplo). Lo cual es importante, porque en ese sentido “lo erótico” (o, si prefieren, “lo relativo a Amor”) compromete, sí, lo sensual y aún lo sexual, pero en un ámbito elevado, noble, hasta espiritual.
            La otra palabrita, en cambio, es arena de otro costal. “Porné” quiere decir, en griego, “prostituta”. Así, “lo pornográfico” vendría a ser, en su “espíritu” etimológico, “lo relativo a las prostitutas” o “a la prostitución”. Creo que queda más que claro que, una vez más, esto compromete lo sexual, pero en una forma muy distinta: vulgar, bajo, carnal.
            Si seguimos esta línea, llegaremos a una idea según la cual el ser humano se divide en dos partes. Una idea que de hecho ha sido expuesta por numerosos críticos, con Bajtin a la cabeza, y es la que reconoce una sección “superior” de una “inferior” del individuo. A la superior, la esfera “elevada” del ser, pertenece todo aquello que es racional, espiritual o, si quieren una palabra un poco más vieja, etéreo. Tanto lo estético como lo intelectual pertenecen a este ámbito del individuo. Del otro lado, a la sección inferior, la “baja”, pertenece todo aquello que sea relativo a lo carnal o corporal en su sentido más grotesco, por así decirlo: lo que se derive de lo genital, lo digestivo, lo fecal… Anatómicamente, el cuerpo se divide en dos partes: la cabeza (por lo menos de los ojos para arriba) y el resto del cuerpo, de la nariz y la boca hasta los pies. Separación que carga con un sentido geográfico, dicho sea de paso: la cabeza apunta (y por ende sirve de “puente”) hacia el cielo, a lo limpio y alto, mientras el resto del cuerpo desciende hasta el suelo, el polvo, la suciedad. O el infierno, podría agregarse.
            En este sentido, lo erótico y lo pornográfico tienen la función de excitar cada uno a su ámbito. En ese sentido, lo erótico vendría a ser una suerte de masturbación espiritual, tanto como lo pornográfico implica una masturbación corporal (literalmente). Cada uno de estos géneros tiene, pues, un objetivo que cumplir, sólo que uno es asumido como positivo o “noble” y el otro como negativo o “vulgar”, “sucio”. Lo que no significa otra cosa que esto: que cada una de estas formas tiene implicaciones y consecuencias prácticas.
            Claro que esta forma de definir los géneros es un poco tonta. Si estamos de acuerdo con ella, entonces reconocemos que las obras eróticas sirven para elevarnos intelectual o espiritualmente (si todavía podemos creer que tenemos algo parecido a un espíritu) y que el porno sirve para que pasemos un buen rato a solas, como quien dice, “haciendo manualidades”. El problema es que no nos dice nada acerca de qué demonios es una obra erótica y qué una pornográfica: así nos diga qué hacer con cada una de ellas, eso de poco nos sirve si no podemos reconocerlas.
            El gran problema de esta teoría de la interpretación (porque decir que una determinada obra tiene tales o cuales efectos sobre un espectador significa que éste la está interpretando) es que asume que el agente tiene un rol hermenéutico pasivo frente al objeto interpretado. Dicho en cristiano, que al espectador no le queda de otra que dejarse penetrar por la obra que está viendo, porque ella se define a sí misma. Pero esto es ridículo. El autor de cada obra, ciertamente, elige una serie de elementos para darle forma, pero esto no es más que la mitad del proceso. Una fotografía, una película o un texto no son nada más que un objeto físico si no hay alguien para interpretarlos. Y cada interpretación puede ser muy, pero muy distinta de las demás.
            Voy a proponer un ejemplo para hacer esto un poco menos confuso. Lo que voy a proponer a continuación es un breve análisis de la película que quizá haya causado más polémica en torno a los géneros en toda la historia del cine. Que es lo que se puede esperar cuando la productora de un director de cine erótico es una conocida industria pornográfica. Se trata de la película Calígula, dirigida por Tinto Brass y producida nada más ni nada menos que por Penthouse, la competencia de Playboy.
La pregunta clave ahora es: ¿por qué elegí esta película? Tan cargada de… ¿Pornografía? ¿Erotismo? No me cabe la menor duda de lo que todos los que la han visto estarán pensando: que se trata de porno y punto. ¡Y qué porno! Y eso es, precisamente, lo que me llevó a escoger esta película en particular. Calígula es una película que generó polémica desde antes de su estreno. Cuando Gore Vidal, el guionista (si alguno de ustedes ha leído alguna de sus novelas se dará cuenta de que es un nombre de peso) vio el resultado final de lo que él había escrito, pidió que su nombre fuera retirado de los créditos. Malcolm McDowell, al que seguro recuerdan por su papel en La naranja mecánica, tampoco estuvo muy contento. Ni el director, Tinto Brass (¡y eso que ha hecho otras películas bien subidas de tono!). Es decir: Penthouse había hecho de una película que fue concebida como una cruda reflexión sobre el poder y la condición humana una cinta porno; o, en todo caso, lo que los espectadores reconocerían como tal.
