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sábado, 19 de marzo de 2011

La voz del demonio


Tengo muy metidas en el páncreas unas palabras que dijo alguna vez William Faulkner, ese genio de los portentos de la sangre y el polvo, sobre el oficio de escribir; palabras que pesan lo que pesan, y que dicen mucho más de lo que parecen decir: "Un artista es una criatura dirigida por demonios. Él no sabe por qué lo eligieron, y normalmente está demasiado ocupado para preguntárselo". 
Claro que muchos se dirán que bueno, que no se trata sino de una frase recargada, "bonita", el tipo de cosas que dice un escritor para sonar interesante. Pero no hagamos caso a los juicios simplones: estas palabras son muy sentidas, muy mascadas e infinitamente afiladas, dichas por alguien que, sabemos de sobra, no tenía mayor interés por lo que su público pensara de él. ¿De qué se trata, entonces? ¿Qué es esto de ser el títere inesperado de los demonios? ¿De quién es la voz que va arrastrando vidas, carne, tierra y esperanzas a lo largo de las páginas de un libro? ¿Qué pulso es este temblor que va agrietando nuestra sensibilidad hasta echarnos a rodar por una colina? O, si lo prefieren, preguntémonos: ¿qué demonios son estos?
Siempre he interpretado estas palabras en un sentido muy humano. Es verdad que, alguna vez, los poetas eran "invadidos" por la inspiración, ya fuera por culpa de las musas o los dioses, o aún de los demonios. Y ni siquiera es necesario irse tan lejos como a los tiempos de la antigüedad, pues ya en la Francia ilustrada (siglo XVIII, sobre todo) se tenía este proyecto de "exorsizar" el universo de las artes y de las ciencias, y alguno autores fueron llamados verdaderos "posesos" (entre ellos, el Marqués de Sade). Pero imaginar una inspiración semejante en nuestros días no parece muy inteligente: ¿a quién se le ocurriría aparecer de pronto hablando de revelaciones infernales, místicas de ultratumba a lo William Blake o sueños donde la voz de los espíritus dicta poemas y visiones? Bueno, a lo mejor y sí se le puede ocurrir a alguien, pero nuestro error sería suponer que estos universos, espíritus y demonios están por ahí, afuera, en lugar de notar que sudan y gruñen desde dentro. 
Desde que el psicoanálisis existe, diferentes autores han tratado de esbozar la relación que hay entre la creación artística y la neurosis, reconociendo la suerte de catarsis que se produce. Freud, Jung, Otto Rank: todos ellos han dedicado páginas enteras a meditar sobre el fenómeno. ¿Trato de decir acaso que los demonios son nuestros males mentales, nuestros traumas y demás? Algo parecido, pero no exactamente. Los demonios pueden ser infinitos, llevar cualquier nombre o apariencia y manifestarse de formas muy diversas. No es necesario ser un neurótico: el mismo respirar puede ser un demonio perverso. Los hombres estamos solos con ellos, esos demonios que somos, también, nosotros mismos.
¿Y el arte, entonces, qué es? ¿Está llamado acaso a domesticar a los demonios? Eso que lo responda cada artista por su cuenta. Yo, personalmente, no estoy muy seguro de si pueden ser domesticados: más bien, son ellos los que juegan con nosotros, empujándonos a hacer cosas tan absurdas como hilar palabras que, poco a poco, van adquiriendo vida propia, bebiendo de nuestra propia sangre y convirtiéndose en dolorosos espejos en los que, poco a poco, vamos reconociendo nuestros rostros más ocultos. 
Quizá lo mejor sea aprender a resignarse y, de ser posible, echarse un trago con los demonios con los que vivimos. Al fin y al cabo, les debemos mucho, aunque nos duela o no nos guste. Voy a cerrar mis divagaciones con una recomendación: una novela del Quinteto de Avignon de Lawrence Durrell, que lleva por título Monsieur o el príncipe de las tinieblas, que no es otra cosa que una forma más de esta reflexión sobre la oscura voz que va dictando las palabras y los destinos de las vidas que su otro títere, el escritor, está forzado a ir viviendo lenta y desgarradoramente. La vida misma. 

