viernes, 21 de agosto de 2009

El centenario del "Lunario" de Lugones


El otro día, durante el transcurso de una clase, me hicieron notar que este año se cumple el centenario del Lunario Sentimental, una de las obras poéticas más importantes y representativas, si no la más, de ese escritor argentino tan grande y, sin embargo, tan injustamente olvidado: Leopoldo Lugones, la mayor figura del modernismo en Argentina, y uno de los autores más influyentes y centrales de la historia de su literatura.

Entre la esperanza, la nostalgia del pasado, la grandeza y el crudo escepticismo, Lugones surge como un gigante, una pluma cargada de tierra, de sangre, de luz y de sombras, para tejer una suma de versos exquisitos y oscuros. Es por él que el Martín Fierro se convirtió en la obra capital que es para los argentinos, y a su autoría debemos la, según Borges, más exquisita biografía de Sarmiento. Porque ningún género parece haber sido suficiente para Lugones: poesía, novela, ensayo, biografía, crónica... siempre a través de un lenguaje poblado de metáforas enigmáticas y rimas precisas. El Lunario sentimental, por su lado, es un afluente del simbolismo francés, pero eso es lo de menos: lo que importa, en el fondo, es la calidad, el cuidadísimo estilo de sus prodigiosos versos, altisonantes y misteriosos como lo impone la escuela de Darío (de la que Lugones es, creo yo, el mejor exponente).

El olvido de Lugones es uno de los grandes defectos de los argentinos de hoy. Pese a las líneas llenas de admiración que le han dedicado, entre otros, Borges (que lo llamó "el máximo escritor argentino"), Sábato o Güiraldes (otro injustamente olvidado), hoy nadie parece recordar al poeta que fue grande y magnífico, al que fue un pilar y una tumba, al torturado que, empujado por la desesperación, se quitó la vida en una de las islas del Tigre hacia 1938. Y, sobre todo, al autor de versos tan memorables como los que incluye el Lunario Sentimental, la obra por la que este año hay que poner un vaso sobre la mesa.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El inagotable Xul Solar


Creo que nadie terminará nunca de explotar la polifacética (y, si se quiere, poliédrica) personalidad de Xul Solar, un argentino que, en vida, parece haber sido de todo: poeta, astrólogo, traductor, vanguardista, humanista, políglota, ajedrecista (y "penajedrecista") y bromista, así como un prolijo inventor de juegos, idiomas y juegos de palabras que podían llegar a ser inverosímiles además de muy inteligentes. Hoy en día, sin embargo, se lo recuerda sobre todo por sus maravillosas pinturas, todas ellas fiel reflejo de su autor: excéntricas, tiradas de los pelos, profundas y magníficas.

Pero, ¿quién fue Alejandro Xul Solar? La pregunta no sólo es difícil de contestar, sino que creo que es imposible hacerlo con justicia. Porque claro, es muy fácil decir que Xul Solar fue uno de los máximos exponentes de la vanguardia pictórica argentina, al lado de otros como Schiaffino o Norah Borges (la hermana de Jorge Luis); que estudió artes en Europa, y que fue uno de los primeros en practicar las técnicas de los fauvistas y los cubistas de este lado del mundo... pero lo difícil es dar el verdadero paso: decir, cabalmente y sin rodeos, cuál fue ese Xul Solar que, como un titiritero, tiraba de los hilos de todas sus facetas y juegos, a la vez que de cada uno de sus trazos, entre la sonrisa y el llanto. Porque hay muchas máscaras, y, sin embargo, un rostro.

Jorge Luis Borges, que fue su amigo íntimo, dijo alguna vez de Xul Solar que él, a diferencia de todos los demás, no se contentaba con aceptar el universo: él vivía recreándolo a cada momento, modificándolo. Poco antes, lo compara con William Blake (aunque advierte que una figura como la de Xul no admite comparaciones), y dice algo que a mí me fascina, algo que inevitablemente me toca en lo más profundo: "Creo que uno puede simular muchas cosas, pero nadie puede simular la felicidad. En Xul Solar, se sentía la felicidad: la felicidad del trabajo y, sobre todo, de la continua invención".

Y, sin embargo, la felicidad no le impidió a Xul Solar abrazar cierta forma de melancolía: un desgarro que fácilmente advertimos como profundo, pero frente al cual se levanta esa especie de enorme Dios gnóstico que fue Xul Solar, para devorarla y convertirla en un nuevo juego, en una nueva forma de reinventar su mundo; también el nuestro, cada vez que nos paramos al frente de uno de sus cuadros, o incluso cada vez que nos volvemos a pensar en la figura y las obras de este hombre de genio tan original y único, tan desaforado y lúdico que no nos deja más opción que abrir mucho la boca y no decir nada en lo absoluto.

