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martes, 18 de octubre de 2011

Bichos asesinos 2 - Total, ¿abajo o arriba?


Cuando uno piensa detenidamente en las clásicas estrategias de reciclaje a las que recurre (tan típicas de las segundas partes que les inventan a las películas que han tenido éxito), uno tendría que admitir que Tremors 2 es una mierda y punto. Por eso, resulta fascinante que esto no sea así (no al menos del todo, o no mientras no le exijamos a una película que va de disparos y bichos antropófagos que tenga los brillos de Trouffault o Marco Ferreri).
Guiada por un guión ágil, que lleva de una situación a la siguiente a muy buen ritmo, la segunda película de los Grapoides lleva la emoción a otro nivel: si en la primera regía ante todo el suspenso de unas orugas enormes que acechaban desde debajo de la tierra, ahora la trama evoluciona al miedo crudo y directo, cuando los bichos salen de las profundidades en su versión de bolsillo, pero igualmente mortíferas. Claro que hay un par de detalles que no terminan de quedar claros (¿qué son los mini-grapoides? ¿las crías de los grandotes, su versión post-metamorfosis o su siguiente paso en el camino de la evolución? ¿y por qué de pronto se parecen más a reptiles que a bichos?), pero tal vez eso sea lo de menos. Es una de las cosas que me gustan del cine de acción en general (que no es todo, vamos): que puede sentarte a disfrutarlo y echarte unas risas sin necesidad de romperte la cabeza, a menos que quieras hacerlo. Por lo demás, el único personaje de la primera que se hace extrañar es el de Kevin Bacon.
En términos generales, pues, diré que se trata de una película divertida, perfecta para un domingo por la noche, a la que no es necesario (ni pertinente) exigirle más de lo que nos dá. De acuerdo con que no es, ni de lejos, una pieza maestra del cine, pero no sólo de piezas maestras se vive.
Ahora, que sé que hay otras dos películas de la serie de Tremors, pero no las he visto, y no sé si llegue a hacerlo (uno nunca sabe). En la tercera, el protagonismo recae sobre el loquito de las armas y las explosiones, que tal vez sea el personaje más memorable -o en todo caso divertido- del reparto; y la cuarta, que tal vez haya sido excesiva (cosa que no afirmaré, porque no la he visto), se traslada a los tiempos del viejo oeste. ¿Exceso de los productores gringos? Supongo que sí, pero al menos no es algo a lo que no estemos acostumbrados.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La invención de Lumiere

Pensar que un día como éste, sólo que en 1864, nació Louis Jean, el segundo de los hermanos Lumiere que inventarían el proyector cinematográfico y fundarían el séptimo arte... No es que tenga mucho que decir, porque nunca supe mucho de ellos (aunque tal vez debería), pero de todos modos me parece una buena oportunidad para hacer algo de memoria. Y ya que todos hemos oído la famosa historia de cómo los asistentes a la primera proyección comercial de una filmación salieron despavoridos de la sala ni bien vieron que un tren iba hacia ellos, me he dicho: "Bueno, pongamos esa cinta en algún lado". Yo la ví hace unos años, y claro, ya no da miedo ni nada (¿qué nos va a asustar a nosotros, que tenemos que convivir con engendros de la talla de un Justin Bieber, que dicho de paso viene a Lima? Puaj...), pero es ilustrativa. Carajo, cómo cambian las cosas. Lo que hace el tiempo. Olé, Lumiere, y gracias.


domingo, 2 de octubre de 2011

Bichos asesinos 1 - Hay algo ahí abajo

Bichos... para algunos, animalejos desagradables cuya existencia debe ser moderada (o erradicada) a punta de veneno o siguiendo la vieja política del pisotón y punto. Esto, por lo menos, es lo que piensan los que siguen a ojos cerrados la filosofía según la cual el reino animal se reparte entre dos polos, en uno de cuyos extremos estaríamos nosotros, mientras en el otro quedan los seres "inferiores", es decir, obviamente, los que menos se nos parecen (no es difícil seguir la línea de la lógica de la estupidez humana, vamos). No es que podamos culpar a nadie: nuestra historia biológica y genética nos ha preparado para empatizar mejor con los animales que más se nos parecen, empezando por los monos y siguiendo en esa línea por los demás mamíferos, y después aves, reptiles, anfibios, peces... hasta llegar al otro extremo, donde se encuentran los "bichos": insectos, arácnidos, crustáceos y demás (amebas y similares creo que ni entran en este panorama).
Pero no todos piensan así, tampoco. Hay quienes ven en los bichos lo que hay: pura testosterona evolutiva, por así decirlo. Son máquinas de supervivencia, con una capacidad adaptativa con la que nosotros no podríamos ni soñar, eficientes, funcionales, envidiables. Hasta hay casos extraordinarios, que se pueden ver en las especies que viven organizadas en grupos, donde los bichos llegan a formar estructuras y comportamientos sociales. Por poner un ejemplo rápido, el de las abejas, que no necesitan un cerebro (porque no lo tienen) para implementar una política de castigo sobre los miembros transgresores de la colmena: si una abeja se emborracha, por ejemplo, recibe un escarmiento; y si vuelve a caer en el vicio, le arrancan las patas y la dejan a que espere a la muerte en el abandono. Tan sencillo como eso.
Tal vez esos dos factores (el que sean tan distintos y "temibles", por un lado, y su eficacia y habilidad de supervivencia del otro) los que han puesto a los bichos en la mira de los productores de Hollywood por tantos años. En los últimos días, me he dedicado a volver a ver algunos clásicos del género "bichos" del séptimo arte, y me gustaría por tanto aprovechar la oportunidad de colar por aquí algunos comentarios al respecto de dichas películas.
La primera es imaginable: Tremors, la que preparó las mentes de todos, ni bien arrancados los noventa, para la ola de bichejos que se nos venía encima. Solo que claro: estos no iban a contentarse con colarse en el tarro de las galletas, sino que nos querían a nosotros como plato fuerte en su menú. En este caso, unas enormes orugas subterráneas que arrasan con todo, arrastrando a sus bocas llenas de lenguas a cuanto ser comestible estuviese a su alcance, y poniendo en riesgo a los habitantes (menos de diez, si no me equivoco) de un lugar que lleva el curioso e improbable nombre de "Perfection". Pero no hay de qué preocuparse, porque ahí están Fred Ward y Kevin Bacon para asegurarse de que no quede ninguna con vida, apoyados por cerca por un loquito de las armas y las explosiones llamado Burt, que debe ser uno de los personajes más memorables del repertorio de Michael Groose, de paso que el mejor de esta película.
Lo curioso (y problemático) de estos gusanos hambrientos de carne humana es que no son como las lombrices comunes -además, claro está, del hecho de que las lombrices comunes no tratan de comernos- porque parecen capaces de pensar y aprender de lo vivido. No parece muy fácil dar muerte a un animal que no cae dos veces en el mismo truco, y que encima es capaz de tender una que otra trampa. Puestas así las cosas, lo que yo me pregunto es: ¿dónde carajo estaban escondidos antes esos gusanos para que nadie los viera?
Siempre he sido enemigo de hacer resúmenes (hay que tener talento para eso, y yo no lo tengo), así que pasaré a una consideración general, y es que la película es de puta madre. Se llega a lamentar que uno o dos personajes en particular no mueran para el final de la peli, pero supongo que eso es algo que tendremos que perdonarle a los guionistas. Lo demás, animales enormes, disparos, algo de romance idiota, explosiones, bichos que revientan, personajes que se hacen los bacanes... es todo lo necesario para sobrevivir a una tarde de domingo, mientras tratamos de hacernos a la idea de lo jodidas que van a estar las cosas el día que nos toque vérnoslas cara a cara con un gusano al que no podamos asestar un pisotazo (sin perder la pierna). Cosa que se pondrá un poco más difícil en la segunda parte, cuando nuestros buenos "grapoides" -así les llaman- den un paso más en su plan de caza, y nos presenten a su versión "de bolsillo". Pero eso lo dejaremos para la siguiente entrega, si les parece bien.    

