martes, 30 de agosto de 2011

30 de Agosto...

Esta mala tierra de nadie a la que llamamos Perú tiene una mala costumbre que yo agradezco infinitamente: celebrar santos. Cosa que me gusta mucho, porque nos cae de cuando en cuando un día feriado, y me puedo dar el lujo de olvidarme de los horarios y de las clases, para destinar una noche más a la gloria y otro día a la inmisericorde resaca. Hoy, 30 de agosto, es el día de Santa Rosa de Lima, una mujer que vivió allá por entre los siglos XVI y XVII, que estaba más loca que una cabra. Se la conoce, sobre todo, por la fe con la que se flagelaba (recurriendo, segun dicen, a cinturones con púas y todo ese tipo de artefactos que solemos encontrar en las obras del Marqués de Sade) y por haber hecho un pacto con los zancudos, con los que acordó (nadie sabe muy bien en qué idioma) que ella no los aplastaría si ellos no le picaban. Además, escribía poemas, algunos de los cuales están bastante bien.
Dada la fecha, queremos recordar a la santa loca, a santa Rosita, trayendo a brillar por estos lares una entrevista que apareció en el Oso Mugroso, hace ya un buen tiempo, y de la cual soy 50% responsable. Eso sí, com muuucho respeto (y sacando la lengua). Con ustedes, la más moderna de las monjitas, o casi tanto como Woopy. 



¿Cómo se siente estar muerta, doña Rosa?

Por favor, me haces sentir vieja... llámame Rosita.


Bueno, Rosita. ¿Cómo se siente?
Bueno, la verdad, es complicado. Pero después de tantos flagelamientos, yo me la buscaba.


Bueno, cuéntanos, Rosa. ¿Es verdad que consumes drogas?
No, en realidad no lo hago. En mi juventud me metí un poco de ácidos con toda la gente de la parroquia, que eran medio hippies. También experimenté con los cantos gregorianos, pero eran muy fuertes. ¿Todavía los usan como alucinógeno?


Eh… no. Me parece que no.
Qué pena. No sé cómo será la juventud actual, pero ayudaba a los muchachos de mi época. Todos veían a Dios, y levitaban y cosas así. Ahora creo que ya nadie levita… eso es muy triste.

¿Y cómo le fue en su viaje al futuro?
Muy bien. Me llevó un demonio. Él fue el que me hizo tomar la decisión de querer ser una santa. Me amenazó con que si no me flagelaba el futuro iba a ser como él me lo mostró. Así que puedo considerarme uno de los pilares de lo bien que está el mundo ahora.

¿Cómo era ese mundo que le enseñaron?
Aburridísimo… Todos iban a la iglesia, y nadie hacía daño a nadie. Los curas se morían de hambre, ya te imaginarás. ¿Quién necesita un cura si no hay guerras, hambre, desgracia o sufrimiento?


Cierto, madresita. Tiene toda la razón.
¿Qué esperabas? El título de santa no lo regalan.


Sobre los mosquitos…
Mis mejores amigos. Ellos me ayudaron a darme cuenta de que debía dejar los ácidos. Y no es que haya alucinado que me hablaban, pero uno de ellos me dijo “oye, Rosa, vamos a tomar un café”, y ahí hablamos sobre todas estas cosas… el camino por el que iba. Y cambié. Ahora, sé que Dios me lo envió.


¿Y qué tal te llevas con Dios, ahora que andas en el cielo?
Muy bien, si es divino… Claro que a veces es un poco confuso, porque como viene en combo y es tres en uno, no sabes muy bien con quién estás hablando realmente. Pero es buenísimo, y prepara unos cabellos de ángel maravillosos. Ya vas a ver cuando te mueras, si es que subes, claro está. ¿Tú te portas bien?


¿Yo? ¡Claro!
¿Y te flagelas?


De cuando en cuando.
Hazlo más seguido, y con fervor. Sino no sirve.


¿Dónde queda el cielo, Rosita?
Mira, se supone que es un secreto, pero a ti te lo voy a decir. Queda en otra galaxia, bastante lejitos. A mí me recogieron en nave espacial para llevarme. San Martín de Porres me contó, cuando nos encontramos por allá, que uno de los extraterrestres le metió la mano. Muy, muy mal. Todo porque era negro.