sábado, 20 de noviembre de 2010

Las musas y las botellas

 
Tiempos hubieron en que los poetas podían darse ciertos lujos retóricos sin caer, por ello, en la impostura. Los poemas de Homero, por ejemplo, arrancan con la invocación de las musas, a las que se solicita no que ayuden al poeta a maquinar o recitar los versos que hablan de la Furia de Aquiles o los Viajes de Odiseo, sino que se les dice que canten, que tomen el micrófono y salgan a ponerse de pie sobre el estrado del karaoke épico. En otras palabras, que la inspiración es, aquí, algo más que abrir una que otra puerta interior del poeta: más bien, implica que éste se deje poseer por algo que le viene de afuera. El genio no está en dentro, sino que viene de las fuerzas divinas y de las de la naturaleza, por así decirlo. 
Pero eso cambió rápido. De hecho, ya cuando Virgilio hace su llamado a las musas para cantar los viajes de Eneas y las guerras fundacionales de lo que serán Roma y el Imperio, nosotros lo aceptamos con escepticismo. Por aquellos tiempos, en Roma (y eso queda bastante claro en la Epístola a los Pisones de Horacio) se tenía muy en claro que la creación era un acto cuya responsabilidad recaía sobre el poeta. Lo demás, es poesía (retórica o no). ¿Alguno de ustedes imagina a Petronio invocando a las musas, acaso? Pues yo, la verdad, no. 
Pero demos el gran salto: hace ya mucho que las musas fueron dejadas atrás, y ni siquiera los devotos de la "inspiración" podrían decir que su arte viene de un súbito ingreso de fuerzas extra-humanas (el romanticismo se encargó de recalcar la idea del genio como algo individual, así sea reflejo o parte del Espíritu Absoluto). Hoy por hoy, tenemos que recurrir a otra clase de recursos. 
¿A lo que trato de ir? Pues a lo que dice el título, claro: que las musas están encerradas en botellas. La "etílica de la creación" es un viejo recurso estético, un buen latigazo que, más que inspiración, da el empujón que hacía falta para ponerse manos en la masa y hacer algo con la vida que va quedando: una obra de arte. Recuerdo que Faulkner decía que, para escribir, nada mejor que tener tabaco, algo de comida y whiskey. También Ribeyro decía que, si no contaba con ninguna otra cosa, podía escribir, pero que era mejor si tenía un cigarrillo y una copa de vino. O Francis Bacon, del que hablábamos hace poco, que hablaba sobre los muchos cuadros que pintó con la dulce compañía de una botellita (o borracho, aunque esto pasaba menos). Y la lista podría ser interminable: ¿cuántos autores guardan su deuda con estas musas de vidrio? O con el barman, claro está. 
¿Mi parecer? Yo no creo que la inspiración esté en ninguna parte ahí afuera. Ni siquiera creo en la inspiración. Creo que un trago es un buen acompañante para esas interminables cruzadas que son la creación, pero no que sean las respuestas a todos nuestros problemas. No recuerdo qué escritor recomendaba alguna vez, hablando de labores creativas, que "todo lo que se haga, es mejor hacerlo con un whiskey", o algo así. ¿Contra la inspiración? Bueno, pues contra el 99% de ella, al menos, yo sí. ¿Contra una copita en el desierto de la crisis? Jamás. Esas musas todavía tienen dos o tres cosas que decirnos. De lo que se trata es de no hacerles mucho caso.

domingo, 18 de julio de 2010

La inspiración (una reflexión personal)


