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martes, 4 de septiembre de 2012

Reescribiendo el Pasado


Los hermanos Grimm deben su fama a sus extraordinarias versiones de los cuentos tradicionales que habían sobrevivido en Alemania a lo largo de muchos siglos. Pero pocos saben que esta recopilación forma parte de un proyecto mayor, cuyo objetivo era una recuperación romántica del pasado.

De un modo u otro, todos nosotros hemos formado nuestra imaginación entre los palacios y los bosques encantados de los Grimm. Aunque por aquel entonces no supiéramos el nombre de estos hermanos (que pasaron de bibliotecarios a profesores de la Universidad de Humboldt y, de ahí, el mayor de los dos, Jacob, a miembro del Parlamento de Frankfurt), sus relatos han estado siempre muy presentes en nuestra infancia, ya fuera que llegaran a nosotros por boca de nuestros padres, de los libros ilustrados o, claro está, de las magníficas películas de Walt Disney. 
Después de todo, ¿cómo hubiera sido nuestra infancia sin todos esos personajes de cuentos de hadas que, casi sin que nos diéramos cuenta de ello, iban enseñándonos a imaginar mundos diferentes al nuestro? ¿Sin Blancanieves, la Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la Bella Durmiente o la Cenicienta? Personajes todos ellos que conocemos gracias al trabajo de los hermanos Grimm, aunque no hayan sido ellos, en realidad, quienes los crearon, ya que pertenecen a una tradición mucho más vieja, y casi todas sus historias datan de la Edad Media.
El verdadero trabajo de estos hermanos fue el de recopilar todo estos cuentos tradicionales de Alemania, muchos de los cuales seguían siendo relatados en los pueblos de las provincias, para luego adaptarlos al estilo de su época. Un trabajo tremendo y, pese a todo, de gran originalidad, pero que respondía a un proyecto mucho mayor, nacido de una preocupación que, en aquel entonces, atravesaba a casi toda la intelectualidad germana.

Un pasado glorioso
El primer responsable de que los Grimm se interesaran por los cuentos tradicionales no fue otro que el poeta y pensador romántico Clemens Brentano, al que conocieron en su paso por la Universidad de Marburgo. Quizá no se dieron plena cuenta de ello en un principio, pero lo que de alguna manera hizo Brentano fue sumarlos a las filas de los que luchaban por forjar una identidad nacional alemana.
Para entender todo esto hay que tomar en cuenta un detalle, y es que en aquel entonces Alemania no era ni siquiera un país, sino más bien “un mosaico de trescientos dominios” (la expresión es del catedrático español José María Valverde) más o menos independientes pero con una vaga noción de identidad. Pero, creían algunos, eso debía cambiar: para aquel entonces, Goethe ya había auspiciado la Unificación (que no se haría realidad sino hasta 1871, gracias a la gestión de Bismarck), y Hegel, al que todos veían como el abanderado del pensamiento universal, declaraba que, con la llegada de la etapa romántica, la historia estaba llegando a su punto más alto en términos de progreso espiritual y real. Pero no bastaba con cantar las glorias del presente: hacía falta, también, un soporte cultural para la idea de la unidad alemana.
Claro que hubo muchas tentativas para hacerlo, y cada autor lo hacía a su manera. Algunos creían que había que buscar mucho más allá de las fronteras, y así tenemos a Herder proclamando a Shakespeare como el Sófocles germano, o al universalista Goethe fundiendo las raíces culturales del norte con las griegas y latinas (en la segunda parte del Fausto, por ejemplo). Pero la tendencia general fue la de volver la vista a la Edad Media, que no tardó en convertirse, en la pluma de los poetas, en una suerte de Paraíso Perdido, una Arcadia poética en la que todos los alemanes habían estado unidos bajo un mismo ideal. Presente y futuro debían fundarse sobre ese pasado compartido que recibió el nombre de “Primer Reich”, o Primer Imperio.

