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lunes, 19 de marzo de 2012

Reporte de daños (el gallinazo vuelve a Lima)


Arde a lo lejos, allende el mar, arde la Península Ibérica. Treinta y cinco días (lo he comprobado) no alcanzan para tanta belleza, tantos amigos, tantos destinos inesperados ni, todo hay que decirlo, tantas copas. Pero qué se le va a hacer: los mortales, y sobre todo los que no podemos disponer infinitamente del tiempo y el dinero, tenemos que apechugarnos y soportar las limitaciones. Después, ya lo saben, no habrá quién nos quite lo bailado. Anoche, después de un viaje que solo puede ser descrito como "de puta madre", volví a pisar la vieja tierra de mi Lima, la horrible y eterna. Y que no me vengan a pedir las cuentas de poco más de un mes de vagabundear por la Iberia, que no me alcanza el diccionario para describir tanta maravilla y, más aún, tanto agradecimiento. Lo que sí puedo hacer, para que después no me vengan con abucheos, es un breve recuento, que es lo que me dicta, en caracteres lentos y gordos, la nostalgia. 

Madrid, tremenda y enjuta, la de boina calada y guantes de seda, decía Sabina, y tan bien dicho; metrópoli con sangre de pueblo, tierra de todos más los rezagados, amable y urbana, que falta a la misa pero no olvida sus oraciones antes de dormir. Me ha echo sentir como en casa, lo digo de arranque, y lo mantengo contra viento y marea. No solo tuve la oportunidad de reencontrarme con mi viejo hermano (y sin embargo amigo) y tocayo Santi Guillén, al que no veía en casi cuatro años, sino que además tuve la oportunidad de verme cara a cara, y aún de almorzar, pasear, charlar y tomar unas copas con mi querido y admirado Mr. Mierdas, de paso que de charlar por teléfono con el gran matador Mr. Lombreeze y con la guapa Fiona (a la que, lamenteblemente, le debo una visita... pero llegará el día en que nos tomemos esa cerveza, lo juro, jajaja). Sus cañas, sus museos, sus bares, sus largas avenidas llenas de recordatorios de "El día de la bestia"... una ciudad como pocas, en resumen. 

Mr. Mierdas y un servidor, entre copas, tabaco y memorias de "El Tábano".
Valencia... alta y elegante, majestuosa, con un dejo de suburbio en ciertos rincones (para el espectador atento) y un barrio precioso y más tradicional que lleva el maravilloso nombre de Cabañales, donde me he tomado algunas de las cervezas que más he agradecido en mi vida, en mitad de una resaca como pocas. Fue aquí donde avisté, por vez primera, el Mar Mediterráneo, del que habla alguna canción de Serrat que a mí me gusta mucho, y donde probé el bocata de sepia. Llegué a tiempo, además, como para ver a una que otra fallera, luciendo el atuendo, y me fui justo antes de que arrancaran algunos disturbios que dieron de qué hablar. En un lugar especial de mi pecho me llevo la memoria de estas calles, carajo. 

De Salamanca diré que es un puente al pasado, un rincón medieval en la mitad de los campos de Castilla (Toledo, me dicen, también lo es, pero por esos lares no anduve, me temo). Además de ser la tierra de El Viti, gran torero al que, me dicen, debo mi nombre (porque se llamaba Santiago Martín), es también en mi vida el escenario de algunos momentos sublimes, como cuando anduve por el puente romano, o cuando me paseé por la vieja universidad, y hermosos detalles similares. 

Me es muy difícil, lo advierto desde ya, hablar de Sevilla. Dvd, con quien tuve el honor de charlar y beber hasta altas horas de la mañana en esta ciudad extraordinaria, entiende por qué lo digo. Bastará con que confirme lo que él ya dijo, y es que dije allí que ésa es una ciudad en la que yo podría vivir como en mi casa, y no negaré que buena parte del maravilloso recuerdo que me llevo de esta urbe de calles empedradas, en cada una de las cuales hay por lo menos cuatro o cinco bares (los conté caña por caña), se lo debo al susodicho, a su mujer, Anabel, y a la pequeña Adriana (mi sobrina, desde ya). Plaza de la maestranza, Naima, casa de Charly, bar latino (donde caí, dispuesto a dejarme el hígado, con otro peruano y un colombiano), calle Menéndez y Pelayo, pensión Doña Pepa... y no diré más, que me saltan las lágrimas. Cómo habrán sido los tiempos en que había locutorios en España. (¿Tendrá Anabel todavía las fotos que me sacó con Dvd?)

Paris, finalmente: hermosa y fría, como un enorme pastel de mármol, plagada de callejuelas, de música, de franceses y de memoria. Anduve mucho, me entendí poco y mal con la gente (no por su trato, sino por mi ignorancia del idioma) y terminé por enamorarme del Sena. Aunque, si he de ser sincero, me pasé la mayor parte del tiempo visitando cementerios (traje tierra de las tumbas de Nerval y Baudelaire, y pasé por muchas otras a rendir homenaje y dejar algo de tabaco, que los muertos también necesitan fumar). Guardo, también, un recuerdo del Cafe de Flore, el mismo al que iban, en sus tiempos, algunos grandes de la talla de Sartre, Camus, Breton o Durrell. 

En fin, que es todo lo que puedo permitirme. La nostalgia y el jet-lag se me acumulan en la garganta, así que sean comprensivos. Solo espero que no esté muy lejano el día en que pueda volver a pisar territorio español: entonces visitaré lo que el calendario no me dejó visitar, volveré a acercarme a Sevilla, y lo demás lo dejo a merced de la gran incógnita de lo que vendrá. En todo caso, y como hacemos siempre por estos lares, que quede en claro una cosa: que esta copa la levanto, y muy alta. Olé. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Un gallinazo en Madrid

Vengo a romper el silencio con el anuncio de que se prolongará el silencio. Cosas que pasan en la vida, qué les puedo decir... pero por lo menos (esta vez) tengo motivos y justificante. Esta noche paso por encima del charco, y si todo marcha correctamente y no me toca un Schettino de piloto en el avión, arribaré a territorio español mañana a la hora de la siesta. Si me da el tiempo (y me logro quitar la pereza de los hombros) pasaré por aquí a reportarme y hacer el informe de daños conveniente, pero no haré promesas que tal vez no me preocupe por cumplir. En los próximos días, ya sobre la tierra que vio nacer a Séneca, a Quevedo, a Cela y a Nacho Vidal, estaré recorriendo las calles, los museos y, claro está, los bares de Madrid, y luego repetiré el proceso en algunas otras ciudades (algunas de ellas ya están en mi itinerario; otras tendré que elegirlas acorde a las leyes de la improvisación). Un gallinazo cruzando el Atlántico.
En fin, que no tengo mucho más que decir. Para muchos de mis lectores, esto es un hasta pronto, así que espero poder estar cruzando unas chelas con ustedes en el transcurso de lo que queda de este mes. Ahora, pues, y acorde a la ocasión, dejemos algo sonando por aquí, ya que no hay música buena que sobre jamás. Olé. 


