lunes, 31 de enero de 2011

Un fantasma cinematográfico


Siempre he admirado a los autores que pueden dominar, con naturalidad y maestría, el género negro: misterios, amenazas, dudas, incógnitas y uno que otro vaso con tres dedos de whiskey mientras se eleva el humo de un cigarrillo. Hablo de ese puerto en el que se dan la mano el género policial con el thriller, la novela de aventuras y el realismo urbano, y que suele contar con algunos de los personajes más complejos y de perfiles más insospechados del repertorio universal: el clásico tipo duro al que la desgracia ha convertido en lobo solitario y que, aparte de drogarse o meterse tremendas rondas de escocés, ha perdido toda esperanza y sigue en el business porque no le queda de otra, no se le ocurre qué más hacer o anda expurgando algún pecado que le atormenta por las noches. Personajes que, en resumidas cuentas, despiertan en nosotros una rara mezcla de compasión y respeto que, a la larga, no nos puede generar otra cosa que el deseo de ser como ellos. 
Pero eso no es todo; más bien, apenas una de sus partes. Siempre he pensado que lo más importante del género "negro" es, definitivamente, el ambiente en el que se desarrolla la trama: ese ambiente algo sórdido, algo viciado, que no hace más que hacernos pensar en encender cigarrillos y servirnos escoceses y mordernos las uñas mientras hacemos apuestas mentales acerca de quién pueda ser el malo maloso. Y no me cabe la menor duda, tampoco, de que hay un nombre que brilla por la agudeza de su genio a la hora de crear este tipo de ambientes: hablo, sin más rodeos, del magistral Roman Polanski. 
Todos los buenos cinéfilos recordarán esa obra maestra que fue Chinatown, y que es (cómo dudarlo) una de las cumbres del cine negro. Cada uno de sus minutos encaja tan bien con los otros, cada diálogo y cada mirada están tan bien puestos en el lugar correcto, que realmente no queda de otra que admitir la perfección de la obra, sobre la que flota este ambiente fascinante y oscuro, suburbial y resignado, deprimido y resacoso. Y el final, que el que lo recuerde estará de acuerdo conmigo, debe ser uno de los mejores de la historia del cine. 
Polanski, pues: un pedazo de genio que ha sabido hacer lo suyo. Siempre lo pensé así, y jamás se me ocurrió dudar de su talento ni de su buen ojo; por eso mismo, ahora me toca preguntarme en qué carajo pensaba cuando hizo su última pleícula, The ghost writer
Al que no sepa de qué va la película, pues trata de un político muy popular y muy conocido que ha escrito unas memorias sin tener la más remota idea de cómo se escribe un buen libro de memorias, por lo que contrata una editorial para que le mande un escritor fantasma, uno de estos sujetos que escriben libros por encargo pero cuyos nombres no aparecen en la portada. Y, en el preciso instante en que empiezan a trabajar en el libro, empiezan los problemas: acusaciones contra el político este que relacionan su nombre con algunas escenas de torturas. Y no digo más, porque siempre he pensado que no hay que andar resumiendo las películas en las reseñas (el que tenga ojos, que vea la película), pero sí diré un par de cosas, una buena y otra mala.
La buena es que en esta película, como en las otras, Polanski nos hace notar el genio de su toque personal. Los personajes, las situaciones y, sobre todo, el ambiente, están a la altura de cualquiera de sus obras maestras, y se la puede jugar a mentener atento al público con un thriller de una calaña muy distinta a las usuales (piensen, si quieren, en las novelas de Benjamin Black - seudónimo, como todo el mundo sabe, de John Banville). Así que, hasta aquí, la cosa marcha bien, y la película va para arriba, en un crescendo lento pero seguro y firme. 
Lástima que todo se vaya por la borda: lo malo es que el final es una gutural estupidez, y te hace pensar que las expectativas que cuanto has visto hasta ese momento te han generado se vuelven en tu contra para patearte el culo. Casi parece una mala jugada, en serio. Porque es una cosa increíble: cómo tres o cuatro minutos pueden echarse abajo toda una película que, además, marchaba bien. Porque lo digo así de llanamente: no hay nada de rescatable en el final de la película, y pocos "misterios" han tenido una resolución más patética, simplista y poco pensada en toda la historia conjunta del cine y la literatura. 
¿Vale la pena ver la película? Esa debe ser la única pregunta que queda por contestar antes de concluir esta nota. Pues ya les digo: de no ser por el final, es una película que se vende a precio de oro. Pero, dado su género, un mal final implica que la estructura general de la obra se tambalea y cae, y nos quedamos con un sabor muy malo en la boca. No me arrepiento de haberla visto, es verdad; pero tampoco la vería de nuevo, ni la recomendaría al que me preguntara por alguna buena película reciente. Saque cada cual sus propias conclusiones, pues. Y eso sí: nadie deje de ver Chinatown (ahí les dejo el trailer). Ese piropo sí se lo hecho a Polanski, quien, pese a todo, no deja de ser un maestro, aunque sus resbalones guionísticos nos tengan que doler tanto. 


