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martes, 30 de agosto de 2011

30 de Agosto...

Esta mala tierra de nadie a la que llamamos Perú tiene una mala costumbre que yo agradezco infinitamente: celebrar santos. Cosa que me gusta mucho, porque nos cae de cuando en cuando un día feriado, y me puedo dar el lujo de olvidarme de los horarios y de las clases, para destinar una noche más a la gloria y otro día a la inmisericorde resaca. Hoy, 30 de agosto, es el día de Santa Rosa de Lima, una mujer que vivió allá por entre los siglos XVI y XVII, que estaba más loca que una cabra. Se la conoce, sobre todo, por la fe con la que se flagelaba (recurriendo, segun dicen, a cinturones con púas y todo ese tipo de artefactos que solemos encontrar en las obras del Marqués de Sade) y por haber hecho un pacto con los zancudos, con los que acordó (nadie sabe muy bien en qué idioma) que ella no los aplastaría si ellos no le picaban. Además, escribía poemas, algunos de los cuales están bastante bien.
Dada la fecha, queremos recordar a la santa loca, a santa Rosita, trayendo a brillar por estos lares una entrevista que apareció en el Oso Mugroso, hace ya un buen tiempo, y de la cual soy 50% responsable. Eso sí, com muuucho respeto (y sacando la lengua). Con ustedes, la más moderna de las monjitas, o casi tanto como Woopy. 



¿Cómo se siente estar muerta, doña Rosa?

Por favor, me haces sentir vieja... llámame Rosita.


Bueno, Rosita. ¿Cómo se siente?
Bueno, la verdad, es complicado. Pero después de tantos flagelamientos, yo me la buscaba.


Bueno, cuéntanos, Rosa. ¿Es verdad que consumes drogas?
No, en realidad no lo hago. En mi juventud me metí un poco de ácidos con toda la gente de la parroquia, que eran medio hippies. También experimenté con los cantos gregorianos, pero eran muy fuertes. ¿Todavía los usan como alucinógeno?


Eh… no. Me parece que no.
Qué pena. No sé cómo será la juventud actual, pero ayudaba a los muchachos de mi época. Todos veían a Dios, y levitaban y cosas así. Ahora creo que ya nadie levita… eso es muy triste.

¿Y cómo le fue en su viaje al futuro?
Muy bien. Me llevó un demonio. Él fue el que me hizo tomar la decisión de querer ser una santa. Me amenazó con que si no me flagelaba el futuro iba a ser como él me lo mostró. Así que puedo considerarme uno de los pilares de lo bien que está el mundo ahora.

¿Cómo era ese mundo que le enseñaron?
Aburridísimo… Todos iban a la iglesia, y nadie hacía daño a nadie. Los curas se morían de hambre, ya te imaginarás. ¿Quién necesita un cura si no hay guerras, hambre, desgracia o sufrimiento?


Cierto, madresita. Tiene toda la razón.
¿Qué esperabas? El título de santa no lo regalan.


Sobre los mosquitos…
Mis mejores amigos. Ellos me ayudaron a darme cuenta de que debía dejar los ácidos. Y no es que haya alucinado que me hablaban, pero uno de ellos me dijo “oye, Rosa, vamos a tomar un café”, y ahí hablamos sobre todas estas cosas… el camino por el que iba. Y cambié. Ahora, sé que Dios me lo envió.


¿Y qué tal te llevas con Dios, ahora que andas en el cielo?
Muy bien, si es divino… Claro que a veces es un poco confuso, porque como viene en combo y es tres en uno, no sabes muy bien con quién estás hablando realmente. Pero es buenísimo, y prepara unos cabellos de ángel maravillosos. Ya vas a ver cuando te mueras, si es que subes, claro está. ¿Tú te portas bien?


¿Yo? ¡Claro!
¿Y te flagelas?


De cuando en cuando.
Hazlo más seguido, y con fervor. Sino no sirve.


¿Dónde queda el cielo, Rosita?
Mira, se supone que es un secreto, pero a ti te lo voy a decir. Queda en otra galaxia, bastante lejitos. A mí me recogieron en nave espacial para llevarme. San Martín de Porres me contó, cuando nos encontramos por allá, que uno de los extraterrestres le metió la mano. Muy, muy mal. Todo porque era negro.