martes, 23 de agosto de 2011

La España soñada... de Ratzinger


Siempre he pensado que la mejor decisión que podrían tomar los italianos es la de levantar una barricada enorme alrededor del Estado Vaticano para impedir que algunos de los que lo habitan puedan salir a hacer de las suyas en fiestas a las que nadie los ha invitado. Porque bueno, una cosa es filtrarse en el cumpleaños de un desconocido, tomar unas copas y coquetear con las amigas de su novia, y otra muy distinta llegar y empezar a decirle al dueño del santo que la decoración es una mierda, tocándole el culo a la novia y, en general, metiendo las narices en asuntos en los que él no pinta nada. Que es, precisamente, lo que suele pasar cuando el viejo Ratzinger, que algunos insisten en llamar Benedicto XVI (el papa, para los amigos) decide salir a dar un paseo por los barrios de sus vecinos. Recuerdo que, en su última visita a Londres, cobraban la entrada para la misa (como si los del coro cobraran el salario de los Rolling Stones) con la excusa de que los gastos del viaje les salían carísimos a los del Vaticano (como si hubieran pasado hambre alguna vez, ¿no?). Pero de este asunto ya he hablado alguna vez, así que mejor pasemos a la sección de actualidades.
Hace no mucho, al papa le entraron ganas de salir a tomar un poco de aire, y se dijo que bueno, que en España hacía un verano maravilloso, y que no estaría nada mal darse un paseo por la Península Ibérica. Y no fue a los toros, ni a ver el flamenco, ni a comer tapas y paella mientras sorbía tintos de verano, no: fue a seguir promoviendo su campaña, una de las menos cristianas de la histroria del cristianismo.
Siempre insisto en este punto, pero es que pareciera que hay que estarlo recordando siempre: hasta los ateos más declarados y tercos sabemos que a Jesús no le gustaba la intolerancia entre los hombres, sino más bien el Amor Caritativo ("Caritas", en latín) que recuerda, ante todo, que los hombres son hombres y que hay que amarlos por eso, por muy graves que sean sus pecados (para los que crean que existen los pecados, se entiende, porque su definición no pertenece al ámbito social ni penal sino al religioso y, sobre todo, teológico). Y, siguiendo estos puntos, salta a la vista que Ratzinger y Cristo sólo tienen en común el gusto por la demagogia, mientras en todo lo demás no hay más que abismos. 
Después de muchas semanas de voluntaria desinformación, al fin me he puesto a leer las noticias respecto a la visita de Ratzinger (B16, que le llaman), y ante todo creo que habría que decir que, a todas las críticas usuales que se hacen de este sujeto, podríamos agregar la de ser tan predecible, porque no hace más que repetirse, llenándonos de palabras que hacen pensar que, para él, no hay nada como la Edad Media. Qué tiempos aquellos, cuando a los herejes podías echarlos a una hoguera, ¿no? Pero bueno, tampoco sé qué otro tipo de discurso podríamos esperar del hombre que, en pleno siglo XXI, y contradiciendo lo dicho por Juan Pablo II, anunció que el Infierno existe, y que es un lugar físico y eterno en el que serán condenados por la eternidad las almas de los pecadores. "¡Azotaos, débiles de corazón!", le falta agregar antes de las pausas. 
En fin, ya está bien el retrato; ahora pasemos a los hechos. De las noticias que leo, me llaman particularmente la atención algunas de las críticas que Ratzinger ha hecho a un par de puntos de la constitución española; en particular, a los que dan legalidad al matrimonio homosexual y al aborto (éste sólo bajo ciertas condiciones). Son dos puntos muy interesantes que pueden levantar grandes disputas, es verdad, pero que yo encuentro admirables, como una vuelta de página para entrar de lleno a los tiempos que corren, echando a un lado prejuicios que llevaban demasiado tiempo bailando sobre las mesas de nuestros hogares. Claro que, sobre estos puntos (y, seguramente, sobre todo respecto del segundo) cada cual puede pensar lo que quiera, y yo no opino en nombre de nadie.
Hace no mucho, comentaba a Eduardo (el del Café del Artista, claro) que siempre me habían chocado mucho las opiniones de Ratzinger, sobre todo porque, pese a todo, el tipo es un intelectual, perfectamente capaz de seguir una línea argumentativa a lo largo de un debate, como me dicen -porque yo no he leído ese texto todavía- que lo hizo alguna vez con Jürgen Habermas, el filósofo alemán. Opiniones que, como creo que ya ha quedado claro, me parecen una aberración retrógrada. Y ojalá fuera sólo eso: siempre he pensado, también, que las ideas de Ratzinger podrían llegar a ser hasta peligrosas, tomando en cuenta la influencia que tiene entre muchos. Sobre todo, en un momento en el que el diálogo se hace más necesario que nunca en todos lados, ya no sólo del mundo, sino aún dentro de las muchas culturas y formas de pensamiento que conviven en una sola ciudad.
¿Quieren ejemplos? Pues vayamos a ello, para que no se me acuse después de demagogia a mí también. ¿Qué sentido tiene, en el fondo, criticar a quienes “desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto, quién es digno de vivir o no”? Porque tales fueron las palabras de Herr Papa en su visita a España. Y si no es la gente (que la sociedad también es gente, vamos), ¿quién va a ser? ¿El papa? ¿O dios, que habla a través del papa? 
Es el tipo de cuestiones que a mí me molestan de Ratzinger, esa mentalidad tajante y cerrada que convertiría en sus enemigos a todos los que se aparten de lo que él considera ético si no fuera porque los menosprecia demasiado como para que lleguen a tanto. A mí tampoco me gustan las ideologías, pero decir que ellas conducen "a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios”, hay un salto muy largo... 
En fin, que yo no soy partidario de las religiones, pero tampoco las desprecio. Siempre he pensado que cada cual tiene derecho a elegir qué cruz va a cargar a lo largo de la vida, y no soy quién para cuestionar las decisiones ajenas. Pero el que una persona con la autoridad y el poder de Benedicto XVI sostenga ideas tan íntima pero notoriamente violentas y discriminatorias, cuando representa a una institución cuya fe se basa en el amor, la tolerancia y el perdón, no me cala para nada. Tampoco el que vaya paseando su folletín inquisitorio al extanjero, a países sobre suya constitución y forma de vida él no tiene por qué decir nada en nombre de nadie. En otra de sus declaraciones, B16 sentenció que la juventud está sometida "a nuevas formas de esclavitud"; pues bien, ya que hay que cargar con cadenas, al menos que sean nuevas, y no las viejas y oxidadas que nos ofrece el viejo, el viejísimo dogma del que este sujeto (que lo es) no es más que un representante. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Enterrar a los vivos


