martes, 4 de septiembre de 2012

Reescribiendo el Pasado


Los hermanos Grimm deben su fama a sus extraordinarias versiones de los cuentos tradicionales que habían sobrevivido en Alemania a lo largo de muchos siglos. Pero pocos saben que esta recopilación forma parte de un proyecto mayor, cuyo objetivo era una recuperación romántica del pasado.

De un modo u otro, todos nosotros hemos formado nuestra imaginación entre los palacios y los bosques encantados de los Grimm. Aunque por aquel entonces no supiéramos el nombre de estos hermanos (que pasaron de bibliotecarios a profesores de la Universidad de Humboldt y, de ahí, el mayor de los dos, Jacob, a miembro del Parlamento de Frankfurt), sus relatos han estado siempre muy presentes en nuestra infancia, ya fuera que llegaran a nosotros por boca de nuestros padres, de los libros ilustrados o, claro está, de las magníficas películas de Walt Disney. 
Después de todo, ¿cómo hubiera sido nuestra infancia sin todos esos personajes de cuentos de hadas que, casi sin que nos diéramos cuenta de ello, iban enseñándonos a imaginar mundos diferentes al nuestro? ¿Sin Blancanieves, la Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la Bella Durmiente o la Cenicienta? Personajes todos ellos que conocemos gracias al trabajo de los hermanos Grimm, aunque no hayan sido ellos, en realidad, quienes los crearon, ya que pertenecen a una tradición mucho más vieja, y casi todas sus historias datan de la Edad Media.
El verdadero trabajo de estos hermanos fue el de recopilar todo estos cuentos tradicionales de Alemania, muchos de los cuales seguían siendo relatados en los pueblos de las provincias, para luego adaptarlos al estilo de su época. Un trabajo tremendo y, pese a todo, de gran originalidad, pero que respondía a un proyecto mucho mayor, nacido de una preocupación que, en aquel entonces, atravesaba a casi toda la intelectualidad germana.

Un pasado glorioso
El primer responsable de que los Grimm se interesaran por los cuentos tradicionales no fue otro que el poeta y pensador romántico Clemens Brentano, al que conocieron en su paso por la Universidad de Marburgo. Quizá no se dieron plena cuenta de ello en un principio, pero lo que de alguna manera hizo Brentano fue sumarlos a las filas de los que luchaban por forjar una identidad nacional alemana.
Para entender todo esto hay que tomar en cuenta un detalle, y es que en aquel entonces Alemania no era ni siquiera un país, sino más bien “un mosaico de trescientos dominios” (la expresión es del catedrático español José María Valverde) más o menos independientes pero con una vaga noción de identidad. Pero, creían algunos, eso debía cambiar: para aquel entonces, Goethe ya había auspiciado la Unificación (que no se haría realidad sino hasta 1871, gracias a la gestión de Bismarck), y Hegel, al que todos veían como el abanderado del pensamiento universal, declaraba que, con la llegada de la etapa romántica, la historia estaba llegando a su punto más alto en términos de progreso espiritual y real. Pero no bastaba con cantar las glorias del presente: hacía falta, también, un soporte cultural para la idea de la unidad alemana.
Claro que hubo muchas tentativas para hacerlo, y cada autor lo hacía a su manera. Algunos creían que había que buscar mucho más allá de las fronteras, y así tenemos a Herder proclamando a Shakespeare como el Sófocles germano, o al universalista Goethe fundiendo las raíces culturales del norte con las griegas y latinas (en la segunda parte del Fausto, por ejemplo). Pero la tendencia general fue la de volver la vista a la Edad Media, que no tardó en convertirse, en la pluma de los poetas, en una suerte de Paraíso Perdido, una Arcadia poética en la que todos los alemanes habían estado unidos bajo un mismo ideal. Presente y futuro debían fundarse sobre ese pasado compartido que recibió el nombre de “Primer Reich”, o Primer Imperio.

Labor de autores
Todo esto, claro está, dio pie a dos clases de trabajos literarios: por un lado, estaban los escritores que idealizaban esa etapa medieval, que evocaban con la nostalgia del amante que ha perdido a su musa. Es el caso de la novela Heinrich von Ofterdingen, de Novalis, que además reúne buena parte de los tópicos románticos. Aquí, la labor era fundamentalmente creativa: prácticamente se trataba de inventar el pasado, para convertirlo en un símbolo, casi una premonición, del futuro.
Pero, del otro, tenemos a los que, empujados tal vez por el desarrollo que había alcanzado la filología en manos de autores como Lachmann o Schleiermacher, se propusieron recoger, recopilar y reescribir los viejos relatos que sobrevivían desde aquellos tiempos remotos. Tal es el caso de los hermanos Grimm, a cuyo arduo trabajo debemos buena parte de los cuentos que escuchamos siendo niños. Pero no solo eso: visto en función a su época, tampoco puede sorprendernos el hecho de que, entre sus trabajos, se cuenten no solo recopilaciones de relatos y leyendas tradicionales, sino también un Diccionario etimológico y un estudio sobre la gramática del alemán. ¿Por qué iba a hacerlo? Al fin y al cabo, la lengua es inseparable de la imaginación, y es su historia la que nos hace, en buena medida, ser lo que somos. 

(Este artículo fue publicado en El Dominical, suplemento cultural del diario El Comercio, el dia 2 de setiembre del presente año.)

domingo, 12 de agosto de 2012

Tolstoy: el gigante ruso



Sucedió una madrugada de noviembre del año 1910. Era pleno invierno, y debió hacer un frío comparable al de los últimos círculos del Infierno dantesco, cuando un tren se detuvo en la entonces estación de Astapovo, Rusia. Dos hombres, un médico y el jefe de estación, ingresaron en él y llevaron afuera el cuerpo moribundo de un viejo de 82 años, alto y barbudo, que moriría al cabo de unos días. Veinte años después, y en honor a aquel mismo hombre, que se había ganado el respeto y el afecto de todas las clases sociales del país, la localidad entera cambiaría de nombre, adoptando en su lugar el suyo: Lev Tolstoy.
Un nombre que, por cierto, trae consigo el eco de muchísimas cosas: el viento que atraviesa el interminable paisaje de las estepas eslavas, sí, pero también el ruido del trabajo de los mujiks que siegan las cosechas, el fragor de los cañones y los sables en mitad del campo de batalla, el tintineo de las copas llenas de champagne en los majestuosos salones de la aristocracia, la voz de los fantasmas que acechan desde lo más profundo del hombre entregado a la lucha diaria del vivir. Todo ello está en Tolstoy, ese coloso de las letras universales que no dejó que nada quedara excluido de sus obras, y que supo captar con un talento narrativo y una mirada integradora sin precedentes el todo de la vida social, moral y psicológica de la Rusia en la que le tocó vivir.

