domingo, 15 de abril de 2012

Titanic "on the rocks"


Este debe ser uno de los centenarios más absurdos que se hayan celebrado alguna vez en la historia del hombre. ¿Un siglo desde que el Titanic, por muy simbólico que sea, se hundió? O, tal vez, una excusa perfecta para vender afiches, reestrenar una de las peores películas que se han hecho (admitámoslo: el 3D no va a mejorar el guión) y hundir el Costa Concordia. Tal y como están las cosas, al naufragio ese ya no le queda ni una gota de simbolismo, y lo único profundo en el tema es el lecho marino en el que yacen los restos del barco. 
Porque todo esto no fue siempre así. No: en aquel entonces, corriendo el año de 1912, el hundimiento del Titanic fue un baldazo de agua muy fría para la sociedad tecnócrata, progresista y positivista que todavía se creía los cuentos de la Belle Epoque. Fue la humanidad entera la que chocó contra el iceberg, la humanidad entera la que se hundió ante la inclemente e impredecible mano de la naturaleza. Pero los tiempos cambian, y ahora todo lo que ha quedado es una calamidad lo bastante grande como para ser un éxito de taquilla, un ardid publicitario de primísima calidad. Gajes de la posmodernidad, que le llaman: un ejemplo más de cómo se aplica la economía del gallinazo, según la cual no hay un solo muerto cuyo peso no se mida en oro.
A mí me da lo mismo, y el asunto hasta tiene gracia. Pero no deja de parecerme paradójico que, a un siglo del naufragio de los sueños del hombre, volvamos a vernos metidos en el mismo espejismo, entre tanto progreso tecnológico, como si no estuviera la muerte esperando a un lado del camino. Ya nos tocará nuestro iceberg: chocaremos contra él y nos congelaremos en un mar glacial. Pero eso sí: no aprenderemos nada. Es la gran condición del hombre, vivir en el reverso de esa gran frase de George Santayana según la cual el que no conoce su pasado está condenado a repetirlo. Y, encima, con dos huevos. 

domingo, 1 de abril de 2012

Shakespeare revelado

Desde que llegué a Lima casi no he tenido descanso, y hoy no es una excepción, así que poco será lo que diga... ya, terminé. Ahora, les dejo una consolación que supera, por mucho, cuanto yo pudiera decir, hoy, mañana o nunca. Carlos Mundstock y Daniel Rabinovich (mejor conocidos por ser integrantes de la banda de comedia musical Les Luthiers) comentan, con un tecnicismo literario que demuestra la profundidad con que cultivan el tema, la obra de William Shakespeare. Ni Harold Bloom sabe tanto, lo juro. Les aseguro que cada uno de sus minutos vale oro, jajaja. 


lunes, 19 de marzo de 2012

Reporte de daños (el gallinazo vuelve a Lima)


Arde a lo lejos, allende el mar, arde la Península Ibérica. Treinta y cinco días (lo he comprobado) no alcanzan para tanta belleza, tantos amigos, tantos destinos inesperados ni, todo hay que decirlo, tantas copas. Pero qué se le va a hacer: los mortales, y sobre todo los que no podemos disponer infinitamente del tiempo y el dinero, tenemos que apechugarnos y soportar las limitaciones. Después, ya lo saben, no habrá quién nos quite lo bailado. Anoche, después de un viaje que solo puede ser descrito como "de puta madre", volví a pisar la vieja tierra de mi Lima, la horrible y eterna. Y que no me vengan a pedir las cuentas de poco más de un mes de vagabundear por la Iberia, que no me alcanza el diccionario para describir tanta maravilla y, más aún, tanto agradecimiento. Lo que sí puedo hacer, para que después no me vengan con abucheos, es un breve recuento, que es lo que me dicta, en caracteres lentos y gordos, la nostalgia. 

Madrid, tremenda y enjuta, la de boina calada y guantes de seda, decía Sabina, y tan bien dicho; metrópoli con sangre de pueblo, tierra de todos más los rezagados, amable y urbana, que falta a la misa pero no olvida sus oraciones antes de dormir. Me ha echo sentir como en casa, lo digo de arranque, y lo mantengo contra viento y marea. No solo tuve la oportunidad de reencontrarme con mi viejo hermano (y sin embargo amigo) y tocayo Santi Guillén, al que no veía en casi cuatro años, sino que además tuve la oportunidad de verme cara a cara, y aún de almorzar, pasear, charlar y tomar unas copas con mi querido y admirado Mr. Mierdas, de paso que de charlar por teléfono con el gran matador Mr. Lombreeze y con la guapa Fiona (a la que, lamenteblemente, le debo una visita... pero llegará el día en que nos tomemos esa cerveza, lo juro, jajaja). Sus cañas, sus museos, sus bares, sus largas avenidas llenas de recordatorios de "El día de la bestia"... una ciudad como pocas, en resumen. 