Una última pregunta, Santa Rosa. ¿Es usted vírgen?
Ah, bueno (risas). Una dama jamás contestaría esa pregunta.  

miércoles, 24 de agosto de 2011

Lecturas de desfogue (nunca mejor dicho).


Decir que "cada libro tiene su lugar y su momento" es, a estas alturas, todo un cliché, y de los más sonados y verdaderos del repertorio. Ahora bien, ¿qué pasa si volteamos la frase? Pues nos queda otra verdad como una casa: a saber, que "cada lugar y momento tiene su(s) libro(s). ¿Se entiende lo que trato de decir? En otras palabras, que hay libros que no se prestan tan bien como otros para determinadas situaciones, tan simple como eso.
Pero ojo, que no todo es tan sencillo: ¿qué pasa si planteamos una situación particular? A ver: te vas a pasar el fin de semana con los amigos, con un cargamento bien surtido de botellas, a una casa en el campo o en la playa. ¿Qué libro te llevas? Unos dirán que da lo mismo; otros, que algo ligero; unos tantos más, que algo que puedas leer de una sentada, porque como no vas a poder dedicarle tanto tiempo... osea, mejor un tomo de cuentos o de poesía que Los Miserables o algo por el estilo. En otras palabras, que cuáles puedan ser esos libros, varía de acuerdo a los gustos y necesidades de cada cual. Nada más sencillo.
Bien, lo que sigue es una pregunta, esa que tantos nos hacemos de cuando en cuando: ¿qué es lo que la gente lee cuando va al baño? Un ambiente en el que abundan la espera, el silencio, la paz... a veces, también, las dificultades. Y digo todo esto porque uno se puede encontrar algunas respuestas bastante interesantes a la cuestión. Alguna vez, por ejemplo, alguien me comentó que su lectura de baño preferida era la Biblia; otros prefieren los libros de poemas (la brevedad de los cuales estarán en estrecha relación con el nivel de estreñimiento del sujeto, se sobreentiende); muchos aprovechan ese momento para avanzar con lo que sea que estén leyendo; o el clásico periódico del día, claro. En lo que se refiere a mí, varío mucho, pero lo que más me gusta es repasar ensayos, y mis autores de cabecera (o bueno, de posadera) incluyen a José María Valverde, Richard Rorty, Thomas Nagel (cuando estoy de humor) y, claro está, los libros de ensayos de Borges y de Sábato (quien decía, por cierto, que el baño es el único lugar verdaderamente filosófico que nos queda).   
Para muchos, leer en el baño representa hasta un arte; para otros, es una parte fundamental del día a día. ¿Cómo es que a nadie se le ha ocurrido, por ejemplo, que los anaqueles para el baño -con alguna especie de capa de vidrio o algo que proteja los libros de la humedad- son un negocio cerrado? Ni siquiera tendrían que ser muy grandes: con que entren cuatro o cino títulos basta. Después de todo, ¿quién no se deja siempre una revista o un libro en el baño? Es más: en Japón (porque este tipo de cosas solo pasan en Japón) ya se ha editado la primera novela impresa en formato de rollos de papel higiénico: se trata de El aro, una narración de terror y suspenso del escritor Koji Suzuki (me imagino que todos la recordarán por la película), que hoy puede puede acompaña en estos momentos de intimidad a muchos lectores de ese país. Aunque yo siempre he pensado que, si vas avanzando con la lectura a medida que vas usando el papel, debe ser muy frustrante cuando entras y descubres que alguien más te ha cogido dos capítulos y medio -que, tenlo por seguro, no vas a querer recuperar.


El aro, de Koji Suzuki, un "Best Seller" donde el terror convive con la mierda (literalmente).

