sábado, 30 de abril de 2011

Buenas noches, Sabato...


"El mundo nada puede contra un
hombre que canta en la miseria"
Ernesto Sábato 
La resistencia 
 
Hay hombres cuya muerte no es un mero hundirse en las sombras del silencio y la nada. Es verdad que, el día de hoy, nos ha abandonado el más grande novelista que nuestro continente -y aún nuestra lengua- hayan conocido en los últimos tiempos (tal vez en todos), pero es un abandono mínimo, casi circunstancial, gajes de ese oficio de vivir con el que todos nosotros tenemos que cargar para bien o para mal. Ernesto Sábato no ha muerto, sino que sólo se ha ido. Su voz no volverá a sonar en los crepusculares salones de su casa en Santos Lugares, pero seguirá entre nosotros, murmurando queda y serenamente, o levantándose como una voz de protesta, un grito desgarrador, una llamada de atención para que nosotros, los ciegos, los que no podemos ver lo que se alza frente a nuestras propias narices, reparemos en la violencia, la sordidez y, también, la belleza del mundo que nos rodea. 
Ernesto Sábato fue uno de los hombres que más íntimamente sintió el siglo que le tocó en suerte, en todas sus complejas (y, como bien lo supo él, idiotas) contradicciones. ¿Cómo conciliar el amor con el miedo, el arrepentimiento y el orgullo, la plena consciencia de la fatalidad y la esperanza, mientras el mundo se cae a pedazos? Él, con su impactante lucidez, notó de una vez y para siempre que la respuesta sólo podía ser otra pregunta: el eterno cuestionamiento que encarna la literatura. Sólo nos dejó tres novelas, y con eso le bastó para arremeter contra el canon y elevarse, así fuera secretamente, como una de las más altas figuras de nuestro panorama (y digo "una de las más" porque a su altura sólo hay uno más, que es Borges), de paso que el más impresionante, sólido y descarnado novelista que el confundido siglo XX, ese al que le cantaba Santos Discépolo, hubiera podido imaginar siquiera. Hombre de genio, de una cultura arrolladora y una agudeza intelectual que tal vez no admita comparaciones, Sábato nos ha dejado a los noventa y nueve años, después de casi cuarenta en los que se la pasó saludando a la muerte, invocándola en vano y, siempre, con la cabeza en alto. 
Como Pasolini, fue un lobo solitario que sabía de sobra lo terrible que podía ser en el fondo la humanidad, así como que era precisamente por eso que había que quererla. Eso es lo que reflejan todas y cada una de sus páginas, ya sea que hablemos de sus extraordinarias novelas o de sus agudísimos ensayos: una pasión inquebrantable, pero lúcida hasta el horror, llena de ganas de combatir y protestar, pero sin dar un brazo a torcer frente a las esperanzas vacías y, mucho menos, a la mera fiebre que deja la lucha. Una victoria, para él, no era otra cosa que un nuevo motivo para seguir adelante en esa guerra eterna que es el devenir de la propia vida, de esa existencia miserable y santa con la que nos ha tocado cargar como una cruz hasta el patíbulo en el que nosotros mismos la levantaremos para dejarnos morir al sol. Ligado directamente, y por vocación propia, con el existencialismo y el realismo crudo y onírico de Faulkner y Dostoyevski, arduo lector de literaturas ocultistas y gnósticas, Sábato nos quiso enseñar la realidad tal y como ésta se veía con otros tintes, oscura, terrible y hermosa. 
¿Bastan noventa y nueve años para enmarcar una vida tan absoluta, un genio tan devastador, una obra tan extraordinaria? No lo sé. Tal vez sea un error nuestro querer medir con calendarios normales aquello que está mucho más allá de nuestras posibilidades. Como decía al principio: Sábato ha muerto, pero sigue entre nosotros. Y el mundo debería estar agradecido por ello. Noventa y nueve años, sí, que no significan nada, porque a las palabras poco les pueden importar el paso de un tiempo absurdo. Lo importante para ellas es la vida, esa que todavía encuentran en cada uno de sus agradecidos lectores. Osea, nosotros: los que sentimos ese vacío en el pecho hoy, los que hemos temblado leyendo El túnel, Sobre héroes y tumbas o Abbadón el exterminador. Nosotros, que hoy sentimos, más que nunca, que un mundo que puede permitirse dejar morir a un genio de este tamaño no puede tener mucho sentido. 

Borges y Sabato: dos de mis mayores divinidades paganas.
 Siento la partida de Sábato con mucha fuerza... mucha más de la que esperaba. Para mí, fue casi un padre literario, un hombre cuyos libros he sentido tan íntima y crudamente como para no poder superarlos. Recuerdo la primera vez que lo leí: yo estaba en mis patéticos dieciséis años, y en el colegio nos iban a hacer leer El túnel. Mi madre, cuando se enteró, se emocionó tanto que me lo dio desde mucho antes para que lo leyera. El momento en el que abrí por primera vez esas páginas algo sucedió... (y es que la vida no puede ser igual después de leer a Sábato). Recuerdo febriles noches en las que me la pasaba leyendo una y otra vez los pasajes de ese libro extraordinario; noches en las que al fin me iba a dormir derrotado por el cansancio, sólo para despertar y volver a abrir el libro. Más o menos por esa misma época descubrí a Borges, y pronto me hice, también, con el libro de los diálogos que mantuvieron ambos escritores. En cierto modo, yo nací a los dieciséis, cuando descubrí a Sábato y a Borges. El segundo era de un barroquismo pulcro y un intelectualismo cálido que me fascinaron: un esteta impecable, que sopesaba todas y cada una de las palabras que iba ligando sobre el papel. En Sábato, en cambio, encontré algo muy diferente. Una prosa brutal, que hacía pensar en la vida más bien como una forma de agonía, a la que se le veían las venas, que respiraba como un ser vivo y que te agarraba de los huevos a cada vuelta de coma. Poblada, además, por personajes impresionantes, mucho más vivos que muchas de las personas de carne y hueso que conozco. Sentí a Juan Pablo Castel y a Fernando Vidal como confidentes y amigos; las angustias de Martín y de Bruno se calaban hasta mi médula, como si se tratase de personas muy cercanas; a Alejandra Vidal Olmos sigo amándola más allá de toda esperanza, volviendo a las páginas en las que habita cada cierto tiempo con la única intención de verla a la distancia. No son meros personajes de tres novelas excepcionales: son personas que respiran y sienten, que están realmente vivas, y a las que quiero sincera y profundamente. 
Sobre héroes y tumbas merece un apartado especial. Sólo dos lecturas han sido tan importantes, han marcado tanto en mi vida: la obra de Borges y el Apocalipsis de San Juan. Nunca admití que me lo prestaran siquiera: sabía que yo debía tener ese libro en mis estantes, mucho antes de haberlo ojeado siquiera. No creo que pueda volver a vivir algo parecido a esa primera lectura del libro de Sábato en lo que me queda de vida. ¿Qué les puedo decir? Fue una experiencia única, para la que casi no encuentro palabras. Ahora, leo ese libro una vez al año, con la esperanza de impregnarme un poco de su genialidad, tratando de aprender cómo se escribe, rogándole a gritos que me influencie. Aún recuerdo cómo, en mi primera visita a Buenos Aires, insistí en ir a pasear por el Parque Lezama, donde empieza la novela, esperando tal vez sentir en la nuca la mirada de Alejandra, sentado en el mismo banco en el que se sentó Martín, cerca de la estatua de Ceres. O, si quieren, es un libro que hace que uno recuerde que la literatura puede estar realmente viva, ser más real que este mundo insípido al que insistimos en llamar realidad. 
Nunca he podido estar de acuerdo con las críticas que casi todo el mundo hace de Abbaddón el exterminador, la última novela de Sábato. Es de una complejidad acojonante, y tiene pasajes que lo hacen a uno temblar de emoción y de pavor. A su lado, los juegos rayuelísticos de Cortázar y las macroarquitecturas de Vargas Llosa no son nada. Recuerdo, ahora, al borracho que ve un dragón rojo abriéndose paso en el cielo nocturno de Buenos Aires, a Bruno volviendo a casa para visitar por última vez a su padre que agoniza, a los hermanos que se aman en el secreto de la noche, a Martín y a Alejandra dándose un último beso a la luz de las farolas. No... no puedo estar de acuerdo con los que llaman a este un "libro menor". 

