martes, 5 de abril de 2011

Pornotopías


Dijo alguna vez Bertrand Russell que si una obra te la ponía dura, entonces era pornográfica. Sinceramente, no tengo idea de en qué contexto dijo o escribió estas palabras el buen viejo filósofo, pero también es verdad que me cuesta imaginarlo repartiendo moralinas respecto a asuntos de esta calaña (porque vamos... ¿al hombre que, después de no sé cuántos divorcios, escribió un libro titulado Matrimonio y moral? ¿Al autor de ese extraordinario libro de ensayos que se llama Elogio de la ociosidad? ¿En serio?). En todo caso, habría que preguntarse qué tiempos corrían, porque hay que reconocer que, hoy por hoy, las cosas han cambiado muchísimo: no sólo es que en estos tiempos que corren haya gente que considere (y exija al resto) que la pornografía sea considerada como un género del barrio de las artes, sino que la actitud general frente al fenómeno erótico-pornográfico ha dado un giro radical, sobre todo en los últimos cincuenta años, y mucho más aún desde que apareció y fue complejizándose el Internet. Sin ir más lejos, hace cosa de apenas una hora leí un artículo en una página española (ahora no recuerdo cuál... pero podría buscarla) en la que comentaban cómo la industria del porno se había convertido en una verdadera oportunidad laboral, con muy buenos ingresos, y sobre todo en estos tiempos difíciles. 
Al viejo problema de los géneros (que cuál es el consabido límite que separa a la pornografía del erotismo y demás) no voy a referirme ahora, porque ya lo he hecho muchas otras veces, y hasta he colgado por aquí la reproducción de una conferencia que di sobre la materia en la Universidad Católica (el título es "Entre Eros y Porné: el neblinoso límite de los géneros"). En cambio, lo que me interesa es volver la vista, por unos momentos, al estado de la cuestión, reflexionar un rato, recordar algunas obras y, finalmente, dejar el lugar para dejarlos a ustedes masticando todos estos asuntos. ¿Les parece? Bien: vayamos a ello. 
Hasta el día de hoy, no termino de decidir mi actitud respecto a todos los detalles de la actualidad. Es decir: ¿realmente empezamos a librarnos del bulto del prejuicio y el tabú, ese par de palabras infladas e inútiles, que no son más que la estupidez puesta al nivel de sobremesa? A primera vista, parece que sí. A segunda... pues también. En cuanto a la tercera, que cada cual lo decida: ¿puede esta liberación de las fronteras entre género y otro, esta redefinición de "lo aceptable" y, aún, de "lo bello", no ser otra cosa que una oveja disfrazada de lobo? ¿Es que acaso el mundo esconde su pudor echando un grito -y la ropa interior- al cielo? Eso no lo sé, y como no cuento con más datos que los que mi intuición y unas pocas observaciones de campo me ponen a mano, pues tampoco puedo consolidarla. De hecho, hay un tema que tengo pendiente aquí hace mucho, aunque he publicado un artículo al respecto en una revista local, sobre el deseo de generar un espacio compartido y algo a lo que se pueda llamar "intimidad" en el consumo de pornografía y la sexualidad virtual. Pero como digo, esa es materia que dejo para otro momento. 
En todo caso, las dos primeras revisiones del estado de la cuestión son algo más que esperanzadoras: con cada día que pasa, aparecen miles de nuevas páginas dedicadas al porno en Internet, y muchas de ellas ya echan mano de las tecnologías del estilo Youtube y todo. También están los maravillosos blogs que dedican su actividad a tan santo oficio, y de entre ellos creo que merece una mención especial Orgasmatrix, que encima tiene la delicadeza de darle un toque personal a los videos y noticias que van colgando diligentemente día tras día. En otras esferas, ya existe una revista como X-Art, que plantea, muy explícitamente y con maravillosas fotografías, que la pornografía cuenta con una estética propia, sensual y maravillosa, que puede ser disfrutada con tanta justicia, calidad y goce como cualquier otro clásico de entre las artes, más allá del erotismo como tal. O, si lo prefieren, que hacerse unas pajillas tiene tanta dignidad como leer Ana Karenina, Los miserables o cualquiera de las obras de Shakespeare. 
Como les decía, las dudas me agarran del cuello cuando paso al nivel de la sobremesa, y sobre todo cuando trato de pensar en casos distintos al mío (porque tengo la suerte de tener una familia con muy buen sentido del humor, mentalidad abierta y pocas ganas de joder). ¿Cuántos de los que hoy defienden la pornografía con tanto fervor, atacando los viejos prejuicios y las morales envejecidas con furia y vinagre, se quedarán tan tranquilos el día que se encuentren con sus hijos/-as viendose una porno y machacándose el ganso? Ese es el problema de los prejuicios: que son una enfermedad contagiosa de la que no nos enteramos hasta el día en que Judas viene a bailar calato frente a nuestras propias narices. Y me disculparán, pero de nuevo insistiré en dejar este punto para otra ocasión. 
Porque lo importante, supongo, es que de un modo u otro empieza a verse ese cambio de actitud, ese giro de 180 grados hacia una noción mucho más abierta y, creo yo, sana de la sexualidad humana y el consumo por el más primitivo y suculento de los placeres. ¿Eso significa que creo en una utopía pornógrafa? ¡Pues tampoco! Siempre es mejor tener dos voces en el debate. Pero la "dignificación del porno" (como le llaman algunos) me sigue pareciendo algo loable, que merece una copa bien en alto. ¿Será que de a pocos vamos aprendiendo un poco lo que significa ya no sólo la palabra "tolerancia", sino también lo que significa ser humanos? De nuevo, ni idea. Que cada cual piense lo que quiera. 
Pero dejémonos de tanta palabrería, y pasemos mejor a los hechos. Abran bien los ojos y echen un vistazo a estas dos fotografías: 
                                                                                       