Labor de autores
Todo esto, claro está, dio pie a dos clases de trabajos literarios: por un lado, estaban los escritores que idealizaban esa etapa medieval, que evocaban con la nostalgia del amante que ha perdido a su musa. Es el caso de la novela Heinrich von Ofterdingen, de Novalis, que además reúne buena parte de los tópicos románticos. Aquí, la labor era fundamentalmente creativa: prácticamente se trataba de inventar el pasado, para convertirlo en un símbolo, casi una premonición, del futuro.
Pero, del otro, tenemos a los que, empujados tal vez por el desarrollo que había alcanzado la filología en manos de autores como Lachmann o Schleiermacher, se propusieron recoger, recopilar y reescribir los viejos relatos que sobrevivían desde aquellos tiempos remotos. Tal es el caso de los hermanos Grimm, a cuyo arduo trabajo debemos buena parte de los cuentos que escuchamos siendo niños. Pero no solo eso: visto en función a su época, tampoco puede sorprendernos el hecho de que, entre sus trabajos, se cuenten no solo recopilaciones de relatos y leyendas tradicionales, sino también un Diccionario etimológico y un estudio sobre la gramática del alemán. ¿Por qué iba a hacerlo? Al fin y al cabo, la lengua es inseparable de la imaginación, y es su historia la que nos hace, en buena medida, ser lo que somos. 

(Este artículo fue publicado en El Dominical, suplemento cultural del diario El Comercio, el dia 2 de setiembre del presente año.)

martes, 21 de diciembre de 2010

Thomas Mann... ¿carne de calendarios?


Alguna vez un amigo me dijo que, de los grandes nombres que la literatura alemana del último siglo nos ha legado, el que más probabilidades tiene de caer en el destierro del olvido es Thomas Mann. Juicio que, ya se maginarán, no sólo me sorprendió, sino que también me impactó muchísimo. Bien mirado el asunto, ¿hasta qué punto puede decirse que las novelas de Mann siguen generando el fervor que despertaron alguna vez, y que de hecho arrasó el panorama literario de todo el globo? Los tiempos cambian, cambian... y sin embargo yo insistiré en que, a la larga, un escritor de la magnitud de Thomas Mann no va a ser olvidado. 
Ahora bien, que a mi amigo no le faltaban motivos para decir lo que dijo. Es cierto que las novelas de Thomas Mann han envejecido, que muchos de sus pasajes, leídos hoy, huelen un poco a polvo de otros tiempos. Pero eso no es suficiente: aún una novela como Doktor Faustus, con todos sus defectos, puede sobrevivir, porque tiene encerradas algunas pasiones, y retrata con tanta genialidad el drama de la humanidad, que ciertamente no creo que llegue el día en que le falte un lector. Por no mencionar algunas de sus máximas creaciones: La muerte en Venecia (una obra maestra), Los Buddenbrook (que Faulkner tanto admiró, y que es una lectura inolvidable) y, me dicen, La montaña mágica (que aún no he podido leer, aunque espero que ese momento no esté muy lejos): libros que son, a su manera, novelas épicas en las que el único héroe (trágico, eso sí) es el ínfimo, y por eso mismo grandioso, ser humano, retratado con maestría y desconsuelo. 