Maestro entre maestros, carajo...
Escucho un ruido que llega desde la cocina de mi casa. Vuelvo a la realidad: calor de fines de verano, resaca, dolor de espalda, boca reseca, Sábato muerto. No: una realidad así no puede tener mucho sentido. Eso es lo que Sábato nos ha enseñado: que detrás del cielo vacío sólo hay más y más cielo vacío, que no todas las contradicciones son un sinsentido, que la vida no se parece tanto a la vida como querríamos creer. Y que tal vez, y por eso mismo, vale la pena. 
Como verdadero testigo de un siglo, Sábato fue también un agudo crítico, un tipo que no se contentaba con unas pocas palmaditas en la cabeza, y que nunca permitía que sus dagas perdieran el filo. Como él mismo escribió en El escritor y sus fantasmas (uno de los mejores libros de ensayos que se han escrito): "El escritor de ficciones profundas es en el fondo un antisocial, un rebelde, y por eso a menudo es compañero de ruta de los movimientos revolucionarios. Pero cuando las revoluciones triunfan, no es extraño que vuelva a ser un rebelde". Fue el presidente de la comisión encargada de investigar las desapariciones durante el gobierno militar de Videla y sus secuaces (la CONADEP), y antes un empecinado crítico de Perón y sus chacales (entre ellos el furibundo López Rega). De joven fue comunista, y pronto crítico del comunismo. Nunca permitió que una ideología se fosilizara, y se esmeró porque tampoco lo hiciera en los otros. Tuvo famosas discrepancias y peleas con otros escritores, y sin embargo nunca dejó de declarar la admiración que sentía por muchos de ellos (dicho sea de paso, que pese a la intrincada relación que tuvieron durante muchos años, nadie debe haber admirado tanto a Borges como Sábato). Su lucidez y su agudeza crítica, así como su fuerza y temeridad frente a las verdades amargas, siempre me han hecho pensar en Sartre, en Pasolini y en Gore Vidal. Sábato, como ellos, pertenecía a esa extraña especie de genios que nacen muy de cuando en cuando, a los que el mundo teme como a lobos, aunque le hagan muchísima falta. Como bien escribió sobre él Guillermo Niño de Guzmán, "él, mejor que nadie, sabía que el sueño de la razón engendra monstruos". Por cierto, que hasta resulta gracioso pensar que su partida fue casi una última irreverencia, de paso que una última afirmación de lo que él simbolizaba, porque aconteció un par de meses antes de su centenario, ése que tantos esperaban.
Siempre lamentaré no haber podido conocerlo. Estuve muy cerca, pero su delicado estado de salud fue motivo suficiente como para no poder entrar en su casa. Fue en el 2008, cuando fui con mi buen amigo Mariano Peró (que me visitaba en Buenos Aires) a buscar su casa en Santos Lugares. Tomamos el tren en Retiro y nos bajamos en la misma estación cerca de la cual se suicidó Lucho Hernández. El paisaje era impresonante, y enseguida me hizo pensar en el ambiente que está en los libros de Sábato, como si su mera presencia hubiera contagiado al rostro de las calles. Fue un día de sensaciones intensas: de pie al frente de su casa, me costaba creer que estaba parado a escasos -muy escasos- metros de uno de los mayores genios vivos. ¿Realmente estaba él del otro lado de esas paredes? Costaba creerlo, pero era así. El muchacho que salió a recibirnos nos dijo que no, que lo sentía mucho, pero que iba a ser imposible entrar a conocer a Sábato -ni siquiera el papel de recomendación de Luis Jaime Cisneros que Mariano había traído de Lima pudo hacer el milagro. Pero no importaba: ya estábamos allí, y con esa sola memoria ya podía volverme tranquilo a casa. Fuimos a tomar un café cerca de la estación y volvimos a abordar el tren.
Aquí estoy yo, impactado por un mar de emociones encontradas, frente a la casa de Sábato, en el 2008.
Ahora que te has marchado, Sábato, las cosas van a seguir igual de tristes y absurdas que siempre. No puedo llorar tu muerte, porque hay algunos, como tú, para los que ese estado no es más que una etiqueta y una promesa de paz. Pero como tú mismo escribiste en tus diarios de vejez, "lo más hermoso de la vida es la gratitud", y es eso lo que quiero yo ahora: darte las gracias por haber hecho de mi vida, de este mundo que compartimos los hombres, algo diferente, por haber traído a habitar entre nosotros tantas páginas maravillosas. Por haber hecho de la literatura algo mucho más vívido y real de lo que nadie imaginó que sería nunca, por haber sido un tan buen padre literario y una figura a la cual admirar y querer seguir. 
La muerte, Sábato... ése es uno de los temas de los que más me hubiera gustado sentarme a conversar contigo. Porque supiste sentirla, entenderla y, a tu modo, quererla. Sé que ahora la agradeces, que para tí es la última victoria, esa que, al fin, te dará la Paz que nunca pudo darte el mundo. ¿Grabarán sobre tu tumba ese hermoso epitafio que inmortalizaste en Abbaddón el exterminador? Ese que dice: 

Ernesto Sabato
Quiso ser enterrado en esta tierra
con una sola palabra en su tumba
PAZ
No lo sé, y tal vez no importe. La guerra que quisiste librar a lo largo de toda tu vida continuará en las vísceras de nosotros, tus lectores. Tú, al fin, podrás descansar, satisfecho más allá de toda autocrítica (porque nunca te tuviste mucha compasión) de haber logrado tantas cosas, de haber cosechado tanto, y de haberte ganado no sólo la admiración, sino también el más sincero cariño de los que hemos tenido el placer de leerte. 
Mis palabras son torpes, lo sé. Es difícil tener la cabeza clara y tratar de ordenar las ideas cuando uno está sumergido en un estado emocional como este en el que me encuentro. Es difícil, además, hablar de todo lo que eres y has sido, de lo que seguirás siendo. Pero hago lo que puedo, Sabato, hago lo que puedo... Puedes tener por seguro que esta noche voy a levantar una copa muy en alto, más alto de lo que he levantado nunca una copa, para brindar por tu memoria. Y puedes estar seguro, también, de que otros imitarán ese gesto. 
Hoy es sábado (curiosa casualidad lingüística, casi se diría que has elegido el día a propósito), y no quiero dejar de cumplir con mi tradición musical sabatina. Así que la de hoy te va dedicada muy especialmente, Sábato, porque sé lo mucho que admiraste y sentiste esta canción, y porque todavía no encuentro formas suficientes de demostrar mi gratitud. Ahora ustedes, mis queridos lectores: una copa en alto, que hoy ha muerto un verdadero Genio. Hasta siempre, Ernesto Sábato. 

jueves, 28 de abril de 2011

Fuman con nosotros...