El autor y la tradición
Resulta difícil imaginar a alguien que pudiera no quedar deslumbrado por la literatura rusa. Desde Pushkin y Gógol, por lo menos, ésta quedó consolidada como una tradición en la que la técnica descriptiva y el desarrollo psicológico de los personajes son la clave para dar solidez y verosimilitud a la obra. Esto es algo que podemos ver en autores que van desde Lérmontov hasta Chejov, pero que encontraría su máxima expresión en las novelas de Tolstoy.
Sobre el realismo de Tolstoy se ha dicho tanto que tal vez no valga la pena agregar mucho. La descripción de sus escenarios, ya sea que se trate de grandes salones, ciudades, suburbios o campos de cultivo o de batalla, es de una pulcritud y una economía admirables. Poco se ha dicho, en cambio, de su talento para tejer los abismos psicológicos de sus personajes, una rama en la que se suele pensar, ante todo, en Dostoievski (al que Tolstoy admiraba muchísimo, como se lo hizo saber por carta a través de un amigo, pese a que los dos escritores nunca llegarían a conocerse).
Pero Tolstoy no tiene nada que envidiar al autor de Crímen y castigo. De hecho, él consiguió, a través del estilo claro y cuidadoso que le era propio, sondear a fondo las angustias y esperanzas de sus personajes, haciendo de lo moral y lo psicológico dos cosas inseparables. Es más: tal vez él haya sido el primero en utilizar la técnica narrativa del monólogo interno, normalmente asociada a Joyce, como puede verse en muchos pasajes de Guerra y paz, así como en ese inolvidable momento de Ana Karenina en el que la protagonista desea, inconscientemente, que su esposo se moleste con ella y la castigue por sus infidelidades.

Pilar de las letras
No deja de ser curioso que el último capítulo de la vida de Tolstoy empiece en una estación de trenes. Treinta y tres años antes, una desesperada Ana Karenina encontraría la muerte saltando a las vías del ferrocarril.
Para nosotros, Tolstoy es mucho más que la promesa de grandes historias y personajes inolvidables. Es, también, un pilar de nuestra cultura, un monumento sin el cual la literatura de nuestros tiempos sería inimaginable (o, por lo menos, enormemente pobre). Al que quiera escribir, le recomiendo leer a Tolstoy: aprenderá algunas de las lecciones literarias más importantes de su vida. 

(Este artículo apareció publicado en el Dominical -suplemento cultural del diario El Comercio- el doce de agosto del 2012). 

domingo, 5 de agosto de 2012

Ponme la mano aquí, Macorina



Vuelvo a las andadas, después de algunos meses de silencio. Ya saben: la vida a veces no deja tiempo para la vida, pero siempre habrá cuándo volver, como dicen las canciones que cantaba, con el corazón en la garganta y la voz desgarrándose en llanto, Chavela, Chavelita, la Vargas. Pero hoy las cosas son diferentes. Hoy hay duelo y luto en el bulevar de los sueños rotos, hoy lloran las barras de los bares y todas las canciones de amor guardan silencio y se quitan lentamente el sombrero. Chavela Vargas ha muerto en su México lindo y querido a la sorprendente edad de 93 años, poniendo el punto final a lo que ha sido toda una era de la canción ranchera, y aún de la música en general. 
Casi un siglo, y todavía demasiado poco tiempo para disfrutar de una voz tan única como la suya. Nunca olvidaré las tardes de mi infancia, cuando en la sala de campo de mi abuelo no sonaba otra cosa que las canciones de Chavela (bueno, y las de José Alfredo Jiménez). Hace no mucho estuve allí con unos amigos, y me encontré una mañana, solo, tomando una cerveza mientras flotaban los acordes de algunas de las canciones que ella hizo inmortales: "En el último trago", "Ponme la mano aquí Macorina", "La llorona" y tantas otras. Creo... no, sé que no exagero cuando digo que, de alguna manera, todos los que la hemos escuchado nos hemos visto abrumados por ese cálido y sin embargo acongojante sentimiento al que llamamos "amor". Después de todo, ¿quién no podría amar a la Vargas? Imposible dejar de hacerlo, imposible cerrar el pecho después de escuchar una voz tan honesta y hermosa como la suya, acostumbrada a decirlo todo con mucho más que las meras palabras. Sí, sí... ponme la mano aquí, Macorina, y tómate esta botella conmigo, que en el último trago nos vamos. 

martes, 29 de mayo de 2012

Mi nombre es Historia



“Cuándo, dónde, cómo ocurre el encuentro del individuo y la historia. Cuándo, dónde, cómo se cruzan los caminos del ser personal y el ser colectivo”. Creo que no exageraríamos al decir que estas cuestiones, que Carlos Fuentes se planteó en el prefacio a Los cinco soles de México, son las mismas que atraviesan toda la obra del escritor mexicano. Y, si llegara a surgir alguna otra pregunta en el camino, terminaría por llevarnos, también, a ellas tarde o temprano. Irremediablemente. Tal es la consigna de Carlos Fuentes: el protagonismo de la historia.