Siempre me ha parecido que uno de los errores de Thomas Mann fue querer ser como Goethe, pero sin saber realmente cómo lograrlo. En su literatura trató de abarcarlo todo, como el autor de Fausto, pero en muchas ocasiones le faltó el manejo del equilibrio para que sus párrafos y diálogos no fuesen excesivos: así, a lo largo de la obra de Mann nos encontramos con reflexiones sobre estética, filosofía, historia, musicología, ética, política, economía, mística, religiones orientales, etcétera; pero todas estas cuestiones se levantan de tal forma que en algunas ocasiones se derrumban. 
Pero este problema no es nada puesto al lado del talento narrativo de los mejores momentos de Thomas Mann (que son los más), ni tampoco si tomamos en cuenta los maravillosos, fascinantes y complejos personajes que pululan a lo largo de las páginas de sus novelas: ya sea que nos enternezcan o nos horroricen, se trata de hombres y mujeres que nos convencen desde el principio de que son tanto o más reales que nosotros mismos. De hecho, una de las cosas que más me sorprendió (y me dejó admirado) de Los Buddenbrook es, precisamente, lo poco "novelesca" que es la novela: llegas a determinado pasaje, y empiezas a pensar: "Ah, ya: este personaje es así, y está en tal situación, así que lo que va a pasar ahora es tal cosa". La literatura nos ha acostumbrado a pensar así. Pero Thomas Mann nos pega un trincherazo, porque enseguida resulta que no: en esta novela, el realismo es bien tomado a pecho, porque el autor sabe que la vida no (siempre) es como en las novelas, y por ende su novela no tiene por qué ser como las novelas. Y, de hecho, y es todo lo que adelantaré de este libro formidable, este detalle es a menudo el que más alienta las frustraciones de los personajes, que se ven a sí mismos como hundidos en una tragedia que, sin embargo, no muestra el rostro. 
Siempre tendré un lugar en mis estantes y en mi memoria de lector agradecido para Thomas Mann. Digan lo que digan algunas lenguas, su obra encontrará siempre algún lector. Es un escritor magnífico, que sabe cómo sacar adelante una historia y, de paso, retratar la tragedia humana con crudo realismo y ácida precisión. Si pensamos en el panorama de la literatura alemana del siglo pasado, puede que sea verdad que no es el autor más fresco (hay que reconocer que es difícil ganarle a Herman Hesse), pero sí que puede decirse que, en cambio, es de los más Grandes.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La gloria de Fausto


