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domingo, 7 de noviembre de 2010

Y arrancó la temporada

 
No se hacen una idea de con cuánta emoción lo digo, señores. Al fin, después de un año, la plaza de toros de Acho vuelve a ser el escenario de los domingos, y no hay resaca que sirva de excusa. Y si la novillada de hoy (de la que acabo de volver a casa) no fue el espectáculo del siglo, al menos tenemos mucho que esperar de las próximas fechas. Con los carteles que han preparado este año, van a sobrar los motivos para hacer más dura la resurrección de los lunes: vuelven Ponce, Perera y Manzanares, a Castella se le abre una posibilidad de redimirse de su faena del año pasado (que estuvo muy por debajo de las espectativas, la verdad), y se les une un nombre de los mayores, que es Morante de la Puebla, entre otros. Hay que decirlo: no hay un solo cartel que no sea prometedor. Tengo por seguro que el grito de "olé" va a sonar mucho, y siempre con la dulce compañía de una bota de vino alzada.
Y se viene también una buena fecha el 8 de diciembre, que es el día en el que los toreros aficionados toman posesión de la arena. Desde ya voy alzando una copa por los miembros de la ATA que van a participar (mi tío José Ignacio Bullard, Raulito Aramburú y Quique Sifuentes). Eso, eso... olé y olé. Y que viva la afición, carajo. 

martes, 3 de agosto de 2010

¿La voz de Cataluña?


No voy a maldecir, porque bien visto el asunto, no puede agarrarnos por sorpresa. Claro que tampoco pienso aplaudir. De todos modos, no hay novedad en la noticia, y todos sabíamos ya desde hace mucho que el parlamento catalán tiene el debate encima. Ahora, aprovado el fallo, sólo queda esperar al primero del próximo año, cuando las corridas de toros habrán quedado barridas de Cataluña.
Antes de entrar en aguas turbias, del tipo de aguas a las que no soy muy afecto a meterme (aunque lo voy a hacer), todavía voy a lamentarlo. Porque es triste que un pueblo se tenga que despedir de sus tradiciones, porque un pueblo tenga que decir adios al hervor de su sangre ante la palabra de unas tristes minorías. Y esto en nombre de un progreso moral que tiene mucho, o demasiado, de panfleto político, de discurso velado y de dedos que se cruzan en los bolsillos de unos pocos.
Detesto hablar de política, y sin embargo hay que hacer notar el detalle: prohibir las corridas de toros significa, para algunos miembros del parlamento de Cataluña, empujar a la gente a sentirse un poco menos española. Y no es que yo vea mal que un territorio quiera independizarse de otro, pero es que dos, cuatro o sesenta y ocho políticos no son el pueblo catalán, sino apenas un trozo de su apéndice. Mañana querrán hacer desaparecer los discos de Paco de Lucía y los de Remedios Amaya, y pasado mañana desaparecerán las botellas de jerez de los supermercados. ¿El motivo? Siempre es fácil escribir buenos motivos. No se necesita mucha creatividad. (Y si creemos en lo que dice el ABC acerca de los costos -de cerca de 300 millones de euros- que comportará la prohibición, pues hay que reconocer que España no está para andar echando euros al agua).
Me parece muy bien que los antitaurinos saquen a relucir sus argumentos éticos. Quedan más que invitados al debate (ojo, que los insultos no son argumentos). Pero que por lo menos echen un vistazo a lo que sucede tras bambalinas en su propio parlamento, donde (todos sabemos cómo son algunos políticos) nada es realmente lo que parece ser. Al final, ¿cuál es la voz de Cataluña? Porque quedan muchos que se están guardando el grito en la garganta, y que a lo mejor ya no sabrán dónde ni cuándo gritar "olé".