Bien: imagino que muchos de ustedes (no digo todos, porque conozco de sobra el carácter de algunos de mis queridísimos lectores, y ya saben lo que digo sobre los gustos y sabores) estarán pensando que esta comparación no tiene ni pies ni cabeza: la primera foto, me dirán, es más "clásica", "elegante" y "sofisticada". Habrá alguno que lo dirá sólo porque está en blanco y negro, pero la pura verdad es que sí es cierto que es una obra maestra, pero no por el blanco y negro, sino por los juegos de luces y sombras, la captación de texturas y, sobre todo, por la forma en que se ha capturado la sensualidad en la imagen (dicho sea de paso, el autor no es otro que Helmut Newton, uno de los pesos más pesados de la fotografía de desnudos del siglo pasado, y uno de mis favoritos). La segunda la he tomado de Sapphic Erotica, que algunos imagino que conocerán -de sobra-, que bien vista no es mejor que muchas otras páginas de la industria del porno. Pero eso no es lo que viene a cuento: no se trata de decidir qué foto es mejor, ni qué fotógrafo hizo un mejor trabajo. Eso no importa, porque es una comparación vacía, que ni siquiera tiene sentido. Mejor vuelvan a verlas y díganme: ¿acaso no hay belleza tanto en una como en otra? Bellezas muy diferentes, de acuerdo, pero belleza al fin y al cabo. También sensualidad, y ese obscuro sentimiento de satisfacción estética y erótica que nos agarra por algún lugar de los riñones y nos permite hacer una sutil pero perfecta catarsis. 
Los pornógrafos del mundo (los verdaderos, los tipos duros) saben mejor que nadie que este tipo de cosas están dichas de más, porque todo esto se entiende desde antes de empezar a pensar, y todo lo que importa, en el maravilloso universo del placer, es eso: el placer, y nadie tiene por qué hacer preguntas. Pero hay quienes no resistimos las ganas de explayarse un poco, y también están los que necesitan que se les de una explicación, otro par de lecciones, y un estatequieto. Y todo porque algunos pensamos que hay territorios como el del porno, que son sagrados porque son maravillosamente impuros. Una mano sujetando la copa bien alto, señores, y la otra debajo de la mesa, rascando tripa. 

La canción que viene a continuación es, en realidad, una mierda. Pero los que, como yo, pertenecen a la "Generación Cueros", y recuerdan con nostalgia la programación de las doce de la noche en el hoy desaparecido canal Uranio 15, le guardamos un cariño especial. Así que... ¿cómo dejar de colgarla por aquí, dada la ocasión?
 

domingo, 3 de abril de 2011

La del sábado: Frágil - "Caras" (x2)

Una vez más llego tarde, pero eso es lo de menos: al fin y al cabo, la buena música sigue siendo buena aún cuando llega tarde. Y, por eso mismo, insistiré en llevar a cabo esta semana nuestro tradicional sábado de canciones. Si mis argumentos son lo bastante convincentes, pasaré a lo que nos trae a rodar por aquí esta noche: mucho he hablado ya (aunque nunca se dirá demasiado de ella) de Frágil, la mejor banda que se ha hecho con un par de guitarras eléctricas y otro de sintetizadores por este lado del mundo, verdadera pionera del rock progresivo en el Perú. Y, que suenen este domingo, he elegido uno de sus temas más fulminantes, desde la letra hasta los poderosos acordes de la guitarra slide: su título es Caras, y creo que merece un lugar de honor en cualquier recuento del rock latinoamericano, en lengua hispana o del mundo a secas. Y como conozco dos versiones muy buenas y no me pude decidir por una sola, pues pensé que no estaría nada mal traer a rodar ambas por estos lares (puros beneficios, ¿o no?). La primera fue grabada en Francia, si no me equivoco para un programa de televisión, y es un poco más "hogareña", por así decirlo:


Y para los que prefieren las cosas hechas a otro calibre (ni mejor ni peor: sólo distinto), traigo a sonar esta otra versión, tocada en vivo desde el Teatro Peruano-Japonés, en un concierto en el que se unen a los acordes de Frágil todos los vientos de la Gran Banda de Jean-Pierre Magnet (concierto al que, dicho sea de paso, con orgullo y la lengua afuera, asistí). Hombres del mundo: abran las orejas. Esto no es cualquier cosa. 


Un poco más allá de la mera historia: "Julian", de Gore Vidal


Dentro de lo que acostumbramos llamar "literatura", hay un género de novela que parece especialmente propenso a generar largos, arduos y, a menudo, estériles debates: la novela histórica, ese tipo de texto que ya es, desde su nombre, casi una contradicción. ¿No mienten acaso las novelas como mienten los boleros? ¿Y no se supone que, por contraparte, la historia está allí para decirnos la verdad y nada más que la verdad, bien desnuda, y que le duela al que le duela? 
Antes de pasar a lo que va esta nota, me gustaría decir un par de cosas respecto a la historia, y es que ella tampoco está libre de pecados. No sólo me refiero a que un libro de historia pueda ser superado por otro, fruto de una labor más concienzuda y exhaustiva, sino que además hay otro detalle, que ya trató de hacer notar Gadamer en los años sesenta: que el estudio de la historia no es inclinarse sobre un libro abierto en el que los hechos están dados en una forma objetiva y pura, sino que la forma en que esta es interpretada, reescrita y leída tiene, también, muchísimo peso. O, en otras palabras, que le metemos un poco de nuestro rollo cultural y personal a lo que entendemos por "interpretar los hechos históricos". Bien: punto y aparte. 
La novela histórica es un género que, como cualquier otro, puede dar frutos extraordinarios y suculentos como bodrios de la peor calaña. Que es lo mismo que decir que existen genios del tamaño de Umberto Eco o Robert Graves como mequetrefes tan insulsos como Dan Brown o, me dicen (porque a él no lo he leído), Ken Follet. O, si prefieren, los que toman los datos históricos y los reinterpretan o cambian (olé, Tarantino) para hacer una obra maestra y los que pierden su tiempo escribiendo montones de páginas para que luego otro montón de personas pierdan su tiempo leyéndolas. Bueno, en realidad los autores no pierden su tiempo, porque les pagan un pastón, pero los asuntos del bolsillo no están en el papel. 
A este primer grupo, el de los genios que consiguen convertir la historia en algo nuevo, pertenece también Gore Vidal. Yo lo he comprobado, sobre todo, con la que considero una de las mejores novelas históricas de todos los tiempos: Julian, mejor conocida en español como Juliano el apóstata. El argumento es imaginable: se trata de la narración, desde tres perspectivas, de la vida y hechos del emperador Juliano, el hombre que trató de traer una vez más a la vida el culto a las divinidades paganas en un momento en el que el imperio ya se había vuelto crisitiano, sobre la base de un muy bien cuidado estudio de montones de documentos de y sobre este personaje histórico y su momento (incluídas las obras de Juliano mismo). 
Pero bueno: esto último lo puede hacer casi cualquiera que sepa algo de latín y griego y tenga vocación litararia. Claro que podemos agradecer el esmero que Gore Vidal le ha puesto al estudio de la historia, pero no está de más hacer notar que esto es solo una parte del todo. Después de todo, Julian es una novela en la que se da pie a una cruda y fulminante reflexión sobre el poder, la religión y todos esos temas que esperamos nos remuevan los intestinos cuando leemos una buena novela. Algo similar a lo que hizo, también, cuando escribió el guión original de la película Calígula (que dirigió Tinto Brass, y a la que Bob Guccione, de Penthouse, agregó un par de orgías lo bastante explícitas como para tentar al público pornógrafo). Oigan, que no en vano fue Gore Vidal el que dijo que el sexo es política. 
En pocas palabras, que creo que Julian es una novela lo bastante sólida, profunda y buena como para que la disfrute todo el mundo, y no sólo los fanáticos de Foucault y los que sufren de delirios de persecución. Más aún: creo que tiene suficiente potencia como para que más de uno la ponga entre sus títulos preferidos, de paso que como para quedar fulminado por algunos de sus pasajes más poéticos, que en cuanto a épica son dignos de Homero en persona.

