miércoles, 1 de junio de 2011

Lo que (no) podemos creer


Hace un tiempo, acompañé a mi ahijado (que hoy por hoy tiene dos años) al parque en el que se reúne con todos sus amigos (una pandilla pre-juvenil, vamos) a jugar por las tardes. Era, si mal no recuerdo, una tarde de día soleado, de esas en que el clima y la temperatura del ambiente resultan no sólo cómodas, sino hasta maravillosas, que es algo bastante extraño en esta ciudad que es Lima. Total, que yo me hice a un lado y me quedé observando a los chiquillos sin mayores acrobacias mentales, cuando de pronto me sentí profundamente interesado por uno de sus juegos: algunos de los niños se habían subido a un pequeño montículo que tenía un árbol en el centro e imaginaban ser piratas. El montículo, obviamente, era su barco; el pasto que lo rodeaba, el mar.
¿Quién no puede evocar una imagen parecida, si se digna a recorrer los angustiosos pabellones de la propia infancia? O bueno, los que estén al alcance del día de hoy, porque yo he olvidado buena parte de mi niñez. Pero eso es lo de menos: lo intrigante es cómo podíamos fingir con tanta honestidad que algo era una cosa que no lo era. Aunque "fingir" es una palabra injusta: bien dichas las cosas, habría que reconocer que "creíamos", seriamente, que un objeto podía y podía no ser otro objeto. Metidos como estaban en su juego, esos niños creían, realmente, que eran piratas que surcaban el ancho y peligroso océano en su magnífico navío, seguros al mismo tiempo, y con la misma convicción, de que no eran más que niños de pie en un montículo en la mitad de un parque, muy cerca de sus casas y de sus madres. Es más, ni siquiera es necesario ir tan lejos y meter la mano en nuestra memoria, porque todavía nos volvemos a esta espistemología del juego, donde dos creencias (aparentemente) contradictorias son igualmente ciertas. Si dejamos correr nuestra imaginación, dejando a un lado la vergüenza que pudiéramos sentir ante nuestra propia mirada, creo que cualquiera de nosotros es capaz de subirse a una piedra y "jugar" a que está de pie sobra la más alta de las montañas, en la luna, o surcando los siete mares en un barco que hace lucir una bandera negra y decorada con dos tibias y un cráneo. O, si prefieren un argumento definitivo, es exactamente lo que nos pasa cuando leemos un buen libro: que enseguida, y sin darnos cuenta, admitimos la creencia de que lo que nos narra es real, a veces hasta que es más real aún que el mundo al que regresamos después de cerrarlo. 
Esta gracia (llamada metarrepresentación, y que poseemos en virtud a que la ley de selección natural nos ha permitido desarrollar un lóbulo frontal en nuestros cerebros) es una de los detalles que más enriquecen nuestra experiencia del día a día. Básicamente, en esta misma capacidad de creer en sucesos "irreales" la que nos permite imaginarnos en situaciones posibles en el futuro, el pasado o aún en el presente. ¿Lo que se desprende? Por supuesto, los cuestionamientos más afilados del banquete filosófico: la relación entre creencia y realidad, la relación entre imaginación y facticidad, la pregunta por el fundamento de nuestras representaciones mentales y, de ahí, al problema mente-cuerpo (uno de los más tocados en filosofía de la mente), más un larguísimo y tal vez infinito etcétera. 
Por un lado, entonces, tenemos esto: un verdadero océano de posibilidades, de "juegos" en los que podemos (y, de hecho, lo hacemos, al punto que si no lo hiciéramos nuestra existencia sería una cosa bien distinta, y hasta quizá impensable) creer, en tanto que los asumimos, por un lado, como hechos, sin dejar de asumir, del otro, que no lo son. Vaya rompedero de cabeza, eh... 
A lo que trato de ir, en el fondo, no es más que a señalar un fenómeno fascinante, y es este: cómo tenemos, por un lado, la capacidad de creer en tantas cosas, ilusorias o no; y, del otro, tanto en lo que sencillamente creemos, aunque no debamos, o podamos en el fondo, hacerlo. Que este mundo en el que todos vivimos sea, a la vez, un sólido terreno de convicciones y un pantano en el que nuestros pies no hacen otra cosa que hundirse en el lodo de las dudas. Piensen en los tópicos más clásicos del tema: ¿qué es lo que la publicidad trata, realmente, de decirme o venderme? ¿qué es lo que está debajo de determinado discurso? ¿cuál puede ser el verdadero sentido de ciertas palabras cuando son pronunciadas en un determinado momento y a un público tal o cual? Y, sobre todo, ¿cómo podemos ser tan cándidos de creernos todo ese montón de payasadas?
Recitemos con Hamlet, entonces: "¿Creer o no creer? Ésa es, señores, la puta cuestión". En terreno filosófico, hay caminos para solucionar el rollo, empezando por la atribución de intencionalidad al agente emisor, entre otras. (Claro que, me dirá alguien, en rollo durrell-foucaultiano, esas soluciones son, también, palabras, signos articulados, discurso). Y, sin embargo, seguimos en la encrucijada, aún sin darnos cuenta de ello, de pie en ese tartamudeo que dice tanto que sí como que no, y hasta sonreímos y la pasamos como si todo este rollo fuera la fantasía de algún esquizofrénico y/o de algún filósofo. Supongo que, al final, las cosas son mucho más complejas de lo que los simples mortales quisieran, y mucho más sencillas de lo que los filósofos piensan. Y, como habrán notado, volvemos a la encrucijada, ésa de la que los seres humanos no podemos, por suerte, escapar del todo. Un sádico juego de niños grandes. 