Y aquí hay una idea que yo creo que es fundamental. Si ven la película completa, notarán que la mayor parte de la película, que está llena de escenas de sexo, tiene un contenido que definitivamente va mucho más allá del clásico “sexo por el sexo” de la pornografía más descarada. Y sin embargo un amplio sector del público pensó, efectivamente, que se trataba de una cinta pornográfica.
Voy a tratar de ser un poco más claro. Les voy a contar una anécdota. La primera vez que yo vi esta película fue en casa de un amigo. Un día con un grupo de amigos le dijimos para verla, y él la puso. Sólo que el desgraciado adelantaba casi todas las escenas, y sólo dejaba las de sexo explícito. Nosotros, obviamente, nos quejamos, pero no hizo caso. Ahí fue que nos enteramos de que él jamás había visto la película completa. Y bueno, ya se imaginarán para qué le interesaba la película, ¿no? En fin, que como se negaba a prestarla, pues fui y me la compré. He visto Calígula muchísimas veces, y no sólo creo que es una gran película, de las mejores que he visto, sino que la considero una obra maestra del erotismo. Desde mi interpretación de la totalidad de la película, las escenas de sexo, por más explícitas o “pornográficas” que sean, van de la mano con un guión formidable y, así, pasan a ser una parte esencial del contenido, casi como un símbolo de lo que está diciendo la película: la corrupción del hombre por el poder, la voluntad como una sed de dominación y eso que el mismo Gore Vidal ha plasmado en otras de sus obras, que “el sexo es poder”, o una forma de dominación. Además, el caos de cuerpos revueltos que son las orgías en esta película, lo grotesco de las escenas sexuales, no hace otra cosa que jugar a favor de este tipo de lecturas: todo se sale de control, todo es sucio, la vida no es otra cosa que una lucha por el placer basado en la dominación… y así, en un larguísimo etcétera.
Tenemos, pues, dos interpretaciones distintas: una dice que Calígula es un porno; la otra, que es una cinta erótica. ¿Cuál es la correcta? Yo creo que ambas.
A ver, volvamos a lo que decíamos sobre la teoría de la interpretación. Antes hablábamos de una forma de entender la hermenéutica según la cual es el objeto interpretado el que se define por sí mismo, el que da sentido a sus propios contenidos, le guste o no al espectador. Y dije, también, que considero que esta es una forma incorrecta de entender la interpretación. Vale. ¿Entonces de qué se trata?
Esta teoría ha sido defendida, en la historia del pensamiento, sobre todo hasta inicios del siglo XX. Pero las cosas cambiaron mucho cuando hizo Heidegger apareció en el horizonte. Heidegger, de hecho, fue el primero en plantear que la interpretación (que, para él, es la interpretación que el ente que “es” hace de su propia condición de existente) recae tanto en las manos del propio agente interpretante como de aquello que conforma el mundo que lo rodea o, como él prefiere llamarlo, “mundo circundante”, donde se encuentran, entre tantas cosas, los “otros”. Pero la verdadera cima de la corriente hermenéutica fundada por Heidegger va a llegar con uno de sus alumnos, el genial Hans-Georg Gadamer.
 Repasemos: para la hermenéutica romántica, uno debe situarse dentro del contexto y los elementos del objeto interpretado para poder comprender, libres del peso de cualquier juicio previo, lo que ese objeto es por sí mismo. Pero Gadamer, con algo de lucidez, y sin muchas ganas de morder la almohada, dio vuelta a esta idea. Para él, plantear una fórmula de interpretación tan limpia es sencillamente imposible, porque uno no puede, por más que se esmere, abstraerse de esa forma del contexto (histórico, cultural, epistémico, biográfico o lo que quieran) en el que está metido. En otras palabras, que el agente, con todo lo que carga consigo, tiene un rol capital en la interpretación. En otras palabras, que no podemos evadirnos a nosotros mismos.
Pero ojo: esto no significa que “el hombre sea la medida de todas las cosas”, como decía Protágoras. La interpretación no es olvidarnos de nosotros mismos para dejar al objeto gritar sus verdades, pero tampoco se trata de amordazarlo para arrancar las conclusiones que se nos vengan en gana. Lo que propone la tradición hermenéutica de Gadamer, como la de Davidson, es más bien una suerte de diálogo entre el interpretante y lo interpretado, sin dejar de lado los contextos. Así, y como decía el mismo Gadamer, comprender algo es, necesariamente, comprender-se en ese algo. Y comprender es una forma de interpretar.
