domingo, 6 de septiembre de 2009

Restif de la Bretonne: una sucia elegancia


Por algún extraño y oscuro motivo, la gente ha olvidado por completo a Nicolas Restif de la Bretonne, uno de los más talentosos y perversos escritores de la Francia del siglo XVIII. Y ello pese a la larga lista de escritores importantes que lo admiraron y recomendaron, lista que incluye los nombres de nada más ni nada menos que Valery, Baudelaire, Schiller y Goethe, entre otros. Y más allá de estos detalles ilustres, ¿la Historia, que se dice es tan buen juez de gustos literarios, no tendría que recordar, precisamente, a los autores de mayor talento e ingenio? Pues lo cierto es que, en este caso, la historia ha fallado, y hoy son muy pocos los que conocen la felicidad que significan las obras de Restif, aunque no debiera ser de este modo.
Restif de la Bretonne perteneció a la generación de escritores y pensadores libertinos y perversos de la Francia prerrevolucionaria. Y es curioso que el nombre más famoso de este grupo de autores sea, precisamente, el del enemigo personal y directo de Restif: el Marqués de Sade. Ahora bien, en este punto entro a un terreno bastante espinoso, ya que se trata de poner en tela de juicio los valores literarios de Sade: nadie que sepa gozar de los placeres de la perversidad es capaz de negar el genio de Sade; y, sin embargo, tampoco puede dejar de reconocerse que, en la mayor parte de sus textos, brillan los defectos: un estilo muy mal o nada cuidado, personajes mal construídos y unilaterales, narraciones atropelladas... además de un asedio excesivo y monótono de los ideales del "amoralismo" que predicaba el autor (el gusto por las situaciones grotescas y las palabras obscenas, en cambio, son precisamente lo mejor, lo más "suculento" de sus obras). Con Restif pasa todo lo contrario: su técnica es de un preciosismo inigualable, y era un genio de la narración y de la insinuación. Si en Sade primaban el gusto por la laceración y la sodomía, en Restif priman la pedofilia, el incesto y el fetiche con los pies. Pero todo esto se trabaja en una forma muy cuidadosa, que deja al lector imaginar mucho más de lo que se dice; porque claro: como buen libertino, Restif sabía que la imaginación humana es capaz de concebir cosas mucho más perversas si se la deja obrar libremente, en lugar de ofrecerle una suma de hechos concretos y descritos: en otras palabras, el lector tiene que reconocer, en algún punto de la historia, que él también es un pervertido. Sólo se me ocurre un ejemplo para ilustrar todo esto: la Lolita de Vladimir Nabokov. Ahí sucede lo mismo: en ningún momento se nos relata que suceda algo entre Humbert Humbert y la pequeña Dolores Haze, pero eso no hace más que empujar a los lectores a sacar sus propias "conclusiones" (de hecho, siempre he pensado que Nabokov debió haber leído la novela Sara, o la última aventura de un hombre de cuarenta años, que tiene muchas analogías estilísticas y temáticas con Lolita).
Hablo, pues, de una pluma "refinada", que sabe seducir a sus lectores para arrastrarlos a algunas de las historias más... cómo decirlo... ¿"oscuras"? ¿"terribles"? ¿"perversas"? No lo sé: dejo el juicio a los que se animen a leerlo. Después de todo, aún quedan escritores capaces de demostrarnos a todos los seres humanos cuán poco nos conocemos realmente, o cuán poco dispuestos estamos a aceptar lo que somos en el fondo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