La buena vieja literatura no parece cansarse de volver, una y otra vez, a la vieja historia del Fausto (que, en cierto modo, y como bien lo notó Goethe, no es una, sino muchas historias). Desde lo que las fuentes antiguas nos dicen de la existencia de un tal Simón Mago, que se autonominó mesías y fue gnóstico y viajero, pasando por personajes como Paracelso, hasta escritores tan vigentes como John Banville (que lo recrea en su novela Mefisto, un magistral experimento barroco y poético), la tentación, la duda, la sombra y el misterio se han repetido una y otra vez, y esto sin perder ni un ápice de originalidad. 
Sería muy interesante si alguien se decidiera a reunir, en un libro, las diferentes expresiones, vitales y artísticas, del tema de Fausto. Al fin y al cabo, se trata de una lista llena de nombres inabarcables que, por si fuera poco, se han decidido a tratar un tema también inabarcable: además de los mentados antes, están Marlowe y Flaubert, Klaus y Thomas Mann, Terry Gilliam, el grande entre grandes Goethe y, en cierto modo, también Byron y Nerval (que recogieron el aliento de ese tema que tan bien les iba). 
Y es que, como lo decía antes, el tema de Fausto es infinito. Y, efectivamente, cada uno de los autores que han vuelto a él lo han hecho para exprimir un jugo diferente. Por poner un par de ejemplos, tenemos a los Mann, que lo hicieron un símbolo de la historia alemana en general y de la del nazismo en particular; a Byron, que escribió su Caín bajo la influencia de Goethe y que retrató la condena humana desde sus raíces; al propio Goethe, que escribió un libro infinito en el que tal vez se encuentren todas las lecturas reunidas. El retrato final, creo yo, es siempre el de la condición humana en su sentido más crudo, real y llano. 
Y es que claro: ¿no podemos acaso reconocer nuestros propios temores, nuestra náusea, nuestro agotamiento resignado, nuestra sed de trascendencia y realización, en esas primeras palabras del doctor Fausto en la obra de Goethe? ¿Nunca hemos sentido esa sed de orden, de unidad del universo, que tan bien convierte en palabras Banville? ¿No ha habido algún momento en que el alma, si es que existe, nos parece un precio barato para pagar una ilusión? ¿Somos sordos acaso a la voz de Mefistófeles, que susurra en la sombra de nuestra soledad?
La historia de Fausto es, pues, la nuestra. Y tantas otras que, también, pueden formar parte de nuestro lento hundimiento en las arenas del tiempo. Como decía, esto lo sintió especialmente Goethe, que eligió el tema y los andares de Fausto como símbolo para reunir, en una sola obra, toda su concepción del universo a lo largo de sus días, invocando a las literaturas, los cultos y las diferentes filosofías del mundo que habían llegado a sus oídos. He escuchado a muchos decir que el Fausto de Goethe es un libro tedioso, y sin embargo yo no me cansaré de insistir en que se trata, más bien, de una de las obras más monumentales, completas, densas e infinitas de toda la historia de la literatura. 
Todavía no hemos agotado este drama. Tampoco creo que lo hagamos alguna vez (por suerte). Siempre habrá algun autor que se decida a volver a este viejo tema, a esta historia que es tan íntima para todo el mundo. Por no decir que su sombra puede reconocerce en tantas otras obras, consten o no de palabras. Y ni siquiera esto es del todo necesario: la tragedia de Fausto la seguimos representando y recreando todos nosotros, así no lo sepamos, mientras esperamos (con los ojos cerrados o abiertos) a que se cierre nuestro telón. De alguna forma, Mefistófeles le cumplió al doctor Fausto: digan lo que digan las páginas, ha alcanzado la gloria de la inmortalidad literaria, a la vez que la de seguir viviendo como un símbolo que cualquiera de nosotros puede reconocer como propio.  

