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miércoles, 22 de junio de 2011

De Diavolo questionae...


Acabo de hacerme con un libro del que nunca había oído hablar, pero que me enamoró desde el título: Historia del diablo. Siglos XII - XX, de Robert Muchembled. Como es una adquisición reciente, no he tenido tiempo de leerlo, pero ya lo he hojeado, y promete. Por ejemplo, hoy más temprano estaba echando un vistazo a sus páginas cuando de pronto me he topado con una frase extraordinaria, agudísima... que deslumbra, precisamente, por ser tan clara, sencilla y obvia: "El diablo es siempre un producto de su tiempo". Aprovecharé, pues, que aún tengo esta lectura como pendiente para dar un par de vueltas a esta sentencia, como quien va preparando el terreno. 
Siempre me ha fascinado todo lo que se relaciona al demonio y sus allegados (el Infierno, los gnósticos, las visiones, la alquimia, la nigromancia...). Desde mis años más oscuros, cuando todavía me enorgullecía (¡me enorgullecía!) de ser cristiano, y más lejos aún, desde mi más tierna infancia, todo lo que tuviera que ver con el asunto me atraía enseguida, con una sensación que, ahora no me cuesta nada reconocerlo, tenía (y tiene) mucho de morbo. Interés intelectual también, claro, pero eso es una novedad: cuando, con ocho años, sabía que mi libro favorito era el Apocalipsis de San Juan, no había interés analítico, científico, filosófico ni teológico alguno. En cambio, me fascinaban esos paisajes oscuros, grotescos, tan parecidos a lo que después encontraría en los cuadros de El Bosco. Los niños no piensan en escribir libros. 
Ahora, que sí había algo que me acuciaba, que me quemaba las entrañas y me producía no malestar, sino una profunda preocupación, un dolor agudo, y que yo encontraba en cada una de las páginas a lo largo de las cuales San Juan relata su visión del fin de los tiempos: el problema del Mal, la posibilidad de la salvación, la condena del mundo. ¿De verdad estaban ya escritos los nombres de los condenados en los libros? ¿No debía preocuparme de que mi destino pudiera ser el destierro en la Segunda Muerte? ¿Qué podía hacer yo
El problema del diablo, en los tiempos antiguos, estaba directamente relacionado con el problema del Mal. Claro que, en aquellos tiempos, Bien y Mal todavía se escribían exclusivamente así, con mayúsculas, y sus definiciones correspondían a una ley absoluta, dada por un libro que recopilaba los libros sagrados, que supuestamente inspiró una paloma, y que encierra, entre todas sus santas contradicciones, el sentido de la vida y de la muerte. Pero corrían otros tiempos, y hoy por hoy las cosas han cambiado mucho. De hecho, empezaron a cambiar con la Ilustración, cuando los pensadores post-cartesianos de Francia decidieron que ya estaba bien de cuentos, y que era hora de limpiar un poco de supersticiones al mundo. 
El demonio, sin embargo, no es tan fácil de matar, y sabe más por viejo que por diablo. Francia misma sería el escenario en el que decidiría montar algunas de sus más extraordinarias representaciones, empezando por los años de Terror que siguieron a la Revolución, pasando por los pensadores libertinos al estilo Marqués de Sade o Restif de la Bretonne, y de allí hasta llegar a casos tan ambiguos y excéntricos como el de un Baudelaire, que lo celebraba con una cruz en el pecho y una pipa de opio entre los labios, sonriente. Mientras tanto, en Alemania, Satanás tomaba un nombre nuevo, Mefistófeles, y nos sonreía y gastaba bromas desde las páginas de Goethe. 
Entre el siglo XX y lo poco que vamos malviviendo del XXI, creo que el diablo se ha convertido ya en algo distinto: en una manifestación de nuestros propios fantasmas. Eso, creo yo, es lo que pensaba Faulkner cuando decía que el artista es un ser guiado por demonios. Ahora que el Bien y el Mal ya no llevan puestas las mayúsculas, sentimos la amenaza de las minúsculas, las que sentimos cerca, pero que no podemos ver claramente, porque no tienen contornos definidos y absolutos, ni Ley que nos diga hacia dónde volver la cabeza. El hombre, en su soledad, bajo ese cielo vacío y silencioso, tiene que aprender ya no sólo que el Infierno son los otros, como decía Sartre, sino que está en todos lados: en las calles, en la soledad de una habitación vacía, en los espejos, en la oscuridad que queda cuando uno cierra los párpados, detrás de cada palabra. "Un estado del alma", lo llamó Juan Pablo II en el Concilio Vaticano Segundo; yo prefiero llamarlo "uno de tantos gajes del oficio de andar vivo". 
El diablo, pues, visto a la luz del correr de los años... y un poco apresuradamente, dicho sea de paso. Ahora, queda la duda: ¿y qué si se trata de una presencia corpórea, como nos lo aseguran la tradición y las películas? Francamente, no lo sé. En todo caso, yo lo invitaría a tomar unas cervezas. 


viernes, 17 de junio de 2011

Los Proverbios del Infierno - William Blake (Para Fiona, Mr. Mierdas y Tripi)

El Infierno, tal y como lo pintó Blake para ilustrar la "Comedia" de Dante.

