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lunes, 11 de abril de 2011

Benjamín Prado en Lima


Como buen rincón del mundo que es, nuestra triste costa es un buen escenario para la poesía. Sólo que hoy no lo digo con Eielson, Lucho Hernández, Blanca Varela o Vallejo en mente, sino con otro nombre, venido desde el otro lado del charco atlántico, bajo el cual aguarda una de las obras poéticas más originales, íntimamente agresivas y solapadamente auténticas del panorama de las letras españolas: nada más ni nada menos que Benjamín Prado. 
Es la primera vez que invocamos por aquí la presencia del poeta madrileño, pero creo que la ocasión no podría ser mejor: al fin y al cabo, Benjamín Prado estará entre nosotros por dos noches en las que le tocará hablar de lo que más le gusta, para nuestra suerte: literatura. Pero vayamos por pasos. 
Lo primero es la presentación de una nueva antología, que recopila gran parte de su producción poética, y que suda poesía desde su título: No me cuentes tu vida. Encima, ha elegido hacerla en el máximo templo de la cultura pagana-etílica-tabernaria de nuestra ciudad, La Noche de Barranco, que es el lugar perfecto para acompañar los versos con unas buenas jarras de cerveza. Imperdible. 
Después, viene su aparición en el Festival Ñ de Lima, que arrancará con un encuentro cara a cara (o mano a mano, si prefieren) entre el poeta español y Fernando Ampuero, para charlar un poco más sobre la literatura y la vida. Que baste con decir que el título del conversatorio es "Escribir es envolver la calle en un libro". Suena bien, y seguro estará aun mejor. 
¿Algo más que decir? Pues eso: que no está como para perderse la ocasión. Yo, por mi lado, aprovecharé el momento para poder presenciar de cerca y en viva voz a esta verdadera figura de la más reciente poesía española, de paso que para tomarme unas chelas mañana en La Noche. Y, por si hay hombres de poca fe entre nosotros, de paso que para que todo el mundo lo disfrute, dejo un poema de Benjamín Prado, para que cada una de sus palabras haga eco en el Café, llenándolo de esa presencia profunda hasta el más oscuro de sus rincones. Una copa en alto desde ya, señores.

Noche Nupcial
Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida. 

lunes, 17 de enero de 2011

Oye, ¡que no somos conejos!