Aunque a veces me cueste, y otras tantas me duela, yo siempre he apostado por la tolerancia (empujado por el pluralismo que defiendo, y envalentonado por la ironía, de la que tanto habló Richard Rorty como la "actitud filosófica fundamental"). Apuesta que, más de una vez, me ha terminado por colocar en una situación complicada, que me ha valido más de una crítica, más de un debate, y aún más de un insulto. Recuerdo que, cuando todavía era bastante chico, oí hablar de un judío que había sobrevivido a los campos de concentración nazis, y que se dedicaba a dar conferencias alrededor del mundo para hablar, precisamente, de ese momento tan doloroso de su vida y de la historia, pero con un sentido muy especial: no para despertar rencores y odios, sino para hacer un llamado a la tolerancia, a la comprensión de aquellos que no piensan como nosotros, porque, parafraseando a Nietzsche, de la intolerancia sólo podemos esperar intolerancia, y condenar a quienes condenan es ponerse encima la toga del verdugo, o en todo caso dejar el hacha al alcance de la mano.
Hace algunos meses salí a tomar unos tragos con un amigo y un par de chicas alemanas. Nos fuimos al Pisseli, un bar que queda a dos escasas cuadras de mi casa, en donde se arma todos los jueves una peña de las clásicas, donde un grupo de amigos, en torno a una mesa llena de botellas a medio vaciar, entona a ritmo de cajón y guitarra en mano las canciones clásicas del repertorio criollo peruano. Una de las alemanas, al ver con qué afán y con cuánto sentimiento entonábamos mi amigo y yo muchas de esas canciones, me hizo un comentario que nunca olvidaré: "Para mí, es muy difícil entender eso. La cultura de mi país puede gustarme mucho, pero me es del todo imposible sentir orgullo por ella".
Como todo el mundo sabe, en Alemania hay una ley que prohíbe cualquier tipo de expresión que pueda pasar por nacionalista: la llaga de los horrores cometidos durante la Segunda Gran Guerrra sigue abierta para ellos, y una bandera es, para ellos, un recordatorio de ese pasado tenebroso. Y sin embargo...
Hay una cosa que no puedo dejar de decir, y es que tal vez esa llaga ha estado abierta por demasiado tiempo. Que los horrores del nazismo fueron terribles, es una verdad del tamaño de un camello, algo que no estoy dispuesto a refutar. Pero también es cierto que, a estas alturas, ya ha pasado el tiempo, las heridas necesitan cicatrizar, y eso no va a suceder mientras la gente, por muy buenas que sean sus intenciones al aplicar determinadas leyes, siga arrancándose la costra. A la larga, tal vez y hasta esa insistencia por parchar la identidad de la gente sólo pueda resultar, en Alemania, contraproducente, dando el tiro por la culata, porque se suspenden muchas cosas en el silencio, cosas que siguen agitándose, y que al no encontrar un canal por donde fluir, terminarán por hincharse hasta reventar. Y lo que revienta, suele hacerlo con fuerza, con violencia... ¿se entiende a qué trato de llegar?
Soy un acérrimo escéptico de cualquier tipo de nacionalismo: el serio y el de escaparates. Pensar que existe algo parecido a la "esencia" de un país me parece una franca estupidez, así como enorgullecerse de cosas a las que se llama "propias", y que hunden sus raíces, siempre, en el sincretismo y la fusión. En el Perú, sin ir más lejos, existen esos dos polos patológicos del sentir nacionalista: uno, que quiere hundirse en la tradición de la "pureza del sentir nacional", representado por grupos de izquierda y derecha por igual; y otro que cree que el orgullo nacional es una pasarela en la que nuestras luminarias gastronómicas, arqueológicas y culturales tienen que exhibirse como una vedette, que yo encuentro grotesca, falsa e insufrible. A mí, ambos bandos me parecen una tremenda imbecilidad, porque confunden el orgullo con el narcisismo, la mascarada, la ideología y la estupidez.
En España, en aquellos tiempos inciertos que se llamaron la Segunda República, surgieron esos grupos (que pudieron llamarse Falange Española, JONS o lo que fuera) que reivindicaban la primacía de los caracteres tradicionales y "puros" del pueblo español: el catolicismo (de raíces judías, hebreas, griegas, romanas y demás) y los elementos de la tradición (endeudada con judíos, árabes, romanos, gitanos, moros, entre otros; si hasta parece que el primer rejoneador fue nada más ni nada menos que Julio César). Y este tipo de discursos vacíos fueron precisamente, los que desembocaron en la Guerra Civil.
De más está decir que, a mi parecer, la historia jamás llegará a ese estatismo pacífico con el que sueñan todos: la diplomacia tiene sus límites, y la gente seguirá creyendo lo que su carácter y su tradición le han dado a mamar. Hay raíces mucho más profundas que los códigos civiles y penales, y en tantos siglos creo que ya tendríamos que haber aprendido que no hay paz que no sea, a su vez, una invocación a la guerra. Pero hay paliativos, y creo que la tolerancia puede ser uno de ellos: no cortar a rajatabla el discurso del que no piensa como yo, no enterrar las banderas imaginando que con eso bastará para que la gente olvide quién es... pequeños anestésicos que, a la larga, pueden servir para mesurar, siquiera un poco, este transcurrir tan impredecible y violento que es la existencia de la especie humana.
Recuerdo una frase, que reza que "el silencio es salud", y que fue escrita y difundida por el gobierno militar argentino de los años setenta; el mismo que fue responsable de la desaparición y muerte de tantas personas, que todavía no habían dejado de temblar con el recuerdo de la Triple A de López Rega. No: el silencio no es salud... mucho más salubre me parece el reconocimiento, la aceptación, la catarsis. Por eso me gustan tanto las películas alemanas más recientes, en las que se toca de lleno, y con una lucidez nunca antes vista, las diferentes temáticas que persisten como un tumor en el inconsciente (y en la consciencia, también) de la gente. Basta con citar La caída, pero también hay otras, como El libro negro o aún La cinta blanca de Haneke.
En fin, que lo que trato de decir es que no hay que enterrar a los vivos y sentarse a esperar a que vuelvan a levantarse de la tumba atizados por la censura y la rabia. ¿Por qué mejor no sentarlos a conversar, oírlos, entenderlos, y luego tratar de entender cuánto de ellos sigue siendo un reflejo de nosotros mismos? No hay que enterrar al pasado como si estuviera muerto, porque no lo está nunca.


viernes, 10 de junio de 2011

Tocayaje: Santi Guillén y Yabo Torbo


Hoy quiero hablarles de uno de mis hermanos. No es la primera vez que lo hago, porque aquí en el Café nos hemos tomado muy a pecho lo que hace, registrando paso por paso el desarrollo de su proyecto musical, pero hoy quiero sacar un poco más las vísceras a relucir, y no sé si será culpa de la resaca o qué, pero lo cierto es que hoy me siento autobiográfico. 
España (máter severa, pero que no usa ropa interior) ha querido metérseme en la vida para alegrarla un poco. Su música y sus toros me han acompañado desde que tengo memoria, y con el paso de los años empecé a interesarme por su historia y su cultura, a contagiarme de su negro sentido del humor y a emborracharme con sus vinos, en crudo o en versión tinto de verano (ya se podrán imaginar que mis amigos me joden por la hispanofilia... qué se le va a hacer). Y, sobre todo, España me ha deparado hermandades de hierro, amigos de esos que queman biblias por uno y que están allí, como dice el cliché, en las buenas, en las malas y en las juergas. 
Hoy, pues, quiero hablar de mi hermano, mi tocayo murciano, el gran Santi Guillén. Músico, ingeniero de sonido, compositor, letrista, y toca la guitarra... que te cagas de pie. Nos conocimos en Buenos Aires, allá por el 2008, vía una amiga común, María Villegas, una española con la que compartía departamento en Borgeslandia. Ni bien nos conocimos hicimos buenas migas, y a la primera borrachera ya éramos hermanos de sangre. Jamás olvidaré esas tardes eternas en las que, armados de guitarras y cigarros, tentábamos a los vigilantes nocturnos de las puertas del Infierno. Que si él me enseñaba los acordes de alguna canción de los Beatles, que si yo le enseñaba a tocar rancheras y tangos... a la noche llegábamos con el humor templado para jugar al mus entre las cervezas y los vinos, y a la madrugada la mandábamos a dormir sin beso de buenas noches. Después, en Lima, hemos compartido más de un blues bajo el sol enfermo de mi maravilloso Barranco. 
Pasan dos, tres años. Él, ahora, estudia música en Madrid, aunque tenga las venas a la orilla del Mediterráneo y el corazón (y el hígado) entre Lima y Montevideo. Yo, cómo no, encerrado entre las cuatro paredes de mi vida, siguiendo la misma ruta que va de mi casa a la universidad y de ahí al bar de la esquina, tomándome el tiempo que pueda para hacer de periodista. Voy recibiendo noticias suyas: que algo se está armando, que el huevo que empollaba empieza a abrirse, que un documental por ahí... hasta que de pronto llega a mi casa un cartero (¿todavía quedan carteros?) y me entrega un paquete: el primer disco de Yabo Torbo, el dúo dinámico y musical del que forma parte mi compadre Guillén (que no sólo el apellido lo tiene de poeta, eh). Le he dado mil vueltas, he escrito alguna crítica por aquí, y sueño con el día en que nos pongamos de pie sobre el mismo escenario para cantar a viva voz y botella en mano esa que se llama Me dispongo a morir
Urbano y sin embargo etéreo, Santi Guillén es de ese tipo de personas que pueden imaginar el Paraíso aunque tengan los pies metidos en una cloaca. "Mirando las estrellas", como decía Oscar Wilde. Bien parado sobre la tierra, dando a la cara a la vida, todavía se puede dar el lujo de soñar y, lo que es aún más importante, de luchar por algo en lo que cree. Yo, que soy un escéptico nato, siempre lo he admirado por eso, por la fuerza con la que puede seguir un ideal, eso para lo que yo soy un negado. Y, encima, el muy cabrón se da el tiempo de vivir, de gastarse noches y días y de ser uno de los tipos más divertidos y más de puta madre que he conocido.
Memorial de las noches sin memoria... veamos lo que puedo rescatar de las lagunas que la vida me va dejando... 
Estamos en el departamento de Buenos Aires yo, mi tocayo el Santi, y el soperuano Jorge Chávez, leyenda viva de los arrabales más macabros. Sobre la mesa, botellas vacías de cerveza, tal vez una de pisco, y otra a medio vaciar. Surge, después de varias horas de charla, el tema de la masturbación. Risas, ejemplos, alguna anécdota, más risas y de pronto sale Santi con la metáfora perfecta: "Puñalada de carne en barra". Poco después (o antes... ya no lo recuerdo) nos aleccionaba con dos sentencias de gran sabiduría y la más poética belleza (haz memoria, Tripi): "Si hay pelito, no hay delito" y "Si pesa más que un pollo, me la follo". Carcajada general, otro brindis, y ya no recuerdo lo que sigue. 
Esta copa, pues, la levanto por Santi Guillén, mi hermano y sin embargo amigo, mi tocayo del otro lado del charco, mi cófrade en esta cantina de la poesía del fracaso. Breve y necesario homenaje, de paso que luz verde a la memoria. Es que a mí las resacas me ponen sentimental. Venga, dejémonos de mariconadas: otra botella, y un poco de música. Con ustedes, Santi Guillén. 


