| Mr. Mierdas y un servidor, entre copas, tabaco y memorias de "El Tábano". |
lunes, 19 de marzo de 2012
Reporte de daños (el gallinazo vuelve a Lima)
lunes, 13 de febrero de 2012
Un gallinazo en Madrid
martes, 23 de agosto de 2011
La España soñada... de Ratzinger
miércoles, 13 de julio de 2011
Enterrar a los vivos
viernes, 10 de junio de 2011
Tocayaje: Santi Guillén y Yabo Torbo
sábado, 18 de diciembre de 2010
Amor de familia
martes, 3 de agosto de 2010
¿La voz de Cataluña?
Antes de entrar en aguas turbias, del tipo de aguas a las que no soy muy afecto a meterme (aunque lo voy a hacer), todavía voy a lamentarlo. Porque es triste que un pueblo se tenga que despedir de sus tradiciones, porque un pueblo tenga que decir adios al hervor de su sangre ante la palabra de unas tristes minorías. Y esto en nombre de un progreso moral que tiene mucho, o demasiado, de panfleto político, de discurso velado y de dedos que se cruzan en los bolsillos de unos pocos.
Detesto hablar de política, y sin embargo hay que hacer notar el detalle: prohibir las corridas de toros significa, para algunos miembros del parlamento de Cataluña, empujar a la gente a sentirse un poco menos española. Y no es que yo vea mal que un territorio quiera independizarse de otro, pero es que dos, cuatro o sesenta y ocho políticos no son el pueblo catalán, sino apenas un trozo de su apéndice. Mañana querrán hacer desaparecer los discos de Paco de Lucía y los de Remedios Amaya, y pasado mañana desaparecerán las botellas de jerez de los supermercados. ¿El motivo? Siempre es fácil escribir buenos motivos. No se necesita mucha creatividad. (Y si creemos en lo que dice el ABC acerca de los costos -de cerca de 300 millones de euros- que comportará la prohibición, pues hay que reconocer que España no está para andar echando euros al agua).
Me parece muy bien que los antitaurinos saquen a relucir sus argumentos éticos. Quedan más que invitados al debate (ojo, que los insultos no son argumentos). Pero que por lo menos echen un vistazo a lo que sucede tras bambalinas en su propio parlamento, donde (todos sabemos cómo son algunos políticos) nada es realmente lo que parece ser. Al final, ¿cuál es la voz de Cataluña? Porque quedan muchos que se están guardando el grito en la garganta, y que a lo mejor ya no sabrán dónde ni cuándo gritar "olé".
En la imágen, y muy bien dicho, "Llibertat per la nostra cultura". Fuente de la misma: ABC. Y porque mis palabras no son nada, recomiendo mejor un vistazo al siempre preciso y, cuando es necesario, afilado blog "Opciones Avanzadas Ltd." (link en la lista de blogs a un costado), donde quien lo dirige (que por si fuera poco es español) ha escrito también sus pareceres, más que dignos de ser leídos, en una nota titulada "¿Olé?".
lunes, 24 de mayo de 2010
Las crónicas de sangre de Pascual Duarte
Siempre me he preguntado qué le pasa a todo el mundo (y en especial a muchos españoles) con las novelas de don Camilo: de un tiempo a esta parte, parece haber pasado del pedestal de mármol al rincón de cachivaches, y su nombre cada vez suena menos, como no sea para mencionar el tipo de literatura que "no debe hacerse". Y trato de comprender, y me arranco los pelos y me destapo la cabeza y me devano los sesos, y no lo logro. De hecho, creo que el día que tenga la suerte de conocer España voy a detenerme frente a cada busto de Cela que encuentre (creo que hay unos cuantos) y voy a recordar alguno de sus pasajes.
Y es que yo no sé cuántos estarán de acuerdo conmigo, pero creo que Cela fue uno de los escritores de prosa más intensa, dura y poética de la narrativa española. Alguna vez he echado laureles y flores al referirme a La colmena, en este mismo blog. Ahora, hablo de un libro muy distinto, menos total quizá, y que puede que peque de ser algo desigual, pero que no deja de ser una lectura que no dejo de agradecer cada vez que vuelve a mi memoria: La familia de Pascual Duarte, novela de corte realista, que es sórdida en el mejor de los sentidos (como lo será luego La colmena): en el desarrollo psicológico de sus personajes (uno, en este caso, que es Pascual Duarte), que nos obligan a poner en tela de juicio los valores de la ética para, al final, acpetar que hay que colgarlos de los talones para buscarles los piojos.
