lunes, 3 de enero de 2011

Sartre: léase con cuidado


Creo recordar que el 2010 (que en paz descanse) lo arrancamos con una breve nota sobre Hermann Hesse. Este año que recién empieza a batir las alas, no me ha costado mucho decidirme por otro genio, uno de esos que tengo más en alto de mi altar de divinidades paganas, y que comparte con el autor de El lobo estepario esa extraña capacidad de meterse en sus lectores y cambiarles la vida completa, con la única diferencia de que, si Hesse entra con delicada violencia, éste es especialista en pintar obras maestras a tajazos: nada más ni nada menos que Jean-Paul Sartre, señores. 
La obra de Sartre es, creo yo, el mejor ejemplo de lo que significa la lectura masoquista. Todo el que haya atravesado esos corredores silenciosos, los salones vacíos donde retumba el eco de los propios pasos y la propia respiración, lo sabe bien. Hablo de uno de los escritores más devastadores de la historia de la literatura; y lo peor de todo es que, cuando terminamos de leer, le quedamos absolutamente agradecidos. La forma en que concibió la articulación de los personajes (que responde a lo que expuso en su obra filosófica, y que está en deuda con el Dasein de Heidegger) fue algo que, hasta donde sé, no se había llevado a cabo en terrenos literarios, y convierte la lectura en algo parecido a una ronda jugando a la ruleta rusa, con lo que al pobre lector no le queda de otra que volarse la tapa de los sesos. Y sigue agradeciendo, dicho sea de paso.
Cabe decir que, a mi parecer, ésa fue la clave de la literatura existencialista: la forma en que se articula el personaje y, por ende, la situación sin la cual no puede ser comprendido. El existencialismo, al menos en su vertiente literaria, no significa lanzar preguntas sobre el sentido de la vida y hacer del Absurdo un jardín de juegos sádicos: todo esto, por sí mismo, no basta, sino que tiene que estar enlazado a lo otro. Que, en Sartre, no sólo funciona, sino que además se basa en una genial y compleja arquitectura, que se traduce como una realidad que se vuelve insufrible por su seco realismo. Ahí, ténganlo por seguro, no van a encontrar piedad, sino un verdadero estudio hecho novela. 
Pienso, sobre todo, en La náusea, esa obra maestra que en su momento despertó los instintos suicidas de tanto lector incauto, y que me significó una de las crisis más fuertes de las que guardo memoria. Pero no es todo: los cuentos reunidos en El muro, las magistrales obras de teatro (Muertos sin sepultura me ha provocado más de un insomnio), su admirable autobiografía que lleva por título Las palabras... y, por supuesto, sus difíciles pero geniales obras filosóficas. Sin olvidar sus artículos sobre sociedad, arte y literatura, reunidos bajo el nombre de Situations
Hoy por hoy, cada vez son menos los lectores que se interesan por Sartre, y hay quienes pretenden que ya está como para echarlo al baúl del olvido (Harold Bloom, por ejemplo). Yo no sé cuáles son sus motivos: cuestión de gustos, de nervios o de lo que sea. Lo que sí que puedo decir es que Sartre es una mina que todavía no se ha explotado ni al veinte por ciento, y que un autor capaz de generar lo que provocan las obras de Sartre no puede ser pasado por alto bajo ningún concepto. No será lo mejor para dormir tranquilo, pero hay muchas otras cosas que ganar allí. Ciertamente, yo levanto mi copa mil veces si es necesario. Salud, pues, por Sartre.

En la foto, el genial Sartre con un look que deja bien en claro lo que ya todos sabíamos: que se trata de un tipo duro, aunque use anteojos.

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