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miércoles, 13 de julio de 2011

Enterrar a los vivos


Aunque a veces me cueste, y otras tantas me duela, yo siempre he apostado por la tolerancia (empujado por el pluralismo que defiendo, y envalentonado por la ironía, de la que tanto habló Richard Rorty como la "actitud filosófica fundamental"). Apuesta que, más de una vez, me ha terminado por colocar en una situación complicada, que me ha valido más de una crítica, más de un debate, y aún más de un insulto. Recuerdo que, cuando todavía era bastante chico, oí hablar de un judío que había sobrevivido a los campos de concentración nazis, y que se dedicaba a dar conferencias alrededor del mundo para hablar, precisamente, de ese momento tan doloroso de su vida y de la historia, pero con un sentido muy especial: no para despertar rencores y odios, sino para hacer un llamado a la tolerancia, a la comprensión de aquellos que no piensan como nosotros, porque, parafraseando a Nietzsche, de la intolerancia sólo podemos esperar intolerancia, y condenar a quienes condenan es ponerse encima la toga del verdugo, o en todo caso dejar el hacha al alcance de la mano.
Hace algunos meses salí a tomar unos tragos con un amigo y un par de chicas alemanas. Nos fuimos al Pisseli, un bar que queda a dos escasas cuadras de mi casa, en donde se arma todos los jueves una peña de las clásicas, donde un grupo de amigos, en torno a una mesa llena de botellas a medio vaciar, entona a ritmo de cajón y guitarra en mano las canciones clásicas del repertorio criollo peruano. Una de las alemanas, al ver con qué afán y con cuánto sentimiento entonábamos mi amigo y yo muchas de esas canciones, me hizo un comentario que nunca olvidaré: "Para mí, es muy difícil entender eso. La cultura de mi país puede gustarme mucho, pero me es del todo imposible sentir orgullo por ella".
Como todo el mundo sabe, en Alemania hay una ley que prohíbe cualquier tipo de expresión que pueda pasar por nacionalista: la llaga de los horrores cometidos durante la Segunda Gran Guerrra sigue abierta para ellos, y una bandera es, para ellos, un recordatorio de ese pasado tenebroso. Y sin embargo...
Hay una cosa que no puedo dejar de decir, y es que tal vez esa llaga ha estado abierta por demasiado tiempo. Que los horrores del nazismo fueron terribles, es una verdad del tamaño de un camello, algo que no estoy dispuesto a refutar. Pero también es cierto que, a estas alturas, ya ha pasado el tiempo, las heridas necesitan cicatrizar, y eso no va a suceder mientras la gente, por muy buenas que sean sus intenciones al aplicar determinadas leyes, siga arrancándose la costra. A la larga, tal vez y hasta esa insistencia por parchar la identidad de la gente sólo pueda resultar, en Alemania, contraproducente, dando el tiro por la culata, porque se suspenden muchas cosas en el silencio, cosas que siguen agitándose, y que al no encontrar un canal por donde fluir, terminarán por hincharse hasta reventar. Y lo que revienta, suele hacerlo con fuerza, con violencia... ¿se entiende a qué trato de llegar?
Soy un acérrimo escéptico de cualquier tipo de nacionalismo: el serio y el de escaparates. Pensar que existe algo parecido a la "esencia" de un país me parece una franca estupidez, así como enorgullecerse de cosas a las que se llama "propias", y que hunden sus raíces, siempre, en el sincretismo y la fusión. En el Perú, sin ir más lejos, existen esos dos polos patológicos del sentir nacionalista: uno, que quiere hundirse en la tradición de la "pureza del sentir nacional", representado por grupos de izquierda y derecha por igual; y otro que cree que el orgullo nacional es una pasarela en la que nuestras luminarias gastronómicas, arqueológicas y culturales tienen que exhibirse como una vedette, que yo encuentro grotesca, falsa e insufrible. A mí, ambos bandos me parecen una tremenda imbecilidad, porque confunden el orgullo con el narcisismo, la mascarada, la ideología y la estupidez.
En España, en aquellos tiempos inciertos que se llamaron la Segunda República, surgieron esos grupos (que pudieron llamarse Falange Española, JONS o lo que fuera) que reivindicaban la primacía de los caracteres tradicionales y "puros" del pueblo español: el catolicismo (de raíces judías, hebreas, griegas, romanas y demás) y los elementos de la tradición (endeudada con judíos, árabes, romanos, gitanos, moros, entre otros; si hasta parece que el primer rejoneador fue nada más ni nada menos que Julio César). Y este tipo de discursos vacíos fueron precisamente, los que desembocaron en la Guerra Civil.
De más está decir que, a mi parecer, la historia jamás llegará a ese estatismo pacífico con el que sueñan todos: la diplomacia tiene sus límites, y la gente seguirá creyendo lo que su carácter y su tradición le han dado a mamar. Hay raíces mucho más profundas que los códigos civiles y penales, y en tantos siglos creo que ya tendríamos que haber aprendido que no hay paz que no sea, a su vez, una invocación a la guerra. Pero hay paliativos, y creo que la tolerancia puede ser uno de ellos: no cortar a rajatabla el discurso del que no piensa como yo, no enterrar las banderas imaginando que con eso bastará para que la gente olvide quién es... pequeños anestésicos que, a la larga, pueden servir para mesurar, siquiera un poco, este transcurrir tan impredecible y violento que es la existencia de la especie humana.
Recuerdo una frase, que reza que "el silencio es salud", y que fue escrita y difundida por el gobierno militar argentino de los años setenta; el mismo que fue responsable de la desaparición y muerte de tantas personas, que todavía no habían dejado de temblar con el recuerdo de la Triple A de López Rega. No: el silencio no es salud... mucho más salubre me parece el reconocimiento, la aceptación, la catarsis. Por eso me gustan tanto las películas alemanas más recientes, en las que se toca de lleno, y con una lucidez nunca antes vista, las diferentes temáticas que persisten como un tumor en el inconsciente (y en la consciencia, también) de la gente. Basta con citar La caída, pero también hay otras, como El libro negro o aún La cinta blanca de Haneke.
En fin, que lo que trato de decir es que no hay que enterrar a los vivos y sentarse a esperar a que vuelvan a levantarse de la tumba atizados por la censura y la rabia. ¿Por qué mejor no sentarlos a conversar, oírlos, entenderlos, y luego tratar de entender cuánto de ellos sigue siendo un reflejo de nosotros mismos? No hay que enterrar al pasado como si estuviera muerto, porque no lo está nunca.