En fin, que se trata de un tema fascinante, que da para mucho. Yo hasta creo que se podría formar una serie de conferencias al respecto, donde vaya la gente a comentar cómo pasa los minutos que dedica a sentarse en el trono. Pero eso sí: por muy dispares que puedan llegar a ser las respuestas a esta cuestión, hay un título que se repite constante y casi universalmente, y ese es Todo Mafalda.

martes, 23 de agosto de 2011

La España soñada... de Ratzinger


Siempre he pensado que la mejor decisión que podrían tomar los italianos es la de levantar una barricada enorme alrededor del Estado Vaticano para impedir que algunos de los que lo habitan puedan salir a hacer de las suyas en fiestas a las que nadie los ha invitado. Porque bueno, una cosa es filtrarse en el cumpleaños de un desconocido, tomar unas copas y coquetear con las amigas de su novia, y otra muy distinta llegar y empezar a decirle al dueño del santo que la decoración es una mierda, tocándole el culo a la novia y, en general, metiendo las narices en asuntos en los que él no pinta nada. Que es, precisamente, lo que suele pasar cuando el viejo Ratzinger, que algunos insisten en llamar Benedicto XVI (el papa, para los amigos) decide salir a dar un paseo por los barrios de sus vecinos. Recuerdo que, en su última visita a Londres, cobraban la entrada para la misa (como si los del coro cobraran el salario de los Rolling Stones) con la excusa de que los gastos del viaje les salían carísimos a los del Vaticano (como si hubieran pasado hambre alguna vez, ¿no?). Pero de este asunto ya he hablado alguna vez, así que mejor pasemos a la sección de actualidades.
Hace no mucho, al papa le entraron ganas de salir a tomar un poco de aire, y se dijo que bueno, que en España hacía un verano maravilloso, y que no estaría nada mal darse un paseo por la Península Ibérica. Y no fue a los toros, ni a ver el flamenco, ni a comer tapas y paella mientras sorbía tintos de verano, no: fue a seguir promoviendo su campaña, una de las menos cristianas de la histroria del cristianismo.
Siempre insisto en este punto, pero es que pareciera que hay que estarlo recordando siempre: hasta los ateos más declarados y tercos sabemos que a Jesús no le gustaba la intolerancia entre los hombres, sino más bien el Amor Caritativo ("Caritas", en latín) que recuerda, ante todo, que los hombres son hombres y que hay que amarlos por eso, por muy graves que sean sus pecados (para los que crean que existen los pecados, se entiende, porque su definición no pertenece al ámbito social ni penal sino al religioso y, sobre todo, teológico). Y, siguiendo estos puntos, salta a la vista que Ratzinger y Cristo sólo tienen en común el gusto por la demagogia, mientras en todo lo demás no hay más que abismos. 
Después de muchas semanas de voluntaria desinformación, al fin me he puesto a leer las noticias respecto a la visita de Ratzinger (B16, que le llaman), y ante todo creo que habría que decir que, a todas las críticas usuales que se hacen de este sujeto, podríamos agregar la de ser tan predecible, porque no hace más que repetirse, llenándonos de palabras que hacen pensar que, para él, no hay nada como la Edad Media. Qué tiempos aquellos, cuando a los herejes podías echarlos a una hoguera, ¿no? Pero bueno, tampoco sé qué otro tipo de discurso podríamos esperar del hombre que, en pleno siglo XXI, y contradiciendo lo dicho por Juan Pablo II, anunció que el Infierno existe, y que es un lugar físico y eterno en el que serán condenados por la eternidad las almas de los pecadores. "¡Azotaos, débiles de corazón!", le falta agregar antes de las pausas. 
