Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de septiembre de 2012

Reescribiendo el Pasado


Los hermanos Grimm deben su fama a sus extraordinarias versiones de los cuentos tradicionales que habían sobrevivido en Alemania a lo largo de muchos siglos. Pero pocos saben que esta recopilación forma parte de un proyecto mayor, cuyo objetivo era una recuperación romántica del pasado.

De un modo u otro, todos nosotros hemos formado nuestra imaginación entre los palacios y los bosques encantados de los Grimm. Aunque por aquel entonces no supiéramos el nombre de estos hermanos (que pasaron de bibliotecarios a profesores de la Universidad de Humboldt y, de ahí, el mayor de los dos, Jacob, a miembro del Parlamento de Frankfurt), sus relatos han estado siempre muy presentes en nuestra infancia, ya fuera que llegaran a nosotros por boca de nuestros padres, de los libros ilustrados o, claro está, de las magníficas películas de Walt Disney. 
Después de todo, ¿cómo hubiera sido nuestra infancia sin todos esos personajes de cuentos de hadas que, casi sin que nos diéramos cuenta de ello, iban enseñándonos a imaginar mundos diferentes al nuestro? ¿Sin Blancanieves, la Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la Bella Durmiente o la Cenicienta? Personajes todos ellos que conocemos gracias al trabajo de los hermanos Grimm, aunque no hayan sido ellos, en realidad, quienes los crearon, ya que pertenecen a una tradición mucho más vieja, y casi todas sus historias datan de la Edad Media.
El verdadero trabajo de estos hermanos fue el de recopilar todo estos cuentos tradicionales de Alemania, muchos de los cuales seguían siendo relatados en los pueblos de las provincias, para luego adaptarlos al estilo de su época. Un trabajo tremendo y, pese a todo, de gran originalidad, pero que respondía a un proyecto mucho mayor, nacido de una preocupación que, en aquel entonces, atravesaba a casi toda la intelectualidad germana.

Un pasado glorioso
El primer responsable de que los Grimm se interesaran por los cuentos tradicionales no fue otro que el poeta y pensador romántico Clemens Brentano, al que conocieron en su paso por la Universidad de Marburgo. Quizá no se dieron plena cuenta de ello en un principio, pero lo que de alguna manera hizo Brentano fue sumarlos a las filas de los que luchaban por forjar una identidad nacional alemana.
Para entender todo esto hay que tomar en cuenta un detalle, y es que en aquel entonces Alemania no era ni siquiera un país, sino más bien “un mosaico de trescientos dominios” (la expresión es del catedrático español José María Valverde) más o menos independientes pero con una vaga noción de identidad. Pero, creían algunos, eso debía cambiar: para aquel entonces, Goethe ya había auspiciado la Unificación (que no se haría realidad sino hasta 1871, gracias a la gestión de Bismarck), y Hegel, al que todos veían como el abanderado del pensamiento universal, declaraba que, con la llegada de la etapa romántica, la historia estaba llegando a su punto más alto en términos de progreso espiritual y real. Pero no bastaba con cantar las glorias del presente: hacía falta, también, un soporte cultural para la idea de la unidad alemana.
Claro que hubo muchas tentativas para hacerlo, y cada autor lo hacía a su manera. Algunos creían que había que buscar mucho más allá de las fronteras, y así tenemos a Herder proclamando a Shakespeare como el Sófocles germano, o al universalista Goethe fundiendo las raíces culturales del norte con las griegas y latinas (en la segunda parte del Fausto, por ejemplo). Pero la tendencia general fue la de volver la vista a la Edad Media, que no tardó en convertirse, en la pluma de los poetas, en una suerte de Paraíso Perdido, una Arcadia poética en la que todos los alemanes habían estado unidos bajo un mismo ideal. Presente y futuro debían fundarse sobre ese pasado compartido que recibió el nombre de “Primer Reich”, o Primer Imperio.