viernes, 7 de enero de 2011

La pelea del año: Arguedas vs. Machu Picchu


La afición está sentada al borde de sus butacas, mordiéndose la lengua y clavando las uñas sobre el cemento: aquí se ha declarado un duelo a muerte. Ah, no; perdón: olvidaba que es el público el que declaró que estos otros dos se encontraran en la arena cara a cara (y aquí termina Chicho Sánchez Ferlosio) para luchar por una causa frívola. Porque ya ha sonado mucho este asunto: la polémica que han levantado algunos, indignados de que el 2011 haya sido nombrado el "año de Machu Picchu" en lugar de dar ese espacio a José María Arguedas, quien precisamente estaba celebrando su centenario. Ha sonado mucho, decía, pero la verdad es que, para variar, hay más ruido que nueces (y las ardillas están que se joden del hambre, ¿no?), y a la gente le gusta tanto irse de trincheras que a lo mejor y hasta se olvidan de preguntarse si realmente sobran los motivos.
Porque hay que reconocerlo, y decirlo con todas sus letras: ¿a quién carajo podía sorprenderle que el gobierno de nuestro país, que empieza a adolecer de un nacionalismo patológico y ridículo, tomara semejante decisión? La verdad es que me sorprendería que alguno levantara la mano. ¿O no? Porque también hay que reconocer que hay quienes se toman este asunto muy a pecho, gente a la que de verdad le duele ver que a su país le importa más hacer de vedette en el mercado internacional que recordar uno de los nombres más importantes de su canon cultural, y que además cometen el peor de los pecados, que es el de candidez, y se imaginan de paso que por algún motivo su país no va a defraudarlos, o por lo menos no en ESO. 
Bien, bien... de acuerdo, que yo tampoco estoy muy de acuerdo con este nacionalismo de cabaret. Pero la verdad es que tampoco me llevo la mano al pecho por cosas como estas, aunque reconozca el acierto de muchas de sus quejas: el nombramiento de Machu Picchu es el triunfo de la frivolidad, del interés comercial, del chulismo nacionalista y, de paso, de PromPerú. No me cuesta nada imaginar a algún idiota (obviamente del gobierno) al que se le ocurra relacionar, de alguna forma grotesca y surreal, los orígenes de Machu Picchu con los del pisco y el ceviche. Pachacútec tomándose un mosto verde mientras se come un tiradito de lenguado y metiéndose unas líneas con Túpac Yupanqui con el Huayna Picchu de fondo: portada de calendario para vender a los extranjeros. Y bueno, hay quienes se ofenden. 
Del otro lado, tenemos al buen viejo Arguedas, el tan genial autor de monumentos literarios como Los ríos profundos y, de paso, símbolo de una lucha por rescatar el legado cultural de las lenguas quechuas y aymaras. Arguedas, el crítico que, así como escribió algo tan íntimamente duro como El zorro de arriba y el zorro de abajo, bien pudiera haber dicho, parafraseando a José Antonio Primo de Rivera (que, pese a ser falangista, tuvo sus luces y su estilo) que si amaba al Perú era precisamente porque no le gustaba. Arguedas el místico, el misterioso hombre en el que convivían dos sensibilidades muy distintas en amorosa tensión. Pero también Arguedas el que no vende, o el que no vende nada si se lo compara con Machu Picchu. 
Supongo que se hace notar que desprecio el espíritu nacionalista que empuja al gobierno a nombrar el 2011 el año de Machu Picchu como admiro a Arguedas, a su obra y a su legado. Pero, también, espero poder hacer notar otra cosa, y es que estos nombramientos no son, al final, nada más que eso: nombramientos. No cuestiono que Arguedas merece más de un reconocimiento, homenaje y monumento, pero en todo caso sé que tampoco los necesita. Su obra le basta y le sobra, y sobre todo como para no tener que preocuparse por frivolidades como esta que, por algún motivo, a tanta gente parece dolerle tanto. El calendario será muy bonito, pero el mármol es mármol, y también es hermoso.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