Más que urbana, suburbial. Dura y cruda, narrada con violencia y prepotencia, en voz de grito o de lamento la mayor parte de las veces. En pocas palabras, una novela con verdadera personalidad, absorbente no sólo por el personaje a cuyos andares asistimos, sino también por la secreta poesía con que está escrita. Esto no tengo ni que escribirlo, pero lo haré por si las dudas: Camilo José Cela fue un verdadero poeta en su prosa. Un genio, además, que supo articular maquinarias narrativas verdaderamente escalofriantes, portentosas, que logran dar la vuelta de tuerca exacta para generar en nosotros, sus lectores, eso que jamás pensamos que sentiríamos frente a páginas semejantes: ternura. Una ternura enfermiza, es cierto, y que convive mano a mano con el temor y la angustia. Pero ternura al fin y al cabo, y para sorpresa de todo el mundo.
Lentamente, los nubarrones del olvido parecen cernirse sobre la novela con la que Cela logró, alguna vez, revolucionar el universo literario de España. Pero, como la misma novela reza, "Hay hombres a los que se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a los que se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas". Y ese fue, desde su primera página de vida, el camino de Pascual Duarte. Para ahogarse lentamente en el polvo de los años, quizá; pero, también, para encontrar, una que otra vez, un nuevo lector que pase sus páginas lentamente y con la mirada muy fija, que al final se despedirá del bueno de Pascual agradecido y algo tembloroso, como fue mi caso.
Pero no quisiera despedirme sin antes recordar una anécdota (otra de las tantas) de Cela, esta vez en relación a La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Cuenta don Camilo en una entrevista que, cuando se enteró de que el libro había llegado a las librerías, se fue a la más cercana y, luego de cerciorarse de que su novela estaba sobre la mesa de novedades, se quedó esperando a ver si alguien lo compraba. Al rato entra un hombre mayor, que se detiene unos momentos frente a la mesa de novedades y, ¡oh sorpresa!, toma su libro, lo hojea unos momentos y lo vuelve a dejar en el lugar donde estaba. Luego se dirige a otro lado de la librería, toma un libro de Julio César (creo que el de la Guerra Civil) y, de camino a la caja, vuelve a detenerse junto a la mesa de novedades, vuelve a hojear la novela de Cela, y se la lleva a la caja, paga, y sale con ambos libros. El joven Camilo José, emocionado, lo sigue hasta la calle, se le acerca y le pregunta si no quiere que le firme su libro. El hombre, algo atónito por la sorpresiva increpación, ve el libro que lleva consigo, la Guerra civil de Julio César, vuelve a mirar a Cela y, de pronto, sale corriendo. Claro: ¿quién, se habrá dicho, es este loco que jura ser Julio César?
Anécdotas aparte, me permitiré insistir todavía una vez más: dense una oportunidad y no dejen esta novela de lado antes de haber recorrido sus páginas. Que puede que no les guste, de acuerdo, pero vale la pena intentarlo. Al fin y al cabo, puedo asegurarles que, para bien o para mal, es una novela que merece una lectura atenta, y que es perfectamente capaz de colárseles en la médula misma de los huesos, si se andan sin cuidado. ¿Es necesario decir algo más?
lunes, 15 de marzo de 2010
Y de pronto, ¿se nos van acabando las corridas? Habla Fernando Savater.