A vueltas con la Pornografía


En este siglo veintiuno, en el que ya pareciera que las personas estamos acostumbrados a todo, encuentro sorprendente que no falten quienes hagan muecas ante la mera mención de la pornografía. Cierto que cada vez son menos las bocas torcidas y las cejas arqueadas, y cada vez más las risas (el tabú, o la estupidez a nivel de sobremesa, es una especie amenazada que se acerca de a pocos al nivel de "en peligro de extinción") las que siguen a las menciones, descripciones o narraciones de los argumentos de las películas porno, pero qué puedo decir: me sigue sorprendiendo el rostro asqueado o indignado de más de uno.
"Pero cómo", me dirán, "¿es que acaso te propones una apología del porno?". Bueno, ¿y por qué no? Vamos a ver... ¿qué hay de malo con ello? Y hablo como una persona que perdió el interés por la pornografía como tal (es decir, en su intención prima de "excitación-masturbación-oh dios mío-a dormir) hace muchos años, para quedarme con el interés intelectual y "frívolo" por el asunto. Pero sí: defiendo la existencia y las consecuencias de la pornografía, y soy, por tanto, su apologista.
Supongo que la gran pregunta, ahora, es "por qué"; y la respuesta, queridos míos, es bastante larga... además de múltiple, porque hay montones de factores para hablar a favor de la pornografía y de su razón de ser, pese que, hoy por hoy, se tienda a mirar, si no con malos ojos, al menos con algo de pena al que afirma ser un pornógrafo habitual. Pero, ¿tiene algo de malo, a fin de cuentas? Porque hay que reconocer la serie de valores de la "cultura porno", y reconocer que merece el eminente sitio que ocupa en nuestra cultura occidental-universal-globalizada post-capitalista y post-siglo XX.
Bien: ¿qué es el porno, como género? Se habla mucho de la diferencia entre pornografía y erotismo... ¿dónde se encuentra, en realidad, esa frontera? La respuesta, creo yo, no está en la obra analizada, sino en el espectador. Pondré un ejemplo: el hoy casi legendario filme Calígula, de Tinto Brass, basada en el guión original por nada más ni nada menos que Gore Vidal. Pues bien: para mí, desde la primera vez que la vi (debo haberla visto unas ocho o nueve veces) es una obra maestra, tanto por sus actuaciones como por su guión, y además por el "tono" que logra; y, si lo logra, es por su muy bien trabajado y crudamente sórdido erotismo, que para mí tiene un valor a la vez histórico y, más importante aún, simbólico. Pero recuerdo, también, a un viejo amigo mío que un día me confesó que él nunca había visto la película de inicio a fin: sólo adelantaba el disco para buscar las escenas de sexo y de orgías. Era, claro está, su porno. Y ahí es donde radica la cuestión de géneros: no en la obra, sino en cómo se aprecia la misma. En otras palabras, que, del modo opuesto al aquí narrado, hay pornos que pueden ser apreciadas como obras de alto arte erótico, si es que se las quiere (o puede) apreciar como tales. El caso de obras como las de Sade, o aún Henry Miller, Pasolini, Durrell y, curiosamente, Joyce (la famosa historia de por qué las editoriales se negaban a publicar el Ulysses). Es decir, que hay una cuestión de perspectivas implícita en el asunto; un problema de hermenéutica, de lecturas (es decir, de lectores).
Pero bueno, aquí estoy saliéndome de la cuestión, y convirtiendo a la pornografía en erotismo... Bien: la pornografía como tal también merece ser salvada. En primer lugar, como válvula de escape, como medio de catarsis "perversa" si se quiere; y la relevancia de este factor puede variar de acuerdo a la situación histórica: es decir, todos necesitamos un medio de catarsis (lectura, trabajo, escritura, borrachera, deporte, etc), pero en situaciones de represión la intensidad de esta necesidad cambia: en otras palabras, que si me hubiese tocado vivir en la España de Franco, me hubiese llenado los estantes de películas pornográficas, por no terminar como en la Edad Media, siendo visitado entre sueños por súcubos.
Luego, tenemos otro valor de lecturas: el humor. Y es que vamos: ¿cómo no destornillarse de la risa ante el argumento de algunas pornos? Cito un ejemplo: todas las de la serie de Emanuelle (no la película, sino la serie para televisión), incluído, muy especialmente, Emanuelle contra Drácula. O, sino, cualquier porno doblada en España, donde residen los reyes del doblaje erotómano: "Joder, que me corro", "Venga, cabrón, dadme con más fuerza", "Así que queréis espiar, ¿eh?" (Léanse todas estas frases en acento español, para entender a qué me refiero).
Y, por abreviar lo que promete ser un texto muy largo, quiero resaltar un último carácter de la pornografía, el más importante: que es absoluta y profundamente humana. Porque claro: lujuria, deseo, excitación, fetiche, sexo, perversidad, morbo, "impureza" (nótense las comillas), clandestinidad y, sin embargo, soledad, son todos ellos ingredientes de una ensalada de condición humana, muy bien guardada debajo de miles de máscaras, y que no es, pese a todo, un secreto para nadie.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Fellini: mago, payaso y cínico


Poeta y mago, creador incansable, tejedor de sueños, payaso del Olimpo. En fin, un genio, un hombre del que puede decirse, con toda justicia, que fue un artista puro al cien por ciento. Creo que Fellini, como ningún otro cineasta, logra dejarnos ese sabor, como de un buen vino, cuando termina una de sus películas; y, como con un buen vino, hay ese eco: en este caso, el de sus imágenes, sonidos y personajes: el recuerdo de las situaciones descabelladas, melancólicas o humorísticas de sus filmes continúa viviendo con la misma vitalidad de cuando las vimos proyectadas. Y es que son, claro, el resultado de una labor creativa única y poderosa, que manipula objetos muy frágiles sin hacerles una sola rajadura, a menos que el autor así lo desee.
Dicho sin más rodeos: hablar de Federico Fellini es hablar en mayúsculas, y pocas experiencias son tan profundas como el sentarse a ver una de sus películas. Desde las primeras, todavía a mano con el neorrealismo que él mismo ayudó a fundar con Roma, città aperta de Rossellini, hasta las últimas, pasando por cimas tales como La dolce vita, Otto e mezzo, Amarcord o Satyricon, la vivencia siempre promete eso: ser única y maravillosa. ¿Por qué? Pues porque en Fellini sigue viva, como en la obra de ningún otro director, la magia: pensemos, sino, en la desaparición de Cabiria entre esos muchachos caminantes; en los tres músicos que van desfilando por los diversos momentos de La strada; en casi todas las escenas de Amarcord, incluyendo aquella en que una monja pigmea sube a bajar del árbol al tío loco que grita "Io voglio una donna!"; en la fiesta al final de La dolce vita, en la que todo el mundo charla al compás de las palmas: la filmografía de Fellini es eso, una caja de sorpresas, una mirada única a través de la cual el mundo y su tragedia se pueden convertir, a cada recodo, en una función de circo.
Yo jamás dejaré de agradecer que haya existido un hombre como Fellini. Lo sitúo, al lado de Pasolini, como lo más grande que nos ha dado el cine italiano. Y, al final, es eso lo que obtenemos, entre la broma y el llanto: un corazón que no se cansa de latir, una obra sensual y que se crea a sí misma constantemente, un tesoro demasiado grande como para pertenecer a sólo unos pocos hombres, y que permite ser visto de una forma totalmente distinta cada vez. Yo nunca dejaré de recomendar a todo el mundo las películas de Fellini; eso sí, una sola advertencia: pueden resultar adictivas.