            ¿Qué delimita, entonces, el género erótico del pornográfico? Y, por ende, ¿qué demonios es un género? Creo que lo primero que tendríamos que hacer es romper un poco la idea de los límites. Siguiendo lo dicho hasta ahora, creo que puedo afirmar que los límites de un género no están delimitados por sí mismos: el género es, precisamente, una generalización, una categoría mental que nos permite organizar nuestras interpretaciones acerca de los objetos. Estoy de acuerdo con Gadamer en que estas interpretaciones tienen dependen tanto del objeto interpretado como del agente que lo interpreta. Y un género es resultado, precisamente, de una interpretación.
            Para ejemplificar un poco lo que digo, voy a citar un ejemplo propuesto por Borges. En una conferencia sobre literatura policial, Borges plantea que un género no es tanto una literatura como un lector. Borges, en este texto, nos pide que imaginemos a un lector particular, uno de ficciones policiales al que le dicen que el Quijote es una novela policial. Obviamente, tenemos que imaginar también que este lector hipotético no sabe nada sobre el Quijote, ni mucho menos ha oído hablar de Cervantes. Para él, el Quijote es un libro que podría haber sido escrito ayer mismo. Bien, el lector empieza a leer el Quijote y lo que se encuentra es esto. Cito lo que, según Borges, sería esta lectura: “En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un hidalgo… y ya ese lector está lleno de sospechas, porque el lector de novelas policiales es un lector que lee con incredulidad, con suspicacias, con una suspicacia especial.
            Por ejemplo, si lee: En un lugar de la Mancha…, desde luego supone que aquello no sucedió en la Mancha. Luego… de cuyo nombre no quiero acordarme… ¿por qué no quiso acordarse Cervantes? Porque sin duda Cervantes era el asesino”. Lo que está proponiendo Borges es, a grandes rasgos, muy similar a la teoría de Gadamer (lo que es curioso, porque no parece que se hayan leído nunca). En fin, que lo que se propone es precisamente un diálogo entre el lector y el texto, entre el agente hermenéutico y el objeto interpretado. Lo que me interesa hacer notar sobre este ejemplo es que lo que determina el género (en este caso del Quijote) no es el texto mismo, sino la forma en que es leído. Y la palabra “es leído” implica que hay, necesariamente, un texto y un lector. Hablamos, entonces, de una apertura del género, ya que lo que se sigue de este “diálogo” o interacción es que hay, efectivamente, más de una lectura o interpretación posible y válida. Una tesis pluralista.
            Ahora volvamos a Calígula y a la historia que les conté. Aquí también hay dos interpretaciones diferentes: película pornográfica o erótica. ¿Con cuál nos quedamos? Pues sucede lo mismo que con el ejemplo del Quijote que nos propone Borges: si la apreciamos estéticamente, interpretando lo relativo al sexo como un símbolo o lo que sea, entonces pertenece al género erótico. Pero si hacemos como mi amigo y la utilizamos con otros fines (todo el mundo sabe de a lo que me refiero), entonces se trata de una cinta pornográfica, o por lo menos de una cinta con escenas pornográficas.
            Esto nos devuelve a una idea anterior: no la de lo “elevado” y lo “bajo”, sino la de las consecuencias de una interpretación, tanto en el nivel de lo práctico como en el de las creencias. La hermenéutica, necesariamente, se traduce en estas formas. Podríamos pensar, si no, en el director porno Andrew Blake: mientras unos resaltan la estética, las luces y simetrías que utiliza en sus películas, llegando a llamarlas “cine erótico”, y llamándolo a él "el Helmut Newton del porno", otros sólo están interesados en apuñalarse un poco el bajo vientre mientras las ven. Es decir, que una vez que nos formamos una idea de lo que es “erótico” y lo que es “pornográfico” generamos una creencia, y nuestras actitudes frente a los objetos que nos parece que podemos catalogar como pertenecientes a uno u otro género, dependerán de estas creencias.
            No digo que el patrón de comportamiento “masturbación – deleite estético” sea el que determine el género. Digo que éste, si va a ser determinado, tiene que serlo en base al tipo de lectura que hacemos del objeto interpretado. En este sentido, Eros puede ser una prostituta y Porné una diosa. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, lo que importa es que disfrutemos, cada cual a su manera, de estas obras maravillosas que hacen de la sexualidad y la sensualidad humanas su personaje principal, por suerte para todos nosotros. Muchas gracias."