sábado, 18 de diciembre de 2010

Amor de familia


¿Será la brisa navideña que sopla en los corazones de la gente? Porque esta historia no sólo es digna del ambiente de las fiestas, sino también de la imaginación de unos cuantos grandes autores (bien podría imaginar a Restif de la Bretonne, o aún a Jorge Franco, inventándola); pero esta vez la realidad le ganó a la creatividad, y es realmente como para llevarse el pañuelo a los ojos (y, de paso, echar una sonrisa). 
Cuando recién leí esta historia, no pude pensar sino en ponerla por aquí y comentarla de paso. ¿Alguno de ustedes, lectores míos, ha oído hablar del concurso de "Parejitas Libres"? Es una de las mejores reacciones que han habido en España para hacer frente a la crisis, con mucha imaginación y muchas agallas, generando una posibilidad laboral "especial". Este es el business: para participar, una chica debe preparar una cámara oculta y luego, "hacerse" (léase joderse, tirarse, follarse) a un sujeto completamente desenterado de lo que se le viene. Algo clásico del porno: repartidor de pizzas, el que viene a reparar las tuberías o la refri, un cartero... todo sirve. Es un ingreso por puertas de oro al buen viejo negocio de la pornografía, tan incomprendido pero tan sublime. 
Y este contexto es el que ha permitido historias como la que sigue, que copio literalmente: "Pensaréis que se trata de una montaje, pero no. Somos Aitzi y Aguir de Bilbao, madre e hija que compartimos todo, novios incluídos. Y no sólo novios, hemos hecho tríos y en momentos de calentón nos tocamos entre nosotras (todo lo hacemos como podéis ver en familia). La cosa está muy mal, yo me he quedado sin trabajo y hemos decidido que vamos a ser la primera madre e hija porno en España, para ello hemos aprovechado el concurso de las cámaras ocultas de Parejitas Libres. Hemos escondido una cámara y nos hemos marcado un trío con un repartidor, qué venía a traernos una bici. A ver que os parece!" 
Oigan, ¿pero es que acaso soy el único que piensa que esta es una verdadera maravilla de historia? Realmente enternece. Y no dudo que, con este espíritu, Aitzi y Aguir van a marcar un tanto en el negocio. Porque madre solo hay una, y si no puedes contar con tu familia entonces con quién, y todas esas cosas que, en este caso, tienen tantos nuevos significados.... Es una de los mejores ejemplos de cómo se prende fuego a un tabú, además. Por todo esto y por tantas cosas más, levanto mi copa y echo un brindis navideño por estas dos actrices que saben lo que vale el amor de familia. Y lo saben bien: demasiado bien. 

Por cierto, que pueden ver el video de Aitzi y Aguir vía Orgasmatrix, a la que pueden acceder desde aquí. Sólo busquen en la lista de blogs que está a un lado. 

martes, 3 de agosto de 2010

¿La voz de Cataluña?


No voy a maldecir, porque bien visto el asunto, no puede agarrarnos por sorpresa. Claro que tampoco pienso aplaudir. De todos modos, no hay novedad en la noticia, y todos sabíamos ya desde hace mucho que el parlamento catalán tiene el debate encima. Ahora, aprovado el fallo, sólo queda esperar al primero del próximo año, cuando las corridas de toros habrán quedado barridas de Cataluña.
Antes de entrar en aguas turbias, del tipo de aguas a las que no soy muy afecto a meterme (aunque lo voy a hacer), todavía voy a lamentarlo. Porque es triste que un pueblo se tenga que despedir de sus tradiciones, porque un pueblo tenga que decir adios al hervor de su sangre ante la palabra de unas tristes minorías. Y esto en nombre de un progreso moral que tiene mucho, o demasiado, de panfleto político, de discurso velado y de dedos que se cruzan en los bolsillos de unos pocos.
Detesto hablar de política, y sin embargo hay que hacer notar el detalle: prohibir las corridas de toros significa, para algunos miembros del parlamento de Cataluña, empujar a la gente a sentirse un poco menos española. Y no es que yo vea mal que un territorio quiera independizarse de otro, pero es que dos, cuatro o sesenta y ocho políticos no son el pueblo catalán, sino apenas un trozo de su apéndice. Mañana querrán hacer desaparecer los discos de Paco de Lucía y los de Remedios Amaya, y pasado mañana desaparecerán las botellas de jerez de los supermercados. ¿El motivo? Siempre es fácil escribir buenos motivos. No se necesita mucha creatividad. (Y si creemos en lo que dice el ABC acerca de los costos -de cerca de 300 millones de euros- que comportará la prohibición, pues hay que reconocer que España no está para andar echando euros al agua).
Me parece muy bien que los antitaurinos saquen a relucir sus argumentos éticos. Quedan más que invitados al debate (ojo, que los insultos no son argumentos). Pero que por lo menos echen un vistazo a lo que sucede tras bambalinas en su propio parlamento, donde (todos sabemos cómo son algunos políticos) nada es realmente lo que parece ser. Al final, ¿cuál es la voz de Cataluña? Porque quedan muchos que se están guardando el grito en la garganta, y que a lo mejor ya no sabrán dónde ni cuándo gritar "olé".