martes, 1 de septiembre de 2009

Una dosis de Séneca para empezar Septiembre


Pasada la página del mes de agosto, y para entrar con un tono adecuado a la de septiembre, mes de la primavera (aunque los peruanos no podamos saber qué es eso) y por tanto del amor, quiero empezar compartiendo con todos mis lectores una cita de Séneca, muy iluminadora:

"A donde quiera que mires, ahí está el final de tus desgracias. ¿Ves aquél lugar escarpado? Por allí se baja a la libertad. ¿Ves aquél mar, aquel río, aquel pozo? La libertad está allí en lo hondo. ¿Ves aquél árbol escuálido, reseco, estéril? De él cuelga la libertad. ¿Ves tu cuello, tu garganta, tu corazón? Son medios de escapar a la esclavitud. ¿Te muestro salidas demasiado penosas para tí y que exigen mucho ánimo y entereza? ¿Quieres saber cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo".
(Sobre la ira; Libro tercero)

Una belleza, pura poesía... Quizá sean, al lado de las de alguna canción de Charly García llamada 3:00 a.m. y las de algunos párrafos de Schopenhauer, las líneas más memorables sobre el suicidio jamás escritas. Y si, supongo que empezamos el nuevo mes con un ambiente adecuado, ¿no lo creen?
Imágen: La mort de Seneque, de Luca Giordano

lunes, 31 de agosto de 2009

El día de la nada

Está bien. Oficialmente todo en cuanto posea nombre o una idea dentro de la mente de las personas oficialmente tiene un día en su honor.
Pasemos a la lista obvia:
- Día de la madre
- Día del padre
- Día del niño
y así con los abuelos, los tíos, los primos terceros, la tataratía del primo cuyo abuelo era amigo de mi madre a través del profesor de la universidad, etc...

De ahí están los días por las profesiones y cursos:
- Día de las matemáticas
- Día de la lectura

A los cuales le siguen los días de la salud, el deporte, todo el rollo "feel good" de los políticamente correctos (PC):
- Día del no fumador
- Día del árbol
- Día del deporte mundial
- Día de la carrera de los minusválidos, perdón discapacitados.

Y están los días a los dioses o planetas:
- Monday (Moon day) / Lunes (Día de la luna)
- Tuesday (Dios sabrá que es un Tues) / Martes (Día de marte)
- Wednesday (Matrimonios) / Miércoles (Día de mercurio)
Y todo el rollo semanal

¡Pero esto debe bastar! Propongo un día paradójico, y no, no es el día del hombre (o la humanidad para las feministas), porque si todos sabemos que el hombre (perdón nuevamente, los humanos (especial perdón a los seres de otros planetas, no es mi intención dejarlos fuera)) somos seres paradójicos. Es el primer día oficial de la NADA...si en este día, se supone que no hacemos nada, paradójico porque sería hacer algo. Ja JA....entonces oficialmente propongo que elijamos un día en el cual podamos proclamar y celebrar el primer día internacional de la nada.
Y cuando llegué, espero que pasen un feliz día de la nada.

Bukowski y la editorial Virgin

Suena a algo muy irónico, pero si, es cierto. Mientras me encontraba ordenando mis recientes adquisiciones dentro de mi habitación, usando el viejo método de Santiago de unir autores a conciencia de con quien podrían tener una mejor "conversación" o "intercambio de ideas", opté por juntar a Vassili Grossman con Hemingway y Bukowski.
Mientras hacia la movida. Note un dato curioso. Según lo que me ha hablado Santiago, y de la película de Bukowski que me hizó ver, el autor era un alcohólico empedernido y tenía una gran afición por las mujeres que compartían su mismo hobby...beber. Efectivamente, Bukowski terminó escribiendo un libro titulado "Women", el cual junte ahora con los autores mencionados.
Pero lo que me llamó la atención fue el nombre de la editorial. "VIRGIN". Sin duda tenía que publicar esto. ¡Qué irónico que Bukowski, alcohólico mujeriego que trata de pervertir a las mujeres con sus hábitos, escriba un libro titulado "Women" y la públique en Virgin!
Que curioso es en verdad el mundo de los títulos, los hábitos y las editoriales.

En memoria de Ribeyro


Ahora mismo, soy incapaz de recordar en cuántas ocasiones se levantó la disputa, muy probablemente bizantina, acerca de cuál es el mejor escritor o narrador (el título variaba de acuerdo a la ocasión del debate) del Perú. De cualquier manera, mi respuesta siempre fue la misma: el diáfano, genial y muy querible Julio Ramón Ribeyro, el hombre que, el día de hoy, cumpliría ochenta años.
De Ribeyro se han dicho muchas cosas; hoy yo quiero recordar una de ellas: el título que Fernando Ampuero le puso a una de las entrevistas que le hizo: El enigma de la transparencia. Y no elijo este título gratuitamente, sino que pienso que una de las virtudes de Ribeyro fue, precisamente, la transparencia, tanto en su siempre precisa prosa como en sus entrevistas. Lúcido, honesto, humilde sin por ello pecar de excesos... un escritor que nunca tuvo miedo de afirmar quién era, ni qué es lo que pensaba, ni se tapaba la cara, ni cerraba la boca si le parecía que había algo que decir. Y, sin embargo, nunca dejó de ser, a la vez, el hombre sorprendido por su propia fama, el infatigable lector ni el eterno curioso. Tampoco le faltó el pudor, y él mismo confesó que la suma de cuentos titulada La palabra del mudo evolucionó con el correr de los años: del hombre de clase baja o media que no tenía cómo hacer oír su voz hacia sí mismo a la confesión del tímido autor que, de pronto, empezaba a desvestirse.
Creo que Julio Ramón Ribeyro es uno de esos hombres a los que hay que admirar, a la vez, como autor y como persona; y su obra, rica en indagación de géneros (que incluyen el cuento fantástico y aún el de índole filosófica) y, don que no tiene precio, en humor, se ha convertido, para los demás autores peruanos, en una fuente constante de inspiración y en un referente de autocrítica. Hoy, sus restos descansan, con la dulce compañía de una botella de vino y un par de paquetes de Marlboro, en los Jardines de la Paz; su recuerdo, en cada uno de sus agradecidos lectores.

p.d. No quiero poner el punto final sin decir una última cosa. Hace unos años, mi madre me contó que Ribeyro, que fue amigo de una de mis tías, me cargó alguna vez en brazos, siendo yo todavía un bebé. Ella se lamentaba de que no hubiera ninguna foto de tan insospechado par; a mí, sin embargo, me basta con esa certeza que mi memoria no puede encontrar, y que sin embargo agradezco.

