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sábado, 2 de octubre de 2010

La nada en el horizonte II


"O en las páginas", si quieren un subtítulo. Porque ya lo he afirmado alguna vez: que creo que hay muchos caminos para llegar a Roma (o a cualquier otra parte), y no creo que sea injusto leer en cada expresión humana un fragmento de esta historia de la que veníamos hablando al cierre del mes pasado. La nada, dijimos, llegó a puerto y se coló en el pensamiento para romperlo todo y abrir un nuevo marco de reflexión y análisis; pero eso no fue todo. La nada ha vivido en las expresiones arísticas desde hace mucho; y, con la llegada del siglo XX, esto se hizo especialmente notorio, manifestándose de muchas formas que, a las finales, dejaban un sinsabor que de alguna extraña manera era maravilloso. 
En ese sentido, la obra de muchos autores se convirtió en la reflexión del hombre, no frente, sino metido hasta la nuca en esta nueva consciencia de lo que era para él la realidad. Que había cambiado del todo, claro. La "enfermedad del hombre contemporáneo" ya había incubado lo suficiente como para empezar a manifestarse con toda su crudeza. 
En ese sentido es que muchos han leído, por ejemplo, la obra de Henry Miller. Porque claro: los malabares y los pedos, el sexo, las borracheras, el tanto andar de un lado al otro sin un puerto fijo (aunque con la profunda inquietud, el secreto deseo de llegar a él) son una buena forma de entender novelas como Trópico de Cáncer. O, si prefieren verlo con un ejemplo más claro, tenemos a Lawrence Durrell: un autor en cuyas novelas los personajes andan siempre a la caza de un lenguaje que permita la verdadera comunión (es decir, algo que esté más allá de la mera comunicación). La creación, el viaje, sobre todo el sexo, se convierten en formas de tratar de acercarse cada cual a sí mismo y a los otros que, sin embargo, termina en un choque contra la pared: nadie puede conocerse, y en el fondo existe solamente una nada profunda en el pecho a la que abrazarse con melancolía. (Todos esos desencuentros en El cuarteto de Alejandría, por ejemplo).
Otro buen ejemplo de lo que digo es Jorge Eduardo Eielson, con cuyos versos hemos abierto este mes. En él, hay un constante deseo, una voluntad, que busca la unión, el diálogo, la comunidad... y que sin embargo de rompe con un chasquido silencioso y devastador. Pienso en esos versos que hablan del muchacho que se desnuda, la muchacha que se desnuda y que, al final, terminan en un "el muchacho y la muchacha estornudan". Pienso, también, en todos esos poemas que proyectan un recorrido por las calles devastadas, vacías, de una Roma que, estando viva, sólo es habitada por silencios. 
Claro que hubo muchos otros para los que la nada significó un motivo para llamar a una nueva forma de comunidad. En el Perú tenemos a un poeta como Juan Gonzalo Rose, que, sin abandonar una lucidez autocrítica impresionante ni un buen sentido estético, soñó con una comunidad de hombres que pudiesen reconocer en el silencio un lenguaje común, sobre el cual fundarían las palabras, las campanadas y las canciones. En otras palabras, que hay más de una forma de reaccionar ante la llegada de la nada: todo es cuestión de carácter, supongo. En todo caso, creo que podemos agradecerle el mar de obras de arte (no sólo literarias) que los hombres (esos humanos demasiado humanos) han cosechado sobre su parcela del abandono, antes de pasarse al bar más cercano a compartir el desencuentro y un par de jarras de cerveza.