En la imágen, y muy bien dicho, "Llibertat per la nostra cultura". Fuente de la misma: ABC. Y porque mis palabras no son nada, recomiendo mejor un vistazo al siempre preciso y, cuando es necesario, afilado blog "Opciones Avanzadas Ltd." (link en la lista de blogs a un costado), donde quien lo dirige (que por si fuera poco es español) ha escrito también sus pareceres, más que dignos de ser leídos, en una nota titulada "¿Olé?".

lunes, 24 de mayo de 2010

Las crónicas de sangre de Pascual Duarte


Como ando ahogado en un mar de agendas, pensé que no estaría mal pasarme un rato por estos lares y echar al ruedo un libro: la gran pregunta que faltaba contestar era cuál. A los pocos segundos, y quizá algo empujado por la última entrada, se me vino a la cabeza uno que ni Satanás podrá explicarme cómo no he invocado antes: La familia de Pascual Duarte, del ha poco mentado Camilo José Cela.
Siempre me he preguntado qué le pasa a todo el mundo (y en especial a muchos españoles) con las novelas de don Camilo: de un tiempo a esta parte, parece haber pasado del pedestal de mármol al rincón de cachivaches, y su nombre cada vez suena menos, como no sea para mencionar el tipo de literatura que "no debe hacerse". Y trato de comprender, y me arranco los pelos y me destapo la cabeza y me devano los sesos, y no lo logro. De hecho, creo que el día que tenga la suerte de conocer España voy a detenerme frente a cada busto de Cela que encuentre (creo que hay unos cuantos) y voy a recordar alguno de sus pasajes.
Y es que yo no sé cuántos estarán de acuerdo conmigo, pero creo que Cela fue uno de los escritores de prosa más intensa, dura y poética de la narrativa española. Alguna vez he echado laureles y flores al referirme a La colmena, en este mismo blog. Ahora, hablo de un libro muy distinto, menos total quizá, y que puede que peque de ser algo desigual, pero que no deja de ser una lectura que no dejo de agradecer cada vez que vuelve a mi memoria: La familia de Pascual Duarte, novela de corte realista, que es sórdida en el mejor de los sentidos (como lo será luego La colmena): en el desarrollo psicológico de sus personajes (uno, en este caso, que es Pascual Duarte), que nos obligan a poner en tela de juicio los valores de la ética para, al final, acpetar que hay que colgarlos de los talones para buscarles los piojos.
Más que urbana, suburbial. Dura y cruda, narrada con violencia y prepotencia, en voz de grito o de lamento la mayor parte de las veces. En pocas palabras, una novela con verdadera personalidad, absorbente no sólo por el personaje a cuyos andares asistimos, sino también por la secreta poesía con que está escrita. Esto no tengo ni que escribirlo, pero lo haré por si las dudas: Camilo José Cela fue un verdadero poeta en su prosa. Un genio, además, que supo articular maquinarias narrativas verdaderamente escalofriantes, portentosas, que logran dar la vuelta de tuerca exacta para generar en nosotros, sus lectores, eso que jamás pensamos que sentiríamos frente a páginas semejantes: ternura. Una ternura enfermiza, es cierto, y que convive mano a mano con el temor y la angustia. Pero ternura al fin y al cabo, y para sorpresa de todo el mundo.
Lentamente, los nubarrones del olvido parecen cernirse sobre la novela con la que Cela logró, alguna vez, revolucionar el universo literario de España. Pero, como la misma novela reza, "Hay hombres a los que se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a los que se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas". Y ese fue, desde su primera página de vida, el camino de Pascual Duarte. Para ahogarse lentamente en el polvo de los años, quizá; pero, también, para encontrar, una que otra vez, un nuevo lector que pase sus páginas lentamente y con la mirada muy fija, que al final se despedirá del bueno de Pascual agradecido y algo tembloroso, como fue mi caso.
Pero no quisiera despedirme sin antes recordar una anécdota (otra de las tantas) de Cela, esta vez en relación a La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Cuenta don Camilo en una entrevista que, cuando se enteró de que el libro había llegado a las librerías, se fue a la más cercana y, luego de cerciorarse de que su novela estaba sobre la mesa de novedades, se quedó esperando a ver si alguien lo compraba. Al rato entra un hombre mayor, que se detiene unos momentos frente a la mesa de novedades y, ¡oh sorpresa!, toma su libro, lo hojea unos momentos y lo vuelve a dejar en el lugar donde estaba. Luego se dirige a otro lado de la librería, toma un libro de Julio César (creo que el de la Guerra Civil) y, de camino a la caja, vuelve a detenerse junto a la mesa de novedades, vuelve a hojear la novela de Cela, y se la lleva a la caja, paga, y sale con ambos libros. El joven Camilo José, emocionado, lo sigue hasta la calle, se le acerca y le pregunta si no quiere que le firme su libro. El hombre, algo atónito por la sorpresiva increpación, ve el libro que lleva consigo, la Guerra civil de Julio César, vuelve a mirar a Cela y, de pronto, sale corriendo. Claro: ¿quién, se habrá dicho, es este loco que jura ser Julio César?
Anécdotas aparte, me permitiré insistir todavía una vez más: dense una oportunidad y no dejen esta novela de lado antes de haber recorrido sus páginas. Que puede que no les guste, de acuerdo, pero vale la pena intentarlo. Al fin y al cabo, puedo asegurarles que, para bien o para mal, es una novela que merece una lectura atenta, y que es perfectamente capaz de colárseles en la médula misma de los huesos, si se andan sin cuidado. ¿Es necesario decir algo más?

lunes, 15 de marzo de 2010

Y de pronto, ¿se nos van acabando las corridas? Habla Fernando Savater.


Ya había escuchado por ahí que muchos planeaban dar fin a las corridas de toros en algunos lugares de España. Ahora, leo en la página de El País (curiosamente, en la edición de mañana, 16 de marzo) una nota bastante interesante de nada más ni nada menos que Fernando Savater, que se vale de la posiblemente cercana prohibición de las corridas en Cataluña para dar un largo comentario, crítico y argumentativo, a favor de la Fiesta Brava. (Supongo que a esta altura cualquiera que siga regularmente este blog se habrá dado cuenta de que estoy a favor de las corridas, ¿no? Lo que no me impide ser, y más de alguno dirá que contradicotriamente, un fuerte defensor de los derechos de los animales).
Bien. De la lista de campos desde los que Savater prueba su apología, el más llamativo debe ser ese que es, desde hace ya mucho, su especialidad: la ética. Y, en este caso, la ética en tanto que relacionada a nuestro comportamiento moral para con los animales, más allá de si se trata de toros o no. A ver si él se hace entender por sí mismo:
"De modo que resulta un poco risible el argumento abolicionista de "que le pregunten al toro si le parece arte que le piquen o le den la puntilla". Tampoco nadie le pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades gastronómicas o a los bueyes si quieren tirar del arado. Ni a perros, gatos o caballos de carreras si quieren ser castrados por nuestro bien. Porque en el caso del debate actual debe quedar claro que no se trata de introducir en nuestra cultura las corridas, sino de prohibir una práctica secular. ¿Que no sería hoy admisible iniciarlas? Imaginemos si aceptaríamos con los valores vigentes empezar a criar animales para alimentarnos con ellos. Me parece estar oyendo a quienes contemplasen corretear a unos pollos o a unos terneros: "¡Qué ricos son! ¿Verdad? Me refiero a que parecen sabrosos...". Reconocemos que en los mataderos o las granjas avícolas industriales los bichos no lo pasan nada bien, pero se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar de las plazas de toros. Otros se escudan en que no es lo mismo sacrificar animales para atender nuestras necesidades que para satisfacer diversiones o lujos".
Ahora hagamos lo nuestro, resaltemos dos o tres ideas, y veamos qué hacemos con ellas. Creo que nadie con dos dedos de frente puede dejar de reconocer que Savater tiene algunos puntos. El gran asunto de fondo en todo este debate moral es, efectivamente, el que cuestiona acerca de si es lícito maltratar y matar a un animal sólo para la diversión de unos cuantos seres humanos. Bien, ahora vayamos por puntos.
En primer lugar, hay que darle la razón a Savater en un punto clave de su exposición: si se acusa a los aficionados por el sadismo y el morbo de su sentido de la diversión, pues hay que sacar a relucir ese argumento: si fuese realmente el morbo el que los llevase a los ruedos, entonces no estarían allí, sino observando a las gallinas ponedoras en sus jaulillas, medio desplumadas y sucias, aplastadas entre más aves de las que su recinto puede albergar; o visitarían a los vendedores de pieles y les pedirían el número de sus proveedores, a ver si pueden ganarse con el espectáculo de cómo se le arranca la piel a una foca bebé o a un mapache mientras el animal sigue con vida (para que no se contraigan los músculos y se estropee la calidad de la piel). ¿Las cosas como son? Si: como son. No voy a negar que hay alguna dosis de sadismo en la Fiesta Brava, pero se acerca siquiera al grado de sadismo en el que se fundamenta gran parte de nuestra alimentación, vestimenta, medicina, etc. ¿Que todo eso es útil? Claro, para nosotros los humanos, y no para las pobres bestias que sólo por andar más indefensas que nosotros se las ven verdes cuando las queremos incluir en nuestros sistemas de vida. Y para todo aquel despotrica contra las corridas sin haber pisado jamás un camal o un matadero, yo que lo he hecho se los digo: de ser un toro, preferiría mil veces recibir la muerte en la arena que en sus oscuros y sangrientos recintos, donde hay mucho más que padecer. Así que no saquen a relucir el argumento de la dignidad del animal: los animales, hasta donde sabemos, desconocen el significado de algo tan absurdo como la palabra "dignidad"; esa es una estupidez que sólo padecemos los humanos, y en nombre de la cual se ha cometido más de una aberración. Y, si aceptamos ese argumento, de todos modos sería mucho más digno para el animal morir en la gloria del ruedo que entre el silencio y las torturas de un matadero, ¿no lo creen?
Bueno, esto ya se pone un poco largo. Me guardaré de seguir con mis comentarios, pero no sin antes dejar un último argumento, definitivo, para que todos los que se declaran como amantes de los animales: el que nunca halla pisado una cucaracha, aplastado una mosca o dejado algo de veneno para ratas en un rincón del hogar, que lance la primera piedra.