Thomas Nagel escribió alguna vez que todo buen filósofo debe encontrar la obsesión que ha de guiarlo por el resto de su vida. Pues bien: esta afirmación también se aplica a los escritores, y en el caso de Fuentes esta obsesión es la Historia (escrita así, con mayúscula). Basta con revisar cualquiera de sus libros para notarlo: ya sea con la excusa de alguna oscura conspiración de clave policial (como sucede en La cabeza de la hidra), del retrato de las costumbres y supersticiones de los habitantes de la provincia (caso de los cuentos reunidos en Cantar de ciegos) o del repaso del imaginario colectivo del pueblo mexicano (como en Los años con Laura Díaz). Antes de darnos cuenta, ya estamos caminando por los pasillos de la Historia; tal vez porque siempre estuvimos en ellos, y no hay forma de abandonarlos.
La obra narrativa de Fuentes parte, siempre, de esta noción de conjunto. El individuo, para él, no puede ser arrancado de su sociedad, y ésta hunde a su vez las raíces en lo más profundo de la suma de los días que dan forma a su pasado. De ahí que, de una forma u otra, siempre nos veamos forzados a volver la vista atrás, a la vieja pregunta por el origen. De esta forma, Carlos Fuentes tiende uno de los puentes más impresionantes (y originales) que se hayan proyectado alguna vez en el terreno de la literatura, dando un paso más allá del mero concepto de “novela histórica”.
Y es que, si pensamos en las novelas que escribió, no nos encontramos frente a una trama que se ubique dentro de un momento histórico dado. Más bien, hay que dar vuelta a la moneda: es la Historia misma la que toma aquí la batuta para dirigir a la orquesta; es ella la que absorbe a sus personajes, con lo que los acontecimientos se alzan aún por encima de las pasiones, hasta el punto de asumir el rol protagónico. Si pensamos, por ejemplo, en una novela como Los años con Laura Díaz, no son las pasiones ni los romances de Laura con lo que nos quedamos al cerrar el libro, sino más bien con la forma en que hemos visto, a través de sus ojos, el correr de esos años, entre el aroma a pólvora de la revolución, el eco que llega de la guerra en España y la reconstrucción de la identidad mexicana a través de personajes como Diego Rivera o Frida Kahlo en los albores de una nueva etapa económica. En pocas palabras, que lo que se nos da es un lugar privilegiado para ver cómo los hechos se suceden para ir tejiendo el mosaico al que llamamos “presente”.
De más está decir que se trata de un recurso literario peligroso, que puede poner en riesgo la vitalidad de los personajes al reducirlos a meras fichas que ruedan por un tablero demasiado grande. Pero, por suerte para nosotros, Carlos Fuentes casi siempre logra vadear este peligro, valiéndose para ello de su talento como escritor. Las lecciones que aprendió de autores como Faulkner y Thomas Mann le dan un criterio narrativo que le permite atravesar la historia de un país a través de los deseos, temores, romances y desencuentros de sus personajes en cada uno de los momentos de la misma. Así, Fuentes no solo consigue consolidar a la historia como su proyecto, sino que además logra reflejar, a través de la prosa, el sentimiento de distintas generaciones de mexicanos, y aún de latinoamericanos. Como él mismo escribió, en el mismo prefacio que citamos al principio: “La memoria y el deseo saben que no hay presente vivo con pasado muerto, ni habrá futuro sin ambos”.

(Este artículo salió publicado en El Dominical, suplemento cultural del diario El Comercio, el domingo 20 de mayo del 2012. Ya pasó un tiempo desde la muerte de Fuentes, pero nunca está de más rendir otro pequeño homenaje, de paso que sacar a "relucir" las cosas que escribo. En fin... qué vida esta... )

miércoles, 23 de mayo de 2012

William Burroughs: la velada inquietante



Resulta muy difícil, si no imposible, hacerle justicia a un escritor como William S. Burroughs. Violento y ensordecedor, pero al mismo tiempo majestuoso y poético, su figura parece alzarse en la mitad de la encrucijada que separa al narrador más crudo y demencial del frío y analítico hombre de ciencias. Y esto no es una simple metáfora, sino que, realmente, cuesta creer que el autor de novelas como Yonqui o la célebre El almuerzo desnudo sea el mismo que se sentaba a escribir con toda seriedad sobre los efectos de las diferentes drogas, con comentarios respecto a su posible efecto sobre el cerebro y métodos de combatir su adicción. En un caso como este, cuando surge la pregunta acerca de dónde terminan las máscaras para dar paso al verdadero rostro del hombre, hay que resignarse a admitir que no hay mascarada alguna, y que la voz que nos llega desde las páginas es, siempre, real.
Claro que Burroughs, como Byron o Bukowski, debe buena parte de su fama a los excesos de su vida privada, que fue el combustible con el que alimentó su obra. A mediados de la década del cuarenta, cuando el autor apenas si pasaba de los treinta años, entró en contacto con el grupo que, algo después, se haría conocido como “La Generación Beat”, si bien él siempre se negó a ser incluido en ella: Jack Kerouac, Neal Cassady, Allen Ginsberg y John Giorno fueron algunos de sus compañeros por aquel entonces, en correrías cuyo objetivo era dar con una experiencia trascendental que los llevara más allá de los límites de la propia realidad. Objetivo que, de más está decirlo, jamás era alcanzado, lo que los empujaba a estar siempre, parafraseando la simbólica novela de Kerouac, “en el camino”. Una actitud, ciertamente, candorosa, apenas un pseudo misticismo infantil, que muchos de los “beats” tuvieron que pagar a un alto precio. Y Burroughs, que por estos años se dedicó a vivir en carne propia todos los excesos que las drogas pudieran ofrecer (sobre todo la heroína, pero sin hacer ascos a ningún otro estupefaciente, incluyendo jarabe para la tos y nuez moscada), no fue la excepción.
Sin ir más lejos, fue en 1951 que aconteció la más conocida de las tragedias de la vida de Burroughs: la muerte de su esposa, Joan Vollmer, de la que él fue responsable. La pareja, dada como era a las emociones fuertes, había ideado un pequeño juego de tiro al blanco al que llamaban “Guillermo Tell”, donde el blanco era una manzana puesta en equilibrio sobre la cabeza de Joan y el tiro… pues eso: un tiro con el arma de William. No es difícil imaginar lo que sucedió: Burroughs, inculpado por homicidio, tuvo que pasar trece días en prisión, aunque la peor de las jaulas fue, indudablemente, la negra depresión en que lo hundió aquel terrible “accidente”. Treinta años después moriría su hijo, un alcohólico al que no le bastó con consumir su propio hígado, sino que hizo lo mismo con el que recibió en un trasplante.
Perturbador e inquietante, este es un autor cuyos textos reflejan, de una manera u otra, pero siempre con absoluta sinceridad, el asalto de sus demonios más profundos. Lo que no significa, claro está, que todo este caos verbal fuese resultado de un simple acto reflejo o de la improvisación. Muy por el contrario, lo que coloca a William Burroughs por encima del común de los escritores de su época, y aún de algunos de los mayores, es precisamente el genio y la diligencia con los que construía sus textos. Y, si bien es cierto que se trata de un escritor desigual, la altura poética de sus mejores momentos hace que olvidemos enseguida los párrafos menores.
Por violenta y caótica que sea, la estética de Burroughs responde a un duro trabajo creativo, producto de una larga serie de lecturas y refinamientos. Es lo que se hace notorio cuando pensamos en su máxima creación, El almuerzo desnudo: un tour de force por los más oscuros precipicios de nuestra condición humana y de la sociedad contemporánea, donde los alaridos de dolor no tardan en confundirse con gemidos de placer y con las carcajadas. Es indiscutible la influencia de Nietzsche y del Marqués de Sade, pero en su cuidadosa arquitectura verbal, que vuelve continuamente a temas y motivos determinados, se reconoce también la sombra de Joyce. Y, por su estructura y composición general, el libro se vuelve aún más allá, hasta Dante y su Divina Comedia, para presentarnos un Infierno sin puertas ni ventanas por cuyos círculos ha de guiarnos la voz del propio Burroughs, como un Virgilio delirante. Una obra, pues, que esconde tras la blasfemia y el espanto una compleja e insospechada maquinaria narrativa, que podemos reconocer una vez que admitimos que, así como hay quienes nacieron para construir represas, hay otros cuya especialidad es desbordarlas. Como bien lo dijo él mismo: “No busco entretener…”. 