A ver, vamos a ser claros: está muy bien que los dirigentes de un país, de una ciudad o de un municipio tomen cartas en el asunto y quieran velar por la seguridad de la gente. Pero una cosa es una cosa, y otra es andar y meter las narices al punto de que nos empiecen a hacer cosquillas donde preferiríamos que nos dejaran en paz. La decisión de la Asamblea de Alcaldes, con Susana Villarán a la cabeza, es un mal trago para empezar la semana... y lo digo literalmente, porque si los barranquinos ya estábamos jodidos con esto del Plan Zanahoria (con la zanahoria metida en el culo, digamos), ahora se ha decidido que eso no basta: el sadismo sodomita de los dirigentes de nuestra ciudad no está satisfecho con tan poco; ahora, toda la ciudad tendrá que prepararse para legislaciones que parecen más prohibiciones que ninguna otra cosa (y como decía un amigo blogger, "prohibir no es legislar, es prohibir"), y a ver a dónde llevamos nuestras pobres almas al final de la noche cuando nosotros todavía no estamos dispuestos a admitir un final. 
Ya sé que mi protesta suena a ridiculez, que la seguridad pública tendría que ser una prioridad y bla bla bla... pero es que tampoco podemos aplaudir todo lo que otros deciden sólo porque nos juran y perjuran que "es por nuestro bien". En primer lugar, que no hay que confundir las cosas: por enésima vez repetiré que la salud está muy sobrevalorada hoy por hoy, y también insistiré en que la felicidad no siempre va de la mano con el bienestar y la seguridad públicos (y si no me creen a mí, pregúntenle a los suizos). Yo no estoy muy seguro si de la mejor fórmula para apoyar el bienestar de una población sea atentar contra su libertad... en todo caso, me suena a artículo retorcido de alguna mente política. ¡Y encima nos lo venden como "triunfo de la democracia! Oigan, por favor yo quiero escuchar lo que tiene que decir la gente, porque creo que no somos exactamente una minoría los que estamos en contra de medidas como ésta; y si la democracia la hacen las mayorías, pues creo que hablamos de otra cosa, o es que nos la han metido junto con la zanahoria (y para colmo de males, a mí ni siquiera me gusta la zanahoria, y de conejo no tengo nada). 
Además, creo que este tiro es de los que salen por la culata. Se habla de este tipo de medidas como necesarias para la seguridad pública, y sin embargo puedo decir (porque lo he visto, y lo sigo viendo, en Barranco, donde el Plan Zanahoria anda vigente desde hace ya mucho tiempo) que las cosas no son tan simples. El espectáculo es muy interesante, a decir verdad: llegadas las tres de la mañana, se pueden ver las multitudes que, cual procesión, avanzan hacia las avenidas para tomar un taxi, mientras los ladonzuelos y carteristas aprovechan para escurrirse como caneros por entre las masas de gente ebria para sacar un tajo de ganancias. Así que ya lo saben, muchachos: podrán dormir tranquilos, siempre que no anden por las calles. 
Guardo, sin embargo, la esperanza. Las palabras a veces suenan muy bien, pero sucede a menudo que no tienen por dónde andar, con lo que sólo les queda ir de paseo o quedar como jeroglíficos en papeles que a nadie le importan. Esperemos, pues, esperemos... y no nos comamos la ensalada que nos tratan de vender con tantas sonrisas, que ya saben dónde puede terminar, y sonreír es demasiado fácil. ¿Algo más que decir? Pues supongo que sí: ¡Salud! 

