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lunes, 19 de abril de 2010

De Epistemología a Filosofía de la Mente


Voy a ser franco con todos ustedes desde el comienzo: yo no sé cuáles seguirán siendo los verdaderos alcances de la epistemología tal y como la conocemos. En palabras más sencillas, que el debate filosófico acerca del orígen y naturaleza de los conocimientos podría estar a punto de encontrarse en un doble camino hacia el callejón cerrado o hacia toda una nueva teoría que, de hecho, ya no es el tipo de filosofía al que estamos acostumbrados cuando hablamos de "epistemología". Y esto que digo no se basa en meras indagaciones y suposiciones personales, no: creo que desde el desarrollo de filosofías como las de Davidson (cf. El mito de la subjetividad) hasta textos más actuales, como los de Blackburn, Churchland o Fodor, el estudio del conocimiento como tal está cada vez más ligado a otros de intersubjetividad, hermenéutica y, en primer plano, los estudios sobre la mente que emprende, precisamente, la filosofía de la mente.
Claro que podría estar tomando un mal punto de partida: ¿por qué hacer una separación tan brusca entre epistemología y filosofía de la mente? Bueno, eso es sólo una estrategia. No se trata de que una teoría cancele a la otra, sino que mi punto es que, poco a poco, la segunda va a integrar a la primera, como de hecho ha venido haciéndolo en los últimos años de debate entre filósofos.
¿Las ventajas? Bueno, creo que los estudios de neurociencias tal y como van desarrollándose hasta el momento son un valle muy fértil, y empiezan a permitirnos una comprensión, todavía temblorosa, pero cada vez más afirmada, del funcionamiento del cerebro. Y, dado que los fenómenos del conocimiento (la mente, los sentidos, los procesos de razonamiento, etc.) se producen en el cerebro, los problemas relacionados a ellos podrían tener un mejor campo donde crecer y desarrollarse en la forma más explicativa posible dentro del marco de trabajo de esta filosofía en particular que es la de la mente.
Pero eso sí: no caigamos en los errores que podemos evitar. Plantear la desaparición de la epistemología clásica, al estilo reflexión-debate tal y como se ha venido planteando desde hace siglos, con sus ventajas y desventajas, sería ridículo, y hasta contraproducente. Ninguna disciplina, ninguna estrategia, tiene por qué desaparecer sólo porque un grupo opine que debe hacerlo. Esta es, insisto, sólo una opinión: que la filosofía de la mente tiene un alcance en cuanto a los problemas de la epistemología de los que ninguna otra rama de la filosofía puede prometerle.
Bien vista, la filosofía de la mente es un tipo de filosofía muy pertinente al siglo que nos ha tocado vivir: el desarrollo de los estudios en neurociencias, de la mano con el camino realizado por la filosofía y la psicología, son garantía de un resultado, como mínimo, interesante. A mí, en particular, me llama mucho la atención todo el debate, tanto por sí mismo como por el tipo de herramientas que puede prestar a otras áreas de trabajo como son la fenomenología (en su etapa post-husserliana y sin esencialismos ni nada parecido) y el existencialismo.
No quisiera cerrar esta nota sin recordar, de pasada, ese sabio aforismo de Wittgenstein (Sobre la certeza) en el que nos recuerda que el lenguaje es una caja de herramientas. Bueno, pues lo mismo pasa con el conocimiento: se trata de hacerse con un arsenal de herramientas críticas que nos permitan, todavía, dar otro vuelco al asunto, aunque no sepamos con qué objetivo, pero con toda la entrega del mundo. La filosofía, de todos modos, es apasionante.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Cuando Verdad se escibe con mayúsculas