(Este artículo fue publicado en El Dominical (suplemento cultural del diario El Comercio) el día 29 de abril del 2012.)

martes, 15 de mayo de 2012

Despedida a Carlos Fuentes


Todavía recuerdo la primera vez que leí a Carlos Fuentes. Yo tendría unos diecisiete años, y, aunque nunca hubiera abierto uno de sus libros, su nombre me era más que familiar (como suele suceder con escritores de su talla). Por aquel entonces fue que compré La cabeza de la hidra, en una edición sencilla pero bien hecha, y no pasó mucho tiempo antes de que me volcara en sus páginas. No sé cuál sería mi impresión si se me ocurriera releer esa novela, pero en ese entonces me absorbió como un agujero negro: una trama policial que, me pareció a mí, estaba muy bien dispuesta y estructurada, donde cada acción sucedía en medio del clásico ambiente de la novela negra y que, además, contaba con detalles que fácilmente se le calaban a uno hasta lo más hondo, como esas conversaciones telefónicas en las que dos de los personajes sólo hablan mediante citas de Shakespeare. Y, por si fuera poco, no pasó mucho tiempo después de terminarla cuando alguien me dijo que, de las obras de Fuentes, esa era una "relativamente menor". Dicho de una manera sencilla, me era imposible creerlo. Y, sin embargo, era así. 
Ahora, que tampoco voy a mentirles dándomelas de entendido. En realidad, es relativamente poco lo que he leído de Carlos Fuentes; pero ese poco basta (y sobra) para poder decir que es uno de los mayores novelistas del panorama latinoamericano del siglo pasado. 
Hoy, este escritor, cuya envergadura y porte realmente son comparables a los de las águilas a las que él se refirió en más de uno de sus textos, ha dejado de habitar entre nosotros, abandonando (así sea sólo en carne) el trono que los años y las obras le dieron en el ámbito de la literatura mexicana. No diré mucho más ahora, porque pretendo hacerlo en otro lugar, pero no quiero dejar de levantar mi copa (con una canción de José Alfredo Jiménez de fondo, claro está) en su nombre, y en el de la memoria de un autor en cuyas obras se refleja mucho más que la vida y la realidad de un país. Definitivamente, no será la muerte la que haga que esta fuente deje de manar. Ni, creo yo, lo será el olvido, porque sigue, y seguirá, siendo el rey. 




domingo, 15 de abril de 2012

Titanic "on the rocks"


Este debe ser uno de los centenarios más absurdos que se hayan celebrado alguna vez en la historia del hombre. ¿Un siglo desde que el Titanic, por muy simbólico que sea, se hundió? O, tal vez, una excusa perfecta para vender afiches, reestrenar una de las peores películas que se han hecho (admitámoslo: el 3D no va a mejorar el guión) y hundir el Costa Concordia. Tal y como están las cosas, al naufragio ese ya no le queda ni una gota de simbolismo, y lo único profundo en el tema es el lecho marino en el que yacen los restos del barco. 
Porque todo esto no fue siempre así. No: en aquel entonces, corriendo el año de 1912, el hundimiento del Titanic fue un baldazo de agua muy fría para la sociedad tecnócrata, progresista y positivista que todavía se creía los cuentos de la Belle Epoque. Fue la humanidad entera la que chocó contra el iceberg, la humanidad entera la que se hundió ante la inclemente e impredecible mano de la naturaleza. Pero los tiempos cambian, y ahora todo lo que ha quedado es una calamidad lo bastante grande como para ser un éxito de taquilla, un ardid publicitario de primísima calidad. Gajes de la posmodernidad, que le llaman: un ejemplo más de cómo se aplica la economía del gallinazo, según la cual no hay un solo muerto cuyo peso no se mida en oro.
A mí me da lo mismo, y el asunto hasta tiene gracia. Pero no deja de parecerme paradójico que, a un siglo del naufragio de los sueños del hombre, volvamos a vernos metidos en el mismo espejismo, entre tanto progreso tecnológico, como si no estuviera la muerte esperando a un lado del camino. Ya nos tocará nuestro iceberg: chocaremos contra él y nos congelaremos en un mar glacial. Pero eso sí: no aprenderemos nada. Es la gran condición del hombre, vivir en el reverso de esa gran frase de George Santayana según la cual el que no conoce su pasado está condenado a repetirlo. Y, encima, con dos huevos. 