Más de una vez lo he dicho: no soy de los que defienden sus opiniones personales como si se tratase de verdades universales. Y, en materia de gustos, no hay juez que tenga nada que decirnos, y repitiendo por enésima vez al siempre citable maestro Joan Manuel Serrat, "cada loco con su tema", que de gustos y colores los autores mejor no dicen un carajo, ¿no?
Pero como este blog es de mi autoría, aunque todos sigan estando invitados a decir lo que les entre en gana, voy a traer a colación uno de mis pareceres, sin esperar a que estén de acuerdo conmigo todos. De lo que vengo hoy a reflexionar es ese viejo tema, la inspiración.
¿Qué carajo es la inspiración? He sabido (y conocido) de muchos que piensan que no puede haber trabajo si no se está "inspirado". Es decir, si no se siente ese temblor interno, ese extraño pacto en el que la realidad parece darnos luz verde para cruzar a dios sabe dónde, no hay nada que pueda hacerse que valga la pena. Pero sigue valiendo la pena que nos preguntemos: ¿es realmente así?
La inspiración es una tradición viejísima. Ya los griegos invocaban a las musas para que los animasen y guiasen en sus cantos; o, en su defecto, a los dioses. Recuérdese, sino, cómo inicia Homero sus poemas: siempre con una invocación. No quiero meterme hasta la nuca a tratar lo que los antiguos entendían por la inspiración, pero baste con aclarar que, para ellos, la creación como el recitado, lo relativo a la poesía y el drama, estaba muy ligado a la intervención de las fuerzas supremas: dioses, musas y demás seres por el estilo.
Por obvios motivos, a los románticos esta idea no podía dejar de llamarles la atención. Hegel, en sus lecciones de estética, hace mucho hincapié en el tema de la inspiración, señalando cómo es a través de ella que lo Universal se manifiesta en códigos humanos a través del Artista (sí, con mayúscula), que en ese sentido era su portavoz, y gracias a su sensibilidad. En ese sentido, los artistas eran hombres de dios, o si prefieren del Espíritu Absoluto. Schelling sostuvo ideas muy semejantes a esta, y, como Hegel, sobre las ideas que tenía Goehte sobre el arte. Es decir, que el artista era, por naturaleza, un ser especialmente sensible, ya que la imaginación, en estos términos, es también producto de esta sensibilidad, en tanto que busca las fórmulas para expresar lo más perfectamente posible aquello que, en sí mismo, es Ideal, y como tal se encuentra muchísimo más allá de lo que nuestra pobre percepción humana es capaz de comprender, aunque sí que puede intuirlo.
Pero las cosas han cambiado mucho. Hoy, el desarrollo de los estudios en neurociencias nos señalarían cómo la inspiración es producto de determinadas reacciones químicas, procesadas , seguramente, gracias a ese trocito del cerebro llamado amígdala, que determina los procesos que nosotros traducimos como emociones o sentimientos. La de las neurociencias, claro está, es sólo una de las muchas posibles explicaciones, y cada cual puede quedarse con la que más le interese.
En todo caso, lo que me interesa señalar es cómo la inspiración puede ser, también, un error. Los románticos, por su universo de creencias tan distinto al nuestro (o, en todo caso, al mío) podían darse el lujo de estar inspiradísimos siempre, y Coleridge no necesitaba soñar los versos que escribiría al día siguiente para la composición de cada poema, que fue lo que le sucedió con el Kubla Khan. Si los sueños no le ayudaban, siempre había un estado anímico a la vuelta de la esquina para repintar la realidad (y todo esto lo digo sin querer ser peyorativo, ni mucho menos, por si las dudas). Pero hoy por hoy, yo prefiero creer en otra cosa, que tiene un nombre tan sencillo como "trabajo duro". Claro que mi ejemplo no sirve para nada, porque mi nombre no vale un centavo, pero hay otros exponentes que pueden resultar interesantes en este sentido.
El primero de ellos es William Faulkner. Para él, trabajar era lo primordial, sin importar por dónde anduvieran las musas. Recuerdo haber leído una entrevista en la que él señalaba cómo un escritor no podía andar preocupándose por las ventas, las críticas ni nada relativo a sus libros, porque no tenía tiempo para ello: siempre había algo más que hacer, y esto era escribir.
También Camilo José Cela estaba en esta línea. Dijo alguna vez que no creía en la inspiración; que le parecía una excusa demasiado sencilla. Expuso una teoría (que ya he comentado antes, algunos meses atrás) según la cual el de escritor era un oficio total, que implicaba las veinticuatro horas de todos los días del año. Una frase suya que he anotado en mi filosofía de vida es ésa que escribió en el prólogo de La colmena, que dice que "La literatura no es una charada", sino que es una actitud. También fué por una entrevista suya por la que me enteré de esta respuesta de Picasso, en una ocasión en la que le preguntaron por la inspiración: "Siempre que llega, me encuentra trabajando".
He de reconocer que hay algo que es muy cierto, y es que uno no siempre se encuentra en estado de sentarse a escribir: uno necesita cierta lucidez, algo de energías, capacidad (auto)crítica, entre otras cosas, y después de X horas de trabajo o estudios o lo que fuere, no se cuenta con ello. Pero sigue sin ser una excusa: uno sigue, fatalmente, dando vueltas a lo que puede o no escribir cuando se siente a hacerlo. Lo importante es no dejarse vencer por las excusas, que ninguna vale suficiente.
¿Y la inspiración? Bueno, según mi experiencia personal, hasta puede ser negativa y dar el tiro por la culata. Uno se siente invadido por un vértigo febril, se le arremolinan las ideas y las palabras y escribe qué se yo, cuatrocientas páginas en quince minutos. Luego, corrigiendo, me ha pasado que descubro que entre el 90 y el 98% (a veces, un aterrador 100%) no vale nada, y es pura mierda.
Pero como dije al principio, esto me vale a mí, lo creo yo, y porque funciono así. Al final, lo que importa son los resultados, mucho más que los medios. Juzgar a una obra no es lo mismo que juzgar los métodos de su autor, y esto puede ser secundario. Dejo, sencillamente, mi humilde parecer.