domingo, 30 de enero de 2011

La del sábado: Monty Python - "Always look on the bright side of life"

Esta vez no puede quejarse nadie, porque fueron advertidos todos de que nuestra sección de los sábados sería atrasada para el día siguiente, es decir hoy. Pero, como sé que hay quienes se toman esto muy a pecho que a lo mejor y hasta se ofenden con mis tardanzas, pues para esta entrega he elegido una canción diferente, magistral y, por si fuera poco, divertida. Los Monty Python, creo yo, no necesitan presentación alguna; y los que sepan por qué lo digo recordarán haber visto alguna vez una película sobre un mesías que no era exactamente el mesías pero que por algún motivo se las vio complicadas y terminó como un mesías cualquiera... en fin, que no voy a arruinarle a nadie la película. Pero eso sí: tengan por seguro que no hay nadie, pero nadie, que no tenga una sonrisa bien dibujada en el rostro cuando termina esta canción (que es la única que podría cantar un grupo de crucificados, creo yo). Y la dejo aquí, para que suene después de todas las resacas que vienen haciendo cola y, así, podamos tener el empujoncito que nos hace falta para poner el pie en esta semana que recién arranca. La he tomado, dicho sea de paso, no de la película Life of Brian (el que no la haya visto, hágalo), sino de la puesta en escena que hicieron los Python hace unos años en el Royal Albert Hall, y viene con la letra para que puedan cantar a coro desde sus casas y estresar a sus tías o hermanas de pasada. Que la disfruten, señores, que esto es existencialismo puro, y del bueno (¿alguien imagina a Sartre montándose un show con los Hermanos Marx?). .


lunes, 24 de enero de 2011

Poesía barroca y fresca: "Yabo Torbo"