Creo que debe ser imposible leer a William Blake con verdadera indiferencia. A uno pueden gustarle o no sus versos, pero me cuesta creer que éstos puedan pasar realmente desapercibidos. Basta seguir con la vista esas sofisticadas líneas de palabras para ingresar en otro universo, uno en el que las letras se convierten de pronto en múltiples espejos, que a medida que reflejan la realidad desde diversos ángulos la desdibujan, sólo para volver a reconstruirla, ya convertida en algo oscuro, profundo, espectral y, a la vez, luminoso y bello. Y que nadie se deje sorprender por los antagonismos, porque una poesía como esta no solo admite contradicciones, sino que hasta las invita a bailar en el centro de nuestra lectura. Blake no es un poeta de la razón, sino de lo oculto, de ese reino en el que la fe y la duda tienen que tomarse de la mano para atravesar largos territorios montañosos, pantanos y prados, que son habitados por presencias antiguas, por ángeles, demonios y dioses.
Hoy, quiero sacar a relucir algunos proverbios que salieron de la pluma de Blake, pero que se supone fueron inspirados por una visión, la que inspiró el libro del que forman parte: Las bodas del Cielo y el Infierno. Es, de más está decirlo, uno de los textos poéticos más elevados de la literatura inglesa de todos los tiempos, así como una de las obras más misteriosas que he leído: una en la que el eco de las voces se pierde en el fondo de abismos acerca de los cuales es difícil decir algo claro. Y van especialmente para Fiona (a quien se los tenía prometidos), Mr. Mierdas (a ver si alguno de estos proverbios sí lo convence) y sumo al Tripi a la lista, porque estoy seguro de que va a encontrar que más de uno digno de él. Ahí les dejo una selección: 
Proverbios del Infierno:
"En tiempos de siembra aprende, en la cosecha enseña y en el invierno goza."
"Conduce carro y arado sobre los huesos de los muertos."
"La senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría."
"La prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad."
"Sumergid en el río a quien ama el agua."
"El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio."
"No hay pájaro que vuele demasiado alto si lo hace con sus propias alas."
"El cuerpo muerto no venga injurias."
"Si el necio persistiera en sus necedades llegaría a sabio."
"Las prisiones se construyen con piedras de Ley; los lupanares [burdeles] con ladrillos de religión."
"Del agua estancada espera veneno."
"No sabrás lo que es bastante hasta saber lo que es más que bastante."
"Si otros no hubiesen sido tontos, tendríamos que serlo nosotros."
"La condena estimula, la bendición relaja."
"¡Las oraciones no aran!"
"El perfeccionamiento traza caminos rectos; pero los torcidos y sin perfeccionar son los caminos del genio."

Aquí una pequeña dosis de sabiduría infernal y poética, pues. El tipo de cosas que, si podemos creerle a Blake que las escuchó donde él dice que las escuchó, uno puede aprender del diablo (un tipazo, por lo que se ve). Así que dejo estos proverbios para que los mastiquen en paz y me despido. Eso sí, con una copa en alto. ¡He dicho!

