martes, 25 de agosto de 2009

Borges


El día de ayer ha sido una de las fechas más importantes de cuantas guarda el año: entre el vino y la milonga, son ciento diez años los que se han cumplido desde el nacimiento de Jorge Luis Borges, ese escritor que, por sobre todos los demás, parece encarnar a la literatura misma en su forma más pura; ese hombre ínfimo que, sin embargo, supo volar más alto que los otros; el incomformista eterno que se detuvo a cada paso a reconsiderar sus dudas; el maestro de la ironía y la broma solapada; el infatigable lector y memorioso; el tejedor de laberintos, pesadillas y sueños.

Borges... Creo que pocos descubrimientos literarios han sido tan importantes en mi vida como el de Borges. Fueron sus ficciones, en un principio, las que me arrojaron a la imprudente decisión de estudiar la literatura; la sensación que me dejaba al cerrar sus libros era tan fuerte que, al final, no pude hacer otra cosa que empezar a escribir yo mismo. Ese año (lo recuerdo, fue el 2004), irrumpieron en mi vida de lector los libros de Borges y de Sábato, y nada fue, nunca más, lo mismo: una nueva tempestad, un nuevo torrente que iba de la furia a la mudez me arrastraron. Y es que Borges genera, de alguna forma, ese extraña religiosidad en nosotros, sus lectores, sin que nos quede otra opción que mirarlo desde abajo como a un enorme dios que murmura, evoca, sueña y, sin embargo, no deja de reírse de toda esa situación, porque se siente, él mismo, sentado por debajo de las rodillas de los demás (alguna vez, de hecho, me dediqué a razonar una hipótiesis según la cual Borges podría haber sido el verdadero creador del universo... pero esa es otra historia).

Y, pese a todo, ese otro Borges, el callado y melancólico, que se lamentaba de haber "cometido el peor de los pecados": no ser feliz. Luego, el zorro, el hombre de mente rápida que sabía siempre cómo manejar una situación complicada con la máxima elegancia y la más refinada de las ironías. Y el juego de espejos no parece detenerse nunca: miles de rostros van sumándose los unos a los otros para formar, al fin, el de un hombre que, acaso sin darse cuenta, construyó su propia leyenda, y que, de alguna forma, supo convertir al mundo mismo en uno más de sus juegos de creación y confusión.

Ernesto Sábato, que fue su máximo admirador, le dedicó algunas de las más bellas palabras a su muerte, y lo comparó con un tesoro del que, nos dice, todos los escritores argentinos han tomado su parte. Y los de todo el mundo, agregaría yo, porque hoy parece imposible esgrimir una pluma sin hacer una venia a Borges, ese hombre que es ya una suerte de símbolo que representa al universo mismo de las ficciones, al laberinto donde los creadores juegan a ser dioses. Disculpen si lo que escribo se hace confuso, pero es que no hay empresa más difícil que la de escribir sobre alguien tan grande y, ala vez, curiosamente ínfimo, que parece querer pasar desapercibido todo el tiempo... levantemos, mejor, los vasos y brindemos en silencio. Y, después, riamos, continuemos con esa comedia a la que llamamos vida y que Borges convirtió en la más bella de las literaturas. Salud.

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