Mr. Mierdas y un servidor, entre copas, tabaco y memorias de "El Tábano".
Valencia... alta y elegante, majestuosa, con un dejo de suburbio en ciertos rincones (para el espectador atento) y un barrio precioso y más tradicional que lleva el maravilloso nombre de Cabañales, donde me he tomado algunas de las cervezas que más he agradecido en mi vida, en mitad de una resaca como pocas. Fue aquí donde avisté, por vez primera, el Mar Mediterráneo, del que habla alguna canción de Serrat que a mí me gusta mucho, y donde probé el bocata de sepia. Llegué a tiempo, además, como para ver a una que otra fallera, luciendo el atuendo, y me fui justo antes de que arrancaran algunos disturbios que dieron de qué hablar. En un lugar especial de mi pecho me llevo la memoria de estas calles, carajo. 

De Salamanca diré que es un puente al pasado, un rincón medieval en la mitad de los campos de Castilla (Toledo, me dicen, también lo es, pero por esos lares no anduve, me temo). Además de ser la tierra de El Viti, gran torero al que, me dicen, debo mi nombre (porque se llamaba Santiago Martín), es también en mi vida el escenario de algunos momentos sublimes, como cuando anduve por el puente romano, o cuando me paseé por la vieja universidad, y hermosos detalles similares. 

Me es muy difícil, lo advierto desde ya, hablar de Sevilla. Dvd, con quien tuve el honor de charlar y beber hasta altas horas de la mañana en esta ciudad extraordinaria, entiende por qué lo digo. Bastará con que confirme lo que él ya dijo, y es que dije allí que ésa es una ciudad en la que yo podría vivir como en mi casa, y no negaré que buena parte del maravilloso recuerdo que me llevo de esta urbe de calles empedradas, en cada una de las cuales hay por lo menos cuatro o cinco bares (los conté caña por caña), se lo debo al susodicho, a su mujer, Anabel, y a la pequeña Adriana (mi sobrina, desde ya). Plaza de la maestranza, Naima, casa de Charly, bar latino (donde caí, dispuesto a dejarme el hígado, con otro peruano y un colombiano), calle Menéndez y Pelayo, pensión Doña Pepa... y no diré más, que me saltan las lágrimas. Cómo habrán sido los tiempos en que había locutorios en España. (¿Tendrá Anabel todavía las fotos que me sacó con Dvd?)

Paris, finalmente: hermosa y fría, como un enorme pastel de mármol, plagada de callejuelas, de música, de franceses y de memoria. Anduve mucho, me entendí poco y mal con la gente (no por su trato, sino por mi ignorancia del idioma) y terminé por enamorarme del Sena. Aunque, si he de ser sincero, me pasé la mayor parte del tiempo visitando cementerios (traje tierra de las tumbas de Nerval y Baudelaire, y pasé por muchas otras a rendir homenaje y dejar algo de tabaco, que los muertos también necesitan fumar). Guardo, también, un recuerdo del Cafe de Flore, el mismo al que iban, en sus tiempos, algunos grandes de la talla de Sartre, Camus, Breton o Durrell. 

En fin, que es todo lo que puedo permitirme. La nostalgia y el jet-lag se me acumulan en la garganta, así que sean comprensivos. Solo espero que no esté muy lejano el día en que pueda volver a pisar territorio español: entonces visitaré lo que el calendario no me dejó visitar, volveré a acercarme a Sevilla, y lo demás lo dejo a merced de la gran incógnita de lo que vendrá. En todo caso, y como hacemos siempre por estos lares, que quede en claro una cosa: que esta copa la levanto, y muy alta. Olé. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Un gallinazo en Madrid

Vengo a romper el silencio con el anuncio de que se prolongará el silencio. Cosas que pasan en la vida, qué les puedo decir... pero por lo menos (esta vez) tengo motivos y justificante. Esta noche paso por encima del charco, y si todo marcha correctamente y no me toca un Schettino de piloto en el avión, arribaré a territorio español mañana a la hora de la siesta. Si me da el tiempo (y me logro quitar la pereza de los hombros) pasaré por aquí a reportarme y hacer el informe de daños conveniente, pero no haré promesas que tal vez no me preocupe por cumplir. En los próximos días, ya sobre la tierra que vio nacer a Séneca, a Quevedo, a Cela y a Nacho Vidal, estaré recorriendo las calles, los museos y, claro está, los bares de Madrid, y luego repetiré el proceso en algunas otras ciudades (algunas de ellas ya están en mi itinerario; otras tendré que elegirlas acorde a las leyes de la improvisación). Un gallinazo cruzando el Atlántico.
En fin, que no tengo mucho más que decir. Para muchos de mis lectores, esto es un hasta pronto, así que espero poder estar cruzando unas chelas con ustedes en el transcurso de lo que queda de este mes. Ahora, pues, y acorde a la ocasión, dejemos algo sonando por aquí, ya que no hay música buena que sobre jamás. Olé. 