Labor de autores
Todo esto, claro está, dio pie a dos clases de trabajos literarios: por un lado, estaban los escritores que idealizaban esa etapa medieval, que evocaban con la nostalgia del amante que ha perdido a su musa. Es el caso de la novela Heinrich von Ofterdingen, de Novalis, que además reúne buena parte de los tópicos románticos. Aquí, la labor era fundamentalmente creativa: prácticamente se trataba de inventar el pasado, para convertirlo en un símbolo, casi una premonición, del futuro.
Pero, del otro, tenemos a los que, empujados tal vez por el desarrollo que había alcanzado la filología en manos de autores como Lachmann o Schleiermacher, se propusieron recoger, recopilar y reescribir los viejos relatos que sobrevivían desde aquellos tiempos remotos. Tal es el caso de los hermanos Grimm, a cuyo arduo trabajo debemos buena parte de los cuentos que escuchamos siendo niños. Pero no solo eso: visto en función a su época, tampoco puede sorprendernos el hecho de que, entre sus trabajos, se cuenten no solo recopilaciones de relatos y leyendas tradicionales, sino también un Diccionario etimológico y un estudio sobre la gramática del alemán. ¿Por qué iba a hacerlo? Al fin y al cabo, la lengua es inseparable de la imaginación, y es su historia la que nos hace, en buena medida, ser lo que somos. 

(Este artículo fue publicado en El Dominical, suplemento cultural del diario El Comercio, el dia 2 de setiembre del presente año.)

miércoles, 18 de enero de 2012

Un fantasma reeditado

En lo personal, detesto leer el periódico. Casi todo lo que trae muestra una marcada tendencia a caer en uno de dos lados, el de lo mortalmente aburrido y el de lo ridículamente banal, cuando no idiota. Pero qué se va a hacer: hemos venido a compartir, casualmente, el mismo universo, así que de cuando en cuando lo cojo y le hecho una ojeada; y, si hay suerte, puede darse el caso de que me tope con una noticia interesante, o por lo menos más que el hecho de que una actriz de la televisión haya dicho que su novio no está celoso de que ella tenga que besar a otro actor en una serie (¿realmente vivo en un mundo en el que ese tipo de cojudeces merecen ser llamadas "noticias"?). 
Ayer, mientras esperaba en un café, espresso de por medio, me puse a revisar el periódico del día y me encontré con una noticia que llamó mi atención: aparentemente, va a reeditarse, por primera vez en Alemania, el libro que dejaría una de las cicatrices más oscuras de la historia de esa espectacular nación. Me refiero a Mi Lucha, la obra capital del nazismo, cuyo autor no es otro que el mismísimo Adolf Hitler. La idea de la editorial que está llevando a cabo el proyecto, de más está decirlo, no es en lo absoluto revivir viejos ardores, ni mucho menos promover la ideología nazi, sino más bien realizar una edición anotada y comentada, que ellos esperan sirva para que el público mismo pueda juzgar lo malo que es en realidad el libro.
Pero esos son temas aparte. Sea cual sea el objetivo que persigan, yo no puedo dejar de aplaudir propuestas como la que están llevando a cabo al reeditar esa obra. Para los lectores alemanes, se trata de una oportunidad para encarar, aceptar y, finalmente, superar uno de los fantasmas que late en su pasado, en lugar de seguir esperando a que se quede dormido y tranquilo en el cajón de los malos recuerdos (cosa que los fantasmas no suelen hacer por mucho tiempo). Siempre he dicho que una de las fases esenciales en procesos como este es, precisamente, el de tomar una actitud respecto a la propia historia, y para hacer algo así es necesario conocerla, entrar en contacto con ella, o la actitud que se tome estará, en el fondo, tan vacía como la cabeza de Paris Hilton. 
Yo no he leído Mi Lucha. He escuchado comentarios de gente en cuya opinión creo a ojos ciegos, según los cuales se trata de un libro muy malo, que no se sostiene ni estética ni estructural ni filosóficamente. Pienso, también, que este libro sólo pudo ser tan influyente debido al contexto histórico y social en el que fue concebido y leído, cuando el fascismo se imponía como una "moda" política y el antisemitismo era una actitud corriente, no sólo en Alemania sino en muchos países (incluidos Francia y los Estados Unidos). Leída en la actualidad, se convierte en una pieza de museo, en una ventana a los horrores del pasado, pero también en una herramienta de autoconocimiento, por parafrasear a Hegel, de auto interpretación como resultado y parte de complejos y profundos procesos históricos.
Sé que hay líneas de opinión enfrentadas. Era de esperarse, tratándose de uno de los libros más "peligrosos" de su época (es curioso, cuando uno lo piensa, que otro de los libros que más horrores, persecuciones y matanzas ha producido en el mundo, la Biblia, no solo no haya sido prohibida nunca, sino que hasta se promueve su lectura). Pero ya lo decía antes: yo soy de los que aplaude este tipo de proyectos, no solo porque descreo de la censura por razones filosóficas, sino también por todo lo demás. No podemos saber qué terrores traerá el futuro (porque nunca se terminarán, o al menos no mientras el ser humano siga siéndolo), pero creo firmemente que propuestas como ésta pueden ayudar a evitar dos o tres de ellos. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Enterrar a los vivos