domingo, 1 de abril de 2012

Shakespeare revelado

Desde que llegué a Lima casi no he tenido descanso, y hoy no es una excepción, así que poco será lo que diga... ya, terminé. Ahora, les dejo una consolación que supera, por mucho, cuanto yo pudiera decir, hoy, mañana o nunca. Carlos Mundstock y Daniel Rabinovich (mejor conocidos por ser integrantes de la banda de comedia musical Les Luthiers) comentan, con un tecnicismo literario que demuestra la profundidad con que cultivan el tema, la obra de William Shakespeare. Ni Harold Bloom sabe tanto, lo juro. Les aseguro que cada uno de sus minutos vale oro, jajaja. 


lunes, 19 de marzo de 2012

Reporte de daños (el gallinazo vuelve a Lima)


Arde a lo lejos, allende el mar, arde la Península Ibérica. Treinta y cinco días (lo he comprobado) no alcanzan para tanta belleza, tantos amigos, tantos destinos inesperados ni, todo hay que decirlo, tantas copas. Pero qué se le va a hacer: los mortales, y sobre todo los que no podemos disponer infinitamente del tiempo y el dinero, tenemos que apechugarnos y soportar las limitaciones. Después, ya lo saben, no habrá quién nos quite lo bailado. Anoche, después de un viaje que solo puede ser descrito como "de puta madre", volví a pisar la vieja tierra de mi Lima, la horrible y eterna. Y que no me vengan a pedir las cuentas de poco más de un mes de vagabundear por la Iberia, que no me alcanza el diccionario para describir tanta maravilla y, más aún, tanto agradecimiento. Lo que sí puedo hacer, para que después no me vengan con abucheos, es un breve recuento, que es lo que me dicta, en caracteres lentos y gordos, la nostalgia. 

Madrid, tremenda y enjuta, la de boina calada y guantes de seda, decía Sabina, y tan bien dicho; metrópoli con sangre de pueblo, tierra de todos más los rezagados, amable y urbana, que falta a la misa pero no olvida sus oraciones antes de dormir. Me ha echo sentir como en casa, lo digo de arranque, y lo mantengo contra viento y marea. No solo tuve la oportunidad de reencontrarme con mi viejo hermano (y sin embargo amigo) y tocayo Santi Guillén, al que no veía en casi cuatro años, sino que además tuve la oportunidad de verme cara a cara, y aún de almorzar, pasear, charlar y tomar unas copas con mi querido y admirado Mr. Mierdas, de paso que de charlar por teléfono con el gran matador Mr. Lombreeze y con la guapa Fiona (a la que, lamenteblemente, le debo una visita... pero llegará el día en que nos tomemos esa cerveza, lo juro, jajaja). Sus cañas, sus museos, sus bares, sus largas avenidas llenas de recordatorios de "El día de la bestia"... una ciudad como pocas, en resumen. 

Mr. Mierdas y un servidor, entre copas, tabaco y memorias de "El Tábano".
Valencia... alta y elegante, majestuosa, con un dejo de suburbio en ciertos rincones (para el espectador atento) y un barrio precioso y más tradicional que lleva el maravilloso nombre de Cabañales, donde me he tomado algunas de las cervezas que más he agradecido en mi vida, en mitad de una resaca como pocas. Fue aquí donde avisté, por vez primera, el Mar Mediterráneo, del que habla alguna canción de Serrat que a mí me gusta mucho, y donde probé el bocata de sepia. Llegué a tiempo, además, como para ver a una que otra fallera, luciendo el atuendo, y me fui justo antes de que arrancaran algunos disturbios que dieron de qué hablar. En un lugar especial de mi pecho me llevo la memoria de estas calles, carajo. 

De Salamanca diré que es un puente al pasado, un rincón medieval en la mitad de los campos de Castilla (Toledo, me dicen, también lo es, pero por esos lares no anduve, me temo). Además de ser la tierra de El Viti, gran torero al que, me dicen, debo mi nombre (porque se llamaba Santiago Martín), es también en mi vida el escenario de algunos momentos sublimes, como cuando anduve por el puente romano, o cuando me paseé por la vieja universidad, y hermosos detalles similares. 

Me es muy difícil, lo advierto desde ya, hablar de Sevilla. Dvd, con quien tuve el honor de charlar y beber hasta altas horas de la mañana en esta ciudad extraordinaria, entiende por qué lo digo. Bastará con que confirme lo que él ya dijo, y es que dije allí que ésa es una ciudad en la que yo podría vivir como en mi casa, y no negaré que buena parte del maravilloso recuerdo que me llevo de esta urbe de calles empedradas, en cada una de las cuales hay por lo menos cuatro o cinco bares (los conté caña por caña), se lo debo al susodicho, a su mujer, Anabel, y a la pequeña Adriana (mi sobrina, desde ya). Plaza de la maestranza, Naima, casa de Charly, bar latino (donde caí, dispuesto a dejarme el hígado, con otro peruano y un colombiano), calle Menéndez y Pelayo, pensión Doña Pepa... y no diré más, que me saltan las lágrimas. Cómo habrán sido los tiempos en que había locutorios en España. (¿Tendrá Anabel todavía las fotos que me sacó con Dvd?)

Paris, finalmente: hermosa y fría, como un enorme pastel de mármol, plagada de callejuelas, de música, de franceses y de memoria. Anduve mucho, me entendí poco y mal con la gente (no por su trato, sino por mi ignorancia del idioma) y terminé por enamorarme del Sena. Aunque, si he de ser sincero, me pasé la mayor parte del tiempo visitando cementerios (traje tierra de las tumbas de Nerval y Baudelaire, y pasé por muchas otras a rendir homenaje y dejar algo de tabaco, que los muertos también necesitan fumar). Guardo, también, un recuerdo del Cafe de Flore, el mismo al que iban, en sus tiempos, algunos grandes de la talla de Sartre, Camus, Breton o Durrell. 