Hay, quién lo duda, muchas (acaso infinitas) maneras de concebir una obra de arte. Hay quienes tejen laberintos y quienes levantan torres de Babel; otros prefieren las viñetas de acuarela y verso; existen los que capturan instantes, como también los que trazan la eternidad en la contemplación de un segundo. No sé si lo hemos visto todo, pero lo cierto es que cada cual tiene sus formas para seducir a las musas, ya sea que le haga cosquillas en los pies o le plante un beso entre las piernas. 
En el maravilloso y complejo mundo de la música, la forma en que se construyen estos universos ha cambiado mucho. Poniendo aparte el tema de su complejidad (que puede variar), se siguen construyendo universos fascinantes; pero también es cierto que, con el paso de los años, una fórmula que se ha ido abandonando (como la Novela Total en la literatura) es la del disco-concepto, esa propuesta mediante la cual una serie de canciones adquiere una especie de unidad distinta y que, siempre, se resuelve mediante la estética, ya sea que echo mano o no de otras cosas. Supongo que habrá quienes piensen que este tipo de discos están un poco oxidados, y que los tiempos de Roger Waters o Il Balleto di Bronzo ya han pasado. Pues bien, hoy por hoy contamos con un contraargumento: nada más ni nada menos que Yabo Torbo.
El disco Yabo Torbo, del dúo Santi Guillén y David Gómez (made in Spain) es una propuesta que renueva las viejas fórmulas: mediante la reflexión en torno a las trabas que se clavan en el correr del mundo y de la propia vida que uno trata de in ensayando dentro de sus fronteras, las nueve canciones (más dos, que son el prólogo y el epílogo) adquieren una unidad que, más que lineal, habría que comparar con un tornado: uno entra y va acercándose al ojo de la tempestad tan fácilmente como se aleja de él, y no es sino hasta el epílogo que uno puede desemarazarse y safar de las garras del viento. ¿Metáforas aparte? Pues que, como toda reflexión, el disco no pretende seguir una línea clara, sino que se deja caer en los peros y los por qués, en los detalles, en las minucias, para descubrir que cada instante puede ser una puerta al Paraíso o al Infierno, o ambas cosas. 
En lo que se refiere a la música, pues hay un cruce muy interesante (y, hay que decirlo, muy bueno): progresiones complejas de estilo barroco, que sofocan con poesía, van de la mano con la frescura de su sencillez instrumental (entiéndase por esto: sólo dos instrumentos, guitarra y batería), lo que hace pensar en lo que sería meter juntos en una licuadora a los White Stripes y a Muse. Y los ritmos, dicho sea de paso, no dudan en probar la variedad: el disco cuenta con temas rockeros como Me dispongo a morir o Las niñas juegan a irse de compras tanto como con otros más lentos y de puñal clavado como Subimos a un tejado a llorar y, además, con un viaje pinkfloydesco como Leviathan, invitación a pegarse un tiro en la sien y dejar el disco corriendo. 
Volver a fórmulas como esta es, también, una forma de novedad. Es lo que los muchachos de Yabo Torbo dejan bien claro. Su proyecto, además, se completa con la expresión en otros medios: videos y textos que han ido apareciendo en la página del proyecto, yabotorbo.blogspot.com, y que se van ligando a una forma particular y poética de entender la vivencia, el pasado y la proyección de las frágiles pero valientes esperanzas en un futuro cada vez más incierto. Ya lo digo: que se trata de un disco raro, pero de ese tipo de discos raros que aparecen una vez cada mil años, y que son poesía de punta a punta. Recomiendo, finalmente, escucharlo con la compañía de una cerveza bien helada. Por si las moscas.

domingo, 23 de enero de 2011

La del sábado: Leonard Cohen - "Dance me to the end of love"

Jura Joaquín Sabina que la historia fue así: el día que Leonard Cohen, poeta y novelista al que no se le había pasado por la cabeza ser cantante, escuchó una canción de Bob Dylan se dijo: "si este cabrón, con esa voz que tiene, puede hacerlo, entonces yo también". Y ahí lo tienen: Leonard Cohen ha llegado hasta nuestro rincón de los sábados, para dar el calibre correcto a los contrabajos de la resaca. (Ahora, que la historia a lo mejor no fue así, pero yo le creo al maestro ubetense, y pueden consultarla en el libro de diálogos con su biógrafo) Lo cierto es que Leonard Cohen es un verdadero maestro de la letra y la canción, y si no canta como Plácido Domingo, ¿eso qué? Lo preferimos así, con su voz de lija pasada por aguardiente y las ganas de llenar cada uno de nuestros silencios de poesía. Que es, precisamente, lo que hace este hombre: poesía convertida en canción, con palabras que siguen dando vueltas en nuestros oídos muchas horas después de haberlas escuchado. Voy a dejarles, pues, con uno de sus temas: Dance me to the end of love, que no creo que quede corta para nadie, y que hace mucho que quiero hacer rodar por estos lares. Con esto, me despido, y la semana entrante espero llegar a tiempo y no estar haciendo los domingos lo que he prometido para los sábados (aunque como igual hay resaca...). Sigamos, pues, rodando.

