lunes, 31 de agosto de 2009

En memoria de Ribeyro


Ahora mismo, soy incapaz de recordar en cuántas ocasiones se levantó la disputa, muy probablemente bizantina, acerca de cuál es el mejor escritor o narrador (el título variaba de acuerdo a la ocasión del debate) del Perú. De cualquier manera, mi respuesta siempre fue la misma: el diáfano, genial y muy querible Julio Ramón Ribeyro, el hombre que, el día de hoy, cumpliría ochenta años.
De Ribeyro se han dicho muchas cosas; hoy yo quiero recordar una de ellas: el título que Fernando Ampuero le puso a una de las entrevistas que le hizo: El enigma de la transparencia. Y no elijo este título gratuitamente, sino que pienso que una de las virtudes de Ribeyro fue, precisamente, la transparencia, tanto en su siempre precisa prosa como en sus entrevistas. Lúcido, honesto, humilde sin por ello pecar de excesos... un escritor que nunca tuvo miedo de afirmar quién era, ni qué es lo que pensaba, ni se tapaba la cara, ni cerraba la boca si le parecía que había algo que decir. Y, sin embargo, nunca dejó de ser, a la vez, el hombre sorprendido por su propia fama, el infatigable lector ni el eterno curioso. Tampoco le faltó el pudor, y él mismo confesó que la suma de cuentos titulada La palabra del mudo evolucionó con el correr de los años: del hombre de clase baja o media que no tenía cómo hacer oír su voz hacia sí mismo a la confesión del tímido autor que, de pronto, empezaba a desvestirse.
Creo que Julio Ramón Ribeyro es uno de esos hombres a los que hay que admirar, a la vez, como autor y como persona; y su obra, rica en indagación de géneros (que incluyen el cuento fantástico y aún el de índole filosófica) y, don que no tiene precio, en humor, se ha convertido, para los demás autores peruanos, en una fuente constante de inspiración y en un referente de autocrítica. Hoy, sus restos descansan, con la dulce compañía de una botella de vino y un par de paquetes de Marlboro, en los Jardines de la Paz; su recuerdo, en cada uno de sus agradecidos lectores.

p.d. No quiero poner el punto final sin decir una última cosa. Hace unos años, mi madre me contó que Ribeyro, que fue amigo de una de mis tías, me cargó alguna vez en brazos, siendo yo todavía un bebé. Ella se lamentaba de que no hubiera ninguna foto de tan insospechado par; a mí, sin embargo, me basta con esa certeza que mi memoria no puede encontrar, y que sin embargo agradezco.

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