13 comentarios:

Tripi dijo...

Don Santiago "polla de oro" Bullaaaaaard¡¡¡

Cuan inspirado te veo últimamente, nene. El post me ha hecho evocar mi niñez, de la que tengo muchos recuerdos, pero aún más lagunas. Y siempre que lo hago me entra un puntito agridulce...creo que me estoy haciendo mayor.

Esa copa, Santi, bien alta, carajo¡¡¡

Anónimo dijo...

He caído por aquí por casualidad y me encontrado con este post, sobre el que me gustaría anotar algunas cuestiones. Discrepo en lo que mencionas acerca del juego. La magia/mecánica del juego consiste precisamente en renunciar a la conciencia de lo que se es realmente y adscribir la identidad del juego. Es decir, los niños no tienen la certeza de ser piratas y, a la vez, tienen la certeza de ser niños. El juego exige la puesta entre paréntesis de lo segundo para asumir la realidad de lo primero. Cosa parecida sucede, por ejemplo, con la religión: un creyente abandona algunos aspectos de su vida mundana convencido como está de que él es más realmente en una existencia fuera del sentido de la tierra. Otro tanto sucede con la experiencia literaria: cuando lee, uno no es consciente de su propia existencia si no es a través del personaje con el que más se identifica en el libro. En ese sentido, no encuentro mayor contradicción en la coexistencia de estas creencias: son varias, pero echas mano de la que necesitas según el contexto en el que te encuentres, como los distintos registros de la lengua.

Una pregunta válida que asumes por respondida es ¿en dónde se establece la diferencia entre lo real y lo ficticio? Quiero decir, ¿qué diferencia la asunción de los niños de su realidad piratesca y la adultísima asunción de lo que adscribimos como real, que una mesa es una mesa y nada más que eso?

El límite lo coloca, creo yo, la adscripción de ese mismo credo por otros seres que yo considere también racionales, pero como esa racionalidad se construye en referencia al otro y al entorno, todo se convierte en un círculo vicioso -o virtuoso, todo depende del filósofo que leas o del nivel de serotonina que produzca tu cerebro al momento de decidir- en el que no se puede determinar con claridad dónde está el comienzo.

Fuera del asunto filosófico, manejas una rica prosa que fluye bastante. Está simpático esto, como para volver.

Lidia

Santiago Bullard dijo...

Lidia: Qué gusto tener lectoras tan atentas como tú. Efectivamente, hay muchas tuercas sueltas en este texto, y no creas que las dejo sueltas por pereza (aunque no lo aparente por la sencillez de las cosas que escribo, me interesa mucho la filosofía, y hasta me atrevo a decir que me hago respetar en la materia, sino que es a consciencia, porque creo que un blog no está hecho para textos gratuitamente densos e hipertrabajados (esos, solo cuando la materia lo requiere), sino para escribir cosas cortas, hechas más por ludopatía que por otra cosa. Igual, amen a tus críticas, los peros en comentario aparte.

Santiago Bullard dijo...

Lidia: pasamos al segundo round. Discrepo en cuanto a tu primera crítica: a mi parecer, uno no puede poner entre paréntesis una realidad en nobre de la otra. Pondré un ejemplo: cuando leemos una novela, no estamos poniendo en un aparte nuestras creencias acerca de la realidad, sino que llevamos sus implicaciones a que formen parte del proceso hermenéutico de la obra en cuestión. Si leo una novela de Faulkner, por ejemplo, me conmoverán más unos pasajes que otros, así como relacionaré otros con textos que he leído antes, o con datos históricos que pudiera tener respecto a la realidad de los EEUU en los años en que fue escrita la novela. En otras palabras, que la interpretación se da como eso que Gadamer llamaba una "fusión de horizontes", donde "conocer" es siempre un "conocer-se". Y, al mismo tiempo que mantengo en pie mis creencias respecto a mí mismo, a la realidad, etc, creo sincera y profundamente en los sucesos de la novela, así como en la realidad y los sentimientos de los personajes. Si un niño dejara entre paréntesis su noción de que está de pie sobre un montículo rodeado de pasto para pensar, radicalmente, que está en un navío pirata rodeado por el mar, lo más probablemente se pondría a llorar (o habría que llevarlo a un psiquiatra, pensaría más de uno).

