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sábado, 21 de enero de 2012

Lázaro, levántate y bebe: Etta James - "Misty Blues"

A veces, la mejor forma de quitarse el blues de los hombros es con un buen blues, y esta mujer sabía muy bien lo que eso significa. Con Etta James se nos ha ido una de las voces más maravillosas que alguna vez se han alzado para dar forma a la felicidad y la melancolía, al frenesí y a la tristeza. Recuerdo haber descubierto sus canciones hace muchos años, doblando en una de las esquinas que salían de Billy Holiday, y aunque no voy a mentirles y decir que me he escuchado todos sus discos, sí diré en cambio que no ha habido ocasión en que sus canciones no me conmovieran. Hoy, sábado de resaca y ceniza, reestrenamos la sección de los sábados rindiendo homenaje a esta tremenda artista, que ha fallecido con más de setenta años, pero no sin antes dejarnos una canción en el pecho a cuantos la hemos oído cantar. Con una copa en alto, como tiene que ser, y preparando el cuerpo para la noche que, tarde o temprano, caerá sobre todos nosotros. 


domingo, 10 de julio de 2011

Me dicen de Facundo Cabral...


Recién esta mañana recibí la noticia de que habían asesinado a Facundo Cabral. Lo que significa, entre muchas otras cosas, que se nos ha ido una de las grandes voces que se han templado de este lado del mundo al compás de una guitarra dolida y terca. Son los gajes del oficio, que les llaman, pero de todos modos se va a extrañar a este cantautor de la vieja escuela, argentino de cepa clásica que siempre se columpió entre la pampa y el bolero más amargo. Por lo menos, nos quedarán sus canciones, ésas que uno invoca a vibrar en su pecho mientras recibe a la madrugada con la copa de la melancolía, o entre las copas y los amigos cuando se les da por tomar la guitarra y dedicarse a ese maravilloso oficio que es el recordar las viejas canciones que habitan en nosotros. Dejo, pues, estas rápidas líneas como un homenaje, con la copa en alto y la voz en la ansiedad de la espera. Hay quien piensa que las canciones viven más que el recuerdo mismo, y eso, señores, es una dignidad noble a la que pocas cosas pueden aspirar siquiera. Y cuánta poesía. Olé, don Facundo Cabral. Olé...


miércoles, 29 de junio de 2011

Retrato de un Padre


"El día que cumpla ochenta años, quiero matar un novillo". Esas palabras se las dijo mi abuelo, con setenta y nueve años, a dos de sus hijos, mis tíos José Ignacio y Rodrigo. Enseguida, añadía que "es que sin eso, no se puede vivir". ¿Sin "eso"? ¿Qué es "eso"? Pues yo se los voy a decir: es el sentimiento de la sangre bullendo en la vena misma, es la pasión con todas sus letras y el más puro y entregado goce de vivir haciendo lo que uno más ama y rodeado de las personas que a uno más le importan. Es, en fin, lo que lleva a una persona de setenta y nueve años a decir que, por su cumpleaños, quiere matar un novillo en el ruedo.
Mi abuelo nunca vería en la arena ese novillo, sin embargo. Hace apenas unos días, en la noche del domingo, sus ojos se cerraron por última vez -como dicen las canciones- estando él en su casa, lejos del ruido de la ciudad, al lado de mi abuela y rodeado de paz. Llevando sobre sí, de paso, la memoria de setenta y nueve largos años en los que se dedicó, ante todo, a disfrutar de la vida con sencillez, tal y como le iba saliendo al frente, amando a la gente que lo rodeaba, enseñando siempre con el ejemplo y la palabra. Mi abuelo no fue sólo eso, sino también un amigo, un compinche, un padre, un ídolo, un modelo y una leyenda. Y no sólo para mí, ni para mis tíos, primos y allegados, sino para casi todas las personas que lo conocieron, desde sus amigos de toda la vida hasta algunos que apenas si charlaron con él por unas pocas horas en una o dos ocasiones. Tenía ese don, el de hacerse querer enseguida, el de calar en el cariño de las personas como el vino en una esponja: muy rápidamente, y dejando un calorcito en lo más íntimo. Sus hijos, nietos y hermanos hemos sido, por ende, muchísimos, aunque lleven apellidos tan distintos del "Bullard" que nos legó como pueden serlo "Aramburú", "Simpson", "Del Campo" o "Goicochea". Sólo esto es, para muchos, más que suficiente.
Pero mi abuelo tenía esa sed vital que lo empujaba a rebosar con creces eso, contagiando así sus aficiones a quienes lo rodeaban. Fue, en todos los sentidos, una figura. A los doce años, ya decía que quería llegar a torero, y aunque juró que colgaba los trastos hace cosa de un par de años, no han pasado ni dos semanas desde la última vez que lidió una vaquilla. Cuando era joven, fue "crooner" de una banda de mambo, y como era muy fanático de José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, y tenía oído suficiente como para hacer suya una guitarra, compuso y escribió algunas rancheras, uno que otro bolero, temas que hoy son, para casi todos los que lo conocimos, un himno. Fanático de los "cowboys" y de los westerns, era un jinete de primera línea, y alguna vez me lo topé por Lurín, de pura casualidad, mientras él cabalgaba con sus amigos (sin ir más lejos, y como para que se hagan una idea, hoy asistió a su entierro Hispano, su caballo predilecto, con el que más correrías ha vivido en los últimos años). Y, claro está, y porque no hay que dejar las virtudes en entredicho, hay que recordar que nunca se negó sus buenos tragos, y más de una vez hemos recibido juntos a la aurora, compartiendo un whiskey (que era nuestra común debilidad) y muchas, pero muchas, charlas, de las que he aprendido muchísimo más de lo que podrían enseñarme todas las bibliotecas del mundo. 
Podría contar montones de anécdotas, llenar este texto de palabras y palabras que, al final, igual se quedarían cortas. José Alfredo Bullard fue un hombre que lo rebasó, literalmente, todo, y he aprendido demasiado de él como para confiar sus enseñanzas a los pobres diccionarios. Pero, en vistas al contexto, sí me gustaría sacar a relucir una de las cosas que aprendí de él, y esto es a gozar de la vida con sencillez, a agradecer siempre lo bueno, a resistir lo malo y a encarar a la muerte como lo que es: uno de los tantos gajes que trae consigo este oficio de vivir. Y con dos cojones. Ahora, sólo queda dejar su voz para que suene entre nosotros, entonando el Himno de la ATA (Asociación de Toreros Aficionados, de la que él mismo fue miembro fundador) y levantar, muy alta, una copa, con un "Olé" bien claro y muy alto vibrando tanto en la boca como en el pecho. Salud. 