En fin, ya está bien el retrato; ahora pasemos a los hechos. De las noticias que leo, me llaman particularmente la atención algunas de las críticas que Ratzinger ha hecho a un par de puntos de la constitución española; en particular, a los que dan legalidad al matrimonio homosexual y al aborto (éste sólo bajo ciertas condiciones). Son dos puntos muy interesantes que pueden levantar grandes disputas, es verdad, pero que yo encuentro admirables, como una vuelta de página para entrar de lleno a los tiempos que corren, echando a un lado prejuicios que llevaban demasiado tiempo bailando sobre las mesas de nuestros hogares. Claro que, sobre estos puntos (y, seguramente, sobre todo respecto del segundo) cada cual puede pensar lo que quiera, y yo no opino en nombre de nadie.
Hace no mucho, comentaba a Eduardo (el del Café del Artista, claro) que siempre me habían chocado mucho las opiniones de Ratzinger, sobre todo porque, pese a todo, el tipo es un intelectual, perfectamente capaz de seguir una línea argumentativa a lo largo de un debate, como me dicen -porque yo no he leído ese texto todavía- que lo hizo alguna vez con Jürgen Habermas, el filósofo alemán. Opiniones que, como creo que ya ha quedado claro, me parecen una aberración retrógrada. Y ojalá fuera sólo eso: siempre he pensado, también, que las ideas de Ratzinger podrían llegar a ser hasta peligrosas, tomando en cuenta la influencia que tiene entre muchos. Sobre todo, en un momento en el que el diálogo se hace más necesario que nunca en todos lados, ya no sólo del mundo, sino aún dentro de las muchas culturas y formas de pensamiento que conviven en una sola ciudad.
¿Quieren ejemplos? Pues vayamos a ello, para que no se me acuse después de demagogia a mí también. ¿Qué sentido tiene, en el fondo, criticar a quienes “desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto, quién es digno de vivir o no”? Porque tales fueron las palabras de Herr Papa en su visita a España. Y si no es la gente (que la sociedad también es gente, vamos), ¿quién va a ser? ¿El papa? ¿O dios, que habla a través del papa? 
Es el tipo de cuestiones que a mí me molestan de Ratzinger, esa mentalidad tajante y cerrada que convertiría en sus enemigos a todos los que se aparten de lo que él considera ético si no fuera porque los menosprecia demasiado como para que lleguen a tanto. A mí tampoco me gustan las ideologías, pero decir que ellas conducen "a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios”, hay un salto muy largo... 
En fin, que yo no soy partidario de las religiones, pero tampoco las desprecio. Siempre he pensado que cada cual tiene derecho a elegir qué cruz va a cargar a lo largo de la vida, y no soy quién para cuestionar las decisiones ajenas. Pero el que una persona con la autoridad y el poder de Benedicto XVI sostenga ideas tan íntima pero notoriamente violentas y discriminatorias, cuando representa a una institución cuya fe se basa en el amor, la tolerancia y el perdón, no me cala para nada. Tampoco el que vaya paseando su folletín inquisitorio al extanjero, a países sobre suya constitución y forma de vida él no tiene por qué decir nada en nombre de nadie. En otra de sus declaraciones, B16 sentenció que la juventud está sometida "a nuevas formas de esclavitud"; pues bien, ya que hay que cargar con cadenas, al menos que sean nuevas, y no las viejas y oxidadas que nos ofrece el viejo, el viejísimo dogma del que este sujeto (que lo es) no es más que un representante. 