Bien. De la lista de campos desde los que Savater prueba su apología, el más llamativo debe ser ese que es, desde hace ya mucho, su especialidad: la ética. Y, en este caso, la ética en tanto que relacionada a nuestro comportamiento moral para con los animales, más allá de si se trata de toros o no. A ver si él se hace entender por sí mismo:
"De modo que resulta un poco risible el argumento abolicionista de "que le pregunten al toro si le parece arte que le piquen o le den la puntilla". Tampoco nadie le pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades gastronómicas o a los bueyes si quieren tirar del arado. Ni a perros, gatos o caballos de carreras si quieren ser castrados por nuestro bien. Porque en el caso del debate actual debe quedar claro que no se trata de introducir en nuestra cultura las corridas, sino de prohibir una práctica secular. ¿Que no sería hoy admisible iniciarlas? Imaginemos si aceptaríamos con los valores vigentes empezar a criar animales para alimentarnos con ellos. Me parece estar oyendo a quienes contemplasen corretear a unos pollos o a unos terneros: "¡Qué ricos son! ¿Verdad? Me refiero a que parecen sabrosos...". Reconocemos que en los mataderos o las granjas avícolas industriales los bichos no lo pasan nada bien, pero se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar de las plazas de toros. Otros se escudan en que no es lo mismo sacrificar animales para atender nuestras necesidades que para satisfacer diversiones o lujos".
Ahora hagamos lo nuestro, resaltemos dos o tres ideas, y veamos qué hacemos con ellas. Creo que nadie con dos dedos de frente puede dejar de reconocer que Savater tiene algunos puntos. El gran asunto de fondo en todo este debate moral es, efectivamente, el que cuestiona acerca de si es lícito maltratar y matar a un animal sólo para la diversión de unos cuantos seres humanos. Bien, ahora vayamos por puntos.
En primer lugar, hay que darle la razón a Savater en un punto clave de su exposición: si se acusa a los aficionados por el sadismo y el morbo de su sentido de la diversión, pues hay que sacar a relucir ese argumento: si fuese realmente el morbo el que los llevase a los ruedos, entonces no estarían allí, sino observando a las gallinas ponedoras en sus jaulillas, medio desplumadas y sucias, aplastadas entre más aves de las que su recinto puede albergar; o visitarían a los vendedores de pieles y les pedirían el número de sus proveedores, a ver si pueden ganarse con el espectáculo de cómo se le arranca la piel a una foca bebé o a un mapache mientras el animal sigue con vida (para que no se contraigan los músculos y se estropee la calidad de la piel). ¿Las cosas como son? Si: como son. No voy a negar que hay alguna dosis de sadismo en la Fiesta Brava, pero se acerca siquiera al grado de sadismo en el que se fundamenta gran parte de nuestra alimentación, vestimenta, medicina, etc. ¿Que todo eso es útil? Claro, para nosotros los humanos, y no para las pobres bestias que sólo por andar más indefensas que nosotros se las ven verdes cuando las queremos incluir en nuestros sistemas de vida. Y para todo aquel despotrica contra las corridas sin haber pisado jamás un camal o un matadero, yo que lo he hecho se los digo: de ser un toro, preferiría mil veces recibir la muerte en la arena que en sus oscuros y sangrientos recintos, donde hay mucho más que padecer. Así que no saquen a relucir el argumento de la dignidad del animal: los animales, hasta donde sabemos, desconocen el significado de algo tan absurdo como la palabra "dignidad"; esa es una estupidez que sólo padecemos los humanos, y en nombre de la cual se ha cometido más de una aberración. Y, si aceptamos ese argumento, de todos modos sería mucho más digno para el animal morir en la gloria del ruedo que entre el silencio y las torturas de un matadero, ¿no lo creen?
Bueno, esto ya se pone un poco largo. Me guardaré de seguir con mis comentarios, pero no sin antes dejar un último argumento, definitivo, para que todos los que se declaran como amantes de los animales: el que nunca halla pisado una cucaracha, aplastado una mosca o dejado algo de veneno para ratas en un rincón del hogar, que lance la primera piedra.
Para leer la nota de Fernando Savater en El País, entra a esta dirección: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Rebelion/granja/elpepiopi/20100316elpepiopi_11/Tes
miércoles, 3 de marzo de 2010
Entrevista a Camilo José Cela
-¿Cómo recuerda usted el Madrid y la España de 1943, donde se sitúa La colmena?
- Hombre, era una España amarga, un Madrid dramático. Yo, con frecuencia, dedico ejemplares de esa novela diciendo «esta crónica amarga de un tiempo amargo», lo cual era verdad. Era terrible aquello, era terrible. El miedo... El miedo era incluso desproporcionado. Había muchas razones, sin duda alguna, para el miedo, el miedo político sobre todo. Pero quizá en ocasiones era hasta desproporcionado, lo cual lucha a favor de aquel que mete miedo.