viernes, 10 de junio de 2011

Tocayaje: Santi Guillén y Yabo Torbo


Hoy quiero hablarles de uno de mis hermanos. No es la primera vez que lo hago, porque aquí en el Café nos hemos tomado muy a pecho lo que hace, registrando paso por paso el desarrollo de su proyecto musical, pero hoy quiero sacar un poco más las vísceras a relucir, y no sé si será culpa de la resaca o qué, pero lo cierto es que hoy me siento autobiográfico. 
España (máter severa, pero que no usa ropa interior) ha querido metérseme en la vida para alegrarla un poco. Su música y sus toros me han acompañado desde que tengo memoria, y con el paso de los años empecé a interesarme por su historia y su cultura, a contagiarme de su negro sentido del humor y a emborracharme con sus vinos, en crudo o en versión tinto de verano (ya se podrán imaginar que mis amigos me joden por la hispanofilia... qué se le va a hacer). Y, sobre todo, España me ha deparado hermandades de hierro, amigos de esos que queman biblias por uno y que están allí, como dice el cliché, en las buenas, en las malas y en las juergas. 
Hoy, pues, quiero hablar de mi hermano, mi tocayo murciano, el gran Santi Guillén. Músico, ingeniero de sonido, compositor, letrista, y toca la guitarra... que te cagas de pie. Nos conocimos en Buenos Aires, allá por el 2008, vía una amiga común, María Villegas, una española con la que compartía departamento en Borgeslandia. Ni bien nos conocimos hicimos buenas migas, y a la primera borrachera ya éramos hermanos de sangre. Jamás olvidaré esas tardes eternas en las que, armados de guitarras y cigarros, tentábamos a los vigilantes nocturnos de las puertas del Infierno. Que si él me enseñaba los acordes de alguna canción de los Beatles, que si yo le enseñaba a tocar rancheras y tangos... a la noche llegábamos con el humor templado para jugar al mus entre las cervezas y los vinos, y a la madrugada la mandábamos a dormir sin beso de buenas noches. Después, en Lima, hemos compartido más de un blues bajo el sol enfermo de mi maravilloso Barranco. 
Pasan dos, tres años. Él, ahora, estudia música en Madrid, aunque tenga las venas a la orilla del Mediterráneo y el corazón (y el hígado) entre Lima y Montevideo. Yo, cómo no, encerrado entre las cuatro paredes de mi vida, siguiendo la misma ruta que va de mi casa a la universidad y de ahí al bar de la esquina, tomándome el tiempo que pueda para hacer de periodista. Voy recibiendo noticias suyas: que algo se está armando, que el huevo que empollaba empieza a abrirse, que un documental por ahí... hasta que de pronto llega a mi casa un cartero (¿todavía quedan carteros?) y me entrega un paquete: el primer disco de Yabo Torbo, el dúo dinámico y musical del que forma parte mi compadre Guillén (que no sólo el apellido lo tiene de poeta, eh). Le he dado mil vueltas, he escrito alguna crítica por aquí, y sueño con el día en que nos pongamos de pie sobre el mismo escenario para cantar a viva voz y botella en mano esa que se llama Me dispongo a morir
Urbano y sin embargo etéreo, Santi Guillén es de ese tipo de personas que pueden imaginar el Paraíso aunque tengan los pies metidos en una cloaca. "Mirando las estrellas", como decía Oscar Wilde. Bien parado sobre la tierra, dando a la cara a la vida, todavía se puede dar el lujo de soñar y, lo que es aún más importante, de luchar por algo en lo que cree. Yo, que soy un escéptico nato, siempre lo he admirado por eso, por la fuerza con la que puede seguir un ideal, eso para lo que yo soy un negado. Y, encima, el muy cabrón se da el tiempo de vivir, de gastarse noches y días y de ser uno de los tipos más divertidos y más de puta madre que he conocido.
Memorial de las noches sin memoria... veamos lo que puedo rescatar de las lagunas que la vida me va dejando... 
Estamos en el departamento de Buenos Aires yo, mi tocayo el Santi, y el soperuano Jorge Chávez, leyenda viva de los arrabales más macabros. Sobre la mesa, botellas vacías de cerveza, tal vez una de pisco, y otra a medio vaciar. Surge, después de varias horas de charla, el tema de la masturbación. Risas, ejemplos, alguna anécdota, más risas y de pronto sale Santi con la metáfora perfecta: "Puñalada de carne en barra". Poco después (o antes... ya no lo recuerdo) nos aleccionaba con dos sentencias de gran sabiduría y la más poética belleza (haz memoria, Tripi): "Si hay pelito, no hay delito" y "Si pesa más que un pollo, me la follo". Carcajada general, otro brindis, y ya no recuerdo lo que sigue. 
Esta copa, pues, la levanto por Santi Guillén, mi hermano y sin embargo amigo, mi tocayo del otro lado del charco, mi cófrade en esta cantina de la poesía del fracaso. Breve y necesario homenaje, de paso que luz verde a la memoria. Es que a mí las resacas me ponen sentimental. Venga, dejémonos de mariconadas: otra botella, y un poco de música. Con ustedes, Santi Guillén. 


viernes, 6 de mayo de 2011

Un necesario (aunque tardío) homenaje a Ángel González


Benjamín Prado jura que, algunas noches, Ángel González olvida que está muerto, y que en esas ocasiones va y habla con él, y habla más de lo que solía cuando en vida. ¿Que eso es imposible? Pues, a decir verdad, cuando la poesía está de por medio, hay muchos imposibles que quedan para ocupar el lugar del silencio, en algún baúl al que van a parar las cosas que no existen. 
Compañía de madrugadas de insomnio y de una que otra tarde en que la melancolía insiste en hacerse un lugar en el pecho y por entre los bronquios, la obra poética de Ángel González merece un lugar muy especial en el canon de la poesía española. Se me dirá que no exagere, que es una summa con muchos altibajos... y pues claro: tiene altibajos, pero las cimas son tan altas que bastan para pasar la manga y borrar los pecadillos y los versos que pudieran sobrar aquí o allá. Y ya lo digo: que estamos hablando de un poeta muy en serio, muy de su oficio, y que promete más de un momento de inolvidable entrega al silencio del que, de alguna forma, suele estar preñada la poesía. 
Que este es un homenaje tardío, lo admito. Ángel González murió hace ya más de tres años, y nos hemos tardado mucho (demasiado, digo) en invocar su presencia por estos lares. Pero más vale tarde que nunca, dice el refrán, y no voy a negarme el gusto de traer a habitar por aquí algunos de sus maravillosos versos, esos que parecen llegar desde muy lejos, pero que en realidad dicen las cosas al oído, entre susurros. Tarde, sí, pero de todos modos alzo esa copa. Que no se diga que, aquí, dejamos que los olvidos se perdonen. Así que ya lo saben: yo me retiro, dejo las teclas en paz, y los dejo con el maestro, que a él sí que vale la pena leerlo. 

A veces
Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él disimulaba.
 

lunes, 2 de mayo de 2011

Ampuero sobre Sábato


Para coronar el luto con algunas palabras mayores, quiero reproducir aquí (previo permiso del autor) un correo que me escribió Fernando Ampuero en respuesta a lo que escribí hace unos días con motivo de la muerte de Ernesto Sábato. Y lo hago, también, porque creo que es un testimonio que, como todos, refleja desde otra mirada lo que significan la obra y la figura del tremendo escritor argentino, de paso que el hombre que era él. Aquí va, pues: 

"Santiago, solo es posible darte un sentido pésame con ambición de boomerang, en la esperanza de que el sentimiento me retorne. 

Ya no recuerdo bien dónde ni cuándo descubrí a Sábato, ni en qué preciso momento de mi juventud empecé a admirarlo. Sólo sé que él, en mi vida, fue siempre una premonición. Sus novelas tenían que llegar a mí, para que mi vida no luciera tan inacabada.

Tuve el privilegio de conocerlo personalmente en un bar, mientras él, a su vez, me hacía conocer, por sus afanes de seductor fallido, a una falsa Alejandra, una chica linda que no sabía si poner mala cara o mirarlo con ternura. La chica, piadosa al fin, se largó pronto, con una sonrisa.

Sábato quedó allí, jerez en mano, abatido por un instante, y de pronto me miró como si me encontrara después de haber pasado por un torbellino. "¿De qué hablábamos?", me preguntó. "Del episodio de la cabeza cortada de Lavalle", le respondí. "Uno de mis favoritos". 

"Ah, sí, claro, Lavalle" . Y luego, encogiéndose de hombros, echó un vistazo por la ventana del bar y añadió: "Mira cuántas chicas van por la calle. Algunas podrían ser como Alejandra. Hay días en que me siento dispuesto a correr detrás de ellas, detenerlas, mirarlas a los ojos". 

Santiago, brindo contigo. 
Un fuerte abrazo,
Fernando."


sábado, 30 de abril de 2011

Buenas noches, Sabato...