En la imágen, y muy bien dicho, "Llibertat per la nostra cultura". Fuente de la misma: ABC. Y porque mis palabras no son nada, recomiendo mejor un vistazo al siempre preciso y, cuando es necesario, afilado blog "Opciones Avanzadas Ltd." (link en la lista de blogs a un costado), donde quien lo dirige (que por si fuera poco es español) ha escrito también sus pareceres, más que dignos de ser leídos, en una nota titulada "¿Olé?".

viernes, 4 de junio de 2010

Por tí, José Tomás


Que tendríamos que ser muy jodidamente cabrones para cabrearnos. Y si me sorprendió la nota de Carlos Castillo en el blog "Perú Taurino" fue porque pensé que este asunto ya estaba dado por hecho, sin necesidad de decir una sola palabra. ¿O es que alquien se queda bocabierto al enterarse de que José Tomás ha cancelado su temporada taurina por lo que resta del año? Oigan, que no es para andar de broma (o de cachondeo, si prefieren la españolada de por medio), y José Tomás ya estuvo a punto de dejarse la vida por detrás en Aguascalientes, México, hace nada.
El solo hecho de que Tomás no se halla "cortado la coleta" después de lo acontecido ya dice mucho más de lo que todos necesitamos escuchar para saber a ojos cerrados que lo de Torero se lo lleva muy bien ganado y merecido, porque hay que tenerlos de hierro, joder. Al fin y al cabo, que el que coge muleta y estoque sabe muy bien a lo que se enfrenta, y no es a jugar a lo que sale el torero.
Los aficionados todos seguimos endeudados con el pueblo mexicano por haber salvado la vida, con su sangre, a José Tomás; lo menos que podemos hacer, ahora, es levantar la copa en su nombre y esperar a que los médicos levanten la orden de descanso y, por supuesto, echar un brindis tras otro: por José Tomás y por México, y por la afición que hace a un hombre volver del pórtico del Hades, no para tumbarse en su sillón a recordar los tiempos de oro, sino para plantarse de nuevo en el ruedo y, cual Eneas, volver a empuñar las armas, que todavía es muy pronto para detener el paso, y nunca lo es para volver la vista atrás. Esta va por tí, José Tomás: ¡Salud!

miércoles, 12 de mayo de 2010

ATA: por amor al arte


Bueno, las banderillas están sobre la mesa, así que creo que es un buen momento (en mi cumpleaños, de paso) para hablar, de una vez por todas, de algo de lo que hace mucho que tendría que haber hablado: la Asociación de Toreros Aficionados (ATA), que ciertamente merece algo más que unas cuantas palabras.
Por amor al arte, sí... y es que ATA podría leerse, también, como tres palabras sueltas que, juntas, tienen un sentido muy especial: Afición - Toros - Arte. Vivir y gozar de cada instante de la pasión que se está jugando allí, no debajo sino al frente, sobre la arena, entre el hombre y el toro, esos dos sujetos que, de pronto, se convierten en todo lo que existe en el universo, que tratan de leerse uno al otro, ser el uno en el otro, pero sabiendo que sólo uno de los dos puede llevar los laureles a casa. No, señores: esta vez no quiero detenerme en todo el debate moral que se cierne sobre la tauromaquia; sólo quiero hablar de la Fiesta Brava como un amante de la pintura habla de un Van Gogh: abandonándome a ello.
Y es que, al fin y al cabo, ¿no es ése el espíritu que guía al torero? Y, en este caso, a la Asociación. Una afición compartida, que va de la mano con la fraternidad, las risas, el consejo, el cariño y, por qué no, las canciones y las copas. Han sido largos años desde que mi abuelo, José Alfredo Bullard, se reuniese un 6 de diciembre de 1968 con sus amigos Fito Matellini, Rafael Puga y Raúl Aramburú para fundar esta sociedad; desde entonces, muchos nombres han ido sumándose a la lista, dispuestos a encarar al toro con valor, pasión y esa extraña forma de cariño y empatía (aunque más de algún escéptico no esté dispuesto a creerlo) que surge entre ambos en ese tiempo en que ambos se juegan la vida mano a mano, entre el estoque y los pitones.
Digan que me pongo sentimental si quieren: es absolutamente cierto. ¿Cómo no hacerlo, ya que toco un tema como este, que llevo tan atado en tradición, afición, familia y amigos? ¿Cómo no hacerlo si no puedo dejar de sentir cómo bulle la sangre en mis venas mientras escribo estas escasas líneas? Venga, vamos a llevar esto a su máxima nota: adjunto, como epílogo, un videíllo. La canción es el Himno de la ATA, compuesta, escrita y cantada por mi abuelo, "papapa" Bullard en persona, con los hermanos Bullard (sus hijos, entiéndase mi padre y sus hermanos) en el coro y el Joven (alias "Iván") Goicochea en la guitarra; grabado bajo la tierna mirada del maestro Ernesto Hermoza. Las fotos que componen el video, hay que dejarlo dicho también, son todo un documento, pues recorren muchos de los años de la ATA. ¡Un brindis bien alto por la afición! ¡Olé, coño, olé!