martes, 29 de marzo de 2011

Pasión perfecta: la "Tosca" de Puccini


Los primeros sonidos de mi vida: recuerdo el viejo radiocassette del auto de mis padres escupiendo notas y ritmos de diverso género e índole. Del lado de mi padre venían Rubén Blades y Sui Generis; del de mi madre, Joaquín Sabina y de cuando en cuando algo de los Rolling Stones. Sonidos que se graban en los huesos, los riñones, el páncres y el hígado, en todo eso que se parece a lo que algunos llaman "alma", y que hasta el día de hoy acompañan mis tardes y mis noches. Pero eso no era todo: había algo más, un sonido que era perfectamente capaz de llevarme, literalmente, a universos en los que las notas musicales adquirían vida propia y dibujaban verdaderos paisajes incorpóreos; una música que no sólo se oía, sino que además se podía oler, saborear, tocar... algo que lo atravesaba a uno y, en cierto modo, lo elevaba. Con el paso de los años, aprendí que eso que tanto me maravillaba y, por así decirlo, me sacaba de mí mismo, tenía un nombre: música clásica. 
No es que quiera poner "mejores" y "peores" a los géneros musicales que me gustan, porque no tengo preferencias absolutas entre mis favoritos. ¿Qué hace que prefiera escuchar, en un determinado momento, a Tchaikovski antes que a Serrat, una de Sabina a un viejo blues o un flamenquito a un tango? Pues el humor con el que me agarre la tarde: tan sencillo como eso. Pero ya lo digo: la música clásica sigue empapando mi vida, y con qué gusto lo digo. 
Ahora bien, que dentro de ese universo que es la música clásica hay tantos universos igualmente gigantescos que, realmente, es para pegarse un tiro sólo del agradecimiento. Hoy, sin embargo, quiero dedicarme a uno de ellos, que siento muy profundamente, y que puedo quedarme escuchando horas muertas sin un solo segundo de aburrimiento: la ópera. Y no digamos la ópera en general, sino esa que yo creo que es la ópera, mi favorita entre favoritas: la Tosca de Puccini. 
No será tan conocida como Madama Butterfly o La boheme, pero la pura verdad es que la Tosca es una obra sublime, que te pone el puñal al cuello con tal sutileza que antes de darte por enterado ya tienes la sangre encima. Para empezar, la historia (de complejísima sencillez), es extraordinaria, por muy tocado que esté el argumento del amor en tiempos jodidos (la revolución, o lo que fuera), que es el mismo viejo argumento que ni muere ni morirá (oigan, que eso ya lo había hecho Homero, ¿no?).
En cuanto a la música... bueno, es que aquí las palabras se me escapan. ¿Cómo carajo puedo dibujar con letras el pedazo de perfección que es, a mi juicio, la Tosca de Puccini? Es que es algo que hay que escuchar... En todo caso, diré que, desde las primeras notas, uno entra a un torrente furioso del que es imposible librarse: una ópera violenta, pero elegante; poderosa, pero sutil; magnífica, pero humana; visceral, pero sentimentalona. Y todo esto, ojo, lo digo por la música. 
Es verdad que hay muchas otras, que existen Bizet y Wagner, alguna que otra cosa de Mozart, Verdi y, también, Roger Waters (porque la ópera que compuso me parece extraordinaria). Quién sabe, a lo mejor y hasta muchos de los mentados han hecho cosas mejores que la Tosca, pero la pura verdad es que eso no me importa: antes que por ninguna otra, levanto mi copa y todas las botellas que tenga delante por esta obra maestra de Puccini, que sigue y seguirá siendo mi favorita, y que sonará, espero, entre otras pocas cosas que me acompañarán a la última morada el día de mi muerte. 
Dejo aquí, para vuestro deleite, una de las canciones de la Tosca, interpretada nada más ni nada menos que por esa voz de oro que tenía María Callas. Recomiendo acompañarla con una buena copa de tinto. 

Una para pasar caleta...

Los pocos seres a los que imagino les importará tendrán que saber disculpar el silencio de los últimos días, porque no me he pronunciado ni el sábado como tendría que haber sido, pero he estado fuera de la ciudad, así que ni modo. Y, ya que nadie me paga por esto, pues tampoco es que pierda el sueño por ello. Pero ya lo ven, volvemos a la carga; y, tomando en cuenta que podría haber algún lector fanático que se resienta (poco probable), así como tanto psicópata suelto (muy cierto), les dejo un videíllo como para pasar las horas, o por lo menos hasta que me de el tiempo de regresar y escribir lo que tiene que ser escrito. Esto, pues, no es más que un hasta luego... y al que no me crea, pues tendrá que creerle a Pepe:

 

