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domingo, 6 de febrero de 2011

Filósofos y comediantes


Alguna vez se me ocurrió un proyecto que espero poder llegar a realizar algún día: una antología de textos y ensayos filosóficos, pero que serían elegidos no por su pertinencia, brillo argumentativo o solidez, sino por su manejo del humor. ¿Del humor?, se dirán algunos a los que respondo: sí, del humor. Porque puede sonar un poco contradictorio, es verdad: para muchos, la palabra "filosofía" está más ligada a sus peores pesadillas, recuerdos de sus tiempos de universitarios en los que se las tenían que ver con algunas de las peores jaquecas de su vida (hasta ahora no conozco ningún alivio realmente efectivo para después de leer a Hegel o a Husserl); y, ciertamente, no es "humor" en lo que piensan, ni siquiera remotamente.
Y, sin embargo, lo cierto es que en el rubro siempre han habido grandes humoristas (que, además, han sido muy buenos o extraordinarios filósofos), y los siguen habiendo hasta el día de hoy. Lo que pasa es que claro: se trata de un sentido del humor que a muchos les sonará tirado de los pelos, y que no cualquiera está interesado en entender. Pero hay otros que sí, que hasta agradecemos a los autores las bromas, solapadas o no, que incluyen en sus escritos.
Es verdad que hay filósofos que prefieren el tecnicismo frío y lejano, la prosa muy pulida e impersonal (aunque creo que es imposible la prosa impersonal en el terreno filosófico). Thomas Nagel, por ejemplo. O el mismísimo Hegel. Pero hay otros que no, que se toman libertades y que, en algunos casos, hasta utilizan el humor como parte de su argumentación. 
Bertrand Russell dijo alguna vez que la filosofía era una cuestión de carácter. Uno cree o escribe aquello que se adecúa más a su forma de ser, o de relacionarse con la realidad. ¿Y no es acaso el humor una de estas formas? Tómese en cuenta que, para dicha antología, Bertrand Russell tendría una buena selección de textos que ofrecer. Su estilo de hacer las bromas es limpio y solapado, de modo que a veces cuesta un poco o hay que leer otro par de líneas para notar el chiste.
Hay muchos otros nombres que tendrían que unirse a esta antología. Paul Churchland, por ejemplo, podría brinar unas cuantas páginas, aunque su humor es bastante fácil. Jerry Fodor, en cambio, suelta bromas a diestra y siniestra, tomándose libertades enormes y, a veces, hasta arriesgadas. Yo he reído a carcajadas leyendo su Psicosemántica (título que, más bien, haría pensar en tediosas horas llenas de bostezos), que incluye un pasaje, casi al final del libro, que procedo a citar textualmente, como para dejar una muestra de lo que digo: luego de haber autocriticado sus propios planteamientos hasta llegar a callejones sin salida, termina diciendo: "En este caso, sólo he perdido un montón de tiempo que hubiera podido dedicar a navegar. ¡Ah, bien!". Recién en el epílogo y en el apéndice del libro, empezará a formular el por qué defiende las teorías que defiende (sobre las que no voy a hablar ahora, dicho sea de paso).
Otro verdadero maestro es Simon Blackburn. De hecho, él acuñó una frase muy buena que relaciona humor con filosofía: "La forma rápida de darse cuenta de que algo debe ser un error es a través del humor". Y, ciertamente, esta es una regla que él no solo no teme aplicar, sino que además lo hace con talento y con verdadera maestría. 
Podría seguir sacando nombres, pero creo que la idea ya ha quedado clara y, espero, ilustrada. ¿Es un error echar mano del humor a la hora de hacer filosofía? Yo creo que no; que no sólo es un método más y tan justificable como cualquiera, sino que es algo de lo que además podemos estar agradecidos. Al fin y al cabo, parte de lo que escribe un pensador (y Wittgenstein es una prueba irrefutable de ello) es lo que ese pensador es. Y si naciste para el martillo, del cielo te caen los clavos.   

En la foto, cómo no, el siempre genial Bertrand Russell, pensando lo que tengo por seguro alguna vez habrá pensado (no sé quién le agregó eso, pero le quedó perfecto).

lunes, 26 de julio de 2010

¿Neurociencias y literatura?