En la imágen: los miembros de la ATA celebrando reencuentro y aniversario, en el paseíllo inaugural en el ruedo del cortijo "La Esperanza" (tantas buenas veladas entre toros y guitarras...), sede de la asociación, de Tito Fernández.

lunes, 10 de mayo de 2010

Hablando de toros: Mosterín contra Vargas Llosa


Mis buenos lectores sabrán disculpar mi poca presencia en estos últimos tiempos, pero los horarios me tienen muy apartado, en cuerpo y energías, del buen viejo Café. De todos modos, me gustaría traer este debate a brillar por estos lares, por si a alguien le interesa.
Muchos sabrán que los toros son tema del día: sobre todo en España, donde ya empieza a hablarse seriamente de prohibir las corridas en Cataluña. En este mismo blog, comenté una apología de la Fiesta Brava que hizo Fernando Savater; poco después, Mario Vargas Llosa realizó otra, muy interesante y bien argumentada, de paso. Y, hoy, mi madre me ha enviado al correo un artículo publicado por el filósofo español Jesús Mosterín, donde se trata de echar abajo a ambos autores. Copio a continuación su texto:

La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa cuando vemos a otro sufriendo. Esta capacidad puede ejercitarse y afinarse o, al contrario, embotarse por falta de uso.

Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.

El pensamiento indio, y en especial el budismo y el jainismo, consideran que la ahimsa (la no-violencia, la no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el principio central de la ética. En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus continuas cacerías, no se le ocurre otra cosa que salir ahora en defensa de la tauromaquia. Más le valdría identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III, que prohibió las corridas de toros, que con el cutre y absolutista Fernando VII, que las promovió.

El conocimiento facilita la empatía. Como decía Francis Crick (el descubridor de la doble hélice), los únicos autores que dudan del dolor de los perros son los que no tienen perro. Muchos españoles no dudan del dolor de los perros ni de los toros. Cuando un degenerado cortó con una sierra eléctrica las patas de los perros de la perrera de Tarragona y los dejó desangrarse hasta la muerte, más de medio millón de españoles estamparon su firma en una petición al Congreso exigiendo la introducción del maltrato animal en el Código Penal. En Cataluña todas las encuestas indican una gran mayoría a favor de la abolición de la tauromaquia, solicitada al Parlamento catalán por más de 200.000 firmas. Yo conozco a varios firmantes de la petición; todos lo hicieron por compasión, ninguno por nacionalismo.

Los defensores de la tauromaquia siempre repiten los mismos argumentos a favor de la crueldad; si se tomaran en serio, justificarían también la tortura de los seres humanos. Ya sé que los toros no son lo mismo que los hombres, pero la corrección lógica de las argumentaciones depende exclusivamente de su forma, no de su contenido. En eso consiste el carácter formal de la lógica. Si aceptamos un argumento como correcto, tenemos que aceptar como igualmente correcto cualquier otro que tenga la misma forma lógica, aunque ambos traten de cosas muy diferentes. A la inversa, si rechazamos un argumento por incorrecto, también debemos rechazar cualquier otro con la misma forma. Incluso escritores insignes como Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, en sus recientes apologías de la tauromaquia publicadas en este diario, no han logrado formular un solo argumento que se tenga en pie, pues aceptan y rechazan a la vez razonamientos con idéntica forma lógica por el mero hecho de que sus conclusiones se refieran en un caso a toros y en otro a seres humanos.