En cuanto a lo segundo, completamente de acuerdo. Hablar de la noción de "realidad" como el resultado de una triangulación entre el yo, los otros y el mundo que asumimos compartido (el clásico triángulo de Davidson) es, creo yo, la mejor forma de manejar y desarrollar los problemas de hermenéutica, y a partir de eso, los de la filosofía en general (que se forman, creo yo, mediante conceptos cuyo significado depende de dicha triangulación).

Espero que con este par de comentarios quedemos a mano. Como te decía, creo que los textos muy largos son incómodos en los blogs, y mucho de lo que hago es más por placer y sin tomarme muy en serio. Pero ahora que sé que te tengo con ojo avisor, andaré con más cuidado. Igual, que la gracia de la filosofía está en el debate.

Un beso, y bienvenida, Lidia.

Santiago Bullard dijo...

Tripi: No creas que me he olvidado de tí, cabronazo, jeje. Pasa que ya sabes lo que decimos los caballeros, que las damas van primero. Ahora te toca a tí.

Tío, la infancia es bonita, pero creo que está muy bien ahí, en el pasado, que recordada se ve mejor. Estamos iguales, porque tengo más lagunas que nada (es lo que hay que pagar por la vida que tan felizmente se mal lleva, cabrón).
Esa copa, compadre, bien alta!! Un abrazo, bailaor!

fiona dijo...

Yo no entiendo nada de filosofía (hermenéutica ¿?) así que no te voy a discutir...jajaj. A mí me encanta soñar despierta, pero a veces es duro despertar del sueño...

1besico!

Santiago Bullard dijo...

Fiona, guapa: felices los que pueden soñar despiertos y olvidarse de tanto rollo, jajaja. Un beso.

Sgt.Crap dijo...

Don Santiago. Escribe usted como los ángeles. Una entrada cojonuda.

Santiago Bullard dijo...

Muchas gracias, Sgt. Aunque imaginará que yo prefiero escribir como los demonios, jaja. Como te decía más abajo, un honor tenerte por aquí. Bienvenido cuando quieras.

Alberto dijo...

Palabras que me tuercen la realidad para enterderlas; tipicos textos que admiro leer tanto (y algun día escribir asi) ...palmada al hombro correspondiendo que el tener lagunas es cuestión de ser leal a Baco ¡es mi sendero!
Fin de semana largo leyendo....

Saludos.

Santiago Bullard dijo...

Pues deja que te diga que ése es el mejor de todos los senderos, eh.

Mr. Lombreeze dijo...

Esta facultad de fantasear la emplea mucho TRIPI cuando le hace el amor a alguna turista que no está de buen ver (lo hace por caridad cristiana).

Las alucinaciones individuales son imprescindibles para el gozo de la vida. Una vida que suele ser más fea y más gris de lo que nos gustaría. Y por eso nos gusta el cine, porque es más hermoso que la realidad
Realidad...
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f8/Billykid.jpg

... versus Cine.
http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/todos-los-westerns/f1b.jpg


Y lo mismo para la literatura, como bien dides.

Ahora bien, las alucinaciones colectivas son peligrosísimas. La religión organizada es la más peligrosa de todas.
Cuando la tribu se reune tiene que dejar de soñar, plantar sus pies en el suelo y decidir cómo cojones matar al oso devora hombres que acecha por los alrededores de la aldea, no rezarle al dios de turno para que lo mate con un rayo divino.

Viva la fantasía y las creencias, pero ojo, ya saben lo que dijo el maestro "La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas".

La prosa limeña de D. Santiago, como siempre, exquisita.

Santiago Bullard dijo...

Lombri: Totalmente de acuerdo con lo que dices, compadre. De hecho, y hay quienes plantean que el cine y la literatura existen, precisamente, para hacer de valvula de escape frente a esa realidad un poco mas gris de lo que quisiéramos.

Sobre la tribu: mucho más complicado aún es cuando el oso que se come a los niños y al ganado es su dios o uno de sus amanuenses. Ahí sólo les queda rezar porque la cena sea su vecino.

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