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viernes, 19 de agosto de 2011

El implacable Rod Stewart

Nunca terminaré de estar seguro de si la mala costumbre que tiene la gente de etiquetarlo todo, como si el mundo entrase en un pequeño montón de frascos, juega a favor o en contra de una personalidad como la de Rod Stewart. Hay quienes lo tachan enseguida, porque lo ven como una figura eminente del pop-rock (una combinación que no pueden dejar de considerar como una contradicción en sí misma); otros, lo tienen fichado como un cursi más del montón, uno de esos ingleses guapos que se visten de saco para cantar las baladas más tiernas y vomitivas del planeta... ¿y qué hace él? Con la mayor naturalidad del mundo, riéndose con ganas, planta los pies dando la cara a los reflectores y no duda en darles la razón a todos, de modo que los que no se sientan satisfechos queden en un shock lo bastante efectivo como para que no puedan cerrar la boca, y mucho menos seguir criticando.
Pero la verdad está muy lejos de ese montón de etiquetas, y vuela a años luz de lo que cualquiera de sus detractores pudiera tratar de decir en su contra. De pop-rock ni hablemos, porque en ese género (que tiene unas cimas extraordinarias, dicho sea de paso) él es el rey, como bien lo demuestran temas como Some guys have all the luck, Baby Jane o uno tan magistral como Young Turks; y no sólo eso, porque dejarlo en ese terreno es olvider sus canciones más rockeras, de calibre duro, pródigas en sexo y correrías nocturnas (el arsenal clásico), ¿o es que ya nadie recuerda Hot Legs, o Forever young? Y, en lo que respecta a las baladas, las que canta él se cuentan entre algunas de las más maravillosas y bellas canciones que ese género ha dado a luz alguna vez (de éstas, mi favorita personal es Handbags and gladrags, una verdadera joya).
En fin, que sobra tela que cortar en la carrera de uno de los músicos más versátiles del siglo pasado y de lo que viene siendo éste en el que vivimos, alguien que es capaz de apropiarse de las canciones de una manera tal que a menudo sus versiones originales (porque casi todas ellas son tomadas de otros) quedan olvidadas, o minimizadas frente a la voz de lija de Rod Stewart. En los últimos años, hasta se ha atrevido a entrar en aguas más difíciles, y sus American Songbooks, en los que recorre el repertorio clásico del jazz que cantaban maestros del tamaño de Sinatra y compañía, son una pieza maestra.
Pero no todo queda en la voz y la interpretación. Como Freddy Mercury, Roger Daltrey o Javier Gurruchaga (si hay que nombrar a alguno de lengua hispana tenía que ser él), Rod Stewart pertenece a la extraña y estrambótica especie de los showmans: gente para la cual las bandas de rock no son sólo una excusa para la buena música, sino también para el entretenimiento, la exhibición y la sátira. No es una labor sencilla conseguir esa empatía con públicos tan grandes, pero basta ver uno solo de sus conciertos para notar enseguida que Rod Stewart pertenece a los primeros puestos de la lista de los showmans más talentosos. 
Mezcla de payaso, estrella de rock y galán de cine clásico, hombre y caricatura a la vez, plural y hasta infinito: así es Rod Stewart, un cantante cuya carrera musical no parece tener notas menores, sino acordes que, aún en sus momentos más disonantes, consiguen la anhelada armonía, la gloria que sólo tiene una patria en la buena música. Recién me entero de que pronto llegará a hacer de las suyas en Lima, en un concierto que promete ser extraordinario (como todos los suyos). Yo ya me lo perdí una vez en Buenos Aires, y ahora hago cálculos frenéticos para ver si esta vez la historia no se repite; pero, para todos los que lo tengan a mano, se los aseguro: es una oportunidad que no hay que dejar pasar. Un concierto de Rod Stewart tiene la efectividad de un disparo en el bulbo raquídeo. Lo dicho: implacable.



lunes, 30 de agosto de 2010

Nadie en casa... todavía


Y hay que decirlo así, porque los temas de The Wall, la ópera magna de un Pink Floyd que olía más a Roger Waters que a ninguna otra cosa, siguen tanen pie de guerra como hace cuarenta (¡CUARENTA!) años, desde que el disco apareció por primera vez en 1979, seguido muy de cerca por la película que dirigió Alan Parker y supervisó el propio Waters (demiurgo de esta obra maestra).

Agárreselos (al disco, a cada una de sus canciones o a la espectacular película) desde el ángulo que sea, y siempre habrá una buena cosecha. Es decir, que tanto la música como la literatura (por las buenas letras), la psicología como la filosofía, el análisis sociológico como el de miradas políticas tienen, todas y cada una de ellas, material de sobra que explotar. Diciéndolo en claro: que The Wall es, probablemente, el proyecto más ambicioso, penetrante, duro y rico de cuantos se han emprendido en materia musical, y hasta digamos que en muchas materias más. Claro, esto lo firmo yo, y de gustos y sabores... pues ya se sabe.