Preparándonos para el Día de San Baco


Sí, señores: es hora de volver a la carga con la moción, y anunciar, finalmente, que todo está dispuesto para celebrar, de una vez por todas, el Día de San Baco. Hace algún tiempo, hice notar que los ritos, pese a haber cambiado, no han muerto, y siguen palpitando en el corazón de la gente cada noche de copas, le guste a quien le guste; y, sin embargo, quiero llevar las cosas un paso más hacia adelante, y me he propuesto celebrar, el año que viene, el primer Día de San Baco: una ocasión para rendir homenaje, a la vez, a los versos y a la borrachera (una causa más que justa, como podrán notar), de dejar que se sacuda un poco al pagano que todos llevamos dentro y, sobre todo, de pasar un buen rato con los amigos.
La gran pregunta, ahora, es cuándo: siguiendo la buena usanza de los romanos, y después de haber investigado un poco la cuestión, he dado con la fecha perfecta. En los tiempos de la Roma Imperial, los bacanales eran reuniones secretas en las que, originalmente, sólo participaban las mujeres, practicadas en un principio en la arboleda de Simila, en las cercanías del monte Aventino, los días 16 y 17 de marzo; con el paso de los años, estas fiestas fueron cambiando, y pronto no sólo eran mixtas, sino que además se celebraban cinco veces al mes. Una serie de motivos (más políticos que morales) llevaron al senado a prohibir los bacanales en los tiempos de la República, pero ello no bastó, claro está, para darles fin; ésto, sobre todo, porque las mujeres supieron aprovechar los vacíos del sistema penal de la época: al no ser consideradas como ciudadanas, quien pagaba sus faltas eran los maridos, padres o hermanos (en términos legales, sus "apoderados"), lo que les daba a ellas el campo de libertad que necesitaban para entregarse sin temor a los placeres de sus rituales.
Ahora bien, y para contestar la pregunta de una vez por todas: propongo que, en honor a los primeros bacanales, el Día de San Baco se celebre entre la noche del 16 de marzo y la madrugada del 17. De alcoholes, cualquiera está bien (todos son hijos de Baco, al fin y al cabo), pero no puede faltar el vino. Con el paso de los años, espero poder imponer la moda de las togas, las sandalias y las coronas de laurel, pero vayamos de a pocos. En cuanto a las orgías... bueno, al que pueda, le aplaudo (y, si quiere, le paso mi dirección de correo electrónico). Supongo que, de momento, eso es todo. Restaría investigar un poco más para determinar qué platos habría que servir, pero eso lo dejo para más adelante.
Dejo, pues, esta puerta abierta al que le interese; yo, por mi lado, haré todo lo posible porque el primer Día de San Baco se convierta en una realidad digna de recordarse (o de olvidarse, dependiendo de la calidad de la borrachera). Y, entretanto, que sea hasta el 16 de marzo, a todos mis hermanos en el paganismo. Que nunca falte el vino en sus copas.

Imágen: La juventud de Baco, de William Adolphe Bouguereau

Sobre el 6

Como le prometí a mi querido amigo Santiago, he aquí la primera contribución a su blog, y espero que no sea la última. Con ustedes el pensamiento reflexivo, pero un poco ilógico, acerca del 6.

Un curioso pensamiento entro a mi cabeza el día de hoy. ¿Y si el 6 fuese en verdad la causa por el cual la brujería y el sexo fuesen vistos con malos ojos durante la edad media? No soy lingüista, ni historiador de lenguas, así que no sabría si mi pensamiento es correcto o errado, sin embargo, me puse a pensar en esto a raíz de un comentario de mi profesor de griego.
Dentro de la lengua conocida como griego antiguo, el número 6 era transcrito como "hex" (no puedo usar el alfabeto griego visto que mi conocimiento tecnológico de como agregarlos al blog son incompletos). Mi profesor griego el lunes explicó que, dependiendo de la zona y el dialecto, los griegos podrían haber alternado entre el uso del espíritu aspirado (el cual da el sonido de la "h" inglesa) y la sigma (s), lo cual habría causado que "hex" pudiese también ser pronunciado como "sex". De igual manera, una vez que el griego es traducido al latín, varias palabras alternan entre el uso de la "h" y la "s", pronunciando, por ejemplo, hepta o septa para 7, hexa o sexa para 6.
Asimismo, la biblia, que fue escrita orignialmente en griego antiguo (o al menos ciertos fragmentos), presenta dentro del Apocalipsis XIII, verso 18, el número de la bestia como el seiscientos sesenta y seis (666). Esto podria leerse de modo simple como "hex hex hex "o "sex sex sex" causando que la iglesia tome nota de estos términos como términos satánicos o más bién términos en contra de la iglesia.
De esta manera, podría entonces crearse un vínculo de los "hexes" o hechizos lanzados por practicantes de la brujería o magia negra al número de la bestia o del sexo (o sex en inglés) también siendo relacionados al número de la bestia.
Como dije, esto es una mera especulación la cual no dejo de llamarme la atención y estoy seguro que muchos encontrarían interesante.