martes, 22 de marzo de 2011

Gerald Durrell: memorista de la felicidad


Ya han sido muchas las veces que he invocado por estos lares el nombre de Lawrence Durrell, un escritor capaz de manejar registros inimaginables, con un dominio soberbio tanto de la pluma como del diccionario, versado en los clásicos pero no por ello menos dispuesto a demostrar que su sensibilidad está muy a la altura de su siglo, y cuya prosa hace pensar más en una orquesta sinfónica entera que en ninguna otra cosa. Y, sin embargo, este sujeto que es por sí mismo ya un universo no agota todavía la vena de genialidad que atraviesa a los miembros de la familia Durrell, como bien lo sabemos todos los que hemos conocido la suerte, la gracia y, sobre todo, la felicidad de leer los libros de su hermano menor, el benjamín de la familia: Gerald Durrell. 
Ahora bien, que no hay que pensar que el parentesco hace compartir a estos dos autores la pluma. Lawrence Durrell es un escritor de envergadura, en el sentido en que se interesa mucho por la estilística, el dominio de esa prosa que, por muy recargada o barroca que sea, fluye como un arroyo sin revelar por eso lo que guarda la oscuridad de su fondo. Es un literato, un escritor en el sentido más profesional del término, y además uno de los más grandes. Gerald Durrell, en cambio, prefiere el vuelo sereno y lleno de vitalidad de las aves pequeñas que, en lugar de buscar los vientos más altos mientras su silueta se convierte en un símbolo al recortarse contra el cielo, prefiere revolotear por entre los jardines y los bosques, posándose en tal o cual rama, acercando el pico con curiosidad a los estanques. 
Pero tratemos de ser aun más específicos: Gerald Durrell no fue, esencialmente, un escritor. Su obra de ficción es casi nula, y se reduce en realidad a algunos pocos libros para niños. Ante todo, él fue un naturalista, director del zoológico de Jersey (Inglaterra) y un profundo defensor del medio ambiente y sus habitantes, que viajó alrededor de medio mundo para buscar y capturar especímenes de diversas especies de animales para que fuesen llevadas a zoológicos en los que se las pudiera estudiar y conservar. Y, como buen viajero que era, y haciendo gala de una memoria de elefante (cosa que su hermano mayor también ha asegurado), el menor de los Durrell fue llevando al papel sus muchas memorias; y, luego, publicándolas. 
¿Qué les puedo decir? Creo que, salvo por las ocasiones en que no cargaba un centavo encima, nunca he dejado de comprar cuanto libro de Gerald Durrell me he topado, si es que no estaba ya en mi colección. Todo empezó cuando, más o menos a los catorce o quince años, leí su primera obra, la hoy llamada Trilogía de Corfú, en la que narra sus recuerdos de los cinco años que vivió en dicha isla griega con su familia (madre y hermanos). Tenía sólo diez años cuando llegó, y quince cuando regresó con su madre a Inglaterra, pero sobran los detalles, las anécdotas y las bromas, a lo largo de tres libros (cuyos títulos no podrían ser más llamativos: Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses) que brillan por la claridad con que han sido escritos, la mirada y sentir inocentes que reviven y, de paso, el humor que recogen las historias familiares. Dicho sea de paso, Larry  (como llamamos los "amigos" al mayor de los cinco hermanos Durrell) se nos revela, en sus veintipocos, como un personaje realmente hilarante, rápido para el humor y los juegos de palabras, y dueño de uno de los espíritus más sarcásticos y suculentos de cuantos recuerda la historia de la literatura, digno de algunos de sus mejores personajes. 
En esta trilogía, las anécdotas familiares y las observaciones sobre las costumbres de los animales de la isla se cruzan todo el tiempo, lo que hace que su lectura sea no solo grata, sino hasta adictiva. Y, por todo lo que he mencionado, uno no puede hacer menos que agradecer de todo corazón a su autor: yo, que ya he leído estos libros más de una decena de veces a lo largo de tantos años, sigo volviendo a ellos de cuando en cuando, y sigo riéndome a carcajadas. Además, Gerald Durrell no va a abandonar este estilo narrativo a lo largo de toda su vasta obra: las memorias de sus viajes por Centro y Sudamérica, África y demás, recopiladas en varios libros. Aunque quizá la mejor manera de hablar de su "estilo" sea, en realidad, citar algo que él mismo escribió en la introducción al libro de memorias de su hermana Margareth ("Margo") Durrell: "Desde siempre Margo mostró, de forma tan vital como los otros hermanos Durrell, un gran interés por el lado cómico de la vida y la capacidad de observar las debilidades de la gente y los lugares. Al igual que nosotros, también ella tiende a veces a la exageración y a dar rienda suelta a la imaginación, pero pienso que esto no es malo, cuando implica un modo más entretenido y divertido de contar las propias historias". Y, creo yo, no le falta la razón en ninguno de estos puntos. 
Supongo que tampoco está de más mencionar uno de los objetivos que perseguía Gerald Durrell al publicar sus memorias: la lucha por la conservación. Después de todo, hay que recordar que él creó el Fondo de Jersey para la Conservación de la Fauna, y la venta de sus libros (empujada en un principio por la fama de su hermano mayor, y luego por lo que ellos mismos eran) le significó unos muy buenos ingresos para dicho Fondo. Pero eso no es todo, sino que sus memorias, además, han servido para perpetuar, para mantener con vida, ese amor tan profundo y sincero que sintió por la naturaleza, y que sigue llegando a todos nosotros en su estado más puro. Por suerte. 
Todos tenemos algo que aprender y mucho que disfrutar de estos tesoros. Las memorias de Gerald Durrell, además, parecen escritas para no envejecer nunca, y pocos placeres he conocido que sean tan puros y gratuitos como los que guardan sus páginas. Levantar una copa en honor de este hombre y de su invaluable obra es, para mí, un verdadero honor.

domingo, 20 de marzo de 2011

¿El atardecer de las selvas?


Recuerdo haber leído una vez, hace muchos años, cuando todavía era un niñuelo, un artículo en el que preguntaban a un importante ecologista que, si tuviera que escoger un solo país para convertirlo en área protegida, cuál sería. Su respuesta fue rápida: "Perú". Y le sobraban motivos para decirlo. 
Todos los que me conocen saben que desprecio absolutamente ese mal de masas al que llaman "nacionalismo", que no es otra cosa que la estupidez iluminada con neones en el super-consciente colectivo: desconozco ese sentimiento al que llaman "responsabilidad cívica", no he visto ni tengo interés por ver una sola de las peleas de Kina Malpartida, no he visto La teta asustada de Claudia Llosa porque Madeinusa me pareció una reverenda cagada, no creo que Machu Picchu sea la antesala del paraíso (ni que merezca el título de "Maravilla del mundo") y definitivamente estoy convencido de que ya es hora de que dejen de preguntarle a cada famoso que viene del extranjero si ya probó un plato de ceviche (o de que alguno de ellos diga: "Sí, y me pareció una porquería", aunque suene a blasfemia porque la verdad es que es muy bueno). Y claro que me gusta el pisco, pero eso sí: a mí que nadie me joda con panfletos de amor por la patria cuando me tomo un trago, o nos vemos afuera: mis copas no son un conventillo, y las pago yo, no Promperú.
Bien: cerrado este paréntesis, diré lo que tengo que decir, y eso es que amo a este país de todas las sangres, todos los muertos y todas las resacas, pero sin maquillaje. Y, también, con toda su naturaleza. Porque eso que dijo el ecologista del que les hablaba tiene mucho sentido: el Perú es un país de enormes riquezas naturales, entre ellas la mayor cantidad de microclimas del mundo y una biodiversidad de tal magnitud que sólo Indonesia nos gana por una cabeza. Buena introducción a este tema es este documental, que recomiendo ver completo (las otras partes están en Youtube): Candamo, la última selva sin hombres, de Daniel Winitsky:


