Mostrando entradas con la etiqueta Desencuentros Encontrados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desencuentros Encontrados. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de enero de 2012

Desencuentros Encontrados #3 - Guillermo Niño de Guzmán



GUILLERMO NIÑO DE GUZMÁN
La caza del instante eterno

Que el cuento sea un género sencillo es un mito que muchos novelistas (entre ellos algunos de la talla de Faulkner) han negado rotundamente, puesto que exige la perfección. Pero hay escritores que no temen lidiar con ese toro tan bravo, y que de hecho logran faenas extraordinarias. Pese a declararse como una persona tímida, Guillermo Niño de Guzmán ha demostrado ser uno de ellos: vistiendo complejas arquitecturas con una prosa clara, sus cuentos están entre lo mejor de nuestro panorama literario.

Guillermo Niño de Guzmán no es el tipo de escritor al que le gusta vivir encerrado. A lo largo de su vida, parece haber encontrado siempre la manera de reflejar sus pasiones en cada una de las cosas que ha hecho, ya sea como locutor de radio, crítico de cine, periodista cultural, ensayista literario, cronista taurino o en la barra frente a una cerveza. Pero la sangre que corre por sus venas exige algo más: literatura. Sobre todas las cosas, Niño de Guzmán es escritor, y de los más talentosos. Sus cuentos, sobre los que parece flotar el jazz como música de fondo, han merecido elogios tan caros como los de Ribeyro, Bryce Echenique o su admirado Vargas Llosa, mientras él sigue a la caza de la vida, de los instantes que luego convertirá en eso: literatura.


¿Cuándo empezaste a escribir?
A los quince años. Siempre me gustó leer, y en esa época estaba tan deslumbrado por la lectura que el deseo de pasar al otro lado del libro fue un proceso casi natural. Llegó un momento en que quise inventar yo mismo aquello que me daba tanto placer. Pero no solo era una cuestión hedonista. En el fondo, había una necesidad desesperada de decir lo que pensaba y sentía. Cuando uno es muy joven está lleno de dudas y asombros, de inconformidad y pequeñas certezas, y a mí siempre me resultó difícil expresarme oralmente (era tímido y no tenía facilidad de palabra), y escribir fue una manera de compensar esa torpeza, así como la mejor vía para tratar de entender un mundo que me parecía cada vez más caótico, injusto y ajeno. 

Faulkner decía que él se había “resignado” a ser novelista porque no podía ser ni poeta ni cuentista. En tu caso, ¿qué te llevó a ser cuentista?
A mí me hubiera encantado ser novelista, pero uno no escribe lo que quiere sino lo que puede. En realidad, es una cuestión de aliento. Los narradores se asemejan a los corredores. Existen velocistas de corta, media y larga distancia. En mí caso, mi aliento da para 100, 200 y, quizá, 400 metros planos. No llego a los 5,000, y mucho menos a la maratón. Tampoco depende del mayor o menor entrenamiento. Ante todo, se trata de un asunto de visión, de concepción de la realidad. A mí me suele bastar la captura de un instante para vislumbrar el todo y puedo transmitir esa experiencia en unas cuantas páginas. Otros necesitan cuatrocientas o quinientas. Son opciones distintas y cada una plantea sus propias exigencias.

¿Cuáles son los escritores con los que estás más endeudado? Empezando por Hemingway, claro.
Así como mi estilo se funda en los postulados de Hemingway, mis atmósferas tienen correspondencia con las de Onetti. Por otra parte, en cuanto a favoritos, con tantas lecturas a cuestas, ya no es fácil hacer una selección. Hasta unos veinte años atrás, mi devoción se concentraba en cinco grandes: Hemingway, Tolstoy, Stendhal, Gógol y Lowry. Pero esa lista se ha ampliado considerablemente. En todo caso, no persigo las novedades. De cada cinco libros que leo, solo uno es actual. Siempre vuelvo a los rusos, así como al entrañable Stevenson y el imbatible Conrad. Entre los vivos, me he sentido deslumbrado por Cormac McCarthy (lo mejor de él tiene una fuerza digna de Faulkner).

Alguna vez dijiste que tus máximas aficiones eran la literatura, el cine, el jazz, los toros y las chelas. ¿Esto sigue siendo así?
Faltó una. También mencioné, antes que nada, las mujeres.

Háblame de tu paso por la radio. Fuiste locutor de un programa de jazz, ¿no es cierto?
Sí, en la antigua emisora Sol Armonía. Tenía un programa llamado “Jazz Forum”. Fue una experiencia muy estimulante y divertida. Imagínate: tener la posibilidad de compartir la música que más te gustaba con otras personas… Era un privilegio. Y además te pagaban por ello. Esto ocurrió en la época en que acceder a discos de jazz aún no era sencillo, y yo tenía una colección, no muy grande pero sí muy selecta, de vinilos. Pero no me “profesionalicé”, era más una afición que un trabajo, y supongo que a la larga, como también hacía otras cosas para sobrevivir, perdí la energía inicial.