domingo, 30 de agosto de 2009

Los silencios de Antonioni


Una imágen de Sartre: un individuo se encuentra ante los otros y se les acerca, pero su pobre "yo", encerrado detrás de un corpus de sensaciones hiperpersonales, sabe que nunca terminará de encontrarse con ellos; al final, ni siquiera es capaz de afirmar su propio yo, porque ¿qué es, al final, afirmar que uno es un individuo, o un "yo", sino construir una ilusión, apostar por una fantasmagoría, cerrar los ojos para no admitir la profunda soledad y el absurdo del que está construido? Cuando uno piensa demasiado las cosas, éstas no hacen sino revelar su carácter irracional y ambiguo, que nosotros traducimos como terrible; y, si no las pensamos, todas ellas terminan por traducirse en decepción, melancolía, tristeza... en fin, en un íntimo sabor a farsa.
El sueño de la comunicación, pues: montones de individuos lanzados a una lucha sin cuartel para alcanzar una tranquilidad personal que, en su búsqueda de armonía y unidad, no pueden hacer sino aplastar la voluntad del otro, porque no la comparten, ni la entienden siquiera. Como dijo Hobbes, citando a Plauto: "Homo homini lupus est".
Después (y aparte) de Sartre tenemos a algunos otros genios de la expresión que supieron plasmar esta terrible certeza de soledad última: Pasolini, en algunas escenas oníricas de Mamma Roma y luego, más crudamente, en la hipercrítica que desarrolla en Salò, construye una reflexión desgarradora y de tonos muy sórdidos de la condición humana. El hombre, al final, se debate entre la libertad y la represión para tejer su propia tragedia. Otro de los altos ejemplos cinematográficos sería Buñuel (Belle de jour; El discreto encanto de la burguesía; Tristana), o su "discípulo" Marco Ferreri.
Pero cuando si hablamos de las imposibilidades de la comunicación "total" y de cine, creo que es imposible no sacar a relucir el nombre de Michelangelo Antonioni: sus filmes en torno a esta cuestión tienen un sabor distinto, menos simbólico, y sin embargo hay un manejo muy lúcido y muy sobrio de los elementos visuales y sonoros para estrcturar el caos. Filmes como L'eclisse o La notte, verdaderas obras maestras, brillan por sus silencios: el diálogo casi siempre aparece como imposible y, si no, es falaz, o banal, o patético; en ellas, como en las obras de Tennessee Williams (del que siempre he pensado que Antonioni es un deudor), importa más lo que no se dice que lo que se dice, el mutismo está, siempre, lleno de sentido, mientras el discurso es esquivo, ineficaz, innecesario. Y, luego, la búsqueda de una verdad profunda, pero al final inalcanzable: el desesperado frenesí que lanza a los hombres a buscar una tierra firme y sólida donde construir un Sentido, que al final resulta imposible porque no lo podemos terminar de creer, porque no estamos solos, porque vivimos bajo la atenta mirada de los otros, esa otra suerte de verdugos.
Sin ser netamenta un existencialista (cosa que sí podría llegar a decirse de Pasolini), Antonioni supo enmarcar muy bien estos caracteres de la comunicación humana: todos esos absurdos, todas esas imposibilidades, un mar de sueños rotos. L'ecisse y La notte son dos filmes que siempre tendrán algo que decirnos sobre nosotros mismos y de los que nos rodean, o de cómo nos acercamos a ellos, y terminamos por desencontrarnos. Pero eso sí: de una estética tan cuidada y un ritmo tan mesurado, que es imposible no deleitarse ante ellas.

Incluyo una breve escena de L'eclisse. Espero la disfruten y, a la larga, les anime a ver la película.



viernes, 28 de agosto de 2009

A la sombra de Goethe


Un gigante, "menos un literato que una literatura" (dijo Borges), una máquina portentosa y monstruosa preocupada, sin embargo, fundamentalmente por el orden, la lucidez y la belleza. Con todos los requisitos y derechos, un genio: hoy, todas las ramas en las que se divide la Historia parecen deber algo a Goethe; más importante aún, todos los escritores lo hacen, así no lo sepan (tan grande es su sombra), y un incierto número de lectores sabe que sus páginas, pese a los tonos oscuros o pomposos en los que puede incurrir, son inigualables, que cada línea es única. Goethe es uno de los escritores que más peso han tenido en mi vida: una vez entrado en su universo ambiguo y, sin embargo, luminoso, nada pude ser visto con los mismos ojos, y todos los órdenes parecen trastocados. Punto y aparte.
Johann W. Goethe fue uno de los personajes más fascinantes de la historia: infatigable, entregado a una lucha constante en la que él tomaría parte en todos los campos, parece haber determinado gran parte de lo que sería, después de su muerte, Alemania, por no decir Europa. Si Hamann y Herder eran espíritus complejos y militantes, Goethe empujó el mismo carro con una sensibilidad poderisísima y una lucidez redoblada, lo que le llevaría, entre otras cosas, a anticipar, a convertirse en un precursor de muchas obras y de muchos sucesos: Kant, Darwin, Napoleón, Bismarck, la Unificación de Alemania, Schopenhauer, Hegel, Nietzsche, Víctor Hugo, Heidegger, Rudolf Steiner, Jung, Thomas Mann, Hesse... son apenas algunos de ellos.
Pero lo más importante de todo, tenemos ese montón de volúmenes que hacen su obra, de lenguaje cuidado y preciso, limado y ordenado quisquillosamente. Desde el explosivo Sturm und Drang de Las penas del joven Werther al clasicismo de sus años de madurez, pasando por sus maravillosos diarios, cartas y discursos (su Viaje a Italia es promesa de una lectura maravillosa) hasta el Fausto, su obra cumbre, donde el Romanticismo y el Clasicismo son llevados a su máxima madurez y, curiosamente, armonizados, toda la obra de Goethe parece no ser otra cosa que una escalera que no deja de ascender, y cuyo fin no podemos apreciar.
Hoy es el aniversario número doscientos sesenta del nacimiento de Goethe, más que un pilar de la cultura alemana, uno de los más importantes y sólidos de la universal. Su nombre es, hoy, casi una cifra mágica, y el solo escucharlo ya hace que uno note ese sabor peculiar que los largos años le han aliñado, con justicia. Su obra envejece y, sin embargo, no parecen sentarle nada mal las canas. Un brindis por ello, pues, y a dejar unas cuantas botellas vacías, de paso. Bien justificado está.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Los gallinazos de Barranco