miércoles, 13 de abril de 2011

Fellini, o el niño morboso


¿A quién se le podía ocurrir que, de pronto, una orquesta entera se cagara en todo y se levantara contra su director? ¿O que sería una buena idea meter un rinoceronte enfermo en un barco lleno de cantantes de ópera? ¿Que el silencio y la resignación mismas podían ser el pesonaje de una obra maestra? ¿Que podía hacerse una película que tratara de cómo se hacía esa película, lanzándose así a planos infinitos de realidad que al final no son más que una farsa? Pues claro: sólo a Federico Fellini. 
Recuerdo haber visto una vez un documental en el que Marcello Mastroianni recordaba el día que Fellini fue a buscarlo para pedirle que protagonizara La dolce vita: después de escuchar un rato al director, que le daba los motivos por los que lo había elegido y qué se yo, hizo lo que cualquier actor haría y le pidió ver el guión. Fellini, sin turbarse ni un poco, le dijo a uno de sus co-guionistas (creo que era Flaiano... pero podría equivocarme) que le diera a Marcello lo que pedía, y él, visiblemente turbado, le da una carpeta al actor. Mastroianni lo abre y se queda de una pieza: lo que hay es un solo papel en el que aparece una caricatura de un tipo con un pene enorme que se hunde en el agua que tiene un poco más abajo. ¿Gajes de un genio o simples ganas de joder? Tal vez un poco de ambas. 
¿Y por qué comento esta historia? Pues por un simple motivo: tratar de ilustrar cómo, para Fellini, la creación se daba constantemente y, sobre todo, a la manera de un juego. Algo mórbido, tal vez, y muy cabrón, pero tan genial, tan absolutamente profundo y complejo, que no había quién le diera la contra. En el fondo, creo que todos los que trabajaban con él sabían que no debían darle la contra, pero que igual lo harían sólo porque tenían que hacerlo. 
Creo que basta con revisar alguna biografía de este director (yo tengo una muy buena, de Hollis Alpert) para notar a lo que trato de referirme: a lo largo de toda su vida, Fellini demostró ser un gran y muy amable cabrón: un mitómano que se la pasaba de maravilla contando historias desfiguradas o del todo inventadas; un tipo que no dudaba en gastar más de lo que debía, podía y tenía, comprometiendo a todo el mundo pero siempre ganando; un abusador cariñoso que exigía a sus actores a ir hasta el límite de sus fuerzas y capacidades aunque ellos no tuvieran ni puta idea de lo que hacían o esperaban conseguir de ellos; un genio que sabía mover los cables para hacer lo que mejor hacía: unas películas que no hay dios que las haga mejores. 
No en vano fue Fellini un amante declarado del circo y de la estética circense. En su obra, la tragedia, la sátira amarga y el humor más socarrón lucen muchas veces el mismo rostro, encerrándose en un universo de símbolos ambiguos y escenarios musicales donde todo habla sin decir una sola palabra en el fondo. Si me piden decir las cosas con toda la objetividad posible, he de reconocer que ninguna película debe existir que sea tan compleja en todos sus niveles como 8 1/2, así como pocas otras existen que hayan afectado tanto la forma en que el mundo entero ve cine como La dolce vita, ni estéticas tan bien limadas y conseguidas como la que brilla en esa joya que es Amarcord. Ningún documental se ha hecho sobre una ciudad que tenga ese sello tan único que luce la Roma de Fellini, y creo que, sin importar cuántos siglos pasen, Gelsomina, la protagonista de La strada, seguirá siendo uno de los personajes más tiernos y memorables de la historia de la pantalla. Y todo, ya lo digo, hecho así: con una fe ciega en el juego, actuando mucho por instinto, pero metiendo siempre la cabeza para articular ese montón de impulsos.
En otras palabras, un Genio, con la mayúscula bien puesta. Hasta el momento, nunca he tenido algo que criticar a una película de Fellini, sino que siempre he salido sintiendo (y sabiendo) que he ganado algo que no sé lo que es exactamente, pero que es invaluable. Ver el mundo en toda su ridícula complejidad, que es lo que hacemos a través de sus ojos, es siempre algo que vale la pena. Algo de lo que no me cansaré nunca.

En la foto: Fellini y Mastroianni haciendo el paseo con el látigo durante la grabación de una de las tantas escenas inolvidables de 8 1/2.

martes, 15 de marzo de 2011

Una película con olor humano... demasiado humano


Hoy voy a ponerme autobiográfico, y les voy a compartir una historia de esas en las que el amor, la ansiedad, la depresión, la absoluta crisis existencial, la fascinación y las ganas de volarme la tapa de los sesos se reúnen en una sola vivencia. Como tantas veces, dirán algunos... pero bueno, es que esta fue una ocasión especial. 
A ver: calculo que esto habrá sucedido hace uno... cinco (¡cinco!) años, allá por el lejano 2006. Hacía mucho que oía hablar de un sujeto llamado Pier Paolo Pasolini, y en prticular de una película suya, titulada Teorema (bueno... ya se imaginarán cómo sigue esto...). Pues resulta que un amigo la compra, y en lugar de esperarme para verla, aparece un día, me la da y me dice: "Mírala". Así que la subí a mi cuarto, la puse sobre mi mesa, y seguí con lo mío, que es escribir, hasta las tres de la madrugada. Entonces, me dí cuenta de que aún no tenía sueño, y me dije: "Bueno, ¿por qué no? No puede ser taaan larga". 
Ahora sigue una pregunta clave: ¿alguno de ustedes, lectores míos, ha sabido alguna vez lo que es ver una película de Pasolini por primera vez, solo y a las tres de la mañana? Bien, resumamos lo que sucedió: termina la película casi a golpe de seis (ya salía el sol, lo recuerdo), y yo en un estado tal de... de demasiadas cosas reunidas que hubiera podido hacer cualquier cosa menos dormir o ponerme a menos de tres metros de cualquier otro ser humano. Fue algo devastador: los ojos como platos, la angustia devorando cada uno de mis poros, la lengua reseca, el paquete de cigarros vacío... y en mi mente una sola frase: "Maldito pedazo de genio". 
Más de una vez me ha pasado, comentando o tratando de recomendar a mis amigos alguna película de Pasolini (después de esa primera experiencia, he visto cada una de las que han caído en mis manos), que alguien me pregunta: "¿y para qué voy a ver algo que sólo va a servir para torturarme, algo que no voy a disfrutar?" Aunque no lo parezca, es una pregunta jodidamente difícil. En efecto: ¿por qué?
No soy de los que creen que el deleite tenga que ser, necesariamente, dulce. El miedo, el desgarramiento, la angustia, el horror y la pesadilla son, también, jardines de los que podemos arrancar eso a lo que llamamos placer... sólo que en una versión oscura, fuerte, cruda y, de paso, morbosa. Es como preguntarse por qué carajo leeríamos una novela del Marqués de Sade, Jean-Paul Sartre o Elfriede Jelinek hasta el final: sencillamente, porque ahí hay algo que siento muy mío: el absurdo, el horror, el vacío, la perversidad o la náusea. Oigan, que humanos hemos nacido todos. 
Y vuelvo a la carga: Teorema es, de lejos, una de las mejores películas que he visto en mi vida, y a ella le debo, de paso, una de las experiencias más fuertes y, sin embargo, provechosas de las que tengo recuerdo. Se trata de una tragedia que huele a tragedia, y quizá lo peor de todo sea, precisamente, la forma en que vamos notando (y sabiendo desde siempre que será así) cómo la narración se va cerrando hasta llegar a su punto más agudo y descarnado, como una obra de Sófocles, pero también como un teorema. 
Los que sepan algo de Pasolini recordarán que él nunca la tuvo muy fácil: atacado, censurado, amenazado y, finalmente, brutalmente asesinado, su vida fue, siempre, una lucha apasionada en la que trató de demostrar su amor por la humanidad mostrando su rostro más grotesco, desagradable y sucio. Los que hayan visto Saló o le centovente giornate di Sodoma (yo, hasta la fecha, lo he hecho unas cinco veces) sabrán mejor aún a lo que me refiero. Alguna vez lo llamé "un ángel caído". Bien: creo que puedo volver a firmar estas palabras. Un ángel que se levanta desde el lodo, conocedor profundo de lo oscuros que son los sótanos de nuestro ser, y sin embargo todavía es capaz de luchar por una sonrisa, aunque nos siga pateando con cada una de sus obras. Desde ya, alzo mi copa. 
¿Por qué, pues, ver una película como Teorema, o como tantas otras en las que lo que nos aguarda es una experiencia de esas magnitudes? Bueno, vale la pena que nos lo preguntemos. Pero cuidado: a veces los gustos sirven para esconder el miedo a vernos reflejados en el espejo, y como nunca nos habíamos visto antes. 


lunes, 7 de marzo de 2011

¿Algo bueno en el cine? Pues el cisne...