¿Crees que hay algún nexo entre tu literatura y el jazz?
Sí y no. Lo que escribo no se caracteriza por una libertad compositiva como la del jazz, pero a veces he querido trasladar al lenguaje esa frescura e intensidad que caracteriza a la improvisación de los solistas. También cuido mucho el ritmo de las palabras, la cadencia de las frases, el encabalgamiento de los párrafos. Pero el paralelo es solo aproximado. Me explico: para escribir en forma equivalente a la de un músico de jazz habría que adoptar una prosa espontánea como la de Kerouac, estar dispuesto a romper las estructuras como Burroughs y dar rienda suelta a tu imaginación como hacían los surrealistas y Boris Vian (quien, por cierto, también tocaba la trompeta). Y, desgraciadamente, soy muy controlado. No me permito demasiadas libertades cuando escribo y trato de manejar las palabras con mucho cuidado, como si fueran piedras preciosas. Reescribo y corrijo mucho. Con suerte, consigo transmitir una sensación de sencillez y frescura, pero eso es solo una ilusión.

También haces periodismo. ¿Cómo te sienta el oficio?
Esencialmente, me he ganado la vida como periodista, pero llegué al periodismo por azar. Yo solo quería escribir ficción, pero como había estudiado literatura en la universidad y no quería dedicarme a la docencia, el periodismo se me abrió como una puerta oportuna.

Y comenzaste bastante joven…
Tenía veinte años cuando me invitaron a colaborar con un diario y, sin pensarlo mucho, me vi dentro, como si me hubieran enganchado en el ejército. No soy un periodista nato, pero sus principios y la disciplina me fueron muy útiles. Debo mi estilo en gran parte a sus enseñanzas. Además, me gustaba la vitalidad que demandaba el oficio. Un escritor debe pasar mucho tiempo a solas, y quizá eso sea lo más difícil de su trabajo; en cambio, un periodista está constantemente rodeado de gente y, por lo general, escribe rodeado de otros como él que también están golpeando sus máquinas (no te olvides que yo soy de una generación anterior a las computadoras) y que no tienen más pretensiones que redondear un texto que no haga ladrar al jefe de redacción o al editor. Lo que no me gusta es que el periodista, salvo excepciones, está signado por la actualidad. Eso es, a mi juicio, una limitación. Si te fijas bien, para un escritor el pasado y el futuro resultan más importantes y definitivos que el presente. Su espectro es más amplio.

¿Nunca te sentiste como un Mastroianni en La dolce vita?
Bueno, nunca fui periodista de espectáculos, aunque estuve bastante cerca de ese mundo. La ventaja de ejercer el periodismo es que conoces a gente de lo más diversa y que se te abren las puertas más insólitas. Cuando me inicié, todavía se hallaban en actividad algunos periodistas de la vieja guardia, que venían de la época del linotipo y las noches de bohemia. Yo era joven, y todavía tenía un buen hígado. Felizmente, supe irme a tiempo. ¡No quería correr el riesgo de convertirme en un Zavalita!

En cuanto a las chelas, siempre Cristal, ¿no?
Por supuesto, aunque soy hincha de la U.

¿Cómo es eso de que te la pegaste con algunos viejos beatniks?
¡Uf! Algo de eso he contado en un relato titulado “Viejo ángel de la medianoche”. Allí refiero un viaje a San Francisco, donde conocí a Ferlinghetti y a Corso. Fue una experiencia alucinante. Igual me ocurrió tiempo después, en Nueva York, donde pasé una noche con Allen Ginsberg, Peter Orlovsky y Gary Snyder. Siempre he sido un fanático de los beats y, cuando era más joven, no tenía tantos reparos en abordar a los escritores que admiraba. ¿Te imaginas? Anduve, aunque fuera fugazmente, con los patas del alma de Jack Kerouac y Neal Cassady. Fue lo máximo. Soy un fetichista literario, lo admito. Pero también soy plenamente consciente de que una  cosa es el mito y otra la realidad. Varios de los beats tuvieron una existencia terrible. De cualquier modo, recuerdo lo feliz que fui cuando me lancé a la aventura del camino por primera vez, impulsado por el espíritu de Kerouac y su obra legendaria. Tenía diecinueve años y creía que no iba a morirme nunca.


Esta entrevista apareció publicada en el Nº 90 de la revista Asia Sur, en febrero del 2011. Tal vez algún día relate la historia de cómo se dio esta entrevista, que probablemente sea la más anecdótica de cuantas he realizado hasta el momento.  

martes, 14 de junio de 2011

Desencuentros Encontrados #2: César Gutiérrez

Un Bombardero Desbocado
Entrevista a César Gutiérrez


Muchos historiadores están de acuerdo al afirmar que el siglo XX empezó, en realidad, en 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial; del mismo modo, creo que podemos decir desde ya, estando todavía tan cerca, que el XXI no empezó con los millones de fiestas que recibieron el año 2000, sino casi dos años después, el once de setiembre del 2001, cuando dos aviones fueron a dar contra las Torres Gemelas, con lo que la Historia puso su sello de sangre para indicarnos que, efectivamente, empezaba un nuevo milenio. Y esta es, precisamente, la fuente de la que ha bebido hasta hartarse César Gutiérrez para escribir Bombardero, que pese a ser su primera novela, ya es reconocida por muchos como una obra mayor. Pero no sólo eso, sino que, con sus complejas propuestas de lenguaje, estéticas y ontológicas, Bombardero es, también, una obra que entra de lleno a una nueva sensibilidad, muy propia de los tiempos que corren. Ahora, viendo que el libro ha sido reeditado, que algunos de sus fragmentos han sido publicados en inglés y que de hecho empieza a hablarse de una traducción íntegra, he pensado que es un buen momento para volver a traer a su autor, junto con su compleja creatura, al frente.
Quedamos en vernos en el Piselli, una taberna barranquina de la que ambos somos asiduos. Antes de salir, puse un par de canciones de Bowie mientras preparaba preguntas, grabadora y casete. Luego salí hacia el bar, con la idea de llegar un poco más temprano: una vez allí, pedí una cerveza y evoqué el olor de las páginas de ese libro, el Bombardero. Caos, violencia y mugre conviven, allí, con la ternura, el placer y la fugacidad de un tiempo que se desmorona. Es un libro arriesgado: complejo, tortuoso, por momentos hasta agresivo. Pero tiene un olor inconfundible: el de la buena literatura. César llega al cabo de un rato, con un amigo. Trae consigo la revista neoyorquina en la que han publicado los primeros fragmentos de Bombardero traducidos al inglés. Pedimos otra cerveza y nos quedamos charlando hasta que hace su aparición el fotógrafo. Preparo mis cosas. Estamos en el aire