"El mundo nada puede contra un
hombre que canta en la miseria"
Ernesto Sábato 
La resistencia 
 
Hay hombres cuya muerte no es un mero hundirse en las sombras del silencio y la nada. Es verdad que, el día de hoy, nos ha abandonado el más grande novelista que nuestro continente -y aún nuestra lengua- hayan conocido en los últimos tiempos (tal vez en todos), pero es un abandono mínimo, casi circunstancial, gajes de ese oficio de vivir con el que todos nosotros tenemos que cargar para bien o para mal. Ernesto Sábato no ha muerto, sino que sólo se ha ido. Su voz no volverá a sonar en los crepusculares salones de su casa en Santos Lugares, pero seguirá entre nosotros, murmurando queda y serenamente, o levantándose como una voz de protesta, un grito desgarrador, una llamada de atención para que nosotros, los ciegos, los que no podemos ver lo que se alza frente a nuestras propias narices, reparemos en la violencia, la sordidez y, también, la belleza del mundo que nos rodea. 
Ernesto Sábato fue uno de los hombres que más íntimamente sintió el siglo que le tocó en suerte, en todas sus complejas (y, como bien lo supo él, idiotas) contradicciones. ¿Cómo conciliar el amor con el miedo, el arrepentimiento y el orgullo, la plena consciencia de la fatalidad y la esperanza, mientras el mundo se cae a pedazos? Él, con su impactante lucidez, notó de una vez y para siempre que la respuesta sólo podía ser otra pregunta: el eterno cuestionamiento que encarna la literatura. Sólo nos dejó tres novelas, y con eso le bastó para arremeter contra el canon y elevarse, así fuera secretamente, como una de las más altas figuras de nuestro panorama (y digo "una de las más" porque a su altura sólo hay uno más, que es Borges), de paso que el más impresionante, sólido y descarnado novelista que el confundido siglo XX, ese al que le cantaba Santos Discépolo, hubiera podido imaginar siquiera. Hombre de genio, de una cultura arrolladora y una agudeza intelectual que tal vez no admita comparaciones, Sábato nos ha dejado a los noventa y nueve años, después de casi cuarenta en los que se la pasó saludando a la muerte, invocándola en vano y, siempre, con la cabeza en alto. 
Como Pasolini, fue un lobo solitario que sabía de sobra lo terrible que podía ser en el fondo la humanidad, así como que era precisamente por eso que había que quererla. Eso es lo que reflejan todas y cada una de sus páginas, ya sea que hablemos de sus extraordinarias novelas o de sus agudísimos ensayos: una pasión inquebrantable, pero lúcida hasta el horror, llena de ganas de combatir y protestar, pero sin dar un brazo a torcer frente a las esperanzas vacías y, mucho menos, a la mera fiebre que deja la lucha. Una victoria, para él, no era otra cosa que un nuevo motivo para seguir adelante en esa guerra eterna que es el devenir de la propia vida, de esa existencia miserable y santa con la que nos ha tocado cargar como una cruz hasta el patíbulo en el que nosotros mismos la levantaremos para dejarnos morir al sol. Ligado directamente, y por vocación propia, con el existencialismo y el realismo crudo y onírico de Faulkner y Dostoyevski, arduo lector de literaturas ocultistas y gnósticas, Sábato nos quiso enseñar la realidad tal y como ésta se veía con otros tintes, oscura, terrible y hermosa. 
¿Bastan noventa y nueve años para enmarcar una vida tan absoluta, un genio tan devastador, una obra tan extraordinaria? No lo sé. Tal vez sea un error nuestro querer medir con calendarios normales aquello que está mucho más allá de nuestras posibilidades. Como decía al principio: Sábato ha muerto, pero sigue entre nosotros. Y el mundo debería estar agradecido por ello. Noventa y nueve años, sí, que no significan nada, porque a las palabras poco les pueden importar el paso de un tiempo absurdo. Lo importante para ellas es la vida, esa que todavía encuentran en cada uno de sus agradecidos lectores. Osea, nosotros: los que sentimos ese vacío en el pecho hoy, los que hemos temblado leyendo El túnel, Sobre héroes y tumbas o Abbadón el exterminador. Nosotros, que hoy sentimos, más que nunca, que un mundo que puede permitirse dejar morir a un genio de este tamaño no puede tener mucho sentido. 

Borges y Sabato: dos de mis mayores divinidades paganas.
 Siento la partida de Sábato con mucha fuerza... mucha más de la que esperaba. Para mí, fue casi un padre literario, un hombre cuyos libros he sentido tan íntima y crudamente como para no poder superarlos. Recuerdo la primera vez que lo leí: yo estaba en mis patéticos dieciséis años, y en el colegio nos iban a hacer leer El túnel. Mi madre, cuando se enteró, se emocionó tanto que me lo dio desde mucho antes para que lo leyera. El momento en el que abrí por primera vez esas páginas algo sucedió... (y es que la vida no puede ser igual después de leer a Sábato). Recuerdo febriles noches en las que me la pasaba leyendo una y otra vez los pasajes de ese libro extraordinario; noches en las que al fin me iba a dormir derrotado por el cansancio, sólo para despertar y volver a abrir el libro. Más o menos por esa misma época descubrí a Borges, y pronto me hice, también, con el libro de los diálogos que mantuvieron ambos escritores. En cierto modo, yo nací a los dieciséis, cuando descubrí a Sábato y a Borges. El segundo era de un barroquismo pulcro y un intelectualismo cálido que me fascinaron: un esteta impecable, que sopesaba todas y cada una de las palabras que iba ligando sobre el papel. En Sábato, en cambio, encontré algo muy diferente. Una prosa brutal, que hacía pensar en la vida más bien como una forma de agonía, a la que se le veían las venas, que respiraba como un ser vivo y que te agarraba de los huevos a cada vuelta de coma. Poblada, además, por personajes impresionantes, mucho más vivos que muchas de las personas de carne y hueso que conozco. Sentí a Juan Pablo Castel y a Fernando Vidal como confidentes y amigos; las angustias de Martín y de Bruno se calaban hasta mi médula, como si se tratase de personas muy cercanas; a Alejandra Vidal Olmos sigo amándola más allá de toda esperanza, volviendo a las páginas en las que habita cada cierto tiempo con la única intención de verla a la distancia. No son meros personajes de tres novelas excepcionales: son personas que respiran y sienten, que están realmente vivas, y a las que quiero sincera y profundamente. 
Sobre héroes y tumbas merece un apartado especial. Sólo dos lecturas han sido tan importantes, han marcado tanto en mi vida: la obra de Borges y el Apocalipsis de San Juan. Nunca admití que me lo prestaran siquiera: sabía que yo debía tener ese libro en mis estantes, mucho antes de haberlo ojeado siquiera. No creo que pueda volver a vivir algo parecido a esa primera lectura del libro de Sábato en lo que me queda de vida. ¿Qué les puedo decir? Fue una experiencia única, para la que casi no encuentro palabras. Ahora, leo ese libro una vez al año, con la esperanza de impregnarme un poco de su genialidad, tratando de aprender cómo se escribe, rogándole a gritos que me influencie. Aún recuerdo cómo, en mi primera visita a Buenos Aires, insistí en ir a pasear por el Parque Lezama, donde empieza la novela, esperando tal vez sentir en la nuca la mirada de Alejandra, sentado en el mismo banco en el que se sentó Martín, cerca de la estatua de Ceres. O, si quieren, es un libro que hace que uno recuerde que la literatura puede estar realmente viva, ser más real que este mundo insípido al que insistimos en llamar realidad. 
Nunca he podido estar de acuerdo con las críticas que casi todo el mundo hace de Abbaddón el exterminador, la última novela de Sábato. Es de una complejidad acojonante, y tiene pasajes que lo hacen a uno temblar de emoción y de pavor. A su lado, los juegos rayuelísticos de Cortázar y las macroarquitecturas de Vargas Llosa no son nada. Recuerdo, ahora, al borracho que ve un dragón rojo abriéndose paso en el cielo nocturno de Buenos Aires, a Bruno volviendo a casa para visitar por última vez a su padre que agoniza, a los hermanos que se aman en el secreto de la noche, a Martín y a Alejandra dándose un último beso a la luz de las farolas. No... no puedo estar de acuerdo con los que llaman a este un "libro menor". 