miércoles, 21 de abril de 2010

I love you, Goethe


Siempre me he planteado que, algún día, no sólo me gustaría, sino que tengo que escribir un libro sobre Goethe. ¿Qué quieren que les diga? Un autor tan infinito, tan dispuesto al streap-tease hermenéutico, que puede ser analizado desde tantos ángulos (no sólo desde el enfoque literario, sino también el histórico, el filosófico, el psicológico... ¡hasta el científico, por si faltase algo!) siempre tiene un nuevo rostro que mostrarnos, algo más que se puede decir de él. Y es que si algo no puede decirse de Goethe, es que fuese un vago: en los ochenta y pico de años que vivió, no dejó de escribir, relegando todo lo demás (sus funciones administrativas en Weimar, la dirección de los grupos de teatro, los viajes, la vida social, los affairs amorosos con las jovencitas) a un lugar absolutamente secundario. Lo primero era su obra, y se convirtió en un gigante, al punto que el resto de la literatura y aún la cultura y la filosofía alemanas se han desarrollado, en gran medida, desde la parcela de tierra que cubre su sombra. Bueno, cierto que no fue sólo él quien construyó su prestigio como Escritor de la Nación. Cierto que a esto contribuyó, también, Bismarck, que erigió su silueta como la cima de la cultura alemana entre las diversas medidas que tomó para llevar a cabo la Unificación; en gran medida, además, porque Goethe mismo había sido el primero en plantear la posibilidad de tal Unificación.
Pero no hay que olvidar, también, que Goethe ya era una leyenda en vida. No sólo por la fama de su Werther, que llegó a todos los rincones de Europa, e influyó sobre personalidades tan distintas como pueden serlo Byron, Leopardi y Napoleón, sino también por sus poemas, sus obras de teatro y sus otras novelas, más su prestigio como investigador de temas científicos, históricos, artísticos y filosóficos, que tuvieron tanta influencia sobre pensadores como Schopenhauer, Hegel, los hermanos Schlegel y un largo etcétera. Hasta Novalis, que lo despreciaba, escribió su Heinrich von Ofterdingen como reacción, y bajo influencia de, el Wilhelm Meister.
Por si faltase algo, y alguno siguiese pensando que todo esto no hace de Goethe algo especialmente distinto, pueden seguirse citando sus actividades: promovió e introdujo en Alemania, al lado de su amigo J. G. Herder, las obras de Shakespeare; construyó las bases de lo que luego pasaría a llamarse el Romanticismo; fue el autor más importante (y famoso) del Sturm und Drang; escribió y publicó diarios que influirían ya no sólo sobre los románticos, sino que marcarían una nueva fase literaria conocida hoy como "clasicismo alemán"; sería evocado de nuevo por los expresionistas; y, hasta el día de hoy, su obra sigue siendo revalorada, reinterpretada e idolatrada, y miles de artistas lo han convertido en santo patrón de su propio quehacer creativo. Y que conste que no hemos dicho nada todavía sobre el Fausto, ese libro que empezó a escribir a los dieciocho y que no daría por terminado sino hasta el mismo año de su muerte, y que es una de las obras más complejas, totales y fértiles que se han escrito alguna vez.
Muchos saben que soy un profundo germanófilo. Sueño con aprender alemán (espero lograr tan difícil empresa algún día), y me paso los años volviendo, una y otra vez, a los escritores, la historia y el arte alemanes. Pocos países han conocido procesos culturales tan abrumadioramente complejos (hace unos días empecé a leer Los Budenbrook, de Thomas Mann, que refleja un poco estos procesos, y me encanta), y la figura de un hombre como Goethe... pues ni qué decir: se clava en el centro de los mismos, con toda la influencia que tuvo tras su muerte y toda la importancia, la cultura y la preocupación que tuvo en vida.
Ya pueden ver que esta nota no es más que una larga carta de amor, de mí a Goethe. Una larga serie de brindis, de paso, hasta agotar tres o cuatro botellas. Comprenderán, pues, que quiera algún día escribir más, y en otro lugar, con más dedicación, orden y escritunio, sobre él. Y, de paso, les abro la puerta a todos los que quieran unirse a este viaje. Puedo asegurarles que las sorpresas no faltarán.