Para coronar nuestro último post con un muy sentido y profundo homenaje, hoy vamos a traer al Café a algunos de los más grandes fumadores de todos los tiempos, genios tan genios que supieron apreciar a todo pulmón del Ars fumatoria. Hoy no voy a gastar sus paciencias con mucho palabreo: sólo es un pabellón dedicado a la memoria. Con una copa en alto, como siempre, señores.

Ante todo, el máximo representante de la estética del cigarro: el guapo Mastroianni, cómo no.

El bravo de Malraux... escritor de filo ancho y advocado fumador.
Otro (muy) bravo escritor y fumador de las letras francesas: el maestro Sartre
Marlon Brando. Un tipo duro.
"La voz", le llamaban. Uno muy grande: Sinatra
Eva Green. Está viva, es verdad... pero no puedo dejar afuera a esta belleza.
Genio entre genios... con su pipa en la diestra. William Faulkner.
Bukowski. ¿Quién no reconoce esa sonrisa asesina?
La gran Oriana Fallacci. Mujer con carácter, quién lo duda.
Marilyn Monroe (famosa y sexy fumadora) y Henry Miller, el terrible
Inconfundible, Bertrand Russell y su infaltable pipa.
Despiadado de las letras: el letal William Burroughs
Tardío tributo, Poeta... el gran Ángel González
Bueno... ¿realmente tengo que decir su nombre? Creo que no.
...y no podía faltar Julio Ramón Ribeyro, last but not least.
¿Pero cómo pude olvidar a Camus? Gracias, Mr. Lombreeze, por el palmazo en la nuca.

 Dieciséis invocados, pues. Pudieron ser más, muchos más, pero no terminaría nunca. ¿Quién viene a decirme ahora que hay que ser muy idiota como para gastarse la vida fumando? Ya querría verlo diciéndoselo a uno de estos grandes. La tarde sigue avanzando, y para despedirme recordaré esos maravillosos versos del poeta Vicente Ruiz Aguilera: "Diciendo está el cigarrillo / lo que es la vida, / fuego de unos instantes, / humo y ceniza".

martes, 26 de abril de 2011

O vamos a acabar como en Chicago...



De política no entiendo ni la versión para dummies, así que no diré nada sobre situaciones coyuntirales y demás temas que, francamente, sólo pueden servir para reír o aburrisre. Lo que sí diré es que por ahí arriba hay unos cuantos sujetos con los que espero no tener que toparme nunca, o no la cuentan. Sujetos en cuyas tumbas, en todo caso, echaré mis colillas. Después de todo, ya había suficiente gente que de un día para otro se quedó con la lengua a la altura del ombligo cuando descubrió que su Susana Villarán, pese a sus promesas, no sólo no pensaba legalizar las drogas (cosa que a mí me trae sin el mayor cuidado, porque las drogas, en lo personal, no me interesan ni en lo más mínimo), sino que encima les dio papagayo por liebre, asintiendo que se hiciera efectiva esa porquería fascistoide que lleva el nombre de "Ley Zanahoria" (dicho sea de paso, yo jamás voté por esta señora: en mi puta vida he dado mi voto por alguien, como bien lo saben mis amigos, y he llenado de tachas y bromas de mal gusto cada una de las cédulas electorales que me han puesto enfrente, así que a mí ni me miren). 
Y, como íbamos diciendo, esto no es todo. Permítanme que les ilustre la situación con una historia de la vida real, que no le pasó al amigo de mi vecina sino a un servidor en persona, este último sábado. Me fui, tan campante, a tomar una cerveza a La Noche de Barranco, ese templo supremo de los que creemos que Bukowsk merece más altares que Jesucristo y su muchachada. Y, cuando pedí que me trajeran un cenicero, el mozo (ya un viejo amigo, después de tantas noches) me mira con una cara que me hace pensar lo peor y me dice que imposible: que los de la municipalidad aparecieron hace no sé cuántos días a llenarles el lugar de cartelitos que dejan bien claro que no, que aquí nadie se prende un cigarro. ¡Pensar que hace apenas un par de semanas Benjamín Prado, el poeta español, comentaba lo bien que se sentía de estar en un país tan civilizado como para dejar a la gente fumar en los bares! Resignado, salí a la terraza, pero más que dispuesto a dar batalla, así no le duela a nadie, pero dando la cara y la palabra.
Este tema ya se nos va haciendo viejo, muy viejo... he escrito antes sobre el problema tabaco, y sobre todo lo que implica. Como siempre, empezaré por dejar algo bien claro: que yo no soy un apologista del tabaquismo. Es una cosa que, quién lo duda, hace daño, tanto al cuerpo como a la billetera, y que si es evitado, pues mejor. Pero la cuestión es: ¿evitado por quién? El tema fumar-no fumar es absolutamente personal, y no creo que nadie tenga por qué venir a decirme qué no debo hacer. ¿Acaso le importa?
"Pues sí", me dirá alguno por allí: "Claro que le importa, porque los fumadores no sólo se matan a sí mismos, sino también a los demás, ¿y con qué derecho?" Bueno, ¿y con qué derecho vienen los demás a decirme que yo debo velar por sus vidas? Ese es un primer punto, muy débil, pero también bastante cierto. Igual, no importa. Lo que importa es el montón de leyes idiotas, compradas e ignorantes de todo lo que refiere a libertad y derechos de los individuos -o de ciertos individuos. Leyes que echan todo el peso a un solo lado de la balanza, y que permiten que un grupo de personas -oigan, que siguen siendo seres humanos, ¿no?- sean convertidas en escoria, en basura, en seres ruines y lo bastante idiotas como para antentar, en vano, contra sus propias vidas y las ajenas. Seres para con los que no hay que guardar ni el más mínimo gramo de respeto, porque no lo merecen: "Oye, apaga esa mierda" no suena tan bien como "Por favor, ¿podría apagar su cigarrillo?", pero sí que se escucha mucho más a menudo. Y, como lo digo, este comportamiento es aplaudido por la legalidad, por un conjunto de leyes que defiende al pobre no-fumador de las garras y el humo de los fumadores... dándoles el equivalente a un fusil semiautomático o a un lanzagranadas. 
En otras palabras: ¿qué tan difícil es contemplar una serie de medidas de las que nadie tenga que salir sobándose el culo? Porque la pura verdad es que, así como los no-fumadores no tienen por qué ser víctimas de los fumadores, pues los segundos tampoco tienen por qué ser maltratados por los primeros, ni bombardeados psicológicamente con las campañas antitabaquistas que no hacen más que contribuir a la construcción de una imagen perversa del fumador. ¿Por qué echar a los fumadores de los bares? ¿No es tan sencillo como eso separar los ambientes para fumadores de los libres de humo? Y ahí todos salen ganando, ¿no?
Pero aquí no acaba la acusación. Seamos sinceros, señores... ¿acaso podemos tragarnos el cuento de que el cigarrillo es algo así como la encarnación de Satanás en persona, y que todo lo demás son sol, prados verdes, cielo azul y flores llenas de mariposas que revlotean? ¡Claro que no! Lo que se ha hecho, lo que se sigue haciendo, es construir un discurso abusivo y arbitrario, hecho especialmente para generar y difundir una nueva concepción, arreglada de antemano, del cigarro y sus consumidores. Pongámoslo así: reúnan si quieren a todos los fumadores del mundo de un lado y, del otro, a todos los agentes generadores de smog por consumo de combustible; puestos en una balanza de mortalidad, creo que quedaría bien claro qué lado carga con la mayor parte de la culpa a la hora de hablar de la gente que se muere de cáncer al pulmón y demás. A la señora que venga a pedirte que apagues el cigarro con cara de indignación, pues le devuelves el gesto y, muy colérico, le echas en cara que el smog de su coche te está matando. ¿Que eso sirve? ¡Y a mí qué! Su coche no me sirve para nada, a menos que me dé un paseo, y puestas así las cosas, a mí mi cigarrillo me sirve más que su coche.Sólo que claro: ni a los automóviles, ni a los teléfonos celulares, ni a los bocaditos -Doritos, Chizitos y demás-, ni a los hornos microondas, ni a la comida que sirven en establecimientos de "Fast Foos", ni al carbón para parrillas, ni a ninguno de tantos productos abierta o secretamente asesinos les ponen un cartelito con un mensaje brutal y una foto sádica en la que se ven un par de pulmones hechos basura o un anciano que va camino a la tumba por causa de un derrame cerebral. ¡Claro que no! Eso sería malo, muy malo, para las ventas... y como a todo el mundo parece gustarle ese rollo... (sobre este tema, recomiendo mucho una película, Gracias por fumar, donde exponen este asunto en toda su arrogante hipocresía).
Breve disgresión: por enésima vez diré que la salud, hoy por hoy, está sobrevalorada. ¿De qué te sirve vivir tantos años, si no puedes darte ni un gusto? Oigan, que es antinatural querer llegar más lejos que Matusalén, y algún día todos la estiraremos, así que, ¿por qué tanto ruido? No digo que nos gastemos como si no hubiera mañana, pero sí que nos tomemos las cosas un poco más a la ligera, hombre, que ya hay bastante estrés en el mundo sin escándalos de conservadores, reaccionarios y demás. 
Ahora volvamos a lo nuestro... porque hay un último tema que quiero tocar el día de hoy. Se trata de un detalle, ínfimo tal vez, pero mucho más cargado y poderoso de lo que pudiera parecer a simple vista. Me refiero, como diría Luis Piedrahita, a "la letra pequeña". Sólo que esta vez no es pequeña para nada: los mensajes que llevan impresos los paquetes de cigarrillos son cada día más grandes, y amenazan con rebasar el espacio del cartón. Ejemplifiquemos: textualmente, dice "FUMAR CAUSA INFARTO CEREBRAL" (otras varientes serían: "cáncer al pulmón" o "a la lengua", "impotencia", o simple y llanamente "la muerte", y hasta alguno querría agregar "y un pasaje directo al infierno"). Bien, bien... ¿por qué he puesto la palabra "causa" en cursiva? Porque quiero que la lean dos o tres veces, obviamente, y reflexionen sobre el asunto por unos minutos. Lo que tenemos aquí es una manipulación cruda y sin miramiento alguno del discurso médico. ¿Quién dice que el fumar "causa", necesariamente, tal o cual cosa? Seamos justos: si quieren bombardear al mundo con sus mensajes de esperanza, al menos que sean sinceros. La fórmula correcta es la que sigue: "FUMAR PUEDE CAUSAR INFARTO CEREBRAL" (o, se sobreentiende, cualquiera de las demás opciones). Ese fatalismo agresivo, esa terquedad extremista, no es más que un arma más para influir sobre las opiniones de la gente, creo yo. ¿O es que los que dicen "defender la vida humana" no entienden ni lo más básico de la ética? Por favor... 
Así, pues, están las cosas. Tal vez pido demasiado, pero creo que lo hago con pleno derecho, al insistir en un segundo examen de estas leyes y condiciones. Entre la ley Zanahoria y la criminalización de los fumadores, pues el destino se pinta muy feo. Pero eso sí: muy saludable. O, si lo prefieren, y parafraseando a Joaquín Sabina, que si las cosas siguen así vamos "a acabar como en Chicago / en tiempos de la prohibición". O bien encadenados, y envueltos para llevar, mientras unos cuantos se ríen. Pues bien, frente a la tempestad que se levanta en el horizonte, yo repetiré esas grandiosas palabras con las que Dvd tituló hace un buen tiempo uno de los textos de su blog: "Prohibir no es legislar, es prohibir". La verdad pura y descarnada, y que le duela al que le duela.