Fuente de la imagen: laplumavaliente.blogspot.com

lunes, 2 de agosto de 2010

Calles, sangre y belleza


¿Cómo hacer hacer notar al mundo entero la belleza que pueden guardar un callejón sucio y lleno de ratas, un mercado lleno de gente, los pasillos de una prisión en la que agoniza un hombre? Sacar a relucir las heridas para hacer de lo sórdido algo bello no parece una tarea demasiado sencilla. Y, si pensamos cuánto de sórdido guarda lo cotidiano, las cosas parecen pasar a hundirse en un tornado de dudas.
Pero ya se sabe: hay escritores y artistas a los que les gusta cazar en territorios difíciles, y la lista de los que han acarreado con esta labor es muy larga. ¿La exigencia del caso? Buena vista, un tipo muy especial de sensibilidad, estómago y páncreas de acero, consciencia crítica (y autocrítica) y buena letra. Y si, como decíamos, la lista es bastante larga, quiero llamar la atención sobre unos pocos nombres, con semejanzas y diferencias entre sí, sobre los que he estado pensando mucho estas últimas horas, sin ningún motivo en especial.
¿Dónde empieza la historia de esta forma de mirar? Quizá esta pregunta sea la mejor forma de hablar del primero de estos autores, porque puede que se trate del primero de la lista: Petronio. Es verdad que, antes de su llegada, ya había otros que asfaltaron el camino (Catulo, Propercio, Ovidio...), pero la sensibilidad de Petronio fue, definitivamente, una novedad literaria. Y su texto, leído en nuestros días tan lejanos a la Roma de Nerón, sigue siendo novedoso, una torre perdida entre la bruma de los siglos de cuyos fragmentos tenemos demasiado que aprender. El Satiricón que nos ha legado es, más allá de sus apariencias, una obra complejísima, capaz de lecturas infinitas (una de las mejores es, sin duda, la de Fellini, que se tradujo en su espectacular adaptación cinematográfica de la novela). Más allá de los caracteres técnicos que suda el libro, me interesa hacer notar la forma en que Petronio deforma la realidad con su mirada, atinada para lo grotesco, pero fiel a la estética. Deformar la realidad para hacer un retrato fiel de la misma es tarea que pocos pueden hacer con tanta precisión, talento y equilibrio como la que demuestra el Satiricón. En este sentido, creo que es justo afirmar (como lo he hecho antes) que Henry Miller es el escritor del siglo XX que más cerca está de Petronio.
Pienso, también, en un escritor muy distinto, y que sin embargo supo hacer las cosas muy bien: Camilo José Cela. Con el paso de los años, parece tener cada vez menos lectores, y sin embargo sus páginas siguen tan vivas como lo estuvieron siempre. Los retratos que el autor ha pintado con tanta destreza verbal en La colmena son, definitivamente, de las mejores formas de captar la magia urbana, de los hombres que vagan desgarrados por la tragedia silenciosa de la existencia. La guerra civil que se esconde detrás de sus páginas sucedió hace ya muchos años, y sin embargo La colmena sigue siendo una novela en la que todos nosotros podemos reconocer nuestro rostro. Y esto sin mencionar otras obras de Cela, como su célebre Pascual Duarte, donde la condición humana es retratada con un acierto que nos hace temblar en lo más profundo.
Un nombre que no puede quedar fuera de este breve memorandum es el de Pier Paolo Pasolini. Pensar en él es pensar en magia y torturas al mismo tiempo, en un desfile de contradicciones que cobran sentido enseguida, precisamente por el hecho de ser contradicciones. Es decir, ¿cómo concebir que el hombre que hizo películas como Mamma Roma, Teorema o, peor aún, Saló o le centovente giornate di Sodoma fuese, también, autor de la Trilogía de la vida? Las escenas más desgarradoras de su repertorio, sin embargo, han sido tan cuidadas y tan bien preparadas que el efecto es devastador. Cada una de sus tomas, cada una de sus palabras, es una reflexión sobre la condición humana, que en él adquirían una intensidad sin límites. Amó las calles y cada uno de los rostros que la poblaban, aunque las percibía como una pesadilla, y supo traducirlas en verdadero arte, con o sin miradas que la distorsionasen.
Dejo aquí el repaso. Que no se me tome a mal: ya les digo que hay una infinidad de nombres que han quedado sin mención, pero hay que dar con un punto final tarde o temprano. Sea como fuere, creo que nunca está de más que las buenas obras de arte nos den algo. No una enseñanza, ni algo que debamos asumir como una verdad, sino más bien una pregunta, una duda, algo que nos incomode y nos fuerce a cuestionarnos. Hay miles de caminos para llegar a esta Roma, y la literatura de la que hablo en esta nota es uno muy digno. Al fin y al cabo, nos guste o no, estamos vivos, y algo hay que hacer con esa maravillosa y terrible realidad.

Fuente de la imágen: Revista Axolotl (revistaaxolotl.com.ar). El nombre de su autor es Emanuel Gómez.

domingo, 15 de noviembre de 2009

El Trópico Miller


Mario Vargas Llosa (cuyas dotas de novelista no le regalan al paso el brillo para la ensayística) ha escrito uno de los ensayos más injustos sobre Henry Miller de cuantos haya leído alguna vez. Habla, en La verdad de las mentiras, de Trópico de Cáncer, y dice que es "casi una obra maestra", con ese tétrico "casi" sembrando la duda en torno a una novela que, en su momento, rompió con todo, y creó una nueva forma de ver y hacer literatura. De hecho, hace no mucho conversaba con Fernando Ampuero sobre Miller, y recordó que el norteamericano, en su momento, fue algo más que un gran escritor: una suerte de religión. Religión que, recordémoslo, se debatió como sus propios personajes, entre los aires de la ciudad y las pesadillas, en el caos, entre borracheras y resacas, y sin atarse a líneas narrativas claras (al punto que, cuando terminamos de leer sus obras, no podemos dejar de preguntarnos, como con el Jacques de Diderot, si lo que hemos leído es realmente una novela).
Recuerdo, también, a otro crítico de Miller: nada más ni nada menos que un verdadero genio de la pluma ensayística, Gore Vidal. Entre las cosas que dijo sobre él, sin embargo, recuerdo sobre todo una: que a la sombra de Miller había crecido un montón de escritores que, al final, le eran superiores. Esto, quizá, no sea del todo falso: Durrell, en todo caso, es superior a su maestro, pero quizá no sea tan justo decir lo mismo de Anais Nin... no lo sé.
Pero una cosa creo que debe quedar clara: Henry Miller fue un genio. Como el mismo Vargas Llosa señala, sus escenarios sórdidos y su estilo blasfematorio ya no resultan tan sorprendentes como cuando Trópico de Cáncer recién apareció publicada... en ese sentido, el de la novedad, la obra de Miller se ha gastado. Pero se lo sigue leyendo, y hasta con ese fervor casi religioso que en otros tiempos fue el general: es decir, que sus personajes confundidos y deprimidos, ahogados entre el debate existencial, el hambre y la resaca, siguen viviendo, encontrando reflejos en cada uno de sus lectores agradecidos. Henry Miller trajo a la literatura de nuestros tiempos todos esos tópicos que Apuleyo, Ovidio y Petronio manejaron en la antigüedad: de su pluma nació un río que, en nuestros días, se ha traducido en toda una forma de ver el arte y la realidad. Ese universo, al que podríamos llamar "Trópico Miller", se ha convertido en nuestra casa, ese "cáncer que se devora a sí mismo", ¿no es así, Henry?

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