Descanse en paz, Maestro


Es, para variar, un poco tarde para hablar del asunto. Y sin embargo voy a hacerlo, porque es imposible guardar silencio cuando uno se encuentra ante la muerte de una persona que, a lo largo de toda una vida, se ha comprometido siempre con la cultura y la educación, y que ha estado siempre al frente, para dar batalla, recibir los golpes que sean necesarios y, sobre todo, jamás quedarse callado. Con todo esto, no creo que los que estudiamos en la Universidad Católica seamos los únicos que llamamos "El Maestro" a Luis Jaime Cisneros.
Recuerdo que, cuando cursaba los estudios generales en la universidad, él todavía aparecía por ahí, atravesando el patio para dictar clases de lingüística, sin permitir jamás que sus casi noventa años de aquel entonces fueran un argumento en contra. Y, sin embargo, nunca dejará de dolerme el nunca haberlo conocido (pese a que tengo amigos que lo fueron de él), o no haberme sentado a charlar con él sobre literatura, escuchar sus innumerables anécdotas alrededor de medio mundo y con la compañía más fascinante que quepa imaginar (desde Enresto Sabato hasta Jean-Paul Sartre). 
Son palabras pequeñas y escasas para hablar de un hombre que fue tan grande, es verdad. Ya lo he dicho: un luchador incansable, cuyo compromiso valió mucho más que la fatiga y los años, y que ha levantado la pluma hasta el último de sus días. No aparten de mí este cáliz, porque voy a dejarlo seco después de alzarlo al cielo en tu nombre, Maestro. A tu salud.

lunes, 17 de enero de 2011

Oye, ¡que no somos conejos!


A ver, vamos a ser claros: está muy bien que los dirigentes de un país, de una ciudad o de un municipio tomen cartas en el asunto y quieran velar por la seguridad de la gente. Pero una cosa es una cosa, y otra es andar y meter las narices al punto de que nos empiecen a hacer cosquillas donde preferiríamos que nos dejaran en paz. La decisión de la Asamblea de Alcaldes, con Susana Villarán a la cabeza, es un mal trago para empezar la semana... y lo digo literalmente, porque si los barranquinos ya estábamos jodidos con esto del Plan Zanahoria (con la zanahoria metida en el culo, digamos), ahora se ha decidido que eso no basta: el sadismo sodomita de los dirigentes de nuestra ciudad no está satisfecho con tan poco; ahora, toda la ciudad tendrá que prepararse para legislaciones que parecen más prohibiciones que ninguna otra cosa (y como decía un amigo blogger, "prohibir no es legislar, es prohibir"), y a ver a dónde llevamos nuestras pobres almas al final de la noche cuando nosotros todavía no estamos dispuestos a admitir un final. 
Ya sé que mi protesta suena a ridiculez, que la seguridad pública tendría que ser una prioridad y bla bla bla... pero es que tampoco podemos aplaudir todo lo que otros deciden sólo porque nos juran y perjuran que "es por nuestro bien". En primer lugar, que no hay que confundir las cosas: por enésima vez repetiré que la salud está muy sobrevalorada hoy por hoy, y también insistiré en que la felicidad no siempre va de la mano con el bienestar y la seguridad públicos (y si no me creen a mí, pregúntenle a los suizos). Yo no estoy muy seguro si de la mejor fórmula para apoyar el bienestar de una población sea atentar contra su libertad... en todo caso, me suena a artículo retorcido de alguna mente política. ¡Y encima nos lo venden como "triunfo de la democracia! Oigan, por favor yo quiero escuchar lo que tiene que decir la gente, porque creo que no somos exactamente una minoría los que estamos en contra de medidas como ésta; y si la democracia la hacen las mayorías, pues creo que hablamos de otra cosa, o es que nos la han metido junto con la zanahoria (y para colmo de males, a mí ni siquiera me gusta la zanahoria, y de conejo no tengo nada). 
Además, creo que este tiro es de los que salen por la culata. Se habla de este tipo de medidas como necesarias para la seguridad pública, y sin embargo puedo decir (porque lo he visto, y lo sigo viendo, en Barranco, donde el Plan Zanahoria anda vigente desde hace ya mucho tiempo) que las cosas no son tan simples. El espectáculo es muy interesante, a decir verdad: llegadas las tres de la mañana, se pueden ver las multitudes que, cual procesión, avanzan hacia las avenidas para tomar un taxi, mientras los ladonzuelos y carteristas aprovechan para escurrirse como caneros por entre las masas de gente ebria para sacar un tajo de ganancias. Así que ya lo saben, muchachos: podrán dormir tranquilos, siempre que no anden por las calles. 
Guardo, sin embargo, la esperanza. Las palabras a veces suenan muy bien, pero sucede a menudo que no tienen por dónde andar, con lo que sólo les queda ir de paseo o quedar como jeroglíficos en papeles que a nadie le importan. Esperemos, pues, esperemos... y no nos comamos la ensalada que nos tratan de vender con tantas sonrisas, que ya saben dónde puede terminar, y sonreír es demasiado fácil. ¿Algo más que decir? Pues supongo que sí: ¡Salud! 