- Ese retrato rompió moldes literarios y tuvo gran repercusión.
- Hombre, yo hice lo que pude, claro. Sí, en algún momento por mí, por mis páginas, hablaba un poco la conciencia colectiva.
- La colmena fue censurada dos veces.
- Bueno, eran estúpidas aquellas censuras. Después se autorizó incluso durante el régimen de Franco; Fraga, siendo ministro del Interior, y sin que yo se lo pidiese, cogió el teléfono y me dijo: «¿La colmena sigue prohibida?». «Sí», le dije. «Bueno, pues empezar a hacer otra edición, esto es una vergüenza». O sea, que salió de él.
- Ahora suena a risa, parece increíble.
- La censura no es que dé risa o deje de darla, es que era una evidencia, era una autoridad ejercida por gente, en general, de escasos talentos.
- ¿Qué pudo molestar?
- No lo sé, yo creo que nada. Ganas de marear que tenían, ganas de reivindicar el carguito, su pequeño mando de censores.
- Tardó en escribir la novela cinco años, de 1945 a 1950...
- Hice varias versiones, claro. Y la última me indignó tanto que tiré la novela al fuego, pues estaba encendida la chimenea de mi casa, en la calle de Ríos Rosas [de Madrid]. Menos mal que alguien se echó a rescatarla del fuego. Y no ardió, claro. Menos mal.
- La estructura, ha reconocido, le costó mucho trabajo.
- Claro, porque la técnica es algo que se va creando al mismo tiempo que la obra literaria. Es una especie de andamiaje que tiene que desaparecer después, como el andamiaje de una catedral. Esa es una labor muy enojosa.
- La colmena tiene sorna, ironía, piedad...
- Como la vida misma, sin duda de ninguna clase.
- Cuando la escribía, trabajaba...
- A todas horas, como ahora he hecho con Madera de boj.
- ¿Cómo se reparte el día?
- Trabajo y cuando me canso, paro. Y cuando descanso, vuelvo a trabajar, hasta que ya estoy tan cansado que confundo las palabras.
- Sábados, domingos...
- Me da igual, yo no tengo calendario laboral.
- Algunos escritores sostienen que una novela surge a medida que se escribe, ¿usted lo sostiene o hace un esquema...?
- Yo no sé nunca dónde va a ir el personaje. Nunca, nunca jamás. Es más, si yo quiero que vaya hacia un lado, va o no va. Y si un personaje está bien creado, con harta frecuencia hace de su capa un sayo.
- Cómo ve hoy La colmena, ¿quizá lejana?
- No, no, no muy lejana. La veo viva y coleando todavía, ya lo creo. La releo a veces, abriendo por cualquier lado, y veo que todavía... Ya es una especie de historia. Esto es, quien quiera estudiar la Historia de España de aquellos tiempos, no bastaría con que se fuese a las hemerotecas o a los libros de Historia, tendría que leer La colmena también. Hay una cosa que es el espíritu de aquel tiempo que está en las obras literarias, en La colmena y en las obras que la acompañaron en aquel trance.
- ¿Y cómo se las apañaba para crear tantas decenas de personajes?
- ¡Si están ahí! No hay más que echarse a la calle y dar una palmada y salen todos. Se mete usted en un café, o se metía entonces en los cafés, que estaban abarrotados de gente, y en cada mesa había una novela. Después sólo había que bautizar a esos personajes y atribuirles una profesión, un oficio, unos amores, los que fueren, una vecina...
- O sea, que hay que saber ver.
- Sin duda ninguna, es que el oficio de novelista no es otro. La novela existe, ahí está en vigor; ahora, descúbrala usted, claro; desentráñela usted y apúntela en un papel.
- «Madera de boj» era una asignatura pendiente, una espina clavada que se atragantó por la concesión del Nobel.
- No, no, fue simplemente una novela atascada, que se atascó con el Nobel. Lo curioso es que durante ese tiempo yo hice dos novelas y un par de libros de artículos. O sea, que yo tampoco hice el vago, porque El asesinato del perdedor y La cruz de san Andrés se escribieron y se publicaron durante ese tiempo.