Fuente de la imágen: http://unadonnadellarte.blogspot.com/2007/12/w-e-r-t-h-e-r.html

jueves, 1 de julio de 2010

Y el existencialismo, ¿con qué se come?


Alguna vez me he preguntado (hoy lo recordé) qué libros le podía recomendar a alguien si viniese, de pronto, a pedirme una guía para entrar en las turbulentas aguas del existencialismo. Porque yo, a diferencia de muchos escritores, intelectuales, filósofos y demás, no estoy de acuerdo con eso de que el existencialismo ya agoniza bajo tierra. Todo lo contrario: una reivindicación del mismo parece hacerse cada vez más y más necesaria, a medida que los "tiempos posmodernos" (que ni el mismo Chaplin hubiera podido predecir, aunque seguro hubiera hecho una película formidable) nos amenazan cada vez más con ahogarnos en su sobredosis de publicidad, consumo, vida social, virtualismo y demás (que no es que esté mal alguno de estos elementos, sólo que hoy están hasta en la sopa y, me dice por ahí mi amigo Martín Alonso, pronto hasta los cepillos de dientes tendrán acceso a internet, cosa que los odontólogos del mundo puedan estar al tanto de cómo nos lavamos los dientes y demás. Ojo: que esto lo dice la CNN, no yo). En fin, que pensando que podía de paso poner al día este blog que tengo abandonado contra mi voluntad, y por culpa de agendas y relojes, pienso y pienso y formulo una lista posible.
Pero ante todo cabe hacer una aclaración: el existencialismo implica, más que una bibliografía, una forma de lectura, de interpretación y de reflexión. Los libros, si se quiere, están allí para encaminar, problematizar, nutrir y dar herramientas a todo el rollo. Pero a ver ésos títulos (que en realidad son infinitos, así que, para abreviar, imaginaré que me piden sólo cinco):

1) Arthur Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación
Yo sé lo que algunos dirán: que Schopenhauer es anterior al existencialismo y toda esa nota. Bueno, pero mantengo firmemente dos cosas: en primer lugar, que ya es hora de volver a los libros de Schopenhauer, que tienen tanto que enseñarnos y que, en más de un punto, mantienen vigencia e interés al día. En segundo lugar, que es de sus páginas de donde el existencialismo va a aprender, luego, el "estado de ánimo" que le es tan característico. Pesimismo,lúcido, cierta preocupación y consciencia literaria, amplitud de mirada, consciencia de la totalidad del existente, irracionalismo, tensión existencial, compromiso ontológico... todo esto está, ya, en Schopenhauer.

2) Jean-Paul Sartre: La náusea
Tomando en cuenta la noción del "ser" que plantea el existencialismo (esto es, como "ser abarcador y autoconsciente", existente, dasein), una novela como la de Sartre, que la encarna, es fundamental. Para el existencialismo, como para el personaje principal de la novela, Antoine de Roquentin, lo filosófico se hace presente en lo cotidiano, lo ontológico se traduce en lo óntico. Una forma dura y cruda de tomar consciencia de algunas pequeñeces, eso que diríamos "gajes de la vida". De Sartre habría que incluir otro libro en esta lista, rompiendo la regla de elegir sólo cinco libros para sumar seis: El existencialismo es un humanismo. Después de La náusea, leer o releer Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato.

3) Karl Jaspers: Filosofía de la existencia
Si la obra más importante de Jaspers, Filosofía (que yo aún no he podido leer, porque no consigo el libro) parece demasiado larga, siempre se puede recurrir a este librito: en pocas páginas, dice más de una cosa fundamental para el enfoque existencial. El llamado "de vuelta a la realidad", las tensiones del existente, una de las cuales se da entre la inmanencia y la trascendencia, la reflexión buscando resolver "la vida misma"... todo está en él.

4) Martin Heidegger: Ser y tiempo
No podía faltar. Cierto es que Heidegger no es, en realidad, un existencialista (como de hecho lo afirmaba él mismo), pero en su enfoque filosófico están las bases de la tradición más importante en el existencialismo, que es la que llega hasta Sartre o Marleu-Ponty, y sigue siendo fundamental aún en enfoques más directamente "psicológicos" y "personalistas" como el de Jaspers. Advertencia: lectura de largo aliento, que implica muchas vueltas hacia las páginas anteriores, técnica y difícil. Pero vale la pena, ¡y en qué forma!

