martes, 2 de marzo de 2010

El poeta del piano


Objeto de numerosos ataques y críticas de un lado, convertido en la religión de muchos del otro, la verdad no deja de saltar siempre a la cara (o al oído): Bill Evans lleva su título de "poeta del piano" muy bien ganado, y nadie pude dejar de reconocer que el jazz no sería lo que es el día de hoy si él no su hubiese sentado nunca frente a las teclas. Y si Thelonious Monk se sacudió entre gritos y alaridos sobre los pianos, el estilo de Bill Evans siempre estuvo del lado de la otra cara de la moneda: un estilo más bien clásico, profundamente influenciado por la música clásica y por el impresionismo de Ravel, sereno, preciso, de construcciones y armonías complejas que, sin embargo, se dejaban traducir muy fácilmente en los oídos de todo el mundo.
En jerga jazzística, lo suyo fue el "post-bop" y el "cool". Pero a la verdad lo que es suyo, y su presencia en las páginas de la historia del jazz ha dejado más de una consecuencia. Es decir, ¿quién iba a imaginar que este hombre de aspecto tímido y grandes gafas, que casi apoyaba la cabeza sobre el teclado mientras tocaba y que, cuando hacía esto último, lo hacía con una delicadeza y un preciosismo inimaginables, iba a tener el efecto de un cóctel molotov sobre el universo musical contemporáneo? Porque, antes de que él hiciese su aparición, los tríos de jazz tenían otro formato: baterías y bajos tenían que contentarse con armar la base, dejando al piano la noble misión de guiar a la música a través del pentagrama para lograr el tema. Pero Bill Evans aguzó un poco más la vista y el oído, y un día (la década del cincuenta se acercaba a su fin) aparecieron sus sesiones con el baterista Paul Motian y el contrabajista Scott La Faro. Cuál no sería la sorpresa del público al descubrir que aquello no era el sonido que estaban acostumbrados: sin perder la calma y el clasicismo de siempre, Bill Evans había dado un nuevo protagonismo al contrabajo, que ahora trabajaba mano a mano con el piano en el correr de las canciones.
Además, y como ya íbamos diciendo, Bill Evans creó un concepto nuevo ya no sólo de composición, sino también de performance: la forma en que debe (o puede) sonar un piano de jazz. Digámoslo brevemente: ni Herbie Hancock, ni Chick Corea, ni Bob James, ni Oscar Peterson podrían haber soñado siquiera en existir si no les hubieran precedido el magistral Bill Evans y su piano.
Cada tema de Evans es poesía. Cada fraseo, un verso; cada pulso rítmico, un rimado, una cadencia, un juego de palabras. Para cuando murió, en setiembre de 1980, entre problemas hepáticos y hemorragias internas provocadas por su adicción a la heroína y la cocaína, el mundo del jazz ya había contraído una deuda demasiado grande con él, y su figura como jazzman se había perfilado mucho tiempo atrás como la de un genio reconocido a nivel mundial. Nunca se habrá dicho ni escrito suficiente sobre Bill Evans, ni podrá nadie saldar la deuda pendiente. Yo, personalmente, no conozco muchos placeres que puedan superar el de sentarse a escucharlo con un trago sobre la mesa. Y ya saben lo que decía Hamlet: "The rest is silence".


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