Maestro entre maestros, carajo...
Escucho un ruido que llega desde la cocina de mi casa. Vuelvo a la realidad: calor de fines de verano, resaca, dolor de espalda, boca reseca, Sábato muerto. No: una realidad así no puede tener mucho sentido. Eso es lo que Sábato nos ha enseñado: que detrás del cielo vacío sólo hay más y más cielo vacío, que no todas las contradicciones son un sinsentido, que la vida no se parece tanto a la vida como querríamos creer. Y que tal vez, y por eso mismo, vale la pena. 
Como verdadero testigo de un siglo, Sábato fue también un agudo crítico, un tipo que no se contentaba con unas pocas palmaditas en la cabeza, y que nunca permitía que sus dagas perdieran el filo. Como él mismo escribió en El escritor y sus fantasmas (uno de los mejores libros de ensayos que se han escrito): "El escritor de ficciones profundas es en el fondo un antisocial, un rebelde, y por eso a menudo es compañero de ruta de los movimientos revolucionarios. Pero cuando las revoluciones triunfan, no es extraño que vuelva a ser un rebelde". Fue el presidente de la comisión encargada de investigar las desapariciones durante el gobierno militar de Videla y sus secuaces (la CONADEP), y antes un empecinado crítico de Perón y sus chacales (entre ellos el furibundo López Rega). De joven fue comunista, y pronto crítico del comunismo. Nunca permitió que una ideología se fosilizara, y se esmeró porque tampoco lo hiciera en los otros. Tuvo famosas discrepancias y peleas con otros escritores, y sin embargo nunca dejó de declarar la admiración que sentía por muchos de ellos (dicho sea de paso, que pese a la intrincada relación que tuvieron durante muchos años, nadie debe haber admirado tanto a Borges como Sábato). Su lucidez y su agudeza crítica, así como su fuerza y temeridad frente a las verdades amargas, siempre me han hecho pensar en Sartre, en Pasolini y en Gore Vidal. Sábato, como ellos, pertenecía a esa extraña especie de genios que nacen muy de cuando en cuando, a los que el mundo teme como a lobos, aunque le hagan muchísima falta. Como bien escribió sobre él Guillermo Niño de Guzmán, "él, mejor que nadie, sabía que el sueño de la razón engendra monstruos". Por cierto, que hasta resulta gracioso pensar que su partida fue casi una última irreverencia, de paso que una última afirmación de lo que él simbolizaba, porque aconteció un par de meses antes de su centenario, ése que tantos esperaban.
Siempre lamentaré no haber podido conocerlo. Estuve muy cerca, pero su delicado estado de salud fue motivo suficiente como para no poder entrar en su casa. Fue en el 2008, cuando fui con mi buen amigo Mariano Peró (que me visitaba en Buenos Aires) a buscar su casa en Santos Lugares. Tomamos el tren en Retiro y nos bajamos en la misma estación cerca de la cual se suicidó Lucho Hernández. El paisaje era impresonante, y enseguida me hizo pensar en el ambiente que está en los libros de Sábato, como si su mera presencia hubiera contagiado al rostro de las calles. Fue un día de sensaciones intensas: de pie al frente de su casa, me costaba creer que estaba parado a escasos -muy escasos- metros de uno de los mayores genios vivos. ¿Realmente estaba él del otro lado de esas paredes? Costaba creerlo, pero era así. El muchacho que salió a recibirnos nos dijo que no, que lo sentía mucho, pero que iba a ser imposible entrar a conocer a Sábato -ni siquiera el papel de recomendación de Luis Jaime Cisneros que Mariano había traído de Lima pudo hacer el milagro. Pero no importaba: ya estábamos allí, y con esa sola memoria ya podía volverme tranquilo a casa. Fuimos a tomar un café cerca de la estación y volvimos a abordar el tren.
Aquí estoy yo, impactado por un mar de emociones encontradas, frente a la casa de Sábato, en el 2008.
Ahora que te has marchado, Sábato, las cosas van a seguir igual de tristes y absurdas que siempre. No puedo llorar tu muerte, porque hay algunos, como tú, para los que ese estado no es más que una etiqueta y una promesa de paz. Pero como tú mismo escribiste en tus diarios de vejez, "lo más hermoso de la vida es la gratitud", y es eso lo que quiero yo ahora: darte las gracias por haber hecho de mi vida, de este mundo que compartimos los hombres, algo diferente, por haber traído a habitar entre nosotros tantas páginas maravillosas. Por haber hecho de la literatura algo mucho más vívido y real de lo que nadie imaginó que sería nunca, por haber sido un tan buen padre literario y una figura a la cual admirar y querer seguir. 
La muerte, Sábato... ése es uno de los temas de los que más me hubiera gustado sentarme a conversar contigo. Porque supiste sentirla, entenderla y, a tu modo, quererla. Sé que ahora la agradeces, que para tí es la última victoria, esa que, al fin, te dará la Paz que nunca pudo darte el mundo. ¿Grabarán sobre tu tumba ese hermoso epitafio que inmortalizaste en Abbaddón el exterminador? Ese que dice: 

Ernesto Sabato
Quiso ser enterrado en esta tierra
con una sola palabra en su tumba
PAZ
No lo sé, y tal vez no importe. La guerra que quisiste librar a lo largo de toda tu vida continuará en las vísceras de nosotros, tus lectores. Tú, al fin, podrás descansar, satisfecho más allá de toda autocrítica (porque nunca te tuviste mucha compasión) de haber logrado tantas cosas, de haber cosechado tanto, y de haberte ganado no sólo la admiración, sino también el más sincero cariño de los que hemos tenido el placer de leerte. 
Mis palabras son torpes, lo sé. Es difícil tener la cabeza clara y tratar de ordenar las ideas cuando uno está sumergido en un estado emocional como este en el que me encuentro. Es difícil, además, hablar de todo lo que eres y has sido, de lo que seguirás siendo. Pero hago lo que puedo, Sabato, hago lo que puedo... Puedes tener por seguro que esta noche voy a levantar una copa muy en alto, más alto de lo que he levantado nunca una copa, para brindar por tu memoria. Y puedes estar seguro, también, de que otros imitarán ese gesto. 
Hoy es sábado (curiosa casualidad lingüística, casi se diría que has elegido el día a propósito), y no quiero dejar de cumplir con mi tradición musical sabatina. Así que la de hoy te va dedicada muy especialmente, Sábato, porque sé lo mucho que admiraste y sentiste esta canción, y porque todavía no encuentro formas suficientes de demostrar mi gratitud. Ahora ustedes, mis queridos lectores: una copa en alto, que hoy ha muerto un verdadero Genio. Hasta siempre, Ernesto Sábato. 

jueves, 28 de abril de 2011

Fuman con nosotros...

Para coronar nuestro último post con un muy sentido y profundo homenaje, hoy vamos a traer al Café a algunos de los más grandes fumadores de todos los tiempos, genios tan genios que supieron apreciar a todo pulmón del Ars fumatoria. Hoy no voy a gastar sus paciencias con mucho palabreo: sólo es un pabellón dedicado a la memoria. Con una copa en alto, como siempre, señores.

Ante todo, el máximo representante de la estética del cigarro: el guapo Mastroianni, cómo no.

El bravo de Malraux... escritor de filo ancho y advocado fumador.
Otro (muy) bravo escritor y fumador de las letras francesas: el maestro Sartre
Marlon Brando. Un tipo duro.
"La voz", le llamaban. Uno muy grande: Sinatra
Eva Green. Está viva, es verdad... pero no puedo dejar afuera a esta belleza.
Genio entre genios... con su pipa en la diestra. William Faulkner.
Bukowski. ¿Quién no reconoce esa sonrisa asesina?
La gran Oriana Fallacci. Mujer con carácter, quién lo duda.
Marilyn Monroe (famosa y sexy fumadora) y Henry Miller, el terrible
Inconfundible, Bertrand Russell y su infaltable pipa.
Despiadado de las letras: el letal William Burroughs
Tardío tributo, Poeta... el gran Ángel González
Bueno... ¿realmente tengo que decir su nombre? Creo que no.
...y no podía faltar Julio Ramón Ribeyro, last but not least.
¿Pero cómo pude olvidar a Camus? Gracias, Mr. Lombreeze, por el palmazo en la nuca.