Ambos autores insisten en el argumento inválido de que también hay otros casos de crueldad con los animales, lo que justificaría la tauromaquia. Savater nos ofrece una larga lista de maltratos a los animales, remontándose nada menos que al sufrimiento infligido por Aníbal a sus elefantes cuando los hizo atravesar los Alpes. En efecto, debieron de sufrir mucho, pero no más que los soldados, la mayoría de los cuales no lograron sobrevivir a la aventura italiana del caudillo cartaginés. Si esto fuese una justificación del maltrato animal, también lo sería del maltrato humano y de la agresión militar. Vargas Llosa pone el ejemplo de la langosta arrojada viva al agua hirviente para dar más gusto a ciertos gourmets. Esto justificaría las corridas, pues también las langostas sufren. También es cruel la obtención del foie-gras de ganso torturado, pero por eso mismo el foie-gras ya ha sido prohibido en varios Estados de EE UU y en varios países de la UE. En cualquier caso, sabemos que los toros sienten dolor como nosotros, pues el sistema límbico y las partes del cerebro involucradas en el dolor son muy parecidos en todos los mamíferos. El neurólogo José Rodríguez Delgado hizo sus famosos experimentos para localizar los centros del placer y el dolor en el cerebro de toros y hombres y no encontró diferencias apreciables. Desde luego, el mundo está lleno de salvajadas y crueldades contra los animales humanos y no humanos, pero este hecho lamentable no justifica nada.

Se aduce que la tauromaquia forma parte de la tradición española, como si lo tradicional fuera una justificación ética, lo que obviamente no es. Todas las costumbres abominables, injustas o crueles son tradicionales allí donde se practican. Vargas Llosa siempre ha polemizado contra la corrupción y la dictadura en América Latina, pero ambas son desgraciadamente tradicionales en muchos de esos países. También ha puesto a Chile como ejemplo a seguir por los demás países sudamericanos. Pero Chile prohibió las corridas de toros hace ya dos siglos, el mismo día y por el mismo decreto que abolió la esclavitud.

Antes los caballos salían a la plaza de toros sin protección alguna y durante la suerte de varas casi siempre acababan destripados y con los intestinos por el suelo. Por otro lado, como los toros no querían combatir y huían, les introducían en el cuerpo banderillas de fuego (petardos que estallaban en su interior y desgarraban sus carnes), a ver si así, enloquecidos de dolor, se decidían a embestir. En 1928 al general Primo de Rivera se le ocurrió invitar a una elegante dama parisina, hermana de un ministro francés, a una corrida de toros en Aranjuez. Cuando la dama empezó a ver la sangre brotar a borbotones, los intestinos de los caballos caer a su lado y los petardos estallar dentro de los toros, casi le dio un patatús de tanta repugnancia e indignación como le produjo el espectáculo. El general, avergonzado, ordenó al día siguiente que se cambiase el reglamento taurino, suprimiendo los aspectos que más pudieran escandalizar a los extranjeros, a quienes se suponía una sensibilidad menos embotada que a los aficionados locales.

Los toros pertenecen a la misma especie que las vacas lecheras, aunque no hayan sido tan modificados por selección artificial. Son herbívoros y rumiantes, especialistas en la huida, no en el combate, aunque en la corrida se los obligue a defenderse a cornadas. Los taurinos dicen que la tauromaquia es la única manera de conservar los toros "bravos". Pero hay una solución mejor: transformar las dehesas en que se crían (a veces de gran valor ecológico) en reservas naturales. Algunos añaden que, puesto que no se ha maltratado a los toros con anterioridad, hay que torturarlos atrozmente antes de morir. ¿Aceptarían estos taurinos que a ellos se les aplicase el mismo razonamiento?

Los amigos de la libertad nunca hemos pretendido que no se pueda prohibir nada. Aunque pensamos que nadie debe inmiscuirse en las interacciones voluntarias entre adultos, admitimos y propugnamos la prohibición de cualquier tipo de tortura y de crueldad innecesaria. Si aquí y ahora hablamos de la tauromaquia, no es porque sea la única o la peor forma de crueldad, sino porque su abolición ya está sometida a debate legislativo en Cataluña. Si allí se consigue, el debate se trasladará al resto de España y a los otros países implicados. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.