miércoles, 26 de agosto de 2009

Los gallinazos de Barranco


¿Qué es una ciudad? Es el caótico conglomerado de edificios, calles y plazas; es la gente que va dejándose la vida por sus aceras; es la historia que, a lo largo de los años, la ha fundado, recorrido y transformado en lo que es a cada instante. Y, sin embargo, hay algo más, que nadie comenta, pero que siempre hace sentir su profunda y a menudo ambigua presencia: el sentimiento que nos invade mientras esperamos en una esquina a que el semáforo cambie; la suma de recuerdos que evocamos a medida que atravesamos sus avenidas y recodos; cierto olor y cierto sonido; el torrente de las muchas sangres que han corrido sobre su concreto; la jerga, el grito y el silencio; el color del que se tiñe la bóveda de cielo que la cubre; y, sobre todo, un infinito y a menudo inverosímil arsenal de símbolos que se elevan como banderas tarde tras tarde y noche tras noche, aunque no seamos conscientes de la vida que late detrás de sus siluetas.
Pero hablar de ciudades es, ya, casi una abstracción: los Palermo, Boca, San Telmo, Santos Lugares, Chacarita, Belgrano y Recoleta de Buenos Aires son, por sí mismos, universos distintos; en el caso de Lima, tenemos una suma de mundos distintos sólo dentro de un distrito como Miraflores. Pero yo quiero hablar de otro universo, suerte de paraíso e infierno donde vagan las almas como en un purgatorio: es decir, de Barranco, del incierto y casi imposible Barranco; y, de entre todos sus símbolos, a menudo sórdidos e impensables, quiero rescatar uno que a mí me parece fundamental: el gallinazo.
Si el gallito de las rocas es el ave nacional del Perú, el gallinazo tendría que ser nombrada el ave distrital de Barranco. Imagino que, como yo, más de uno se habrá detenido, alguna vez, a admirar la silueta de los gallinazos recortándose contra el cielo plomizo que cubre las calles barranquinas; o, sino, el contorno de su perfil resaltando sobre los naranjas y dorados del ocaso mientras permanecen posados sobre los techos y las cruces de las iglesias, como un sueño de Baudelaire; de alguna forma, estas aves representan todas esas contradicciones aparentemente imposibles de armonizar que es Barranco: la sordidez y la majestuosidad, la suciedad y la belleza, la noche y la resaca, la agonía y el frenesí, la vida que persigue a la muerte siquiera para devorarla.
Yo no sé si alguien entiende por qué digo todas estas cosas; más de uno pensará de deliro, o que sencillamente hablo porque tengo boca; y, sin embargo, creo que puedo permitirme aquí un par de confidencias que, espero, ayudarán a que entiendan cuanto digo, así como la profundidad de sentimiento y convicción con la que lo hago. La primera es la evocación de una nostalgia: yo pasé todo el año pasado (2008) lejos, en Buenos Aires, y, entre las muchas cosas que extrañaba de mi país, un día me descubrí extrañando avistar en el cielo o sobre los postes a los gallinazos, como centinelas resignados a una existencia que linda entre el patetismo y la magnificencia. Luego, a medida que pasaban los días, la añoranza de aquellas aves negras y, creo yo, hermosas pese a su difícil estética, no hizo sino aumentar, al punto que, cuando volví al Perú y avisté a mi primera bandada de gallinazos, poco me faltó para que se me soltasen un par de lágrimas de emoción.
La segunda confidencia que quiero hacerles es una vivencia bastante específica. Yo tendría unos quince o dieciséis años, y estaba sentado en mi techo a eso de las tres o cuatro de la madrugada. Reinaba un silencio que sólo cortaban los chirridos de los grillos y, de pronto, oí algo distinto, un fragor de algo que estaba entre el gorjeo y el graznido, y entonces los avisté: una bandada enorme de gallinazos atravesaban el cielo verdoso de la madrugada limeña. No sé cuántos serían, pero a mí, en ese momento, me parecieron más de un centenar. De sobra está decir que viví ese momento como una suerte de éxtasis casi místico, al punto que la imágen no se ha borrado de mi cabeza en todos estos años, y todavía soy capaz de evocarla como si la estuviese viviendo nuevamente. Sentí que era el testigo de un hecho único y superior, tal y como se habrá sentido Moisés al ver la zarza ardiendo sin consumirse. Desde esa noche, nunca volví a ver a los gallinazos con los mismos ojos.
El gallinazo, pese a que la mayoría lo tilde de feo y sucio (yo, como creo haberlo dicho ya, no comparto tal opinión), es de alguna forma algo significativo y lleno de sentido: un símbolo con reminiscencias extrañas, casi oníricas y, sin embargo sucias y carnales, llenas de polvo y letargo. Digo todo esto a sabiendas de mi propio escepticismo, pero recalcando ese tono religioso y desengañado que, por lo demás, los mismos gallinazos inspiran. Si no existe un sentido último, al menos existen símbolos que podemos llenar de un sentido distinto, terrenal y humano, que de antemano niega e insulta a los dioses, escupiéndoles en la cara. Eso son nuestros gallinazos, posados sobre las cruces dobladas de una iglesia en ruinas, centinelas de todos los ocasos.

lunes, 24 de agosto de 2009

Los gallinazos de Barranco

¿Qué es una ciudad? Es el caótico conglomerado de edificios, calles y plazas; es la gente que marcha por sus aceras; es la larga historia que, a lo largo de los años, la ha fundado, recorrido y transformado en lo que es a cada instante. Y, sin embargo, hay algo más, que nadie comenta, pero que siempre hace sentir su profunda y a menudo ambigua presencia: el sentimiento que nos invade mientras esperamos en una esquina a que el semáforo cambie; la suma de recuerdos que evocamos a medida que atravesamos sus avenidas y recodos; cierto olor y cierto sonido; el torrente de las muchas sangres que han corrido sobre su concreto; la jerga, el grito y el silencio; el color del que se tiñe la bóveda de cielo que la cubre; y, sobre todo, un infinito y a menudo inverosímil arsenal de símbolos que se elevan como banderas tarde tras tarde y noche tras noche, aunque no seamos conscientes de la vida que late detrás de sus siluetas.