 Dieciséis invocados, pues. Pudieron ser más, muchos más, pero no terminaría nunca. ¿Quién viene a decirme ahora que hay que ser muy idiota como para gastarse la vida fumando? Ya querría verlo diciéndoselo a uno de estos grandes. La tarde sigue avanzando, y para despedirme recordaré esos maravillosos versos del poeta Vicente Ruiz Aguilera: "Diciendo está el cigarrillo / lo que es la vida, / fuego de unos instantes, / humo y ceniza".

domingo, 23 de enero de 2011

Descanse en paz, Maestro


Es, para variar, un poco tarde para hablar del asunto. Y sin embargo voy a hacerlo, porque es imposible guardar silencio cuando uno se encuentra ante la muerte de una persona que, a lo largo de toda una vida, se ha comprometido siempre con la cultura y la educación, y que ha estado siempre al frente, para dar batalla, recibir los golpes que sean necesarios y, sobre todo, jamás quedarse callado. Con todo esto, no creo que los que estudiamos en la Universidad Católica seamos los únicos que llamamos "El Maestro" a Luis Jaime Cisneros.
Recuerdo que, cuando cursaba los estudios generales en la universidad, él todavía aparecía por ahí, atravesando el patio para dictar clases de lingüística, sin permitir jamás que sus casi noventa años de aquel entonces fueran un argumento en contra. Y, sin embargo, nunca dejará de dolerme el nunca haberlo conocido (pese a que tengo amigos que lo fueron de él), o no haberme sentado a charlar con él sobre literatura, escuchar sus innumerables anécdotas alrededor de medio mundo y con la compañía más fascinante que quepa imaginar (desde Enresto Sabato hasta Jean-Paul Sartre). 
Son palabras pequeñas y escasas para hablar de un hombre que fue tan grande, es verdad. Ya lo he dicho: un luchador incansable, cuyo compromiso valió mucho más que la fatiga y los años, y que ha levantado la pluma hasta el último de sus días. No aparten de mí este cáliz, porque voy a dejarlo seco después de alzarlo al cielo en tu nombre, Maestro. A tu salud.

viernes, 14 de enero de 2011

Luis Hernández: la melodía del silencio


He de reconocer que quizá el título esté incompleto; tal vez debí poner "la dulce melodía del silencio", para quitarle ese tono post-sartreano a las palabras. Porque no hay que confundirse: la poesía de Luis Hernández no es la de algunos de sus mayores. Eielson, Blanca Varela y Carlos Germán Belli han escrito con talento y maestría acerca de la soledad humana, del lento latir de la muerte en nuestros corazones, de los rostros vacíos en las calles llenas de flores; Washington Delgado y Juan Gonzalo Rose, por su lado, hicieron de la poesía un grito o un llamado, levantaron la voz buscando otras voces además de un eco y trataron de anunciar, mediante versos, la venida de nuevos tiempos. Pero, como les decía, nada de eso es Lucho Hernández, autor de algunos de los versos más memorables de la poesía peruana, y aún de la del mundo mundial. 
Creo que de nadie puede decirse con tanta justicia como de Lucho Hernández que ha encarnado el espíritu romántico. Más allá de la soledad, de la locura, de la homosexualidad o de su muerte (ocurrida, también, muy al estilo romántico: se suicidó saltando desde un tren de la línea San Martín, en Buenos Aires, en los tiempos en que se trataba de un problema mental en Santos Lugares); más allá de todo esto, decía, están sus versos, muchos de los cuales son, realmente, deudores de la mejor pluma de Shelley, de Leopardi, de Schiller y de Keats. O, en todo caso, hablo de una poesía que merece, definitivamente, ser llamada "fresca": es un verdadero manantial, un jardín, un paseo por la playa... es, ya lo digo, verdadera poesía, muy cuidada en cuanto a la estética, y a menudo tierna, sugerente o (y esto es raro entre poetas) alegre.
No he de despedirme, pues, antes de invocar algunos de sus versos a flotar y fluir por estos ámbitos. A todos los que piensen que no se puede vivir sin poesía, yo les aseguro que, después de leer a Luis Hernández, tampoco podrán vivir sin sus versos. Ahí les dejo un poema, para los que estén interesados. Ahora sí puedo despedirme. 

Poema a un suicida en la piscina
No mueras más
Oye una sinfonía para banda
Volverás a amarte cuando escuches
Diez trombones
Con su añil claridad
Entre la noche
No mueras
Entreteje con su añil claridad
Por lo que Dios más ame
Sal de las aguas
Sécate
Contémplate en el espejo
En el cual te ahogabas
Quédate en el tercer planeta
Tan sólo conocido
Por tener unos seres bellísimos
Que emiten sonidos con el cuello
Esa unión entre el cuerpo
Y los ensueños
Y con máquinas ingenuas
Que se llevan a los labios
O acarician con las manos
Arte purísimo
Llamado música
No mueras más
Con su añil claridad. 

lunes, 10 de enero de 2011

Un cineasta llamado Marco Ferreri


A veces, y quizá no tan a veces, me pregunto si realmente no vivimos en mitad de una epidemia saramaguesca de ceguera generalizada. Porque a lo mejor nos engañamos, y los ojos nos sirven para mucho menos de lo que solemos creer, y nos hacen falta un par de gafas. Y si se preguntan de dónde me viene esta súbita preocupación oftalmológica por la humanidad, pues la respuesta es muy sencilla: hoy me ha venido una pregunta a la cabeza, y no me la puedo quitar. Después de todo, ¿qué demonios ha pasado con la gente, que no parece recordar ni por casualidad el nombre de Marco Ferreri?
Aunque la verdad es que tampoco hay que ser injustos de más: el canon del Gran Cinema Italiano está muy bien, y guarda un lugar para muchos que, ciertamente, se lo tienen bien merecido: Visconti, Rossellini, Fellini, Pasolini o Antonioni (la terminación en "ni" la tiene bien cubierta el canon, digamos), entre tantos otros, son un referente continuo en muchos círculos, y sus nombres encuentran eco aún entre muchos de los que no han visto una sola de sus películas. Bien, vale. Pero tampoco podemos dejar de lado ese otro nombre al que, pese a todo, el eco no parece serle del todo justo. 
Marco Ferreri, señores: Marco Ferreri. Decir que fue uno de los más grandes cineastas italianos es decir demasiado poco, casi es no decir nada en absoluto. Hablo de un sujeto que es perfectamente capaz de blandir el sable y prestar una buena táctica, defensiva u ofensiva, en cualquier mar y en todos los géneros habidos y por haber. Por sus películas desfilan estilos, "ismos" y acentos que, puestos juntos, a lo mejor y tendrían que dar por resultado un monstruo inofensivo; pero no sucede así con las películas que hizo Marco Ferreri: surrealismo y simbolismo, lo real y lo fantástico, lo grotesco y lo sublime, la parodia y el melodrama: todo parece encontrar un lugar preciso, como en un extraño e insospechable rompecabezas cuyas piezas, por separado, parecen pertenecer a cajas distintas, pero que puestas juntas generan algo nuevo, maravilloso y único. 
Los que hayan visto algo de Ferreri me dirán, llegado a este punto, que exagero, y que de hecho Ferreri tuvo muchísimas influencias de otros cineastas. Y, digo yo, la pura verdad es que las mejores originalidades siempre han sido las que dan una vuelta más a la tuerca que echaron a rodar hace mucho otros grandes. Sé que se lo ha relacionado muchas veces con Buñuel, pero me gustaría arriesgar otros nombres (aunque, ya lo digo, esto es interpretación propia): Pasolini, Bergman, Fellini. Y hasta tendería otro puente, mucho más arriesgado, aunque no gratuito, con otro genio de las pantallas: Kubrick. Pero, como ya decía, todo aquí adquiere un nuevo rostro, hecho a la medida del ojo de un cineasta que, verdaderamente, merece el adjetivo de "original" (¿me repito demasiado?). Al que no me crea, pues que eche un vistazo a Ciao Maschio (que cuenta con geniales actuaciones de Marcello Mastroianni, Gerdard Depardieu y una fabulosa -y suculenta-  Gail Lawrence, que aquí nos demuestra que es mucho más que una actriz porno) o La grande bouffe (donde también aparece Mastroianni, esta vez acompañado por otros pesos pesados como Ugo Tognazzi), dos películas que, definitivamente, tuvieron mucho que ver en mi forma de ver cine. Copa en alto, pues, y a no quedarse dormidos, que no somos camarones para andar perdiéndonos de cosas tan impresionantes (otro adjetivo que cae como en dedal). Hablando de Saramago, he de admitir que hubiera sido impresionante ver lo que Ferreri (o Pasolini, también) hubiera hecho con una novela como Ensayo sobre la ceguera. ¿O no? Les dejo una escena de La grande bouffe, mientras lo piensan un poco. Bon appetit!