 Y eso todavía es poco, puesto al lado de todo lo que hay... Pero nosotros, ¿qué cosa hacemos? Pues lo más sencillo: cagarnos supremamente en todo esto, y sentarnos a mirar cómo algunas empresas lo echan todo a las llamas en nombre del Progreso. ¡Progreso! ¿Cómo pueden llamarle así? Es un nombre que casi da miedo, por el que los seres humanos son capaces de llegar a extremos terribles. No es que no crea en el progreso: claro que es importante, pero siempre y cuando vaya escrito con minúscula, y sea tomado por lo que es: una herramienta de desarrollo social y humano, y no un fin o un ideal de proporciones metafísicas.
Hace no mucho, celebrábamos la desmantelación de las dragas ilegales que habían montado en los ríos de Madre de Dios para extraer oro, porque el efecto que tienen sobre el medio ambiente es terrible. Pero las cosas siguen movidas en nuestra selva baja, y todavía no hay políticas sólidas de conservación que aseguren que nuestra amazonía esté a salvo y pueda dormir tranquila por las noches. Creo que ya es lo hora de que los que pueden hacerlo hagan algo.
Yo no sé de qué color se pintará el futuro, pero tal y como van las cosas, espero que se tome su tiempo, cosa que me agarra bien enterrado y ya algo putrefacto cuando llegue. Hay cosas que es mejor no ver. Ya que tenemos cerebros con lóbulo frontal y todo eso, ¿por qué no usarlo? Ya que tenemos tecnología de punta, ¿por qué no hacer algo útil con ella? A mí los rollos moralina no me van muy bien, pero es que con asuntos de este tipo... ¿qué les puedo decir? Me indigno, me entran ganas de aplicar lo que he aprendido leyendo al Marqués de Sade a algunos seres a los que me cuesta llamar "humanos" y con los que no me tomo una cerveza pero ni aunque ellos la paguen. No se trata de ser fundamentalistas, porque eso es una basura del tamaño de un camello, pero sí de poner otra voz en el diálogo, de hacer notar que hay cuestines por las cuales preocuparse y que, de verdad, merecen la oportunidad de seguir con vida. Echen un vistazo al documental que les he dejado más arriba, o a  este blog y díganme: ¿todo eso vale menos que un caserón de lujo con piscina, yate privado y perritos ultra-pedigree que entran en tu bolsillo si te lo propones? Yo creo que no... en todo caso, el tipo de atardecer que quiero es el de la foto que encabeza esta nota, y no el otro.

sábado, 19 de marzo de 2011

La del sábado: Yes - "I've seen all good people"

Creo que un grupo con la envergadura de Yes no necesita presentación alguna. Oigan, que hablo de una de las bandas más jodidamente grandes del panorama de la música universal, otros planetas incluídos, y le debemos tanto a sus canciones que nadie tiene derecho a hacerse el loco y mirar hacia otro lado. Hablo de sonidos clásicos fundidos en composiciones de absoluta experimentación, de canciones hechas para la inmortalidad y de músicos de genio, versatilidad y talento como para hacer morir a dios en persona. De más está decir que se trata de una de mis bandas preferidas, o que el eco de su música atraviesa muchos de los recuerdos que guardo de mi adolescencia preparroquiana. En cuanto al tema que he elegido para echar a rodar este sábado, como quien pone música de fondo al limbo, se trata de una de las más conocidas de su repertorio, I've seen all good people, que casi todo el mundo debe recordar, y que yo seguiré escuchando hasta el fin de mis días. Es el lado luminoso del progresivo en su esencia más pura, elegida especialmente para todos esos hombres de poca fe y declarados impuros a los que tengo el honor de poder llamar mis lectores. ¡Ah! Y no puedo olvidar la dedicatoria: André D'auriol, donde quiera que te encuentres, espero que tengas un vaso en la mano, porque hay un brindis pendiente, y no soy de los que se hacen esperar por un trago, como tampoco tiemblo ante la inminencia de la resaca. Que se levante el telón, señores.


La voz del demonio


Tengo muy metidas en el páncreas unas palabras que dijo alguna vez William Faulkner, ese genio de los portentos de la sangre y el polvo, sobre el oficio de escribir; palabras que pesan lo que pesan, y que dicen mucho más de lo que parecen decir: "Un artista es una criatura dirigida por demonios. Él no sabe por qué lo eligieron, y normalmente está demasiado ocupado para preguntárselo". 
Claro que muchos se dirán que bueno, que no se trata sino de una frase recargada, "bonita", el tipo de cosas que dice un escritor para sonar interesante. Pero no hagamos caso a los juicios simplones: estas palabras son muy sentidas, muy mascadas e infinitamente afiladas, dichas por alguien que, sabemos de sobra, no tenía mayor interés por lo que su público pensara de él. ¿De qué se trata, entonces? ¿Qué es esto de ser el títere inesperado de los demonios? ¿De quién es la voz que va arrastrando vidas, carne, tierra y esperanzas a lo largo de las páginas de un libro? ¿Qué pulso es este temblor que va agrietando nuestra sensibilidad hasta echarnos a rodar por una colina? O, si lo prefieren, preguntémonos: ¿qué demonios son estos?
Siempre he interpretado estas palabras en un sentido muy humano. Es verdad que, alguna vez, los poetas eran "invadidos" por la inspiración, ya fuera por culpa de las musas o los dioses, o aún de los demonios. Y ni siquiera es necesario irse tan lejos como a los tiempos de la antigüedad, pues ya en la Francia ilustrada (siglo XVIII, sobre todo) se tenía este proyecto de "exorsizar" el universo de las artes y de las ciencias, y alguno autores fueron llamados verdaderos "posesos" (entre ellos, el Marqués de Sade). Pero imaginar una inspiración semejante en nuestros días no parece muy inteligente: ¿a quién se le ocurriría aparecer de pronto hablando de revelaciones infernales, místicas de ultratumba a lo William Blake o sueños donde la voz de los espíritus dicta poemas y visiones? Bueno, a lo mejor y sí se le puede ocurrir a alguien, pero nuestro error sería suponer que estos universos, espíritus y demonios están por ahí, afuera, en lugar de notar que sudan y gruñen desde dentro. 
Desde que el psicoanálisis existe, diferentes autores han tratado de esbozar la relación que hay entre la creación artística y la neurosis, reconociendo la suerte de catarsis que se produce. Freud, Jung, Otto Rank: todos ellos han dedicado páginas enteras a meditar sobre el fenómeno. ¿Trato de decir acaso que los demonios son nuestros males mentales, nuestros traumas y demás? Algo parecido, pero no exactamente. Los demonios pueden ser infinitos, llevar cualquier nombre o apariencia y manifestarse de formas muy diversas. No es necesario ser un neurótico: el mismo respirar puede ser un demonio perverso. Los hombres estamos solos con ellos, esos demonios que somos, también, nosotros mismos.
¿Y el arte, entonces, qué es? ¿Está llamado acaso a domesticar a los demonios? Eso que lo responda cada artista por su cuenta. Yo, personalmente, no estoy muy seguro de si pueden ser domesticados: más bien, son ellos los que juegan con nosotros, empujándonos a hacer cosas tan absurdas como hilar palabras que, poco a poco, van adquiriendo vida propia, bebiendo de nuestra propia sangre y convirtiéndose en dolorosos espejos en los que, poco a poco, vamos reconociendo nuestros rostros más ocultos. 
Quizá lo mejor sea aprender a resignarse y, de ser posible, echarse un trago con los demonios con los que vivimos. Al fin y al cabo, les debemos mucho, aunque nos duela o no nos guste. Voy a cerrar mis divagaciones con una recomendación: una novela del Quinteto de Avignon de Lawrence Durrell, que lleva por título Monsieur o el príncipe de las tinieblas, que no es otra cosa que una forma más de esta reflexión sobre la oscura voz que va dictando las palabras y los destinos de las vidas que su otro títere, el escritor, está forzado a ir viviendo lenta y desgarradoramente. La vida misma. 