Hablar de la Verdad en su estado puro no es otra cosa que buscar problemas. Algunos recordarán que hace un tiempo publiqué una entrada en la que traté de esbozar algunos de los problemas que implica el hablar de la Verdad, y uno de los temas que traté fue, precisamente, el de su valor plural y, algunos dirían, "relativo" (esto no en el sentido nietzscheano, sino más bien en uno derivado de Peirce y de James). Que es, por cierto, el tipo de verdad que me interesa a mí: la que se desnuda de toda su seriedad para casi parecer una mentira, porque sabe que puede serlo. Como bien lo dijo Hume, todo conocimiento, toda verdad, es un acto de fe: nosotros damos un sustento a las creencias al implicarnos con ellas, por cómo les dejamos que afecten sobre nuestras vidas; o las alimentamos con una especie de humor casi indiferente, si se quiere, pero considerando, como diría Russell, su valor como hipótesis.
Pero está la otra Verdad, la que se escribe con mayúsculas. Ernesto Sábato decía que cuando se hablaba de la Humanidad con mayúsculas es que la humanidad tenía que empezar a temblar. Pues algo así sucede con la Verdad. Y habría que preguntarse no solo quién fue el que le puso la maldita mayúscula delante, sino también quién se lleva el peso del asunto.
Porque la verdad, sobre todo cuando está con mayúsculas, es siempre un discurso. Sirve, claro está, para dar un orden a la sociedad y, por ende, para estructurarla. Pero, ¿en favor a los intereses de quién?
Este es uno de los temas fundamentales de la teoría crítica (después de Nietzsche, vale la pena revisar los textos de Adorno, Marcuse, Foucault, Gramsci y Pasolini). Yo, les digo la verdad, no se hasta que punto pueda decirse que son exagerados. He de insistir, supongo, en la validez actual de estas teorías (que, recuérdese, es otra clase de discurso), y quizá sea el momento de que alguien formule sus implicancias con el desarrollo de la sociedad virtual, el Internet y la globalización del mundo de las telecomunicaciones.
Ya se lo que dirán algunos: que me puse, de repente, muy serio. Bueno, es un tema que ya he tratado muchas veces; y, de todos modos, les recuerdo que casi todas las grandes masacres de la historia han sido en nombre de la Verdad (y de la Humanidad, de paso).

Imágen: "Rua Ruini", de Xul Solar

miércoles, 18 de noviembre de 2009

El hombre ante sus ojos (notas para un método de análisis existencial)

Nota: estas líneas son un fragmento de una de las partes del borrador de un ensayo sobre existencialismo que empecé hace unos días. Su objetivo es ser teóricas, pero siguen no siendo más que eso: un borrador. Dejo esta advertencia de antemano, pero recalcando que las ideas que contiene (y que pueden parecer meramente aclarativas, pero que en realidad pretenden preparar el camino para un trabajo sumamente laborioso y profundo que, espero, rinda sus frutos) son en general las mismas que mantendrá en su versión final. Al que se tenga el interés y se tome el trabajo de leer esta entrada, le ruego me comunique sus pareceres y críticas dejando comentarios, porque me pueden ser de gran utilidad más adelante.
S.B.

El primer gran problema al que se enfrenta la propuesta de una filosofía existencialista es el del método: después de todo, ¿qué camino puede seguirse acertadamente para cuestionar, replantear y analizar no sólo la existencia factual, sino al existente mismo, al ser dotado de un carácter ontológico positivo y propio que, de hecho, es el mismo que plantea la pregunta? Si nos volvemos hacia la historia de la filosofía, nos encontramos ante una diversidad de métodos que, de un modo u otro, han dado sus frutos: Jaspers, por ejemplo, se vale de una introspección heredada a la vez de su formación psicológica y de sus lecturas de Kierkegaard para redondear el aspecto ontológico, siempre atado a lo humano (en tanto que es un punto de partida, el que eslabona el discurso); Sartre, por su lado, parte del análisis fenomenológico de los entes tal siguiendo la metodología planteada, en sus diversos capítulos, por Husserl y Heidegger (dándoles la mano ahora, retirándoselas en otros pasajes) y de algunos procedimientos aprendidos del psicoanálisis. En ambos casos (en todos los casos), sin embargo, hay un requisito infranqueable: el de poner alguna forma de "lente" que separe al hombre de su propio carácter de existente; la asumisión de una determinada perspectiva que permita atacar la cuestión puesta como objeto de análisis (el existente, la categoría del Ser, etc.) desde una suerte de "distancia" epistemológica que certifique un cierto grado de "objetividad" o, mejor aún, "lejanía" para realizar la interpretación (todo análisis es hermenéutica).
El gran problema, en este punto, parece bastante obvio: ¿cómo lograr la pretendida "lejanía" para tratar algo tan ónticamente cercano al que pregunta como la existencia, el "Ser" mismo? Probemos con una comparación: imaginemos a una persona que padece de un tumor maligno (lo más parecido a la existencia); es más, imaginemos que esta persona es, además, médico y, si se quiere, oncólogo: sólo en honor a su título no va a dejar de padecer los síntomas derivados del cargar con un tumor maligno. Pero, dada su formación, puede observar su problema desde otra perspectiva que la del mero paciente (actitud pasiva): si es bueno, podrá "salir" de su condición de paciente para asumir la otra que tiene a mano, la de médico (actitud activa), y, desde ella, reanalizar su situación; y, si es un verdadero genio, podrá valerse de ambas perspectivas, la del médico y la del paciente, para tratar y analizar la cuestión, reconociendo su función como "parte" del problema pero sin perder esta "distancia" metodológica. En este sentido, resulta, pues, fundamental reconocer la diferencia entre lo óntico y lo ontológico, la postura del paciente y la del médico. Como bien lo decía Heidegger, el Ser es lo más cercano a nosotros ónticamente, pero ontológicamente lo más lejano. O, repitiendo la fórmula de San Agustín sobre el tiempo, podríamos preguntar: "¿Qué es el Ser? Lo sé si no me lo preguntan; si me lo preguntan, lo ignoro."


martes, 29 de septiembre de 2009

La... ¿Verdad? ¿Dónde?