No, no y no: no son las pasiones desatadas por eso a lo que algunos llaman los Premios Óscar, ni son las ganas de subirme al bus de la farándula feliz. Tampoco entraré a darme de cabezasos por ahí con las comparaciones y el consabido "por qué no ganó tal y tal", por dos motivos: el primero, que no me he visto todas las películas nominadas; el segundo, porque creo que el buen cine no tiene nada que ver con la Academia (para demostrarlo, basta recordar que Pasolini nunca fue nominado, mientras una basura del tamaño de Titanic se llevó once estatuillas), aunque a veces afinen un poco el ojo y tomen una que otra buena decisión. 
No, señores: todo lo que quiero es decir que El cisne negro me pareció un peliculón de cabo a rabo (y con los que incluye, obviamente). Lo digo desde todas las ventanas: desde la de la crítica cinematográfica, por donde digo que la película es acojonante, que lo captura a uno y lo arrastra con su ritmo frenético y denso; desde la del analista, por donde digo que me parece extraordinaria no solo la forma en que sacan adelante un guión muy bien pensado e inerpretado a imágenes, sino también cómo se ayudan ya desde el movimiento de las cámaras para introducirnos al mood psicológico de la película; y, además, desde la del morbo, porque hay dos escenas con las que sigo soñando despierto (ustedes saben de sobra cuáles son). 
Los que la han visto saben, más allá de los gustos, que se trata de una película impactante, muy al estilo de Darren Aronofsky (supongo que todos los que la hayan visto recuerdan Requiem por un sueño), con esas ganas de joder constantes, de meterse en nuestros cerebros y páncreas y poner el dedo no donde duele, sino donde incomoda, donde nos agarra ese nerviecillo que hace que se nos encoja la piel por dentro. Hay quienes piensan que eso es una mierda. Yo creo que, bien hecho, es magia. Pero digamos las cosas claras: Requiem es una buena película, pero poco más que eso. El cisne negro es un Peliculón con todas sus letras y la mayúscula bien puesta por delante. La forma en que se desarrolla el guión, siguiendo ese ritmo de música clásica y manteniendo, de paso, la tensión siempre en sus niveles agudos, es realmente extraordinaria. Y el final... es que oigan, cuando terminó la película ya se me caía una lágrima. Y no de pena, que yo no lloro en las películas ni de tristeza ni de nada parecido: no, no... a mi se me suelta el lagrimón cuando realmente siento esa cosa que tienen algunas películas que nadie sabe lo que es, pero que te tocan en lo profundo y te hacen sentir que, por unos segundos, has visto a la perfección bailando desnuda frente a tus ojos.
Tampoco puede dejar de mencionarse el papelón que se hace Natalie Portman representando a esta bailarina que sueña con representar a la mala de la película, y que está loca como una cabra. Creo muy sincera y jodidamente que se trata de uno de sus mejores personajes... y la verdad es que además está muy churra con su cara de "no entiendo lo que está pasando aquí, pero creo que voy a matar a alguien". Como he escrito alguna vez en una nota sobre ella, es el tipo de mujer a la que, en otros siglos, se dedicaban libros como La divina comedia. Y yo hubiera sido el primero. Basta con mirarla...


Y todavía no es nada (bueno... en verdad ya es todo, pero... es que esta otra foto, aunque no sea de la película, es para pegarse un tiro y no querer volver a ver a nadie que no sea ella): 


En fin, que ya lo ven: todo lo que tengo para esta película son flores. Sé que no todos estarán de acuerdo conmigo, pero ya lo saben: a gustos y sabores no se les mira el diente, y cada loco con su tema. Yo, pues, con este peliculón que recomiendo con los ojos cerrados. Ahí les dejo el trailer.


lunes, 31 de enero de 2011

Un fantasma cinematográfico


Siempre he admirado a los autores que pueden dominar, con naturalidad y maestría, el género negro: misterios, amenazas, dudas, incógnitas y uno que otro vaso con tres dedos de whiskey mientras se eleva el humo de un cigarrillo. Hablo de ese puerto en el que se dan la mano el género policial con el thriller, la novela de aventuras y el realismo urbano, y que suele contar con algunos de los personajes más complejos y de perfiles más insospechados del repertorio universal: el clásico tipo duro al que la desgracia ha convertido en lobo solitario y que, aparte de drogarse o meterse tremendas rondas de escocés, ha perdido toda esperanza y sigue en el business porque no le queda de otra, no se le ocurre qué más hacer o anda expurgando algún pecado que le atormenta por las noches. Personajes que, en resumidas cuentas, despiertan en nosotros una rara mezcla de compasión y respeto que, a la larga, no nos puede generar otra cosa que el deseo de ser como ellos. 
Pero eso no es todo; más bien, apenas una de sus partes. Siempre he pensado que lo más importante del género "negro" es, definitivamente, el ambiente en el que se desarrolla la trama: ese ambiente algo sórdido, algo viciado, que no hace más que hacernos pensar en encender cigarrillos y servirnos escoceses y mordernos las uñas mientras hacemos apuestas mentales acerca de quién pueda ser el malo maloso. Y no me cabe la menor duda, tampoco, de que hay un nombre que brilla por la agudeza de su genio a la hora de crear este tipo de ambientes: hablo, sin más rodeos, del magistral Roman Polanski. 
Todos los buenos cinéfilos recordarán esa obra maestra que fue Chinatown, y que es (cómo dudarlo) una de las cumbres del cine negro. Cada uno de sus minutos encaja tan bien con los otros, cada diálogo y cada mirada están tan bien puestos en el lugar correcto, que realmente no queda de otra que admitir la perfección de la obra, sobre la que flota este ambiente fascinante y oscuro, suburbial y resignado, deprimido y resacoso. Y el final, que el que lo recuerde estará de acuerdo conmigo, debe ser uno de los mejores de la historia del cine. 
Polanski, pues: un pedazo de genio que ha sabido hacer lo suyo. Siempre lo pensé así, y jamás se me ocurrió dudar de su talento ni de su buen ojo; por eso mismo, ahora me toca preguntarme en qué carajo pensaba cuando hizo su última pleícula, The ghost writer
Al que no sepa de qué va la película, pues trata de un político muy popular y muy conocido que ha escrito unas memorias sin tener la más remota idea de cómo se escribe un buen libro de memorias, por lo que contrata una editorial para que le mande un escritor fantasma, uno de estos sujetos que escriben libros por encargo pero cuyos nombres no aparecen en la portada. Y, en el preciso instante en que empiezan a trabajar en el libro, empiezan los problemas: acusaciones contra el político este que relacionan su nombre con algunas escenas de torturas. Y no digo más, porque siempre he pensado que no hay que andar resumiendo las películas en las reseñas (el que tenga ojos, que vea la película), pero sí diré un par de cosas, una buena y otra mala.
La buena es que en esta película, como en las otras, Polanski nos hace notar el genio de su toque personal. Los personajes, las situaciones y, sobre todo, el ambiente, están a la altura de cualquiera de sus obras maestras, y se la puede jugar a mentener atento al público con un thriller de una calaña muy distinta a las usuales (piensen, si quieren, en las novelas de Benjamin Black - seudónimo, como todo el mundo sabe, de John Banville). Así que, hasta aquí, la cosa marcha bien, y la película va para arriba, en un crescendo lento pero seguro y firme. 
Lástima que todo se vaya por la borda: lo malo es que el final es una gutural estupidez, y te hace pensar que las expectativas que cuanto has visto hasta ese momento te han generado se vuelven en tu contra para patearte el culo. Casi parece una mala jugada, en serio. Porque es una cosa increíble: cómo tres o cuatro minutos pueden echarse abajo toda una película que, además, marchaba bien. Porque lo digo así de llanamente: no hay nada de rescatable en el final de la película, y pocos "misterios" han tenido una resolución más patética, simplista y poco pensada en toda la historia conjunta del cine y la literatura. 
¿Vale la pena ver la película? Esa debe ser la única pregunta que queda por contestar antes de concluir esta nota. Pues ya les digo: de no ser por el final, es una película que se vende a precio de oro. Pero, dado su género, un mal final implica que la estructura general de la obra se tambalea y cae, y nos quedamos con un sabor muy malo en la boca. No me arrepiento de haberla visto, es verdad; pero tampoco la vería de nuevo, ni la recomendaría al que me preguntara por alguna buena película reciente. Saque cada cual sus propias conclusiones, pues. Y eso sí: nadie deje de ver Chinatown (ahí les dejo el trailer). Ese piropo sí se lo hecho a Polanski, quien, pese a todo, no deja de ser un maestro, aunque sus resbalones guionísticos nos tengan que doler tanto. 


domingo, 30 de enero de 2011

La del sábado: Monty Python - "Always look on the bright side of life"

Esta vez no puede quejarse nadie, porque fueron advertidos todos de que nuestra sección de los sábados sería atrasada para el día siguiente, es decir hoy. Pero, como sé que hay quienes se toman esto muy a pecho que a lo mejor y hasta se ofenden con mis tardanzas, pues para esta entrega he elegido una canción diferente, magistral y, por si fuera poco, divertida. Los Monty Python, creo yo, no necesitan presentación alguna; y los que sepan por qué lo digo recordarán haber visto alguna vez una película sobre un mesías que no era exactamente el mesías pero que por algún motivo se las vio complicadas y terminó como un mesías cualquiera... en fin, que no voy a arruinarle a nadie la película. Pero eso sí: tengan por seguro que no hay nadie, pero nadie, que no tenga una sonrisa bien dibujada en el rostro cuando termina esta canción (que es la única que podría cantar un grupo de crucificados, creo yo). Y la dejo aquí, para que suene después de todas las resacas que vienen haciendo cola y, así, podamos tener el empujoncito que nos hace falta para poner el pie en esta semana que recién arranca. La he tomado, dicho sea de paso, no de la película Life of Brian (el que no la haya visto, hágalo), sino de la puesta en escena que hicieron los Python hace unos años en el Royal Albert Hall, y viene con la letra para que puedan cantar a coro desde sus casas y estresar a sus tías o hermanas de pasada. Que la disfruten, señores, que esto es existencialismo puro, y del bueno (¿alguien imagina a Sartre montándose un show con los Hermanos Marx?). .