Ahora me toca a mí. Todos mis lectores habituales sabrán ya a estas alturas que soy un profundo aficionado a la Fiesta Brava, y de hecho tengo el honor de pertenecer a una familia como la mía, que brilla por sus toreros aficionados, empezando por mi abuelo, José Alfredo Bullard, miembro fundador de la Asociación de Toreros Aficionados (ATA), de la que pronto voy a escribir una nota; José Ignacio Bullard, que participó en el cartel de aficionados del festival de Acho del año pasado, y que ha sido premiado en Ecuador por su talento con capote y muleta; o mi tío Rodrigo Bullard y mi padre, que siendo los menos profesionales de la cuadrilla, nunca han tenido que extrañar los aplausos en cada una de sus apariciones en el ruedo. Así que, para mí, toros y vino tinto, por favor, y unas rumbas para caldear el ambiente. Aquí va mi "Respuesta a Mosterín", tal y como la escribí en la respuesta al correo de mi madre:

Bueno, pero Mosterín también cae en algunos vicios argumentativos (de hecho, cualquier argumentación lo hace, de un modo u otro). Claro que él parte de una noción bastante ambigua, que es la del progreso moral universal, tal y como lo defendió Darwin, según el cual todas las sociedades progresan éticamente hacia una moral universal fundamentada en la compasión. Y este argumento sobre el que se basa Mosterín es harto debatible; después de todo, implica que una moral es superior a otra, lo que es decir que una serie de prácticas son mejores que otras, que es decir que unas sociedades son mejores que otras, y de ahí al etnocentrismo (que es una de las malas tendencias que occidente no se cansa de repetir) y a la intolerancia. Yo, por lo menos, creo que invocar universales es siempre un error: mucho más atinado me parece situar las definiciones que hacen la disputa dentro de un enfoque o contexto determinado. Una sociedad, con sus códigos éticos y todo lo demás, no es superior o inferior a otra, sino sólo diferente; el problema es cuando dos sociedades se encuentran, ya que lo que una considera la Verdad no va de la mano con lo que la otra entiende por la misma palabra, y entonces una (la más poderosa, normalmente) va a imponerse sobre la otra. Si buscas casos en la historia, vas a encontrar miles: desde las guerras griegas y las conquistas romanas hasta la aparición de los medios de comunicación masivos, o la de Internet. Siempre hay un discurso que trata de adaptar los discursos "menores" a sus prejuicios, intenciones y creencias. Por eso es tan fuerte el debate entre el respeto a la tradición y las posturas que proponen una ética absoluta y que se oponen a toda práctica que ELLAS consideran "despreciables", "crueles" o "inhumanas" (meras palabras, que se definen DESDE un sistema de creencias que, normalmente, las considera universales). De nuevo: no se trata de que una sociedad, o un discurso, sea mejor que otra, sino que es diferente. Y, luego, entra el gran problema del respeto a los derechos ajenos y la tolerancia, que es materia de otro debate.
En todo caso, creo que es mejor, aún para un toro, morir en el ruedo que en un sórdido y sucio camal, ¿no? De todos modos, el destino del animal va a ser el mismo. Soy el primero en defender que los animales tienen derechos, pero eso no deja de significar que esté justificado el matarlos bajo ciertos parámetros y vedas. Una cosa es la organización institucional de los toros en la fiesta brava, y otra muy distinta legalizar la caza de ballenas durante diez años (que es lo que ha propuesto el CBI, para tomar una resolución en junio): lo primero, ya lo dije, responde a una organización articulada en vistas a una serie de características propias de la fiesta: fechas, tiempo de crianza, etc. Lo segundo requiere tomar en cuenta otros factores: estado de amenaza de las especies, rutas y temporadas migratorias, etc. Todo muy específico. En otras palabras, un contexto radicalmente distinto. Y así en lo que refiere al trato de cada especie.
No sé lo que pienses de mi argumentación. De todos modos, se mueve en las mismas aguas que la de Mosterín. En filosofía, yo soy de los que defienden que no se trata de cuál sea LA verdad, independiente de todos los pormenores, sino que los segundos definen a la primera. Como ya dije, hablar de universales me parece un error; y, en ciertos casos, de un error peligroso.

Después de esto, hay mucho que agregar a mi postura (y seguramente a la contraria también), pero nada que decir por el momento. Bueno, quizá un breve pero bien clavado "Olé". A ver quién brinda conmigo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Y de pronto, ¿se nos van acabando las corridas? Habla Fernando Savater.