En fin, que es todo lo que puedo permitirme. La nostalgia y el jet-lag se me acumulan en la garganta, así que sean comprensivos. Solo espero que no esté muy lejano el día en que pueda volver a pisar territorio español: entonces visitaré lo que el calendario no me dejó visitar, volveré a acercarme a Sevilla, y lo demás lo dejo a merced de la gran incógnita de lo que vendrá. En todo caso, y como hacemos siempre por estos lares, que quede en claro una cosa: que esta copa la levanto, y muy alta. Olé. 

lunes, 13 de febrero de 2012

Un gallinazo en Madrid

Vengo a romper el silencio con el anuncio de que se prolongará el silencio. Cosas que pasan en la vida, qué les puedo decir... pero por lo menos (esta vez) tengo motivos y justificante. Esta noche paso por encima del charco, y si todo marcha correctamente y no me toca un Schettino de piloto en el avión, arribaré a territorio español mañana a la hora de la siesta. Si me da el tiempo (y me logro quitar la pereza de los hombros) pasaré por aquí a reportarme y hacer el informe de daños conveniente, pero no haré promesas que tal vez no me preocupe por cumplir. En los próximos días, ya sobre la tierra que vio nacer a Séneca, a Quevedo, a Cela y a Nacho Vidal, estaré recorriendo las calles, los museos y, claro está, los bares de Madrid, y luego repetiré el proceso en algunas otras ciudades (algunas de ellas ya están en mi itinerario; otras tendré que elegirlas acorde a las leyes de la improvisación). Un gallinazo cruzando el Atlántico.
En fin, que no tengo mucho más que decir. Para muchos de mis lectores, esto es un hasta pronto, así que espero poder estar cruzando unas chelas con ustedes en el transcurso de lo que queda de este mes. Ahora, pues, y acorde a la ocasión, dejemos algo sonando por aquí, ya que no hay música buena que sobre jamás. Olé. 


domingo, 29 de enero de 2012

Lázaro, levántate y bebe: Ibrahim Ferrer - "Dos Gardenias"

Tarde, pero cumplo. Pasa que, a veces, los sábados se me pasan entre distracciones y resaca, pero al final caigo en cuenta de mis errores y hago lo posible por corregirlos. Además, hoy domingo me ha costado levantar la cabeza de la almohada, de modo que cumplo perfectamente con los requisitos que esta sección impone. La canción que he traído a sonar por aquí hoy día es un clásico de clásicos, una de esas que te hacen evocar ciertos momentos con nostalgia y, cómo no, querer arrancar a hacer un par de pasos, aunque estés solo. Dos gardenias es una de las canciones más bonitas que se han hecho, y un paradigma de las canciones de amor, si preguntan lo que opino. Encima, en voz de un maestro de maestros, nada más ni nada menos que el infaltable Ibrahim Ferrer, voz y alma de la Buena Vista Social Club. Será que estoy enamorado, pero hoy tenía que traer estos versos a que sonaran por aquí. Y perdón por la alegría.  Sin más rodeos, pasemos a lo que nos trae aquí el día de hoy, con un café sobre la mesa, pero el corazón dispuesto (todavía) a otra copita de ron. 


lunes, 23 de enero de 2012

Desencuentros Encontrados #3 - Guillermo Niño de Guzmán



GUILLERMO NIÑO DE GUZMÁN
La caza del instante eterno

Que el cuento sea un género sencillo es un mito que muchos novelistas (entre ellos algunos de la talla de Faulkner) han negado rotundamente, puesto que exige la perfección. Pero hay escritores que no temen lidiar con ese toro tan bravo, y que de hecho logran faenas extraordinarias. Pese a declararse como una persona tímida, Guillermo Niño de Guzmán ha demostrado ser uno de ellos: vistiendo complejas arquitecturas con una prosa clara, sus cuentos están entre lo mejor de nuestro panorama literario.

Guillermo Niño de Guzmán no es el tipo de escritor al que le gusta vivir encerrado. A lo largo de su vida, parece haber encontrado siempre la manera de reflejar sus pasiones en cada una de las cosas que ha hecho, ya sea como locutor de radio, crítico de cine, periodista cultural, ensayista literario, cronista taurino o en la barra frente a una cerveza. Pero la sangre que corre por sus venas exige algo más: literatura. Sobre todas las cosas, Niño de Guzmán es escritor, y de los más talentosos. Sus cuentos, sobre los que parece flotar el jazz como música de fondo, han merecido elogios tan caros como los de Ribeyro, Bryce Echenique o su admirado Vargas Llosa, mientras él sigue a la caza de la vida, de los instantes que luego convertirá en eso: literatura.


¿Cuándo empezaste a escribir?
A los quince años. Siempre me gustó leer, y en esa época estaba tan deslumbrado por la lectura que el deseo de pasar al otro lado del libro fue un proceso casi natural. Llegó un momento en que quise inventar yo mismo aquello que me daba tanto placer. Pero no solo era una cuestión hedonista. En el fondo, había una necesidad desesperada de decir lo que pensaba y sentía. Cuando uno es muy joven está lleno de dudas y asombros, de inconformidad y pequeñas certezas, y a mí siempre me resultó difícil expresarme oralmente (era tímido y no tenía facilidad de palabra), y escribir fue una manera de compensar esa torpeza, así como la mejor vía para tratar de entender un mundo que me parecía cada vez más caótico, injusto y ajeno. 

Faulkner decía que él se había “resignado” a ser novelista porque no podía ser ni poeta ni cuentista. En tu caso, ¿qué te llevó a ser cuentista?
A mí me hubiera encantado ser novelista, pero uno no escribe lo que quiere sino lo que puede. En realidad, es una cuestión de aliento. Los narradores se asemejan a los corredores. Existen velocistas de corta, media y larga distancia. En mí caso, mi aliento da para 100, 200 y, quizá, 400 metros planos. No llego a los 5,000, y mucho menos a la maratón. Tampoco depende del mayor o menor entrenamiento. Ante todo, se trata de un asunto de visión, de concepción de la realidad. A mí me suele bastar la captura de un instante para vislumbrar el todo y puedo transmitir esa experiencia en unas cuantas páginas. Otros necesitan cuatrocientas o quinientas. Son opciones distintas y cada una plantea sus propias exigencias.