¿Literaturas nacionales?


Nunca me dejará de extrañar que, hasta ahora, se siga hablando de un fenómeno tan pasado de moda y (digámoslo) tan ridículo como el "espíritu nacional" de las obras de arte. Pero vamos, vamos... ¿a qué demonios me refiero? Al tipo de comentarios como: "Sí, sí... tal novela es muy buena. Lástima que la acción suceda en otro país", como si un escritor (o, peor aún, una obra) mantuviera una deuda con su país que lo obligase a escribir bajo los límites de sus fronteras; o como si escapar de estas fronteras fuese, al final, un pequeño defecto, similar a la travesura de un niño.
Hablo, pues, de un prejuicio bastante tonto y, sin embargo, muy normal que, insisto, tendría que ser extirpado de raíz. Es decir: bastantes ataduras tienen los artistas viéndoselas con sus propios recursos creativos y con su muy a menudo retorcido subconsciente para, encima, tener que andar preocupados por si sus personajes tienen el derecho o no a escapar del país en el que viven, como si les fuesen a negar una visa. De hecho, no recuerdo si fue Borges o Sábato el que decía, con respecto a este asunto (que anduvo muy en boga en Argentina por los años de la dictadura militar, como bien lo recuerda Saer en uno de sus libros) que a nadie se le ocurriría criticar a Shakespeare por situar sus obras en Dinamarca (caso de Hamlet), Escocia (caso de Macbeth) o Italia (caso de El mercader de Venecia o Romeo y Julieta). Y Shakespeare no es el único: Goethe, Schiller, Nooteboom y el mismo Borges son ejemplos de escritores que han montado sus ficciones en escenarios extranjeros, haciéndolos muy suyos y todo muy bien. También es el caso de las novelas históricas (aunque parece que a ese género se le perdona el pecadillo). O, si quieren, tenemos un ejemplo peruano: algunas de las grandes novelas de Vargas Llosa (La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo) se ambientan fuera del Perú, y eso no ha demostrado ser un defecto.

Pero el prejuicio sigue en pie, y creo que habría que llamar la atención sobre ese punto. ¿Acaso pierde calidad una novela por salirse de sus fronteras políticas? Porque entre calidad literaria (y este adjetivo puede intercambiarse por cualquier otro que haga referencia a alguna forma de arte) y política, me parece, hay una larguísima brecha que salvar. Y, si no, pensemos en el tipo de consecuencias que este tipo de fenómenos puede ocasionar: censura, desprestigio o, en casos extremos, quema de libros. Así que parémonos a pensar en el asunto por unos instantes, y preguntémonos si detalles como dónde sucede una determinada obra son dignos de crítica por sí mismos.
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