Incluyo aquí dos obras de Xul Solar: la primera lleva por títula Rua Ruini; la segunda, Vuel Villa.


Del futuro de las biografías, o una reflexión en torno a la (de)construcción del futuro pasado

Como miembro de mi siglo, no puedo evitar sentir cierta lástima por los biógrafos del futuro (si es que todavía podemos creer en un futuro, claro está). Es decir, imaginemos al buen y pobre tipo que, de aquí a setenta o cien años, decide que es hora de escribir la biografía de algún sujeto de mi generación o de las de sus alrededores y que, cuando decide ponerse manos en la masa, se da cuenta de que tiene muy poca masa, y casi nada de material biográfico con qué trabajar.
Es decir: estamos en la era del "consume y desecha" a la que nos obligan el virtualismo y sus consecuencias. Ya nadie escribe y guarda sus cartas: hoy, escribimos mails que borramos, si no en seguida, al menos si pasado algún tiempo (¿días, semanas, meses?); yo no uso el facebook, pero ese también es un medio de socialización repleto de material biográfico que, con el paso del tiempo, pasa a ser borrado. Hoy, la información es virtual, no tiene una categoría física que lo respalde, y como tal pasa a ser erradicado en muy pocos segundos y con absoluta comodidad. De alguna forma, vivimos muy anclados en el presente, borrando de a pocos, y sin darnos cuenta siquiera, de lo que será nuestro pasado. Habría que preguntarnos cuál es nuestro historicismo.
¿Si soy un crítico asqueado, un reaccionario absoluto y enemigo de los nuevos medios como, digamos, un Ray Bradbury? Claro que no: si lo fuera, no tendría correo electrónico, ni administraría un blog. Pero si mantengo una postura crítica respecto a ciertas consecuencias de lo que será en un futuro nuestra situación actual. ¿Un llamado a preservar nuestro pasado personal? No, no... a mí no me interesan los manifiestos ni los llamados colectivos. Sólo me siento a reflexionar un poco. Pero a quien tenga ganas de oír mi opinión, creo que vale la pena preservar ciertas cosas, no desecharlo todo. Y no todo lo que digo lo digo en un sentido hegeliano del historicismo, sino también desde mi realidad individual. Es decir: de cuando en cuando, me gusta sentarme a leer los correos electrónicos que tengo guardados de meses o años anteriores (porque nunca borro los correos, a excepción de los que me llegan de programaciones de lugares, msn o cosas así), y me dan un par de horas de dulce nostalgia. Como decía Ernesto Sábato, "vivir es construir futuros recuerdos", y... ¿por qué no poder volvernos hacia ese pasado que estamos construyendo y disfrutar de su ausencia por unos instantes?
Tiempo, realidad, pasado... palabras muy grandes que, en el fondo, hablan de cosas muy chicas, íntimas. Pero si nos la pasamos echando al tacho todas "aquellas pequeñas cosas", como dice Serrat, ¿no nos desligamos un poco de nosotros mismos? Y, de paso, alguno habrá que, a algún futuro biógrafo, le estará dando un motivo de alivio.

sábado, 15 de agosto de 2009

La doble mirada de Laura Viñas


Entre la inocencia y la sordidez, como una niña abandonada en el medio de un campo de batalla, es que se planta la obra de Laura Viñas, una suma de retazos donde se enfrentan sin violencia el suspiro, el llanto, la risa y el verso. Claro que todo esto suena mucho a solapa de libro, pero es que no encuentro una forma más justa para empezar a decir algo sobre estas pinturas. Creo que fue Picasso (un genio al que no admiro casi para nada, pero que tuvo un don para decir sutilezas) el que dijo que había tardado años para aprender a pintar como un niño; una esencia similar a estas palabras es lo que encuentro en la pintura de Viñas: una candidez que fuma cigarrillos, que conoce su fuerza y su debilidad. Una doble mirada a la vez caótica y tímida.

A mí estas pinturas me fascinaron desde un principio, sobre todo por su carácter, sumamente personal, que habla de la persona que esgrime el lápiz o el pincel. Todo lo contrario a lo que sucede con muchos pintores: nadie sabe cómo distinguir de quién son sus cuadros. Y, necesariamente, por esta misma impresión de la personalidad, la obra de Laura Viñas es de esas que juegan a la mascarada, desnudándose, sin embargo, muy lentamente. Intimidad, desgarro y, sin embargo, una sonrisa que no borra las lágrimas, un carnaval de payasos tristes.