- Lo que sí ha hecho ha sido rehacerla de nuevo...
- Más que rehacerla, hacerla de nuevo, lo que tenía no me sirvió.
- Y cuando no ve claro un libro, ¿lo consulta con alguien?
- No, no, no. Lo dejo que madure, lo releo, y hay páginas que se guardan y otras que no.
- Hombre, lo difícil es saber si una página aguanta o no.
- Bueno, eso es uno de los riesgos que cura el tiempo de que hablaba Herodoto, que es dejar descansar un original durante equis tiempo a ver si resiste una última lectura o no. Eso, querido amigo, depende de cada página o de cada circunstancia.
- ¿Usted se ha dicho en algún momento «ya no se me ocurren más cosas»?
- Por ahora no se me ha planteado. Cuando me pongo a escribir siempre tengo algo que decir.
- ¿Cómo le ha cambiado el Nobel, si es que le ha cambiado?
- Lo que hace al principio es desorientar... mucho, no poco, sino mucho. Pero después se vuelve uno a reorientar, vuelve uno a sus hábitos normales, de siempre. Pero eso es cuestión de que pase el tiempo.
- Usted ha dicho en varias ocasiones que el que resiste gana, que puede valer tanto...
- Para todo. No hay que tener prisa, nunca. Con la prisa puede uno escornarse la boca contra la pared y eso es terrible. Hay que ir a su ritmo. Y el que resiste gana, sin género de dudas. Lo que pasa es que ahora resistir cuesta mucho trabajo y dan ganas de tirar la toalla y abandonar todo. Es lo que hay que evitar.
- ¿Nunca ha tirado la toalla?
- No, nunca. Sigo en activo desde hace... Usted verá, La familia de Pascual Duarte fue del año 42, luego tiene ya 57 años y ya ha llovido desde entonces.
- ¿La literatura es cuestión de codos, de disciplina?
- Entre otras cosas, sí. Hay que tener un mínimo talento y un instinto de la lengua, se supone.
- Usted parece que siempre ha saltado al vacío.
- Bueno, es un poco mi deber. Sería demasiado cómodo el tirar por los caminos trillados. Eso sería un fraude, incluso un engaño que se haría al lector. Y después un engaño del escritor a sí mismo. No hay nada más dramático que el escritor que se convierte en su propia caricatura. Hay que intentar caminos nuevos.
- Se le ve a gusto, en forma...
- Hombre sí, no me puedo quejar. Yo creo que es un poco la satisfacción de ir cumpliendo con el deber que uno se haya marcado, claro. Ver que poco a poco va consiguiendo uno aquellas metas que se propone. La más importante, la de poder seguir trabajando. Este oficio tiene la ventaja de que no hay jubilación posible, más que la artereosclerosis. De mí, el día de mañana, se podrá decir que yo era un escritor bueno, malo o regular; ahora, lo que no me podrá decir nadie es que fui un holgazán, porque yo he escrito más que un tostao.
(Fuente: El Mundo)domingo, 21 de febrero de 2010
Recordando a Paco Herrera
Dvd dixit: "Aprovechándome de las ventajas de la red a la hora de intercambiar impresiones más o menos personales, lo de hoy sí que es muy personal, un desacomplejado exorcismo de un sevillano a través de uno de sus cantautores más personales e injustamente olvidados. Paco Herrera supuso, a principios de los ochenta, nada menos que una importante continuación al rock andaluz de los setenta (llámese Triana, Alameda, etc...), aunque con un tono deliberadamente más poético y hundiendo sus desgarradoras letras en la tradición flamenca con más fuerza aún si cabe. Como caballo de Troya fue su proyecto más ambicioso, una ópera rock sobre el infierno de la heroína, sus miserias, esperanzas y mártires. Herrera no es condescendiente, su poesía siempre fue muy cruda y directa, y si Lou Reed hubiese nacido en Sevilla y hubiese escuchado a Caracol en vez de Elvis... pues eso. Mis recuerdos alcanzan a aquellas cassettes de mi padre, con todos aquellos héroes andaluces junto a los anglosajones; el olor de los porros y los pubs que ya no existen; el final de los ochenta... Ya nadie se acuerda de Paco Herrera, por eso lo traigo aquí, porque no veo qué sentido tiene un mundo tan lleno de posibilidades como la red si no es para conocer lo que no conocíamos. Puede que alguien vuelva alguna vez a comprar un disco de Paco Herrera..."