miércoles, 28 de julio de 2010

Unas copas con Rimbaud


"Lo mejor es un sueño bien ebrio, sobre la playa". Y, una vez anclado en esta utopía poética y marginal, abandonarse a las imágenes, los rumores y las palabras... el mar de palabras del que, pensaba él que desgraciadamente, no podría salir. La literatura tal y como la entendemos el día de hoy debe demasiado a Arthur Rimbaud, el muchacho que quiso ser el Dante de los suburbios y que terminó su existencia lejos, demasiado lejos de los versos, pero no lo suficientemente tarde como para evitar dejar una sombra sobre la que echarían sus semillas las nuevas generaciones.
Pensar en Rimbaud es invocar a un pajarillo que deambula entre los excesos. El mundo siempre pareció quedarle demasiado ancho, y él deseaba, más que nada, devorarlo y transmutarlo en algo diferente. Cuando notó, siendo todavía un joven de veintipocos años, que la poesía no tenía esos poderes alquímicos, abandonó el quehacer literario y se dedicó a otras cosas (entre ellas el tráfico de armas), y aparentemente sin una gota de nostalgia. Más de una vez se ha hecho notar que Una temporada en el infierno es la expresión de un carácter dantesco, en tanto que prueba convertir al poeta en un viajero que se adentra en las regiones tenebrosas de los inframundos demoníacos. Pero Rimbaud, a diferencia del Dante, no llegaría al Empíreo, a la Rosa en la que Beatriz se pierde, a las luces que coronan el Universo llenándolo de sentido. No: él sienta a la Belleza en sus piernas y la encuentra como una pobre prostituta más, llenándose de náuseas y de desazón. El mundo está demasiado lejos (o demasiado cerca), y él no encuentra otra cosa que hacer que despertar de su ebriedad, abandonar la playa y reconocer que la poesía es sólo eso: un fatuo delirium tremens que vende monigotes de la verdad, mientras la Verdad sigue jugando a las escondidas.
Rimbaud, pese a su tono desgarrado y ebrio, a sus imágenes de pesadilla y a su abandono a los sentidos, es uno de los poetas más vitales que recuerda la historia de la literatura. La poesía, en su caso, se traduce como lo que Kierkegaard llamaba un "modo de existencia", del que al final saldrá desengañado. Su amante Paul Verlaine, en cambio, lo erigiría como un monumento, pero claro: para él, la belleza era un fin en sí mismo, y la poesía no hacía más que jugar con esas formas fantasmagóricas para construir algo semejante a esculturas parlantes. Rimbaud aspiraba a algo diferente, a transformar la realidad y la vida. A diferencia de su admirado Baudelaire, que no encontraba mayor felicidad que el desengaño y las pesadillas, y que escribía versos como los de El muerto alegre o Madrigal triste haciendo énfasis en las sonrisas, Rimbaud sentía verdadera congoja ante el desgarramiento. Cuando escribió que "La verdadera vida está ausente. No pertenecemos al mundo", tengan por seguro que lo hizo con el corazón y la tráquea comprimidos, apretados como un puño ante la enormidad fatal del universo.
Pero ya lo decíamos: la literatura debe demasiado a Rimbaud, así sea pese a él mismo. Sin un espíritu como el de Rimbaud, al lado de uno tan (aparentemente) distinto como el de Whitman, jamás hubiese podido existir la generación Beatnik, con Ginsberg a la cabeza, y obras como la de Henry Miller tendrían unas cuantas páginas menos que, ténganlo por seguro, extrañaríamos. Si se me permite mencionar una existencia tan intrascendente como la mía, diré que mis años de adolescencia hubiesen sido muy distintos, y lo digo en un sentido negativo, sin las páginas de Rimbaud, que corrían al lado de las de Baudelaire, las de Byron y las de Bukowski.
Alguna vez Víctor Vich dijo, en clase, que hay que tener coraje para leer poesía. También hay que tenerlo para escribirla, como bien lo demuestra un caso como el de Rimbaud. Suena un poco extraño, porque no pudo haber sido un compañero demasiado alegre, pero yo me hubiera tomado unas copas con él. Dada la imposibilidad que impone el universo, sólo me queda satisfacerme descorchando una botella, siriviendo un vaso, y sumergiéndome en sus maravillosos versos, sintiéndolos en cada uno de mis poros: "Yo debiera tener un infierno para mi cólera, un infierno para mi orgullo, y el infierno de las caricias: un concierto de infiernos".