domingo, 29 de enero de 2012

Lázaro, levántate y bebe: Ibrahim Ferrer - "Dos Gardenias"

Tarde, pero cumplo. Pasa que, a veces, los sábados se me pasan entre distracciones y resaca, pero al final caigo en cuenta de mis errores y hago lo posible por corregirlos. Además, hoy domingo me ha costado levantar la cabeza de la almohada, de modo que cumplo perfectamente con los requisitos que esta sección impone. La canción que he traído a sonar por aquí hoy día es un clásico de clásicos, una de esas que te hacen evocar ciertos momentos con nostalgia y, cómo no, querer arrancar a hacer un par de pasos, aunque estés solo. Dos gardenias es una de las canciones más bonitas que se han hecho, y un paradigma de las canciones de amor, si preguntan lo que opino. Encima, en voz de un maestro de maestros, nada más ni nada menos que el infaltable Ibrahim Ferrer, voz y alma de la Buena Vista Social Club. Será que estoy enamorado, pero hoy tenía que traer estos versos a que sonaran por aquí. Y perdón por la alegría.  Sin más rodeos, pasemos a lo que nos trae aquí el día de hoy, con un café sobre la mesa, pero el corazón dispuesto (todavía) a otra copita de ron. 


lunes, 23 de enero de 2012

Desencuentros Encontrados #3 - Guillermo Niño de Guzmán



GUILLERMO NIÑO DE GUZMÁN
La caza del instante eterno

Que el cuento sea un género sencillo es un mito que muchos novelistas (entre ellos algunos de la talla de Faulkner) han negado rotundamente, puesto que exige la perfección. Pero hay escritores que no temen lidiar con ese toro tan bravo, y que de hecho logran faenas extraordinarias. Pese a declararse como una persona tímida, Guillermo Niño de Guzmán ha demostrado ser uno de ellos: vistiendo complejas arquitecturas con una prosa clara, sus cuentos están entre lo mejor de nuestro panorama literario.

Guillermo Niño de Guzmán no es el tipo de escritor al que le gusta vivir encerrado. A lo largo de su vida, parece haber encontrado siempre la manera de reflejar sus pasiones en cada una de las cosas que ha hecho, ya sea como locutor de radio, crítico de cine, periodista cultural, ensayista literario, cronista taurino o en la barra frente a una cerveza. Pero la sangre que corre por sus venas exige algo más: literatura. Sobre todas las cosas, Niño de Guzmán es escritor, y de los más talentosos. Sus cuentos, sobre los que parece flotar el jazz como música de fondo, han merecido elogios tan caros como los de Ribeyro, Bryce Echenique o su admirado Vargas Llosa, mientras él sigue a la caza de la vida, de los instantes que luego convertirá en eso: literatura.


¿Cuándo empezaste a escribir?
A los quince años. Siempre me gustó leer, y en esa época estaba tan deslumbrado por la lectura que el deseo de pasar al otro lado del libro fue un proceso casi natural. Llegó un momento en que quise inventar yo mismo aquello que me daba tanto placer. Pero no solo era una cuestión hedonista. En el fondo, había una necesidad desesperada de decir lo que pensaba y sentía. Cuando uno es muy joven está lleno de dudas y asombros, de inconformidad y pequeñas certezas, y a mí siempre me resultó difícil expresarme oralmente (era tímido y no tenía facilidad de palabra), y escribir fue una manera de compensar esa torpeza, así como la mejor vía para tratar de entender un mundo que me parecía cada vez más caótico, injusto y ajeno. 

Faulkner decía que él se había “resignado” a ser novelista porque no podía ser ni poeta ni cuentista. En tu caso, ¿qué te llevó a ser cuentista?
A mí me hubiera encantado ser novelista, pero uno no escribe lo que quiere sino lo que puede. En realidad, es una cuestión de aliento. Los narradores se asemejan a los corredores. Existen velocistas de corta, media y larga distancia. En mí caso, mi aliento da para 100, 200 y, quizá, 400 metros planos. No llego a los 5,000, y mucho menos a la maratón. Tampoco depende del mayor o menor entrenamiento. Ante todo, se trata de un asunto de visión, de concepción de la realidad. A mí me suele bastar la captura de un instante para vislumbrar el todo y puedo transmitir esa experiencia en unas cuantas páginas. Otros necesitan cuatrocientas o quinientas. Son opciones distintas y cada una plantea sus propias exigencias.