En la imágen, Goethe, tal y como lo retrató (famosamente) su amigo el pintor Tischbein durante el viaje que el poeta realizó a Italia.

martes, 20 de abril de 2010

La cuestión Arguedas


La semana pasada terminé de leer una de esas novelas que, seguramente, muchos pensarían que ya tendría que haber leído hace muchísimo tiempo. Pero no, señores, hace apenas algo de cuatro días que cerré, triunfante, Los ríos profundos de José María Arguedas, un libro que hace mucho quería leer, sin terminar de animarme (siempre había algún libro en mis estantes guiñándome el ojo que me forzaba a aplazar su lectura), hasta que un curso de la universidad me lo puso en el sílabo.
A Arguedas lo conocía de antes, pero muy poco: había leído dos o tres cuentos, de los cuales uno me aburrió sincera y profundamente (Warma Kullay) y otro me pareció espectacularmente bueno (el del danzante de tijeras, cuyo título no se me viene a la memoria en este momento). Con Los ríos profundos, sin embargo, creo que al fin he llegado a su mesa y, por lo menos, le he dado la mano.
¿Hacia dónde va esta nota? Pues a tratar cierto debate. A Arguedas se lo ha acusado de ser un falso realista del indigenismo, pese a sus negativas de ser incluído en las filas de los indigenistas. Lo otro viene de un debate muy recordado, cuando un grupo de sociólogos y antropólogos lo acusó, en una mesa redonda, de que los indios que pululaban en sus novelas no eran como los indios reales: su representación de la realidad no hacía justicia a la realidad tal cual era. A Arguedas eso lo afectó tanto que, de acuerdo con la opinión de muchos, su suicidio fue en parte el resultado de esas acusaciones.
Claro que la gran pregunta es si se puede exigir a un novelista (¡a un NOVELISTA!) que sus ficciones sean representaciones "justas" de la realidad; en lo que a mí respecta, creo que semejante opinión tiene tanto sentido "como una Kawasaki en un cuadro del Greco" (como dice un verso de Sabina). Lo más a lo que puede aspirar una novela es a reflejar cierta noción de la "realidad", que es la que el autor tiene en la cabeza. Cierto que Arguedas creció entre los indios, hablando en quechua y contagiándose del ideario propio del mundo del sur de los Andes peruanos; pero Arguedas fue, también, un intelectual, un hombre que leyó con devoción a los clásicos franceses y alemanes, que estuvo en Europa y que vivió gran parte de su vida en Lima. De hecho, un nombre que no pude quitarme de la cabeza mientras leía la novela era el de Goethe: la identificación entre espíritu y naturaleza, el énfasis en lo tradicional (tan característico del primer romanticismo), el aire a Bildungsroman, el hincapié en el desarrollo "espiritual", el sentimentalismo bastante patético... en fin, que lo que logró Arguedas fue una novela muy occidental, que encontró en el romanticismo una forma de expresión que se adecuaba bastante bien al tipo de realidad que trataba de construir a través de la ficción.
Creo que es importante recordar cuestiones como ésta. A menudo se exige a los escritores que hagan lo que Stendhal y postulen su literatura como una suerte de "espejo" narrativo de la realidad, cosa que ni el propio Stendhal logró, cuando en realidad lo que hace un escritor es, de un modo u otro, presentarnos una versión de la realidad, la que ellos intuyen, conocen y adolecen, que nosotros tendremos que re-interpretar a la hora de la lectura. Y creo que ningún escritor (salvo algunos tan poco memorables como Dan Brown) pretendería decir que su obra, así esté compuesta por novelas históricas, es un reflejo fiel de la realidad como tal. ¡Si hasta el día de hoy los filósofos no han dado con la respuesta al problema de qué y cómo es la realidad realmente! De hecho, la mayor parte de filósofos del mundo ya dejaron de preocuparse por eso, para pasar a temas un poco más relevantes.
¿Mi parecer sobre la novela? Me pareció, a su manera, excelente. Claro que yo nunca escribiría algo semejante, ni seguiría su canon, pero de todos modos es un libro que recomendaría. Tiene metáforas muy interesantes, una propuesta muy original y una sensibilidad especial, diferente, a un grado que muy pocos autores peruanos han alcanzado. ¿Qué les digo? A lo mejor y caerán otros libros suyos, y pronto podré decir que he pasado de los apretones de mano a sentarme a compartir unas chelas.