martes, 15 de marzo de 2011

Una película con olor humano... demasiado humano


Hoy voy a ponerme autobiográfico, y les voy a compartir una historia de esas en las que el amor, la ansiedad, la depresión, la absoluta crisis existencial, la fascinación y las ganas de volarme la tapa de los sesos se reúnen en una sola vivencia. Como tantas veces, dirán algunos... pero bueno, es que esta fue una ocasión especial. 
A ver: calculo que esto habrá sucedido hace uno... cinco (¡cinco!) años, allá por el lejano 2006. Hacía mucho que oía hablar de un sujeto llamado Pier Paolo Pasolini, y en prticular de una película suya, titulada Teorema (bueno... ya se imaginarán cómo sigue esto...). Pues resulta que un amigo la compra, y en lugar de esperarme para verla, aparece un día, me la da y me dice: "Mírala". Así que la subí a mi cuarto, la puse sobre mi mesa, y seguí con lo mío, que es escribir, hasta las tres de la madrugada. Entonces, me dí cuenta de que aún no tenía sueño, y me dije: "Bueno, ¿por qué no? No puede ser taaan larga". 
Ahora sigue una pregunta clave: ¿alguno de ustedes, lectores míos, ha sabido alguna vez lo que es ver una película de Pasolini por primera vez, solo y a las tres de la mañana? Bien, resumamos lo que sucedió: termina la película casi a golpe de seis (ya salía el sol, lo recuerdo), y yo en un estado tal de... de demasiadas cosas reunidas que hubiera podido hacer cualquier cosa menos dormir o ponerme a menos de tres metros de cualquier otro ser humano. Fue algo devastador: los ojos como platos, la angustia devorando cada uno de mis poros, la lengua reseca, el paquete de cigarros vacío... y en mi mente una sola frase: "Maldito pedazo de genio". 
Más de una vez me ha pasado, comentando o tratando de recomendar a mis amigos alguna película de Pasolini (después de esa primera experiencia, he visto cada una de las que han caído en mis manos), que alguien me pregunta: "¿y para qué voy a ver algo que sólo va a servir para torturarme, algo que no voy a disfrutar?" Aunque no lo parezca, es una pregunta jodidamente difícil. En efecto: ¿por qué?
No soy de los que creen que el deleite tenga que ser, necesariamente, dulce. El miedo, el desgarramiento, la angustia, el horror y la pesadilla son, también, jardines de los que podemos arrancar eso a lo que llamamos placer... sólo que en una versión oscura, fuerte, cruda y, de paso, morbosa. Es como preguntarse por qué carajo leeríamos una novela del Marqués de Sade, Jean-Paul Sartre o Elfriede Jelinek hasta el final: sencillamente, porque ahí hay algo que siento muy mío: el absurdo, el horror, el vacío, la perversidad o la náusea. Oigan, que humanos hemos nacido todos. 
Y vuelvo a la carga: Teorema es, de lejos, una de las mejores películas que he visto en mi vida, y a ella le debo, de paso, una de las experiencias más fuertes y, sin embargo, provechosas de las que tengo recuerdo. Se trata de una tragedia que huele a tragedia, y quizá lo peor de todo sea, precisamente, la forma en que vamos notando (y sabiendo desde siempre que será así) cómo la narración se va cerrando hasta llegar a su punto más agudo y descarnado, como una obra de Sófocles, pero también como un teorema. 
Los que sepan algo de Pasolini recordarán que él nunca la tuvo muy fácil: atacado, censurado, amenazado y, finalmente, brutalmente asesinado, su vida fue, siempre, una lucha apasionada en la que trató de demostrar su amor por la humanidad mostrando su rostro más grotesco, desagradable y sucio. Los que hayan visto Saló o le centovente giornate di Sodoma (yo, hasta la fecha, lo he hecho unas cinco veces) sabrán mejor aún a lo que me refiero. Alguna vez lo llamé "un ángel caído". Bien: creo que puedo volver a firmar estas palabras. Un ángel que se levanta desde el lodo, conocedor profundo de lo oscuros que son los sótanos de nuestro ser, y sin embargo todavía es capaz de luchar por una sonrisa, aunque nos siga pateando con cada una de sus obras. Desde ya, alzo mi copa. 
¿Por qué, pues, ver una película como Teorema, o como tantas otras en las que lo que nos aguarda es una experiencia de esas magnitudes? Bueno, vale la pena que nos lo preguntemos. Pero cuidado: a veces los gustos sirven para esconder el miedo a vernos reflejados en el espejo, y como nunca nos habíamos visto antes. 