Han pasado tres años desde que apareció Bombardero y arrancó a volar. ¿Cómo ves tú, desde tu posición de autor, el mar de reacciones que ha ido generando el libro?

Absolutamente sorprendente, desde el primer momento. Inclusive desde antes de que saliera el libro era entre gracioso y terrorífico saber que había una expectativa que pendulaba entre la admiración y el ataque frontal, digamos. Y sospecho que va a seguir siendo así, porque cuando se publicó la primera “proto-versión” del libro, que después siguió siendo corregida, en un blog bastante conocido, han pasado muchas cosas. Yo jamás pensé que pudiera generar la respuesta que tuvo; y ahora que cierro este ciclo me pongo a pensar si yo realmente tenía en ese entonces el más mínimo cálculo de lo que podía haber generado durante todo este tiempo, y te confieso que no. Yo nunca pensé que este libro iba a ser reproducido por una editorial tan fuerte como Norma; que iba a tener una repercusión internacional como la que tuvo; que iba a ser traducido… No: yo pensé que iba a ser totalmente apabullado, sepultado por el mar de críticas y por toda esta cosa que tiene el Perú. Pero supongo que también esa es la senda del perdedor, como decía Bukowski: si tú haces algo para llegar al fondo de las cosas, llega un punto en el que ya no puedes caer más. Entonces yo hice este libro sabiendo que ya había tocado el fondo, y supongo que por eso estoy flotando un poquito hasta ahora. (Risas)

Pero la crítica en general no ha sido mala. Además de Fernando Ampuero y Mirko Lauer, que fueron los que presentaron el libro, ha habido otras críticas buenas. La de González-Vigil, por ejemplo.

Bueno, sí. Debe haber habido por lo menos unas… 29 o 30 críticas absolutamente favorables. Hay sólo una que no es tan favorable, pero es de un chico que siempre termina diciendo lo mismo, ¿no? Es el único que quiso distinguirse por ser el “alumno malcriado” de la clase (Risas). Es un chico que tiene una columna en La República, se llama Javier Ágreda. Pero él siempre termina sus columnas así, diciendo que los libros no lo convencen. No lo convence ningún libro. Pero los otros sí. Julio Ortega fue muy generoso, en EEUU hicieron exégesis muy amables… y supongo que uno debe estar contento con eso.

Reacción, además, bastante amplia, si tomamos en cuenta que el primer tiraje del libro no pasó de los cuánto, ¿quinientos cincuenta ejemplares?

Fueron quinientos, en realidad. Menos uno que se quedó el impresor. Cuatrocientos noventa y nueve libros, que salieron en enero del 2008, y que fueron guardados en veinticinco cajas que parecía que pesaban una tonelada cada una, y que yo mismo cargué hasta el lugar donde estaba alojado acá en Lima, un hotelito que queda aquí cerca, en Barranco. Presenté el libro con Fernando y con Mirko, y después pasó una cosa muy bonita. Porque yo no tenía dónde ni cómo vivir, pero el libro me fue manteniendo. Es más, durante un año, y casi dos, viví de este libro. Creo que hasta podría enorgullecerme de ser tal vez el tercer autor peruano en vivir de su obra. Porque quiénes están: Vargas Llosa, Bryce… y yo (Risas).

A ver, yo siempre he pensado en algo que se desprende de la lectura del libro, y es a lo que podríamos llamar el “Universo Bombardero”. ¿Cómo definirías tú este “Universo”?

Bueno, ahora que he tomado algo de distancia, porque hace un tiempo que no lo leo, y ha pasado mucho desde que lo escribí, es mucho más fácil tratar de definirlo. Porque claro: cuando está fresco… el “muerto fresco” uno nunca sabe a qué huele, ¿no? Pero ahora que sé que está bien muerto, y supongo que debe ser un scanner de las distopías. Pueden ser también once pedazos rotos de un motor muerto. Me parece que pueden ser once amores que se fragmentan en once ciudades en las que se demuelen esos amores uno a uno. Me parece que son muchas historias que corresponderían a la idea original posmoderna de que el fragmento puede hacer que por sus muchas partículas elementales, utilizando un término de Houellebecq, enarbolen y quizá hasta compongan una idea más o menos sólida de una historia que tenga algo que ver con algo parecido a la novela moderna. Supongo que eso sería lo que yo tendría que decir de este libro, que por lo demás me sigue pareciendo una cosa muy extraña, absolutamente inasible, que yo en este instante no podría hacer, y ante la cual me siento absolutamente empequeñecido.

Además, el lenguaje que usas, mitad prestado del mundo contemporáneo, mitad inventado, ayuda mucho a generar esta impresión ontológica, de universo “cerrado”, que tiene Bombardero. Los nombres de las ciudades, los préstamos, los juegos de palabras… ¿cómo surge este proceso lingüístico?