Aunque a veces me cueste, y otras tantas me duela, yo siempre he apostado por la tolerancia (empujado por el pluralismo que defiendo, y envalentonado por la ironía, de la que tanto habló Richard Rorty como la "actitud filosófica fundamental"). Apuesta que, más de una vez, me ha terminado por colocar en una situación complicada, que me ha valido más de una crítica, más de un debate, y aún más de un insulto. Recuerdo que, cuando todavía era bastante chico, oí hablar de un judío que había sobrevivido a los campos de concentración nazis, y que se dedicaba a dar conferencias alrededor del mundo para hablar, precisamente, de ese momento tan doloroso de su vida y de la historia, pero con un sentido muy especial: no para despertar rencores y odios, sino para hacer un llamado a la tolerancia, a la comprensión de aquellos que no piensan como nosotros, porque, parafraseando a Nietzsche, de la intolerancia sólo podemos esperar intolerancia, y condenar a quienes condenan es ponerse encima la toga del verdugo, o en todo caso dejar el hacha al alcance de la mano.
Hace algunos meses salí a tomar unos tragos con un amigo y un par de chicas alemanas. Nos fuimos al Pisseli, un bar que queda a dos escasas cuadras de mi casa, en donde se arma todos los jueves una peña de las clásicas, donde un grupo de amigos, en torno a una mesa llena de botellas a medio vaciar, entona a ritmo de cajón y guitarra en mano las canciones clásicas del repertorio criollo peruano. Una de las alemanas, al ver con qué afán y con cuánto sentimiento entonábamos mi amigo y yo muchas de esas canciones, me hizo un comentario que nunca olvidaré: "Para mí, es muy difícil entender eso. La cultura de mi país puede gustarme mucho, pero me es del todo imposible sentir orgullo por ella".
Como todo el mundo sabe, en Alemania hay una ley que prohíbe cualquier tipo de expresión que pueda pasar por nacionalista: la llaga de los horrores cometidos durante la Segunda Gran Guerrra sigue abierta para ellos, y una bandera es, para ellos, un recordatorio de ese pasado tenebroso. Y sin embargo...
Hay una cosa que no puedo dejar de decir, y es que tal vez esa llaga ha estado abierta por demasiado tiempo. Que los horrores del nazismo fueron terribles, es una verdad del tamaño de un camello, algo que no estoy dispuesto a refutar. Pero también es cierto que, a estas alturas, ya ha pasado el tiempo, las heridas necesitan cicatrizar, y eso no va a suceder mientras la gente, por muy buenas que sean sus intenciones al aplicar determinadas leyes, siga arrancándose la costra. A la larga, tal vez y hasta esa insistencia por parchar la identidad de la gente sólo pueda resultar, en Alemania, contraproducente, dando el tiro por la culata, porque se suspenden muchas cosas en el silencio, cosas que siguen agitándose, y que al no encontrar un canal por donde fluir, terminarán por hincharse hasta reventar. Y lo que revienta, suele hacerlo con fuerza, con violencia... ¿se entiende a qué trato de llegar?
Soy un acérrimo escéptico de cualquier tipo de nacionalismo: el serio y el de escaparates. Pensar que existe algo parecido a la "esencia" de un país me parece una franca estupidez, así como enorgullecerse de cosas a las que se llama "propias", y que hunden sus raíces, siempre, en el sincretismo y la fusión. En el Perú, sin ir más lejos, existen esos dos polos patológicos del sentir nacionalista: uno, que quiere hundirse en la tradición de la "pureza del sentir nacional", representado por grupos de izquierda y derecha por igual; y otro que cree que el orgullo nacional es una pasarela en la que nuestras luminarias gastronómicas, arqueológicas y culturales tienen que exhibirse como una vedette, que yo encuentro grotesca, falsa e insufrible. A mí, ambos bandos me parecen una tremenda imbecilidad, porque confunden el orgullo con el narcisismo, la mascarada, la ideología y la estupidez.
En España, en aquellos tiempos inciertos que se llamaron la Segunda República, surgieron esos grupos (que pudieron llamarse Falange Española, JONS o lo que fuera) que reivindicaban la primacía de los caracteres tradicionales y "puros" del pueblo español: el catolicismo (de raíces judías, hebreas, griegas, romanas y demás) y los elementos de la tradición (endeudada con judíos, árabes, romanos, gitanos, moros, entre otros; si hasta parece que el primer rejoneador fue nada más ni nada menos que Julio César). Y este tipo de discursos vacíos fueron precisamente, los que desembocaron en la Guerra Civil.
De más está decir que, a mi parecer, la historia jamás llegará a ese estatismo pacífico con el que sueñan todos: la diplomacia tiene sus límites, y la gente seguirá creyendo lo que su carácter y su tradición le han dado a mamar. Hay raíces mucho más profundas que los códigos civiles y penales, y en tantos siglos creo que ya tendríamos que haber aprendido que no hay paz que no sea, a su vez, una invocación a la guerra. Pero hay paliativos, y creo que la tolerancia puede ser uno de ellos: no cortar a rajatabla el discurso del que no piensa como yo, no enterrar las banderas imaginando que con eso bastará para que la gente olvide quién es... pequeños anestésicos que, a la larga, pueden servir para mesurar, siquiera un poco, este transcurrir tan impredecible y violento que es la existencia de la especie humana.
Recuerdo una frase, que reza que "el silencio es salud", y que fue escrita y difundida por el gobierno militar argentino de los años setenta; el mismo que fue responsable de la desaparición y muerte de tantas personas, que todavía no habían dejado de temblar con el recuerdo de la Triple A de López Rega. No: el silencio no es salud... mucho más salubre me parece el reconocimiento, la aceptación, la catarsis. Por eso me gustan tanto las películas alemanas más recientes, en las que se toca de lleno, y con una lucidez nunca antes vista, las diferentes temáticas que persisten como un tumor en el inconsciente (y en la consciencia, también) de la gente. Basta con citar La caída, pero también hay otras, como El libro negro o aún La cinta blanca de Haneke.
En fin, que lo que trato de decir es que no hay que enterrar a los vivos y sentarse a esperar a que vuelvan a levantarse de la tumba atizados por la censura y la rabia. ¿Por qué mejor no sentarlos a conversar, oírlos, entenderlos, y luego tratar de entender cuánto de ellos sigue siendo un reflejo de nosotros mismos? No hay que enterrar al pasado como si estuviera muerto, porque no lo está nunca.