Una última pregunta, Santa Rosa. ¿Es usted vírgen?
Ah, bueno (risas). Una dama jamás contestaría esa pregunta.  

martes, 23 de agosto de 2011

La España soñada... de Ratzinger


Siempre he pensado que la mejor decisión que podrían tomar los italianos es la de levantar una barricada enorme alrededor del Estado Vaticano para impedir que algunos de los que lo habitan puedan salir a hacer de las suyas en fiestas a las que nadie los ha invitado. Porque bueno, una cosa es filtrarse en el cumpleaños de un desconocido, tomar unas copas y coquetear con las amigas de su novia, y otra muy distinta llegar y empezar a decirle al dueño del santo que la decoración es una mierda, tocándole el culo a la novia y, en general, metiendo las narices en asuntos en los que él no pinta nada. Que es, precisamente, lo que suele pasar cuando el viejo Ratzinger, que algunos insisten en llamar Benedicto XVI (el papa, para los amigos) decide salir a dar un paseo por los barrios de sus vecinos. Recuerdo que, en su última visita a Londres, cobraban la entrada para la misa (como si los del coro cobraran el salario de los Rolling Stones) con la excusa de que los gastos del viaje les salían carísimos a los del Vaticano (como si hubieran pasado hambre alguna vez, ¿no?). Pero de este asunto ya he hablado alguna vez, así que mejor pasemos a la sección de actualidades.
Hace no mucho, al papa le entraron ganas de salir a tomar un poco de aire, y se dijo que bueno, que en España hacía un verano maravilloso, y que no estaría nada mal darse un paseo por la Península Ibérica. Y no fue a los toros, ni a ver el flamenco, ni a comer tapas y paella mientras sorbía tintos de verano, no: fue a seguir promoviendo su campaña, una de las menos cristianas de la histroria del cristianismo.
Siempre insisto en este punto, pero es que pareciera que hay que estarlo recordando siempre: hasta los ateos más declarados y tercos sabemos que a Jesús no le gustaba la intolerancia entre los hombres, sino más bien el Amor Caritativo ("Caritas", en latín) que recuerda, ante todo, que los hombres son hombres y que hay que amarlos por eso, por muy graves que sean sus pecados (para los que crean que existen los pecados, se entiende, porque su definición no pertenece al ámbito social ni penal sino al religioso y, sobre todo, teológico). Y, siguiendo estos puntos, salta a la vista que Ratzinger y Cristo sólo tienen en común el gusto por la demagogia, mientras en todo lo demás no hay más que abismos. 
Después de muchas semanas de voluntaria desinformación, al fin me he puesto a leer las noticias respecto a la visita de Ratzinger (B16, que le llaman), y ante todo creo que habría que decir que, a todas las críticas usuales que se hacen de este sujeto, podríamos agregar la de ser tan predecible, porque no hace más que repetirse, llenándonos de palabras que hacen pensar que, para él, no hay nada como la Edad Media. Qué tiempos aquellos, cuando a los herejes podías echarlos a una hoguera, ¿no? Pero bueno, tampoco sé qué otro tipo de discurso podríamos esperar del hombre que, en pleno siglo XXI, y contradiciendo lo dicho por Juan Pablo II, anunció que el Infierno existe, y que es un lugar físico y eterno en el que serán condenados por la eternidad las almas de los pecadores. "¡Azotaos, débiles de corazón!", le falta agregar antes de las pausas. 