sábado, 30 de enero de 2010

Lo último de Tinto Brass: Calígula en 3D


No pude haber elegido un mejor momento para hablar de Tinto Brass, el hombre que, ya glorificado por una larga carrera de joyas del cine erótico, sigue trabajando y manteniéndose en el camino de los pioneros del erotismo con la antorcha bien en alto, como para señalar el camino a los que pudieran ir detrás. Y digo esto porque acabo de leer, en varias páginas, acerca del nuevo proyecto que prepara el director italiano, algo realmente novedoso y que, quién lo va a poner en duda, no podría estar en mejores manos: la primera macro-producción erótica en formato de tercera dimensión (3D).
Ahora bien, es cierto que ya se han realizado algunos "experimentos" en este sentido, y algunas producciones pornográficas francesas (como las diferentes versiones de Emanuelle que se hicieron para la televisión) incluyen escenas en 3D; pero eso no es nada: apenas diez minutos bastante aburridos de sexo, en un formato 3D bastante sencillo y que no termina de convencer a nadie. El proyecto de Tinto Brass, en este sentido, es mucho más complejo e interesante: se trata de volver a realizar su vieja obra maestra, Calígula, de cuyo guión es responsable Gore Vidal, sólo que esta vez con toda la libertad que no pudo permitirse al realizar la primera version, en la que el productor, Bob Guccione (el entonces editor de Penthouse), insistió en aumentar escenas de sexo explícito que eran innecesarias (aunque a mi parecer están bastante bien; y, a excepción de una de lesbianismo que no tiene nada que hacer en la pelíula, ayudan a dar ambiente), mientras el director y el guionista insistían en realizar estas escenas de acuerdo a las exigencias y necesidades de la película.
De paso, es la primera vez que se filma una película en 3D en Italia, así que Tinto Brass está llevándose aquí un par de delanteras. (Hablando de delanteras, la película promete muchas). El director, además, ha prometido cosas muy interesantes, respecto al formato en el que está trabajando: por ejemplo, nos dice que hay escenas en las que una mujer extiende las manos hacia la pantalla en las que realmente parece que está por meterlas en nuestros pantalones; realmente, es increíble, como para enorgullecerse, ver los niveles a los que puede llegar el cine erótico: ¿quién iba a imaginar, después de todo, que el público podría llegar a tomar parte de la película en un sentido como éste?
De modo que ahora resta esperar a que llegue hasta nosotros esta maravilla del cine erótico, la primera gran realización del género en el 2010 (como quien dice, para empezar bien el año). Sólo me pregunto quién podrá sustituir a Malcolm McDowell en el papel del emperador Calígula, que es probablemente su mejor papel; y quién podrá hacer de Drusilla si no es Teresa Ann Savoy. En fin, que promete estar bueno, y es algo que, definitivamente, no puedo perderme. Lo que me sigo preguntando es: ¿la pondrán en la cartelera de los cines de Lima? Hmmm