Decir todo esto en la espectativa, cada vez más llena de temblores de ansiedad, que genera la próxima gira de Waters, que según él será su despedida de los escenarios, y que volverá a poner en escena los viejos conciertos de Tha Wall (no dejen de ver el que hizo en Berlín un año después de caído el muro), es casi un suspiro de desgarramiento existencial para mí, he de reconocerlo. ¿Por qué no se anima a traer el show a tierras peruanas? Me pegaría un tiro en la rodilla porque lo hiciera. Y, en todo caso, dejo una canción del concierto de Berlín, Nobody home, para ir calentando los ánimos. No dejen de presar atención al solo de Snowy White, que es de los que se sienten desde el fondo.


martes, 22 de diciembre de 2009

Dream Theater... ¿en Lima?


Esperen un momento... ¿puede ser cierto? ¿No son todos los rumores una invención? Pues no, no lo son: la magistral banda de metal progresivo, Dream Theater, ya confirmó su presencia en nuestra ciudad para presentarse en vivo el 22 de marzo en el Jockey Club. ¡Como para no perdérselo, aunque haya que vender un riñón para poder comprar las estradas! (La gran problemática: si llega a ser cierto que Joaquín Sabina también se presenta por esas fechas, me las voy a ver verdes para poder ir a ambos conciertos, pero ya enfrentaré el problema en su momento).
No creo que quede algo que decir de Dream Theater, porque la banda se presenta por sí misma. Pero a mí siempre me fascinaron por su forma de concebir la música, muy al estilo Roger Waters, como un proyecto de envergadura, que convierte cada disco en una suerte de reflexión o de ensayo que, más allá de las palabras, encuentra su lenguaje en las notas y los pentagramas, sumando un nuevo elemento al juego de la interpretación. ¡Y de qué manera! Porque si algo hay que señalar de John Petrucci, Jordan Rudess, Mike Portnoy y John Myung (guitarra, teclados, batería y bajo, respectivamente) es que cada uno de ellos es un virtuoso de su instrumento, una selección de verdaderos prodigios musicales. Tengo que reconocer que siempre he sido un poco más crítico con James LaBrie, el vocalista de la banda, pero no puedo dejar de reconocer su talento.
De modo que ahora se trata de esperar a que llegue el mes de marzo, y rezar a San Baquito y al buen don Sata porque todo salga bien y el concierto se lleve a cabo sin mayores problemas. Yo ya me estoy comiendo las uñas por la ansiedad de la espera. Porque hay que decirlo: estamos hablando de grandes entre los grandes, de una banda en cuyo repertorio la distorsión y la tecnología se dan la mano con la música clásica y lo más rico de lo que nos ha legado la experiencia del progresivo. Y, para los que no entiendan de qué demonios estoy hablando, les dejo aquí un temita, con el que espero abran el concierto: Oberture 1982. Que lo disfruten.


domingo, 11 de octubre de 2009

Rubén Blades en Lima: algo más que un concierto


Si: definitivamente fue algo más que un concierto... Desde el momento en que empezó a sonar el sintetizador y las notas del vibráfono dibujaron la introducción de El padre Antonio y el Monaguillo Andrés, una sensación cálida llenó nuestros pechos mientras una emoción imparable se apoderaba de todos los cuerpos. Y las voces, al unísono, recibieron entre gritos de júbilo y cantos a Rubén Blades, ese panameño que, de alguna forma, se ha convertido, para muchos, en el equivalente de la Conciencia de Latinoamérica. Y digo esto más allá de la política (que, nadie lo duda, a Blades le interesa muchísimo), sino anclándome en lo directamente vivencial, en esa capacidad para captar los escenarios y las emociones de los personajes de esta américa latina en la que vivimos con tal precisión, no pocas veces sordidez y, siempre, ternura.
Por motivos que, creo, nadie conoce, pero que todos agradecemos, las canciones de Blades se han convertido en himnos que, todo a lo largo de América Latina (y aún en muchos casos del otro lado del Atlántico), se han convertido en verdaderos himnos. No muchos artistas pueden jactarse de ese logro (Charly García, Serrat, Chabuca Granda, Violeta Parra y Gardel también forman parte de esta lista), y, ciertamente, el título que se ha ganado como el "Poeta de la Salsa" le va muy bien, excepto porque Blades es algo más que un salsero, y no teme a la fusión ni a los ritmos lentos y hasta acústicos.
¿Y el concierto? Ya lo dije: muy, muy emotivo. La presencia de Seis del Solar, la banda con la que tocó Blades durante muchísimos años y con la que grabó algunos de sus mejores temas, tuvo algo que ver en ello; luego, estuvo la genial actuación de solista y músicos sobre el escenario (porque Blades no se dejó en casa las maracas); y, finalmente, el repertorio, que además de temas icónicos como Pedro Navaja, Muévete, Plástico o Todos Vuelven (que nosotros los peruanos sentimos muy especialmente, por ser tan nuestra), no faltaron algunas sorpresas inesperadas: Las cuentas del alma (que es de sus mejores), Patria y la que, por la ocasión, era obligatoria (y que acaso sea la mejor de su repertorio), Buscando América.
En fin, casi tres horas y media en las que la música no se detuvo si no era para que Blades pudiera decir unas palabras (no faltaron algunas, dicho sea de paso, para el Zambo Cavero, al que dedicó el concierto). Creo que sólo resta decir, para terminar, una cosa: muchas gracias, Rubén, y vuelve pronto.