En fin, ya está bien el retrato; ahora pasemos a los hechos. De las noticias que leo, me llaman particularmente la atención algunas de las críticas que Ratzinger ha hecho a un par de puntos de la constitución española; en particular, a los que dan legalidad al matrimonio homosexual y al aborto (éste sólo bajo ciertas condiciones). Son dos puntos muy interesantes que pueden levantar grandes disputas, es verdad, pero que yo encuentro admirables, como una vuelta de página para entrar de lleno a los tiempos que corren, echando a un lado prejuicios que llevaban demasiado tiempo bailando sobre las mesas de nuestros hogares. Claro que, sobre estos puntos (y, seguramente, sobre todo respecto del segundo) cada cual puede pensar lo que quiera, y yo no opino en nombre de nadie.
Hace no mucho, comentaba a Eduardo (el del Café del Artista, claro) que siempre me habían chocado mucho las opiniones de Ratzinger, sobre todo porque, pese a todo, el tipo es un intelectual, perfectamente capaz de seguir una línea argumentativa a lo largo de un debate, como me dicen -porque yo no he leído ese texto todavía- que lo hizo alguna vez con Jürgen Habermas, el filósofo alemán. Opiniones que, como creo que ya ha quedado claro, me parecen una aberración retrógrada. Y ojalá fuera sólo eso: siempre he pensado, también, que las ideas de Ratzinger podrían llegar a ser hasta peligrosas, tomando en cuenta la influencia que tiene entre muchos. Sobre todo, en un momento en el que el diálogo se hace más necesario que nunca en todos lados, ya no sólo del mundo, sino aún dentro de las muchas culturas y formas de pensamiento que conviven en una sola ciudad.
¿Quieren ejemplos? Pues vayamos a ello, para que no se me acuse después de demagogia a mí también. ¿Qué sentido tiene, en el fondo, criticar a quienes “desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto, quién es digno de vivir o no”? Porque tales fueron las palabras de Herr Papa en su visita a España. Y si no es la gente (que la sociedad también es gente, vamos), ¿quién va a ser? ¿El papa? ¿O dios, que habla a través del papa? 
Es el tipo de cuestiones que a mí me molestan de Ratzinger, esa mentalidad tajante y cerrada que convertiría en sus enemigos a todos los que se aparten de lo que él considera ético si no fuera porque los menosprecia demasiado como para que lleguen a tanto. A mí tampoco me gustan las ideologías, pero decir que ellas conducen "a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios”, hay un salto muy largo... 
En fin, que yo no soy partidario de las religiones, pero tampoco las desprecio. Siempre he pensado que cada cual tiene derecho a elegir qué cruz va a cargar a lo largo de la vida, y no soy quién para cuestionar las decisiones ajenas. Pero el que una persona con la autoridad y el poder de Benedicto XVI sostenga ideas tan íntima pero notoriamente violentas y discriminatorias, cuando representa a una institución cuya fe se basa en el amor, la tolerancia y el perdón, no me cala para nada. Tampoco el que vaya paseando su folletín inquisitorio al extanjero, a países sobre suya constitución y forma de vida él no tiene por qué decir nada en nombre de nadie. En otra de sus declaraciones, B16 sentenció que la juventud está sometida "a nuevas formas de esclavitud"; pues bien, ya que hay que cargar con cadenas, al menos que sean nuevas, y no las viejas y oxidadas que nos ofrece el viejo, el viejísimo dogma del que este sujeto (que lo es) no es más que un representante. 