sábado, 20 de agosto de 2011

La del sábado: Charly García - "No llores por mí, Argentina"

Voy al paso, pero dispuesto a no permitir que pase otro sábado sin nuestra popular y tan querida sección en la que cantamos penas y glorias. Pero el día de hoy vamos de la mano del exceso, y por eso traeremos a sonar por aquí, ya dejada la resaca atrás hace por lo menos cinco copas, al rey de las noches eternas, al maestro de maestros, Charly García. Un hombre que no necesita presentaciones, y al que le basta un teclado para demostrar que dios no existe. El tema de esta noche es de los más grandes, además: No llores por mí, Argentina, clásico entre los clásicos, con copa en alto y puñal en el pecho. Con todo mi cariño, por supuesto. Ahora me largo, que la noche llama, y los dejo con Mr. García. Ahí sobran mis palabras.


viernes, 19 de agosto de 2011

El implacable Rod Stewart

Nunca terminaré de estar seguro de si la mala costumbre que tiene la gente de etiquetarlo todo, como si el mundo entrase en un pequeño montón de frascos, juega a favor o en contra de una personalidad como la de Rod Stewart. Hay quienes lo tachan enseguida, porque lo ven como una figura eminente del pop-rock (una combinación que no pueden dejar de considerar como una contradicción en sí misma); otros, lo tienen fichado como un cursi más del montón, uno de esos ingleses guapos que se visten de saco para cantar las baladas más tiernas y vomitivas del planeta... ¿y qué hace él? Con la mayor naturalidad del mundo, riéndose con ganas, planta los pies dando la cara a los reflectores y no duda en darles la razón a todos, de modo que los que no se sientan satisfechos queden en un shock lo bastante efectivo como para que no puedan cerrar la boca, y mucho menos seguir criticando.
Pero la verdad está muy lejos de ese montón de etiquetas, y vuela a años luz de lo que cualquiera de sus detractores pudiera tratar de decir en su contra. De pop-rock ni hablemos, porque en ese género (que tiene unas cimas extraordinarias, dicho sea de paso) él es el rey, como bien lo demuestran temas como Some guys have all the luck, Baby Jane o uno tan magistral como Young Turks; y no sólo eso, porque dejarlo en ese terreno es olvider sus canciones más rockeras, de calibre duro, pródigas en sexo y correrías nocturnas (el arsenal clásico), ¿o es que ya nadie recuerda Hot Legs, o Forever young? Y, en lo que respecta a las baladas, las que canta él se cuentan entre algunas de las más maravillosas y bellas canciones que ese género ha dado a luz alguna vez (de éstas, mi favorita personal es Handbags and gladrags, una verdadera joya).
En fin, que sobra tela que cortar en la carrera de uno de los músicos más versátiles del siglo pasado y de lo que viene siendo éste en el que vivimos, alguien que es capaz de apropiarse de las canciones de una manera tal que a menudo sus versiones originales (porque casi todas ellas son tomadas de otros) quedan olvidadas, o minimizadas frente a la voz de lija de Rod Stewart. En los últimos años, hasta se ha atrevido a entrar en aguas más difíciles, y sus American Songbooks, en los que recorre el repertorio clásico del jazz que cantaban maestros del tamaño de Sinatra y compañía, son una pieza maestra.
Pero no todo queda en la voz y la interpretación. Como Freddy Mercury, Roger Daltrey o Javier Gurruchaga (si hay que nombrar a alguno de lengua hispana tenía que ser él), Rod Stewart pertenece a la extraña y estrambótica especie de los showmans: gente para la cual las bandas de rock no son sólo una excusa para la buena música, sino también para el entretenimiento, la exhibición y la sátira. No es una labor sencilla conseguir esa empatía con públicos tan grandes, pero basta ver uno solo de sus conciertos para notar enseguida que Rod Stewart pertenece a los primeros puestos de la lista de los showmans más talentosos. 
Mezcla de payaso, estrella de rock y galán de cine clásico, hombre y caricatura a la vez, plural y hasta infinito: así es Rod Stewart, un cantante cuya carrera musical no parece tener notas menores, sino acordes que, aún en sus momentos más disonantes, consiguen la anhelada armonía, la gloria que sólo tiene una patria en la buena música. Recién me entero de que pronto llegará a hacer de las suyas en Lima, en un concierto que promete ser extraordinario (como todos los suyos). Yo ya me lo perdí una vez en Buenos Aires, y ahora hago cálculos frenéticos para ver si esta vez la historia no se repite; pero, para todos los que lo tengan a mano, se los aseguro: es una oportunidad que no hay que dejar pasar. Un concierto de Rod Stewart tiene la efectividad de un disparo en el bulbo raquídeo. Lo dicho: implacable.



jueves, 18 de agosto de 2011

La riqueza y el ocio


Al fin me he dicho que las cosas no pueden seguir así: desde el domingo tengo el lugar hecho una pena, todo lleno de polvo, vasos sin lavar, botellas tiradas por los rincones, un borracho durmiendo la mona sobre una de las mesas... en fin, que esto está peor que la consciencia del papa, y ya ha sido suficiente: a recoger un poco las cosas y ponerse serios. Aunque bueno, también es verdad que si tengo el Café en ese estado es porque no he andado muy bien de tiempo, entre las cosas del trabajo y las clases, pero corregimos, escurrimos la pereza acumulada sobre los hombros, pegamos un cabezaso contra la pared más cercana y encendemos un cigarrillo. Mucho mejor...