jueves, 14 de enero de 2010

Tinto Brass: un genio mórbido


Una tempestad de oro y semen. Algo así, creo yo, tendría que empezar a hablarse de Giovanni Tinto Brass, uno de los cineastas más talentosos, grotescos, finos e incomprendidos de todos los tiempos, y sin embargo todavía un hombre que sigue adelante haciendo lo que quiere o, mejor, lo que siente que debe hacer, o sabe que tiene que hacer. Pero se entiende cuál es el punto.
He de confesarlo: apenas si he visto algunas de las cosas que hizo. Pero da lo mismo: me basta con el extraordinario trabajo que hizo dirigiendo Calígula, una de las mejores películas de las que guardo memoria y, definitivamente, una de las más controversiales de todos los tiempos, basándose en el guión de Gore Vidal (antes ya había hecho otra película sobre un guión de este escritor, llamada Salon Kitty, que estoy tratando de conseguir), y con la que acaso sea la mejor actuación de Malcolm Mc'Dowell. ¿Lo mejor de la película? La articulación de los personajes, el ambiente grotesco que se cierra sobre la trama, el historicismo y el erotismo sobre un mismo plano casi onírico y casi de pesadilla, con mucho lujo y con mucho gore (muy a la romana, dicho sea de paso).
Pero tómese en cuenta que hablamos, sobre todo, de uno de los directores que mejor han trabajado con el género erótico, dando mucho que ver y, sobre todo, mucho que pensar. Se lo ha atacado de hacer pornografía, pero este problema (si es que se lo puede llamar así) ni siquiera merece que se le de un segundo de atención. Lo que de verdad importa es lo que logra con sus películas: deleite, fascinación, risas, asco, perturbación, temblores y, se los aseguro, más de una erección.
Para el que quiera hacerse una mejor idea de por dónde va la mente de este maestro, les dejo una entrevista de 1998. Tinto Brass, creo yo, es uno de esos hombres que, como Pasolini, Sade o Gore Vidal, nos recuerda que el buen arte a menudo es ese que nos incomoda más. (Fuente: El Mundo)

Se licenció en Derecho. ¿De ahí le viene ese gusto por transgredir la ley?

De ahí me viene, en efecto, la atracción por la ley y el deseo de transgredirla. No me ocurre sólo a mí: se dice que fue el mismo el que hizo la ley y la trampa.

Su primera película se titulaba El que trabaja está perdido. ¿También en Italia se hace lo que se puede para eludir ese extravío?

R.- En este caso es, como si dijéramos, un título-protesta, porque el título original, y casi la película entera, fueron masacrados por la censura. Pero sí, el que trabaja está perdido, más o menos según la calidad del trabajo que uno tenga.

En 1976 inicia, con Salón Kitty, su obsesión por el cine erótico. ¿Cómo le ha dado por ahí?

Descubrí lo mucho y bien que puede utilizarse el sexo, el erotismo, como parábola de comprensión fácil y accesible.