domingo, 16 de enero de 2011

La del sábado: Chick Corea - "Spain"

Me disculparán que llegue tarde y sirva el menú del sábado un domingo, pero ayer no he tenido cuándo ni cómo caerme por aquí. Y sin embargo todavía insistiré en traer a sonar algo por estos lares, con tardanza y todo, por el simple hecho de que puedo darme el lujo de hacerlo si quiero. Además, estoy seguro de que los más escépticos también me perdonarán luego de oír lo que me he traído a sonar por aquí el día de hoy: estoy hablando nada más ni nada menos que de Spain, ese tema emblemático de Chick Corea que, en sus miles de versiones (clásicas, acústicas, eléctricas...) siempre consigue despegar hacia las alturas más altas de ese tipo de jazz tan único que ha cultivado y cosechado su autor, y que no es otra cosa que poesía licuada y traducida en pentagrama. Hace no mucho fue grabada, también, por el dúo Michael Camilo - Tomatito, en una versión de piano y guitarra fulminante y genial (un sábado de éstos me los traeré a sonar por aquí, lo prometo). Pero para esta ocasión he preferido quedarme con una versión en vivo, interpretada por Corea en persona y con la dulce compañía de su Electric Band, que siempre sabe poner las notas donde deben estar. En fin, que las palabras sobran: mejor echar a correr la música y dejarse abrazar por la resaca, ese cruel y maternal demonio. Que lo disfruten.


viernes, 14 de enero de 2011

Luis Hernández: la melodía del silencio


He de reconocer que quizá el título esté incompleto; tal vez debí poner "la dulce melodía del silencio", para quitarle ese tono post-sartreano a las palabras. Porque no hay que confundirse: la poesía de Luis Hernández no es la de algunos de sus mayores. Eielson, Blanca Varela y Carlos Germán Belli han escrito con talento y maestría acerca de la soledad humana, del lento latir de la muerte en nuestros corazones, de los rostros vacíos en las calles llenas de flores; Washington Delgado y Juan Gonzalo Rose, por su lado, hicieron de la poesía un grito o un llamado, levantaron la voz buscando otras voces además de un eco y trataron de anunciar, mediante versos, la venida de nuevos tiempos. Pero, como les decía, nada de eso es Lucho Hernández, autor de algunos de los versos más memorables de la poesía peruana, y aún de la del mundo mundial. 
Creo que de nadie puede decirse con tanta justicia como de Lucho Hernández que ha encarnado el espíritu romántico. Más allá de la soledad, de la locura, de la homosexualidad o de su muerte (ocurrida, también, muy al estilo romántico: se suicidó saltando desde un tren de la línea San Martín, en Buenos Aires, en los tiempos en que se trataba de un problema mental en Santos Lugares); más allá de todo esto, decía, están sus versos, muchos de los cuales son, realmente, deudores de la mejor pluma de Shelley, de Leopardi, de Schiller y de Keats. O, en todo caso, hablo de una poesía que merece, definitivamente, ser llamada "fresca": es un verdadero manantial, un jardín, un paseo por la playa... es, ya lo digo, verdadera poesía, muy cuidada en cuanto a la estética, y a menudo tierna, sugerente o (y esto es raro entre poetas) alegre.
No he de despedirme, pues, antes de invocar algunos de sus versos a flotar y fluir por estos ámbitos. A todos los que piensen que no se puede vivir sin poesía, yo les aseguro que, después de leer a Luis Hernández, tampoco podrán vivir sin sus versos. Ahí les dejo un poema, para los que estén interesados. Ahora sí puedo despedirme. 