Ahora, a lo que iba. Hoy entré al Café pensando hablar de otras cosas, pero un pequeño mensaje que apareció en mi pantalla me hizo pensar mejor las cosas y, al final, me cambió el tema. Se trataba de un pequeño globito que apareció ni bien entré a mi página de administrador de blogger, que decía algo así como: "Oye, tu blog es popular, ¿por qué no le poner publicidad y le exprimes unas propinitas con nuestro sistema de monetización?". El famoso "Google Ad Sense", ni más ni menos. Y yo he sonreído, dado una calada al pucho e ignorado dicho mensaje, tan tranquilo...
Desde que empecé a manejar un blog siempre me ha gustado una cosa: el poder escribir lo que me salga del pájaro sin hacerme mayores problemas (a menudo, ni siquiera el de estar a la altura de mis propias espectativas), empujado por el más puro placer, a sabiendas de que por esto ni se me paga ni nada, y por ende tampoco sin que terceros motivos me hagan sentir responsable para con este sitio. El Café nació de la pura afición, de las ganas de tener un lugar donde verter mis ganas de escribir cuando me provoque hacerlo, de paso que voy manteniendo en buen estado físico mis "dotes" literarias (o las pocas que creo tener). El gusto está en poder invertir mi ocio sin gloria ni pena, echarme unas risas con los comentarios de la peña, entrar en uno que otro debate ocasional... pero sin ataduras, con ese sentimiento de libertad que sólo se obtiene de hacer las cosas porque sí, porque nadie me está pagando por ello. Además, yo no quiero ver tostadores y demás productos siendo publicitados por aquí, la verdad...
Es el viejo debate de la riqueza y el ocio. Obviamente, me encantaría enriquecerme sin tener que hacer nada, y sigo con la esperanza de que algún día alguien me pague cuatro mil soles mensuales sólo por existir. Pero de ahí a monetizar mi ocio, ese que invierto en escribir lo que publico por estos lares, hay un buen salto. El gusto de poder decir que nadie me paga por hacerlo no lo voy a perder, por más que, en realidad, el Google Ad Sense no te paga por escribir, sino porque la gente de un click a la publicidad. Da lo mismo: en este Café la barra es libre, y lo seguirá siendo. Será que nunca he sido buen negociante.
Dicho ha quedado. No es más que un comentario al paso, pero había que hacerlo. ¿Por qué, con lo mediocre que está esta entrada? Pues porque me dieron las malditas ganas de hacerlo, ¿se dan cuenta? En fin, que ya mas tarde, o mañana, o cuando pueda o quiera, escribiré algo un poco más digno. Ah, la libertad...

domingo, 14 de agosto de 2011

Domingo

Nunca me han gustado los domingos. Flota sobre las calles un sopor denso y resinoso, las paredes de la habitación parecen cerrarse más que nunca sobre uno, y se respira una resaca densa, con la boca llena de un sabor amargo y constante. Cada minuto dura lo que duran las horas eternas, como si estuviésemos parados al final de una calle larguísima, fumando un cigarrillo tras otro, consumiéndonos entre el humo mientras esperamos a Godot. Supongo que es el residuo que queda de las noches que se maquillan de gloria, ésas en las que vamos y tocamos a la puerta de los dioses vestidos de saltimbanqui sólo para echarnos una carcajada en sus rostros. Aunque claro... a estas alturas de la vida, uno ya suele haber aprendido que la gloria se parece demasiado a un vaso lleno, y la vida mucho más a una botella vacía.
Hay unas palabras que siempre vuelven a mí, día tras día, pero nunca con tanta fuerza como los domingos, y que son las que san Bukowski dejó escritas en una de sus formidables novelas: "Nos despertamos por las mañanas, damos una patada a las sábanas, apoyamos los pies en el suelo y pensamos: Ah, mierda, ¿y ahora qué?" Y lo más desgarrador de todo es que pueden venírsenos mil y un formas de responder a esa última interrogante, y sin embargo todas las opciones parecen falsas, fuera de sitio... como dormir en un hotel sin compañía.
El domingo es un día de sabor amargo. ¿Qué no daría yo por leer lo que Henry Miller o William Burroughs hubieran escrito si se sentasen a reflexionar sobre esta corona de espinas de la semana? ¿Qué otra cosa podemos esperar, además, de un día que dios, nos juran las escrituras, aprovechó para sentarse a descansar? Hay demasiada luz en los callejones, y las calles llenas de gente nunca me han gustado demasiado.
Engorda el silencio mientras trato de dar fin a estas palabras raquíticas. Frente a mis ojos, se alarga una tarde preñada de olvido, como si las procesiones aguardasen el momento de iniciar el via crucis. Quisiera llenar una copa con este licor y bebérmela al seco, pero no hay botellas a las que recurrir, ni billetera que explotar, ni ganas de moverse del asiento, ni tiempo que perder. El problema de los relojes del domingo es que tampoco dejan tiempo que ganar: sólo lo amordazan y lo arrojan por un barranco, y que ya se las apañen los segundos y las horas para llegar a día lunes, y a eso, siempre con la cadena en la mano.
Pero es lo de menos. Otra cosa que uno aprende con los años es a reírse de los chistes malos, y a levantar la cabeza aunque el prado huela a basura. Como los buitres: volando en círculos como marionetas cansadas, sólo para poner los pies en el suelo y comer carne podrida... o para decirnos, una vez más, "Ah, mierda, ¿y ahora qué?".