¿Hablar de formas? Como en Xul Solar o en Tola, en la obra de Viñas los colores son algo más que una excusa: son un motivo, una forma de mirar (y de sentir) el mundo: los amarillos y los rojos parecen luchar contra las figuras que van contornando, y sin embargo son inseparables, forman parte de una misma perspectiva, de una misma realidad.

Una obra, pues, silenciosa, que susurra y suspira en lugar de lanzar alaridos. Remota y cercana, como un espejismo, pero que no deja de hacernos sentir su presencia. Y, sobre todo, cuidada, mesurada en secreto, bella.


1. (Arriba) "Cuando te arrancan la piel"
2. "Mi desierto"
3. Sin título

martes, 11 de agosto de 2009

Italia celebra los (casi) cincuenta años de "La dolce vita"


Creo que cualquier persona que haya visto La dolce vita, más allá de si le gustó o no, sabe que no se trata de un filme común y corriente, sino más bien de una de las obras más complejas e infinitas de toda la historia del cine. Yo no me canso de verla una y otra vez, y, de alguna forma, la película sigue siendo nueva, como si nunca antes la hubiese visto; creo (pero claro, esto es una valoración personal) que La dolce vita, Amarcord y Otto e mezzo son la cumbre de la obra de Fellini, la cima de toda esa vastísima obra que, en ningún momento, tiembla o cae, que nunca deja de ser genial.

¿A qué viene todo ésto? Bueno, a que, mientras escribo estas líneas, en Italia empiezan a ponerse ansiosos: el año que viene, se cumple el aniversario número cincuenta de este filme único y genial, el alguna vez más detestado y, ahora, más simbólico de Italia. Pero los italianos no parecen querer esperar, y quieren empezar a celebrarlo desde mucho antes, a través de un documental de Tullio Kezich: Noi che abbiamo fatto la dolce vita. Dice el Corriere della Sera del pasado viernes:

"Sono i 50 anni della Dolce vita. Il ciak 39 del primo film italiano di 3 ore fu battuto il 16.3.1959 nel teatro 10 di Cinecittà, la scaletta verso la cupola di San Pietro con la Ekberg che corre vestita da cardinale. E a batterlo fu il giovane Gianfranco Mingozzi, ex aiuto del Maestro, che ora ha girato grazie a Raisat e la Fondazione Fellini il documento Noi che abbiamo fatto la dolce vita. L' idea è di Tullio Kezich, amico e complice del regista riminese («con Federico - ha ricordato - ho vissuto giornate straordinarie e continuo a viverle») che ha scritto anche l' omonimo libro Sellerio, e allora seguì giorno per giorno le riprese del film più misterioso della storia. Il film di 80' verrà presentato sabato al Festival di Locarno e in autunno va in onda su Raisat: svela i segreti di quelli che parteciparono all' impresa, dentro al cerchio magico di Fellini che, come racconta il costumista Piero Gherardi, si esprimeva telepaticamente."

"El día de todas las almas", de Cees Nooteboom


Bueno: porque lo prometido es deuda, me voy echando de los hombros la pereza y, al fin, me decido a sentarme para decir un par de cosas sobre la que quizá sea la novela más trascendente de las que voy leyendo este año: El día de todas las almas, del ya muy mentado Cees Nooteboom, el escritor holandés más importante de estos últimos tiempos, conocido por su cosmopolitismo y sus usanzas de nómade.

¿Por qué, imitando el estilo de las solapas de libros, señalo estas dos últimas cosas? Porque creo que son parte fundamental de la novela en cuestión: El día de todas las almas, una novela comparable, por su totalidad, con las de Sábato, nos presenta en su personaje principal, Arthur Daane, a una suerte de Ulysses contemporáneo, en el sentido en que su vida, como tal, no es sino un constante deambular, un ir dando tumbos en búsqueda de un Sentido, de una Ítaca a la que, sin embargo, no sabe cómo llegar. En torno a este impulso desesperado, se construye un universo fascinante, lleno de entrecruces psicológicos, de reflexiones históricas, filosóficas y estéticas que, en el fondo, no dejan de ser parte de esa búsqueda. Y, de alguna forma, también las ciudades forman parte de esta agonía: Berlín, Amsterdam, Madrid; escenarios de desgarre existencial y de profundos debates "espirituales". La persecución del hogar en las sombras del arte, de la belleza, luego del amor, es el Leitmotiv que va empujando a Arthur Daane a lo largo de toda la obra, expresado a través de una narración a veces oscura, pero siempre precisa y con altos momentos poéticos.