lunes, 3 de enero de 2011

Sartre: léase con cuidado


Creo recordar que el 2010 (que en paz descanse) lo arrancamos con una breve nota sobre Hermann Hesse. Este año que recién empieza a batir las alas, no me ha costado mucho decidirme por otro genio, uno de esos que tengo más en alto de mi altar de divinidades paganas, y que comparte con el autor de El lobo estepario esa extraña capacidad de meterse en sus lectores y cambiarles la vida completa, con la única diferencia de que, si Hesse entra con delicada violencia, éste es especialista en pintar obras maestras a tajazos: nada más ni nada menos que Jean-Paul Sartre, señores. 
La obra de Sartre es, creo yo, el mejor ejemplo de lo que significa la lectura masoquista. Todo el que haya atravesado esos corredores silenciosos, los salones vacíos donde retumba el eco de los propios pasos y la propia respiración, lo sabe bien. Hablo de uno de los escritores más devastadores de la historia de la literatura; y lo peor de todo es que, cuando terminamos de leer, le quedamos absolutamente agradecidos. La forma en que concibió la articulación de los personajes (que responde a lo que expuso en su obra filosófica, y que está en deuda con el Dasein de Heidegger) fue algo que, hasta donde sé, no se había llevado a cabo en terrenos literarios, y convierte la lectura en algo parecido a una ronda jugando a la ruleta rusa, con lo que al pobre lector no le queda de otra que volarse la tapa de los sesos. Y sigue agradeciendo, dicho sea de paso.
Cabe decir que, a mi parecer, ésa fue la clave de la literatura existencialista: la forma en que se articula el personaje y, por ende, la situación sin la cual no puede ser comprendido. El existencialismo, al menos en su vertiente literaria, no significa lanzar preguntas sobre el sentido de la vida y hacer del Absurdo un jardín de juegos sádicos: todo esto, por sí mismo, no basta, sino que tiene que estar enlazado a lo otro. Que, en Sartre, no sólo funciona, sino que además se basa en una genial y compleja arquitectura, que se traduce como una realidad que se vuelve insufrible por su seco realismo. Ahí, ténganlo por seguro, no van a encontrar piedad, sino un verdadero estudio hecho novela. 
Pienso, sobre todo, en La náusea, esa obra maestra que en su momento despertó los instintos suicidas de tanto lector incauto, y que me significó una de las crisis más fuertes de las que guardo memoria. Pero no es todo: los cuentos reunidos en El muro, las magistrales obras de teatro (Muertos sin sepultura me ha provocado más de un insomnio), su admirable autobiografía que lleva por título Las palabras... y, por supuesto, sus difíciles pero geniales obras filosóficas. Sin olvidar sus artículos sobre sociedad, arte y literatura, reunidos bajo el nombre de Situations
Hoy por hoy, cada vez son menos los lectores que se interesan por Sartre, y hay quienes pretenden que ya está como para echarlo al baúl del olvido (Harold Bloom, por ejemplo). Yo no sé cuáles son sus motivos: cuestión de gustos, de nervios o de lo que sea. Lo que sí que puedo decir es que Sartre es una mina que todavía no se ha explotado ni al veinte por ciento, y que un autor capaz de generar lo que provocan las obras de Sartre no puede ser pasado por alto bajo ningún concepto. No será lo mejor para dormir tranquilo, pero hay muchas otras cosas que ganar allí. Ciertamente, yo levanto mi copa mil veces si es necesario. Salud, pues, por Sartre.

En la foto, el genial Sartre con un look que deja bien en claro lo que ya todos sabíamos: que se trata de un tipo duro, aunque use anteojos.

martes, 21 de diciembre de 2010

Thomas Mann... ¿carne de calendarios?


Alguna vez un amigo me dijo que, de los grandes nombres que la literatura alemana del último siglo nos ha legado, el que más probabilidades tiene de caer en el destierro del olvido es Thomas Mann. Juicio que, ya se maginarán, no sólo me sorprendió, sino que también me impactó muchísimo. Bien mirado el asunto, ¿hasta qué punto puede decirse que las novelas de Mann siguen generando el fervor que despertaron alguna vez, y que de hecho arrasó el panorama literario de todo el globo? Los tiempos cambian, cambian... y sin embargo yo insistiré en que, a la larga, un escritor de la magnitud de Thomas Mann no va a ser olvidado. 
Ahora bien, que a mi amigo no le faltaban motivos para decir lo que dijo. Es cierto que las novelas de Thomas Mann han envejecido, que muchos de sus pasajes, leídos hoy, huelen un poco a polvo de otros tiempos. Pero eso no es suficiente: aún una novela como Doktor Faustus, con todos sus defectos, puede sobrevivir, porque tiene encerradas algunas pasiones, y retrata con tanta genialidad el drama de la humanidad, que ciertamente no creo que llegue el día en que le falte un lector. Por no mencionar algunas de sus máximas creaciones: La muerte en Venecia (una obra maestra), Los Buddenbrook (que Faulkner tanto admiró, y que es una lectura inolvidable) y, me dicen, La montaña mágica (que aún no he podido leer, aunque espero que ese momento no esté muy lejos): libros que son, a su manera, novelas épicas en las que el único héroe (trágico, eso sí) es el ínfimo, y por eso mismo grandioso, ser humano, retratado con maestría y desconsuelo. 
Siempre me ha parecido que uno de los errores de Thomas Mann fue querer ser como Goethe, pero sin saber realmente cómo lograrlo. En su literatura trató de abarcarlo todo, como el autor de Fausto, pero en muchas ocasiones le faltó el manejo del equilibrio para que sus párrafos y diálogos no fuesen excesivos: así, a lo largo de la obra de Mann nos encontramos con reflexiones sobre estética, filosofía, historia, musicología, ética, política, economía, mística, religiones orientales, etcétera; pero todas estas cuestiones se levantan de tal forma que en algunas ocasiones se derrumban. 
Pero este problema no es nada puesto al lado del talento narrativo de los mejores momentos de Thomas Mann (que son los más), ni tampoco si tomamos en cuenta los maravillosos, fascinantes y complejos personajes que pululan a lo largo de las páginas de sus novelas: ya sea que nos enternezcan o nos horroricen, se trata de hombres y mujeres que nos convencen desde el principio de que son tanto o más reales que nosotros mismos. De hecho, una de las cosas que más me sorprendió (y me dejó admirado) de Los Buddenbrook es, precisamente, lo poco "novelesca" que es la novela: llegas a determinado pasaje, y empiezas a pensar: "Ah, ya: este personaje es así, y está en tal situación, así que lo que va a pasar ahora es tal cosa". La literatura nos ha acostumbrado a pensar así. Pero Thomas Mann nos pega un trincherazo, porque enseguida resulta que no: en esta novela, el realismo es bien tomado a pecho, porque el autor sabe que la vida no (siempre) es como en las novelas, y por ende su novela no tiene por qué ser como las novelas. Y, de hecho, y es todo lo que adelantaré de este libro formidable, este detalle es a menudo el que más alienta las frustraciones de los personajes, que se ven a sí mismos como hundidos en una tragedia que, sin embargo, no muestra el rostro. 
Siempre tendré un lugar en mis estantes y en mi memoria de lector agradecido para Thomas Mann. Digan lo que digan algunas lenguas, su obra encontrará siempre algún lector. Es un escritor magnífico, que sabe cómo sacar adelante una historia y, de paso, retratar la tragedia humana con crudo realismo y ácida precisión. Si pensamos en el panorama de la literatura alemana del siglo pasado, puede que sea verdad que no es el autor más fresco (hay que reconocer que es difícil ganarle a Herman Hesse), pero sí que puede decirse que, en cambio, es de los más Grandes.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Ferlinghetti: el último beatnik