Para leer la nota de Fernando Savater en El País, entra a esta dirección: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Rebelion/granja/elpepiopi/20100316elpepiopi_11/Tes

miércoles, 3 de marzo de 2010

Entrevista a Camilo José Cela


Ya que hemos invocado a Camilo José Cela, hagámoslo como debe hacerse. Esta es una entrevista que se le realizó en 1999, en la que habla, entre otras cosas, de la labor de escribir (el tema del que veníamos charlando) y, luego, de esa obra maestra que nunca dejaré de agradecerle, La colmena, y sobre los tiempos que trató de retratar en esa obra, el espíritu de aquellos tiempos que sobrevivie en esas líneas (como, también, en los poemas de Dámaso Alonso) de la posguerra española., con toda su desesperación, con todo su miedo y con todo su silencio. No diré demasiado: prefiero pasar a las palabras de alguien que, definitivamente, tiene mucho más que decir. Todo lo que haré antes de retirarme será dejar un brindis por Cela. Salud.

-¿Cómo recuerda usted el Madrid y la España de 1943, donde se sitúa La colmena?

- Hombre, era una España amarga, un Madrid dramático. Yo, con frecuencia, dedico ejemplares de esa novela diciendo «esta crónica amarga de un tiempo amargo», lo cual era verdad. Era terrible aquello, era terrible. El miedo... El miedo era incluso desproporcionado. Había muchas razones, sin duda alguna, para el miedo, el miedo político sobre todo. Pero quizá en ocasiones era hasta desproporcionado, lo cual lucha a favor de aquel que mete miedo.

- Ese retrato rompió moldes literarios y tuvo gran repercusión.

- Hombre, yo hice lo que pude, claro. Sí, en algún momento por mí, por mis páginas, hablaba un poco la conciencia colectiva.

- La colmena fue censurada dos veces.

- Bueno, eran estúpidas aquellas censuras. Después se autorizó incluso durante el régimen de Franco; Fraga, siendo ministro del Interior, y sin que yo se lo pidiese, cogió el teléfono y me dijo: «¿La colmena sigue prohibida?». «Sí», le dije. «Bueno, pues empezar a hacer otra edición, esto es una vergüenza». O sea, que salió de él.

- Ahora suena a risa, parece increíble.

- La censura no es que dé risa o deje de darla, es que era una evidencia, era una autoridad ejercida por gente, en general, de escasos talentos.

- ¿Qué pudo molestar?

- No lo sé, yo creo que nada. Ganas de marear que tenían, ganas de reivindicar el carguito, su pequeño mando de censores.

- Tardó en escribir la novela cinco años, de 1945 a 1950...

- Hice varias versiones, claro. Y la última me indignó tanto que tiré la novela al fuego, pues estaba encendida la chimenea de mi casa, en la calle de Ríos Rosas [de Madrid]. Menos mal que alguien se echó a rescatarla del fuego. Y no ardió, claro. Menos mal.

- La estructura, ha reconocido, le costó mucho trabajo.

- Claro, porque la técnica es algo que se va creando al mismo tiempo que la obra literaria. Es una especie de andamiaje que tiene que desaparecer después, como el andamiaje de una catedral. Esa es una labor muy enojosa.

- La colmena tiene sorna, ironía, piedad...

- Como la vida misma, sin duda de ninguna clase.

- Cuando la escribía, trabajaba...

- A todas horas, como ahora he hecho con Madera de boj.

- ¿Cómo se reparte el día?

- Trabajo y cuando me canso, paro. Y cuando descanso, vuelvo a trabajar, hasta que ya estoy tan cansado que confundo las palabras.

- Sábados, domingos...

- Me da igual, yo no tengo calendario laboral.

- Algunos escritores sostienen que una novela surge a medida que se escribe, ¿usted lo sostiene o hace un esquema...?

- Yo no sé nunca dónde va a ir el personaje. Nunca, nunca jamás. Es más, si yo quiero que vaya hacia un lado, va o no va. Y si un personaje está bien creado, con harta frecuencia hace de su capa un sayo.

- Cómo ve hoy La colmena, ¿quizá lejana?

- No, no, no muy lejana. La veo viva y coleando todavía, ya lo creo. La releo a veces, abriendo por cualquier lado, y veo que todavía... Ya es una especie de historia. Esto es, quien quiera estudiar la Historia de España de aquellos tiempos, no bastaría con que se fuese a las hemerotecas o a los libros de Historia, tendría que leer La colmena también. Hay una cosa que es el espíritu de aquel tiempo que está en las obras literarias, en La colmena y en las obras que la acompañaron en aquel trance.

- ¿Y cómo se las apañaba para crear tantas decenas de personajes?

- ¡Si están ahí! No hay más que echarse a la calle y dar una palmada y salen todos. Se mete usted en un café, o se metía entonces en los cafés, que estaban abarrotados de gente, y en cada mesa había una novela. Después sólo había que bautizar a esos personajes y atribuirles una profesión, un oficio, unos amores, los que fueren, una vecina...

- O sea, que hay que saber ver.

- Sin duda ninguna, es que el oficio de novelista no es otro. La novela existe, ahí está en vigor; ahora, descúbrala usted, claro; desentráñela usted y apúntela en un papel.

- «Madera de boj» era una asignatura pendiente, una espina clavada que se atragantó por la concesión del Nobel.

- No, no, fue simplemente una novela atascada, que se atascó con el Nobel. Lo curioso es que durante ese tiempo yo hice dos novelas y un par de libros de artículos. O sea, que yo tampoco hice el vago, porque El asesinato del perdedor y La cruz de san Andrés se escribieron y se publicaron durante ese tiempo.

- Lo que sí ha hecho ha sido rehacerla de nuevo...

- Más que rehacerla, hacerla de nuevo, lo que tenía no me sirvió.

- Y cuando no ve claro un libro, ¿lo consulta con alguien?