El azar y lo curioso del nombre de su autor fueron lo que me impulsaron a comprar esta novela: de más está decir que no sólo no he tenido ocasión de arrepentirme, sino que me basta con verla entre mis demás libros para sentir, enseguida, el deseo de tomarla y releerla de cabo a rabo. Por eso es que seguiré insistiendo: a Nooteboom, todos los malditos honores que puedan dársele: los tiene más que bien merecidos.

domingo, 9 de agosto de 2009

Jaspers: Tensión y belleza


Casi todos los historiadores de la filosofía reconocen dos troncos (o dos ramas del mismo tronco, diría yo) a través de los cuales se desarrolla el movimiento conocido como existencialismo. La primera ramificación pertenece al llamado existencialismo fenomenológico, que se desarrolla a partir de la filosofía de Husserl, a la que pertenecen, entre otros, Heidegger y Sartre. La segunda se desarrolla sobre la obra de Kierkegaard y, sobre todo, en base a su "estilo" de filosofar: es decir, viendo la filosofía como una reflexión del individuo (o existente) sobre sí mismo, lo que da por resultado una obra mucho más íntima, personal y, en cierto modo, cálida.

Uno de los más altos puntos de esta segunda rama del existencialismo es Karl Jaspers. Su obra tiene la fascinante característica de ser irresistible, y es a la vez desgarradora y, volviendo a usar la palabra, cálida, como la de un hombre que recibe su sentencia de muerte con una sonrisa. Leerlo, de más está decirlo, es un viaje lleno de curvas agudas y de vueltas inesperadas. Uno nunca sabe lo que le espera al final de un párrafo, ni mucho menos en el siguiente. A lo largo de todo el texto, deja intuir una esperanza que, sin embargo, no hace sino rechazar constantemente, lo que llena al lector de una sensación digna de lo que nos está describiendo el autor: la tensión del existente.

"Tensión": creo que esta es una palabra fundamental para referirse a la obra de Jaspers. Como él mismo señala: "En la existencia está la fe y está la desesperación. Frente a ambas, se encuentra el deseo de descanso eterno, donde la desesperación se ha hecho imposible y la fe se ha convertido en contemplación" (Filosofía de la existencia); pero todo esto no pasa de ser sino eso: deseo, esperanza; jamás se hace realidad tangible o directa: su categoría de realidad permanece en la de las ilusiones. Creo que esta cita deja intuir lo que proyecta la obra de este hombre: es el análisis del individuo desde la soledad del individuo mismo, es el largo debate con uno mismo, el monólogo descarnado. Como filósofo, Jaspers pertenece a la misma especie que Séneca, Schelling, Kierkegaard y Nietzsche. Pero el resultado del proceso de existir, nos dice, no es otra cosa que la tensión misma: entre el deseo de trascendencia y la fatalidad de la inmanencia. En otras palabras, "Todo existente lleva ya en sí la perdición" (Ibíd).

La historia de la filosofía está llena de poesía. Jaspers tuvo el don de escribir sobre los no siempre oscuros procesos de la Perdición de la existencia con gracia, con elegancia y con una no del todo resignada resignación.

viernes, 7 de agosto de 2009

Pasolini homenajeado


Jamás recibió una nominación siquiera para los premios de la academia (y, lo más probablemente, ni siquiera los hubiera querido), pero recibe, a cambio, un culto casi religioso en otros cícrulos, no necesariamente pequeños o camuflados. Con motivo del Festival de Cine en Lima, el Centro Cultural de la Universidad Católica ha elegido, este año, a Pier Paolo Pasolini para rendirle un homenaje; se proyectarán algunas de sus películas (su "Trilogía de la vida") y documentales en torno a su figura, y se realizará una exposición de fotos sobre su persona y obra. Yo, particularmente, no pienso perderme la proyección de La rabbia di Pasolini, un documental sobre su proyecto artístico en general. Es, en todo caso, una gran oportunidad para cualquier interesado para acercarse a este genio único, uno de los mayores y, quizá, el de filo más desgarrador (al lado de otros como Sartre o Sábato) del siglo pasado. Las copas en alto, obviamente, y como para no perdérselo. Para más información, revisen la sección de Luces del diario El Comercio del 6 de agosto, o entren a la página del Centro Cultural Pucp.