Ya había escuchado por ahí que muchos planeaban dar fin a las corridas de toros en algunos lugares de España. Ahora, leo en la página de El País (curiosamente, en la edición de mañana, 16 de marzo) una nota bastante interesante de nada más ni nada menos que Fernando Savater, que se vale de la posiblemente cercana prohibición de las corridas en Cataluña para dar un largo comentario, crítico y argumentativo, a favor de la Fiesta Brava. (Supongo que a esta altura cualquiera que siga regularmente este blog se habrá dado cuenta de que estoy a favor de las corridas, ¿no? Lo que no me impide ser, y más de alguno dirá que contradicotriamente, un fuerte defensor de los derechos de los animales).
Bien. De la lista de campos desde los que Savater prueba su apología, el más llamativo debe ser ese que es, desde hace ya mucho, su especialidad: la ética. Y, en este caso, la ética en tanto que relacionada a nuestro comportamiento moral para con los animales, más allá de si se trata de toros o no. A ver si él se hace entender por sí mismo:
"De modo que resulta un poco risible el argumento abolicionista de "que le pregunten al toro si le parece arte que le piquen o le den la puntilla". Tampoco nadie le pregunta a la merluza si quiere donar su cogote a las sociedades gastronómicas o a los bueyes si quieren tirar del arado. Ni a perros, gatos o caballos de carreras si quieren ser castrados por nuestro bien. Porque en el caso del debate actual debe quedar claro que no se trata de introducir en nuestra cultura las corridas, sino de prohibir una práctica secular. ¿Que no sería hoy admisible iniciarlas? Imaginemos si aceptaríamos con los valores vigentes empezar a criar animales para alimentarnos con ellos. Me parece estar oyendo a quienes contemplasen corretear a unos pollos o a unos terneros: "¡Qué ricos son! ¿Verdad? Me refiero a que parecen sabrosos...". Reconocemos que en los mataderos o las granjas avícolas industriales los bichos no lo pasan nada bien, pero se arguye que en tales lugares no se venden entradas para el espectáculo. Sin embargo, el argumento se vuelve contra lo que intenta demostrar, pues si fuera verdad que los espectadores disfrutan con el sufrimiento animal frecuentarían esos dignos establecimientos en lugar de las plazas de toros. Otros se escudan en que no es lo mismo sacrificar animales para atender nuestras necesidades que para satisfacer diversiones o lujos".
Ahora hagamos lo nuestro, resaltemos dos o tres ideas, y veamos qué hacemos con ellas. Creo que nadie con dos dedos de frente puede dejar de reconocer que Savater tiene algunos puntos. El gran asunto de fondo en todo este debate moral es, efectivamente, el que cuestiona acerca de si es lícito maltratar y matar a un animal sólo para la diversión de unos cuantos seres humanos. Bien, ahora vayamos por puntos.
En primer lugar, hay que darle la razón a Savater en un punto clave de su exposición: si se acusa a los aficionados por el sadismo y el morbo de su sentido de la diversión, pues hay que sacar a relucir ese argumento: si fuese realmente el morbo el que los llevase a los ruedos, entonces no estarían allí, sino observando a las gallinas ponedoras en sus jaulillas, medio desplumadas y sucias, aplastadas entre más aves de las que su recinto puede albergar; o visitarían a los vendedores de pieles y les pedirían el número de sus proveedores, a ver si pueden ganarse con el espectáculo de cómo se le arranca la piel a una foca bebé o a un mapache mientras el animal sigue con vida (para que no se contraigan los músculos y se estropee la calidad de la piel). ¿Las cosas como son? Si: como son. No voy a negar que hay alguna dosis de sadismo en la Fiesta Brava, pero se acerca siquiera al grado de sadismo en el que se fundamenta gran parte de nuestra alimentación, vestimenta, medicina, etc. ¿Que todo eso es útil? Claro, para nosotros los humanos, y no para las pobres bestias que sólo por andar más indefensas que nosotros se las ven verdes cuando las queremos incluir en nuestros sistemas de vida. Y para todo aquel despotrica contra las corridas sin haber pisado jamás un camal o un matadero, yo que lo he hecho se los digo: de ser un toro, preferiría mil veces recibir la muerte en la arena que en sus oscuros y sangrientos recintos, donde hay mucho más que padecer. Así que no saquen a relucir el argumento de la dignidad del animal: los animales, hasta donde sabemos, desconocen el significado de algo tan absurdo como la palabra "dignidad"; esa es una estupidez que sólo padecemos los humanos, y en nombre de la cual se ha cometido más de una aberración. Y, si aceptamos ese argumento, de todos modos sería mucho más digno para el animal morir en la gloria del ruedo que entre el silencio y las torturas de un matadero, ¿no lo creen?
Bueno, esto ya se pone un poco largo. Me guardaré de seguir con mis comentarios, pero no sin antes dejar un último argumento, definitivo, para que todos los que se declaran como amantes de los animales: el que nunca halla pisado una cucaracha, aplastado una mosca o dejado algo de veneno para ratas en un rincón del hogar, que lance la primera piedra.