¿No es el director de cine erótico, y casi todos lo son hoy, un voyeur de lujo? No todos los mirones tienen el privilegio de fabricar lo que quieren ver.

Sí. Pero no es una culpa, el mismo cine nació como un fenómeno voyeurístico. El director es, en todo caso, un voyeur generoso: comparte lo que ve con los espectadores.

Con Calígula se pasó usted mucho. Desde entonces arrastra la fama de criatura tórrida y crepuscular. ¿Qué tiene que decir a eso?

Que yo no voy al escándalo; es el escándalo el que viene a mí. Es decir, que sólo pueden escandalizarse con mis películas los escandalosos, aunque, por lo demás, toda novedad produce algún escándalo. Ahora bien; entre el Calígula que yo rodé y el que vio el público hay, tras lo mucho que se ensañó con él la censura, la misma diferencia que entre el Coliseo de sus mejores tiempos y el montón de ruinas que es ahora.

¿Qué opinión le merece el caso Lewinsky?

Adoro a Clinton y a Lewinsky: fabulosos. Que en ese Salón Oval se jadeara en vez de idear guerras o el modo de machacar al adversario me enternece.

¿Haría una película con eso?

Creo que ya la he hecho: en L'Uomo che guarda está la escena del puro que, al parecer, han protagonizado Bill y Monica. No me extrañaría nada que Clinton se haya inspirado en mi película, ya sabe que la Naturaleza imita al Arte con frecuencia.

¿Tienen hechuras Bill y Monica de protagonistas de alguna de sus películas?

Sí, sí. Monica me gusta mucho: buenas formas, desinhibición, sentido de la fantasía...

¿Y qué tipo de sexualidad cree que gasta el fiscal Starr?

Una sexualidad perversa. Debe de ser, además, un gran masturbador y aficionado a la fusta.

Ajá. Monella, su última película, es de lo más obscenilla también, ¿no?

No; es cándida, inocente... O, cuando menos, no es pornográfica. Aunque no tengo nada contra la pornografía, creo que ésta provoca la erección, en tanto que el erotismo provoca la emoción.

¿Monella también es una parábola o, sin más, lo que hay?

Claro, una parábola sobre la alegría de vivir. La vida no es sólo sufrir: es sexo, comida, colores...

¿Cómo se las arregla para convencer a sus actrices de que hagan las cosas que les manda hacer?

Hago con ellas una actuación previa: la prueba de la moneda. Convoco a la actriz para que venga vestida con falda pero sin ropa interior, tiro al suelo una moneda y le pido que la recoja. Según el modo de agacharse, calibro cuál es su sentido del pudor, y si tiene mucho, lógicamente, no me vale.

En la foto: con Caterina Varzi, en Florencia, 2008.