jueves, 25 de febrero de 2010

Ratzinger - Welcome (back) to hell


Hace ya poco más de diez años, el papa Juan Pablo II (que pese a ser un papa fue un gran hombre) decidió que había suficiente tiempo separándonos del medioevo, y que había llegado el momento de cortar con algunas idioteces del canon católico. Así, en el verano del 99', pronunció una serie de audiencias dedicadas al viejo tema del Infierno, que ya se merecía una revisión después de tantos años de presión científica y ortodoxia ideológica. Ante todo, hizo notar que ni el Cielo ni el Infierno eran entidades físicas: ni el uno ni el otro se encontraban en algún punto entre las nubes, ni enterrado a muchos kilómetros bajo tierra. No: tanto el Cielo como el Infierno (y el Purgatorio, esa sala de espera de los buenos no tan buenos), dijo, son "estados del alma" de los individuos en su relación con dios. Así, el Infierno es el estado del alma de las personas que se han alejado de él, y así para cada una de las terminales post-mortem del cristianismo. (Incluso hizo notar, ya que iba por el tema, que Satanás tampoco existía como una entidad, ya que "había sido derrotado por Jesús").
A mí, en lo personal, no me interesa mucho si existen o no Paraísos, Purgatorios e Infiernos: los asilos para los muertos del cristianismo pueden, desde mi punto de vista, quedarse con los cristianos. Pero aún así le reconozco la obra a Juan Pablo II: la suya fue una lucha por humanizar al cristianismo, de paso que hacer a la religión entrar de lleno en la modernidad, al mundo post-cartesiano y post-hegeliano, porque una religión, el lo sabía, no puede existir sin lucidez, ni mucho menos sin saber cuál es el mundo que le rodea. Mucho menos una como el cristianismo, que tiene com principio existencial el compromiso con el prójimo.
Pero el capítulo Juan Pablo II terminó hace ya casi cinco años, y ahora las cosas empiezan a pintarse un poco distintas, ya entrado el capítulo Benedicto XVI, el cristianismo según Herr Ratzinger. Quien, como nadie pone en duda, es un hombre no sólo chapado a la antigua muy antigua (¿siglo VII o VIII, aproximadamente?), sino que ha entablado una lucha tenaz contra todo aquello por lo que su antecesor defendió: el pluralismo moral, la libertad de los individuos frente a y dentro de la religión, la apertura hermenéutica de la Biblia y, en general, todo aquello que relacione las palabras "Religión" y "Modernidad".
A Ratzinger no sólo le ha parecido necesario autorizar, entre otras medidas, la vieja costumbre de dar la misa en latín y de espaldas a los asistentes a la iglesia. Eso es apenas un detalle, un formalismo. A principios del año 2007, el bueno del papa, cansado de pecadores y ateos, y de que el cristianismo fuese en la modernidad "una viña devastada por jabalíes", puso las cartas sobre la mesa y anunció que el Infierno volvía a abrir sus puertas. "El Infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno", dijo Herr Ratzinger; y, seguramente, a los creyentes más creyentes los mandó a buscar sus látigos. Por si a alguien no le gustó mucho el Renacimiento, ¿eh?
Pero más allá del retroceso que significa reponer al Infierno; más allá de la ruptura que el hecho significa, frente a los esfuerzos de su antecesor Juan Pablo II por traer al cristianismo y a la iglesia católica al aggiornamento con el mundo contemporáneo; más allá de todo esto, digo, habría que preguntarse una cosa: ¿por qué revivir la vieja idea del Infierno físico, la del castigo eterno de los pecadores? Porque no todo en el mundo Vaticano son los caprichos de sus papas y cardenales, ni sus esmeros para construir máquinas del tiempo. No: hay otras consecuencias implícitas en el asunto. Y el papa, ténganlo por seguro, lo sabe muy bien.
Cargar con la responsabilidad de ser el papa, el pontífice, el representante del mundo cristiano, católico y apostólico y toda esa mierda, implica asumir no sólo un rol social, sino también, por el cargo, mucho poder. De las ideas que Ratzinger defiende ya sabemos bastante, y si a alguien detesta es a los que tragiversan su religión, se la toman muy poco a pecho o la niegan por completo (véanse, sino, algunos pasajes de su Caritas in veritate). Su visión es totalizante y universalista: el orden debe ser Uno, el de dios, que es ya no solo justo, sino también castigador.
Llegados a este punto, la palabra "castigo" no es, en modo alguno, gratuita. Como muy bien nos lo ha hecho notar la vieja teoría crítica, y respecto a este punto sobresalen las aplicaciones de Foucault (Cf. Las redes del poder), el castigo y su adverso, el premio, forman parte esencial de un discurso de dominación, al asegurar una serie de consecuencias en el comportamiento humano en base a su deseo de ser premiados o castigados. Foucault, para ejemplificar esto, utilizaba un estudio sobre el rol de las prisiones: gracias a su existencia (que es ya la amenaza y la prueba del castigo), la sociedad puede certificar un orden, un código de comportamiento moral y social y, por ende, su propio poder sobre los individuos, que actuarán en vistas a evitar el castigo. En el caso de Darth Sitheous... ¡Perdón! En el caso de Herr Ratzinger, la representación del castigo es menos tangible, pero mucho más peligrosa en el ideario humano: el Infierno, prisión eterna, castigo eterno. Al poner sobre la mesa de juego una carta tan amenazante y terrible como esta, asegura su poder y su dominación, al dar por seguro que la gente puede condenarse si no se anda con cuidado.
Así, pues, el Vaticano hace ondear sobre sus techos la bandera de la intolerancia, del retroceso ideológico y formal, la de la represión ideológica y la del miedo. El proyecto de Ratzinger sigue en pie, y ahora tiene un capítulo nuevo en su encíclica Caritas in veritate (sobre la que ya hemos discutido algunos puntos en este blog). Yo me considero un defensor de la tolerancia (y miren que no defiendo muchas cosas), y normalmente me importa un carajo lo que hagan los partidos y demás entidades de poder, pero cuando me parece que debo, o puedo, o me da la gana de decir algo, lo hago. Y me voy a tomar la libertad de ir contra uno de mis principios de tolerancia, y voy a hacer un llamado: Romanos, ¿por qué no se la arman de una vez por todas y mandan a fusilar a Ratzinger? O a crucificarlo de cabeza, para darle el placer de sentirse un mártir. En fin, bromas aparte, lo que digo es que hay que preguntarse muy seriamente cuál es el tipo de rol que está jugando Ratzinger en el mundo cristiano, tomando en cuenta que el cristianismo tendría que ser tolerante y justo, siguiendo la profesión de "Religión es Amor" que dejó Jesucristo (y esto lo digo yo, siguiendo la interpretación cristiana humanista, pese a que no doy ni dos centavos por el cristianismo). En fin, que tonterías las justas, e hipocresías papales por donde vinieron. ¡Que estamos en pleno siglo XXI, joder!
Bueno, supongo que las cosas seguirán como tengan que seguir; yo ya dije lo mío. Y a ver con quiénes me encuentro en el Infierno, ya que ha vuelto a abrir sus puertas, y tal y como están las cosas, no espero merecer nada mejor, cortesía de Benedicto XVI.