A ver… te cuento cómo trabajé. Lo trabajé de una manera absolutamente cerebral, porque yo jamás pensé que la inspiración pudiera guiarme. En realidad, lo que me guió fue eso que dicen los italianos: que en un libro tienes diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración. Y en este caso creo que fue casi un cien por ciento de transpiración. Porque inspiración no hubo mucha. Lo que hubo fue la chamba de un sujeto que necesitaba vengarse de sí mismo. Hacía mucho que yo estaba vinculado al periodismo, y me sentía todo el tiempo mal yendo a trabajar para que otros se llevaran los frijoles. Así que me dije: “Bueno, sí, a mí me pagan tanta plata por trabajar y tal, pero yo quiero trabajar para mí”. Obviamente, esto derivaría necesariamente en un cataclismo económico cuyas consecuencias sigo sufriendo, pero me siento mucho mejor, más liberado, con menos plata pero con más amigos que antes, y habiendo hecho esto que fue, como te digo, una venganza. Y mi venganza consistió en crear un aparato que no existía, pero que yo inventé. Era una licuadora, o era un sampler, o era cualquier cosa que sirva para mezclar. Ya tenía más o menos una idea de la situación, y con eso había que habilitar dos cosas: atmósfera y personajes. Entonces, con la situación, buscaba aliados en la red, en historias, en libros, en películas, en versos, en pinturas… todo lo que fuera útil para la historia que supuestamente estaba en mi mente. Y todas estas situaciones confluían en esta licuadora, en este sampler, en este mecanismo de disolución de fragmentos, y allí empezaban a trabajarse, a anularse y a reeditar mutuamente sus perspectivas. Es así como cada situación fragmentaria se fue uniendo de manera más o menos trabajosa y con una cantidad enorme de información, porque había una selva de ideas, y el problema era cómo hacer que esta aparatosa conflagración de elementos que tenía funcionara con todas las demás sensaciones que había acumulado durante el proceso para la situación. Era muy complicado. Me demoraba mucho en armar una pequeña parte, y la novela se fue armando así, y yo no tenía idea de qué cosa iba a ser este libro al final. Ni siquiera sabía que tenía que ser una historia de amor, pero pensé: el 11S, las Torres y demás… bueno, aquí hay una guerra. Y en la guerra tiene que haber una víctima y tiene que haber un héroe, un héroe y una heroína, un héroe y su relación con la heroína. Entonces ya ocurrió el primer momento, en el que vinculé dos conceptos, que luego se fueron multiplicando en la velocidad del tiempo en que ocurrían las situaciones para alimentar la historia principal y las miles de historias sucedáneas, alternas, que ocurrían en torno a este tronco principal.

Pero no sólo eso. Porque de acuerdo: por un lado, Bombardero es una historia de amor y de violencia, de destrucción y sensualidad, erótico y tanático… una suerte de tour de force interior en el que al final le cedes el cuchillo al lector para que escenifique su autoviolación o su automasacre. Pero no sólo eso, sino que también es una suerte de “persiana americana” a través de la cual revelas tu propio mundo. Hay un placer voyeur.

¡Sí, claro que sí! Sobre todo, potenciado por la poesía, ¿sabes? Justo estábamos hablando de Fernando hace un rato, y él siempre decía una cosa maravillosa: que el narrador puede hablar desde cualquier punto de vista, supuestamente, así sea para esconder el suyo; pero el poeta siempre habla en primera persona. No hay un solo verso en la historia en el que el poeta no esté presente. Entonces este libro es casi un pretexto para hacer un poema. Claro, que he usado la trama y todo eso, pero para darle un vuelo poético a cada momento donde debía ponerlo. Cuando hay ironía bueno, el lenguaje digamos que se degrada. Pero siempre pensé que los grandes momentos de la historia de la literatura tienen que ser necesariamente poéticos, y como yo no soy un gran escritor de los grandes momentos de la historia de la literatura, apelé a la poesía para que mi librito por lo menos pudiera flotar, gracias a la maravilla del lenguaje. Como no soy un gran imaginador, como no soy un portento joyceano o borgeano, me apoyo en las pequeñas cosas que tengo. Y la pequeña cosa que tengo es la poesía, y he tratado de que mi libro se salvara por ese lado: que tenga una cosa poética que pudiese subyugar al lector. Por eso es que siempre hablo en primera persona.

Bueno, si hasta has puesto una foto tuya en una parte del libro.

Ah, sí. En “Hiroshima”.

Y precisamente ese es uno de los temas de los que quería hablarte. Porque tú recurres a muchos lenguajes: al de la historia, al de la publicidad, al de las ciencias, hasta al de la crítica musical, en esa exposición que haces del disco de Bowie… y todo esto es una excusa para hacer poesía.

Claro. Y por otro lado, estos lenguajes son otra forma de exponerme. Lo que me dices de la crítica musical, por ejemplo, tiene que ver con que yo un tiempo también escribía sobre música, que fue lo que me llamó finalmente a la literatura. Yo era un disjockey, era cualquier otra cosa menos escritor, y me di cuenta de que era escritor cuando me llamaron mis amigos de Caretas porque yo tenía una columna sobre rock en un diario perdido en las estribaciones de los Andes surperuanos…

¿En “Momiamía” (Cuzco)?