¿Cuáles son los escritores con los que estás más endeudado? Empezando por Hemingway, claro.
Así como mi estilo se funda en los postulados de Hemingway, mis atmósferas tienen correspondencia con las de Onetti. Por otra parte, en cuanto a favoritos, con tantas lecturas a cuestas, ya no es fácil hacer una selección. Hasta unos veinte años atrás, mi devoción se concentraba en cinco grandes: Hemingway, Tolstoy, Stendhal, Gógol y Lowry. Pero esa lista se ha ampliado considerablemente. En todo caso, no persigo las novedades. De cada cinco libros que leo, solo uno es actual. Siempre vuelvo a los rusos, así como al entrañable Stevenson y el imbatible Conrad. Entre los vivos, me he sentido deslumbrado por Cormac McCarthy (lo mejor de él tiene una fuerza digna de Faulkner).

Alguna vez dijiste que tus máximas aficiones eran la literatura, el cine, el jazz, los toros y las chelas. ¿Esto sigue siendo así?
Faltó una. También mencioné, antes que nada, las mujeres.

Háblame de tu paso por la radio. Fuiste locutor de un programa de jazz, ¿no es cierto?
Sí, en la antigua emisora Sol Armonía. Tenía un programa llamado “Jazz Forum”. Fue una experiencia muy estimulante y divertida. Imagínate: tener la posibilidad de compartir la música que más te gustaba con otras personas… Era un privilegio. Y además te pagaban por ello. Esto ocurrió en la época en que acceder a discos de jazz aún no era sencillo, y yo tenía una colección, no muy grande pero sí muy selecta, de vinilos. Pero no me “profesionalicé”, era más una afición que un trabajo, y supongo que a la larga, como también hacía otras cosas para sobrevivir, perdí la energía inicial.

¿Crees que hay algún nexo entre tu literatura y el jazz?
Sí y no. Lo que escribo no se caracteriza por una libertad compositiva como la del jazz, pero a veces he querido trasladar al lenguaje esa frescura e intensidad que caracteriza a la improvisación de los solistas. También cuido mucho el ritmo de las palabras, la cadencia de las frases, el encabalgamiento de los párrafos. Pero el paralelo es solo aproximado. Me explico: para escribir en forma equivalente a la de un músico de jazz habría que adoptar una prosa espontánea como la de Kerouac, estar dispuesto a romper las estructuras como Burroughs y dar rienda suelta a tu imaginación como hacían los surrealistas y Boris Vian (quien, por cierto, también tocaba la trompeta). Y, desgraciadamente, soy muy controlado. No me permito demasiadas libertades cuando escribo y trato de manejar las palabras con mucho cuidado, como si fueran piedras preciosas. Reescribo y corrijo mucho. Con suerte, consigo transmitir una sensación de sencillez y frescura, pero eso es solo una ilusión.

También haces periodismo. ¿Cómo te sienta el oficio?
Esencialmente, me he ganado la vida como periodista, pero llegué al periodismo por azar. Yo solo quería escribir ficción, pero como había estudiado literatura en la universidad y no quería dedicarme a la docencia, el periodismo se me abrió como una puerta oportuna.

Y comenzaste bastante joven…
Tenía veinte años cuando me invitaron a colaborar con un diario y, sin pensarlo mucho, me vi dentro, como si me hubieran enganchado en el ejército. No soy un periodista nato, pero sus principios y la disciplina me fueron muy útiles. Debo mi estilo en gran parte a sus enseñanzas. Además, me gustaba la vitalidad que demandaba el oficio. Un escritor debe pasar mucho tiempo a solas, y quizá eso sea lo más difícil de su trabajo; en cambio, un periodista está constantemente rodeado de gente y, por lo general, escribe rodeado de otros como él que también están golpeando sus máquinas (no te olvides que yo soy de una generación anterior a las computadoras) y que no tienen más pretensiones que redondear un texto que no haga ladrar al jefe de redacción o al editor. Lo que no me gusta es que el periodista, salvo excepciones, está signado por la actualidad. Eso es, a mi juicio, una limitación. Si te fijas bien, para un escritor el pasado y el futuro resultan más importantes y definitivos que el presente. Su espectro es más amplio.

¿Nunca te sentiste como un Mastroianni en La dolce vita?
Bueno, nunca fui periodista de espectáculos, aunque estuve bastante cerca de ese mundo. La ventaja de ejercer el periodismo es que conoces a gente de lo más diversa y que se te abren las puertas más insólitas. Cuando me inicié, todavía se hallaban en actividad algunos periodistas de la vieja guardia, que venían de la época del linotipo y las noches de bohemia. Yo era joven, y todavía tenía un buen hígado. Felizmente, supe irme a tiempo. ¡No quería correr el riesgo de convertirme en un Zavalita!

En cuanto a las chelas, siempre Cristal, ¿no?
Por supuesto, aunque soy hincha de la U.