5) Una de dos: Fédor Dostoyevski: Crímen y castigo o William Faulkner: Luz de agosto
La literatura no es un camino más indigno que el de la teoría para las reflexiones filosóficas: es un bosque fértil del que se puede recoger muchísimo. Claro que, después, los filósofos tienen que dar sus motivos. En estos dos casos, la existencia se plantea, de un modo u otro, como un problema constante del que, sin embargo, no podemos dejar de darnos por enterados. Todo lo contrario, más bien. La existencia es todo lo que tenemos. Pienso en estos dos autores en particular por su tono, por su enfoque, por su manejo de una narrativa muy atinada para tratar la complejidad que acarrea el sólo hecho de "ser". Dostoyevski, ciertamente, es más jaspersiano y Faulkner, en cambio, es más heideggeriano (por consonancia, no porque los hallan leído), así que son buenas novelas para entender por dónde va el asunto.

Ahora, que una cosa es dar los primeros pasos y otra muy distinta echar a andar. Al existencialismo, además, le hace falta una actualización urgente. Si queremos poder volver a hablar, seriamente, de existencialismo, entonces hay que reconocer que lo primero sería una vertiginosa puesta al día de los aportes que las diferentes disciplinas (no sólo la filosofía) han hecho en los últimos años, de paso que del estado actual del asunto. Hay mucho de donde sacar el agua, así que la labor promete ser bastante ardua. La filosofía, la psicología, la lingüística, la teoría literaria (si: también ella), las neurociencias, la historia, las ciencias sociales... en fin, todas las disciplinas, han dado a luz montones de páginas que el existencialismo, vuelto a la vida, no puede dejar de lado, a menos que quiera ser una disciplina tuerta y coja; a la larga, muy probablemente inútil. Pero esa ya es arena de otro costal.

En la foto, Jean-Paul Sartre, clásico (y muy vigente) del existencialismo.

sábado, 12 de junio de 2010

¿Debate, guerra o juego de niños? (En torno al entorno de la Novela Total)


Corren los meses y los años, y parece haber un tema inagotable a la hora de armar debates, ataques e intercambio de cosquillas en el universo de los blogs. Y, sin embargo, yo sigo sin entender: ¿cuál es exactamente el conflicto entre la "Novela Total" contra la "Novela Parcial", por ponerle un nombre? Porque los disparos suenan todo el tiempo, y sin embargo nadie hasta hora parece haber pensado en que quizá esta no es otra cosa que una guerra de lodo en el jardín de la literatura, y eso si es que llega a tanto.
"Los lectores y/o escritores contemporáneos estamos hartos de la Novela Total", "La Novela Total es un vejestorio, una pieza de museo que quedó con el "boom" de la literatura latinoamericana", "Oye, que ya nadie quiere ser Vargas Llosa". Y yo sin comprender este tipo de argumentos. Será porque descreo de los ideales estéticos o literarios, tanto como de la militancia artística. Lo que sucede ahora es que, al que intenta escribir algo similar a una Novela Total, le caen encima en un dos por tres un manchón de gente mostrándole los dientes y acusándolo de ser un anticuado, de defender un tipo de escritura que ya ha muerto, de aburrir a los lectores, de ser un pretencioso.
Pues ni uno ni nada. ¿Anticuado? ¿Que es un género muerto? Oigan, eso no puede estar muerto sencillamente porque se sigue escribiendo así, y tan simple como eso. Y si los lectores se aburren, la culpa no es del escritor sino de los lectores: yo, por lo menos, creo que un autor puede cagarse cuanto quiera en la opinión de sus lectores. Como decía J. P. Witkin: "Yo creo en primer lugar para mí mismo y en último lugar para mí mismo". No, no: no es una forma de escribir anticuada ni muerta, sino una forma distinta de sensibilidad. Es decir, ni mejor ni peor que las otras: sólo distinta. Y en cuanto a lo último... bueno, ¿por qué va a ser un pretencioso el que trate de escribir una obra que se asemeje a los modelos de la Novela Total? Creo que esa pregunta es tan absurda que no merece ni siquiera ser contestada.
Pero lo que no termina de cuadrar es qué carajo estamos entendiendo aquí por "Novela Total". La gente sólo escucha mencionar esas dos palabras y ya parece que va a haber un crucificado. Y sin embargo, si se les pregunta qué escritores leen, todos esos lectores asesinos incluirán en su lista a Faulkner, a Dostoyevski, a Vargas Llosa. A Sábato, que fue el padre de la Novela Total en Latinoamérica, tal vez no, porque ahora parece que no es tan leído como antes (otra cosa que no puedo entender). Lo que quieren, entonces, es que ya no se escriban nuevas Novelas Totales... ¿por qué? ¡Si eso sólo puede significar que hay más que leer! Imagino que alguno se sentirá desafiado, si es que es o desea ser escritor, pero eso no tiene sentido: la literatura no tiene por qué ser un campo de batalla entre egos. Más que insultar, yo creo que la mayor parte de las veces hay que agradecer.
La definición, entonces, se nos escapa. Ernesto Sábato la planteó a lo largo de un libro entero, El escritor y sus fantasmas, y haciendo un hincapié heideggeriano en la toma de consciencia del escritor como existente que se debate en una realidad, para de ahí pasar a otros planteamientos. No es la única posible, claro está: en otras aguas nadan Nooteboom o Vargas Llosa, y en otras muy distintas nadaron Thomas Mann, Faulkner o Joyce, que tienen entre sí un "aire de familia", pero no una traducción directa.
¿Por qué responder con un "NO" militar a la Novela Total? Yo prefiero dejarme de lado moralejas y aforismos trascendentes para echarme a leer en paz; si el libro en cuestión me gusta o no, eso ya es asunto mío, y no voy a enemistarme con géneros por culpa de dos o tres idiotas que no supieron hacerlo tan bien como yo lo hubiera querido. No trato de atacar el tipo de novelas que se escriben el día de hoy, entre los que hay muchos que pongo entre mis obras favoritas, sino tan sólo de decir que una cosa no tiene que negar a la otra. ¿No convivieron muy bien las novelas de Faulkner con las de Scott Fitzgerald, acaso? No, señores: los que no pueden convivir en paz con la literatura son, aparentemente, los lectores. Y sin la más mínima intención de atacar a nadie, eh, que no es lo mío. Pero a ver si nos vamos olvidando de debates que huelan tanto a juego de niños.