¿Qué es una ciudad? Es el caótico conglomerado de edificios, calles y plazas; es la gente que va dejándose la vida por sus aceras; es la historia que, a lo largo de los años, la ha fundado, recorrido y transformado en lo que es a cada instante. Y, sin embargo, hay algo más, que nadie comenta, pero que siempre hace sentir su profunda y a menudo ambigua presencia: el sentimiento que nos invade mientras esperamos en una esquina a que el semáforo cambie; la suma de recuerdos que evocamos a medida que atravesamos sus avenidas y recodos; cierto olor y cierto sonido; el torrente de las muchas sangres que han corrido sobre su concreto; la jerga, el grito y el silencio; el color del que se tiñe la bóveda de cielo que la cubre; y, sobre todo, un infinito y a menudo inverosímil arsenal de símbolos que se elevan como banderas tarde tras tarde y noche tras noche, aunque no seamos conscientes de la vida que late detrás de sus siluetas.
Pero hablar de ciudades es, ya, casi una abstracción: los Palermo, Boca, San Telmo, Santos Lugares, Chacarita, Belgrano y Recoleta de Buenos Aires son, por sí mismos, universos distintos; en el caso de Lima, tenemos una suma de mundos distintos sólo dentro de un distrito como Miraflores. Pero yo quiero hablar de otro universo, suerte de paraíso e infierno donde vagan las almas como en un purgatorio: es decir, de Barranco, del incierto y casi imposible Barranco; y, de entre todos sus símbolos, a menudo sórdidos e impensables, quiero rescatar uno que a mí me parece fundamental: el gallinazo.
Si el gallito de las rocas es el ave nacional del Perú, el gallinazo tendría que ser nombrada el ave distrital de Barranco. Imagino que, como yo, más de uno se habrá detenido, alguna vez, a admirar la silueta de los gallinazos recortándose contra el cielo plomizo que cubre las calles barranquinas; o, sino, el contorno de su perfil resaltando sobre los naranjas y dorados del ocaso mientras permanecen posados sobre los techos y las cruces de las iglesias, como un sueño de Baudelaire; de alguna forma, estas aves representan todas esas contradicciones aparentemente imposibles de armonizar que es Barranco: la sordidez y la majestuosidad, la suciedad y la belleza, la noche y la resaca, la agonía y el frenesí, la vida que persigue a la muerte siquiera para devorarla.
Yo no sé si alguien entiende por qué digo todas estas cosas; más de uno pensará de deliro, o que sencillamente hablo porque tengo boca; y, sin embargo, creo que puedo permitirme aquí un par de confidencias que, espero, ayudarán a que entiendan cuanto digo, así como la profundidad de sentimiento y convicción con la que lo hago. La primera es la evocación de una nostalgia: yo pasé todo el año pasado (2008) lejos, en Buenos Aires, y, entre las muchas cosas que extrañaba de mi país, un día me descubrí extrañando avistar en el cielo o sobre los postes a los gallinazos, como centinelas resignados a una existencia que linda entre el patetismo y la magnificencia. Luego, a medida que pasaban los días, la añoranza de aquellas aves negras y, creo yo, hermosas pese a su difícil estética, no hizo sino aumentar, al punto que, cuando volví al Perú y avisté a mi primera bandada de gallinazos, poco me faltó para que se me soltasen un par de lágrimas de emoción.
La segunda confidencia que quiero hacerles es una vivencia bastante específica. Yo tendría unos quince o dieciséis años, y estaba sentado en mi techo a eso de las tres o cuatro de la madrugada. Reinaba un silencio que sólo cortaban los chirridos de los grillos y, de pronto, oí algo distinto, un fragor de algo que estaba entre el gorjeo y el graznido, y entonces los avisté: una bandada enorme de gallinazos atravesaban el cielo verdoso de la madrugada limeña. No sé cuántos serían, pero a mí, en ese momento, me parecieron más de un centenar. De sobra está decir que viví ese momento como una suerte de éxtasis casi místico, al punto que la imágen no se ha borrado de mi cabeza en todos estos años, y todavía soy capaz de evocarla como si la estuviese viviendo nuevamente. Sentí que era el testigo de un hecho único y superior, tal y como se habrá sentido Moisés al ver la zarza ardiendo sin consumirse. Desde esa noche, nunca volví a ver a los gallinazos con los mismos ojos.
El gallinazo, pese a que la mayoría lo tilde de feo y sucio (yo, como creo haberlo dicho ya, no comparto tal opinión), es de alguna forma algo significativo y lleno de sentido: un símbolo con reminiscencias extrañas, casi oníricas y, sin embargo sucias y carnales, llenas de polvo y letargo. Digo todo esto a sabiendas de mi propio escepticismo, pero recalcando ese tono religioso y desengañado que, por lo demás, los mismos gallinazos inspiran. Si no existe un sentido último, al menos existen símbolos que podemos llenar de un sentido distinto, terrenal y humano, que de antemano niega e insulta a los dioses, escupiéndoles en la cara. Eso son nuestros gallinazos, posados sobre las cruces dobladas de una iglesia en ruinas, centinelas de todos los ocasos.