jueves, 28 de octubre de 2010

Bellmer, el terrible llamado de lo oscuro


 Alemania, 1933: el partido Nazi ha echado a andar el mecanismo de su compleja y formidable maquinaria propagandística, y se ha llamado a los autores a tomar parte en el asunto. Creaturas gigantescas e imponentes empiezan a forjarse, entre ellas las producciones cinematográficas de Leni Riefenstahl. Pero no todo sucede como Goebbels y su muchachada querrían que sucediera. El de 1933 es también el año en el que un escultor y fotógrafo llamado Hans Bellmer decide empieza a confeccionar una obra llamada La muñeca, escultura de 1 metro con 40 que muestra a una mujer  desnuda a la que se han articulado torsos y extremidades de más. Cosa que no le gustó mucho a la gente del Reich, que la calificó de "degenerada". El autor, entretanto, abandonaba Alemania e iba camino hacia Paris, donde entraría en contacto con los surrealistas. Se había propuesto crear un monstruo humano para llamar a la gente a despertar, y eso es algo que los hombres de Hitler no le perdonarían. 
La estética de Hans Bellmer es de las del tipo crudo, vomitivo, desgarrador, sórdido y fascinante. Cada una de sus obras consigue tener ese efecto hipnótico sobre el espectador: sencillamente, no puedes quitarle los ojos de encima mientras, del otro lado, tu propia existencia se revuelve, cuestionándose. Miembro de la misma especie a la que pertenecen fotógrafos como Witkin o Araki, de los que ven en el arte un tour de force con navajas en las paredes y en el suelo, Bellmer lo resumió todo muy bien al decir que su obra era escandalosa porque, para él, el mundo era un escándalo (y tenemos buenos motivos para seguir creyéndolo). 
En sus obras, el cuerpo se desfigura, fragmentándose y tomando formas grotescas a medida que va afinándose la mirada crítica de su autor. Como él mismo lo dijo alguna vez, lo suyo era un llamado a la oscuridad que se agita en el fondo de nuestras existencias, en las cloacas del universo mal llamado racional. Todo es cuerpo, materia, mutilación y náusea. Y al que no le guste, que no cierre los ojos. El llamado de lo oscuro, por muy terrible que sea, exige una respuesta. 
Maestro de lo visceral, Bellmer es uno de los artistas más complejos del siglo pasado. En sus manos, el erotismo, la plasticidad, la reflexión sobre la materia y el cuerpo han sido víctimas de una vuelta de tuerca que los funde en un sólido y duro cuestionamiento por la humanidad. Cuestionamiento que, dicho sea de paso, no podemos dejar de plantearnos. 

