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jueves, 3 de noviembre de 2011

A los que pregunten por la poesía...

Es respondiendo al post que mi querido Mr. Mierdas publicó hace poco que traigo mis huesos esta noche al Café. Y esto, porque los versos, esos maravillosos versos de Maiakovski, me han tocado en lo hondo, forzándome a poder un poco más que el agotamiento físico y la tendencia natural a la pereza de la que adolece mi mente. Y es que, si alguien pregunta por la poesía, merece una respuesta, sea de quien sea. Y, además, tengo un Poeta de los de verdad bajo la manga: nada más ni nada menos que el gran Jorge Eduardo Eielson.
Ya he escrito alguna vez sobre él, y no me molesta tener que repetir que, de entre todos los poetas que han nacido en el Perú, éste es mi favorito indiscutible, un autor que supo hacer del lenguaje un verdadero manantial: primero, para construir maravillosos versos de clave romántica; después, para hablar de lo ausente, del sinsentido de las palabras, del silencio y la ausencia; y, finalmente, para hacerlo acerca de lo que él intuía que estaba más allá del lenguaje mismo. Un genio indiscutible, de los que se han ganado el título con honores.
Y, claro está, estas líneas van con una copa en alto, por toda la "familia". Qué honor, carajo... 


ceremonia solitaria entre papeles y palabras


Completamente solo entre papeles
Repletos de palabras
Entre alimentos que se vuelven sueños
Uñas excrementos
Y alimentos que se vuelven llanto
Huesos pensamiento
Entre cortinas que se abren
Como amaneceres y cortinas que se cierran
Como cicatrices. Solo entre sombras
Semejantes a otras sombras
Sombras de objetos que no son objetos
Sino torbellinos
De materias que sollozan y que tosen
Y que nunca fallecen
Siempre entre sombras entre sombras solamente
Acariciando una pared cualquiera
Un puñado de tierra en el bolsillo
Células muertas que antes fueran padres y madres
Tíos hermanos amigos
Ahora convertidos en palabras
Completamente solo entre fragmentos
De personas que no son personas
Sino racimos de botones e intestinos
Persiguiendo el mundo entero
En el fondo de un tintero
Hasta llegar al fin de la escritura
En donde muere la palabra
Y se levanta soberana la sonrisa
De la nada la misteriosa pelota de papel
Que ahora aprieto nuevamente
En una mano



 



sábado, 2 de octubre de 2010

La nada en el horizonte II


"O en las páginas", si quieren un subtítulo. Porque ya lo he afirmado alguna vez: que creo que hay muchos caminos para llegar a Roma (o a cualquier otra parte), y no creo que sea injusto leer en cada expresión humana un fragmento de esta historia de la que veníamos hablando al cierre del mes pasado. La nada, dijimos, llegó a puerto y se coló en el pensamiento para romperlo todo y abrir un nuevo marco de reflexión y análisis; pero eso no fue todo. La nada ha vivido en las expresiones arísticas desde hace mucho; y, con la llegada del siglo XX, esto se hizo especialmente notorio, manifestándose de muchas formas que, a las finales, dejaban un sinsabor que de alguna extraña manera era maravilloso. 
En ese sentido, la obra de muchos autores se convirtió en la reflexión del hombre, no frente, sino metido hasta la nuca en esta nueva consciencia de lo que era para él la realidad. Que había cambiado del todo, claro. La "enfermedad del hombre contemporáneo" ya había incubado lo suficiente como para empezar a manifestarse con toda su crudeza. 
En ese sentido es que muchos han leído, por ejemplo, la obra de Henry Miller. Porque claro: los malabares y los pedos, el sexo, las borracheras, el tanto andar de un lado al otro sin un puerto fijo (aunque con la profunda inquietud, el secreto deseo de llegar a él) son una buena forma de entender novelas como Trópico de Cáncer. O, si prefieren verlo con un ejemplo más claro, tenemos a Lawrence Durrell: un autor en cuyas novelas los personajes andan siempre a la caza de un lenguaje que permita la verdadera comunión (es decir, algo que esté más allá de la mera comunicación). La creación, el viaje, sobre todo el sexo, se convierten en formas de tratar de acercarse cada cual a sí mismo y a los otros que, sin embargo, termina en un choque contra la pared: nadie puede conocerse, y en el fondo existe solamente una nada profunda en el pecho a la que abrazarse con melancolía. (Todos esos desencuentros en El cuarteto de Alejandría, por ejemplo).
Otro buen ejemplo de lo que digo es Jorge Eduardo Eielson, con cuyos versos hemos abierto este mes. En él, hay un constante deseo, una voluntad, que busca la unión, el diálogo, la comunidad... y que sin embargo de rompe con un chasquido silencioso y devastador. Pienso en esos versos que hablan del muchacho que se desnuda, la muchacha que se desnuda y que, al final, terminan en un "el muchacho y la muchacha estornudan". Pienso, también, en todos esos poemas que proyectan un recorrido por las calles devastadas, vacías, de una Roma que, estando viva, sólo es habitada por silencios. 
Claro que hubo muchos otros para los que la nada significó un motivo para llamar a una nueva forma de comunidad. En el Perú tenemos a un poeta como Juan Gonzalo Rose, que, sin abandonar una lucidez autocrítica impresionante ni un buen sentido estético, soñó con una comunidad de hombres que pudiesen reconocer en el silencio un lenguaje común, sobre el cual fundarían las palabras, las campanadas y las canciones. En otras palabras, que hay más de una forma de reaccionar ante la llegada de la nada: todo es cuestión de carácter, supongo. En todo caso, creo que podemos agradecerle el mar de obras de arte (no sólo literarias) que los hombres (esos humanos demasiado humanos) han cosechado sobre su parcela del abandono, antes de pasarse al bar más cercano a compartir el desencuentro y un par de jarras de cerveza.