jueves, 3 de septiembre de 2009

A vueltas con la Pornografía


En este siglo veintiuno, en el que ya pareciera que las personas estamos acostumbrados a todo, encuentro sorprendente que no falten quienes hagan muecas ante la mera mención de la pornografía. Cierto que cada vez son menos las bocas torcidas y las cejas arqueadas, y cada vez más las risas (el tabú, o la estupidez a nivel de sobremesa, es una especie amenazada que se acerca de a pocos al nivel de "en peligro de extinción") las que siguen a las menciones, descripciones o narraciones de los argumentos de las películas porno, pero qué puedo decir: me sigue sorprendiendo el rostro asqueado o indignado de más de uno.
"Pero cómo", me dirán, "¿es que acaso te propones una apología del porno?". Bueno, ¿y por qué no? Vamos a ver... ¿qué hay de malo con ello? Y hablo como una persona que perdió el interés por la pornografía como tal (es decir, en su intención prima de "excitación-masturbación-oh dios mío-a dormir) hace muchos años, para quedarme con el interés intelectual y "frívolo" por el asunto. Pero sí: defiendo la existencia y las consecuencias de la pornografía, y soy, por tanto, su apologista.
Supongo que la gran pregunta, ahora, es "por qué"; y la respuesta, queridos míos, es bastante larga... además de múltiple, porque hay montones de factores para hablar a favor de la pornografía y de su razón de ser, pese que, hoy por hoy, se tienda a mirar, si no con malos ojos, al menos con algo de pena al que afirma ser un pornógrafo habitual. Pero, ¿tiene algo de malo, a fin de cuentas? Porque hay que reconocer la serie de valores de la "cultura porno", y reconocer que merece el eminente sitio que ocupa en nuestra cultura occidental-universal-globalizada post-capitalista y post-siglo XX.
Bien: ¿qué es el porno, como género? Se habla mucho de la diferencia entre pornografía y erotismo... ¿dónde se encuentra, en realidad, esa frontera? La respuesta, creo yo, no está en la obra analizada, sino en el espectador. Pondré un ejemplo: el hoy casi legendario filme Calígula, de Tinto Brass, basada en el guión original por nada más ni nada menos que Gore Vidal. Pues bien: para mí, desde la primera vez que la vi (debo haberla visto unas ocho o nueve veces) es una obra maestra, tanto por sus actuaciones como por su guión, y además por el "tono" que logra; y, si lo logra, es por su muy bien trabajado y crudamente sórdido erotismo, que para mí tiene un valor a la vez histórico y, más importante aún, simbólico. Pero recuerdo, también, a un viejo amigo mío que un día me confesó que él nunca había visto la película de inicio a fin: sólo adelantaba el disco para buscar las escenas de sexo y de orgías. Era, claro está, su porno. Y ahí es donde radica la cuestión de géneros: no en la obra, sino en cómo se aprecia la misma. En otras palabras, que, del modo opuesto al aquí narrado, hay pornos que pueden ser apreciadas como obras de alto arte erótico, si es que se las quiere (o puede) apreciar como tales. El caso de obras como las de Sade, o aún Henry Miller, Pasolini, Durrell y, curiosamente, Joyce (la famosa historia de por qué las editoriales se negaban a publicar el Ulysses). Es decir, que hay una cuestión de perspectivas implícita en el asunto; un problema de hermenéutica, de lecturas (es decir, de lectores).
Pero bueno, aquí estoy saliéndome de la cuestión, y convirtiendo a la pornografía en erotismo... Bien: la pornografía como tal también merece ser salvada. En primer lugar, como válvula de escape, como medio de catarsis "perversa" si se quiere; y la relevancia de este factor puede variar de acuerdo a la situación histórica: es decir, todos necesitamos un medio de catarsis (lectura, trabajo, escritura, borrachera, deporte, etc), pero en situaciones de represión la intensidad de esta necesidad cambia: en otras palabras, que si me hubiese tocado vivir en la España de Franco, me hubiese llenado los estantes de películas pornográficas, por no terminar como en la Edad Media, siendo visitado entre sueños por súcubos.
Luego, tenemos otro valor de lecturas: el humor. Y es que vamos: ¿cómo no destornillarse de la risa ante el argumento de algunas pornos? Cito un ejemplo: todas las de la serie de Emanuelle (no la película, sino la serie para televisión), incluído, muy especialmente, Emanuelle contra Drácula. O, sino, cualquier porno doblada en España, donde residen los reyes del doblaje erotómano: "Joder, que me corro", "Venga, cabrón, dadme con más fuerza", "Así que queréis espiar, ¿eh?" (Léanse todas estas frases en acento español, para entender a qué me refiero).
Y, por abreviar lo que promete ser un texto muy largo, quiero resaltar un último carácter de la pornografía, el más importante: que es absoluta y profundamente humana. Porque claro: lujuria, deseo, excitación, fetiche, sexo, perversidad, morbo, "impureza" (nótense las comillas), clandestinidad y, sin embargo, soledad, son todos ellos ingredientes de una ensalada de condición humana, muy bien guardada debajo de miles de máscaras, y que no es, pese a todo, un secreto para nadie.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...