Poema a un suicida en la piscina
No mueras más
Oye una sinfonía para banda
Volverás a amarte cuando escuches
Diez trombones
Con su añil claridad
Entre la noche
No mueras
Entreteje con su añil claridad
Por lo que Dios más ame
Sal de las aguas
Sécate
Contémplate en el espejo
En el cual te ahogabas
Quédate en el tercer planeta
Tan sólo conocido
Por tener unos seres bellísimos
Que emiten sonidos con el cuello
Esa unión entre el cuerpo
Y los ensueños
Y con máquinas ingenuas
Que se llevan a los labios
O acarician con las manos
Arte purísimo
Llamado música
No mueras más
Con su añil claridad. 

lunes, 10 de enero de 2011

Un cineasta llamado Marco Ferreri


A veces, y quizá no tan a veces, me pregunto si realmente no vivimos en mitad de una epidemia saramaguesca de ceguera generalizada. Porque a lo mejor nos engañamos, y los ojos nos sirven para mucho menos de lo que solemos creer, y nos hacen falta un par de gafas. Y si se preguntan de dónde me viene esta súbita preocupación oftalmológica por la humanidad, pues la respuesta es muy sencilla: hoy me ha venido una pregunta a la cabeza, y no me la puedo quitar. Después de todo, ¿qué demonios ha pasado con la gente, que no parece recordar ni por casualidad el nombre de Marco Ferreri?
Aunque la verdad es que tampoco hay que ser injustos de más: el canon del Gran Cinema Italiano está muy bien, y guarda un lugar para muchos que, ciertamente, se lo tienen bien merecido: Visconti, Rossellini, Fellini, Pasolini o Antonioni (la terminación en "ni" la tiene bien cubierta el canon, digamos), entre tantos otros, son un referente continuo en muchos círculos, y sus nombres encuentran eco aún entre muchos de los que no han visto una sola de sus películas. Bien, vale. Pero tampoco podemos dejar de lado ese otro nombre al que, pese a todo, el eco no parece serle del todo justo. 
Marco Ferreri, señores: Marco Ferreri. Decir que fue uno de los más grandes cineastas italianos es decir demasiado poco, casi es no decir nada en absoluto. Hablo de un sujeto que es perfectamente capaz de blandir el sable y prestar una buena táctica, defensiva u ofensiva, en cualquier mar y en todos los géneros habidos y por haber. Por sus películas desfilan estilos, "ismos" y acentos que, puestos juntos, a lo mejor y tendrían que dar por resultado un monstruo inofensivo; pero no sucede así con las películas que hizo Marco Ferreri: surrealismo y simbolismo, lo real y lo fantástico, lo grotesco y lo sublime, la parodia y el melodrama: todo parece encontrar un lugar preciso, como en un extraño e insospechable rompecabezas cuyas piezas, por separado, parecen pertenecer a cajas distintas, pero que puestas juntas generan algo nuevo, maravilloso y único. 
Los que hayan visto algo de Ferreri me dirán, llegado a este punto, que exagero, y que de hecho Ferreri tuvo muchísimas influencias de otros cineastas. Y, digo yo, la pura verdad es que las mejores originalidades siempre han sido las que dan una vuelta más a la tuerca que echaron a rodar hace mucho otros grandes. Sé que se lo ha relacionado muchas veces con Buñuel, pero me gustaría arriesgar otros nombres (aunque, ya lo digo, esto es interpretación propia): Pasolini, Bergman, Fellini. Y hasta tendería otro puente, mucho más arriesgado, aunque no gratuito, con otro genio de las pantallas: Kubrick. Pero, como ya decía, todo aquí adquiere un nuevo rostro, hecho a la medida del ojo de un cineasta que, verdaderamente, merece el adjetivo de "original" (¿me repito demasiado?). Al que no me crea, pues que eche un vistazo a Ciao Maschio (que cuenta con geniales actuaciones de Marcello Mastroianni, Gerdard Depardieu y una fabulosa -y suculenta-  Gail Lawrence, que aquí nos demuestra que es mucho más que una actriz porno) o La grande bouffe (donde también aparece Mastroianni, esta vez acompañado por otros pesos pesados como Ugo Tognazzi), dos películas que, definitivamente, tuvieron mucho que ver en mi forma de ver cine. Copa en alto, pues, y a no quedarse dormidos, que no somos camarones para andar perdiéndonos de cosas tan impresionantes (otro adjetivo que cae como en dedal). Hablando de Saramago, he de admitir que hubiera sido impresionante ver lo que Ferreri (o Pasolini, también) hubiera hecho con una novela como Ensayo sobre la ceguera. ¿O no? Les dejo una escena de La grande bouffe, mientras lo piensan un poco. Bon appetit!