lunes, 10 de enero de 2011

Un cineasta llamado Marco Ferreri


A veces, y quizá no tan a veces, me pregunto si realmente no vivimos en mitad de una epidemia saramaguesca de ceguera generalizada. Porque a lo mejor nos engañamos, y los ojos nos sirven para mucho menos de lo que solemos creer, y nos hacen falta un par de gafas. Y si se preguntan de dónde me viene esta súbita preocupación oftalmológica por la humanidad, pues la respuesta es muy sencilla: hoy me ha venido una pregunta a la cabeza, y no me la puedo quitar. Después de todo, ¿qué demonios ha pasado con la gente, que no parece recordar ni por casualidad el nombre de Marco Ferreri?
Aunque la verdad es que tampoco hay que ser injustos de más: el canon del Gran Cinema Italiano está muy bien, y guarda un lugar para muchos que, ciertamente, se lo tienen bien merecido: Visconti, Rossellini, Fellini, Pasolini o Antonioni (la terminación en "ni" la tiene bien cubierta el canon, digamos), entre tantos otros, son un referente continuo en muchos círculos, y sus nombres encuentran eco aún entre muchos de los que no han visto una sola de sus películas. Bien, vale. Pero tampoco podemos dejar de lado ese otro nombre al que, pese a todo, el eco no parece serle del todo justo. 
Marco Ferreri, señores: Marco Ferreri. Decir que fue uno de los más grandes cineastas italianos es decir demasiado poco, casi es no decir nada en absoluto. Hablo de un sujeto que es perfectamente capaz de blandir el sable y prestar una buena táctica, defensiva u ofensiva, en cualquier mar y en todos los géneros habidos y por haber. Por sus películas desfilan estilos, "ismos" y acentos que, puestos juntos, a lo mejor y tendrían que dar por resultado un monstruo inofensivo; pero no sucede así con las películas que hizo Marco Ferreri: surrealismo y simbolismo, lo real y lo fantástico, lo grotesco y lo sublime, la parodia y el melodrama: todo parece encontrar un lugar preciso, como en un extraño e insospechable rompecabezas cuyas piezas, por separado, parecen pertenecer a cajas distintas, pero que puestas juntas generan algo nuevo, maravilloso y único. 
Los que hayan visto algo de Ferreri me dirán, llegado a este punto, que exagero, y que de hecho Ferreri tuvo muchísimas influencias de otros cineastas. Y, digo yo, la pura verdad es que las mejores originalidades siempre han sido las que dan una vuelta más a la tuerca que echaron a rodar hace mucho otros grandes. Sé que se lo ha relacionado muchas veces con Buñuel, pero me gustaría arriesgar otros nombres (aunque, ya lo digo, esto es interpretación propia): Pasolini, Bergman, Fellini. Y hasta tendería otro puente, mucho más arriesgado, aunque no gratuito, con otro genio de las pantallas: Kubrick. Pero, como ya decía, todo aquí adquiere un nuevo rostro, hecho a la medida del ojo de un cineasta que, verdaderamente, merece el adjetivo de "original" (¿me repito demasiado?). Al que no me crea, pues que eche un vistazo a Ciao Maschio (que cuenta con geniales actuaciones de Marcello Mastroianni, Gerdard Depardieu y una fabulosa -y suculenta-  Gail Lawrence, que aquí nos demuestra que es mucho más que una actriz porno) o La grande bouffe (donde también aparece Mastroianni, esta vez acompañado por otros pesos pesados como Ugo Tognazzi), dos películas que, definitivamente, tuvieron mucho que ver en mi forma de ver cine. Copa en alto, pues, y a no quedarse dormidos, que no somos camarones para andar perdiéndonos de cosas tan impresionantes (otro adjetivo que cae como en dedal). Hablando de Saramago, he de admitir que hubiera sido impresionante ver lo que Ferreri (o Pasolini, también) hubiera hecho con una novela como Ensayo sobre la ceguera. ¿O no? Les dejo una escena de La grande bouffe, mientras lo piensan un poco. Bon appetit!

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ha muerto un genio: adiós, Leslie Nielsen


Señores, todo lo que puedo pedir en este momento es algo de silencio, una copa (o una botella entera) bien en alto y, porque él mismo lo hubiera querido así, un chiste y una carcajada general. Acaba de morir uno de los grandes, un Genio de esos que nacen una vez cada mucho tiempo, una de esas estrellas de la pantalla de brillo verdaderamente original y único; y el suyo, dicho sea de paso, era el de las carcajadas más sanas y sonoras de la historia del cine, como no se las había oído desde los Hermanos Marx o los Tres Chiflados. Obviamente, sólo puedo estar hablando de una persona: el actor canadiense Leslie Nielsen, al que la muerte fue a buscar finalmente a sus ochenta y cuatro años, y nada me cuesta creer que, cuando la vio llegar, el actor la recibió con una broma en los labios.
De sobra sé cuán profundamente están sintiendo muchos esta noticia. Todos los que hayamos visto alguna vez Airplaine! o la saga de ¿Dónde está el policía? (The naked gun) sabemos muy bien qué es lo que se ha perdido: una forma única de entender la comedia, y mucho más aún de encarnarla. Y con una entrega tan absoluta que el total de películas en las que ha aparecido deben llegar a la centena. ¿Otros títulos que me gustaría recordar, como quien dice, al paso? Spy hard, Acusado sin razón, Drácula muerto pero feliz y aún Mr. Magoo
Realmente, cuesta creerlo. En lo que a mí se refiere, espero contar pronto con la presencia de algunos de mis amigos para mandarnos una maratón de sus películas, cervezas en mano. Ahora, todo lo que puedo saber con certeza es que, si existe una vida después de la muerte, dios y el diablo deben estarla pasando bomba con tremenda compañía. Botellas arriba, muchachos, y que queden bien vacías. ¡Salud!


domingo, 31 de octubre de 2010

Érase una vez... una película de "The Lord of the Rings"


Pero no hay que confundirse: no hablo de los fenómenos de taquilla y premios Óscar de Peter Jackson (tan ricas en espectaculares escenas bélicas como en abortos de dramaturgia), sino de algo que ocurrió mucho muy antes, allá por 1978, cuando a un cineasta llamado Ralph Bakshi se le ocurrió llevar a las pantallas la maravillosa trilogía de Tolkien, The Lord of the Rings. Y, por el resultado, creo que tenemos derecho a pensar que no lo empujaba la sed de taquillas, porque bueno... corrían los años setenta, y estaban en boga la psicodelia, los efectos rebuscados, la deconstrucción y, en general, las rarezas creativas de más diversa índole. El resultado, decíamos, es una película extraña, pero con momentos realmente elevados y una forma de pureza o inocencia que deja un muy buen sabor. 
Yo había olvidado por completo esta película. Recién hace unos días la rescaté de los bajos fondos de la memoria cuando apareció una nota sobre ella en el blog "Opciones Avanzadas Ltd.". No recuerdo cuándo fue que la vi, pero debió ser hace mucho, porque todavía existían esos seres míticos llamados "tiendas de alquiler de películas" (yo la alquilé en una que estaba sobre Benavides, cerca de República de Panamá). Y he de confesar que no recuerdo demasiado de ella, aunque la impresión persiste. Guardo, sí, algunas imágenes extrañas, como alucinaciones, sobre todo de las partes en que aparecen los orcos (en Moria, y de nuevo hacia el final de la película). Todo oscuro, confuso, pero bueno. 
En cuanto al hombre detrás de las cámaras, Bakshi, se lo conoce sobre todo por ser un pionero en el mundo de la animación. Vaya a saber dios por qué, pero nunca hizo la segunda parte que faltaba (que tendría que haber incluído la segunda mitad del segundo libro y el tercero en su totalidad), pero lo cierto es que este proyecto quedó inacabado. En todo caso, es una interpretación sumamente original de los libros de Tolkien, que es una de las obras más maravillosas que se han escrito en todos los tiempos, y que es un exponente de la mejor poesía épica, a la altura de Homeros y Virgilios. Además, claro está, de ser una perfecta curiosidad, una de esas películas que podría atesorar un friki, sin dejar de ser a su vez algo que cualquier espectador podría disfrutar si hace la prueba (y si la encuentra, claro). A sacudir un poco el polvo que se acumula en los rincones de la memoria. ¿Alguien más recuerda algo de pronto?