NOTA: Este es el artículo prometido. El anterior, "El Infierno y el Miedo: una reflexión", es su prólogo. Advierto, de paso (porque hay lectores incapaces de reconocer el sarcasmo y la broma aunque le bailen desnudos frente a los ojos), que no es que yo me proponga, en modo alguno, promover el asesinato del papa (¿o sí?). Me basta con que quede en claro cuáles son mis sentimientos hacia él. Y que pasen una maravillosa estancia en el Infierno, ya que estamos en esto.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El Infierno y el Miedo: una reflexión


No parece que la gente vaya a cansarse nunca de hablar del Infierno. Y claro: hay que reconocer que, como problemática, se le incrusta en el pecho a cualquiera que se diga mortal, y en ella se articulan las preocupaciones más humanas acerca de la trascendencia y la inmortalidad con esas otras que hemos adoptado de una larga línea de discursos de poder y contrato social, las que tocan el bien y el mal, la ética, los códigos morales. Quien haya leído The will to believe de William James recordará, de hecho, su comentario acerca de la "Apuesta de Pascal": no podemos saber si existe un dios basándonos en la experiencia, pero, en vistas a los riesgos que implica el no creer, más conveniente resulta que creamos que existe (no perdemos nada, y podríamos ganar mucho), que es casi reformular eso que escribió Ovidio acerca de que hay que creer en los dioses porque conviene que los haya.
Pero no es la creencia lo que me llama ahora mismo. No es la primera vez que hablo del infierno, y recuerdo haber comentado algo acerca del tema el año pasado (mismo canal, mismo comentador). Hoy, quería llamar la atención sobre cierto fenómeno que me parece bastante curioso: la valoración del Infierno.
En un principio, existieron dos deidades que eran, también, fenómenos: para los griegos, Thánatos era el dios que traía la muerte, y Hades hacía las veces de rey y reino donde iban a parar las almas una vez finalizada su existencia por el barrio. Pero en aquel entonces la gente no veía mal a la muerte, sino que la aceptaba como algo necesario y natural. Si se quiere, remontémonos a los tiempos más arcaicos, a lo que Coulanges ha llamado el "orígen de las civilizaciones": tiempos fueron en que la muerte no era concebida como un "dejar de ser", sino como un "ser" más absoluto. Al morir, las almas se convertían en dioses familiares, en manes, que eran atendidos por los vivos por los que velaban (de hecho, se temía más al exilio que a la muerte). De hecho, Homero y Virgilio recuerdan que en el Hades no sólo se castiga: también se premia.
Este es el tipo de pensamiento (que todavía reinaba entre los romanos, mucho más "terrenales" y llamativos que los griegos) sobre el que se fundaron los prejuicios del cristianismo. Como un vulgar tumor antinatural, el cristianismo pervirtió desde sus orígenes al pensamiento occidental, y a todos les decía: "Si pecas, vas a ir al Infierno, donde serás castigado por toda la eternidad", a la vez que no se cansaba de repetir a todo el mundo: "Eres un pecador; porque eres humano y, por ende, débil". Todos estaban condenados, todos temblaban de miedo. Para el juicio cristiano original, es muy difícil que alguien llegue al Paraíso (que, de hecho, debe estar vacío, pensadas así las cosas), por lo estrictos que son sus formularios de afiliación; para el Infierno, sólo tocas y te dejan entrar.
Así llegó la Edad Media, con sus crueles representaciones del Infierno: Dante (of course), San Agustín sin cansarse de hablar de la Civitas Dei y Durero son buenos ejemplos de lo que digo. Y, como todo el mundo estaba convencido de ser un pecador, la muerte se vistió de negro y empezó a respirar un aire frío como el hielo. A todos, claro, se les caían los pantalones del miedo. Morirse era lo mismo que estar condenado.
¿Y hoy? Hasta cierto punto, es la misma historia: aunque ya no queden tantos que se crean las historias de fuego, tenazas y latigazos que se popularizaron en otros tiempos, el prejuicio ya está enterrado como una astilla en la piel de la cultura occidental. Para ella, la muerte no es natural: debe ser evadida bajo cualquier circunstancia, y la buena salud y la longevidad son metas aceptadas casi por todo el mundo (la propaganda antitabaquista lo sabe muy bien, y se aprovecha de eso para meter en la cabeza de todo el mundo sus inhumanizantes ideales). Pero no todo está pintado del mismo color: hay cosas que han ido cambiando.
Desde que Baudelaire se enamoró de Satanás, de su reino y de todos sus suculentos "paraísos artificiales", muchos han empezado a cambiar sus miras. Hoy, el Infierno es más que nada un símbolo, una forma de representar la realidad (subrayando la visión personal, y olé por Schopenhauer), y si en otros tiempos fueron Dante y Swedenborg, hoy los retratistas del Infierno son otros, con otra forma de ver las cosas. Desde el "hermoso caos" y las sordideces de Henry Miller hasta los cuadros de Tola; desde los óleos desesperados de Faulkner hasta las ciudades vacías de Sartre, el Infierno ha tomado nuevos matices: el Infierno está aquí, somos nosotros mismos, estamos solos. Y, aunque cruel, el Infierno está lleno de tesoros: es una belleza. Casi estamos listos para volver a abrazarnos de los talones de la muerte.
Yo no sé si existirá algo parecido al eterno retorno o a la dialéctica de la historia; personalmente, soy incapaz de creer en estas cosas. Sólo se que las cosas cambian mientras se pasan los días: hoy, mucha gente aprende a resignarse a ser humana. Nadie nos espera al final del camino. Y, sin embargo, estamos aquí, patéticos e insignificantes, pero luchando al fin y al cabo, aunque no tengamos un por qué. He ahí la gloria del Infierno.