Añado un detalle, un video de la gran Giovanna Marini interpretando en vivo la canción Lamento per la morte di Pasolini, escrita y grabada originalmente por Francesco de Gregori, uno de mis cantautores preferidos en todas las lenguas. Por tu eternidad, Pier Paolo.


p.d. Esa chica que está entre la Marini y la tía de la bufanda roja... ma chè bella ragazza, eh?

miércoles, 5 de agosto de 2009

Nooteboom: Amar la vida es también hablar de la muerte

En torno a la aparición de su nuevo libro, Tumbas de poetas y pensadores (que ya compré, aunque aún no he podido echarle una hojeada), está esta sensacional entrevista a Cees Nooteboom, uno de los escritores más talentosos y originales de este lado de la historia, y aún de toda la hisotoria de las letras. No lo negaré: soy muy injusto al no haber dedicado, hasta ahora, una larga entrada dedicada a él y a su obra, pero es que cada vez que lo intento, no sé por dónde empezar, seguir o terminar (de todos modos, uno de estos días terminaré de ordenar mi mente y me sentaré a escribir algo sobre su novela El día de todas las almas, lo prometo). A quien lo haya leído, y por tanto sepa del genio de este escritor, y también al que le llame la atención, les dejo esta entrevista, bastante larga, cierto, pero digna de verse de inicio a fin.

martes, 4 de agosto de 2009

Shelley


Son ya 217 años los que se cumplen desde el nacimiento de Percy B. Shelley, el gran poeta romántico inglés que, al lado de su buen amigo Byron, representaron a los llamados poetas "satánicos", por el tono oscuro y licencioso con que escribían y llevaban sus vidas.

Siempre predispuesto a la queja y a la rebeldía, jamás deseoso de dar su asentimiento, Shelley conoció la infamia, e, increíblemente, le puso la otra mejilla, como un espíritu masoquista para el que nunca bastasen el odio ni la incomprensión de los demás. La publicación de su panfleto La necesidad del ateísmo le valió la expulsión de Oxford; pocos años después, lo encontramos en Irlanda, unido a los panfletistas radicales y, luego, de vuelta en Londres, impulsando el anarquismo. Algún tiempo después, lo encontramos en Suiza, acompañado de Byron: se da entonces la famosa velada en la que se propone un concurso de escritura de historias de terror (la ganadora sería Mary, la esposa de Shelley, con su novela Frankenstein). Pasan los años, y Shelley no deja de moverse de un lado al otro de Europa, acaso considerándose ya, como Byron, un autoexiliado.

Pero Shelley es algo más que una vida de rebeldía y mofa. Desde que lo leí por primera vez, siempre he considerado sus poemas como algunos de los mayores que se han escrito en lengua inglesa (muy superior, a mi parecer, a Wordsworth, o aún a Keats). Ozymandias, Mask of Anarchy, Mont-blanc o su Oda al Cielo son algunos ejemplos de su altísima poesía; otro, sería su Adonais, una elegía por la muerte de Keats. También fue un gran dramaturgo, y su Prometeo liberado (del que yo, desgraciadamente, sólo he podido leer un fragmento en una antología) tiene líneas excelentes y un ritmo sumamente personal.

¿Quién fue Percy B. Shelley en mi vida? Esa es una buena pregunta. Conocí a Shelley tardíamente, muchos años después que a Byron, y aún después que a Coleridge. Pero Shelley tiene algo distinto: sin lograr la profundidad metafísica ni la calidad estética de un Byron, tiene, sin embargo, un ritmo muy distinto, y su poesía goza de una suerte de tono que hace pensar, más que en una suma de versos, en el procedimiento de un ritual pagano.

Su muerte fue digna de su persona, y casi la pudo haber escrito él mismo (como Keats o Pasolini podrían haber escrito las suyas): murió ahogado en la costa italiana, luego de naufragar en una tempestad. Sus restos fueron recogidos por sus amigos (Byron entre ellos) e incinerados en la playa, a excepción de su corazón, que Mary Shelley guardó consigo hasta su muerte.

Y el día de hoy, tan lejano a sus días de vida, me es imposible no pensar en este hombre y en sus versos. Son 217 años los que han pasado desde el día que nació el poeta que se llamó Shelley, y es en honor a esos años que levanto un vaso lleneo e invito a quienes quieran acompañarme a brindar. Salud, Shelley.
Ozymandias
I met a traveller from an antique land
Who said: Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them, on the sand,
Half sunk, a shattered visage lies, whose frown,
And wrinkled lip, and sneer of cold command,
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamped on these lifeless things,
The hand that mocked them, and the heart that fed;
And on the pedestal these words appear:
"My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!"
Nothing beside remains. Round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare
The lone and level sands stretch far away.

lunes, 3 de agosto de 2009

Le Orme


Todos sabemos bien qué es lo que sucede cuando reúnes un poco de música clásica, otro algo de rock psicodélico, variaciones de jazz y, de cuando en cuando, de acuerdo a la receta, una dosis de alucinógenos: una música jodidamente buena y extraña. Es decir, rock progresivo, el Monstruo genial que nació de la todavía inocente psicodelia.