En la imágen: Ernesto Sábato, quien forjara con mayor tenacidad teórica y, luego, autor de lo mejor que se ha hecho de la Novela Total en Latinoamérica.
Fuente de la imágen: Semanarioelsur.com.ar

domingo, 30 de mayo de 2010

Vivir con las arañas


Como dormir la siesta (aunque yo nunca lo hago) con el Demonio. Pero esto es superstición de algunos. Vivir con las arañas es una maravilla: sobre todo cuando uno vive, como yo, rodeado de plantas en un segundo piso, en una habitación donde siempre hay polillas, moscas y zancudos (más alguna abeja ocasional) revoloteando en torno al fluorescente. Pero se las tienen que jugar, porque la población de arañas que comparten mi espacio de vida son una amenaza constante para todos estos bichos ruidosos: un rápido examen de las miles de telas de araña que hay por los rincones basta para demostrarlo.
Y no, no he llegado hoy al blog con la idea de hablarles de mi vida personal, sino usándola de excusa para hablar, sí, de las arañas. ¿Las arañas? Coño, que ya les dije que sí. Y ahora le paso la posta, por unos instantes, a Camilo José Cela, que tiene sus propias palabras al respecto:
"La araña, la delicada y maternal araña, debiera ser el animal totémico del escritor. Nadie más que la araña -y el escritor- es capaz de abrirse el vientre para que el hijo hambriento la devore. Nadie más que la araña, y el escritor, es capaz de morir en las redes en que, tejiéndolas, perdió lentamente la vida. Nadie más que la araña, y el escritor, derrama sus espaciosas horas, infinitas, con tanta aplicación y tanta monotonía".
Escribir algo mejor que esto es imposible. Y yo quiero firmar a favor de esta verdad, con todas mis arañas encima. Faulkner entendía algo similar: él decía que escribir era como hacer un pacto con el demonio, convertirse en Fausto. Se puede entender lo que trata de decir: la vida se va a ir entre páginas y páginas, en una búsqueda infinita cuyo fin no tiene sentido alguno ni siquiera como idea; porque, como él mismo lo decía, el escritor que llegue a estar satisfecho de su obra, no tendrá otra opción que lanzarse desde ella y suicidarse. Conseguir ese libro significa no tener otra cosa que hacer, perder ese algo de insatisfacción y crudeza que hace al corazón seguir palpitando en su sitio.
Pero volvamos a las arañas: tercas, ensimismadas. Pasan las horas de su vida construyendo telas y redes en las que ellas son el único habitante, y que se van poblando de carcasas vacías de los seres a los que han ido devorando. Solas entre los muertos, esperan a que llegue quien les de amor, y luego lo devoran, lo suman al inventario del cementerio en el que viven. Más adelante, cuando llegan las crías, puede pasar una de dos cosas: o, como dice Cela, los hijos devorarán a su madre, que se les entregará como primer alimento, sabiendo que ése era el fin de su existencia; o, dependiendo de la especie, la madre tratará de devorar a su prole, como lo hará el escritor insatisfecho, decidido a acabar con ese montón de homúnculos deformes a los que ha dado la vida sin saber por qué, y cuya imperfección le hace sentir culpable ante sus propios ojos. Él, que quería la Rosa, tiene un geranio marchito, que sólo puede echar a las llamas.
La araña, decíamos, es un ser solitario por naturaleza. Observa el mundo desde la tela que va construyendo y reparando, sabiendo lo estrecho que es, en el fondo, el universo. Pero hay, en cambio, miles de formas que intentar o combinar para llenar esos espacios vacíos y muertos. La vida no le puede interesar, porque es fértil por sí misma. Necesita aniquilar esas existencias para seguir viviendo ella misma, absorber sus jugos vitales para seguir respirando... y respirar sólo para seguir tejiendo redes que se llenarán de cadáveres.
De nuevo lo diré: firmo al pie de las palabras de Cela. Mientras afuera se asienta la noche y yo me vuelvo una vez más a mis propias páginas llenas de seres deformes y de redes que parecen a punto de romperse, releo sus palabras y levanto la mirada hacia mis compañeras de dormitorio. Hay que seguir tejiendo.