sábado, 23 de enero de 2010
Violencia, reflexión y belleza: Cocco, di Sturco y Giorgi expuestos en España
La de Cocco (hace tanto tiempo que quiero hablar sobre él) merece una atención especial. Este hombre, que ya ha realizado proyectos en minas chinas y en prisiones, está exponiendo su muestra titulada Afganistán, producto de un crudo trabajo con la cámara en este país arrasado por la violencia y la masacre. En sus fotografías, sin embargo, la violencia adquiere un matiz especial y una estética particular que las hace una fuente de difíciles pero muy profundas reflexiones.
Giulio di Sturco, por su lado, fue galardonado por sus fotografías de las inundaciones en el estado Indio de Bihar. "Lo que más me impactó fue ver a una mujer y su hijo sentados en un campamento, sin hablar y sin moverse. No podía comunicarme con ellos, era muy duro ver esa absoluta soledad de haberlo perdido todo en los ojos de la mujer", relató el fotógrafo.
Finalmente, tenemos a Perluigi Giorgi, al que acabo de descubrir, y que ya se ha ganado un puesto entre mis fotógrafos favoritos. Su serie sobre los marginados rumaníes es, verdaderamente, fascinante y cruda, y su tríptico fotográfico del que habla en la nota de El País me ha dejado marcado.
Hasta aquí, la noticia. Francesco Cocco, Giulio di Sturco y Perluigi Giorgio son tres fotógrafos que merecen una mención especial, ciertamente, y espero que ningún español esté pensando en perderse la muestra, ya que la tienen a mano (lo que daría yo por estar en esos lares, de paso que me serviría para echarme unos tragos con algunas personas a las que no veo hace demasiado tiempo). Lo que resta, sin embargo, es preguntarse por esta extraña estética de la violencia: nos enriquece, nos perturba, nos fascina. Prefiero una fotografía de decapitados que una de flores, pero, ¿por qué? Acaso se trate del reconocimiento, a la vez, de nuestra propia condición humana, de nuestra íntima ridiculez existencial, y del morbo que se apodera de nosotros ante realidades semejantes. Sé que hay quienes observan esta fotografía con esperanzas: la formación de una consciencia acerca de la realidad, etcétera... y no lo voy a negar, pero hay que reconocer los límites de cada cosa. La esperanza de la humanidad no sobrevive más de una semana, un par de años, y luego volvemos a aprender que la paz no es sólo imposible, sino que a largo plazo bien podría no servir para nada, como ninguna otra utopía (si no, pregúntenselo a Huxley).
En fin, lo cierto es que esta estética está allí, y estos fotógrafos nos ofrecen una exploración de sus límites, de paso que de los de nuestra condición existencial. ¿Será posible que esas muestras lleguen un día hasta las costas peruanas? ¿Tendré que echar la vista al suelo, resignado, cada vez que leo acerca de las exposiciones que se preparan en los demás países? De todos modos, le recomiendo a todo el que pueda que se de un salto por La Casa Encendida. Va a estar bueno.
domingo, 10 de enero de 2010
"Insomnio", de Dámaso Alonso
martes, 1 de diciembre de 2009
Sabina en vinilos (envinila'o)
Desgraciadamente, veo muy remota la posibilidad de hacerme con una de estas cajas; pero de todos modos me parece genial, un guiño al buen espíritu clásico (en estos tiempos de ipods y kindles) que se vuelva la vista hacia todas estas que, viejas, siguen siendo mejores que sus equivalentes jóvenes y pos-posmodernos (que además no duran nada; en cambio, todos mis vinilos siguen funcionando bastante bien). Y que el objeto de tales reediciones sea un maestro del talante de Sabina, pues qué joder, es de lo mejor que podía hacerse, ¿no? Sencillamente, sin palabras para expresar mi satisfacción, ni mi muy sentido y desinteresado agradecimiento.
jueves, 30 de julio de 2009
Un tal Camilo José Cela

p.d. Vean la entrevista que le hace J. Soler Serrano a Cela, que está colgada en Youtube y es, sencillamente, genial.