NOTA: Este artículo es el prólogo de otro que tengo en preparación mental, y que estaré poniendo por escrito y publicando muy pronto, lo más probablemente mañana. Verán que el tema, efectivamente, tiene vigencia, y todo porque hay gente como... en fin, que ya lo diré todo en su momento. Y que llegue el día en que podamos alzar las copas por allá, entre súcubos y poetas.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Una vieja entrevista a Tola


Hace unos meses publiqué una entrada sobre mi muy querido Tola, ese genio que no hace más que "escurrir el bulto" de todas las etiquetas; la titulé Los infiernos vivos de Tola y, ahora, me encuentro con una entrevista realizada hace tres años al pintor, precisamente en la época en que presentaba sus Hombres que no bajaron al Infierno en la galería Lucía de la Puente, y no puedo evitar ni la admiración ni la sonrisa: su sello de laconismo, escepticismo y humor (sutil, fino y algo grotesco, en el mejor sentido de la palabra) es sencillamente irresistible. ¿Algo más que decir? Sobre Tola y su obra es difícil expresarse con palabras... pero nunca dejaré de agradecerle ese extraño vínculo de cariño que ha aceptado mantener conmigo. Paso, pues, a copiar la entrevista:

¿Estamos condenados al infierno?

El infierno es un paraíso inverso. Es un estado de ánimo, un estado alterado de la mente, y aquellos que no bajaron se pierden ese infierno por uno terrestre.


¿Su pintura es hecha desde allí?
De regreso del infierno. Las experiencias que tengo las acomodo en mi cerebro. Lo jodido se presenta cuando uno regresa y no puede acomodarlas.


¿Ya superó su infierno?

No, estoy haciendo una revisión extensa de mis vivencias personales, de las situaciones en las que he estado.

¿Qué reflexiones ha elaborado? Lo que he encontrado está en mis cuadros. Verbalmente, no te lo podría expresar. Son vivencias pictóricas.

¿Ha regresado a lo figurativo?
Sí. Mi obra anterior era más fraccionada. Ahora construyo personajes completos, más nítidos.

¿Ha dejado su etapa atormentada? No sé. Vivir atormentado es una cosa muy subjetiva, que no responde a definiciones clásicas.

¿Qué pinturas lo han impactado?
Cada pintor tiene uno o dos cuadros importantes; los demás son de tercera. Leonardo tiene La Monalisa y La virgen de las rocas. Picasso no tiene ninguno, quizás Las señoritas de Avignon.


¿Ya encontró su obra maestra?
No, hombre, ni pienso encontrarla.

¿Por qué?
Porque sería terminar con uno mismo. El día que la encuentre estaré muerto como pintor.

¿Conserva siempre su ser ermitaño?

Sí. Vivo encerrado, no me interesa el exterior. Afuera solo hay agresividad, vulgaridad. Culturalmente no hay nada que me estimule. Para mí es lo mismo tener mi taller acá o en Hong Kong. Mi lugar es el taller, no me importa en dónde esté. Yo pinto y se acabó.

¿Es un pintor instintivo?
No, creativo. El instinto es secundario. La creatividad es la que te lleva a plasmar una obra.

¿Cuál es el arte supremo?
La pintura. El efecto de la pintura es inmediato, sin proceso intermedio de asimilación, como sucede con la música o la poesía.


Sé que escribe. ¿Qué encuentra en la literatura que no halla en la pintura?
La escritura en mí es secundaria. Escribo con imágenes. He terminado la novela El pez de oro. Si uno está capacitado en un tipo de creación, puede aplicarlo a cualquier arte.

¿Qué pintores lo han marcado?
Más cuadros que pintores. El quinto sello, de El Greco, y algunos de Picasso. Ahora me atraen los outsiders.

¿El Perú tiene artistas notables?

Con tal de que sean artistas, está bien. Todos somos importantes. Prefiero un artista malo que un empleado.


¿El Perú está lleno de artistas malos?

Sí, hay mucho pintor malo.

¿Hay alguno bueno?
Sí.