Para leer la nota de Fernando Savater en El País, entra a esta dirección: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Rebelion/granja/elpepiopi/20100316elpepiopi_11/Tes

miércoles, 17 de febrero de 2010

Conchita Cintrón, in memoriam


En mi mente, siempre fue una figura épica, una diosa Diana: rubia y hermosa, atravesando el ruedo sobre su caballo, espada y capa en mano, presta a enfrentar al toro. Y, ahora, vuelvo a recordar aquella tarde de la temporada de toros de Acho, cuando se pidió un minuto de silencio por los toreros muertos en el transcurso del año: su nombre figuraba en aquella lista; o aquella mañana de febrero en Lurín, cuando me senté al lado de mi abuelo, que estaba tendido sobre su cama, y éste me enseñó el artículo del periódico donde se hablaba de su muerte, comentándome, de paso, todo lo que él quería decir sobre ella, que fue, como para tantos otros toreros, su amor platónico.
Hoy, 17 de febrero, decía, se cumple un año de la muerte de Conchita Cintrón, la Diosa de Oro de los ruedos, que perteneció a todas partes sin saber de más hogar que la arena y la lidia. Rejoneadora por formación, torera de a pié por afición, largo ha sido el camino para ella: desde las clases de equitación en Lima, donde creció, y su debut como rejoneadora en la Plaza de Acho hasta la gloria en México y España, de ahí al desafío a las reglas de los ruedos de Franco, la despedida y el retiro, rodeada por su esposo e hijos, en Portugal, donde dedicó los años que le quedaban a escribir sus memorias.
No voy a hacer de esto algo demasiado largo; baste con recordar las palabras que sobre ella escribió el cronista taurino Gregorio Corrochano: "el día que se baje del caballo se tendrán que subir al caballo muchos toreros". Ahora, tantos años después de haberse retirado, se ha bajado. A ella le tocó ver morir a más de un amigo en la arena del ruedo, pero le tocó la despedida en medio de la paz y del amor del hogar. Una copa en alto por tí, Conchita, y por la leyenda que te has dejado detrás.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Un rápido (pero muy sentido) brindis por Enrique Ponce


Grande entre grandes; definitivamente, un Artista (nótese la mayúscula) de la tauromaquia. Pese a los toros flojos, la tarde taurina de Acho ha estado buena, y especialmente gracias a la buena performance de los toreros, que realmente han sido de lo mejor: a Castella le tocaron los peores toros, y sin embargo demostró que tiene mucho que ofrecer; Manzanares, un maestro, se metió a todo el público en el bolsillo. Pero si lleno mi vaso y lo tomo a seco, es por Enrique Ponce, que se ganó la tarde como el mejor (según mi humilde parecer de aficionado). Y, de hecho, es la primera vez que comento sobre toros vía blog, aunque quizá habría que hacerlo más seguido.
Bueno, pues, repasemos la faena de Ponce esta tarde en Acho: unas verónicas y medias verónicas alargadas y como en cámara lenta, unos muletazos "de la hostia", de verdad que cojonudos, y un toro que parecía de verdad hipnotizado. Y todo esto con una gracia... Claro, sin palabras. Hubo un momento entre los muletazos en que recordé, de súbito, a Paco Ojeda (precisamente estuve viendo una corrida de Ojeda, ese torero sencillamente demasiado bueno para ser humano, en dvd unas horas antes de ir a la plaza). Y, cómo no, se lo llevaron a la salida cargado en hombros junto a Manzanares, entre las voces que gritaban "¡Torero!".
En fin, maestro Ponce, a tu salud, y olé.
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