Adjunto un videíllo, una presentación en vivo de Rubén Blades de hace varios años, en Nueva York, interpretando Las cuentas del alma (formidable solo de piano).


jueves, 24 de septiembre de 2009

Y volvió el más grande: Charly García en Lima, un comentario


Sencillamente, sin palabras: y creo que todos los que asistimos ayer al concierto de Charly García en la explanada del estadio Monumental compartimos ese silencio lleno de admiración. Ante nuestras pálidas miradas, un Charly García de casi sesenta años, cachetón y lleno de espíritu se pasó la noche entre el piano y el micrófono, tocando y cantando, y hasta ensayando pequeños movimientos que casi querían ser un baile emocionado. Y, si faltaron canciones como Peluca telefónica, Yo no quiero volverme tan loco o Los Dinosaurios, el Maestro tuvo en cambio la delicadeza de sorprendernos con Rezo por vos, Tu vicio y Chipi chipi, temas que yo, al menos, no me esperba, sumadas a un repertorio de sus clásicos más clásicos. Y, más allá de todo eso, estuvo la certidumbre, tan poderosa que casi se la podía masticar, de estar viendo a una Leyenda, a un hombre que, sin lugar a dudas, no es como todos los hombres.
¿Cuántos seríamos? No tengo ni la menor idea. Todo lo que se es que la explanada del estadio resonaba con los gritos emocionados de todos los fans que asistimos a un concierto que, quien lo duda, no será olvidado con mucha facilidad (yo no podré olvidarlo jamás). En cuanto a Charly, solo podemos esperar que siga adelante con su gira y que, con algo de suerte, nos de la sorpresa de reaparecer más temprano que tarde para volver a llevarnos al borde de la muerte por sobredosis emocional con uno de sus conciertos. ¡Aguante Charly!

domingo, 20 de septiembre de 2009

Y se nos viene Charly


Creo que todos los que hemos comprado la entrada compartimos la misma pregunta: ¿qué nos espera este miércoles 23 en el estadio Monumental? Porque claro: han pasado los años, han pasado las drogas, ha pasado un nuevo disco (que yo no he oído todavía, aunque las críticas que he escuchado no han sido muy buenas), y sin embargo el Dios parece seguir siendo el Dios. Pero no en vano el sembrar la duda ha sido siempre una de las especialidades de Charly García, y asistir a un concierto suyo siempre ha guardado algún riesgo. Sin embargo, creo que es imposible matar la ilusión, y nadie que se considere un fan de Charly podrá quejarse, aún si el susodicho no apareciese a la hora de la hora: uno tiene que estar listo para ese tipo de contrariedades de último minuto.
No son pocos los que opinan que el mito es más exageración que verdades: que Charly García no es más que un drogadicto loco que no necesita más que decir dos idioteces para arrastrar a las masas; pues bien: a quien piense así, yo le reto a que escuche atentamente sus comentarios y sus canciones, que descifre la magia de la composición (a menudo muy compleja) y se entregue a la poesía de las palabras que va rimando... y luego me dirá si es gratuito o no el título de genio que ostenta Charly García, autor (recordémoslo) de algunas de las mejores letras y canciones del rock en español de todos los tiempos (por no decir que el verdadero fundador de ese género), por no mencionar su máxima obra, que es su propia imágen de músico/poeta/loco (como Rubén Darío fue la mejor obra de Rubén Darío).
En cuanto al concierto, solo me queda esperarlo con emoción. Con algo de suerte, Superhéroes, Peluca telefónica o No bombardeen Buenos Aires formarán parte del repertorio. Si no, de todos modos puedo confiar en que no falte la buena música. Y, por lo demás, que sea hasta el miércoles, pues.
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