Uno de los problemas más viejos de la filosofía es el de la verdad: se lo ha tratado de atacar desde todos los frentes, y cada vez que un pensador parece haberse quedado con una parte o todo del botín, llega otro, cual pirata, y se lo arranca de las manos, después de una a menudo cruenta batalla donde brilla el acero de las críticas, las refutaciones y los argumentos. La filosofía, en este sentido, es una forma de guerra sin cuarteles (o "nadie sabe para quién trabaja").
La lógica, la epistemología y, en ciertas ocasiones (Hegel y sus amigos), la ontología son solo algunos de los frentes que se han abalanzado sobre el presunto tesoro, inclusive aliándose entre ellos. Pero, ¿a quién dar los premios? Los pensadores idealistas del siglo XIX, siguiendo la estela del romanticismo y de los escritos de Kant, afirmaron que la Verdad se encontraba oculta detrás de un sinnúmero de fenómenos, como si estos fuesen las máscaras de una divinidad (Schopenhauer fue el primero en afirmar que esa Verdad no era, como decían sus contemporáneos, nada deseable, sino más bien algo del todo terrible). De alguna forma, todos estos pensadores representaron la última Gran Cruzada por la Verdad, antes de la llegada de Nietzsche y, luego, del pragmatismo: en sus manos, la Verdad cambiaría sus matices y sus formas, ya desfigurándose, ya multiplicándose como en un caleidoscopio, casi hasta el punto de rozar el caos, o metiendo un pie de lleno en su lodo. Pensadores como Dilthey o, en algunos puntos, Heidegger representarían el último temblor antes de lo que José María Valverde llama la "Muerte de las Ideas". Y luego... ¿qué? ¿No más verdad? Porque si la supuesta Verdad guarda tantos rostros distintos, ¿luego qué sentido tiene hablar de ella? O, peor aún: ¿qué podemos afirmar de nosotros mismos y de lo que creemos ser o conocer?
El problema de la verdad se relaciona directamente con todos los demás problemas de la filosofía: si no fuese así, la filosofía misma no sería sino un montón de juegos de trabalenguas. Se la afirme o se la niegue, la verdad sigue siendo un tema fundamental. Pero, desde cierta perspectiva, también es un problema que se ha exagerado: esto lo hace notar muy bien el filósofo norteamericano Richard Rorty, al afirmar (en su ensayo La contingencia del lenguaje) que las categorías de "verdad" y "falsedad" no deben ser confundidas, como normalmente sucede, con la de "realidad". En otras palabras, que si decimos que algo es "verdadero" o "falso" esto es a un valor proposicional, no ontológico: podemos dudar de si la mesa es real o no, pero no si es verdadera o falsa. Pasar este tipo de detalles por alto (y sobre todo por el tipo de relación que hay entre lenguaje proposicional y realidad) pueden llevar a problemas como el que enfrenta Mafalda (ver historieta arriba).
En este sentido, creo que la filosofía de la mente, de la mano del pragmatismo, la filosofía del lenguaje y la ontología, ha llevado el problema de la Verdad por el mejor camino: afirmar el pluralismo epistemológico, por un lado, y la realidad psíquica y sus posibilidades intersubjetivas del otro. Sirve, además, como un frente desde el cual una relectura de toda la historia de la filosofía resulta sumamente enriquecedora. En mi caso particular, del existencialismo: los problemas de la comunicación y de la noción de "los otros" y del "yo" (tal y como los atacaron Sartre, Heidegger, Jaspers o aún Schopenhauer) encuentran toda una nueva serie de posibilidades (no digo que felices, pero eso es lo de menos).
Quiero terminar este breve comentario con un par de recomendaciones: La verdad, de Simon Blackburn (que no sólo desarrolla muy bien las cuestiones referentes al problema de la Verdad, sino que además tiene momentos del más fino humorismo); El mito de la subjetividad, de Davidson; y la más que legible Vida y muerte de las ideas, de José María Valverde. Además, una novela: El doctor está enfermo, de Anthony Bürgess, donde los problemas de la mente y el lenguaje en su relación a la construcción psicológica de la realidad encuentran un lugar en la literatura, y con muy buena prosa.
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