- No, no, no. Lo dejo que madure, lo releo, y hay páginas que se guardan y otras que no.

- Hombre, lo difícil es saber si una página aguanta o no.

- Bueno, eso es uno de los riesgos que cura el tiempo de que hablaba Herodoto, que es dejar descansar un original durante equis tiempo a ver si resiste una última lectura o no. Eso, querido amigo, depende de cada página o de cada circunstancia.

- ¿Usted se ha dicho en algún momento «ya no se me ocurren más cosas»?

- Por ahora no se me ha planteado. Cuando me pongo a escribir siempre tengo algo que decir.

- ¿Cómo le ha cambiado el Nobel, si es que le ha cambiado?

- Lo que hace al principio es desorientar... mucho, no poco, sino mucho. Pero después se vuelve uno a reorientar, vuelve uno a sus hábitos normales, de siempre. Pero eso es cuestión de que pase el tiempo.

- Usted ha dicho en varias ocasiones que el que resiste gana, que puede valer tanto...

- Para todo. No hay que tener prisa, nunca. Con la prisa puede uno escornarse la boca contra la pared y eso es terrible. Hay que ir a su ritmo. Y el que resiste gana, sin género de dudas. Lo que pasa es que ahora resistir cuesta mucho trabajo y dan ganas de tirar la toalla y abandonar todo. Es lo que hay que evitar.

- ¿Nunca ha tirado la toalla?

- No, nunca. Sigo en activo desde hace... Usted verá, La familia de Pascual Duarte fue del año 42, luego tiene ya 57 años y ya ha llovido desde entonces.

- ¿La literatura es cuestión de codos, de disciplina?

- Entre otras cosas, sí. Hay que tener un mínimo talento y un instinto de la lengua, se supone.

- Usted parece que siempre ha saltado al vacío.

- Bueno, es un poco mi deber. Sería demasiado cómodo el tirar por los caminos trillados. Eso sería un fraude, incluso un engaño que se haría al lector. Y después un engaño del escritor a sí mismo. No hay nada más dramático que el escritor que se convierte en su propia caricatura. Hay que intentar caminos nuevos.

- Se le ve a gusto, en forma...

- Hombre sí, no me puedo quejar. Yo creo que es un poco la satisfacción de ir cumpliendo con el deber que uno se haya marcado, claro. Ver que poco a poco va consiguiendo uno aquellas metas que se propone. La más importante, la de poder seguir trabajando. Este oficio tiene la ventaja de que no hay jubilación posible, más que la artereosclerosis. De mí, el día de mañana, se podrá decir que yo era un escritor bueno, malo o regular; ahora, lo que no me podrá decir nadie es que fui un holgazán, porque yo he escrito más que un tostao.

(Fuente: El Mundo)

domingo, 21 de febrero de 2010

Recordando a Paco Herrera

Habría que preguntárselo, ¿no? ¿Qué demonios pasó con Paco Herrera? De este lado del mundo, ni qué decir, que casi ni se lo ha conocido (y si yo lo he oído es porque la curiosidad me ha llevado por otros caminos que los de lo que la gente escucha, no porque sonase), y Latinoamérica, ciertamente, no ha sido su patria. Pero en España tampoco parece recordárselo mucho, y eso que fue de los grandes, de los que se atrevieron a poner algo nuevo donde parecía haber mucho y, bien visto el asunto, no había nada. 
La pura verdad es que las cosas están así, y de Paco Herrera ni mu. Yo no soy un experto, pero aunque lo he escuchado poco, no puedo decir que mal: sus canciones merecen más de un oído bien atento. En cambio, quiero copiar aquí la entrada de dvd (autor del blog "Opciones Avanzadas Ltd") sobre el asunto, que fue la que me hizo reparar a mí en tan extraño silencio, y de paso dejarles un video de una de sus presentaciones, cantando Mi cárcel no tiene rejas (quería poner alguno de Como caballo de Troya, pero el único video de esta canción en Youtube es patético). Y, ya les digo, hay que tomarse un tiempo al día para pensar bien si no nos estamos olvidando de alguien. 

Dvd dixit: "Aprovechándome de las ventajas de la red a la hora de intercambiar impresiones más o menos personales, lo de hoy sí que es muy personal, un desacomplejado exorcismo de un sevillano a través de uno de sus cantautores más personales e injustamente olvidados. Paco Herrera supuso, a principios de los ochenta, nada menos que una importante continuación al rock andaluz de los setenta (llámese Triana, Alameda, etc...), aunque con un tono deliberadamente más poético y hundiendo sus desgarradoras letras en la tradición flamenca con más fuerza aún si cabe. Como caballo de Troya fue su proyecto más ambicioso, una ópera rock sobre el infierno de la heroína, sus miserias, esperanzas y mártires. Herrera no es condescendiente, su poesía siempre fue muy cruda y directa, y si Lou Reed hubiese nacido en Sevilla y hubiese escuchado a Caracol en vez de Elvis... pues eso. Mis recuerdos alcanzan a aquellas cassettes de mi padre, con todos aquellos héroes andaluces junto a los anglosajones; el olor de los porros y los pubs que ya no existen; el final de los ochenta... Ya nadie se acuerda de Paco Herrera, por eso lo traigo aquí, porque no veo qué sentido tiene un mundo tan lleno de posibilidades como la red si no es para conocer lo que no conocíamos. Puede que alguien vuelva alguna vez a comprar un disco de Paco Herrera..."


sábado, 23 de enero de 2010

Violencia, reflexión y belleza: Cocco, di Sturco y Giorgi expuestos en España


Si hace unos meses hablábamos de la fotografía de Sanders y Lee Miller, hoy, si queremos ponernos al día y tomar un tema de actualidad, bien podríamos hacerlo volviéndonos hacia los tres fotógrafos cuya obra va a ser expuesta en La Casa Encendida. Se trata de los italianos Francesco Cocco, Giulio di Sturco y Pierluigi Giorgi (a estos dos últimos acabo de descubrirlos), que acaban de ser premiados en España con el XIII Premio de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña por sus desgarradoras series. (Fuente: El País)
La de Cocco (hace tanto tiempo que quiero hablar sobre él) merece una atención especial. Este hombre, que ya ha realizado proyectos en minas chinas y en prisiones, está exponiendo su muestra titulada Afganistán, producto de un crudo trabajo con la cámara en este país arrasado por la violencia y la masacre. En sus fotografías, sin embargo, la violencia adquiere un matiz especial y una estética particular que las hace una fuente de difíciles pero muy profundas reflexiones.
Giulio di Sturco, por su lado, fue galardonado por sus fotografías de las inundaciones en el estado Indio de Bihar. "Lo que más me impactó fue ver a una mujer y su hijo sentados en un campamento, sin hablar y sin moverse. No podía comunicarme con ellos, era muy duro ver esa absoluta soledad de haberlo perdido todo en los ojos de la mujer", relató el fotógrafo.
Finalmente, tenemos a Perluigi Giorgi, al que acabo de descubrir, y que ya se ha ganado un puesto entre mis fotógrafos favoritos. Su serie sobre los marginados rumaníes es, verdaderamente, fascinante y cruda, y su tríptico fotográfico del que habla en la nota de El País me ha dejado marcado.
Hasta aquí, la noticia. Francesco Cocco, Giulio di Sturco y Perluigi Giorgio son tres fotógrafos que merecen una mención especial, ciertamente, y espero que ningún español esté pensando en perderse la muestra, ya que la tienen a mano (lo que daría yo por estar en esos lares, de paso que me serviría para echarme unos tragos con algunas personas a las que no veo hace demasiado tiempo). Lo que resta, sin embargo, es preguntarse por esta extraña estética de la violencia: nos enriquece, nos perturba, nos fascina. Prefiero una fotografía de decapitados que una de flores, pero, ¿por qué? Acaso se trate del reconocimiento, a la vez, de nuestra propia condición humana, de nuestra íntima ridiculez existencial, y del morbo que se apodera de nosotros ante realidades semejantes. Sé que hay quienes observan esta fotografía con esperanzas: la formación de una consciencia acerca de la realidad, etcétera... y no lo voy a negar, pero hay que reconocer los límites de cada cosa. La esperanza de la humanidad no sobrevive más de una semana, un par de años, y luego volvemos a aprender que la paz no es sólo imposible, sino que a largo plazo bien podría no servir para nada, como ninguna otra utopía (si no, pregúntenselo a Huxley).
En fin, lo cierto es que esta estética está allí, y estos fotógrafos nos ofrecen una exploración de sus límites, de paso que de los de nuestra condición existencial. ¿Será posible que esas muestras lleguen un día hasta las costas peruanas? ¿Tendré que echar la vista al suelo, resignado, cada vez que leo acerca de las exposiciones que se preparan en los demás países? De todos modos, le recomiendo a todo el que pueda que se de un salto por La Casa Encendida. Va a estar bueno.