sábado, 23 de abril de 2011

"El Tábano"... ¡existe!


Pues eso. Muchos recordarán el coñazo que nos armó Mr. Mierdas hace un tiempo, cuando se le dio por armar un bailongo mientras nos sacaba la lengua, y todo porque se había hecho con un libro (casi duele pensar que somos lo bastante subnormales como para armar embrollos como estos por un libro... ¿pero a qué hemos llegado?), una obra misteriosa, que nadie había leído ni por casualidad, y ni hablemos de encontrarlo. Su enigmático título era El Tábano, de la irlandesa Ethel L. Voynich (otra que todos jurarían que solo era conocida en su casa y la de sus abuelos), y dadas las ganas con las que Mr. Mierdas se puso a proclamar lo bueno que era el libro y tal, pues nosotros nos quedamos las de leerlo. Y empieza el drama, porque ya lo digo: que nadie tenía ni puta idea de dónde encontrarlo. ¿Existía realmente?
Y yo les digo: sí, carajo, existe, y es de la puta madre. En vano gasté tiempo y voz recorriendo librerías, pero al fin me topé con un ejemplar en un puesto de libros de segunda mano en La Habana, hace apenas unos días. Algo viejito, tal vez, pero con todas sus páginas puestas, y editado por la Editorial Artes e Imágenes, de La Habana -es decir, made in cuba. Lo empecé un par de noches después, y ya tengo más o menos leída la mitad, con lo que me basta para sentirme justificado para hablar de él. Terminemos, entonces, con lo anecdótico y pasemos, mejor, a decir una o dos cosas de la novela de Voynich.
¿Qué les puedo decir de El Tábano, en estos momentos en que ni siquiera sé cómo va a terminar? Pues que es un bombazo: aunque está escrito en un estilo sereno y claro, con notorias deudas con el romanticismo -y aún con el Sturm und Drang-, el libro llega a ser íntimamente impactante. Y lo digo, sobre todo, pensando en la forma en que se las apaña para narrar, sin una palabra más de la justa y necesaria, complejos estados emocionales y sentimientos qe fluyen y cambian constantemente. El rencor se torna en interés, el odio en pasión, la indiferencia en curiosidad... pero a través de acciones sencillas, de meros detalles. La profundidad psicológica de algunos de sus personajes (Gemma, Martini, el padre Montanelli, el mismo Tábano) es acojonante, y la trama llega a convertirse, en cierto modo, en la historia de los desencuentros en los que ellos se van descubriendo como actores. 
¿Debería decir algo sobre la trama? Nunca he sido amigo de dar adelantos de este tipo, no sólo porque le jodo la lectura a alguno, sino también porque me cuesta mucho resumir (esa ruin palabrita) un libro, como si sólo se tratara de lo que pasa en él. Pero de todos modos diré lo básico: Arturo Burton, un joven inglés que estudia filosofía en la Italia del siglo XIX, le revela un día a su amigo el padre Montanelli que se ha unido a un grupo nacionalista, la Joven Italia, para contribuir en la lucha contra los de Habsburgo, que dominan parte del país. Pero después pasarán un par de cosas -no diré cuáles son- y se decide a huir del país, rompiendo con todo: sus viejas amistades, su "familia" y, sobre todo, su religión; sólo para volver trece años después, con la frente marchita (como dice el tango), y ya convertido en el Tábano: un ser deformado y lleno de cicatrices, mal rodeado, y que en su calidad de autor satírico volverá a verse rodeado de conspiradores, entre ellos una vieja amiga a la que amaba en secreto en sus años tiernos, cuando joven era y en el amor creía. 