lunes, 27 de diciembre de 2010

Medio "Mea culpa" de Ratzinger


Supongo que lo que corresponde, para empezar esta nota, es echarle una flor (no más) a Ratzinger, un sujeto del que todos hemos oído hablar, y con quien tengan por seguro que no me tomo ni una cerveza. Pero hay que reconocerlo: yo estoy de acuerdo en algo, y es que estuvo muy bien que llamara la atención, en su discurso de fin de año, sobre uno de los mayores problemas que parece remover las venas de la Iglesia, y que los periodistas de todo el mundo ya han explotado hasta hartarse. Hablo, por supuesto, de los innumerables casos de maltrato de niños, que todos sabemos muy bien han llegado hasta la masturbación y la sodomía. Haciendo de portavoz de su institución, Herr Ratzinger (o, como prefiere mi amigo César Gutiérrez, "Rat Singer") ha aprovechado su discurso para efectuar una especie de Mea culpa general, que creo que no sólo era necesario, sino que además era de las pocas cosas que le quedaban por hacer, dada la situación (que los medios de comunicación han tornado en crítica). 
Pero lo que más me sorprende es su siguiente paso, algo que casi parece un milagro a estas alturas de la historia y, sobre todo, de la biografía de Herr Ratzinger: hacer un llamado a la reflexión y, al parecer, también a la renovación de la Iglesia. Ahora, que tampoco hay que pegarse un tiro, porque no está hablando de una renovación del tipo revolucionario que propuso, algunos lo recordarán, Hans Küng en su famosa carta abierta a los obispos del mundo. No: lo que Ratzinger se pregunta es qué pudo estar mal en el mensaje de la iglesia para que las cosas lleguen a lo que han llegado. 
Bien, bien... ya lo digo, me parece muy bien que el cabrón (porque, pese a todo, eso es lo que es) baje la vista por unos segundos y acepte lo que ha estado pasando, y que luego vuelva a alzarla para tomar cartas en el asunto y tratar de superar el problema. Pero si bien le aplaudo la intención, no puedo hacer menos que fruncir el ceño y esbozar una sonrisa llena de sorna cuando leo sobre las dudas del papa. Es decir, ¿cómo va a preguntarse qué es lo que estuvo mal en el mensaje de la iglesia y en su "manera general de vivir la vida cristiana" un sujeto que defiende las ideas que él defiende? 
Vamos a ver: todos sabemos que la iglesia cristiana (y, dentro de su seno, la católica-apostólica-y todo ese rollo) avanza a paso de cangrejo, con más displicencia que temor en la mirada ante lo que traen los nuevos siglos, y sin muchas ganas de olvidar la gloria de los siglos precedentes al Renacimiento. Vale, bien: eso lo aceptamos como un caracter general. Pero no podemos dejar de reconocer, también, que Herr Papa es un caso particular dentro de este grupo. Al fin y al cabo, los problemas que ha enfrentado la iglesia bien pueden ser entendidos como una consecuencia directa de una forma de pensar que implica la intolerancia, el fervor patológico y el fetiche casi morboso por las fórmulas del pasado. Cuestiones que, de sobra está recordarlo, son parte del ideal de Herr Ratzinger, tal y como lo ha demostrado no sólo en sus escritos (que tanto significan para el pensar común o para el inconsciente colectivo, si quieren, de la iglesia) sino también en sus acciones (misas en latín, reapertura del infierno, etc.). 
Si a estas alturas ya no aplaudo más, pues a la hora de leer las conclusiones de Benedicto XVI ya no puedo hacer otra cosa que cortarme las manos. Aunque hay que reconocer que no me sorprendieron en lo más mínimo, ya que, al fin y al cabo, van con el carácter del regente del Vaticano. Hago una cita ilustrativa: "La destrucción psicológica de los niños, cuando los seres humanos son reducidos a un artículo a la venta en un mercado, es un signo aterrador de los tiempos". En otras palabras, que Herr Ratzinger no deja de reconocer dos cosas: en primer lugar, que los obispos y sacerdotes del mundo, como la propia comunidad cristiana en su integridad, cargan con un fardo de culpa; pero, de paso, que ese fardo lo comparten con los tiempos que corren, tan hechos por y para hijos de puta. ¿Solución desesperada? Supongo que el Mea culpa se convierte en medio Mea culpa, porque hay una cruz para el siglo XXI también. Porque claro: no está mal reconocer el factor temporalidad a la hora de enfrentar un problema, pero tampoco hay que aprovechar la situación para quitarse unas cuantas piedras de los bolsillos. 
¿Mis conclusiones? Pues la verdad es que ni idea: yo sigo riendo solapadamente y pensando, como un Hamlet cualquiera, que algo se pudre, pero en el Vaticano. Por supuesto que los dos aplausos que le he dedicado a Darth Sitheus los mantengo, y no se los quito, porque sigo de acuerdo en que eso estuvo bien planteado y bien hecho. Pero también creo que pudo estar mejor pensado, con un poco más de consciencia autocrítica, y sin tantas preocupaciones por lo que pudiera pasarle a su escalafón escolástico. ¿Llegará el día en que este sujeto y el calendario arreglen sus diferencias? Vaya uno a saberlo; yo, la verdad, lo dudo.
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