sábado, 8 de enero de 2011

La del sábado: Elmore James - "It hurts me too"

Una clásica consecuencia de andar de vacaciones es que los días empiezan a confundirse y a pasarse, perdiedo de paso el nombre en el camino. Recién hace un rato reparé en que hoy es sábado; y, siendo tal el día, pues toca echar a rodar la del sábado, como para no perder el ritmo (la semana pasada quedó en silencio, es verdad, pero bueno, estaba fuera de la ciudad, así que imposible). Pero no sólo eso, sino que además es la primera canción que echamos a rodar en el año, así que he elegido una muy, pero que muy especial: nada más ni nada menos que It hurts me too, que es un blues de los más blues que se han grabado alguna vez. Una buena elección, además, para una noche que huele y sabe como a blues, creo yo (aunque vivir en Barranco, la verdad, es como nadar en un blues, forzoso es reconocerlo). Elegida la canción, restaba elegir al intérprete; y lo digo porque este tema en particular ha sido grabado montones de veces, y por voces y guitarras tan geniales y distintas como lo pueden ser Keb' Mo', Eric Clapton, Chuck Berry, Hound Dog Taylor y The Animals, entre tantos otros; y, por supuesto, por Tampa Red, que fue el primero en llevar esta canción, anónima como buen "standard", a una sala de grabaciones. Pero yo elegí otra, nada más ni nada menos que la de Elmore James, el Rey de la Guitarra Slide, que fue de paso el primero en meterle un cambio por ahí a la letra. En fin, que dejo sonando este pedazo de poesía en estado líquido y me despido, que ya cayó el telón sobre las aceras y es hora de salir a ver qué ofrece el menú de las calles.