Este no tiene nada que ver con el libro. Sólo es un tábano.
Bien. Suficiente resumen. Ahora, a decir algo que tiene que decirse. Y es que si antes hablé de cómo la autora se las arregló para reflejar tensiones existenciales y rupturas emocionales en pocas y simples palabras y gestos, pues la pura verdad es que el momento en el que el joven Arturo Burton rompe con la religión es extraordinario. Hay un lento marchitarse, dudas, lenta pero cruda resignación, violencia... Yo no sé si alguno de mis lectores entenderá de lo que hablo, pero los que hemos pasado por ese trance violento en el que dejamos atrás la tierra firme pero mentirosa de la religión y salimos sin paraguas a las baldías, tormentosas y divertidísimas tierras de nadie del ateísmo más declarado y tozudo, podemos vernos allí como en un espejo. Son páginas, párrafos que remueven las vísceras. Muy, pero muy bien logradas. 
"¿Qué haremos contigo, Jesús de Nazaret?" Tales son las palabras con las que arranca este libro extraordinario, del que ya Bertrand Russell dijo que era una de las novelas más apasionantes que había leído en lengua inglesa. Yo la recomiendo con una mano (y una biblia) sobre el fuego... al que pueda conseguirlo, claro está.

Breve posdata: Obviamente, esta entrada va dedicada al cabrón de Mr. Mierdas. Y que sepa que en la primera página de mi edición de El Tábano, debajo de mi nombre, he escrito estas palabras entre paréntesis: "In Honorem Mr. Mierdas". Que cada cual tenga lo que se merece, y este se merece una copa en alto. Dada la ocasión, les dejo un tangazo del maestro Osvaldo Pugliese.
 

La del sábado: Charly García - "Yo no quiero volverme tan loco"

Ha sido una larga semana de muy bien justificado silencio por estos lares, y he vuelto de una extraordinaria estancia en La Habana con el cuerpo cansado, el alma al borde de un hilo y muchas ganas. Y, por suerte, a tiempo de lanzar a rodar una canción por estos lares, como corresponde a cada uno de nuestros sábados de resurrección (ya saben cómo es la resaca: hace que todos hagamos de Lázaro). A nuestro lado, el cristianismo está en nada: sólo tienen un domingo al año, mientras nosotros nos la jugamos con la muerte y la borrachera a lo largo de la semana. Obviamente, no esperen un saludo especial por la semana santa de mi parte, porque para mí, como para tanto peruano que anda suelto por el mundo, lo que existe es la "semana tranca". Y por eso no se saluda sin un vaso en alto, ojo. Estando así las cosas, he elegido como banda sonora este temazo de Charly García, (el "John Lennon del subdesarrollo", dicho en sus propias palabras), que ya se ha hecho un himno para mí, y que tanto derecho le sobra para sonar en la vida de todos los habitantes de este mundo posmoderno en el que los sentimientos son una pistola en la sien y una daga en el antebrazo: Yo no quiero volverme tan loco, pues, que propuesto para título de nuestros días. Y todos nosotros cantando. Qué bonito. ¿Quién responde a este brindis?


sábado, 16 de abril de 2011

La del sábado: Buena Vista Social Club - "Lágrimas negras"

Para este sábado cobarde, he decidido traer a sonar entre nosotros la magistral, legendaria y genial entre genialidades composición de don Miguel Matamoros, esa que ha sonado en tantos ritmos y versiones pero que, en su esencia, sigue siendo tan cubanita y llenando los ojos de más de uno de lágrimas. Lágrimas negras, pues, es la canción que echaremos a rodar esta noche (me sobran los motivos para hacerlo, dicho sea de paso; y no lo digo porque ande llorano), en versión de los siempre infaltables maestros de la Buena Vista Social Club, que ya es una garantía de que lo que suene, lo hará mejor que bien. Un par de rones, hermanos. Esta es una noche para celebrar. 


Pero no nos quedemos cortos. ¿Por qué? ¿Acaso podríamos cansarnos de semejante tema? ¡Claro que no! Y por eso es que sumaré otra versión, esa que hicieron legendaria Diego el Cigala y el maestro Bebo Valdés. El que quiera servirse un segundo (y un tercer, y otro cuarto) roncito, está más que invitado a hacerlo. Epa: vamos a ello. 


viernes, 15 de abril de 2011

Desencuentros Encontrados #1: Antonio Cisneros


Antonio Cisneros: Poeta y Ciudadano

Dicen que la poesía es un género abandonado, casi muerto. Pero semejante juicio no se aplica a Antonio Cisneros: alto y ufano, muy seguro de sí mismo, a sus sesenta y ocho años probablemente pueda enorgullecerse no sólo de ser el poeta peruano vivo más leído, sino también de ser el mejor. Con una trayectoria de cerca de cincuenta años bajo la manga, Cisneros ya se ha tragado el mundo, y no parece haber calmado su hambre. Siendo poeta, supongo que esos son sólo gajes del oficio.

A menudo parece querer pasar desapercibido, hablando de cualquier otra cosa y salpicándolo todo con bromas y anécdotas llenas de un humor picante y súbito. Pero no hay nada que hacerle: los poetas, como él mismo diría, siempre hablan en primera persona, y la suma de sus máscaras no son otra cosa que el boceto de su rostro. Antonio Cisneros, sin embargo, parece una excepción entre los de su oficio: además de gozar de fama, prestigio, una buena posición económica y de lectores que recorren sus páginas con fervor religioso, es lo bastante descarado como para llevarse a casa premios como el Pablo Neruda, que recibió en Chile (“Ayer Neruda, hoy Cisneros”, jura que le dijo Piñera, el mandatario chileno). Y sin embargo nadie puede dudarlo: Cisneros es Poeta, y con “P” mayúscula.


Han pasado casi cincuenta años desde Destierro, tu primer poemario. ¿Sientes algo de vértigo?
Aunque parezca mentira, tú nunca te das cuenta del tiempo que pasa. Osea, objetivamente yo soy un viejo, pero yo no me siento un viejo. Cuidado: no me refiero a eso que dice tanta gente de “tener el alma joven”, que es una cojudez. Sencillamente, la vejez no tiene consciencia de sí misma: estás vivo, y todos los años que pasan te sorprenden. Y cuando venga la muerte va a ser igual, una sorpresa.

Es como estar viviendo siempre por primera vez.
Siempre. Y por eso yo no suelo pararme a hacer recuentos sobre mi propia obra, ni nada. Además, toma en cuenta que yo no vivo para la poesía. Porque hay otros que sí, que son muy sensibles, que ven un niño y lloran, que ven un pájaro y lloran… pero a mí no me importan ni los niños ni los pájaros, y no soy particularmente sensible, en ese sentido. Así que no vivo en poesía todo el tiempo. Hay muchísimas cosas más que me avisan del paso del tiempo, fuera de la poesía. Pero nunca dejo de sorprenderme, eso sí.

¿La poesía nace de esa sorpresa?
Una buena parte, pero no toda. Porque uno también se acostumbra a ser poeta. Piensa que yo escribo versos desde que tengo ocho o nueve años.

Fue un romance temprano, entonces. ¿Cómo empezó?
Ah, eso no lo sé. Aprendí a escribir, y eso y lo que yo creía que era poesía eran una sola cosa para mí. Siempre escribía. Y además con una convicción de excelencia… Yo, a los once estaba convencido de que cada cosa que escribía era una obra maestra. Hasta que llegué a la adolescencia, y entonces empezó mi esquizofrenia. Porque yo nunca fui de esos que viven encerrados leyendo. No: yo era un muchacho de mi barrio, de la calle. ¿Y cómo iba a estar, a esa edad, escribiendo versos como un maricón? Así que la poesía se convirtió en algo clandestino. Pero nunca la dejé, eh. Sólo la escondí.