domingo, 13 de marzo de 2011

Como para filosofar en la cama


De cuando en cuando, viene alguien a pedirme que les recomiende algún libro de filosofía, pero algo que "no sea demasiado difícil" o "técnico", o similares. Normalmente, yo recomiendo ese extraordinario librito de José María Valverde que es Vida y muerte de las ideas, una breve historia de la filosofía que es al mismo tiempo esclarecedora, práctica, sencilla y escrita con un lenguaje transparente que no duda en soltar una que otra broma. Si me piden algo más intermedio, que tenga algo más de profundidad y tecnicismos, mi respuesta suele ser la Historia de la filosofía de Coplestone, algo más larga, pero sólida, con todo y algunos pasajes aburridísimos, pero perfectamente legible. Pues bien, me gustaría sumar otro libro a la lista, escrito por el siempre preciso y divertido Simon Blackburn, que lleva un título irresistible: Lujuria.
Para los que se pregunten qué tiene que ver un libro con semejante título con la filosofía, agregaré un par de palabras al respecto: se trata nada más ni nada menos que de un acercamiento filosófico a la lujuria. ¿Es esto posible? Pues ya lo ven: Simon Blackburn nos ha demostrado que sí: el libro entra de lleno en la cuestión, planteando preguntas y desarrollando problemas en torno a este encantador fenómeno al que algunos eunucos han preferido llamar (nunca entenderé por qué) un "pecado": ¿qué es la lujuria? ¿cómo definir sus límites en tanto que estado mental? ¿cuál es su naturaleza? ¿cuál su fin?... En otras palabras, el tipo de cuestiones con las que Hamlet se rompería la cabeza después de verse una de Sasha Grey o Noemí Russell. 
Y todavía hay que agregar algo. Porque claro: si el tema del libro es, de por sí, atractivo, falta recordar que su autor no es otro que Simon Blackburn, un filósofos inglés que no sólo tiene uno de los mejores estilos a la hora de escribir sobre materias filosóficas (claro, comprensible, lineal... como una tarde de primavera, si quieren que haga metáforas maricas), sino también uno de los mejores sentidos del humor de entre los de su oficio, (cosa que, a la hora de leer filosofía, se agradece mucho) con lo que la lectura se convierte en una experiencia aún mejor. Yo he pasado algunas horas de verdadera diversión, riéndome a lo largo de pasajes enteros. Y claro: también tiene una buena mente fría y clara, que no se hace problemas a la hora de resolver los problemas como sólo un tipo duro sabe hacerlo, que es sin hacer muy jodido el rollo y con una buena carcajada llena de tierna malicia. 
Así que ya lo ven: el Marqués de Sade y Freud (ese par de pervertidos...) no son los únicos que han dedicado obras enteras a hablar de la lujuria y el deseo de la carne. Este librito de Blackburn es, definitivamente, uno que no puede faltar, sobre todo en esas crudas noches de invierno. Como para filosofar en la cama (o antes, o después... eso ya depende del gusto de cada cual). ¿Acompañamiento? Yo recomiendo un vasito de buen whiskey, con tres hielos. 

¿A que la portada del libro es genial? Con el piececillo ese que cuelga y todo. ¿Quién dice que la filosofía es aburrida, carajo?

sábado, 12 de marzo de 2011

La del sábado: Oscar Avilés y Arturo "Zambo" Cavero - "Contigo Perú"

Supongo que ha sido una semana bastante inactiva por estos lares, pero de todos modos vamos a coronarla con un clásico, una de esas canciones que hacen que la cantina entera se ponga de pie, mano en pecho, para vivir juntos un chispazo de patrotismo ebrio. Porque aborrezco el nacionalismo, es verdad (y, mucho más aún, este que se vive hoy por hoy en el Perú, al que los peruanos han convertido en la Vedette del cóctel turístico internacional), pero eso no me hace querer menos a esta tierra sucia, resaqueada y gastada en la que he tenido el lujo de nacer. Y entre las cosas que más me gustan de mi país está, definitivamente, su música, de paso que el sentimiento con el que se unen parroquianos de todas las edades para entonar temazos como este. Así que, asiduos al Café de Desencuentro, este sábado charrasqueado tenemos el honor de presentar a Arturo "Zambo" Cavero y a Óscar Avilez, el duo dinámico de la canción criolla, con ese clásico de clásicos que es Contigo Perú (¡Carajo!). Se recomienda acompañarla con un par de cervezas (cosa que procederé a hacer en cuanto termine de escribir estas líneas). Y ya saben cómo están las cosas: Barranco, como el Paris de Hemingway, no se acaba nunca.


martes, 8 de marzo de 2011

Los sonidos de Gato Barbieri


Hablar de jazz, hoy por hoy, es hablar de uno de los universos musicales más variados, infinitos y llenos de rarezas del mundo. ¿Quién puede dudarlo? A lo largo de los años, y habiendo pasado tanto tiempo desde que Jelly Roy Morton dibujó los primeros acordes de jazz en un burdel del sur de los Estados Unidos, el jazz sólo ha hecho una cosa: amplia su horizonte, alimentarse y servir de alimento a cuanto género musical pudiese aparecer, rompiendo con las etiquetas y trascendiendo de las palabras con las que pudiéramos tratar de capturarlo. Pronto, hubo que hablar de swing, de bebop, de jazz & blues; llegada de década del sesenta, sobre todo, y gracias al empuje que los que empezaban a meterle a la onda de la psicodelia y a los primeros experimentos del rock progresivo, el jazz entró a otro universo, nace lo que hoy llamamos rock & jazz y tantas otras cosas, como el jazz-disco que rompió los esquemas en los años setenta... y en fin, que si sigo así se me va la vida tratando de abarcarlo todo, y moriría antes de conseguirlo. 
Pero en esta historia de genialidades y sonidos, de experimentos y desenfreno improvisatorio y arquitectónico, hay un nombre que no puede dejarse de lado: me refiero, cómo no, a Gato Barbieri, saxofonista, ícono del jazz latino, pero uno de los grandes del jazz como tal. Un músico que no sólo replanteó la forma de tocar el saxofón (con notas largas que se siguen unas a otras en un solo soplido, en lugar de independizar cada una de ellas en soplidos individuales) y supo meterse de lleno y con originalidad a la experimentación de sonidos y melodías que empezaban a hacer del jazz algo muy diferente a lo que había sido hasta entonces, sino que, por todo esto y un par de cosas más, replanteó el hecho y la forma mismos de escuchar música, sobre todo la de su género. También se lo recuerda por algunas de sus contribuciones a la música del cine, sobre todo por esa pieza maestra que es la banda sonora de El útlimo tango en Paris, de Bertolucci. 
Bajo la influencia de nombres tan grandes como lo pueden ser Charlie Parker, John Coltrane y Miles Davis, el saxo tenor y los arreglos musicales de Barbieri se han convertido, hoy por hoy, en un verdadero clásico, un capítulo escencial en la historia ya no solo del jazz, sino también de la música en general. Una obra compleja, a veces hasta difícil de seguir, donde cada canción parece haber sido escrita para narrar una historia de sensaciones (él mismo dijo de una de ellas, incluída más abajo, que la había escrito "como si fuera una película"), capturando algo a lo que podríamos llamar, tal vez, "esencias" a través de la suma de sonidos diversos y extraños, que de alguna forma llegan a alcanzar esa poesía fascinante que tiene la armonía del caos (disculpen el tono esotérico, pero es que son las únicas palabras que encuentro para tratar de explicar lo que escucho cada vez que pongo un disco suyo). 
Para mí, hablar de Gato Barbieri es hablar de la música que me ha acompañado a lo largo de tantos años llenos de memoria, de algunas canciones fundamentales en el soundtrack de mis días. De un repertorio, también, que es muy diferente a los usuales, y que se ha contado alguna vez entre los primeros en dar el arriesgado paso que lleva de un océano al otro. Compartirlo es algo más que un placer, algo parecido a una necesidad. Levantar una copa por él, también.