Una escena clásica: Frodo y muchachada escondiéndose del Jinete Negro

miércoles, 22 de septiembre de 2010

A la caza del "Sentido de la Vida"


Pero, eso sí, con carcajadas de por medio. Después de todo, ni la más desgarradora reflexión existencial tiene por qué echar de menos el buen sentido del humor. Por lo menos, eso es lo primero que nos dejan en claro los fabulosos Monty Python en esa película a la que llamaron (¡y con cuánto tino!) The meaning of life. Que es, hay que decirlo desde ya, una verdadera joya, un baldazo de agua tibia, una obra maestra del cine, la comedia y, de paso, de la filosofía en el mejor sentido de la palabra. 
A ver, a ver... una carta de presentación: se trata de abrir bien los ojos y resolver las grandes Preguntas (sí, sí: con "P" mayúscula) arrojándolas al absurdo para después pasar la redecilla y recoger las respuestas. La película es un repaso por todas esas cuestiones que llevamos (o deberíamos llevar) atracadas en la garganta o en el pecho, desde el nacimiento o la muerte hasta la donación en vida de órganos, y darles el giro indispensable para recordar que, si la vida es un valle de lágrimas, pues también podemos llorar de la risa. ¿Por qué no? Si no, basta con evocar esa magistral escena de esa otra obra maestra de los Python, Life of Brian, en la que los crucificados entonan todos juntos: "Always look on the bright side of life". 
Si pensamos en toda la carrera de los Python, creo que no es del todo injustificado decir que The meaning of life fue su obra cumbre. Se desarrolla como un ensayo narrativo a la vez que como un chiste de los más picantes. Todo ese sentido del humor, de la sátira, de la más dulce de las acideces, salta a brillar en esta película con una luz única en su especie. 
Dicho sea de paso, y por si a alguno se le pasaba este dato... ¿cuántos de ustedes sabían que Terry Gilliam (director de películas como Miedo y asco en Las Vegas, Brazil o El imaginario mundo del doctor Parnassus) es uno de los miembros de Monty Python? Como lo leen. Y en The meaning of life, así no lo tengamos como director (esta vez le tocó a Terry Jones), lo podemos ver encarnando una serie de personajes que van desde un limpiador de ventanas hasta un pez. Y con la mejor de las compañías: los siempre geniales Graham Chapman, Eric Idle, John Cleese, Michael Palin y, claro, el mismo Jones. In other words, Monty Pyhton, damas y caballeros. In other words, la mejor pensada de las locuras. 


domingo, 27 de junio de 2010

El último disparo de "Scarface"


Los artistas son la cagada. Es decir, ¿de dónde sacan ese maldito talento para agarrar algo, hasta lo más sencillo del mundo, y convertirlo de una manera u otra en una verdadera reflexión, para que los demás pongamos sobre la mesa nuestro corazón, espíritu y páncreas, y lloremos, sonriamos, nos carcajeemos y vomitemos como nunca lo hemos hecho? Y hoy pienso, sobre todo, en un tema particular: la violencia. Ese motivo que ha llegado a su máxima expresión en manos de gente de tanto, pero tanto genio como un Faulkner, un Pasolini o un Tarantino.
Pero no sólo se trata de tomar un buen tema, sino de convertirlo en la fuente de la que van a beber complejas personalidades, verdaderos fenómenos psicológicos. Un artista tiene que llevar encerrados en su cabeza montones de personas diferentes: miles de ciudades se reparten a lo largo y ancho de su imaginación. Mi objetivo es dar una vuelta sobre la sartén a una de las grandes personalidades de este género maravilloso y crudo: Tony Montana, tal y como lo personificó Al Pacino en el filme Scarface de Brian de Palma (el de Howard Hawks sería materia de otra charla).
Algo que me parece formidable de la película de De Palma es cómo los personajes no son psicologías congeladas en el tiempo: a medida que suceden los años, éstos van cambiando, tirando por aquí y por allá, en función a lo que va sucediendo. En el caso de Montana, el factor decisivo es, por supuesto, el poder: de un cubanito expatriado y don nadie ha pasado a ser "el men" del momento, con los bolsillos y las cuentas cargadas de plata, mansión con todo y tigre en el jardín y una red de mafia que no hace más que tirar y tirar para lo alto.
Pero la otra cara de la moneda no se ve tan bien: temores, manías, adicción, enclaustramiento, solipsismo... con una fuerte (e innegable) dosis de sentimientos de culpa, sobre todo luego de algunos disparos de más (no quiero soltar tantas partes de la película, por si alguien no la ha visto), y como se deja notar en esa última escena con su hermana (que a Freud le hubiera encantado, creo yo).
Ya imagino lo que muchos de mis lectores estarán queriendo decirme: "Oye, aquí no estás aportando nada nuevo a la interpretación de la película, ¿no?". En realidad, lo que quería era hacer una observación acerca del final, a ver si alguien está de acuerdo conmigo.
Bien, pensaré que los que han leído hasta esta parte han visto la película. Todos tienen que recordar ese final, el tiroteo en la mansión, cuando Montana lanza su legendario grito de "Say hello to my little friend" y lanza ese primer disparo explosivo, el primero de los muchos, y uno tras otro caen los hombres que han llegado para acabar con su vida, mientras él resiste balas, dispara y no cae nunca... hasta el último disparo, dado por la espalda por un sujeto tan absolutamente inverosímil (aún para la lógica de la película) que lleva puestas las gafas negras. Luego, Montana en la fuente roja, con la línea que reza "The world is yours" brillando a unos metros por encima de su cadáver.
Yo siempre he pensado que el único error que cometió De Palma fue, precisamente, ese último disparo. Rompe con brusquedad con un sistema de acción que se está librando de la mejor manera imaginable, y es demasiado sencillo. Montana merece algo distinto, algo más acorde a su psicología. A ver, tratemos de imaginar las cosas de otra manera: supongamos que Tony Montana luego de mucho gritar y disparar y todo lo demás, liquida a todos los sicarios que han enviado a recoger su cabeza; o en todo caso, con un buen grupo de ellos, y los refuerzos están en camino, atravesando el jardín (para darle más realismo). En ese momento, y tal y como está, luego del fascinante desarrollo de la película, el que pega el último disparo de la película no es ningún payaso de gafas oscuras, sino el mismo Tony Montana, llevándose el cañón a la sien o a la mandíbula y susurrando el nombre de su mejor amigo al que ha asesinado.
No es por hacer moralismos idiotas ni nada, sino por satisfacer las consecuencias naturales del desarrollo psicológico de un personaje que ya está atormentado por los fantasmas de sus actos. Uno de los sentimientos más fascinantes, perturbadores e inquebrantables que los seres humanos son capaces de albergar es el de la culpa, que vemos tan desarrollado en Tony Montana, sobre todo al final de la película. El tiro (y no digo el de cocaína, que ya está filmado) debió haberlo pegado él mismo, ahora que el mundo es suyo, y está vacío.
A ver si alguien piensa como yo.

De paso, les dejo un video buenísimo que encontré con unos amigos en Youtube, y que se supone que es un resúmen de Scarface en cinco segundos.

miércoles, 5 de mayo de 2010

El Pasolini que conozco


"¿El lobo tendrá una sonrisa?"
Pier Pasolo Pasolini

Su rostro hablaba por él: de perfil afilado, rasgos agudos, arrugas marcadas, impecablemente peinado, la boca fruncida en un gesto de duda incomforme y los ojos, algo irritados por el cansancio y enmarcados por las ojeras, proyectados en una mirada llena de un firme deseo por devorarlo todo, sin bajar ni por un solo instante la afilada hoja de su siempre limpia y precisa crítica. No, señores: nunca me cansaré de escribir o de hablar sobre Pier Paolo Pasolini; ni, mucho menos, de plantarme frente a una pantalla a mirar sus películas, o sentarme a leer sus libros, aunque el atrevimiento me cueste dejar mis manos sin una sola uña.
Fue, quién lo podría dudar, una figura llena de paradojas e incógnitas. Un hombre apasionado, pero cuyo pensamiento era fino y agudo como el funcionamiento de una máquina; que destilaba un pesimismo amargo e irresistible, pero no cesaba en su lucha por ver brillar la tímida luz de la esperanza en algún punto del negro horizonte; una figura sombría que, sin embargo, reía y bromeaba con una entrega absoluta. Y, esto ya casi no es necesario repetirlo, un genio indiscutible, una de las mentes más fascinantes, sórdidas, totales, terribles e incansables de todo el siglo veinte, y aún de la Historia.
He de confesar, de paso, que la noche que conocí a Pasolini fue traumática. Serían las dos o tres de la madrugada, y yo (para variar) no podía dormir. Así que decidí que esa noche, en lugar de leer, podía ver una película, aunque no tenga la costumbre de hacerlo solo. Hacía mucho que quería ver algo de Pasolini, y tenía una de sus películas en casa: nada más ni nada menos que Teorema. Bueno, quienes han visto la película comprenderán lo que sucedió. Cuando dieron las siete de la mañana, yo seguía despierto, con los ojos como platos, y había dejado el paquete de cigarrillos casi vacío, presa de una angustia existencial de lo más cruda y desgarradora, como no la había conocido desde que leyese La náusea de Sartre (obra con la que guarda mucha relación, dicho sea de paso). Y, sin embargo, desde ese momento yo ya sabía que ésa era una de las mejores películas que había visto en mi vida, y que había ingresado a la lista de mis favoritas de un solo empujón.
Luego vinieron otras, y no dejo de sorprenderme por la magnitud, la fiereza, la sordidez y la agudeza crítica y estética de este hombre. Claro que, de paso, aprendí que Saló o le centovente giornate di Sodoma era una experiencia aún más traumática por la que no había pasado (y, por más que la haya visto cuatro veces, la experiencia siempre es un poco más dura), pero ese tipo de detalles son, precisamente, los que hacen que nos sintamos atraídos por la obra de un autor que no pone reparos en desnudar algunos aspectos de la realidad para que nosotros nos peguemos un tiro, o demos la vuelta por completo a todo lo que pensábamos y creíamos.
Casi puedo imaginar el encuentro: en un café, él con un par de tomos y el periódico de su lado de la mesa y yo con un libro del mío, con las tazas de espresso entre ambos y el cenicero llenándose de mis colillas. Tendría que esforzarme por esquivar los temas de política, pero al menos habría mucho de qué hablar en terrenos más afines a ambos: la literatura, el cine, la filosofía, la historia... Con algo de suerte, hasta podríamos soltar una que otra risa. Fuera, en la calle, una lluvia como ésas que nunca se ven en Lima.
Pero sé que esto es imposible: Pasolini fue asesinado en Ostia en 1975, y yo nací trece años después en un rincón bastante lejano en el mapa. He tenido el honor, el verdadero placer de conocerle, y él en cambio ha tenido el privilegio de nunca escuchar mi nombre. Pero soñar sale barato, y a veces es gratificante. Y, de todos modos, tengo a este hombre único en su especie para admirarlo, ponerle un "San" delante del nombre y levantar, cada vez que pueda, copas, jarras y botellas por él.
Pero no quisiera cerrar esta nota sin dejar escrita una impresión más: y es que Pasolini, por más de un motivo, bien podría haber llevado con toda justicia esa frase memorable del testamento de Bergson: "He querido permanecer entre los que mañana serán perseguidos".