(Risas) No, no… en “Ciudad Pálida” (Arequipa). Y bueno, esta columna tuvo cierta repercusión, así que me llamaron los de Caretas. Y resulta que estos amigos no eran periodistas sino más bien escritores, poetas. Así que me metieron al taller de literatura, y me decían: “Oye, escríbete un poema pues, hermanito”, y yo bueno, escribía un poema. Y luego empecé a leer a Eielson, y a conocer qué había pasado en este país, porque yo había salido de una cabina de radio y no sabía nada de literatura, y me encontré con este mundo tan maravilloso. Después me contrataron en Caretas, y allí aprendí a escribir poniendo sazones graciosas en una columna política, “Mar de fondo”, adornando con palabras.

Y, en vistas a esta fusión de estilos, a esta diversidad de lenguajes con la excusa de la poesía, ¿tú crees que Bombardero propondría en cierto modo una “nueva sensibilidad”, no para hacer frente, sino para reconocerse dentro de un mundo contemporáneo, virtual, catastrófico, que corre a mil por hora?

Mira, Santiago, a mí me encantaría que Bombardero no solo haga eso, sino que nos sumerja a todos, incuyéndome, en el universo de las 23 o 56 escalas de grises que tiene un e-book. Me encantaría que fuera un libro cibernético, que tuviera movimiento, olor… y esa es una de las grandes frustraciones que yo tenía al momento de escribirlo, porque lo que realmente quiero, y aspiro, es lograr crear una cosa que conjugue literatura con movimiento, con imágenes, que integre cine, escultura, pintura… es decir, que sea totalmente interactivo. Si este libro no es interactivo es porque está en papel. Y a mí lo que gustaría sería corporeizar y dinamizar aún más el universo de Bombardero, que puedas tocar y que aparezcan las imágenes, que estalle. Mi libro lo intenta, pero tiene grandes frustraciones. Digamos que es un proto-libro, hecho por un pobre sujeto enamorado de los nuevos tiempos por venir. Porque yo creo que llegará un momento en el que uno pueda hacer un e-book inmediatamente, ¿no? Osea, agarras y pones “print” y sale un e-book (Risas).

Ya que volvemos a estos temas, hay una palabra que mencionaste antes sobre la que me gustaría volver. ¿Cómo definirías tú, no en lenguaje Vattimo sino en lenguaje César Gutiérrez, la posmodernidad?

En una frase, diría que es una nueva posibilidad de las sensaciones. O aún mejor: que es una nueva estructura de sentimiento.

Hace no mucho el líder del grupo “Nocilla”, Agustín Fernández Mallo, con el que estuviste en Nueva York, comentó que lo que más le interesaba del panorama literario peruano actual eran Alarcón y tú. Y claro, ustedes tienen proyectos literarios muy diferentes, pero comparten eso que Wittgenstein llamaba un “parecido de familia”. ¿Cómo ves tú la obra y el proyecto de Fernández Mallo?

Bueno, cuando lo conocí no lo había leído, y él tuvo un gesto maravilloso: entró en una librería y compró los tres libros y me los regaló. Y, cuando los leí, me sentí emocionado de saber que tenía eso que dices, un familiar cercano. Porque normalmente eso de los “booms” literarios españoles te dan cierto tipo de desconfianza. Pero esta vez estaba muy bien, y creo que la posibilidad que le han dado las editoriales españolas y la cabida que ha tenido se las tenía muy bien merecidas. Lo que ocurre es que hay un descentramiento del mainstream desde el germen. Fernández Mallo no es un escritor. Fernández Mallo es un físico. Entonces sus libros están llenos de coordenadas, y él las adecua de tal forma que tienes información extra-literaria. Y yo tampoco procedo de la literatura. Yo soy un advenedizo. Y así me trataron de marginar en su momento. Cuando lancé mi revista, “Revólver”, la convoqué como discjockey, y tuvo una respuesta terrible en Arequipa, aunque tuvo una gran respuesta aquí en Lima. Y supongo que se trata también de lo que algún crítico notable dijo: “El español es el idioma que más maltratos trae a la consciencia del ser humano”. Porque es un idioma arribista, violento. Y lo que hacen los escritores es crear un lenguaje alterno, en el que se refugian. Esta alteridad, en el caso de Fernández Mallo, es la ciencia, de la que exprime una prosa de hechos científicos. En el mío, la ciencia ficción, que todavía está un poco más cerca de la literatura. Y estos lenguajes alternos, al subvertirse como literatura, se convierten en conjuntos de metáforas.

Ahora háblanos un poco del próximo bombardeo. ¿Tienes algún proyecto entre manos, o todavía estás maquinando? Recuerdo que hace un tiempo me hablaste de algo relacionado al teatro. Si se pueden dar adelantos, claro.

Sí, claro. Se puede hablar de todo. Yo no tengo esas cábalas de no hablar de lo que se está haciendo porque me va a traer mala suerte. Yo ya he tenido suficiente mala suerte en la vida, así que por qué voy a estar diciendo ese tipo de huevadas. (Risas) Y si no que me vaya mal, pues; que me vaya muy mal. ¡Si cuando estoy en el fondo es cuando mejores cosas me pasan! Así que todas las cábalas se van a la mierda. Y bueno, sí. Tenía este proyecto, que estuvo trabajándose con Óscar Naters, de “íntegro”, y que ya tenía un esquema más o menos hecho. Pero estos chicos de “Norma”, que son tan informales, y que no siguen la norma que te dice que tu palabra la tienes que cumplir… de hecho, no sé de dónde han sacado a estos “desnormados” que han puesto como directores de “Norma” (Risas). Así que el proyecto ha tenido que ser puesto de lado de momento, y ya lo haré cuando me dé la gana. Tengo muchos amigos que son excelentes actores y actrices, así que sería cuestión de darse un tiempo. Durante mucho tiempo también, antes, se estuvo haciendo una película, que terminó así, frustrada…

“En el aire”

Así, es. “En el aire” (Risas). Y después tuve el proyecto de irme de este país. Irme de Lima. Lima me parece uno de los lugares más bellos para tener amigos, a contrapelo de la ciudad, que me parece francamente horrorosa. Por eso vivo mirando al mar. Pero después hay que darse la vuelta para ir a comprar comida, y a dos cuadras de la casa está el Perú en su más gris explosión.