¿Cómo es eso de que te la pegaste con algunos viejos beatniks?
¡Uf! Algo de eso he contado en un relato titulado “Viejo ángel de la medianoche”. Allí refiero un viaje a San Francisco, donde conocí a Ferlinghetti y a Corso. Fue una experiencia alucinante. Igual me ocurrió tiempo después, en Nueva York, donde pasé una noche con Allen Ginsberg, Peter Orlovsky y Gary Snyder. Siempre he sido un fanático de los beats y, cuando era más joven, no tenía tantos reparos en abordar a los escritores que admiraba. ¿Te imaginas? Anduve, aunque fuera fugazmente, con los patas del alma de Jack Kerouac y Neal Cassady. Fue lo máximo. Soy un fetichista literario, lo admito. Pero también soy plenamente consciente de que una  cosa es el mito y otra la realidad. Varios de los beats tuvieron una existencia terrible. De cualquier modo, recuerdo lo feliz que fui cuando me lancé a la aventura del camino por primera vez, impulsado por el espíritu de Kerouac y su obra legendaria. Tenía diecinueve años y creía que no iba a morirme nunca.


Esta entrevista apareció publicada en el Nº 90 de la revista Asia Sur, en febrero del 2011. Tal vez algún día relate la historia de cómo se dio esta entrevista, que probablemente sea la más anecdótica de cuantas he realizado hasta el momento.  

sábado, 21 de enero de 2012

Lázaro, levántate y bebe: Etta James - "Misty Blues"

A veces, la mejor forma de quitarse el blues de los hombros es con un buen blues, y esta mujer sabía muy bien lo que eso significa. Con Etta James se nos ha ido una de las voces más maravillosas que alguna vez se han alzado para dar forma a la felicidad y la melancolía, al frenesí y a la tristeza. Recuerdo haber descubierto sus canciones hace muchos años, doblando en una de las esquinas que salían de Billy Holiday, y aunque no voy a mentirles y decir que me he escuchado todos sus discos, sí diré en cambio que no ha habido ocasión en que sus canciones no me conmovieran. Hoy, sábado de resaca y ceniza, reestrenamos la sección de los sábados rindiendo homenaje a esta tremenda artista, que ha fallecido con más de setenta años, pero no sin antes dejarnos una canción en el pecho a cuantos la hemos oído cantar. Con una copa en alto, como tiene que ser, y preparando el cuerpo para la noche que, tarde o temprano, caerá sobre todos nosotros. 


miércoles, 18 de enero de 2012

Un fantasma reeditado

En lo personal, detesto leer el periódico. Casi todo lo que trae muestra una marcada tendencia a caer en uno de dos lados, el de lo mortalmente aburrido y el de lo ridículamente banal, cuando no idiota. Pero qué se va a hacer: hemos venido a compartir, casualmente, el mismo universo, así que de cuando en cuando lo cojo y le hecho una ojeada; y, si hay suerte, puede darse el caso de que me tope con una noticia interesante, o por lo menos más que el hecho de que una actriz de la televisión haya dicho que su novio no está celoso de que ella tenga que besar a otro actor en una serie (¿realmente vivo en un mundo en el que ese tipo de cojudeces merecen ser llamadas "noticias"?). 
Ayer, mientras esperaba en un café, espresso de por medio, me puse a revisar el periódico del día y me encontré con una noticia que llamó mi atención: aparentemente, va a reeditarse, por primera vez en Alemania, el libro que dejaría una de las cicatrices más oscuras de la historia de esa espectacular nación. Me refiero a Mi Lucha, la obra capital del nazismo, cuyo autor no es otro que el mismísimo Adolf Hitler. La idea de la editorial que está llevando a cabo el proyecto, de más está decirlo, no es en lo absoluto revivir viejos ardores, ni mucho menos promover la ideología nazi, sino más bien realizar una edición anotada y comentada, que ellos esperan sirva para que el público mismo pueda juzgar lo malo que es en realidad el libro.
Pero esos son temas aparte. Sea cual sea el objetivo que persigan, yo no puedo dejar de aplaudir propuestas como la que están llevando a cabo al reeditar esa obra. Para los lectores alemanes, se trata de una oportunidad para encarar, aceptar y, finalmente, superar uno de los fantasmas que late en su pasado, en lugar de seguir esperando a que se quede dormido y tranquilo en el cajón de los malos recuerdos (cosa que los fantasmas no suelen hacer por mucho tiempo). Siempre he dicho que una de las fases esenciales en procesos como este es, precisamente, el de tomar una actitud respecto a la propia historia, y para hacer algo así es necesario conocerla, entrar en contacto con ella, o la actitud que se tome estará, en el fondo, tan vacía como la cabeza de Paris Hilton. 
Yo no he leído Mi Lucha. He escuchado comentarios de gente en cuya opinión creo a ojos ciegos, según los cuales se trata de un libro muy malo, que no se sostiene ni estética ni estructural ni filosóficamente. Pienso, también, que este libro sólo pudo ser tan influyente debido al contexto histórico y social en el que fue concebido y leído, cuando el fascismo se imponía como una "moda" política y el antisemitismo era una actitud corriente, no sólo en Alemania sino en muchos países (incluidos Francia y los Estados Unidos). Leída en la actualidad, se convierte en una pieza de museo, en una ventana a los horrores del pasado, pero también en una herramienta de autoconocimiento, por parafrasear a Hegel, de auto interpretación como resultado y parte de complejos y profundos procesos históricos.
Sé que hay líneas de opinión enfrentadas. Era de esperarse, tratándose de uno de los libros más "peligrosos" de su época (es curioso, cuando uno lo piensa, que otro de los libros que más horrores, persecuciones y matanzas ha producido en el mundo, la Biblia, no solo no haya sido prohibida nunca, sino que hasta se promueve su lectura). Pero ya lo decía antes: yo soy de los que aplaude este tipo de proyectos, no solo porque descreo de la censura por razones filosóficas, sino también por todo lo demás. No podemos saber qué terrores traerá el futuro (porque nunca se terminarán, o al menos no mientras el ser humano siga siéndolo), pero creo firmemente que propuestas como ésta pueden ayudar a evitar dos o tres de ellos. 