lunes, 7 de marzo de 2011

¿Algo bueno en el cine? Pues el cisne...


No, no y no: no son las pasiones desatadas por eso a lo que algunos llaman los Premios Óscar, ni son las ganas de subirme al bus de la farándula feliz. Tampoco entraré a darme de cabezasos por ahí con las comparaciones y el consabido "por qué no ganó tal y tal", por dos motivos: el primero, que no me he visto todas las películas nominadas; el segundo, porque creo que el buen cine no tiene nada que ver con la Academia (para demostrarlo, basta recordar que Pasolini nunca fue nominado, mientras una basura del tamaño de Titanic se llevó once estatuillas), aunque a veces afinen un poco el ojo y tomen una que otra buena decisión. 
No, señores: todo lo que quiero es decir que El cisne negro me pareció un peliculón de cabo a rabo (y con los que incluye, obviamente). Lo digo desde todas las ventanas: desde la de la crítica cinematográfica, por donde digo que la película es acojonante, que lo captura a uno y lo arrastra con su ritmo frenético y denso; desde la del analista, por donde digo que me parece extraordinaria no solo la forma en que sacan adelante un guión muy bien pensado e inerpretado a imágenes, sino también cómo se ayudan ya desde el movimiento de las cámaras para introducirnos al mood psicológico de la película; y, además, desde la del morbo, porque hay dos escenas con las que sigo soñando despierto (ustedes saben de sobra cuáles son). 
Los que la han visto saben, más allá de los gustos, que se trata de una película impactante, muy al estilo de Darren Aronofsky (supongo que todos los que la hayan visto recuerdan Requiem por un sueño), con esas ganas de joder constantes, de meterse en nuestros cerebros y páncreas y poner el dedo no donde duele, sino donde incomoda, donde nos agarra ese nerviecillo que hace que se nos encoja la piel por dentro. Hay quienes piensan que eso es una mierda. Yo creo que, bien hecho, es magia. Pero digamos las cosas claras: Requiem es una buena película, pero poco más que eso. El cisne negro es un Peliculón con todas sus letras y la mayúscula bien puesta por delante. La forma en que se desarrolla el guión, siguiendo ese ritmo de música clásica y manteniendo, de paso, la tensión siempre en sus niveles agudos, es realmente extraordinaria. Y el final... es que oigan, cuando terminó la película ya se me caía una lágrima. Y no de pena, que yo no lloro en las películas ni de tristeza ni de nada parecido: no, no... a mi se me suelta el lagrimón cuando realmente siento esa cosa que tienen algunas películas que nadie sabe lo que es, pero que te tocan en lo profundo y te hacen sentir que, por unos segundos, has visto a la perfección bailando desnuda frente a tus ojos.
Tampoco puede dejar de mencionarse el papelón que se hace Natalie Portman representando a esta bailarina que sueña con representar a la mala de la película, y que está loca como una cabra. Creo muy sincera y jodidamente que se trata de uno de sus mejores personajes... y la verdad es que además está muy churra con su cara de "no entiendo lo que está pasando aquí, pero creo que voy a matar a alguien". Como he escrito alguna vez en una nota sobre ella, es el tipo de mujer a la que, en otros siglos, se dedicaban libros como La divina comedia. Y yo hubiera sido el primero. Basta con mirarla...


Y todavía no es nada (bueno... en verdad ya es todo, pero... es que esta otra foto, aunque no sea de la película, es para pegarse un tiro y no querer volver a ver a nadie que no sea ella): 


En fin, que ya lo ven: todo lo que tengo para esta película son flores. Sé que no todos estarán de acuerdo conmigo, pero ya lo saben: a gustos y sabores no se les mira el diente, y cada loco con su tema. Yo, pues, con este peliculón que recomiendo con los ojos cerrados. Ahí les dejo el trailer.


sábado, 5 de marzo de 2011

La del sábado: Snowy White - "Bird of Paradise"

Hemos vuelto, después de un fin de semana en silencio (ya lo digo, que estuve fuera de la ciudad) a retomar nuestro tradicional sábado con canciones, esos temas destinados a acompañar nuestras tristes y gloriosas resacas mientras tratamos de poner un pie delante del otro y retomar la vida a la que nos invitan las horas a medida que la noche vuelve a estar próxima. Y, acompañar esta tarde, he elegido una de mis favoritas, por poco escuchada o comentada que sea. Aunque más de uno conoce a Snowy White sin saberlo: guitarrista de blus de primera línea, y maestro a la hora de armar solos donde cada nota cae inesperada pero preciosamente, White (que alguna vez se llamó Terence Charles) ha sido la segunda guitarra de Thin Lizzy por algún tiempo, aunque muchos lo recordamos mejor por haber sido músico de apoyo de Pink Floyd en discos y giras, y luego de Roger Waters. También participó en el disco Wet dreams, de Richard Wright. En estas compañías, ya lo digo, ha ejecutado algunos de los mejores y más sentidos solos de guitarra de la historia del rock, y al que no me cree busque la versión de Another brick in the wall part II en vivo desde Berlín, concierto de Waters del 91. En todo caso, aquí se trata de algo distinto: un tema compuesto y cantado por él, con fraseos de guitarra que se asestan en el pecho de la audiencia como sendos puñales y con la compañía de los White Flames, su banda. Si valoran sus vidas, pongan play y echen a rodar este tema: las palabras, aquí, se quedan cortas.


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