Aunque una buena fórmula contra los domingos es echar a rodar canciones como esta... claro está. El texto se lo dedico a mi querida Laura Viñas, con la que he podido hablar de estas cosas tantas veces.

sábado, 6 de agosto de 2011

La del sábado: Miguel Ríos - "Memorias de la carretera"

Otro sábado cobarde, señores, de esos que te reciben con un mediodía nublado, café tibio y una resaca indecisa. Pero eso, hoy, no importa. Escribo estas líneas a la volada, antes de los últimos preparativos para partir rumbo al norte, a la reserva de osos de Chaparrí. Y, en vistas a lo que me espera el día de hoy, he decidido traer a este maestro entre maestros, al rockero de la vieja escuela, nada más ni nada menos que el genial Miguel Ríos, con una de las mejores canciones que se hayan escrito alguna vez en lengua española. Porque claro: cada cual ha vivido estas palabras, y pocas cosas son tan sensuales, sublimes y poéticas como la leve pero absoluta fugacidad de la carretera, mientras la atravesamos rumbo a un nuevo destino. No se hacen una idea de las ganas que tenía yo de hacer rodar este tema... Con una copa en alto, como tiene que ser.


viernes, 5 de agosto de 2011

Demasiado Zizek


Uno de los nombres que más eco hacen entre los pasillos del mundo de quienes estudiamos literatura (y entre los cuales hay algunos, como un servidor, que aún no terminan de entender qué carajo significa eso de "estudiar" la literatura) es el de Slavoj Zizek, un pensador al que las masas de lectores suelen referirse con muchas mayúsculas, elogios y bocas abiertas. Aunque, tal vez, este eco esconda, en su fondo, un silencio. Dicho en otras palabras, que desconfío de la mucha fama, del mucho renombre, de Zizek. Y ya daré algunas de mis razones.
Recuerdo que hace unos meses, mientras leía algunos de sus ensayos, no pude evitar pensar dos cosas: 1) Que se trataba de un autor que tenía buen estilo, 2) que le faltaba orignalidad, peso y, además, actualidad. En pocas palabras, un autor cuyo estilo está muy por encima de las materias que desarrolla; y, cuando logra una observación pertinaz, aguda o interesante, normalmente (osea, casi siempre) se la debe a otro autor, llámese este Foucault, Lacan o quien sea.
Ojo, sin embargo, con ese "casi": Zizek no es un mal pensador, ni un autor que no merezca lectores. Pero tampoco creo que sus textos ameriten que tanta gente se haga pajas mientras lo leen, ni que despierte semejantes fanatismos y sectarios. Zizek tiene buenas ideas, claro que sí... pero le sobran demasiados párrafos a sus libros; esto, al punto que solo dos de cada diez dicen realmente algo. Por todos los demás, creo que podríamos decir que, como filósofo, Zizek es un buen crítico de cine. Y punto.
Una cosa que siempre he pensado (un poco maliciosamente, tal vez) es que Zizek debe gran parte de su fama a la imagen que ha vendido de sí mismo: el rockstar de la filosofía, el ensayista rebelde, el último marxista de pelo largo, el ensayista que no se baña. No sé lo que dirá el resto, pero supongo que algo de razón no me falta. ¿Por qué, sino, otros autores más sólidos de lineamiento marxista como, por poner un ejemplo, Habermas, no son recibidos con tanta pasarela? ¿Por qué posmodernos mucho más actualizados y firmes, como Vattimo, no son objeto de tantas fantasías parasexuales? Cada cual saque sus conclusiones.
En fin, que con todo esto no quiero decir que no haya que leer a Zizek, ni mucho menos. sus textos siguen teniendo muchos puntos de interés, y yo sigo decidido a comprar y leer su Visión de paralelaje, que me dicen es el mejor de los libros que ha escrito. Todo lo que pretendo es declarar respecto a lo que, a mi parecer, es un exceso de reputación mal sustentada para un autor que es bueno, pero nada más que eso. Será que, a mi parecer, muchos harían mejor leyendo libros de Davidson, Rorty, Nagel, Fodor o Hauser que agotando toda la bibliografía de Zizek, como si sus palabras fueran las únicas (y las últimas) que pueden ser dichas. 