Pero hablar de ciudades es, ya, casi una abstracción: los Palermo, Boca, San Telmo, Santos Lugares, Chacarita, Belgrano y Recoleta de Buenos Aires son, por sí mismos, universos distintos; en el caso de Lima, tenemos una suma de mundos distintos sólo dentro de un distrito como Miraflores. Pero yo quiero hablar de otro universo, suerte de paraíso e infierno donde vagan las almas como en un purgatorio: es decir, de Barranco, del incierto y casi imposible Barranco; y, de entre todos sus símbolos, a menudo sórdidos e impensables, quiero rescatar uno que a mí me parece fundamental: el gallinazo.

Si el gallito de las rocas es el ave nacional del Perú, el gallinazo tendría que ser nombrada el ave distrital de Barranco. Imagino que, como yo, más de uno se habrá detenido, alguna vez, a admirar la silueta de los gallinazos recortándose contra el cielo plomizo que cubre las calles barranquinas; o, sino, el contorno de su perfil resaltando sobre los naranjas y dorados del ocaso mientras permanecen posados sobre los techos y las cruces de las iglesias, como un sueño de Baudelaire; de alguna forma, estas aves representan todas esas contradicciones aparentemente imposibles de armonizar que es Barranco: la sordidez y la majestuosidad, la suciedad y la belleza, la noche y la resaca, la agonía y el frenesí, la vida que persigue a la muerte siquiera para devorarla.

Yo no sé si alguien entiende por qué digo todas estas cosas; más de uno pensará de deliro, o que sencillamente hablo porque tengo boca; y, sin embargo, creo que puedo permitirme aquí un par de confidencias que, espero, ayudarán a que entiendan cuanto digo, así como la profundidad de sentimiento y convicción con la que lo hago. La primera es la evocación de una nostalgia: yo pasé todo el año pasado (2008) lejos, en Buenos Aires, y, entre las muchas cosas que extrañaba de mi país, un día me descubrí extrañando avistar en el cielo o sobre los postes a los gallinazos, como centinelas resignados a una existencia que linda entre el patetismo y la magnificencia. Luego, a medida que pasaban los días, la añoranza de aquellas aves negras y, creo yo, hermosas pese a su difícil estética, no hizo sino aumentar, al punto que, cuando volví al Perú y avisté a mi primera bandada de gallinazos, poco me faltó para que se me soltasen un par de lágrimas de emoción.

La segunda confidencia que quiero hacerles es una vivencia bastante específica. Yo tendría unos quince o dieciséis años, y estaba sentado en mi techo a eso de las tres o cuatro de la madrugada. Reinaba un silencio que sólo cortaban los chirridos de los grillos y, de pronto, oí algo distinto, un fragor de algo que estaba entre el gorjeo y el graznido, y entonces los avisté: una bandada enorme de gallinazos atravesaban el cielo verdoso de la madrugada limeña. No sé cuántos serían, pero a mí, en ese momento, me parecieron más de un centenar. De sobra está decir que viví ese momento como una suerte de éxtasis casi místico, al punto que la imágen no se ha borrado de mi cabeza en todos estos años, y todavía soy capaz de evocarla como si la estuviese viviendo nuevamente. Sentí que era el testigo de un hecho único y superior, tal y como se habrá sentido Moisés al ver la zarza ardiendo sin consumirse. Desde esa noche, nunca volví a ver a los gallinazos con los mismos ojos.

El gallinazo, pese a que la mayoría lo tilde de feo y sucio (yo, como creo haberlo dicho ya, no comparto tal opinión), es de alguna forma algo significativo y lleno de sentido: un símbolo con reminiscencias extrañas, casi oníricas y, sin embargo, sucias y carnales, llenas de polvo y letargo. Digo todo esto a sabiendas de mi propio escepticismo, pero recalcando ese tono religioso y desengañado que, por lo demás, los mismos gallinazos inspiran. Si no existe un sentido último, al menos existen símbolos que podemos llenar de un sentido distinto, terrenal y humano, que niega a los dioses de antemano. Eso son nuestros gallinazos, posados sobre las cruces dobladas de una iglesia en ruinas, centinelas de todos los ocasos.
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