Ahora bien: es inevitable que, cuando nos hablan de rock progresivo, pensemos, automáticamente, en Inglaterra; y no es para menos: Emerson, Lake & Palmer, Genesis, Yes y Pink Floyd (cuando el proyecto musical se convierte en una nueva forma de interpretar la realidad) son ejemplos más que suficientes para demostrar quién la tiene más grande. Pero eso no significa que sean los únicos: Italia, país acostumbrado desde hace siglos a ver surgir "revoluciones" culturales, no se demoró en encender su propia antorcha, y muy pronto empezaron a sonar dentro de sus fronteras los órganos hammond, las guitarras distorsionadas y los mellotrones,.

Le Orme (literalmente, "Las huellas") se ubica entre las primeras bandas del nuevo rock psicodélico-progresivo de Italia. De algún modo, recuerdan, a la vez, a lo que fue el primer Pink Floyd (antes de que Syd Barrett partiese) y a lo que llegó a ser Emerson, Lake & Palmer en su momento más enfermo. No fueron, ciertamente, los mejores, y otras bandas como Banco del Mutuo Soccorso o los Premiata Forneria Marconi (el máximo exponente del género en Italia) lo superan por mucho, pero eso no les quita lo grandioso, lo excéntrico ni lo innovador. En fin, que hablamos de grandes, de una propuesta muy buena y sumamente original. Pero para qué se los digo yo: mejor escúchenlos a ellos.


viernes, 31 de julio de 2009

Fausto... ¿al fin?

A muchos podría parecerles muy extraño que, hasta el día de hoy, no se haya llevado a cabo ninguna buena adaptación cinematográfica del Fausto de Goethe; hasta que uno lee la obra, claro está, y se da cuenta de lo... complicado, digamos, de semejante proyecto. De hecho, toda la tradición "faustica" parece no congeniar demasiado bien con las cámaras, y el tema ha sido muy dejado de lado (hay excepciones, claro está, como Mephisto, de Istbán Szabó, que es una joya). Pero cuando uno se para a pensar un momento y pasa revista de algunos de los experimentos cinematográficos que se han hecho o que se están haciendo ahora mismo (filmes como la irrepetible y genial The Wall, de Roger Waters, o la nueva versión de Alicia en el País de las Maravillas por Tim Burton), uno tiene que pensárselo dos veces; más aún si recordamos que el Fausto de Goethe tiene la maravillosa cualidad de ser inagotable, múltiple, infinito. Y todo esto, de hecho, bien podría estar cambiando: Philipp Hochhauser acaba de llevar a cabo la hercúlea tarea de escribir y dirigir una nueva película basada en el guión original de Goethe, titulada Faust. Les dejo el trailer debajo, para que le den un vistazo; a mí, particularmente, me ha dejado con unas ansias insufribles de ver la película, que de momento sólo está circulando en círculos muy estrechos, participando en festivales y demás; pero quién sabe: con algo de suerte, llegará a las salas de cine latinoamericanas (o a las manos de nuestros geniales "piratas" y, luego, a los estantes de Polvos Azules). Por cierto, me gustaría comentar, también, que me gusta mucho la que parece ser la representación de Mefistófeles. ¿Soy el único que siempre ha pensado que el mejor actor para ese papel hubiera sido Malcolm Mc'Dowell? Lástima que no vaya a ser él, pero de todos modos parece que lo hace muy bien.

jueves, 30 de julio de 2009

Un tal Camilo José Cela


Creo que la única forma justa de mencionar a Camilo José Cela es así, con sus dos nombres y apellido: tres palabras que, unidas, dan una muy buena idea de lo que es la obra de este escritor: solidez, crudeza, fuerza e ironía. Y, también, poesía, porque hablamos del autor de una de las prosas más exquisitas de lo que ha venido siendo la literatura española de los últimos siglos, si es que no la más.