¿Y cuándo la sacaste de las tinieblas?
Cuando ingresé a la Universidad Católica. Ahí descubrí muchas cosas: la primera, que la poesía era algo serio. La segunda, que se publicaba. Y se hacían recitales, a los que iba gente a escuchar poemas… era otro mundo. Por ese entonces fue que conocí a Javier Heraud, a Luchito Hernández y a César Calvo.

Fue por esos años que publicaste tu primer libro, Destierro.
Claro. Cuando apareció, yo era considerado una joven y brillante promesa. Lo mismo cuando salió el segundo. Y cuando apareció el tercero, Comentarios Reales, gané el Premio Nacional, y entonces descubrí que existía la envidia. Pero he seguido publicando, y la verdad es que nunca me han faltado lectores.

¿Y cómo notas el cambio en tu estilo a lo largo de los años? ¿O te mantienes puro?
Bueno, puro soy. Como una Virgen. Pero uno siempre va cambiando. Piénsalo así: cuando eres joven, no escribes lo que quieres, sino lo que puedes. La poesía juvenil es cualquier cosa menos fresca: está invadida por la literatura. Y la experiencia y el dominio técnico se van ganando con los años, también. En mi caso, el quiebre entre lo que podía y lo que quería hacer se dio a partir de Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Eso fue después de mi viaje a Londres en el 67. Imagínate el Londres de aquellos años: no sólo estaban los grandes poetas anglosajones como Eliot y Cummings, sino también los Beatles y los Rolling Stones… Londres era el centro del mundo. A partir de ese momento he seguido cambiando, pero con un mayor sentido de la libertad, escribiendo lo que realmente he querido escribir.

¿Y cómo se llevan el Poeta Cisneros y el Ciudadano Cisneros, ya que tú mismo haces esa diferencia?
Es que siempre ha habido una idea errónea de que el Poeta Cisneros, ese loquito bohemio, vive arrimado y a costa del Ciudadano Cisneros, y no es así. Todo lo contrario. Porque al que han invitado a dictar cursos en universidades de Europa ha sido siempre al Poeta Cisneros, que además ha recibido premios desde los veintidós años. Él mantiene al otro.

El Premio Pablo Neruda, por ejemplo, ¿cómo te ha sentado?
Para mí ha sido una suerte de semi coronación, porque un premio, aún uno como el Neruda, no es el final del camino. Además, hay otros. Pero me siento muy bien con ese premio. Es bonito sentirse reconocido, y es bonito tener plata. ¡Oye, son treinta mil dólares! ¿Quién dice que de la poesía no se vive?

La poesía del dinero, que decía Joaquín Sabina.
Que es muy importante, también. Porque lo normal es que todos, y sobre todo muchos poetas, hablen de la “belleza espiritual”… que no existe. Para nada. Una mujer fea no puede tener alma. Porque otros pueden venir y decirte que no, que tienes que mirar bien… ¡Carajo, si no la puedes ver de arranque es que no está allí!

Otro mito que rodea al Poeta Cisneros es que siempre trabaja con un whiskey o un vino.
La verdad es que no. Ese mito es falso. Con resaca tampoco. Nunca lo he hecho, ni siquiera en las épocas en que bebía mucho. Y creo que es algo que vale para casi todos. Es más, una vez le pregunté a Allen Ginsberg, que estaba con ese tema del las drogas y el LSD, y el me dijo que nunca había escrito una línea estando drogado, ni borracho, ni con resaca. Realmente, yo creo que no hay escritor que valga la pena que haya escrito borracho.

Además de poeta eres periodista. ¿Qué puedes decirme de tu relación con este oficio?
Primero que nada, que quede claro que la poesía y el periodismo no tienen nada que ver. De hecho, yo he hecho muchísimo periodismo, tanto en prensa como en radio y televisión, pero nunca he hecho periodismo cultural. Lo mío son las crónicas: gastronómicas, de deportes, de vida cotidiana, de política… y sobre todo en radio y televisión.

¿Y estás trabajando en algo ahora? ¿Algún proyecto, a lo mejor?
No, no. Proyecto nunca. Lo que tengo es una sensación: yo, de bebé, en la cuna, aterrado por las caras inmensas de la gente que me quiere, empezando por mi madre, mirándome. La tengo desde hace tres años. ¿Me dará algún verso? Eso no lo sé. 


Este entrevista se publicó originalmente con el título de Antonio Cisneros: Poeta y Ciudadano en la revista Asia Sur, número 84, en enero de 2011.

jueves, 14 de abril de 2011

Adolescencia


"¿Pero qué carajo significa ser adolescente?" Esa es una de las preguntas que, hoy, no dejan de dar vueltas en mi cabeza. Creo habérmelo preguntado hace unas semanas, también, pero ya ni estoy seguro, ni recuerdo de qué iba, así que lo replanteo: ¿de qué carajo va esto de la adolescencia? Y yo digo:

-Es vivir como si el mundo fuera a acabarse, pero confiando en que no lo hará.

-Es amarrarse a un montón de excusas nobles para hacer cosas idiotas. 

-Es leer a Bukowski con la mano en el pecho y de madrugada.

-Es escribir unos poemas miserables, pensando que son una obra maestra, pero que a la semana no se los traga ni su autor.

-Es hacer de cada sentimiento un templo o un abismo.

-Es vomitar bilis, y enorgullecerse por ello.

-Es creer que la noche es eterna, como los sueños.

-Es aprender de a pocos que todos los sueños se rompen como la noche.

-Es descubrir que existen Baudelaire, Byron, Schopenhauer.

-Es creerse el último de la cola, vivir en un cenicero, olvidar el presente.

-Es descubrir un universo en cada pezón.

-Es emborracharse como si no hubiera mañana.

-Es aprender que existen el mañana y las resacas.

-Es maldecir hasta sin saber lo que se maldice.

-Es apretar el puñal contra el cuello, sin saber si rogar porque tenga o porque no tenga filo.

-Es enamorarse por primera vez todos los meses.

-Es hacerse las mejores pajas de tu vida.

-Es no darse cuenta de que los gritos al cielo van a parar en un vaso vacío.

-Es descubrir que los bares son los únicos templos reales.

-Es escupir en las cruces y seguirlas cargando.

-Es descubrir las texturas de otro cuerpo.

-Es un ir aprendiendo que los sabores engañan.

-Es no querer echarse a dormir nunca, ni vivir tampoco.

-Sobre todo, es ser un exagerado.