martes, 2 de agosto de 2011

"La Celestina"


La literatura medieval siempre me ha parecido uno de los universos poéticos más fascinantes, lúdicos y, todo hay que decirlo, sensuales de todos los tiempos. Al fin y al cabo, se trata del reflejo, de la creatividad que puede nacer de una época a la vez dura y llena de imaginarios, y mientras cien mil personas morían presas de la peste bubónica la iglesia insistía en que adorases al dios de los cristianos. Figuras de la muerte y el diablo, reinterpretaciones de las viejas filosofías y los mitos de la tradición, manoseos, súcubos e íncubos, magia negra, alquimia y pasiones de esas que años más tarde nutrirían a las filas del romanticismo... y todo con un aire particular, como de querer estar oculto, que le daba a los asuntos un tono al que sólo puedo llamar morbo. Los nombres sobran: Boccaccio, Aretino, Dante, el Arcipreste de Hita, Chaucer, Petrarca, San Agustín, Tomás de Aquino, los inquisidores que escribieron el Mallus Maleficorum, Rabelais... y tantos otros. Pero hoy quiero hablar, particularmente, de un español, Fernando de Rojas, del que solo sabemos que haya escrito una obra (por desgracia, porque sería una maravilla que sus obras completas estuvieran en diez tomos): la extrordinaria Celestina.
Ya he insistido en este punto en incontables ocasiones, pero nunca está de más volver a hacerlo: que los que piensen que una obra es una aburrida promesa de tedio solo por ser un poco antigua están más equivocados que los que se creen todas las idioteces de Osho. La Celestina es una de las mayores obras maestras de la literatura española, y tiene todo lo que un lector contemporáneo pudiera desear en una novela o en la vida: hechicería, romances difíciles, putas, engaños... Dicho en otras palabras, una verdadera telenovela erótica escrita en pleno siglo XV.
Más allá de la trama, que está muy bien articulada en cada uno de sus elementos, La Celestina ofrece uno de los mejores ejemplos de desarrollo psicológico de los personajes en su época, y aún de todas las épocas. Calisto, Melibea, Sempronio, Pármeno, la sensual Areúsa... y claro, la inigualable Celestina, son seres complejos, cambiantes, que reflejan muy bien la disparidad de la vida misma, sin fosilizarse sobre dos o tres características (que es lo que sucede en tanta novelucha tonta, y aún en algunas obras maestras). Por eso no deja de sorprenderme (y apenarme) que Rojas no haya escrito más: su únca obra es una fuente inagotable de lectura, tanto para el que busque el mero hedonismo de la letra como para el que quiera aprender algunas lecciones de cómo se escribe y, más aún, cómo se compone a un personaje.
No insistiré mucho más. La Celestina es un libro que habla por sí mismo, y representa, junto a algunos otros, lo mejor que se ha escrito en los tiempos medievales. No asomarse a sus páginas es perderse de una verdadera obra maestra. 
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