Un buen motivo para vender mi alma al diablo como un Fausto cualquiera sería poder sentarme a charlar, whiskey de por medio, con Lawrence Ferllinghetti. Que no sólo es un poeta de los más talentosos de cuantos han pisado el continente americano, autor de versos que fluyen como agua o vino y que brillan con una luz propia, únicos dentro del panorama de la generación beat, sino que también es un verdadero testigo de un siglo tan terrible como lo fue el XX. Casi puedo verlo frente a mí, llevándose una mano al mentón mientras evoca, entre el humo de los cigarrillos y sorbos de whiskey, aquella legendaria noche del desembarco en Normandía, cerca del fin de la Segunda Guerra Mundial, o su visita a las ruinas de Nagasaki apenas pasadas seis semanas de la bomba atómica; o reconstruyendo sus conversaciones con personajes como Burroughs, Gisnberg o Giorno, o con su buen amigo Bukowski, que fue buen amigo suyo, pese a que en general el poeta de Los Ángeles despreciase a los beat. O, por qué no, comentando sus viajes con The Band, en cuyos conciertos salía de cuando en cuando a recitar un poema o dos.
Hoy, Ferlinghetti tiene 91 años: casi un siglo de vida entre los bastidores de la vida cultural e intelectual de un mundo que parece estar cada vez más hundido en su propio cáncer, devorándose a sí mismo como una célula enferma. Y, sin embargo, el hombre sigue sonriendo, plantando su mejor carcajada frente a los escenarios más devastadores, consciente de que el humor es, a menudo, el mejor lenguaje para lo crítico y lo profético. Cada uno de sus versos hiere como una bala; un poema es un tiroteo, en el que nosotros, los pobres lectores, agonizamos entre risas, temor y esa sensación indescriptible que sólo puede generarnos la buena poesía. 
Pero en el caso de Ferlinghetti, como en el de Baudelaire o nuestro contemporáneo Leopoldo María Panero, el ser poeta es asumir un compromiso existencial con uno mismo: implica encarar la realidad, al mundo, con una mirada que lo absorba. Como él mismo lo dice: "If you would be a poet, create works capable of answering the challenge of apocalyptic times, even if this meaning sounds apocalyptic". E, insistiré, siempre podremos agradecer que a esto sume su sentido del humor, tan preciso, y su sentido del buen arte, tan precioso. 
Estas palabras, pues, quedan escritas como una invocación. Los versos de Ferlinghetti son uno de los universos poéticos más inesperadamente fascinantes a los que podamos acceder: a menudo, hace falta una segunda, y a veces hasta una tercera lectura, para notar hasta dónde podría llegar el pozo; la primera lectura, normalmente, sólo nos revela que esa profundidad existe. ¿Cuánto hay que pagar, Ferlinghetti, para llegar a tus puertas y sentarse a oír tu voz recorriendo los tiempos, deteniéndose inesperadamente para sacar a brillar un verso desdichado y hermoso? Vaya uno a saberlo... Entretanto, seguiré, pues, con una página tuya, el vaso de whiskey con tres hielos y la voz de tus palabras perdiéndose en un lugar que no termino de descifrar si es la oscuridad o si es la aurora.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Gautier

Me tomo unos minutos (de esos que no me sobran últimamente) para invocar rápidamente la presencia de Tèophile Gautier a habitar por estos lares. Presencia que huele, sobre todo, a versos, a soledad y a susurro de mares grises. Y lo digo con estas palabras, porque son las que hacen falta: pocos poetas de su generación han tenido el brillo y la agudeza sensible, poética e íntimamente revolucionaria de Gautier. Al que le tocó en suerte vivir, precisamente, en una época de despertar de grandes consciencias poéticas: no sólo Hugo (el GRAN Hugo) sino también su buen amigo desde la infancia, el magistral y más que genial Gérard de Nerval (aunque él no sería famoso sino hasta mucho después de su muerte, y gracias a Proust) y otro buen amigo suyo, aunque fuese diez años menor, que canalizó en cierto modo el espíritu romántico y revolucionario de aquellos años para llevarlo a su cima a la vez que a la consciencia de su propio absurdo y, por ende, al patíbulo: Charles Baudelaire. Pero todos estos nombres, por más grandes que sean, no tachan el talento, la fineza ni la bien sentida amargura de un poeta como Gautier, un genio al que el correr de los años lo ha colocado en el segundo peldaño de la grandeza, así merezca mucho más que eso. 
Dentro del panorama literario y cultural en el que le tocó escribir, Gautier brilla con una luz propia. Nerval y Baudelaire (como, en gran medida, Byron) se alimentaron de sus pesadillas para construir un universo poético que trataba de devorar a la realidad; Hugo y Lamartine escribieron con un sentimentalismo solemne y un talento fascinante de sus penas y esperanzas; pero Gautier fue, ante todo, un poeta de la melancolía. Sus versos no tenían la hambrienta vehemencia ni la alucinatoria locura de los dos primeros ni la grave genialidad de los segundos, pero eran dolorosamente humanos, al punto de llegar a provocar un desgarro en sus lectores que ninguno de los otros podría haber conseguido con una sola lectura breve. Por supuesto que Baudelaire es desgarrador, pero no  en la forma de Gautier: aquél lo es sobre una lectura del poema en su totalidad; Gautier lo es a lo largo de cada una de las palabras que ha escogido. Cabe recordar, de paso, que el famoso poema de Baudelaire que lleva por título El albatros bien podría haber sido inspirado por uno de Gautier que lleva por título Lo que dicen las golondrinas, particularmente por estos versos: "Comprendo las palabras que se dicen / porque al fin el poeta es como un pájaro; / pero, ay, está cautivo, y sus impulsos / se rompen contra redes invisibles". 
Vargas Llosa comparó alguna vez a Víctor Hugo con un océano. En ese sentido, Gautier es más bien un mar: ancho, pero más reducido e íntimo. No conoce las tempestades, pero su calma es desoladora. Poéticamente hablando, más que suficiente para lograr una obra genial. 
Pero todo esto no debe hacernos pensar en Gautier como un ser apartado del correr de los hechos del más mundano de los mundos mundiales. Fue un gran viajero, y como periodista que era anduvo siempre muy al tanto de todo lo que sucedía. Fue hombre de parrandas y juergas realmente infernales, de la mano de sus amigos del "Club des Hashischins", al que también perteneció Baudelaire, con los que se dedicaban a experimentar con drogas alucinógenas, especialmente haschís. De hecho, Gautier fue un pionero en un género al que luego se sumarían Huxley o Burroughs: el de los escritos sobre experimentación con drogas, tema sobre el que escribiría algunos artículos fascinantes y, hay que decirlo, apasionados. 
Dejo, pues, y porque no podríamos no hacerlo, unos versos del poeta. Estoy seguro de que más de un lector los agradecerá. Y, por lo pronto, me quedo susurrando en el silencio de mi habitación esos versos en los que pesa tanto el paso silencioso de la muerte que se aproxima. 


Último deseo
 
Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años atrás son muchos días...
Eres de color rosa, yo soy pálido;
yo soy invierno y tú la primavera.

Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron;
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.

Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte,
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.

Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso,
para que así una vez esté en mi tumba,
en paz el corazón, pueda dormir. 

Las traducciones que he utilizado, es decir, la del fragmento de Lo que dicen las golondrinas y luego la del poema Último deseo son, ambas, del siempre preciso Carlos Pujol.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La presencia de Schopenhauer