La muñeca de Hans Bellmer. Cruda y magistral.

miércoles, 21 de abril de 2010

I love you, Goethe


Siempre me he planteado que, algún día, no sólo me gustaría, sino que tengo que escribir un libro sobre Goethe. ¿Qué quieren que les diga? Un autor tan infinito, tan dispuesto al streap-tease hermenéutico, que puede ser analizado desde tantos ángulos (no sólo desde el enfoque literario, sino también el histórico, el filosófico, el psicológico... ¡hasta el científico, por si faltase algo!) siempre tiene un nuevo rostro que mostrarnos, algo más que se puede decir de él. Y es que si algo no puede decirse de Goethe, es que fuese un vago: en los ochenta y pico de años que vivió, no dejó de escribir, relegando todo lo demás (sus funciones administrativas en Weimar, la dirección de los grupos de teatro, los viajes, la vida social, los affairs amorosos con las jovencitas) a un lugar absolutamente secundario. Lo primero era su obra, y se convirtió en un gigante, al punto que el resto de la literatura y aún la cultura y la filosofía alemanas se han desarrollado, en gran medida, desde la parcela de tierra que cubre su sombra. Bueno, cierto que no fue sólo él quien construyó su prestigio como Escritor de la Nación. Cierto que a esto contribuyó, también, Bismarck, que erigió su silueta como la cima de la cultura alemana entre las diversas medidas que tomó para llevar a cabo la Unificación; en gran medida, además, porque Goethe mismo había sido el primero en plantear la posibilidad de tal Unificación.
Pero no hay que olvidar, también, que Goethe ya era una leyenda en vida. No sólo por la fama de su Werther, que llegó a todos los rincones de Europa, e influyó sobre personalidades tan distintas como pueden serlo Byron, Leopardi y Napoleón, sino también por sus poemas, sus obras de teatro y sus otras novelas, más su prestigio como investigador de temas científicos, históricos, artísticos y filosóficos, que tuvieron tanta influencia sobre pensadores como Schopenhauer, Hegel, los hermanos Schlegel y un largo etcétera. Hasta Novalis, que lo despreciaba, escribió su Heinrich von Ofterdingen como reacción, y bajo influencia de, el Wilhelm Meister.
Por si faltase algo, y alguno siguiese pensando que todo esto no hace de Goethe algo especialmente distinto, pueden seguirse citando sus actividades: promovió e introdujo en Alemania, al lado de su amigo J. G. Herder, las obras de Shakespeare; construyó las bases de lo que luego pasaría a llamarse el Romanticismo; fue el autor más importante (y famoso) del Sturm und Drang; escribió y publicó diarios que influirían ya no sólo sobre los románticos, sino que marcarían una nueva fase literaria conocida hoy como "clasicismo alemán"; sería evocado de nuevo por los expresionistas; y, hasta el día de hoy, su obra sigue siendo revalorada, reinterpretada e idolatrada, y miles de artistas lo han convertido en santo patrón de su propio quehacer creativo. Y que conste que no hemos dicho nada todavía sobre el Fausto, ese libro que empezó a escribir a los dieciocho y que no daría por terminado sino hasta el mismo año de su muerte, y que es una de las obras más complejas, totales y fértiles que se han escrito alguna vez.
Muchos saben que soy un profundo germanófilo. Sueño con aprender alemán (espero lograr tan difícil empresa algún día), y me paso los años volviendo, una y otra vez, a los escritores, la historia y el arte alemanes. Pocos países han conocido procesos culturales tan abrumadioramente complejos (hace unos días empecé a leer Los Budenbrook, de Thomas Mann, que refleja un poco estos procesos, y me encanta), y la figura de un hombre como Goethe... pues ni qué decir: se clava en el centro de los mismos, con toda la influencia que tuvo tras su muerte y toda la importancia, la cultura y la preocupación que tuvo en vida.
Ya pueden ver que esta nota no es más que una larga carta de amor, de mí a Goethe. Una larga serie de brindis, de paso, hasta agotar tres o cuatro botellas. Comprenderán, pues, que quiera algún día escribir más, y en otro lugar, con más dedicación, orden y escritunio, sobre él. Y, de paso, les abro la puerta a todos los que quieran unirse a este viaje. Puedo asegurarles que las sorpresas no faltarán.