domingo, 1 de enero de 2012

Un año menos para el fin del mundo... ¡y lo celebramos!


Aquí, en el Café (que por cierto ha cumplido sus tres primeros años hace no mucho) tenemos un solo deseo de año nuevo, porque no nos va para nada eso de las cábalas con uvas, maletas y calzoncillos amarillos: que los amigos la pasen de puta madre, que la resaca no sea un cruel aguardiente, que las familias estén bien y sean felices. He tenido la suerte de cruzarme con algunas de las personas más de primera que pueda haber en este mundo mundial y virtual y todas esas cosas y, encima, me han llamado amigo, hermano y compadre, y es por ellos (sí, cabrones, por ustedes) que levanto esta copa, hoy y cuantas veces sea necesario hacerlo, y de paso siempre. Han habido canciones, risas, silencios, amarguras y mucha, pero mucha, buena letra, y siempre con la mejor actitud, con la confianza de quienes saben querer y no se andan con rodeos para decirlo. 
La imagen (pensada al mejor estilo Mondo Mierda, aunque no tenga ni de cerca el talento del Sgt.) es lo que es. No pudieron estar todos, y están muchos de los que ya no están, pero se entiende que la dedicatoria va para todos (no se me ofenda nadie después, eh). La dejaremos ahí, de cabecera, todo lo que dure el mes de enero, y luego seguirá al fondo, al pie del Café, porque estamos orgullosos de nuestros parroquianos, felices de poder llamarlos amigos. 
Y de remate, para dar la estocada precisa al 2011 y mandarlo de una vez al carnicero (y sin vuelta al ruedo), va una canción. No hay celebración sin canciones, vamos, y esta es, para mí, un himno. Que suene, pues, La palizada, y con esa copa, todavía, en alto. Un fuerte abrazo a todos.  


sábado, 24 de diciembre de 2011

Lázaro, levántate y bebe (especial navideño): Tom Jones - "It's not unusual"

Lo sé, lo sé... soy un ser humano horrible, que debería avergonzarse de respirar siquiera... ¡Sólo dos publicaciones en lo que va del mes! Por suerte no me pagan por esto, o ya me hubieran largado a la calle... Pero, en vistas de que a mí nadie me dice ni qué ni cuándo, pues tampoco me haré mayores problemas. Además, se nos viene encima la navidad, así que no están las cosas como para ir pavoneando malas intenciones. No: lo que yo quiero es enviar un fuerte saludo a todos mis queridos amigos de por estos lares, decirles cuánto los quiero, y dedicarles una canción, que todos se la tienen bien merecida. Y no: no va a ser ningún villancico putrefacto, nada de "somos los niños cantores" y toda esa mierda... hoy, en el Café, celebramos la navidad a nuestro estilo, y eso es con la copa bien en alto. Para animar el ambiente, pues, echaremos a rodar a un grande entre grandes, nada más ni nada menos que el ya legendario Tom Jones, porque las fiestas hay que pasarlas a lo grande. Sé que ando desaparecido, pero les aseguro que es por una buena causa: sepan que el cariño sigue siendo el mismo, con ese plus que trae consigo, ineludiblemente, la nostalgia. Olé, carajo: olé. 