Eielson dijo una vez que Lima es una ciudad asediada por la muerte.

Es verdad. Lima es una ciudad agónica. Y es una ciudad no sólo asediada por la muerte, sino también por los peruanos.

Que son peores que la muerte (Risas).

Que son un aperitivo del infierno. Pero bueno, hay que seguir navegando en medio de la humedad de esta ciudad. Y yo estoy tratando de irme para escribir otro libro que pivote en torno a Nueva York. Hace poco estuve por allá más de un mes, y busqué todas las coordenadas que me lleven a investigar esta cosa en la que he pensado desde que terminé Bombardero, que es una cosa metafórica: la teoría de que, cuando caen las torres, todo –la vida, la muerte, las situaciones– ocurre en el subsuelo de la ciudad. Se trata de una novela que siempre quise hacer: un libro que sea una mezcla de las crónicas del artista del time-out que está sobre las vías del metro y sabe qué es lo que pasa en el interior, en las tripas de la ciudad. Y que en determinado momento los influjos de este mundo subterráneo operen de manera violenta en la superficie; porque las torres cayeron, y todos hemos muerto en ese momento. Entonces, ese magma flota a la superficie, donde ocurren los multi-ciber-procesos. Una novela que vaya desde el subsuelo a la superficie. Claro que yo no sé cómo hacer esto, pero ya tengo las coordenadas, ya sé cuáles son las cuatro estaciones en base a las cuales tengo que trabajar: ya las estudié, las tengo filmadas, sé cuál es movimiento exacto de los trenes, la cantidad exacta de óxido que hay en cada una de las cicatrices de plomo, y cuántos son los asesinatos, y cuántas las prostitutas que asisten… Quiero hacer un trabajo de ingeniería genética en base a esta ciudad fabulosa, fascinante, extraordinaria y catastróficamente emocionante.

Y volviendo al Bombardero, hablemos un poco de cómo marcha la traducción al inglés.

Perdidos en la traducción.

Bueno, tomando en cuenta las dificultades que ofrece el texto, por la cantidad de juegos de palabras, los términos y demás, ¿crees que el inglés da una nueva posibilidad a tu texto, o que más bien lo limita?

Yo no puedo saber tanto sobre eso. De hecho, lo experimenté en abril, en la ciudad de Amherst, que es la ciudad de Emily Dickinson. Allí se formó un primer equipo de traductores a raíz de la gira que hice por cinco universidades: había un grupo de chicos que estaban allí siempre, tomando fotos, grabando… y en cierto momento me abordan en la fiesta que me hicieron después de la presentación en la Universidad de Massachussets y me proponen sacar una traducción del libro. Hubo otro conflicto con otro editor, también, y se peleaban, y me ofrecían esto y lo otro, que un departamento en Nueva York y no sé que tanta cosa; y yo sólo les decía: “I want to drink a beer with you”. (Risas) Era muy gracioso, porque estaba borrachísimo, y los chicos se reían, y yo me sentía un poco como Oscar Wilde, que cuando llega a Estados Unidos y todos le abordan y le preguntan que qué tiene que declarar, él les dice: “Además de mi talento, nada”. (Risas) Así que pasó todo esto, y se forma este primer grupo que empieza a traducir los fragmentos que han aparecido en el “New York Tyrant”. Me quedé todavía otro par de semanas, y de pronto se empezaron a pelear entre ellos, porque surgían problemas de ese tipo: cómo traduces, por ejemplo, “Quechueslovaquia”. Entonces uno decía una cosa y el otro decía otra… y yo aportaba con lo que podía, que era mínimo, y les recomendaba qué se yo... que pusieran un pie de página explicando el juego de palabras o algo así. Pero los chicos se siguieron peleando, y se pelearon tanto que se disolvieron. Así que yo opté por lo más salomónico: les dije que bueno, si ustedes no pueden, Mónica Bellevan, que es una chica brillante y la que me ha acompañado todos estos años empujando al Bombardero, podía encargarse del asunto. Y confié en Mónica para que hiciera una reedición, porque cuando le mostré esta traducción del “Tyrant” ella se quedó pasmada, y me dijo: “¿Vos has dejado –Mónica ha vivido muchos años en Uruguay, y se le ha quedado el voceo– que hagan esto? ¡Pero si le han quitado toda la poesía!” Y ahora quiere mandar una carta y denunciar a los traductores y qué se yo (Risas). Pero voy a confiar en ella, porque ella conoce todo el proceso, y me ha acompañado todos estos años. Cuando nadie le daba bola a este libro, y yo era un tipo abandonado y completamente derrotado, descastado, Mónica fue el único lazo sólido que tuve con la cultura nacional: me escribía a Nueva York, me mantenía al tanto y se preocupaba por mis progresos. Yo le preguntaba que qué podía hacer con este libro que nadie quería, y ella me respondía que fuera paciente como las arañas. Y cuando ocurrió el milagro y cayó la plata para sacar el libro, Mónica me dijo: “Bueno, ¿no te dije? Ahí está”. Pero yo, como soy medio paranoico, entraba en desesperación, y creía que todo el mundo estaba en mi contra. Sólo que claro, no soy tan importante como para que todo el mundo esté en mi contra, ¿no?