En la imágen: Pasolini de pie ante la tumba de Antonio Gramsci, al que tanto admiró. Un desencuentro entre dos genios.

martes, 27 de abril de 2010

Entrevista a Andrew Blake


Se lo ha llamado "El Helmut Newton del Porno". Título que más de uno podría considerar escandaloso: al fin y al cabo, no puede haber punto de comparación entre un genio, revolucionario de la fotografía de desnudos, artista al cien por cien; y un sucio director porno, cuya visión no llega más lejos de un par de mujeres compartiendo saliva, sudor y demás secreciones en una escena de seco lésbico. Y, sin embargo, voy a acusar a toda esta perspectiva de no tener ni la más remota idea de lo que está diciendo. Replanteemos una pregunta: ¿puede la pornografía poseer por derecho propio un lugar entre las Bellas Artes? Esta idea ya la he discutido en repetidas ocasiones (concluyendo con una rotunda afirmación, claro está; al interesado, busque la etiqueta "Pornografía" en el índice de al lado y lea); y la cuestión se torna especialmente significativa cuando traemos sobre la bandeja a un hombre con la visión y el método de un científico de las artes y el jadeo como es Andrew Blake: a quien haya dado una ojeada a alguna de sus películas (yo lo he hecho de algunas escenas), no podrá dejar de notar, si observa con cuidado, que hay allí algo que no ofrece el común de los directores de pornografía, aunque sin abandonar el objetivo común a todos los del oficio: un final seguramente solitario, pero feliz.
Bueno, que cada cual haga su tarea y pase revista a sus prejuicios por su lado. Ya tendrán tiempo que dedicar a las cintas de Blake. De momento, les traigo una entrevista que le hizo "Vibe Review". Tiene, se los aseguro, algunos puntos de vista muy interesantes (disculpen que no la traduzca, pero me falta el tiempo). Interesante, además, para aproximarse un poco al universo de la industria del porno y algunos de sus detalles y quehaceres. Supongo que todo lo que me queda por decirles es: "¡Buenas noches!"


I heard a rumor: You only make three films a year. Is this true?

Yeah, making new films takes me a lot of time - I don't make them like I would cook sausages. Strange comparison, I know. It's just that I don't want to mass create films. A 'quality versus quantity' situation is what I am getting at. My films are really handmade. I wait for all the specifics to fall into place. Like, for example, the ideal model. I will wait until I find the perfect person for the role. I don't want to rush the creative process. Why should I? I want each model to be the right model for the right role in a perfect film.

Lately, I've been blessed with fantastic girls. I consider myself lucky and fortunate for the current talent base that I've had an opportunity to work with. These girls are the "top" girls in the business. More and more, women like to work with other women; and, recently, I've had the opportunity to work with these women. It's obvious that beautiful women tend to start their career in the hardcore scene, but after a few weeks these same women change career paths. They decide to explore other options because they are afraid of diseases, or they don't like the scene itself.

I spend a lot of time with my wardrobe specialist, picking her brain. Since she picks out the lingerie and outfits for the girls, I want to know what she envisions. It's the entire creative process, and it takes time. Oh, and a lot of the outfits are handmade - the outfits are either custom-designed for the model or we go to the wardrobe houses at the movie studios. We even set out to find the right outfit! I'm very careful with all the details.

I do not shoot on tape, which is what most other people do. I shoot only film. The technical process is labor intensive, but absolutely worth the extra effort. I do all the casting, find all the film locations...basically, I direct the design, the image. Of course, I also do all the editing. My films take a long time - from start to finish. I make sure all the details are arranged in a way that makes everyone happy. In order to accomplish my goals, I am only devoting myself to three films a year.

How did you get into this business?

I was a painting major in college. Francis Bacon - the famous English painter in the'60s and '70s - inspired me. I wanted to communicate my ideas in a similar way to Francis Bacon, through painting. I wasn't a very good painter! While still enrolled in college, I began working on syndicated radio shows at a local radio station. After finishing college, I started working as an art director for a TV station in Boston: I did animation and photography. Exposed to different areas, I was able to get my feet wet and learn about the creative process.

After working in Boston, I ended up moving to New York City, where I worked as an art director at CBS News. As fate would have it, I met my future wife while working at CBS. We eventually moved back to Boston; my wife wanted to attend art school there. I got back into animation, and for a long time! I worked with a guy who got a contract to do an animated special for NBC, which led me to Los Angeles - and we've been in LA ever since then! Another twist of fate. Life's full of them!

I spent a lot of time in the animation industry, but I eventually got sick of it. As a hobby, I had always photographed nude women - well, nudes. Around that time, like '83 or '84, the Playboy channel had just started up. I decided to test the waters of the industry, and also myself. I self-produced a short ten minute erotic piece that Playboy ended up loving. I began shooting centerfolds for Playboy, which I liked for a little while. I kind of got tired of centerfold photography; I didn't like directing the girl's hands, which is important with that type of photography.

So, I started photographing and filming women with my style in mind - really developing my interpretation of hardcore with beautiful women and spectacular backdrops. I became very successful at doing this. I found my own style, which is important for every artist. By this time I began working for Penthouse, where I started a line of videos. Then I decided to make another hardcore erotic film, Hidden Obsessions. It became wildly successful. I did all of this while I was still doing videos and centerfolds for Penthouse. Fortunately for me, Penthouse allowed me the freedom to experiment and express myself. I did my own thing, you see. Eventually, after making several films, my wife and I started Studio A, where we own and self-produce everything.

Some people have described your films as "yuppie porn." What do you think about this label?

It's not some strategic marketing plan. It's about doing what I want to do and what, at least so far, seems appealing to many people. My sensibilities, my obsessions - that's the only plan in motion. My films have nothing to do with pleasing the "average" porn viewer. Sure, I invite everyone to enjoy my films, my work; but I don't set out to please any one type of person or porn fan.

Are your films indicative of your personal fantasies?

Yes, absolutely. I was obsessed with this one model that I worked with for 12 years, Dahlia Grey. My movies basically revolved around my obsession for her, like, I'd want to see her in new skirts that I found, or see her in a corner, standing a certain way...or seeing her in bondage in the trunk of my car. A muse, sort of. Sometimes it was soft, sometimes harder. She and I were never physically together. I always thought that if I had sex with her it would burst the balloon. There was always a tension between us. We always battled it, but that tension translated into great film.

I see your films lean more toward erotic art than "pornography." Some professionals claim your films aren't "hardcore" enough, but when I watch your films I can tell that you understand women - physically, emotionally, and sexually. How is it possible for you to know so much about women?

Well, I love women. I love everything about women. A total fascination and obsession. It boils down to that. If a viewer doesn't believe my films are "hardcore" enough, then there are a zillion other pornographic avenues to choose from. That's cool thing about the adult entertainment industry: There's plenty to choose from.

I have often thought of your films as aphrodisiacs, especially for couples who go wild watching the cinematic experience you create.

I think a lot of it is the technical way something is filmed. I film double-speed, so it slows everything down. When the action is slowed down, when everything goes a little slower, it adds to an already sensual scene. Like a hand moving slowly down a woman's breast - instead of a hand violently running down a woman's breast. Capturing every intimate detail is essential - it's what makes me happy.

You know a woman's body. What's the most erotic part of the female anatomy?

Neck bones and underarms. I love both. I love legs, a certain kind of breast, and a beautiful butt. It's the whole package for me, not just one individual part. It's gotta be everything. I try to find drop-dead gorgeous women for all my films, and they can't have fake breasts. They have to have an innate beauty in them.

Do you find that some women who are excluded from the typical "supermodel" definition have so much self-confidence and inner sexuality that they exude sensuality on film? How important is innate beauty?