jueves, 15 de diciembre de 2011

Lima la horrible



Bocinazo, platos rotos, el grito de "conchetumare" bien clavado en el cielo mientras una multitud agoniza al ritmo de una urbe catastrófica. Lima, ciudad de reyes que, si no los hubieran sacado a la fuerza, se hubieran ido por voluntad propia antes de que el cielo color alma de gallinazo los hubiera empujado a suicidarse de acuerdo a los métodos más sórdidos de la baraja. "La de nariz aguileña", según Lawrence Durrell, pero mucho más célebre es su fama de ser "la horrible", en palabras del genial Sebastián Salazar-Bondy.
En fin, una ciudad en la que no quisieras vivir: estrepitosa y sucia, bucanera y suburbial, mentirosa, prostituta, feudal y cortesana, con su compadreo, su "somos", su tráfico, su jaranita y su pisquito de más. Casi parece increíble que más de nueve millones de personas tengan el temple (o el impulso sado-masoquista) para engrosar sus calles y avenidas con su presencia, para coger a un toro tan jodido por las astas y plantarse en la mitad de este despojo posapocalíptico a pasar penurias y glorias, a llorar, reír y deslomarse como un perro para malgastar una vida bajo el cielo más deprimente que se haya visto en ciudad alguna. Sí, sí... Lima la horrible en todo su demacrado y carcomido esplendor. La ciudad que más amo en este mundo de malquerimientos y desencuentro. 
Tragicómico, perverso e irónico, el limeño deambula por estas callejuelas de la casi existencia a sus anchas, quejándose hasta el cansancio del estado de las cosas, pero disfrutando a la vez de un panorama tan decadente, sabiendo que ese caos es el mismo que corre por sus venas. Dice soñar con grandes cambios, con Progreso, con vivir en una ciudad que parezca importada de algún remoto rincón de Europa o de los Estados Unidos, pero miente, aunque él no lo sepa. El limeño no quiere cambios: el limeño sabe que las fachadas por entre las que camina son un espejo que refleja su propia y particular neurosis, su personalidad fragmentada, su noche oscura del cuerpo (parafraseando al gran Eielson). Lejos de su tierra, se sorprende (y censura) a sí mismo añorando todo eso que está convencido que debe detestar, todas aquellas pequeñas cosas a las que sabe la ciudad que lo vio crecer: desde el ambulante que vende correas y discos piratas frente a una zapatería en la avenida Abancay hasta la juerguita de los jueves en la taberna del barrio, pasando por los policías corruptos, los semáforos más eternos del mundo, el rumor de las olas del Mar de Humboldt, la silueta de los gallinazos recortándose contra las nubes verdigrisáceas (o, si quieren seguir la terminología clásica, "color panza de burro"). 
Claro que nada es tan simple: Lima es múltiple y sádica, infinita, más parecida a un rompecabezas sin armar que a un mosaico persa. Tiene mil calles con el mismo nombre, y ninguna de ellas se parece. Canta sus miserias a los cuatro vientos, pero al minuto siguiente ya se está riendo de su propia desgracia. No le alcanza el dinero para llegar bien parado a fin de mes, pero siempre hay suficiente como para ser amable con el vecino y pagarle una ronda de cervezas a los compadres de toda la vida. Maldita, enferma, acomplejada y santa: una ciudad que, como bien dijo Eielson, es asediada por la muerte. Y es en eso, precisamente en eso, sobre lo que se funda su grandeza. Ay, Lima, Lima... si muero lejos de tí, tal vez me dé lo mismo, pero que me lleven de todas formas. No hay mejor infierno que ése que ya conoces, ni mucho menos que ése que amas con todo tu corazón y con todo tu páncreas. Ni siquiera sé por qué me da hoy por escribirte poemas como este, pero es lo de menos: sólo quiero que quede en claro que es un poema de amor. 
Remato estas líneas con una canción, cada uno de cuyos versos se presta para hablar de una ciudad como esta, en la que nací, en la que vivo, en la que seguramente (y así lo espero) moriré. Ah, y con una copa en alto, a la limeña. 


domingo, 11 de diciembre de 2011

Más Lindsey (¿o más Lohan?) que nunca

Llega el mes de diciembre: tiempos festivos, en los que todos pensamos en la familia, en las fiestas, en las vacaciones, en renos que vuelan y duendecillos que fabrican regalos para una especie de Marx del poscapitalismo los reparta a todos los niños buenos del mundo, en chocolate caliente y panetón, en mañanas de playa y tardes de chelas con los amigos... y claro, este año, también en algo más, por cortesía de ese pilar de la humanidad que es Playboy: el tan comentado, cuestionado y (vamos, que todo hay que decirlo, y no tiene sentido negarlo) esperado desnudo de Lindsey Lohan, que pasó de niña traviesa pero dulce a adolescente complicada en muy pocos años (y en películas igualmente malas), y de ahí hasta encarnar la clásica tragedia post-princesa de Disney, cuando se acaban los sueños dorados de Mickey Mouse y empieza la vida con todos sus santos terrores. 
Pues bien, aquí tenemos a Lindsey como nunca la hemos visto pero siempre la hemos soñado. Sí, sí... más allá de lo mucho que su cuerpo y su belleza hayan tenido que sufrir con tantos años de desgaste a cuestas, así sea por lo que alguna vez fue, por eso que trata de demostrarnos que sigue siendo: la chica a la que todos podemos (o debemos) desear. De ahí el look Marylin, la estética retro, el contraste de colores fuertes de las fotografías. Lo que tenemos aquí es una invitación a algo que quiere estar un poco más acá que la realidad misma: una Lindsey Lohan que evoca el ensueño, no el escándalo. 
Si lo logra o no, ya es harina de otro costal. No tengo idea de si ha pasado mucho photoshop por estas imágenes o no, pero mal del todo no están. Ni ella tampoco. ¿Gajes de la posmodernidad? Ni la menor idea... son las cinco y media de la mañana, y ya no me queda mucho cerebro que exprimir. Mejor dejo que cada cual saque sus propias conclusiones. (Para ver las demás imágenes que se han difundido, entren a la siempre iluminadora Orgasmatrix).