Esta entrevista fue realizada en el transcurso del año pasado, así que donde se lee "tres años", tendría que leerse ahora "cuatro". Por diversos motivos, al final quedó inédita, así que me he dado el lujo de publicarla íntegra, sin mayores procesos de edición, pero con la esperanza de que pase a formar parte del corpus de textos que rodean esta obra única en su especie que es el Bombardero, y de que sea no sólo una lectura relevante para alguno, sino también grata. Las fotografías son obra y gracia de mi compadre Jorge Chávez.

Un servidor (no exactamente en su mejor ángulo) y el entrevistado, Gutiérrez, gozando de los dones del Piselli.

viernes, 15 de abril de 2011

Desencuentros Encontrados #1: Antonio Cisneros


Antonio Cisneros: Poeta y Ciudadano

Dicen que la poesía es un género abandonado, casi muerto. Pero semejante juicio no se aplica a Antonio Cisneros: alto y ufano, muy seguro de sí mismo, a sus sesenta y ocho años probablemente pueda enorgullecerse no sólo de ser el poeta peruano vivo más leído, sino también de ser el mejor. Con una trayectoria de cerca de cincuenta años bajo la manga, Cisneros ya se ha tragado el mundo, y no parece haber calmado su hambre. Siendo poeta, supongo que esos son sólo gajes del oficio.

A menudo parece querer pasar desapercibido, hablando de cualquier otra cosa y salpicándolo todo con bromas y anécdotas llenas de un humor picante y súbito. Pero no hay nada que hacerle: los poetas, como él mismo diría, siempre hablan en primera persona, y la suma de sus máscaras no son otra cosa que el boceto de su rostro. Antonio Cisneros, sin embargo, parece una excepción entre los de su oficio: además de gozar de fama, prestigio, una buena posición económica y de lectores que recorren sus páginas con fervor religioso, es lo bastante descarado como para llevarse a casa premios como el Pablo Neruda, que recibió en Chile (“Ayer Neruda, hoy Cisneros”, jura que le dijo Piñera, el mandatario chileno). Y sin embargo nadie puede dudarlo: Cisneros es Poeta, y con “P” mayúscula.


Han pasado casi cincuenta años desde Destierro, tu primer poemario. ¿Sientes algo de vértigo?
Aunque parezca mentira, tú nunca te das cuenta del tiempo que pasa. Osea, objetivamente yo soy un viejo, pero yo no me siento un viejo. Cuidado: no me refiero a eso que dice tanta gente de “tener el alma joven”, que es una cojudez. Sencillamente, la vejez no tiene consciencia de sí misma: estás vivo, y todos los años que pasan te sorprenden. Y cuando venga la muerte va a ser igual, una sorpresa.

Es como estar viviendo siempre por primera vez.
Siempre. Y por eso yo no suelo pararme a hacer recuentos sobre mi propia obra, ni nada. Además, toma en cuenta que yo no vivo para la poesía. Porque hay otros que sí, que son muy sensibles, que ven un niño y lloran, que ven un pájaro y lloran… pero a mí no me importan ni los niños ni los pájaros, y no soy particularmente sensible, en ese sentido. Así que no vivo en poesía todo el tiempo. Hay muchísimas cosas más que me avisan del paso del tiempo, fuera de la poesía. Pero nunca dejo de sorprenderme, eso sí.

¿La poesía nace de esa sorpresa?
Una buena parte, pero no toda. Porque uno también se acostumbra a ser poeta. Piensa que yo escribo versos desde que tengo ocho o nueve años.

Fue un romance temprano, entonces. ¿Cómo empezó?
Ah, eso no lo sé. Aprendí a escribir, y eso y lo que yo creía que era poesía eran una sola cosa para mí. Siempre escribía. Y además con una convicción de excelencia… Yo, a los once estaba convencido de que cada cosa que escribía era una obra maestra. Hasta que llegué a la adolescencia, y entonces empezó mi esquizofrenia. Porque yo nunca fui de esos que viven encerrados leyendo. No: yo era un muchacho de mi barrio, de la calle. ¿Y cómo iba a estar, a esa edad, escribiendo versos como un maricón? Así que la poesía se convirtió en algo clandestino. Pero nunca la dejé, eh. Sólo la escondí.

¿Y cuándo la sacaste de las tinieblas?
Cuando ingresé a la Universidad Católica. Ahí descubrí muchas cosas: la primera, que la poesía era algo serio. La segunda, que se publicaba. Y se hacían recitales, a los que iba gente a escuchar poemas… era otro mundo. Por ese entonces fue que conocí a Javier Heraud, a Luchito Hernández y a César Calvo.

Fue por esos años que publicaste tu primer libro, Destierro.
Claro. Cuando apareció, yo era considerado una joven y brillante promesa. Lo mismo cuando salió el segundo. Y cuando apareció el tercero, Comentarios Reales, gané el Premio Nacional, y entonces descubrí que existía la envidia. Pero he seguido publicando, y la verdad es que nunca me han faltado lectores.