Un momento que creo nunca olvidaré fue la ya lejana noche en que abrí por primera vez La Colmena. Lo primero con lo que me topé fue con una serie de prólogos a las diferentes ediciones de la novela, a través de los cuales el autor reflexionaba en torno a varios puntos que, luego, se enmarañarían entre las páginas. Esa noche descubrí un sabor de literatura que nunca antes había conocido, que era absolutamente nuevo para mí. Cada vez que leía eso de no dejarnos vencer por la tristeza, un sentimiento muy extraño se revolcaba en mis entrañas mientras me acariciaba el paladar. Y, luego, esa cita a la que no dejo de volver a cada momento: "La literatura no es una charada: es una actitud". Después, empieza la obra (que no es exactamente una novela), que, definitivamente, incluyo entre mis favoritas: la suma de retratos, sonidos, imágenes, personajes y diálogos que es La Colmena ha sido una de mis mayores vivencias como lector. Además, hay un punto que me gustaría señalar acerca de la obra de Cela en general y de La Colmena en particular, y lo hago como un lector hispanoparlante no nacido en españa: es imposible leer a Camilo José Cela sin la entonación particular que dan los españoles al idioma español, como si en esas páginas estuviese capturado algo de la España que fue, de la España que es. Esta es una forma de lectura que sólo se me ha vuelto a imponer tiempo después, leyendo La Nardo de Ramón Gómez de la Serna, y en mucho menor escala. Pero claro, si hablamos de dos genios como ellos...

Pero hay otro Camilo José Cela, que sin embargo no deja de ser el mismo: el Cela personaje, el Cela entrevistado, el Cela que alguna vez anduvo por las calles de Madrid o de Mallorca y que era un especialista del humor y la grotesquería con el mejor estilo medieval. Vivencias extrañas, bromas y ocurrencias tiene de sobra en su biografía: meterse, muy elegantemente vestido, a una fuente durante la inauguración oficial de una estatua en su honor; comerse un grillo una noche en un bar sólo para demostrar a una señora que se trataba de una criatura inofensiva; o quemar su licencia de conducir sólo porque no entiende el sentido de las normas que lo obligan a, entre otras cosas, detenerse en las esquinas y ante los semáforos. Pero las historias sobran (en sus entrevistas hay montones), así como las bromas. Una que narra en el transcurso de una entrevista con el Paris Review, por ejemplo, es que estaba en una reunión del congreso, muy aburrido, y que uno que estaba hablando en ese momento le llamó la atención y lo acusó de eestar dormido, a lo que Cela respondió que no, que no estaba "dormido", sino que estaba "durmiendo". Cuando el otro le dijo que esas dos palabras eran lo mismo, Cela, con infinito tino y con astucia de zorro, le respondió que no era así: que, del mismo modo, no era lo mismo estar "jodido" que estar "jodiendo".

En fin, un breve brindis por Cela, un escritor al que debo mucho y que merece ser más recordado de lo que es últimamente. Ya casi nadie habla de Cela, y sin embargo... sólo puedo decirles que lo lean, que se dejen arrancar por sus páginas. Aunque, ciertamente, a él no le importaría demasiado lo que le digan, o lo que dejen de decirle.


p.d. Vean la entrevista que le hace J. Soler Serrano a Cela, que está colgada en Youtube y es, sencillamente, genial.

Lenore, the cute little death girl


Recién llegado a Lima tras unos días en el campo, retomo las armas (palabras, comas, café, cigarrillos, puntos y comillas), y vuelvo al ruedo. Empezaré, pues, recordando una vieja serie de cortometrajes animados... yo tendría cuánto, trece o catorce años cuando la pasaban por la televisión, por las noches, muy tarde, y no había nada como esa espera a que de pronto, entre un programa y otro, pasasen un episodio de Lenore, the cute little death girl.

La serie en cuestión trata de Lenore, una niña que murió a los diez años mucho tiempo atrás que, por algún motivo, ha vuelto a la vida, y que se ve rodeada por una serie de extraños y grotescos personajes (el vampiro Ragamuffin convertido en peluche, Taxidermy, Mr. Gosh...) que parecen arrancados de algún delirio de Tim Burton. Pero lo más atractivo de la pequeña Lenore es la mezcla de sadismo e inocencia que encarna, como apenas consciente de lo sanguinaria que es, manteniendo siempre en acción un juego del que nunca podemos estar seguros que ella note en alguna proporción. Es, en fin, una serie encantadora, entretenidísima, original y muy bien escrita.