Great question! Yes, physical beauty is wonderful, but there's a deeper level that's more interesting. A deeper level that's certainly more important. Dahlia Grey is the perfect example of this. She's a Brazilian model who has the entire package - beauty, inner-beauty, and sensuality. She oozes inner energy and sexuality. She's always hugging, always laughing. Her body and mind...drop-dead gorgeous.

Do you have a favorite personal lubricant?

I really like Eros Bodyglide. All the Kama Sutra products, yeah. I especially like Kama Sutra Massage Oil and the Kama Sutra Bedside Box. I recommend all three products to your readers.

What's your favorite movie that you've made? What movie are you most proud of?

Hidden Obsessions and Decadence are my two personal favorites. The quality of these films impresses even me!

Many of your films explore sexual fetishes. What is it about fetishism that appeals to you?

I'm not into whips and chains - well, I guess I am into whips and chains from a visual perspective. I don't get into that lifestyle. Filming it and participating in it is two different things. In real life, that lifestyle is about trust and vulnerability, whereas on film it's more about filming that trust and vulnerability in action. It becomes voyeuristic.

What do you think is the secret to a passionate love life?

Variety. I was married for 30 years. We recently divorced, so now I am playing the field. I brought out my sexual energy in films while I was married. Not in real life or in my married life.

Is there anyone making films that you view as competition? Or any new films that you like?

It depends what you are into. I'm very impressed with Stuntgirl by Jack the Zipper.

Andrew, thank you for your time! I know you are a wanted man. I appreciate you spending a few minutes with me. Good luck to you.

Thanks. I have a good time with these interviews. Great questions, by the way. We'll meet again, I am sure. Take care.

viernes, 12 de marzo de 2010

"Nine": lo que parecía imposible


Yo me pregunto: si tuviera que escoger una palabra para definir Nine, ¿cuál sería? "Formidable" podría encajar bastante bien, y sin embargo decir "genial" es ya decir demasiado. Pero las cosas en claro: yo no voy a andar echando pestes a Rob Marshall, que al fin y al cabo ha conseguido realizar una excelente película, a la vez que un muy bien pensado tributo a Federico Fellini, con un reparto espectacular (que realiza una serie de actuaciones espectaculares) y un guión que funciona como un reloj, desarrollando el argumento con una precisión rítmica. Lo digo desde el principio: la película no me ha defraudado, y el resultado ha cumplido con muchas de mis espectativas.
Digo "muchas". Bueno, pues también hay que reconocerle un par de cosas que, a mí me parecen fallas. En primer lugar (y quizá ésta sea la crítica más dura que puedo hacerle a la película), tengo que reconocer que, como musical, Nine ha fallado. Las canciones de Maury Yeston, exceptuando dos o tres de ellas, no han estado a la altura del guión, aunque muchas de ellas son "rescatadas" por sus intérpretes (como, por ejemplo, una que canta la Cotillard). No es, ni de lejos, Chicago. Y todo esto es, en verdad, una lástima, porque la fotografía, las actuaciones y los escenarios, o digamos que toda la fórmula estética de la película, es grandiosa. Pero daba, ya lo digo, para mucho más. ¿Alguna otra crítica que hacer? Bueno, el guión tiene un defecto: el final. Después de todo, ¿qué sentido tenía dar ese giro moralizante a una película que funciona con tanta eficacia? Desarrollar el final como una "disculpa" hacia la esposa de Guido Contini fue, a mi parecer, una idea que estaba absolutamente fuera de lugar, y arruina un poco la película (sobre todo, porque es el final, y su peso cae sobre el de todo el resto de la obra). Todo hubiera quedado un poco mejor sin mensajitos ni nada.
Pero no hay que confundirse: Nine es una película espectacular, que merece más de un vistazo y mucha atención. A pesar de esas dos fallas, Rob Marshall ha logrado algo que todos los directores se proponen, pero que no muchos consiguen: lograr una experiencia mágica, en el mejor sentido (el menos cliché) de la palabra. Además, hay que darle a Marshall otro reconocimiento, esta vez por haberse atrevido a realizar lo que parecía imposible: retomar el Ocho y medio de Fellini (una cinta con la que no muchos se atreven a meterse, dificilísima, imposible, genial), y, por si fuera poco, hacer de su experimento una gran película. A todo el que quiera lanzarle una bomba de ataques a este director, que primero se plantee bien esta cuestión. Marshall se ha atrevido a pisar el Olimpo, y merece un aplauso por haber sabido hacerlo con tanto estilo. Un toro difícil, pero bastante bien toreado.
Malabarística, cruda, laberíntica y divertida, Nine es un paso más para Rob Marshall en su camino hacia la gloria. Y yo lo predigo: llegará el día en que la gente lo mencione o recuerde casi como a una leyenda. Su nombre no pasará inadvertido, ténganlo por seguro.

martes, 9 de marzo de 2010

"Otto e mezzo"


Desde que Rob Marshall llevó al cine su malabarística Nine (que iré a ver, por fin, esta noche, así que ya pueden esperar el comentario prometido hace tantos meses) el mundo ha vuelto la vista, una vez más, sobre el viejo Otto e mezzo de Fellini, esa obra maestra que, quién lo duda, bien podría merecer el título de LA obra maestra de la cinematografía, en tanto que no sólo es una gran película, sino también una película sobre una película, la misma que los actores ya están representando, a nivel ficcional y metaficcional, de paso que a nivel real, porque Otto e mezzo es la película sobre Otto e mezzo, y Fellini se queda tan sonriente viendo la cara de perplejidad de todo el mundo.
Pero no es fácil hablar de Ocho y medio. (Todavía hay muchos especialistas en cine que no se atreven a decir una palabra sobre ella). Recuerdo que mi primera reacción al terminar de verla por primera vez fue pensar "Qué obra maestra" a la vez que un enorme signo de interrogación se elevaba sobre mi cabeza, como en una historieta. Luego, la he vuelto a ver muchísimas veces, y cada una de ellas me da una patada más, una iluminación más. Al final, supongo que las únicas reacciones posibles son la admiración, el agradecimiento y, reconozcámoslo, la envidia (en el mejor sentido de la palabra). O, sino, el escándalo, la frustración, la confusión y la extrañeza. He oído más de una vez el relato de cómo los que iban a verla en el cine, aquí en Lima, desgarraban los asientos con navajas y rompían las butacas en son de protesta: pensaban que les estaban cortando la película, o que de alguna forma estaban siendo estafados. Qué puedo decir, Fellini siempre supo ganarse reacciones de todas las latitudes.
Y es que, si vamos a hablar de genio y complejidad, creo que Ocho y medio se lleva el primer premio. Le siguen de cerca algunas otras películas de Fellini, más otras de Bergman y Pasolini, pero es que Ocho y medio es, en este sentido, insuperable. La desarticulación de pasado, presente, futuro, imaginación, deseo, voluntad, memoria y obsesión para crear una categoría de realidad absoluta (y, en realidad, aparentemente) caótica es algo que no cualquiera puede hacer, y ese es sólo el primer juego ontológico: el segundo, el de los planos de realidad, ficción y metaficción que ya hemos comentado, no tiene nada que envidiar el primero, y se combina con él para dar a la película el toque perfecto.
Ahora bien, ¿para qué tanto juego? Nadie cuestiona que Ocho y medio es la obra más autobiográfica de Fellini (Cf. Hollis Alpert, Fellini, una vida), y toda esa gran broma es, definitivamente, la mejor forma que podía utilizar Fellini para llevar a cabo la expresión de sí mismo, su autoconversión en caricatura para rescatar, de alguna forma, al humano que era y ponérnoslo de frente, en una pantalla, con toda la amargura, el humor y la autocrítica necesarios.
Pasarán los años y los siglos, y la gente seguirá cuestionándose acerca de todas las posibilidades interpretativas que contiene Ocho y medio. Y, de paso, seguirán agradeciendo a Fellini el que un filme como este haya sido realizado. Ahora que todos van tan felices a ver Nine, yo les pregunto: ¿por qué no tomarse un tiempo para ver esta obra maestra? Vale la pena el esfuerzo.