domingo, 4 de octubre de 2009

Las mujeres que no sabían ser amadas


Podemos imaginar a la literatura como un enorme juego de espejos cóncavos, manchados o rotos en los que, a veces con violencia, a veces con ternura, y a veces con ambas, los autores y sus hijos (personajes, palabras, estilos) tratan de encontrarse o perderse. A esto, creo yo, se debe ese enorme abanico al que se ha denominado "escuelas" y "tendencias" literarias. También los tópicos. Mi objetivo, aquí, es comentar uno de esos tópicos a través de una breve (espero) lista de ejemplos.
De todas las historias de amor que la prosa y el verso registran, creo que ninguna resulta tan magníficamente patética como la de Dante y Beatriz: el poeta, abrasado por el más profundo y desgarrador sentimiento de amor, se siente devastado a la muerte de su joven amada; sueña, entonces, con su llamado: la voz de Beatriz llega a sus oídos a través de una figura casi paternal, Virgilio, y lo convoca a conocer y registrar cuanto sucede en los espacios subterráneos del Infierno, en la montaña del Purgatorio y en los círculos celestes del Paraíso. Pero el patetismo aguarda al final de la obra: Beatriz, una vez que han llegado a la Rosa, desaparece del lado de Dante y vuelve a ocupar su lugar en el Empíreo, mientras el poeta, que ha llegado tan lejos buscándola, se queda solo ante la Perfección en la que, él lo sabe, no tiene un lugar. La única voluntad que ha guiado a Dante hasta ese lugar, en lo más alto del Paraíso, es el amor hacia Beatriz: la mujer que, al final, no le corresponde. Y Dante debió sentir con especial dolor ese último abandono que sabía necesario para el orden providencial de su poema, pues narra el suceso con una tristeza muy aguda, pero resignada, la tristeza del que se sabe a sí mismo un hombre, alguien que nada puede hacer contra el orden divino de las cosas.
Si saltamos algunos siglos hacia delante, tenemos un caso que, siendo muy distinto, no deja de ser, pese a todo, secretamente similar: el de Werther y Lotte, los personajes de la famosa novela epistolar de Goethe. Como jóvenes que son, el uno y el otro no pueden dejar de oír a sus sentimientos contra toda orden racional: bajo sus formas, Las penas del joven Werther narra una serie de batallas íntimas: la de cada personaje contra sí mismo. Werther sabe que no debe amar a Lotte, y sin embargo no puede dejar de hacerlo; del mismo modo, Lotte sabe que está inscrita en un orden que, por ética y por razón, no debe ser roto, pero no puede dejar de ver a Werther, ni tampoco de seducirlo inconscientemente (hay un íntimo y perverso placer en Lotte ante la sumisión de Werther). Pero así como no puede detener el coqueteo, tampoco puede corresponder al hombre que la ama, traicionando su propio espíritu romántico, empujando a Werther a la muerte (que, para ser más patética, se da él mismo con las pistolas del esposo de Lotte).
Otro (obvio) ejemplo es la ridícula Madame Bovary: la mujer que no puede conciliar su espíritu romántico con el código realista en el que vive, y que se deja empujar por sus sentimientos de un amante a otro, hasta que sólo le queda matarse. Y sabiendo, sin embargo, que en el fondo no amó nunca, porque no son lo mismo pasión y amor; pero sabiéndose, en cambio, amada por su esposo, al que no soporta. Con Ana Karenina (que es un personaje mucho más atractivo que Bovary) sucede algo similar, pero Tolstoy logra narrarlo con mucha más habilidad que Flaubert: ella quiere corresponder a su esposo, devolver el orden natural a las cosas que se han torcido, abandonar su vida de adúltera... pero no puede: me refiero a ese sublime momento en que Ana Karenina espera una reacción de su esposo, el enojo, que nunca llega: no hay reconocimiento, ni por tanto expiación: nada puede corregirse; ergo, solo resta la tragedia.
Un último caso (quizá el narrativa y psicológicamente más complejo) es el de Alejandra Vidal Olmos, ese personaje perfecto de Ernesto Sábato: la percibimos oscuramente, y pese a que nos revela algo de sí misma, no hace más que inflar su propio aire de misterio. Necesita la ternura, pero es incapaz de medir las reacciones de los otros, ni la influencia que ella misma ejerce sobre aquellas. Nicolás quiere amarla, pero ella no hace más que titubear y, al final, retroceder a cada intento; todo empieza a hacerse insoportable: obsesión, pasión, culpa, soledad... y una forma de purificación, de expiación, se vuelve necesaria (y fatal): el asesinato de su padre y el posterior suicidio, prendiendo fuego al mirador.
¿Qué es lo que unifica a estas mujeres? El tópico que vuelve una y otra vez: ninguna de ellas sabe amar a los hombres. Todas son íntimamente egoístas, y una voluntad y un placer perversos las empuja hacia la dominación, el soñado placer y, pareciera que al fin pero en realidad desde el principio, a la autodestrucción. Aman como niñas, y en cierto modo lo son, pero sus juegos no encuentran cabida en el código de las relaciones reales. El resultado que siempre se repite es, sin embargo, una prolongación de su perversidad, que no se entierra con ellas: los hombres solos y heridos, no muy seguros de a quién atribuir las culpas, íntimamente desesperados.