Puedo imaginar el rostro que habrán puesto uno o dos de mis profesores de la universidad al toparse, mientras corregían mis exámenes y trabajos finales, con las referencias que incluí a las neurociencias. Porque claro: ¿quién se imagina que se hable de neuronas-espejo, relaciones sinápticas axionales o del lóbulo frontal en un trabajo sobre literatura? Y no crean que escribo esto para que la gente piense "ah, bueno, este se cree la cagada porque habla de neurociencias", sino para llamar la atención respecto a otro asunto, y es el de los límites que muchos imaginan que tiene la teoría literaria.
En otras palabras, que no veo por qué las neurociencias hayan de ser apartadas del quehacer ensayístico y teórico de los que se dedican a comentar e investigar (vale decir, interpretar) la literatura como un oficio, pasional o no. Al fin y al cabo, creo que se trata, siempre, de buscar una nueva serie de explicaciones que abran cada vez más y más puertas desde las que podamos recorrer y recrear los textos, enriqueciéndolos o, si se quiere, explotándolos al máximo.
Si pensamos en autores como Freud o Heidegger, a los que el análisis literario vuelve una y otra vez para tomar teorías y herramientas, mi tesis encontraría otra confirmación. Después de todo, ¿qué hicieron Freud o Heidegger sino tratar de explicar lo humano, incluído su comportamiento, a través del estudio de sus estados mentales? El Dasein heideggeriano es, visto desde cierto enfoque, el individuo autoconsciente, es decir, capaz de la autocognisción, que es uno de los temas más recurrentes de la filosofía de la mente, que trabaja de la mano con las teorías y las investigaciones desarrolladas por la psicología cognitiva y las neurociencias, y las categorías existenciarias son parte de lo que conforma los estados mentales, en tanto que formas de interpretar la realidad interpretándo-se como parte de la misma (y si no me creen a mí, revisen los libros de Davidson, Carruthers o Nagel). El caso de Freud ni siquiere necesita ser explicado, pues su mayor interés fue la mente humana, así como las funciones cerebrales, de las que en su tiempo era imposible saber gran cosa. En todo caso, ¿por qué no hacer notar la vigencia de algunas teorías de Freud, una vez revisadas bajo la luz de los nuevos aportes teóricos y científicos? Los comportamientos y sentimientos "ambivalentes", por ejemplo, hoy cobran un nuevo matiz gracias a los estudios sobre las neuronas-espejo. ¿Y eso no es llamativo? ¿Acaso la teoría literaria debe quedarse satisfecha con lo hecho y visto?
En pleno siglo XXI, sin embargo, el panorama ha cambiado, y contamos con una larga serie de teorías y herramientas nuevecitas, recién sacadas del horno de los laboratorios, que permiten una nueva forma de aproximación al estudio de las diversas materias, entre las que cabe incluir a la literatura. ¿La utilidad de esta aplicación tan, aparentemente, tirada de los pelos? Abrir nuevas lecturas, claro está, que pueden ser sumamente reveladoras e interesantes, y que permiten leer los textos desde un nuevo enfoque.
Claro que, con todo esto, no trato de decir que las neurociencias y las teorías de la mente sean LA teoría obligatoria, fatal y necesaria. Eso lo podría decir el materialismo eliminativista, con Paul Churchland a la cabeza. Yo no creo que exista LA teoría, ni LA explicación. Creo que existen muchas teorías, cada una de las cuales es más o menos explicativa en vistas a un contexto determinado (digamos, el texto analizado, o los objetivos propuestos en base a ese objeto). Las neurociencias y las teorías de la mente, en este sentido, son una de tantas herramientas que nos permitirán abrir la lectura de textos literarios, jugando a la par (y de la mano) con las otras ya conocidas o en proceso de desarrollo. ¿Por qué no?
Queda mucho que decir y argumentar, claro está, pero no es éste el lugar indicado para ello. Dejo mi reflexión abierta, eso sí, y a ver por dónde vamos marchando. Al fin y al cabo, si nos preguntamos por el objetivo y la utilidad de todo esto, habría que preguntarse por lo mismo acerca de lo otro, y nadie sabe nada en el fondo. Lo que sí defiendo es que la interpretación no tiene por qué ir a chocar contra la barrera del prejuicio.
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