martes, 25 de agosto de 2009

Borges


El día de ayer ha sido una de las fechas más importantes de cuantas guarda el año: entre el vino y la milonga, son ciento diez años los que se han cumplido desde el nacimiento de Jorge Luis Borges, ese escritor que, por sobre todos los demás, parece encarnar a la literatura misma en su forma más pura; ese hombre ínfimo que, sin embargo, supo volar más alto que los otros; el incomformista eterno que se detuvo a cada paso a reconsiderar sus dudas; el maestro de la ironía y la broma solapada; el infatigable lector y memorioso; el tejedor de laberintos, pesadillas y sueños.

Borges... Creo que pocos descubrimientos literarios han sido tan importantes en mi vida como el de Borges. Fueron sus ficciones, en un principio, las que me arrojaron a la imprudente decisión de estudiar la literatura; la sensación que me dejaba al cerrar sus libros era tan fuerte que, al final, no pude hacer otra cosa que empezar a escribir yo mismo. Ese año (lo recuerdo, fue el 2004), irrumpieron en mi vida de lector los libros de Borges y de Sábato, y nada fue, nunca más, lo mismo: una nueva tempestad, un nuevo torrente que iba de la furia a la mudez me arrastraron. Y es que Borges genera, de alguna forma, ese extraña religiosidad en nosotros, sus lectores, sin que nos quede otra opción que mirarlo desde abajo como a un enorme dios que murmura, evoca, sueña y, sin embargo, no deja de reírse de toda esa situación, porque se siente, él mismo, sentado por debajo de las rodillas de los demás (alguna vez, de hecho, me dediqué a razonar una hipótiesis según la cual Borges podría haber sido el verdadero creador del universo... pero esa es otra historia).

Y, pese a todo, ese otro Borges, el callado y melancólico, que se lamentaba de haber "cometido el peor de los pecados": no ser feliz. Luego, el zorro, el hombre de mente rápida que sabía siempre cómo manejar una situación complicada con la máxima elegancia y la más refinada de las ironías. Y el juego de espejos no parece detenerse nunca: miles de rostros van sumándose los unos a los otros para formar, al fin, el de un hombre que, acaso sin darse cuenta, construyó su propia leyenda, y que, de alguna forma, supo convertir al mundo mismo en uno más de sus juegos de creación y confusión.

Ernesto Sábato, que fue su máximo admirador, le dedicó algunas de las más bellas palabras a su muerte, y lo comparó con un tesoro del que, nos dice, todos los escritores argentinos han tomado su parte. Y los de todo el mundo, agregaría yo, porque hoy parece imposible esgrimir una pluma sin hacer una venia a Borges, ese hombre que es ya una suerte de símbolo que representa al universo mismo de las ficciones, al laberinto donde los creadores juegan a ser dioses. Disculpen si lo que escribo se hace confuso, pero es que no hay empresa más difícil que la de escribir sobre alguien tan grande y, ala vez, curiosamente ínfimo, que parece querer pasar desapercibido todo el tiempo... levantemos, mejor, los vasos y brindemos en silencio. Y, después, riamos, continuemos con esa comedia a la que llamamos vida y que Borges convirtió en la más bella de las literaturas. Salud.

lunes, 24 de agosto de 2009

Los gallinazos de Barranco

¿Qué es una ciudad? Es el caótico conglomerado de edificios, calles y plazas; es la gente que marcha por sus aceras; es la larga historia que, a lo largo de los años, la ha fundado, recorrido y transformado en lo que es a cada instante. Y, sin embargo, hay algo más, que nadie comenta, pero que siempre hace sentir su profunda y a menudo ambigua presencia: el sentimiento que nos invade mientras esperamos en una esquina a que el semáforo cambie; la suma de recuerdos que evocamos a medida que atravesamos sus avenidas y recodos; cierto olor y cierto sonido; el torrente de las muchas sangres que han corrido sobre su concreto; la jerga, el grito y el silencio; el color del que se tiñe la bóveda de cielo que la cubre; y, sobre todo, un infinito y a menudo inverosímil arsenal de símbolos que se elevan como banderas tarde tras tarde y noche tras noche, aunque no seamos conscientes de la vida que late detrás de sus siluetas.

Pero hablar de ciudades es, ya, casi una abstracción: los Palermo, Boca, San Telmo, Santos Lugares, Chacarita, Belgrano y Recoleta de Buenos Aires son, por sí mismos, universos distintos; en el caso de Lima, tenemos una suma de mundos distintos sólo dentro de un distrito como Miraflores. Pero yo quiero hablar de otro universo, suerte de paraíso e infierno donde vagan las almas como en un purgatorio: es decir, de Barranco, del incierto y casi imposible Barranco; y, de entre todos sus símbolos, a menudo sórdidos e impensables, quiero rescatar uno que a mí me parece fundamental: el gallinazo.