¿Cuáles son los escritores con los que estás más endeudado? Empezando por Hemingway, claro.
Así como mi estilo se funda en los postulados de Hemingway, mis atmósferas tienen correspondencia con las de Onetti. Por otra parte, en cuanto a favoritos, con tantas lecturas a cuestas, ya no es fácil hacer una selección. Hasta unos veinte años atrás, mi devoción se concentraba en cinco grandes: Hemingway, Tolstoy, Stendhal, Gógol y Lowry. Pero esa lista se ha ampliado considerablemente. En todo caso, no persigo las novedades. De cada cinco libros que leo, solo uno es actual. Siempre vuelvo a los rusos, así como al entrañable Stevenson y el imbatible Conrad. Entre los vivos, me he sentido deslumbrado por Cormac McCarthy (lo mejor de él tiene una fuerza digna de Faulkner).

Alguna vez dijiste que tus máximas aficiones eran la literatura, el cine, el jazz, los toros y las chelas. ¿Esto sigue siendo así?
Faltó una. También mencioné, antes que nada, las mujeres.

Háblame de tu paso por la radio. Fuiste locutor de un programa de jazz, ¿no es cierto?
Sí, en la antigua emisora Sol Armonía. Tenía un programa llamado “Jazz Forum”. Fue una experiencia muy estimulante y divertida. Imagínate: tener la posibilidad de compartir la música que más te gustaba con otras personas… Era un privilegio. Y además te pagaban por ello. Esto ocurrió en la época en que acceder a discos de jazz aún no era sencillo, y yo tenía una colección, no muy grande pero sí muy selecta, de vinilos. Pero no me “profesionalicé”, era más una afición que un trabajo, y supongo que a la larga, como también hacía otras cosas para sobrevivir, perdí la energía inicial.

¿Crees que hay algún nexo entre tu literatura y el jazz?
Sí y no. Lo que escribo no se caracteriza por una libertad compositiva como la del jazz, pero a veces he querido trasladar al lenguaje esa frescura e intensidad que caracteriza a la improvisación de los solistas. También cuido mucho el ritmo de las palabras, la cadencia de las frases, el encabalgamiento de los párrafos. Pero el paralelo es solo aproximado. Me explico: para escribir en forma equivalente a la de un músico de jazz habría que adoptar una prosa espontánea como la de Kerouac, estar dispuesto a romper las estructuras como Burroughs y dar rienda suelta a tu imaginación como hacían los surrealistas y Boris Vian (quien, por cierto, también tocaba la trompeta). Y, desgraciadamente, soy muy controlado. No me permito demasiadas libertades cuando escribo y trato de manejar las palabras con mucho cuidado, como si fueran piedras preciosas. Reescribo y corrijo mucho. Con suerte, consigo transmitir una sensación de sencillez y frescura, pero eso es solo una ilusión.

También haces periodismo. ¿Cómo te sienta el oficio?
Esencialmente, me he ganado la vida como periodista, pero llegué al periodismo por azar. Yo solo quería escribir ficción, pero como había estudiado literatura en la universidad y no quería dedicarme a la docencia, el periodismo se me abrió como una puerta oportuna.

Y comenzaste bastante joven…
Tenía veinte años cuando me invitaron a colaborar con un diario y, sin pensarlo mucho, me vi dentro, como si me hubieran enganchado en el ejército. No soy un periodista nato, pero sus principios y la disciplina me fueron muy útiles. Debo mi estilo en gran parte a sus enseñanzas. Además, me gustaba la vitalidad que demandaba el oficio. Un escritor debe pasar mucho tiempo a solas, y quizá eso sea lo más difícil de su trabajo; en cambio, un periodista está constantemente rodeado de gente y, por lo general, escribe rodeado de otros como él que también están golpeando sus máquinas (no te olvides que yo soy de una generación anterior a las computadoras) y que no tienen más pretensiones que redondear un texto que no haga ladrar al jefe de redacción o al editor. Lo que no me gusta es que el periodista, salvo excepciones, está signado por la actualidad. Eso es, a mi juicio, una limitación. Si te fijas bien, para un escritor el pasado y el futuro resultan más importantes y definitivos que el presente. Su espectro es más amplio.

¿Nunca te sentiste como un Mastroianni en La dolce vita?
Bueno, nunca fui periodista de espectáculos, aunque estuve bastante cerca de ese mundo. La ventaja de ejercer el periodismo es que conoces a gente de lo más diversa y que se te abren las puertas más insólitas. Cuando me inicié, todavía se hallaban en actividad algunos periodistas de la vieja guardia, que venían de la época del linotipo y las noches de bohemia. Yo era joven, y todavía tenía un buen hígado. Felizmente, supe irme a tiempo. ¡No quería correr el riesgo de convertirme en un Zavalita!

En cuanto a las chelas, siempre Cristal, ¿no?
Por supuesto, aunque soy hincha de la U.

¿Cómo es eso de que te la pegaste con algunos viejos beatniks?
¡Uf! Algo de eso he contado en un relato titulado “Viejo ángel de la medianoche”. Allí refiero un viaje a San Francisco, donde conocí a Ferlinghetti y a Corso. Fue una experiencia alucinante. Igual me ocurrió tiempo después, en Nueva York, donde pasé una noche con Allen Ginsberg, Peter Orlovsky y Gary Snyder. Siempre he sido un fanático de los beats y, cuando era más joven, no tenía tantos reparos en abordar a los escritores que admiraba. ¿Te imaginas? Anduve, aunque fuera fugazmente, con los patas del alma de Jack Kerouac y Neal Cassady. Fue lo máximo. Soy un fetichista literario, lo admito. Pero también soy plenamente consciente de que una  cosa es el mito y otra la realidad. Varios de los beats tuvieron una existencia terrible. De cualquier modo, recuerdo lo feliz que fui cuando me lancé a la aventura del camino por primera vez, impulsado por el espíritu de Kerouac y su obra legendaria. Tenía diecinueve años y creía que no iba a morirme nunca.