¿Quién?
Esas cosas no se dicen.

domingo, 4 de octubre de 2009

Jean Delville: un enigma eterno


Ni las páginas de los muchos libros que se han escrito sobre historia del arte ni el mundo de la crítica parece recordarlo; y, sin embargo, las obras de Jean Delville siguen ahí, como una mirada hiperconcentrada y desgarradora de los universos ocultos, del pasado y del infierno. Con mucho de cristiano trágico enlazado a otro mucho de pagano, y con un delicioso sabor a gnosticismo, las pinturas de Delville parecen deleitarse ante los hechos atroces y simbólicos, como los poemas de Baudelaire, de cuya "escuela" fue deudor.
Pero, ¿quién fue Delville? De su biografía se puede decir algunas cosas: que nació en Bruselas en 1867 y que murió en 1953; que fue un pintor con un gran talento y de una mirada bastante particular; que escribió sobre ocultismo y que, desde muy joven, se interesó en la teosofía (que hoy a derivado en la antroposofía, sobre todo a través de Rudolf Steiner), que marcó su vida y su obra. Una obsesión con la búsqueda de un orden estético del universo parece haberlo impulsado a través de toda su vida.
En su obra, se encuentran en un mismo plano el simbolismo, la perspectiva esotérica y la teosofía, con una armonía ambigua y original, que de alguna forma sospecho ha influenciado mucho, directa o indirectamente, sobre la obra de pintores tales como Tola o
Giger. Y porque merece un espacio en la memoria es que escribo estas líneas: su tradición y su estética no son las corrientes, pero eso no evita que sean fascinantes e irresistibles. Recordar y acusar este olvido es el fin de esta nota, a la vez que llamar la atención sobre este enigma constante llamado Jean Delville.

Imágenes:
Arriba: "Los tesoros de Satanás"
Abajo: "La rueda de la fortuna"


martes, 22 de septiembre de 2009

Una breve reflexión sobre el Infierno


Desde que tengo memoria, uno de los temas que más me ha apasionado es el del infierno. En mi infancia (entregada a un cristianismo patológico), me obsesionaba como destino probable del que, me figuraba, tendría que salvarme a través de la ética y sus reflejos en mis actos; luego, en mi juventud romántica, y a medida que empezaba a leer a Schopenhauer, casi llegué a desearlo con esa ansiedad que impulsa a los que quieren verse a sí mismos como poetas o como locos; finalmente, a medida que mis lecturas se fueron profundizando y mi fé se convirtió en objeto de la más concienzuda disección, advertí que la separación, geográfica u ontológica, entre Infierno y Paraíso no podía ser sino artificial: el juego de reversos no hace sino ocultar las equivalencias, y un segundo de éxtasis vale lo mismo para vislumbrar la gloria o el tormento. En todo caso, reconozco el Infierno como una realidad cotidiana, tangible y continua (como decía Camus, el apocalipsis sucede a cada instante). En otras palabras, el Infierno vive ya, más que entre nosotros, en nosotros, y luego, en todas las categorías existenciarias y ontológicas (disculpen el tono heideggeriano) que se desprenden de esto último.
Lo que quiero decir es que, bien visto, el Infierno ya se hace presente, segundo a segundo, a través del intento de tragicomedia que es, creo yo, la condición humana en su última instancia. Podemos atacar la cuestión desde la teología, si se quiere, pero lo cierto es que, de existir un dios, basta el que nos haya empujado a la existencia (sin preguntarnos siquiera) para afirmar que es, o puede ser, un segundo rostro del demonio, o apenas un titiritero sádico y morboso. Algunas sectas gnósticas defendieron que la Creación era obra de un dios cruel o imperfecto, y eso sigue siendo una posibilidad. Sartre (A puerta cerrada), mucho más apegado a una fenomenología tangible, señala que el Infierno son los demás, su "yo" consciente y reflexivo que, de alguna forma, nos juzga y limita, sin dejar de recordarnos lo que nosotros mismos somos en última instancia: poco más o poco menos que una nada, una mala pasada del azar. Para Borges (La duración del infierno), el verdadero efecto estético de lo "terrible" de la condena infernal radica no en su carácter espacial o fenoménico, sino en el temporal: la idea de un castigo eterno. Dante, el más famoso arquitecto de infiernos que recuerda la literatura, postula que, más allá de lo que suceda en los recintos subterráneos, el verdadero castigo que reciben los condenados, lo que hace del infierno un verdadero Infierno, es la carencia de Dios (vale decir, la conciencia de que no hay esperanza posible de salvación). Pasolini, como Sartre, relaciona el infierno más a las relaciones humanas (que nunca alcanzan el ideal planteado, sino que se ordenan de acuerdo al caos o a la dominación de unos sobre otros) y a la desesperación del individuo abandonado a sí mismo y a la consecuencia de sus actos (Teorema, Salò y Mamma Roma, respectivamente). Para Platón y sus seguidores (Plotino, sobre todo), lo más equiparable a un Infierno era esta vida terrenal: el saber que el alma estaba aprisionada por la carne impura.
Yo, por mi lado, estoy de acuerdo con unos más que con otros (Sartre, Pasolini y Borges me parecen irrefutables, cada cual a su manera); pero, dejando atrás este repaso, creo que lo importante es reconocer que, si hay un Infierno, este es absolutamente humano, sea o no un castigo o un error de alguna divinidad: tal y como están las cosas, vivimos atados a nuestros actos y decisiones. Nuestro Infierno son los otros y somos nosotros mismos, es nuestra libertad y su imposibilidad, es nuestra imágen en el espejo y lo que acecha cuando cerramos los ojos, es nuestro sueño y nuestra vigilia... es, en fin, y bien visto el asunto desde cierta perspectiva, el sabernos atados a la condición de la existencia. Y no hay que olvidarlo: el Infierno no deja de ser, pese a todo, y por este mismo juego de perspectivas, una forma de Paraíso.