Si el gallito de las rocas es el ave nacional del Perú, el gallinazo tendría que ser nombrada el ave distrital de Barranco. Imagino que, como yo, más de uno se habrá detenido, alguna vez, a admirar la silueta de los gallinazos recortándose contra el cielo plomizo que cubre las calles barranquinas; o, sino, el contorno de su perfil resaltando sobre los naranjas y dorados del ocaso mientras permanecen posados sobre los techos y las cruces de las iglesias, como un sueño de Baudelaire; de alguna forma, estas aves representan todas esas contradicciones aparentemente imposibles de armonizar que es Barranco: la sordidez y la majestuosidad, la suciedad y la belleza, la noche y la resaca, la agonía y el frenesí, la vida que persigue a la muerte siquiera para devorarla.

Yo no sé si alguien entiende por qué digo todas estas cosas; más de uno pensará de deliro, o que sencillamente hablo porque tengo boca; y, sin embargo, creo que puedo permitirme aquí un par de confidencias que, espero, ayudarán a que entiendan cuanto digo, así como la profundidad de sentimiento y convicción con la que lo hago. La primera es la evocación de una nostalgia: yo pasé todo el año pasado (2008) lejos, en Buenos Aires, y, entre las muchas cosas que extrañaba de mi país, un día me descubrí extrañando avistar en el cielo o sobre los postes a los gallinazos, como centinelas resignados a una existencia que linda entre el patetismo y la magnificencia. Luego, a medida que pasaban los días, la añoranza de aquellas aves negras y, creo yo, hermosas pese a su difícil estética, no hizo sino aumentar, al punto que, cuando volví al Perú y avisté a mi primera bandada de gallinazos, poco me faltó para que se me soltasen un par de lágrimas de emoción.

La segunda confidencia que quiero hacerles es una vivencia bastante específica. Yo tendría unos quince o dieciséis años, y estaba sentado en mi techo a eso de las tres o cuatro de la madrugada. Reinaba un silencio que sólo cortaban los chirridos de los grillos y, de pronto, oí algo distinto, un fragor de algo que estaba entre el gorjeo y el graznido, y entonces los avisté: una bandada enorme de gallinazos atravesaban el cielo verdoso de la madrugada limeña. No sé cuántos serían, pero a mí, en ese momento, me parecieron más de un centenar. De sobra está decir que viví ese momento como una suerte de éxtasis casi místico, al punto que la imágen no se ha borrado de mi cabeza en todos estos años, y todavía soy capaz de evocarla como si la estuviese viviendo nuevamente. Sentí que era el testigo de un hecho único y superior, tal y como se habrá sentido Moisés al ver la zarza ardiendo sin consumirse. Desde esa noche, nunca volví a ver a los gallinazos con los mismos ojos.

El gallinazo, pese a que la mayoría lo tilde de feo y sucio (yo, como creo haberlo dicho ya, no comparto tal opinión), es de alguna forma algo significativo y lleno de sentido: un símbolo con reminiscencias extrañas, casi oníricas y, sin embargo, sucias y carnales, llenas de polvo y letargo. Digo todo esto a sabiendas de mi propio escepticismo, pero recalcando ese tono religioso y desengañado que, por lo demás, los mismos gallinazos inspiran. Si no existe un sentido último, al menos existen símbolos que podemos llenar de un sentido distinto, terrenal y humano, que niega a los dioses de antemano. Eso son nuestros gallinazos, posados sobre las cruces dobladas de una iglesia en ruinas, centinelas de todos los ocasos.

sábado, 22 de agosto de 2009

Los Comfort de Richard Avedon: entre la fábula y la reflexión


Del hombre que fué Richard Avedon no es necesario decir mucho: su memoria pertenece ya a la gloria, y su nombre se recuerda, al lado de otros como los de Penn o Weston, como el de uno de los máximos exponentes de la fotografía norteamericana. Y, sin embargo, cuando hablamos de Avedon siempre parece haber un espacio más, un algo lleno de silencio que no podemos explicar y que, empero, sentimos como una tempestad de significados ocultos. Porque Avedon fue algo más que el revolucionario de la fotografía de modas o el autor de algunos de los foto-retratos más famosos de celebridades (entre ellas se cuenta una de las mejores fotografías que se han hecho de Janis Joplin), sino que hay un rincón de su obra que parece estar en una fuga constante hacia la significación profunda y oscura, entre los bailes, el horror, la belleza y el rito.

Entre otras cosas, podemos recordar su colección In american west, un viaje fotográfico a través del oeste norteamericano y, sobre todo, a través de las personas que lo habitan en silencio: prostitutas y granjeros, vagabundos, amas de casa, presos... Y, sobre todo, quiero mencionar, aquí, In memory of the late Mr. and Mrs. Comfort. Se trata de una fábula narrada a través de imágenes, donde se nos relata la "historia" de Mr. Comfort (un esqueleto) y Mrs. Comfort (una mujer): amor, deseo, sumisión, sexo, desencuentro, separación... Al final, una increíble reflexión en torno a las relaciones humanas, a la consciencia del "otro", a la lujuria profunda y morbosa y a la muerte. Yo, personalmente, lo considero uno de los proyectos fotográficos más serios y profundos de la historia (al lado de las series de desnudos de Weston y Araki, los retratos histórico-urbanos de ciudades de William Klein o los ensayos de reflexión de Man Ray). Yo me pregunto, de pasada, si el apellido Comfort será una casualidad o si fue elegido premeditadamente, pensando en el alguna vez famoso Alex Comfort, autor de The Joy of Sex, un manual de consejos para el sexo que fue muy leído en los años setenta (y que es una lectura sumamente entretenida).

Pero veamos, mejor, qué opinan ustedes: desgraciadamente, no puedo poner la serie de fotografías completa, pero he elgido algunas del montón para que sirvan de introducción a la obra de este genio.

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