El ave negra de la historia de la filosofía, cuyas páginas no han sabido, a menudo, prestarle todos los énfasis que merece una figura y una obra como la suya. Arthur Schopenhauer no es, ciertamente, un filósofo que pueda servir de base a un progreso, ni en el mundo de las ideas ni en el de las obras que aquél tendría que sostener. Su obra, más bien, es como una cascada altísima y furiosa cuyas aguas lo arrastran todo hacia la inevitable destrucción. ¡Quién sabe! A lo mejor y es allí donde tendríamos que buscar los motivos de tanto silencio en las páginas ajenas. 
Aunque quizá "silencio" sea una palabra injusta; mucho más atinado sería hablar de la sordina que se le ha puesto a sus teorías, del filtro que los lectores más "serios" se han sentido obligados a interponer entre el poder de sus párrafos y los intentos de sacar adelante algo a lo que puedan llamar "filosofía". Bertrand Russell, por ejemplo, escribió sobre él que "siempre ha atraído, más que a los filósofos profesionales, a los literatos y artistas en busca de una filosofía en la cual pudiesen creer" (Diccionario del hombre contemporáneo). Parecer que, por supuesto, participa de un prejuicio que se encuentra (y, sobre todo, se encontraba) muy difundido. Pero claro: tampoco era universal. 
¿Qué representa Schopenhauer? Pues muchísimas cosas. Entre ellas, una capital sería, ciertamente, el ingreso de las formas orientales al universo mental occidental: al fin y al cabo, la filosofía de Schopenhauer es la primera que trata de asimilar el ascetismo y la renunciación budistas (claro que adaptándolas a sus propios términos) a una forma de pensamiento netamente europea y, sobre todo, muy alemana: abstracta, gigantesca y sistemática. Forma de pensamiento que, sin embargo, trataba de jugar a la ruleta rusa con su propio escenario cultural, pues Schopenhauer, que fue romántico en sus métodos, términos y ontología, representa a la más cruel de las revoluciones intelectuales contra el sistema idealista romántico del pensamiento, sobre cuya cabeza brillaba el megasistema de Hegel como una corona de abstracción: mientras Hegel y sus "secuaces" afirmaban el progreso histórico, relacionándolo al progreso espiritual, y sonreían ante el advenimiento de la gloria de la razón, del espíritu y de la divinidad, el oscuro Schopenhauer preparaba sus cócteles molotov, afirmando la desesperación y el sufrimiento en el que se hunde la condición humana, y haciendo notar que la única esperanza que podía quedar a los hombres era la renunciación, el abandono de la vida y la aniquilación de la especie. 
En este sentido, Schopenhauer representa la irrupción del irracionalismo en un mundo en el que, hasta entonces, todos los subrayados habían ido a parar al discurso de la racional (Descartes, Kant, Hegel...). Así, su obra se convierte en el primer capítulo de una larga y nueva tradición filosófica, que continuará en Nietzsche, y a la que pertenecen Freud, Heidegger, el existencialismo, Bergson y un largo etcétera de autores entre cuyas líneas sonríe, silencioso, el autor de El mundo como Voluntad y Representación, que sabe cuál es el valor y el peso de cada una de sus palabras. 
Por supuesto, esto no es nada. Schopenhauer es un universo complejo y vasto, en el que predominan los paisajes crudos y sombríos, pero que guarda también una luz maravillosa: la del estilo poético de su prosa, que más de uno ha señalado como una de las mejores de la literatura alemana. Que estas líneas sean, pues, una carta de invitación para acercarse a sus libros, que siguen teniendo mucho (demasiado, quizá) que decirnos. Como bien lo dijo el siempre genial José María Valverde, "superfluo es añadir que Shopenhauer es un autor totalmente legible y vivo para nuestro tiempo". Una copa en alto, y un revólver bajo el abrigo. Salud, señores.

lunes, 16 de agosto de 2010

Salud, Bukowski


Un día como éste (16 de agosto), Henry Charles Bukowski (vamos, todo el mundo sabe de sobra que él no necesita presentación) estaría cumpliendo noventa años. Así es, señores: ya casi tenemos un siglo de Bukowski; de poemas, cuentos y novelas preñadas de basura, callejones, peleas, bares de mala muerte, groserías y el más suculento de los delirium tremens que recuerde la historia de las letras norteamericanas, y a lo mejor y hasta del mundo.

El mismo viejo Hank... el depravado, el alcohólico y el bufón. El que no tuvo bastante con clavar una puñalada directa al páncreas del Sueño Americano, sino que hasta se tomó la molestia de vomitar sobre la llaga y sonreir. El escritor que se divirtió fingiendo que no sabía demasiado, que escribía de a malas y sin demasiado empeño porque andaba demasiado ebrio, mientras enmascaraba al arquitecto de esas maquinarias grotescas que, en secreto, hacen de sus escritos un verdadero mar de tesoros ocultos, agradables o no. Dijo más de una vez que él no era del tipo de escritores que filosofaban, y sin embargo nos deja leer en cada una de sus páginas (con o sin su consentimiento) una forma especial de encarar la existencia, que se convierte de un párrafo al otro de la ebriedad a la resaca, de lo vital a lo tedioso, de la carcajada a la blasfemia.

Dejo estos tres breves párrafos en honor a tan buena excusa para tomarse una copa (nunca está de más un brindis: hoy me resulta imposible, pero mañana por la noche espero estar en el bar de la esquina con una cerveza y dos o tres de sus versos dando tumbos entre mi hígado y mi cerebro). Tengo por seguro que no soy el único que quiere alzar ese vaso. A todos ellos, pues, salud (y un poema del cumpleañero, traducción hecha en casa por un servidor).



para los traficantes de piedad

está justificado
todo morir está justificado
todo asesinar todo morir todo
pasando.
nada es en vano
ni siquiera el cuello
de una mosca,

y una flor
pasa a través de los ejércitos
como un niño pequeño
fanfarroneando,
enciende su
color.

En la imágen, Bukowski respondiendo al brindis (nada cuesta imaginarlo). Fuente de la misma: pensamientos-avernales.com. La traducción del poema, como decía antes, es mía. ¿Otra copa?

jueves, 5 de agosto de 2010

Javier Gurruchaga, ¿Lobo Feroz o Bufón Asesino?


Pues contestemos desde ya que ambas cosas. Y no veo cómo podría caber la menor duda: al que le guste y al que no, no hay forma de no reconocer el talento, y yo diría sin dudarlo un segundo que el genio, de alguien como Javier Gurruchaga (que es tan hombre como personaje, porque sabe jugar a ser el bufón de la corte sin soltar por un segundo el puñal). Alguien que, todos lo sabemos, nació para el epectáculo, para ser el centro de todas las miradas siempre que a él le de la gana de serlo.
Yo, que he tenido que cumplir el destino de ser peruano, no he sabido de él más que por su quehacer como líder (alma, lengua, y todo eso que decía Joaquín Sabina) de la Orquesta Mondragón, cuya Caperucita feroz me ha acompañado en más de una noche de copas. Y aunque es portador de ese vozarrón de presentador de circo o cabaret, y como cantante no tiene nada que envidiar a nadie, él mismo nos dirá que la labor de letrista no es su mayor don. Las mejores letras de la Mondragón son obra de Joaquín Sabina, aunque nadie como Gurruchaga para llevarlas a escenario, y con eso es más que suficiente. Pero ese no es el único Gurruchaga; o, mejor dicho, la única máscara de ese set de repertorios para baile de disfraces que es Javier Gurruchaga.
Con el paso de los años, y gracias a la aparición de Youtube, he podido gozar, también, de sus quehaceres como presentador de televisión, donde no ha dejado perro con cabeza ni gato con tres patas. He de decirlo: siempre he sentido una admiración y una fascinación increíbles por la sátira y, más aún, por los autores que la hacen posible. Como género, la sátira es especialmente difícil: implica una gran lucidez, buen conocimiento de la situación actual y, por si fuera poco, sentido de la crítica, de la autocrítica y del humor. Y Gurruchaga cumple con todos los requisitos. Sus parodias de cultura y política, así como sus entrevistas (que a menudo no perdonan a nadie, y que siempre son divertidas) son una obra maestra de la televisión del siglo pasado, y hay más de una que lamento no haber visto (si alguien la consigue, cuelgue en la web la entrevista que le hizo a Camilo José Cela, que dicen es legendaria).
Un hombre capaz de convertirse a sí mismo en la caricatura más efectiva, tiernamente cruel y sanguinariamente divertida, merece aplausos, creo yo. Ya lo dije: uno puede detestarlo si quiere, pero al menos no podrá dejar de reconocer que lo que tiene, lo tiene bien puesto. Gurruchaga, solo, es un universo sin misticismos y lleno de falsos pasajes, como una gran sala de espejos en el circo, donde todo el tiempo nos vemos a nosotros mismos y a la realidad que nos rodea deformados, mas no menos reales. Yo no voy a dudar un segundo en brindar en su nombre, y con el vaso de cerveza a rebozar. Mucho menos ahora que la Orquesta Mondragón ha vuelto a aparecer con un disco nuevo, El maquinista de la general, del que sólo he escuchado una canción, aunque espero pueda llegar pronto a mis manos (alguno de mis amigos en España, si me lee, ya saben qué quiero por estas navidades). Olé, Gurruchaga.

¿Falta algo? Pues aquí les dejo un video, el primero de los tres que conforman la entrevista que le hizo Ferrán Monegal en su programa "Telemonegal" hace unos años, y que se centra en las parodias políticas de Gurruchaga (no deje el espectador de notar, sobre todo hacia el final de la entrevista, las solapadas que le manda Javier a Monegal).


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