viernes, 28 de agosto de 2009

A la sombra de Goethe


Un gigante, "menos un literato que una literatura" (dijo Borges), una máquina portentosa y monstruosa preocupada, sin embargo, fundamentalmente por el orden, la lucidez y la belleza. Con todos los requisitos y derechos, un genio: hoy, todas las ramas en las que se divide la Historia parecen deber algo a Goethe; más importante aún, todos los escritores lo hacen, así no lo sepan (tan grande es su sombra), y un incierto número de lectores sabe que sus páginas, pese a los tonos oscuros o pomposos en los que puede incurrir, son inigualables, que cada línea es única. Goethe es uno de los escritores que más peso han tenido en mi vida: una vez entrado en su universo ambiguo y, sin embargo, luminoso, nada pude ser visto con los mismos ojos, y todos los órdenes parecen trastocados. Punto y aparte.
Johann W. Goethe fue uno de los personajes más fascinantes de la historia: infatigable, entregado a una lucha constante en la que él tomaría parte en todos los campos, parece haber determinado gran parte de lo que sería, después de su muerte, Alemania, por no decir Europa. Si Hamann y Herder eran espíritus complejos y militantes, Goethe empujó el mismo carro con una sensibilidad poderisísima y una lucidez redoblada, lo que le llevaría, entre otras cosas, a anticipar, a convertirse en un precursor de muchas obras y de muchos sucesos: Kant, Darwin, Napoleón, Bismarck, la Unificación de Alemania, Schopenhauer, Hegel, Nietzsche, Víctor Hugo, Heidegger, Rudolf Steiner, Jung, Thomas Mann, Hesse... son apenas algunos de ellos.
Pero lo más importante de todo, tenemos ese montón de volúmenes que hacen su obra, de lenguaje cuidado y preciso, limado y ordenado quisquillosamente. Desde el explosivo Sturm und Drang de Las penas del joven Werther al clasicismo de sus años de madurez, pasando por sus maravillosos diarios, cartas y discursos (su Viaje a Italia es promesa de una lectura maravillosa) hasta el Fausto, su obra cumbre, donde el Romanticismo y el Clasicismo son llevados a su máxima madurez y, curiosamente, armonizados, toda la obra de Goethe parece no ser otra cosa que una escalera que no deja de ascender, y cuyo fin no podemos apreciar.
Hoy es el aniversario número doscientos sesenta del nacimiento de Goethe, más que un pilar de la cultura alemana, uno de los más importantes y sólidos de la universal. Su nombre es, hoy, casi una cifra mágica, y el solo escucharlo ya hace que uno note ese sabor peculiar que los largos años le han aliñado, con justicia. Su obra envejece y, sin embargo, no parecen sentarle nada mal las canas. Un brindis por ello, pues, y a dejar unas cuantas botellas vacías, de paso. Bien justificado está.

viernes, 31 de julio de 2009

Fausto... ¿al fin?

A muchos podría parecerles muy extraño que, hasta el día de hoy, no se haya llevado a cabo ninguna buena adaptación cinematográfica del Fausto de Goethe; hasta que uno lee la obra, claro está, y se da cuenta de lo... complicado, digamos, de semejante proyecto. De hecho, toda la tradición "faustica" parece no congeniar demasiado bien con las cámaras, y el tema ha sido muy dejado de lado (hay excepciones, claro está, como Mephisto, de Istbán Szabó, que es una joya). Pero cuando uno se para a pensar un momento y pasa revista de algunos de los experimentos cinematográficos que se han hecho o que se están haciendo ahora mismo (filmes como la irrepetible y genial The Wall, de Roger Waters, o la nueva versión de Alicia en el País de las Maravillas por Tim Burton), uno tiene que pensárselo dos veces; más aún si recordamos que el Fausto de Goethe tiene la maravillosa cualidad de ser inagotable, múltiple, infinito. Y todo esto, de hecho, bien podría estar cambiando: Philipp Hochhauser acaba de llevar a cabo la hercúlea tarea de escribir y dirigir una nueva película basada en el guión original de Goethe, titulada Faust. Les dejo el trailer debajo, para que le den un vistazo; a mí, particularmente, me ha dejado con unas ansias insufribles de ver la película, que de momento sólo está circulando en círculos muy estrechos, participando en festivales y demás; pero quién sabe: con algo de suerte, llegará a las salas de cine latinoamericanas (o a las manos de nuestros geniales "piratas" y, luego, a los estantes de Polvos Azules). Por cierto, me gustaría comentar, también, que me gusta mucho la que parece ser la representación de Mefistófeles. ¿Soy el único que siempre ha pensado que el mejor actor para ese papel hubiera sido Malcolm Mc'Dowell? Lástima que no vaya a ser él, pero de todos modos parece que lo hace muy bien.

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