Fotografía: un perro ha sido mutilado por una bomba en Kabul (Francesco Cocco, serie "Afganistán") Fuente: francescococco.com

domingo, 10 de enero de 2010

"Insomnio", de Dámaso Alonso

Ya hablábamos hace un tiempo de Dámaso Alonso, ese poeta con el corazón escarchado de óxido al que tantas horas de agradecida lectura le debo. Ahora, se me ocurrió que no estaría nada mal invocar aquí a su propia voz para que nos recite algo de lo suyo: Insomnio. Este es, de hecho, el primer poema que leí de Alonso, y de más está ya decirles cuán profundamente se me coló en la cabeza y en la vida. Porque se trata de algo que rebosa sus propias palabras, su desesperanza o aún la de su España enferma de la primera posguerra; este es uno de esos poemas que nunca, jamás, terminarán de ser leídos (ya decía Nooteboom que un poema no terminará de ser leído o escuchado hasta que haya muerto el último de sus lectores). Se los dejo, pues.


martes, 1 de diciembre de 2009

Sabina en vinilos (envinila'o)


Que Joaquín Sabina es de lo más grande (lo más de lo más, cabría decir) de la letra y la canción en español es algo que ni sus detractores pueden negar. Hace apenas algo menos de un mes apareció su último disco, Vinagre y rosas (que aún no he escuchado, aunque los comentarios de Pancho Varona en su blog son bastante esperanzadores). Y esta mañana me llegó un correo de la página oficial de Joaquín Sabina con un aviso bastante llamativo: se ha publicado, en España, la discografía completa del susodicho vozarrón de lija con buen tono y poeta entre los más poetas de los cantautores en formato de LP, es decir, en vinilo. Como lo reza el mensaje: "Es la obra completa de Joaquín Sabina reunida en 14 LP (10 sencillos y cuatro dobles) en una caja de edición limitada imprescindible para coleccionistas. Se trata de facsímiles, es decir reproducciones fieles y precisas de los vinilos originalmente editados, tanto de las grabaciones en sí mismas como del correspondiente material gráfico de los álbumes. En en caso de los cinco álbumes que nunca fueron editados en LP de vinilo, el contenido musical también es idéntico al original y el material gráfico se ha adaptado al formato vinilo".
Desgraciadamente, veo muy remota la posibilidad de hacerme con una de estas cajas; pero de todos modos me parece genial, un guiño al buen espíritu clásico (en estos tiempos de ipods y kindles) que se vuelva la vista hacia todas estas que, viejas, siguen siendo mejores que sus equivalentes jóvenes y pos-posmodernos (que además no duran nada; en cambio, todos mis vinilos siguen funcionando bastante bien). Y que el objeto de tales reediciones sea un maestro del talante de Sabina, pues qué joder, es de lo mejor que podía hacerse, ¿no? Sencillamente, sin palabras para expresar mi satisfacción, ni mi muy sentido y desinteresado agradecimiento.

jueves, 30 de julio de 2009

Un tal Camilo José Cela


Creo que la única forma justa de mencionar a Camilo José Cela es así, con sus dos nombres y apellido: tres palabras que, unidas, dan una muy buena idea de lo que es la obra de este escritor: solidez, crudeza, fuerza e ironía. Y, también, poesía, porque hablamos del autor de una de las prosas más exquisitas de lo que ha venido siendo la literatura española de los últimos siglos, si es que no la más.

Un momento que creo nunca olvidaré fue la ya lejana noche en que abrí por primera vez La Colmena. Lo primero con lo que me topé fue con una serie de prólogos a las diferentes ediciones de la novela, a través de los cuales el autor reflexionaba en torno a varios puntos que, luego, se enmarañarían entre las páginas. Esa noche descubrí un sabor de literatura que nunca antes había conocido, que era absolutamente nuevo para mí. Cada vez que leía eso de no dejarnos vencer por la tristeza, un sentimiento muy extraño se revolcaba en mis entrañas mientras me acariciaba el paladar. Y, luego, esa cita a la que no dejo de volver a cada momento: "La literatura no es una charada: es una actitud". Después, empieza la obra (que no es exactamente una novela), que, definitivamente, incluyo entre mis favoritas: la suma de retratos, sonidos, imágenes, personajes y diálogos que es La Colmena ha sido una de mis mayores vivencias como lector. Además, hay un punto que me gustaría señalar acerca de la obra de Cela en general y de La Colmena en particular, y lo hago como un lector hispanoparlante no nacido en españa: es imposible leer a Camilo José Cela sin la entonación particular que dan los españoles al idioma español, como si en esas páginas estuviese capturado algo de la España que fue, de la España que es. Esta es una forma de lectura que sólo se me ha vuelto a imponer tiempo después, leyendo La Nardo de Ramón Gómez de la Serna, y en mucho menor escala. Pero claro, si hablamos de dos genios como ellos...

Pero hay otro Camilo José Cela, que sin embargo no deja de ser el mismo: el Cela personaje, el Cela entrevistado, el Cela que alguna vez anduvo por las calles de Madrid o de Mallorca y que era un especialista del humor y la grotesquería con el mejor estilo medieval. Vivencias extrañas, bromas y ocurrencias tiene de sobra en su biografía: meterse, muy elegantemente vestido, a una fuente durante la inauguración oficial de una estatua en su honor; comerse un grillo una noche en un bar sólo para demostrar a una señora que se trataba de una criatura inofensiva; o quemar su licencia de conducir sólo porque no entiende el sentido de las normas que lo obligan a, entre otras cosas, detenerse en las esquinas y ante los semáforos. Pero las historias sobran (en sus entrevistas hay montones), así como las bromas. Una que narra en el transcurso de una entrevista con el Paris Review, por ejemplo, es que estaba en una reunión del congreso, muy aburrido, y que uno que estaba hablando en ese momento le llamó la atención y lo acusó de eestar dormido, a lo que Cela respondió que no, que no estaba "dormido", sino que estaba "durmiendo". Cuando el otro le dijo que esas dos palabras eran lo mismo, Cela, con infinito tino y con astucia de zorro, le respondió que no era así: que, del mismo modo, no era lo mismo estar "jodido" que estar "jodiendo".

En fin, un breve brindis por Cela, un escritor al que debo mucho y que merece ser más recordado de lo que es últimamente. Ya casi nadie habla de Cela, y sin embargo... sólo puedo decirles que lo lean, que se dejen arrancar por sus páginas. Aunque, ciertamente, a él no le importaría demasiado lo que le digan, o lo que dejen de decirle.


p.d. Vean la entrevista que le hace J. Soler Serrano a Cela, que está colgada en Youtube y es, sencillamente, genial.
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