martes, 14 de julio de 2009

Los infiernos vivos de Tola


Algún crítico podría decir de la obra de Tola: "Mucho de vanguardias, los excesos del fauvismo y el onirismo de los surrealistas, con algo del tono típico del expresionismo, bla bla bla", y a todo ésto el autor no haría más que contestar con un tajante y ambiguo "ya" de los que le son tan característicos. Porque si hay que empezar a decir algo sobre la obra de José Tola, es que rechaza toda posibilidad de etiquetas, que corta con todo discurso generalizador, que es lo mismo que decir que todo intento de comprensión. Y esa es una buena pregunta (que es lo que tiene que generar el arte, antes que respuestas): ¿podemos entender la obra de Tola? ¿Qué es lo que hay en esos trazos agónicos y, sin embargo, llenos de furiosa vitalidad, que nos atrae pese a todo, que nos encierra en una enorme incógnita de la que no sabemos cómo salir, si es que lo queremos realmente?

Lo primero que me llamó la atención cuando me encontré ante una de las pinturas de Tola la primera vez fue la destreza con que había sabido estructurar el todo de la obra a través de un elemento impensable: el caos. Un caos, sin embargo, que se confunde con los colores y las formas que impregnan sus obras, porque no hay una barrera que separe fondo de forma, esencia y discurso. Pero, a diferencia de lo que pasa, por ejemplo, con Miró, todo este despliegue de excesos no es frívolo ni impersonal, sino que está cargado de una profunda humanidad, llena de vida que, como dije antes, agoniza ante nuestros ojos, pero que a la vez ríe, como ajena a su propio drama (Heidegger y Sartre tendrían un par de cosas que decir a este respecto, quién lo duda). Y es en eso donde, a mi parecer, nos encontramos con lo humano en su más inquietante cotidianeidad, en ese impulso loco de jocosidad y autodestrucción, de ternura y sadismo, de locura y melancolía. En fin, en ese enorme Caos.

Cuando uno se para a mirar un cuadro de Tola, uno no puede dejar de sentir que, de pronto, está rodeado por una inquieta compañía: seres que son todo ojos, manos y líneas parecen brotar del lienzo y envolvernos. "Criaturas imperturbables", las llamó Fernando Ampuero: seres como diosecillos paganos, o sátiros baudelairianos, que sin embargo son múltiples reflejos de las máscaras que se ponen los hombres. Los hombres que no bajaron al infierno, uno de sus últimos trabajos, por ejemplo: veinticuatro lienzos donde se aprietan figuras sin contornos, que no parecen muy seguras de lo que deben o pueden hacer, como en esa "estadía entre dos cielos que se pareció más a un infierno que a ninguna otra osa" a la que se refirió el pintor cuando hablaba del tiempo en que realizó las obras -¿podrían ser los dos cuadros restantes (rosa y negro, respectivamente) esos cielos?-, entre risas de júbilo y muecas de angustia, entre la danza y el terror, pero definitivamente siguiendo un ritual cuya finalidad desconocen. Una obra, lo repito, humana, a la vez sagrada y pagana, visceralmente bella, lo que emparenta a Tola la especie de pintores a la que pertenecen, entre otros, el Bosco, Goya, Delville o, en algunos casos, Xul Solar.

Y con esto hemos llegado a un punto crucial, porque se trata de hablar de la "belleza". ¿En qué rincón del infierno, de la desesperación, del caos, se esconde la belleza? Pues, en el caso de Tola, todo ello es la belleza. Como muy bien lo dijo Niño de Guzmán en el título de un ensayo sobre la obra del artista, "para encontrar la belleza hay que bajar al abismo". Es decir, que se trata de reconocer lo poético de la lucha, de la tensión existencial, de la pasión... Porque en Tola sobra la pasión: esa voluntad de devorar y ser devorado, de poder dejarlo todo en unos trazos sobre el lienzo, de poder arrancarse las tripas y escupir para luego buscar el reflejo de un rostro en unas figuras que se contorsionan, libre de máscaras. "A mí me intrigan los límites del ser humano. ¿Cuáles son? ¿Hasta dónde llega la barbarie? Me interesa tener una idea de lo que uno es y lo que es el mundo del entorno", dijo en una entrevista con Ampuero, después de hojear algunas revistas con imágenes de decapitados y libros sobre masacres.
Tensión, pues; y caos, y ruido, y locura... vida, al fin y al cabo: una propuesta de mirar profundamente en el rostro de los hombres, arrancando caretas, exhibiendo demonios. Pero me dirán que me la he pasado etiquetando lo que, según mis propias palabras, es inetiquetable... Bueno, pues les presento al Tola que yo reconozco y admiro como uno de los mayores genios de la pintura universal, al Tola en cuyos cuadros puedo encontrarme, al Tola que destruye y crea, y que nunca se da por vencido en su lucha, que es la única forma de vida que concibe.

Imágenes:
1. "Autoretrato"
2. "La amante del perro"
3. "Corto con la realidad"

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