¿Y cómo notas el cambio en tu estilo a lo largo de los años? ¿O te mantienes puro?
Bueno, puro soy. Como una Virgen. Pero uno siempre va cambiando. Piénsalo así: cuando eres joven, no escribes lo que quieres, sino lo que puedes. La poesía juvenil es cualquier cosa menos fresca: está invadida por la literatura. Y la experiencia y el dominio técnico se van ganando con los años, también. En mi caso, el quiebre entre lo que podía y lo que quería hacer se dio a partir de Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Eso fue después de mi viaje a Londres en el 67. Imagínate el Londres de aquellos años: no sólo estaban los grandes poetas anglosajones como Eliot y Cummings, sino también los Beatles y los Rolling Stones… Londres era el centro del mundo. A partir de ese momento he seguido cambiando, pero con un mayor sentido de la libertad, escribiendo lo que realmente he querido escribir.

¿Y cómo se llevan el Poeta Cisneros y el Ciudadano Cisneros, ya que tú mismo haces esa diferencia?
Es que siempre ha habido una idea errónea de que el Poeta Cisneros, ese loquito bohemio, vive arrimado y a costa del Ciudadano Cisneros, y no es así. Todo lo contrario. Porque al que han invitado a dictar cursos en universidades de Europa ha sido siempre al Poeta Cisneros, que además ha recibido premios desde los veintidós años. Él mantiene al otro.

El Premio Pablo Neruda, por ejemplo, ¿cómo te ha sentado?
Para mí ha sido una suerte de semi coronación, porque un premio, aún uno como el Neruda, no es el final del camino. Además, hay otros. Pero me siento muy bien con ese premio. Es bonito sentirse reconocido, y es bonito tener plata. ¡Oye, son treinta mil dólares! ¿Quién dice que de la poesía no se vive?

La poesía del dinero, que decía Joaquín Sabina.
Que es muy importante, también. Porque lo normal es que todos, y sobre todo muchos poetas, hablen de la “belleza espiritual”… que no existe. Para nada. Una mujer fea no puede tener alma. Porque otros pueden venir y decirte que no, que tienes que mirar bien… ¡Carajo, si no la puedes ver de arranque es que no está allí!

Otro mito que rodea al Poeta Cisneros es que siempre trabaja con un whiskey o un vino.
La verdad es que no. Ese mito es falso. Con resaca tampoco. Nunca lo he hecho, ni siquiera en las épocas en que bebía mucho. Y creo que es algo que vale para casi todos. Es más, una vez le pregunté a Allen Ginsberg, que estaba con ese tema del las drogas y el LSD, y el me dijo que nunca había escrito una línea estando drogado, ni borracho, ni con resaca. Realmente, yo creo que no hay escritor que valga la pena que haya escrito borracho.

Además de poeta eres periodista. ¿Qué puedes decirme de tu relación con este oficio?
Primero que nada, que quede claro que la poesía y el periodismo no tienen nada que ver. De hecho, yo he hecho muchísimo periodismo, tanto en prensa como en radio y televisión, pero nunca he hecho periodismo cultural. Lo mío son las crónicas: gastronómicas, de deportes, de vida cotidiana, de política… y sobre todo en radio y televisión.

¿Y estás trabajando en algo ahora? ¿Algún proyecto, a lo mejor?
No, no. Proyecto nunca. Lo que tengo es una sensación: yo, de bebé, en la cuna, aterrado por las caras inmensas de la gente que me quiere, empezando por mi madre, mirándome. La tengo desde hace tres años. ¿Me dará algún verso? Eso no lo sé. 


Este entrevista se publicó originalmente con el título de Antonio Cisneros: Poeta y Ciudadano en la revista Asia Sur, número 84, en enero de 2011.

sábado, 9 de abril de 2011

Anuncio de nueva sección: Desencuentros Encontrados


Después de mucho reflexionar, meditar, machacar colillas y rascarme la cabeza, he decidido abrir una nueva sección, que a diferencia de la otra que tenemos prevista para los sábados va a ser bastante errática, y sólo se manifestará una vez a las quinientas, cuando me pueda quitar la pereza de encima lo suficiente como para sentarme a transcribir textos largos. Porque la nueva sección, que se llamará "Desencuentros Encontrados", la dedicaré a publicar algunas de las entrevistas que he realizado para las diferentes revistas con las que trabajo, cosa que el público en general pueda disfrutar de las palabras de algunos verdaderos hombres de genio (que he tenido la suerte de poder entrevistar, de paso que a veces de contar entre mis amigos), y cosa que no se pierden en el polvo de los tiempos perdidos y las ediciones pasadas.
Voy a explicar, de paso, y de una vez por todas, un detalle sobre las entrevistas: en su publicación original, los textos de presentación de las mismas tuvo que ser, siempre, bastante corto, porque tenía que cuadrar con la diagramación y el espacio que la revista podía conceder a mi nota. Y siempre me he quedado con las ganas de explayarme un poco en esas palabras, así que me tomaré la libertad de hacerlo aquí: lo demás, el rollo pregunta-respuesta y todo eso, será fiel a la publicación original. Y, si la entrevista no ha sido publicada, será fiel a la transcripción que tenga guardada en mis archivos. 
"Desencuentros Encontrados", pues. Al que no le guste el título, que se joda, porque a mí me va muy bien. ¿Cuándo será la primera edición? No lo sé... a lo mejor esta semana. Depende de cómo me agarren el humor y la flojera. Así, hecho el anuncio, me despido hasta más tarde y les digo: buen fin de semana.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...