Imágen: La madre, escultura de bronce (si no me equivoco) que se encuentra en Bilbao, España, y que cae como un dedal a estas palabras. Fotografía de Sonia Cunliffe.

jueves, 4 de febrero de 2010

Para leer a Faulkner


"Se recomienda elegir una habitación que huela a guardado y cerrar todas las puertas y ventanas. La luz debe ser suave, pero consistente y, de ser posible, de color amarillo. Si se puede, hacerse con una pipa y tabaco, pero en su defecto con un paquete de cigarrillos Camel o Marlboro basta (el cenicero, dicho sea de paso, no debe vaciarse a lo largo de todo lo que dure la lectura). Acompáñese con un vaso de escocés o bourbon en las rocas, sin agua, y vístase con algo cómodo y ligero. Sólo por precaución, tenga un frasco de pastillas y un revólver a la mano".

De más está decirlo: Faulkner es una de las experiencias más intensas que puede tener un lector, sobre todo si es del tipo al que le gustan los desafíos. ¡Y qué desafío! Creo que cualquiera que se atreva a releer El Ruido y la Furia más de una vez entenderá a lo que me refiero: cada muletazo hace más pelgroso al toro, y a estos no hay estoque que los mate. Todo lo que puede hacerse con estos libros es levantar el pecho y recibir la embestida con los ojos abiertos, o tratar de echar un capotazo al aire, en vano.
Pero, para el lector que tenga el coraje, Faulkner tiene mucho, pero mucho que ofrecer. Si lo ponemos en paralelo a Joyce (otro autor-desafío), encontraremos algunas grandes similitudes: la construcción de un macrotormento verbal, el detallismo casi morboso (y habría que quitar ese "casi"), la conspiración que convierte al tiempo y al espacio en una figura más del monstruoso ajedrez literario... pero también hay diferencias notorias, que saltan enseguida a la vista. En primer lugar, y sobre todo si pensamos en el Ulysses y en el Finnegan's Wake, el universo de Joyce es casi absolutamente verbal. Como bien lo dijo Borges, el verdadero personaje central del Ulysses no es Leopold Bloom, ni Stephen Dedalus, sino el idioma en que está escrito. De hecho, si pasamos de la forma en que está escrito el libro, su trama y sus personajes son bastante insulsos.
En Faulkner, en cambio, las cosas son muy diferentes: la cuestión de las formas y la construcción verbal no son una excusa, y sus personajes y tramas son tan vivas e intensas, tan desgarradoras, que deben ser muy pocos los escritores capaces de generar emociones tan potentes en sus lectores. En consecuencia, cada palabra es una daga que nosotros, los incautos lectores, recibimos en las manos para ir apuñalándonos. ¡Y que se digan las cosas como tienen que decirse! Cada uno de los elementos de una novela de Faulkner se articula con todo lo demás en una cadena que sólo puede llevar a la tragedia. Dicho sea de paso, el de Faulkner es un nombre que no va nada mal al lado de los de Sófocles y Shakespeare.
Al que le interese mi consejo, y tenga el valor de adentrarse en la que tal vez sea la tempestad más peligrosa de la literatura hasta nuestros días, puedo recomendarle que no deje de leer El Ruido y la Furia, Mientras Agonizo y Luz de Agosto (un paradigma de la novela perfecta, y creo yo que la mejor de Faulkner). Todavía no he tenido la suerte de leer Absalón, Absalón, pero ya llegará el momento. Las palmeras salvajes puede dejarse de lado sin peligro, porque la verdad es que no es una gran novela, aunque tiene momentos muy altos. En fin, que este tipo de detalles son algunos de los que pueden tenerse en cuenta para leer a Faulkner.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Faulkner