Cada cual tome las que quiera, mándeme al diablo o rásquese la cabeza, que a mí me da lo mismo. El que quiera echar un brindis queda invitado, por supuesto, y de todos modos nadie podrá recriminarme por algo: que cuanto he dicho, lo he dicho honestamente. Sea, años de mierda tan buenamente perdidos de los que todavía extraño algo de cuando en cuando. Malditos calendarios. 

miércoles, 13 de abril de 2011

Fellini, o el niño morboso


¿A quién se le podía ocurrir que, de pronto, una orquesta entera se cagara en todo y se levantara contra su director? ¿O que sería una buena idea meter un rinoceronte enfermo en un barco lleno de cantantes de ópera? ¿Que el silencio y la resignación mismas podían ser el pesonaje de una obra maestra? ¿Que podía hacerse una película que tratara de cómo se hacía esa película, lanzándose así a planos infinitos de realidad que al final no son más que una farsa? Pues claro: sólo a Federico Fellini. 
Recuerdo haber visto una vez un documental en el que Marcello Mastroianni recordaba el día que Fellini fue a buscarlo para pedirle que protagonizara La dolce vita: después de escuchar un rato al director, que le daba los motivos por los que lo había elegido y qué se yo, hizo lo que cualquier actor haría y le pidió ver el guión. Fellini, sin turbarse ni un poco, le dijo a uno de sus co-guionistas (creo que era Flaiano... pero podría equivocarme) que le diera a Marcello lo que pedía, y él, visiblemente turbado, le da una carpeta al actor. Mastroianni lo abre y se queda de una pieza: lo que hay es un solo papel en el que aparece una caricatura de un tipo con un pene enorme que se hunde en el agua que tiene un poco más abajo. ¿Gajes de un genio o simples ganas de joder? Tal vez un poco de ambas. 
¿Y por qué comento esta historia? Pues por un simple motivo: tratar de ilustrar cómo, para Fellini, la creación se daba constantemente y, sobre todo, a la manera de un juego. Algo mórbido, tal vez, y muy cabrón, pero tan genial, tan absolutamente profundo y complejo, que no había quién le diera la contra. En el fondo, creo que todos los que trabajaban con él sabían que no debían darle la contra, pero que igual lo harían sólo porque tenían que hacerlo. 
Creo que basta con revisar alguna biografía de este director (yo tengo una muy buena, de Hollis Alpert) para notar a lo que trato de referirme: a lo largo de toda su vida, Fellini demostró ser un gran y muy amable cabrón: un mitómano que se la pasaba de maravilla contando historias desfiguradas o del todo inventadas; un tipo que no dudaba en gastar más de lo que debía, podía y tenía, comprometiendo a todo el mundo pero siempre ganando; un abusador cariñoso que exigía a sus actores a ir hasta el límite de sus fuerzas y capacidades aunque ellos no tuvieran ni puta idea de lo que hacían o esperaban conseguir de ellos; un genio que sabía mover los cables para hacer lo que mejor hacía: unas películas que no hay dios que las haga mejores. 
No en vano fue Fellini un amante declarado del circo y de la estética circense. En su obra, la tragedia, la sátira amarga y el humor más socarrón lucen muchas veces el mismo rostro, encerrándose en un universo de símbolos ambiguos y escenarios musicales donde todo habla sin decir una sola palabra en el fondo. Si me piden decir las cosas con toda la objetividad posible, he de reconocer que ninguna película debe existir que sea tan compleja en todos sus niveles como 8 1/2, así como pocas otras existen que hayan afectado tanto la forma en que el mundo entero ve cine como La dolce vita, ni estéticas tan bien limadas y conseguidas como la que brilla en esa joya que es Amarcord. Ningún documental se ha hecho sobre una ciudad que tenga ese sello tan único que luce la Roma de Fellini, y creo que, sin importar cuántos siglos pasen, Gelsomina, la protagonista de La strada, seguirá siendo uno de los personajes más tiernos y memorables de la historia de la pantalla. Y todo, ya lo digo, hecho así: con una fe ciega en el juego, actuando mucho por instinto, pero metiendo siempre la cabeza para articular ese montón de impulsos.
En otras palabras, un Genio, con la mayúscula bien puesta. Hasta el momento, nunca he tenido algo que criticar a una película de Fellini, sino que siempre he salido sintiendo (y sabiendo) que he ganado algo que no sé lo que es exactamente, pero que es invaluable. Ver el mundo en toda su ridícula complejidad, que es lo que hacemos a través de sus ojos, es siempre algo que vale la pena. Algo de lo que no me cansaré nunca.

En la foto: Fellini y Mastroianni haciendo el paseo con el látigo durante la grabación de una de las tantas escenas inolvidables de 8 1/2.

lunes, 11 de abril de 2011

Benjamín Prado en Lima


Como buen rincón del mundo que es, nuestra triste costa es un buen escenario para la poesía. Sólo que hoy no lo digo con Eielson, Lucho Hernández, Blanca Varela o Vallejo en mente, sino con otro nombre, venido desde el otro lado del charco atlántico, bajo el cual aguarda una de las obras poéticas más originales, íntimamente agresivas y solapadamente auténticas del panorama de las letras españolas: nada más ni nada menos que Benjamín Prado. 
Es la primera vez que invocamos por aquí la presencia del poeta madrileño, pero creo que la ocasión no podría ser mejor: al fin y al cabo, Benjamín Prado estará entre nosotros por dos noches en las que le tocará hablar de lo que más le gusta, para nuestra suerte: literatura. Pero vayamos por pasos. 
Lo primero es la presentación de una nueva antología, que recopila gran parte de su producción poética, y que suda poesía desde su título: No me cuentes tu vida. Encima, ha elegido hacerla en el máximo templo de la cultura pagana-etílica-tabernaria de nuestra ciudad, La Noche de Barranco, que es el lugar perfecto para acompañar los versos con unas buenas jarras de cerveza. Imperdible. 
Después, viene su aparición en el Festival Ñ de Lima, que arrancará con un encuentro cara a cara (o mano a mano, si prefieren) entre el poeta español y Fernando Ampuero, para charlar un poco más sobre la literatura y la vida. Que baste con decir que el título del conversatorio es "Escribir es envolver la calle en un libro". Suena bien, y seguro estará aun mejor. 
¿Algo más que decir? Pues eso: que no está como para perderse la ocasión. Yo, por mi lado, aprovecharé el momento para poder presenciar de cerca y en viva voz a esta verdadera figura de la más reciente poesía española, de paso que para tomarme unas chelas mañana en La Noche. Y, por si hay hombres de poca fe entre nosotros, de paso que para que todo el mundo lo disfrute, dejo un poema de Benjamín Prado, para que cada una de sus palabras haga eco en el Café, llenándolo de esa presencia profunda hasta el más oscuro de sus rincones. Una copa en alto desde ya, señores.

Noche Nupcial
Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida. 

sábado, 9 de abril de 2011

La del sábado: Joan Manoel Serrat - "Algo personal"

Otro sábado ha llegado, y con él la correspondiente celebración de la resaca mientras nos preparamos para otra cruda batalla etílica (las únicas en las que todo el mundo se abraza, carajo). Mis compatriotas han creído necesario cortarnos las alas y decretar que este fin de semana hay ley seca, así que el sentimiento épico está por los aires, y todo el mundo más decidido que nunca a gastar esta noche sus últimas horas y neuronas. Pues bien, pongámosle un buen soundtrack a esta película, echando a correr nuestra célebre y tan necesaria rockola resacosa. Hoy, invocaré por estos lares la presencia de ese gigante de la canción española, ese gran señor con alma de juglar que es Joan Manoel Serrat. Pongo esta canción con la nostalgia que puede sentir un hombre después de no haber podido asistir a su último concierto, pero con una sonrisa bien grande dibujada en el rostro. El de hoy, además, es un temazo: Algo personal. ¿Algún motivo en especial para haberlo elegido, más allá de lo bueno que pueda ser? Pues la verdad es que, con los aires electorales que soplan, digamos que sí, que hay algo personal. Pero ya saben lo que decía Camilo José Cela: no hay que dejarnos vencer por la tristeza. Así que vayamos por ello: venga, muchachos, ¡a bailar!