Y, ya que llegamos a este punto, hablemos de autorías. Esta serie está inspirada por el cómic del mismo nombre, creado y escrito por el artista y mago Roman Dirge, autor, entre otras cosas, de muchos de los guiones del conocido Invasor Zim. Dirge, sin embargo, encontró las semillas para Lenore, su mejor creación, en la vieja literatura; en este caso, el poema Lenore, de Edgar Allan Poe (que no es un buen poema, y que yo creo inspirado, a la vez, por la Elanor de Blake). El resultado, pues, es este, que yo les invito a apreciar a todos, y del que se pueden encontrar todos los episodios en Youtube.

sábado, 25 de julio de 2009

Bukowski, intimista ebrio


Whitman veía en el discurso poético una forma de charlar con cada individuo, con cada lector, con la humanidad toda, aún con la futura. Ante semejante espectáculo, Bukowski hubiera sonreído con ironía y se hubiera retirado por algún callejón: poco podía imporetarle, a él, la Humanidad. Y es que, si la poesía es una forma de diálogo, la de Bukowski es de un tipo bien distinto: en lugar de los discursos altisonantes y felices del mega-ego de Whitman, él optó por una forma de charla muy diferente: la que se tiene en la barra de una cantina, lo más probablemente con un desconocido, que es una de las formas más solitarias de comunicarse. Bukowski prefería el tono íntimo y visceral, con unos cuantos tragos encima, con malhumor o con risas, y sin embargo siempre honesto. Y eso es su obra: una extraña mezcla de ternura, jocosidad, humor, perversidad, patetismo, ebriedad, desencanto, genialidad y delirio, impregnada de olores a cerveza rancia y a sexo, con sabor a vino barato y a gloria.

Y, pese a todo, resta siempre esa pregunta fatal: ¿quién fue, en realidad, Charles Bukowski? ¿Quién está detrás de la figura del genio, del alcohólico, del sátiro? ¿Qué rostro hay detrás de la leyenda, y qué mueca pone? Porque pocas leyendas literarias ha sido más inflada que la de Bukowski, que (él siempre lo afirmó) no entendía todo ese hablar de él, que sólo quería tomar y escribir en paz. Bien visto, Bukowski era un genio extraño que aspiraba a la sencillez, pero que no podía dejar de alimentar el mito que se tejía en torno a su persona, y que, al fin y al cabo, quería poder disfrutar de las cosas sin ese resto de temor, sin ese escalofrío que lo invadía ante la certeza de que no había nada que justificase la existencia de nada.

De modo que, para curarse del mundo, del sinsentido, de los demás, de sí mismo, está la literatura: "Esencialmente era por eso por lo que escribía: para salvarme el culo, para salvarme del manicomio, de las calles, de mí mismo" (Hollywood). Y esa literatura, al fin, sólo podía ser el diálogo errático que vive en las cantinas, esa forma de confesión íntima y desinteresada a la vez. Nada más que distracciones, simulacros de juego, carnavalerías y copas, y sin embargo el rostro más íntimo y desesperado de un poeta genial que nunca supo muy bien por qué estaba en este mundo, como un Baudelaire del siglo XX.

¿La receta? Neil Baldwin dijo así: "Tómese una porción de Hemingway, añadir una dosis de humor (del que Hemingway extrañamente carece, mientras Bukowski es un virtuoso), mezclar con un puñado de hojas de afeitar y varios litros de vino barato, luego una o dos gotas de ironía, agitar bien y leerlo al final de la noche: así tendrá el auténtico sabor Bukowski". Yo, personalmente, hubiera agregado un poco de Sade, dos o tres gotas más de ironía, algo de Baudelaire y sábanas sucias. Luego, eso sí, leerlo al fnal de la noche, a la hora Bukowski, con un vaso de whiskey.




la tragedia de las hojas

me desperté para la sequedad y los helechos estaban muertos
las plantas enmacetadas amarillas como el maíz;
mi mujer se había ido
y las botellas vacías como cadáveres desangrados
me rodeaban con su inutilidad;
el sol todavía era bueno, sin embargo,
y la nota de mi patrona partida en fina e
insolicitada amarillez; lo que era necesario ahora
era un buen comediante, estilo antiguo, un bromista
con bromas sobre dolor absurdo; el dolor es absurdo
porque existe, nada más;
afeité cuidadosamente con una navaja vieja
al hombre que una vez fue joven y
decía tener genio; pero
esa es la tragedia de las hojas,
los helechos muertos, las plantas muertas;
y caminé hacia un vestíbulo oscuro
donde la patrona estaba de pié
execrativa y terminante,
mandándome al infierno,
ondeando sus brazos gordos y sudorosos,
y gritando
gritando por la renta
porque el mundo nos había fallado
a ambos.


(Traducción hecha en casa por un servidor)
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