Para variar, llego tarde a anunciar la fiesta: ayer, viernes 25, se celebró el cumpleaños del que considero el mayor escritor norteamericano de todos los tiempos: William Faulkner. Imagino que más de uno ha encendido un cigarrillo o una pipa en su honor, acompañándose con un vaso de whiskey, mientras el sol seguía alto. Y es que hablamos de un autor cuya influencia es más una cascada que un río, y que va arrasando a sus lectores, sobre todo a los que se nutren de sus aguas para luego soñar con que escriben novelas. Faulkner es un desafío consante para los escritores que lo admiran: los recursos de su técnica son indescifrables, y sin embargo su obra es tan poderosa que es imposible no querer aproximarse a una creación similar, aunque sea imposible o vano. Un escritor, pues, que se convierte en una mina llena de peligros mortales al caer en manos de otro escritor, aunque ha tenido grandes herederos: sólo en Latinoamérica, Onetti y Sábato, sus herederos más resaltantes, bastan para hacerse una idea de todo lo que Faulkner puede lograr al entrar a jugar una parte en este juego de espejos que es la creación literaria.
Pintadas como al óleo, con un barroquismo rico y poético, las novelas de Faulkner son la puerta de ingreso a un universo descarnado y a menudo cruel, donde los personajes agonizan en una constante lucha por conquistar su felicidad y su libertad, pero siendo casi siempre aplastados al final por la tragedia que, sin saberlo, han tejido ellos mismos y sus antepasados: una voluntad desesperada y llena de empuje atraviesa todas sus páginas, para desembocar al fin en la nada, en el solipsismo y en la amargura de cargar con un destino doloroso y necesario. En gran medida, una renovación de todos los temas de la tragedia clásica, puestos al servicio de una de las literaturas más originales de las que el mundo tiene memoria. Y, definitivamente, Steinbeck tenía razón cuando dijo que Faulkner, más que la mayoría de los hombres, conocía la fuerza y la debilidad de los seres humanos; esto es, precisamente, lo que encontramos en cada uno de sus personajes.
Recuerdo, ahora, algo que Gore Vidal comentaba, ciertas palabras que Faulkner le había dicho en una ocasión: que un escritor nunca debía limitarse a sí mismo; que cada obra debía trascender las fronteras de la imaginación de su autor. Luego, en una entrevista al Paris Review, no dejó de señalar que, lo más importante, para un escritor, era el trabajo duro, así como el compromiso para con su obra: nada ni nadie debía interponerse entre un autor y su trabajo; éste tenía que ser llevado a cabo, fuesen cuales fuesen los medios y las consecuencias del mismo. Lo importante es escribir. Y eso, creo yo, es algo que todo escritor tendría que aprender de este maestro.
Tengo que reconocerlo: si no hubiese leído a Faulkner, hoy por hoy mi vida no sería la misma. Jamás olvidaré ese verano del 2006 en que yo, casi candorosamente, empecé a recorrer las primeras páginas de Luz de Agosto; luego, se han seguido muchas otras novelas y cuentos, y mi admiración no ha hecho sino crecer, al punto de convertirse en una adicción. Pasarán los años y, lo sé, volveré a esas páginas una y otra vez, siempre con creciente agradecimiento y fascinación por esa obra que, día a día, parece volver a crearse: releídas, estas novelas no se evocan, sino que vuelven a suceder. Un vaso en alto, pues, o dos... por William Faulkner.

"Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que es posible hacer. No hay que preocuparse simplemente por ser mejor que los contemporáneos o que los predecesores. Hay que tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por los demonios. Nunca sabe por qué lo eligieron a él, y suele estar demasiado ocupado como para preguntárselo."
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