Fuente de la imagen: laplumavaliente.blogspot.com

Un trago de Eielson para empezar el mes


Y llegamos, una vez más, al mes de octubre. Mes en el que la primavera, supuestamente, ya ha empezado hace un buen tiempo, aunque aquí en Lima sólo tengamos el cielo gris, con uno que otro guiño de sol, y campañas políticas por todas partes (malditas sean las elecciones y el Cristo que las fundó, parafraseando a Sabina). En fin, que para dar el primer buen paso (con el pie izquierdo, dirían algunos) no está de más traer a brillar por aquí unos versos del siempre preciso y magistral Jorge Eduardo Eielson, ese poeta que supo hacer de la melancolía un buen sorbo del más amargo sentido del humor (¿cómo puede doler tanto una sonrisa?). Y a ver hacia dónde vamos tirando. 

Albergo del Sole I
Jorge Eduardo Eielson

dime
¿tú no temes a la muerte
cuando te lavas los dientes
cuando sonríes
es posible que no llores
cuando respiras
no te duele el corazón
cuando amanece?

¿en dónde está tu cuerpo
cuando comes
hacia dónde vuela todo
cuando duermes
dejando en una sillla
tan sólo una camisa
un pantalón encendido
y un callejón de ceniza
de la cocina a la nada?

En la foto, cómo no, el autor de los versos: Jorge Eduardo Eielson. 
 

domingo, 13 de junio de 2010

Eielson: la puñalada más hermosa del mundo


Es inevitable: siempre llega un momento (normalmente por la noche) en que cierto sinsabor, cierta fatiga, cierto estado de profundo vacío me hace volver a las páginas de Jorge Eduardo Eielson. Y hay que decirlo sin tapujos: que es un escritor sin el que no sabría muy bien cómo guiar mis pasos, ni mucho menos atreverme a poner mis dedos sobre la pluma o las teclas. Leer a Eielson es una de esas adicciones que, muy probablemente, nos van matando, pero con tan buena letra que agradecemos cada puñalada y cada risa.
Porque los versos de Eielson son así: desgarradores, íntimamente sórdidos, pero capaces de dar el giro perfecto para lograr que ese nudo en la garganta se confunda con la sonrisa, a veces con la verdadera carcajada, lo que termina por hacerlos cinco o seis veces más efectivos. En otras palabras (en otras metáforas, si quieren) que los poemas de Eielson no son el prado deshojado y marchito cubierto techonado de nubes grises y niebla, sino que el sol brilla radiante, los campos se ven verdes... y en eso mismo reside su crudeza: en el otro escenario, por lo menos podíamos soñar con algo más luminoso; en el de Eielson, la esperanza no sólo no sirve para nada, sino que se asfixia a sí misma.
Hace unos meses (¿o fueron años?), charlaba con un amigo sobre poesía peruana. Decidimos olvidar que los pormenores del tiempo hacen que una cosa no sea como la otra, y probamos elegir cada cual un nombre. Él, por supuesto, se quedó con ese grande que es Vallejo. Seguramente, esperaba que yo me quedase con Lucho Hernández, o aún con Blanca Varela. Pero no: yo dije Jorge Eduardo Eielson. La belleza de sus versos no brilla con tanta notoriedad como la de los del resto, es verdad: verso a verso, ya no sólo Vallejo, Varela o Hernández, sino también Juan Gonzalo Rose, Westphalen, Moro y un largo entre otros podrían superar, sin mucho esmero, a un verso suelto de Eielson. Pero con Eielson pasa lo que con Bukowski: sus poemas, descuartizados, parecen poca cosa, pero su efecto es devastador cuando se los lee como totalidad. No digo que otros poetas peruanos no logren este efecto: sólo digo que ninguno lo hace, según mi parecer, con el acierto (ni con el consecuente desgarramiento) de Eielson.
Para él, Lima fue, desde siempre, una ciudad que agonizaba, muerta desde antes de empezar a respirar. Pasó casi toda su vida, incluídos sus últimos años, en Italia, donde encontró esa misma muerte latente, pero con otra careta sobre el rostro. En el fondo, sabía que nacer en un lugar o en otro no era más que el efecto de una gran casualidad. Una vez más, vuelvo a sus páginas y leo:

Penetro tu cuerpo tu cuerpo
De carne penetro me hundo

Entre tu lengua y tu mirada pura

Primero con mis ojos

Con mi corazón con mis labios

Luego con mi soledad
Con mis huesos con mi glande

Entro y salgo de tu cuerpo

Como si fuera un espejo
Atravieso pelos y quejidos

No sé cuál es tu piel y cuál la mía

Cuál mi esqueleto y cuál el tuyo
Tu sangre brilla en mis
arterias
Semejante a un lucero
Mis brazos y tus brazos son los brazos

De una estrella que se multiplica
Y que nos llena de ternura

Somos un animal que se enamora

Mitad ceniza mitad latido

Un puñado de tierra que respira

De incandescentes materias
Que jadean y que gozan

Y que jamás reposan


Después de esto, ¿qué carajo puede uno decir? A lo mejor una cita de Blanca Varela, que refleja muy bien esto que me estruja cuando termino de leer un poema como éste: "El corazón se deshoja".

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