En la foto: el siempre extraordinario Marcello Mastroianni representando al felliniano Guido, en Otto e mezzo.

domingo, 7 de marzo de 2010

"La cinta blanca" y la ceguera de algunos jurados


De todo lo que significan los Premios Óscar de la Academoa (lo bueno y lo malo, se entiende), siempre he prestado una atención especial a dos de sus categorías, que a mi parecer no suelen resbalar, como tantas otras, en todos los cánones y prejuicios idiotas de lo "políticamente correcto" y demás basuras extra-cinematográficas (si no, Tarantino se habría llevado otro par de premios, incluyendo el de mejor película, y ni qué decir del de mejor guión original). Me refiero, claro está, al siempre justo y emotivo Óscar Honorario y a ese otro, que le dio a tantos peruanos el tiro por la culata esta noche, que es el premio a la mejor película de habla no inglesa.
Bien. No hay que confundirse: yo no voy a lamentar que Claudia Llosa no se haya llevado el premio. Ni siquiera voy a comentar su película (que aún no he visto), ni lo patética que me parece la idea de apoyar la obra de alguien sólo porque da la casualidad de que ese alguien nació en el mismo país que uno. A la mierda con todo eso. De lo que sí voy a lamentarme es de la ceguera absoluta que ha adolecido este año el jurado de la Academia al no darle este premio a La cinta blanca del austríaco Michael Haneke. Y que me llame germanófilo el que quiera hacerlo, pero la pura verdad es que el Mejor cine de estos tiempos se filma, en general, en tierras germanas (La caída, La vida de los otros o la suizo-alemana Vitus son buenos ejemplos de lo que digo). La gran pregunta es, ¿por qué la merecería más que El secreto de sus ojos? Miren: yo aún no he visto esa película, así que ahí tengo un punto menos a mi favor. Pero eso sí: creo que cuando alguien ve una película que realmente no merece otro adjetivo que el de "perfecta", al punto que si alguien me dijera que la dirigió el mismísimo Bergman no dudaría en tragarme el cuento, no es en vano.
Un argumento que se desarrolla con semejante cuidado, con tantas variantes narrativas y psicológicas, más un esteticismo que casi parece de cristal, con una calidad de fotografía a la que no muchos directores aspiran siquiera y un formibable trabajo de actores, editores y demás: todo esto, y más, está en La cinta blanca. (Y está ese diálogo en que una niñera debe explicarle a un niño lo que es la muerte, que es de los más fascinantes y secretamente crudos momentos de la película). Lo digo aquí sin dudarlo un segundo: esta película es una verdadera joya del cine, una obra maestra. Supongo que habría que preguntarse si el público está preparado para aceptar un filme semejante, lento pero desgarrador, todo un desafío para el temple de muchos espectadores. Pero eso ya es harina de otro costal.
Eso, pues, es lo que voy a lamentar yo esta noche. El resto del Perú, que haga, diga y piense lo que quiera: yo levantaré mi vaso por quien más se lo tiene merecido. Y dejo, de paso, la promesa de dar un muy honesto comentario de La teta asustada ni bien la haya visto. Dicho lo que había de decirse, les dejo el trailer de La cinta blanca, y me siento a esperar a ver qué hace el tiempo (no siempre justo) de obras como ésta.


lunes, 8 de febrero de 2010

"La Dolce Vita", cincuenta años después


Finalmente llegó el momento que los italianos ya celebraban el año pasado: los cincuenta años cumplidos desde el estreno de La dolce vita en los cines de Italia. Esto, claro está, sucedió en realidad hace tres días, el cinco del mes que anda corriendo, pero como andaba fuera de Lima, sin conexión con Internet ni con el resto del mundo, recién ahora puedo darme el lujo de comentar la ocasión.
Ahora bien, la gran pregunta, creo, sería la siguiente: ¿por qué demonios se arma tanta bulla en honor a los cincuenta años de una película de Fellini? Y alguno más podrá añadir: "Que yo recuerde, no se celebran los tantos años de Los cuatrocientos golpes de Trouffault, ni los de El séptimo sello de Bergman; ¿por qué ceder ese honor al filme de Fellini?". Pues hay que responder desde ahora: La dolce vita no es sólo una obra maestra del cine, sino que de hecho creó una nueva forma de ver el cine, y creó nuevos tipos y formas de ver o pasar la vida. En otras palabras, que la película dio a la gente (y, sobre todo, a los pretendientes a artista) una nueva forma de ser, creando toda una gama de personajes, entre los que se incluye al decadente fino, al desesperado indiferente y demás. Claro que esos tipos ya existían, pero el filme de Fellini les dio un nuevo énfasis, los atacó desde una perspectiva tal que, de un momento a otro, ser un "personaje" no era más lo mismo. (Aparte está, obviamente, el "paparazzi", que en italiano es plural de "paparazzo", cuyo nombre nació de uno de los personajes de la película).
Por otro lado, vale la pena recordar un poco la historia de lo que significó el estreno de La dolce vita: hace ya cincuenta años, el público italiano (y, sobre todo, el romano), salió de las salas de los cines dispuestos, todos, a levantarse: los unos, para ovacionar al genio que había sido capaz de forjar una obra maestra como aquella, tan desgarradora como cuidada de la estética; los otros, para insultarlo, amenazarlo o, como de hecho sucedió en la primera proyección en casa de Rizzoli, el productor del filme, para escupirle en la cara y amenazarlo de muerte por haber sido capaz de representar con tanta lucidez y, en cierto modo, sordidez a la sociedad romana y, si se quiere, universal: vacía, desesperada, superficial, ciega e incapaz de seguir lo que quieren en el fondo. De hecho, muchos de los críticos que le dieron un visto bueno fueron expulsados de los diarios y revistas en los que trabajaban, y por algún tiempo el nombre de Fellini pudo ser comparado (como el de Sartre en la España de Franco) un equivalente al del anticristo (porque, dicho sea de paso, a la mayor parte de los sectores de la iglesia tampoco le gustó mucho la película).
Sea como sea, lo importante es que La dolce vita sigue allí, tantos años después, y cuando de la Roma que retrató no quedan más que algunos escombros (los lugares y las formas han cambiado). He perdido la cuenta de la cantidad de veces que la he visto, y sin embargo nunca me cansaré de volver a encontrarme con la legendaria escena en la que Marcello Mastroianni se baña con la espectacularmente buena Anita Eckberg en la Fontana di Trevi; ni aquella otra en la que los periodistas llegan al lugar donde se encuentran los niños que dicen haber visto a la vírgen María, donde logran separar a los miembros de la familia para fotografiarlos en poses de adoración o mistificación; o aquella otra en la que Mastroianni se reúne con un grupo de decadentes en una casa para celebrar una fiesta, de la que salen rumbo a la playa, donde Marcello verá, a lo lejos, al que pudo ser su camino, incapaz de reconocerlo y, finalmente, rechazándolo.
En pocas palabras, que La dolce vita es una obra maestra de cabo a rabo, una verdadera, única y profunda experiencia cinematográfica. Para bien o para mal, es inolvidable, y derrama genialidad. Ya pasaron cincuenta años: pasarán cien, doscientos o mil, y la gente seguirá celebrándola. Señores, una copa bien en alto.

sábado, 30 de enero de 2010

Lo último de Tinto Brass: Calígula en 3D


No pude haber elegido un mejor momento para hablar de Tinto Brass, el hombre que, ya glorificado por una larga carrera de joyas del cine erótico, sigue trabajando y manteniéndose en el camino de los pioneros del erotismo con la antorcha bien en alto, como para señalar el camino a los que pudieran ir detrás. Y digo esto porque acabo de leer, en varias páginas, acerca del nuevo proyecto que prepara el director italiano, algo realmente novedoso y que, quién lo va a poner en duda, no podría estar en mejores manos: la primera macro-producción erótica en formato de tercera dimensión (3D).
Ahora bien, es cierto que ya se han realizado algunos "experimentos" en este sentido, y algunas producciones pornográficas francesas (como las diferentes versiones de Emanuelle que se hicieron para la televisión) incluyen escenas en 3D; pero eso no es nada: apenas diez minutos bastante aburridos de sexo, en un formato 3D bastante sencillo y que no termina de convencer a nadie. El proyecto de Tinto Brass, en este sentido, es mucho más complejo e interesante: se trata de volver a realizar su vieja obra maestra, Calígula, de cuyo guión es responsable Gore Vidal, sólo que esta vez con toda la libertad que no pudo permitirse al realizar la primera version, en la que el productor, Bob Guccione (el entonces editor de Penthouse), insistió en aumentar escenas de sexo explícito que eran innecesarias (aunque a mi parecer están bastante bien; y, a excepción de una de lesbianismo que no tiene nada que hacer en la pelíula, ayudan a dar ambiente), mientras el director y el guionista insistían en realizar estas escenas de acuerdo a las exigencias y necesidades de la película.
De paso, es la primera vez que se filma una película en 3D en Italia, así que Tinto Brass está llevándose aquí un par de delanteras. (Hablando de delanteras, la película promete muchas). El director, además, ha prometido cosas muy interesantes, respecto al formato en el que está trabajando: por ejemplo, nos dice que hay escenas en las que una mujer extiende las manos hacia la pantalla en las que realmente parece que está por meterlas en nuestros pantalones; realmente, es increíble, como para enorgullecerse, ver los niveles a los que puede llegar el cine erótico: ¿quién iba a imaginar, después de todo, que el público podría llegar a tomar parte de la película en un sentido como éste?
De modo que ahora resta esperar a que llegue hasta nosotros esta maravilla del cine erótico, la primera gran realización del género en el 2010 (como quien dice, para empezar bien el año). Sólo me pregunto quién podrá sustituir a Malcolm McDowell en el papel del emperador Calígula, que es probablemente su mejor papel; y quién podrá hacer de Drusilla si no es Teresa Ann Savoy. En fin, que promete estar bueno, y es algo que, definitivamente, no puedo perderme. Lo que me sigo preguntando es: ¿la pondrán en la cartelera de los cines de Lima? Hmmm
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