Esta entrevista apareció publicada en el Nº 90 de la revista Asia Sur, en febrero del 2011. Tal vez algún día relate la historia de cómo se dio esta entrevista, que probablemente sea la más anecdótica de cuantas he realizado hasta el momento.  

sábado, 21 de enero de 2012

Lázaro, levántate y bebe: Etta James - "Misty Blues"

A veces, la mejor forma de quitarse el blues de los hombros es con un buen blues, y esta mujer sabía muy bien lo que eso significa. Con Etta James se nos ha ido una de las voces más maravillosas que alguna vez se han alzado para dar forma a la felicidad y la melancolía, al frenesí y a la tristeza. Recuerdo haber descubierto sus canciones hace muchos años, doblando en una de las esquinas que salían de Billy Holiday, y aunque no voy a mentirles y decir que me he escuchado todos sus discos, sí diré en cambio que no ha habido ocasión en que sus canciones no me conmovieran. Hoy, sábado de resaca y ceniza, reestrenamos la sección de los sábados rindiendo homenaje a esta tremenda artista, que ha fallecido con más de setenta años, pero no sin antes dejarnos una canción en el pecho a cuantos la hemos oído cantar. Con una copa en alto, como tiene que ser, y preparando el cuerpo para la noche que, tarde o temprano, caerá sobre todos nosotros. 


miércoles, 18 de enero de 2012

Un fantasma reeditado

En lo personal, detesto leer el periódico. Casi todo lo que trae muestra una marcada tendencia a caer en uno de dos lados, el de lo mortalmente aburrido y el de lo ridículamente banal, cuando no idiota. Pero qué se va a hacer: hemos venido a compartir, casualmente, el mismo universo, así que de cuando en cuando lo cojo y le hecho una ojeada; y, si hay suerte, puede darse el caso de que me tope con una noticia interesante, o por lo menos más que el hecho de que una actriz de la televisión haya dicho que su novio no está celoso de que ella tenga que besar a otro actor en una serie (¿realmente vivo en un mundo en el que ese tipo de cojudeces merecen ser llamadas "noticias"?). 
Ayer, mientras esperaba en un café, espresso de por medio, me puse a revisar el periódico del día y me encontré con una noticia que llamó mi atención: aparentemente, va a reeditarse, por primera vez en Alemania, el libro que dejaría una de las cicatrices más oscuras de la historia de esa espectacular nación. Me refiero a Mi Lucha, la obra capital del nazismo, cuyo autor no es otro que el mismísimo Adolf Hitler. La idea de la editorial que está llevando a cabo el proyecto, de más está decirlo, no es en lo absoluto revivir viejos ardores, ni mucho menos promover la ideología nazi, sino más bien realizar una edición anotada y comentada, que ellos esperan sirva para que el público mismo pueda juzgar lo malo que es en realidad el libro.
Pero esos son temas aparte. Sea cual sea el objetivo que persigan, yo no puedo dejar de aplaudir propuestas como la que están llevando a cabo al reeditar esa obra. Para los lectores alemanes, se trata de una oportunidad para encarar, aceptar y, finalmente, superar uno de los fantasmas que late en su pasado, en lugar de seguir esperando a que se quede dormido y tranquilo en el cajón de los malos recuerdos (cosa que los fantasmas no suelen hacer por mucho tiempo). Siempre he dicho que una de las fases esenciales en procesos como este es, precisamente, el de tomar una actitud respecto a la propia historia, y para hacer algo así es necesario conocerla, entrar en contacto con ella, o la actitud que se tome estará, en el fondo, tan vacía como la cabeza de Paris Hilton. 
Yo no he leído Mi Lucha. He escuchado comentarios de gente en cuya opinión creo a ojos ciegos, según los cuales se trata de un libro muy malo, que no se sostiene ni estética ni estructural ni filosóficamente. Pienso, también, que este libro sólo pudo ser tan influyente debido al contexto histórico y social en el que fue concebido y leído, cuando el fascismo se imponía como una "moda" política y el antisemitismo era una actitud corriente, no sólo en Alemania sino en muchos países (incluidos Francia y los Estados Unidos). Leída en la actualidad, se convierte en una pieza de museo, en una ventana a los horrores del pasado, pero también en una herramienta de autoconocimiento, por parafrasear a Hegel, de auto interpretación como resultado y parte de complejos y profundos procesos históricos.
Sé que hay líneas de opinión enfrentadas. Era de esperarse, tratándose de uno de los libros más "peligrosos" de su época (es curioso, cuando uno lo piensa, que otro de los libros que más horrores, persecuciones y matanzas ha producido en el mundo, la Biblia, no solo no haya sido prohibida nunca, sino que hasta se promueve su lectura). Pero ya lo decía antes: yo soy de los que aplaude este tipo de proyectos, no solo porque descreo de la censura por razones filosóficas, sino también por todo lo demás. No podemos saber qué terrores traerá el futuro (porque nunca se terminarán, o al menos no mientras el ser humano siga siéndolo), pero creo firmemente que propuestas como ésta pueden ayudar a evitar dos o tres de ellos. 

domingo, 1 de enero de 2012

Un año menos para el fin del mundo... ¡y lo celebramos!


Aquí, en el Café (que por cierto ha cumplido sus tres primeros años hace no mucho) tenemos un solo deseo de año nuevo, porque no nos va para nada eso de las cábalas con uvas, maletas y calzoncillos amarillos: que los amigos la pasen de puta madre, que la resaca no sea un cruel aguardiente, que las familias estén bien y sean felices. He tenido la suerte de cruzarme con algunas de las personas más de primera que pueda haber en este mundo mundial y virtual y todas esas cosas y, encima, me han llamado amigo, hermano y compadre, y es por ellos (sí, cabrones, por ustedes) que levanto esta copa, hoy y cuantas veces sea necesario hacerlo, y de paso siempre. Han habido canciones, risas, silencios, amarguras y mucha, pero mucha, buena letra, y siempre con la mejor actitud, con la confianza de quienes saben querer y no se andan con rodeos para decirlo. 
La imagen (pensada al mejor estilo Mondo Mierda, aunque no tenga ni de cerca el talento del Sgt.) es lo que es. No pudieron estar todos, y están muchos de los que ya no están, pero se entiende que la dedicatoria va para todos (no se me ofenda nadie después, eh). La dejaremos ahí, de cabecera, todo lo que dure el mes de enero, y luego seguirá al fondo, al pie del Café, porque estamos orgullosos de nuestros parroquianos, felices de poder llamarlos amigos. 
Y de remate, para dar la estocada precisa al 2011 y mandarlo de una vez al carnicero (y sin vuelta al ruedo), va una canción. No hay celebración sin canciones, vamos, y esta es, para mí, un himno. Que suene, pues, La palizada, y con esa copa, todavía, en alto. Un fuerte abrazo a todos.  


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