En la imágen, Goethe, tal y como lo retrató (famosamente) su amigo el pintor Tischbein durante el viaje que el poeta realizó a Italia.

martes, 9 de marzo de 2010

¿Todo queda en familia?


A sabiendas de que todo esto va a sonar muy mal, lo digo claro y sin rodeos: la pedofilia es una moda que no parece querer pasar entre los sacerdotes. Y en estos últimos meses, el asunto está más picante que nunca: después de todo, no creo ser el único que ha perdido la cuenta de las denuncias realizadas a sacerdotes por sus presuntas víctimas de un tiempillo a esta parte. Bien, eso es lo primero; lo segundo, es la ambigua actitud de Joseph Ratzinger (mejor conocido en todo el mundo como Benedicto XVI, Darth Sitheous o, sencillamente, "El Papa") al respecto: aunque se declara a favor de la tolerancia cero, parece que no le atina bien el sentido de la vista, y la confianza y la fe que deposita en sus hombres llega a ser tan ciega que asusta. Claro, en la mente de Herr Ratzinger, estos sacerdotes no son "hombres" meramente, sino que llevan ese genitivo "de Dios", Homini Dei si quieren, que los pone del otro lado de la rayuela.
Pero las cosas siguen turbias, y se empiezan a pintar de negro para el Vaticano en general y para Ratzinger en particular. Hace unos días, apareció una nota en El Comercio en la que se informaba de una nueva denuncia por pederastia en el coro de Ratisbona, que fue dirigido entre 1964 y 1993 por nada más ni nada menos que el obispo Georg Ratzinger, hermano del papa, quien ha negado saber absolutamente nada al respecto. Ahora, de hecho, el Vaticano y sus emisores (con un tal monseñor Ludwig Mueller a la cabeza) afirman que estas denuncias se refieren a una época que no coincide con los 30 años que Georg Ratzinger ejerció como director del coro en cuestión (lo que me parece un terrible pecado de idiotez por parte de Mueller y compañía, ya que los abusos habrían sucedido, según las noticias, entre 1958 y 1973).
Y las cosas se pintan un poco más sórdidas. El Clarín del domingo rescata un interesante testimonio, el del compositor Franz Wittenbrink (que entonces era colegial de los "gorriones" (como se llama a los miembros de este coro), que hablan de un tal Georg Z., supuestamente uno de los sacerdotes implicados en el asunto. Wittenbrink "contó que "Z" "pasaba la noche en el dormitorio y elegía a dos o tres de nosotros que llevaba a sus habitaciones. Allí se bebía vino tinto y después el cura se masturbaba junto con los menores". (Una escena digna de Pasolini, quién lo duda). Luego, agrega que todos sabían lo que ocurría, y que le parece inexcplicable (y no es para menos) que el hermano del papa no estuviese enterado de nada. Pero este Georg Z. fue detenido, y murió hace mucho. La gran pregunta es, ¿quién sigue? ¿Y por qué el hermano del papa se atrinchera detrás del silencio como una bestia asustada? No diré nada: que cada cual use su imaginación como guste, que opciones las hay de todos los colores.
Lo que yo me sigo preguntando es qué sucederá con Georg Ratzinger si el horizonte se le cubre de negro, así sea por encubrir a sus "camaradas de sotana". ¿Tendrá que temer la ira de su hermano, o todo quedará "en familia", entre rostros serios y silencios absolutos? Vaya uno a saberlo. De todos modos, no hay que dejar de tener en cuenta que el poder da, a menudo, el derecho al silencio. Y Herr Ratzinger, quién lo duda, ostenta uno de los más grandes. A ver quién se tiene que andar con cuidado.
Supongo que no hay más que decir de momento. Los frutos siguen verdes, para felicidad de los sacerdotes, y es pronto para apurar opiniones y críticas. Sólo dejaré eso bien dicho: que cada cual cargue con la cruz que ha aceptado, y los ojos bien puestos sobre el trozo de ladrillo que está en el ojo ajeno, no sea que nos pongan uno a nosotros. Por lo demás, ya saben lo que pienso de Herr Ratzinger. La sotana puede servir de escudo, pero a lo mejor se desgasta.