Anuncio de nueva sección: Desencuentros Encontrados


Después de mucho reflexionar, meditar, machacar colillas y rascarme la cabeza, he decidido abrir una nueva sección, que a diferencia de la otra que tenemos prevista para los sábados va a ser bastante errática, y sólo se manifestará una vez a las quinientas, cuando me pueda quitar la pereza de encima lo suficiente como para sentarme a transcribir textos largos. Porque la nueva sección, que se llamará "Desencuentros Encontrados", la dedicaré a publicar algunas de las entrevistas que he realizado para las diferentes revistas con las que trabajo, cosa que el público en general pueda disfrutar de las palabras de algunos verdaderos hombres de genio (que he tenido la suerte de poder entrevistar, de paso que a veces de contar entre mis amigos), y cosa que no se pierden en el polvo de los tiempos perdidos y las ediciones pasadas.
Voy a explicar, de paso, y de una vez por todas, un detalle sobre las entrevistas: en su publicación original, los textos de presentación de las mismas tuvo que ser, siempre, bastante corto, porque tenía que cuadrar con la diagramación y el espacio que la revista podía conceder a mi nota. Y siempre me he quedado con las ganas de explayarme un poco en esas palabras, así que me tomaré la libertad de hacerlo aquí: lo demás, el rollo pregunta-respuesta y todo eso, será fiel a la publicación original. Y, si la entrevista no ha sido publicada, será fiel a la transcripción que tenga guardada en mis archivos. 
"Desencuentros Encontrados", pues. Al que no le guste el título, que se joda, porque a mí me va muy bien. ¿Cuándo será la primera edición? No lo sé... a lo mejor esta semana. Depende de cómo me agarren el humor y la flojera. Así, hecho el anuncio, me despido hasta más tarde y les digo: buen fin de semana.

jueves, 7 de abril de 2011

Propaganda "Cristiana"


"El cristianismo es una metafísica de verdugos"
Nietzsche

Colaborando con la labor de Mr. Mierdas de agarrárselas con lo más sucio y crudo de las religiones, doy a conocer al público un inestimable documento, que creo yo que habla por sí solo, pero al que no dudaré en agregar mis pareceres (así que ya lo saben: voy a resaltar los pasajes más "llamativos", además de agregar comentarios entre corchetes). Porque bueno: soy un defensor de la tolerancia, pero de todos modos creo que hay que hacer notar el pedazo de caobab que llevan algunos en el ojo, y sobre todo si se trata de presuntos cristianos que, de acuerdo con la fe que profesan, tendrían que hacer, decir y ser algo muy distinto a lo que nos muestran. ¿Estamos de acuerdo? Bien, pues pasemos a los detalles: este documento es una especie de folletín, que va citando pasajes bíblicos para construir una retórica que brilla por su sadismo, y que tiene mucho, pero muchísimo, que ver con algo que escribí hace un buen tiempo (al que le interese, puede leerlo aquí) acerca de cómo algunas vertientes del cristianismo se sirven del miedo al castigo para hacer de las suyas. Pero pasemos a lo que nos interesa ahora: damas y caballeros, ante ustedes el folletín cristiano que lleva por título "¿Qué nos enseña la palabra de Dios acerca de la salvación?" (demagogia pura, qué asco). Cita textual más comentarios. Todos los resaltados y comentarios entre corchetes (ojo, que no es lo mismo que los paréntesis) son míos.

¿QUÉ NOS ENSEÑA LA PALABRA DE DIOS ACERCA DE LA SALVACIÓN?

1. ¿Qué es el pecado?
"Toda injusticia es pecado..." (1 Juan 5:7) (Cualquier cosa que no es recta ante los ojos de Dios es pecado) [Bueno... ¿y quién nos dice lo que dios, si anda por allí, piensa de tal o cual cosa? No me digan que Ratzinger, porque no sabría si reír o llorar].

2. ¿Cuál es el pecado más grande?
Jesús dijo: "...Por cuanto no creen en mí" (Juan 16:9) [Más allá de la incoherencia gramatical, hay que hacer notar que resulta que, ahora, no creer en Jesús es peor que cometer un asesinato, violar a una niña o mandar a detonar una bomba sobre un país].

3. ¿Quién ha pecado?
"Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios" (Romanos 3:23) [Se nota que esta gente no aprendió nada de sus clases de lenguaje en el colegio, pero lo que más importa es que, de arranque, todos estamos cagados, porque no hay quien se salve de ese "todos". O bueno, al menos están hechos los que sientan que estar fuera de la gloria de dios es algo de lo que haya que procuparse].
4. ¿Qué pasará a los que pecan?
"...El alma que pecare, esa morirá" (Ezequiel 18:4) [Cómo, ¿no es que todos ya pecamos? Oigan, ¿a esto le llaman una religión del amor y la caridad? Me cago en cristo...]. "Porque la paga del pecado es la muerte" (Romanos 6:23) [Hay una obsesión perversa con la muerte en todo este asunto... o ganas de meter miedo, claro. Porque ya saben lo que decía Foucault: el miedo es una herramienta de control, porque genera dependencia de una entidad que prometa hacerse cargo del problema].

5. ¿Qué debo hacer para estar salvo del castigo de mis pecados?
"Cree en el señor Jesucristo, y serás salvo..." (Hechos 16:31) [Aquí había que resaltarlo todo... completa la idea que expuse hace unos segundos: que sólo creyendo en lo que nos dicen nos salvamos, así que ellos tienen el poder. Bien... no me gusta cómo suena].

6. ¿Qué debo creer acerca de Jesús?
"Que Cristo murió por nuestros pecados, conforma a las escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día..." (1 Corintios 15:3, 4). [No hay nada nuevo aquí, sólo más demagogia].
7. ¿Por qué sufrió Jesús tanto por mí?
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". (Juan 3:16) [Un poco exclusivo, este club de la vida eterna, ¿no? Más demagogia, en fin].

8. ¿Qué ofrece Dios a todos los que creen en Jesús
"El que cree en el Hijo tiene vida eterna" (Juan 3:36) [Un poco de originalidad, señores, por favor... si no hacen más que repetir lo que acaban de decir arriba].

9. ¿Cómo puede el regalo de Dios ser mío?
"...la dádiva (el regalo) [claro, tienen que aclarar esto] de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro". (Romanos 6:23). [¿Es que no pueden dejar de repetir la misma maldita idea? Creo que a estas alturas ya todo el mundo entendió ese detalle]. 

10. ¿Cómo puedo saber que tengo vida eterna?
"...Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al hijo de Dios no tiene la vida". (1 Juan 5:11, 12) [Sobre este detalle siempre he pensado que, tal y como se presenta, el cristianismo es una religión para la gente que no se siente capaz de tomar las riendas de su propia existencia].

11. ¿Qué me pasará si no recibo a Jesús como mi Salvador?
Los que no "obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor". (2 Tesalonicenses 1: 8, 9) [Esto suena más sádico que el propio Marqués de Sade].

Si en algo podemos ayudarte, puedes escribirnos, llamarnos por teléfono o visitarnos en: [aquí viene una dirección, que no transcribiré]. 


Y aquí termina el folleto, también. Que las conclusiones las saque cada uno: yo ya dije lo que tenía que decir. Aclararé, eso sí, que no es que piense que todos los cristianos del mundo sean una escoria de esta especie; ni siquiera una escoria en lo absoluto: muchos amigos míos, y muchos muy buenos, son cristianos, pero ellos no se la pasan predicando discursitos como éste, ni mucho menos. A los que sí, pues bueno... mejor no decir nada. Sólo agregar que, después de leer cosas como ésta, la frase de Nietzsche que he elegido de epígrafe parece más cierta que nunca, ¿no? 

Nota: no me he dado el trabajo de revisar si las citas del folleto son exactas, o si descontextualizan los textos. Tampoco es mi problema, así que no tengo por qué sentirme obligado a hacerlo.
 
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