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Asaltos a la Madrugada


Cuatro y media de la mañana... claro que, a estas alturas, ya da lo mismo. Una de las cosas que más me gustan de la madrugada es la manera en que el tiempo de disuelve: una hora tarda unos pocos minutos en consumirse, hasta que los relojes se atracan en un minuto más difícil que los demás y te quedas esperando una eternidad hasta que pase... Gajes del oficio, vamos. Los perros del amanecer, que decía Sabina (una de sus mejores letras, pienso yo), "cuando no salen trenes para el cielo".

Tampoco sabes muy bien qué día es realmente: ¿martes? Ha muerto ya. Pero todavía no ha nacido el miércoles, ni lo habrá hecho cuando el sol se levante del otro lado de la ciudad y el cielo se tiña de gris polvo, o gris cemento, o gris muerto. Dará lo mismo. Es cuando revivimos el momento más trágico de la vida de José Arcadio Buendía, ése en el que, en su primer (y eterno) desvelo descubre que no existe tal cosa como uno y otro día, porque se siguen continua e incansablemente, en una rueda terrible y absurda.

Cuando me desvelo, por algún motivo, me entran ganas de leer poesía. De cuando en cuando lo hago. Entonces vuelvo a verles el rostro a los viejos compañeros de naufragio: Byron, Rimbaud, Bukowski, Baudelaire, Cernuda, Eielson, Pavese... si tuviera un libro de Dylan Thomas también lo abriría, pero (siempre que reparo en ello me sorprende y me duele) no tengo ninguno. 

Un trago: whisky. No hay nada mejor para echarse a la garganta (a falta de un alma) cuando la noche se cierra sobre uno, o en ese momento en que empiezas a notar el aroma del amanecer (mezcla de garúa, neblina y smog). Pero esa es otra cosa que tendré que echar de menos, porque no hay nada que tomar en casa. Ni modo. 

Algo más que decir: la misteriosa presencia de la cama. Vaya dios, o el diablo, a saber por qué, pero en las madrugadas me vuelvo a ver la cama y veo un infierno, aunque sé que es en realidad un paraíso, una nube si quieren que me ponga cursi. Y yo, que lo sé, no me animo. ¿Será porque en el fondo detesto dormir? ¿Será por evitar las pesadillas? ¿Será por la terquedad de seguir gastando las horas de la única forma en que pueden ser gastadas, es decir, en vano? Preguntas que tendré que dejar a que se consuman, como siempre, entre las inclementes llamas del alba. Ya escucho el canto de las aves.  

Imágen: "Night Windows", del extraordinario Edward Hopper, cómo no.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Gajes de Peruanismo #3

Demasiada inactividad, yo sé, yo sé... pero esto de deslomarse hasta exprimir por completo el tiempo que tiendo a usar para caer por aquí rendirá frutos, lo juro. Pero la peña merece más, así que ahí les va la tercera entrega (ésta es doble, como paga por tanto silencio):



Bueno, al menos podemos estar seguros de que en educación sexual no hay quien los supere...



Sobre todo, "rico", ¿no es cierto, Porky?

sábado, 19 de noviembre de 2011

Lázaro, levántate y bebe: Zaz - "Dans ma rue"

Seré claro y conciso: cuesta pensar en muchas cantantes del calibre de Zaz, que a estas alturas no solo ha reinventado la "chanson française", sino que además se ha ido insertando de a pocos, pero con fuerza, en la mente y el corazón de muchos (sí, sí... el corazón). Guapa, fresca, dueña de un estilo que derrocha naturalidad y no necesita maquillajes, estoy convencido de que en esta mujer está cifrada buena parte del futuro musical de Francia y del mundo. Y para este sábado de resaca compleja, qué mejor paliativo que Dans ma rue, esa canción que Edith Piaf hacía tan suya entre vodka y vodka, y que Zaz ha incluído entre las grandes joyas de su repertorio. Ponerla, al menos, cada uno o dos días se ha convertido en una necesidad para mí. Y mañana tocan pasodobles, porque hay toros. Se anuncian días interesantes... y con algo de suerte no sobreviviremos. Con una copa bien alta, como tiene que ser. 

 
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