En la foto: Georg Ratzonger ostentando su mejor cara de "a mi no me mires". Fuente: Clarín.

domingo, 7 de marzo de 2010

"La cinta blanca" y la ceguera de algunos jurados


De todo lo que significan los Premios Óscar de la Academoa (lo bueno y lo malo, se entiende), siempre he prestado una atención especial a dos de sus categorías, que a mi parecer no suelen resbalar, como tantas otras, en todos los cánones y prejuicios idiotas de lo "políticamente correcto" y demás basuras extra-cinematográficas (si no, Tarantino se habría llevado otro par de premios, incluyendo el de mejor película, y ni qué decir del de mejor guión original). Me refiero, claro está, al siempre justo y emotivo Óscar Honorario y a ese otro, que le dio a tantos peruanos el tiro por la culata esta noche, que es el premio a la mejor película de habla no inglesa.
Bien. No hay que confundirse: yo no voy a lamentar que Claudia Llosa no se haya llevado el premio. Ni siquiera voy a comentar su película (que aún no he visto), ni lo patética que me parece la idea de apoyar la obra de alguien sólo porque da la casualidad de que ese alguien nació en el mismo país que uno. A la mierda con todo eso. De lo que sí voy a lamentarme es de la ceguera absoluta que ha adolecido este año el jurado de la Academia al no darle este premio a La cinta blanca del austríaco Michael Haneke. Y que me llame germanófilo el que quiera hacerlo, pero la pura verdad es que el Mejor cine de estos tiempos se filma, en general, en tierras germanas (La caída, La vida de los otros o la suizo-alemana Vitus son buenos ejemplos de lo que digo). La gran pregunta es, ¿por qué la merecería más que El secreto de sus ojos? Miren: yo aún no he visto esa película, así que ahí tengo un punto menos a mi favor. Pero eso sí: creo que cuando alguien ve una película que realmente no merece otro adjetivo que el de "perfecta", al punto que si alguien me dijera que la dirigió el mismísimo Bergman no dudaría en tragarme el cuento, no es en vano.
Un argumento que se desarrolla con semejante cuidado, con tantas variantes narrativas y psicológicas, más un esteticismo que casi parece de cristal, con una calidad de fotografía a la que no muchos directores aspiran siquiera y un formibable trabajo de actores, editores y demás: todo esto, y más, está en La cinta blanca. (Y está ese diálogo en que una niñera debe explicarle a un niño lo que es la muerte, que es de los más fascinantes y secretamente crudos momentos de la película). Lo digo aquí sin dudarlo un segundo: esta película es una verdadera joya del cine, una obra maestra. Supongo que habría que preguntarse si el público está preparado para aceptar un filme semejante, lento pero desgarrador, todo un desafío para el temple de muchos espectadores. Pero eso ya es harina de otro costal.
Eso, pues, es lo que voy a lamentar yo esta noche. El resto del Perú, que haga, diga y piense lo que quiera: yo levantaré mi vaso por quien más se lo tiene merecido. Y dejo, de paso, la promesa de dar un muy honesto comentario de La teta asustada ni bien la haya visto. Dicho lo que había de decirse, les dejo el trailer de La cinta blanca, y me siento a esperar a ver qué hace el tiempo (no siempre justo) de obras como ésta.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...