viernes, 7 de enero de 2011

La pelea del año: Arguedas vs. Machu Picchu


La afición está sentada al borde de sus butacas, mordiéndose la lengua y clavando las uñas sobre el cemento: aquí se ha declarado un duelo a muerte. Ah, no; perdón: olvidaba que es el público el que declaró que estos otros dos se encontraran en la arena cara a cara (y aquí termina Chicho Sánchez Ferlosio) para luchar por una causa frívola. Porque ya ha sonado mucho este asunto: la polémica que han levantado algunos, indignados de que el 2011 haya sido nombrado el "año de Machu Picchu" en lugar de dar ese espacio a José María Arguedas, quien precisamente estaba celebrando su centenario. Ha sonado mucho, decía, pero la verdad es que, para variar, hay más ruido que nueces (y las ardillas están que se joden del hambre, ¿no?), y a la gente le gusta tanto irse de trincheras que a lo mejor y hasta se olvidan de preguntarse si realmente sobran los motivos.
Porque hay que reconocerlo, y decirlo con todas sus letras: ¿a quién carajo podía sorprenderle que el gobierno de nuestro país, que empieza a adolecer de un nacionalismo patológico y ridículo, tomara semejante decisión? La verdad es que me sorprendería que alguno levantara la mano. ¿O no? Porque también hay que reconocer que hay quienes se toman este asunto muy a pecho, gente a la que de verdad le duele ver que a su país le importa más hacer de vedette en el mercado internacional que recordar uno de los nombres más importantes de su canon cultural, y que además cometen el peor de los pecados, que es el de candidez, y se imaginan de paso que por algún motivo su país no va a defraudarlos, o por lo menos no en ESO. 
Bien, bien... de acuerdo, que yo tampoco estoy muy de acuerdo con este nacionalismo de cabaret. Pero la verdad es que tampoco me llevo la mano al pecho por cosas como estas, aunque reconozca el acierto de muchas de sus quejas: el nombramiento de Machu Picchu es el triunfo de la frivolidad, del interés comercial, del chulismo nacionalista y, de paso, de PromPerú. No me cuesta nada imaginar a algún idiota (obviamente del gobierno) al que se le ocurra relacionar, de alguna forma grotesca y surreal, los orígenes de Machu Picchu con los del pisco y el ceviche. Pachacútec tomándose un mosto verde mientras se come un tiradito de lenguado y metiéndose unas líneas con Túpac Yupanqui con el Huayna Picchu de fondo: portada de calendario para vender a los extranjeros. Y bueno, hay quienes se ofenden. 
Del otro lado, tenemos al buen viejo Arguedas, el tan genial autor de monumentos literarios como Los ríos profundos y, de paso, símbolo de una lucha por rescatar el legado cultural de las lenguas quechuas y aymaras. Arguedas, el crítico que, así como escribió algo tan íntimamente duro como El zorro de arriba y el zorro de abajo, bien pudiera haber dicho, parafraseando a José Antonio Primo de Rivera (que, pese a ser falangista, tuvo sus luces y su estilo) que si amaba al Perú era precisamente porque no le gustaba. Arguedas el místico, el misterioso hombre en el que convivían dos sensibilidades muy distintas en amorosa tensión. Pero también Arguedas el que no vende, o el que no vende nada si se lo compara con Machu Picchu. 
Supongo que se hace notar que desprecio el espíritu nacionalista que empuja al gobierno a nombrar el 2011 el año de Machu Picchu como admiro a Arguedas, a su obra y a su legado. Pero, también, espero poder hacer notar otra cosa, y es que estos nombramientos no son, al final, nada más que eso: nombramientos. No cuestiono que Arguedas merece más de un reconocimiento, homenaje y monumento, pero en todo caso sé que tampoco los necesita. Su obra le basta y le sobra, y sobre todo como para no tener que preocuparse por frivolidades como esta que, por algún motivo, a tanta gente parece dolerle tanto. El calendario será muy bonito, pero el mármol es mármol, y también es hermoso.

jueves, 6 de enero de 2011

Entre "Eros" y "Porné": el neblinoso límite de los géneros


Bien, bien... supongo que he atrasado esta publicación demasiado tiempo; y, en vistas a que he recibido una solicitud de que la haga aparecer de una vez vía correo electrónico, pues aquí la tienen: esta es la conferencia (o charla, o lo que quieran llamarle) que dí a fines del año pasado en la Facultad de Ciencias Sociales de la PUCP, titulada Entre "Eros" y "Porné": el neblinoso límite de los géneros. Lo único que debo advertir es que, en vistas al medio en que estoy haciendo la publicación, tan diferente a un aula en la que cuento con un proyector, he realizado algunas adaptaciones mínimas para dar más continuidad al texto. Pero no hay de qué preocuparse, porque los contenidos son los mismos: sólo he cambiado algunas formas (por ejemplo, por el hecho de que aquí no tengo cómo poner la escena de Calígula que puse como parte de mi charla) y he quitado algunos ejemplos gráficos que, en ese momento, pasé mediante un Power Point. Lo demás, está aquí, íntegro y sin censuras. Para quien lo disfrute, ahí va:

"Hoy, voy a dar vueltas en torno a un viejo problema, del que tengo por seguro que más de uno de los presentes habrá tenido que escuchar alguna vez, y es el de los consabidos géneros que implican, de alguna forma, cuerpos desnudos, sexo explícito o implícito y todo ese tipo de cuestiones relativas a lo sexual: obviamente, me refiero al erotismo y a la pornografía. Géneros que, dicho sea de paso, parecen ser opuestos para casi todo el mundo: mientras uno es “artístico”, se dicen, el otro es “vulgar”, “simplón” o “innoble”; mientras el primero busca expresiones de gran calidad estética o profundidad simbólica, al segundo le basta cualquier excusa, por más tonta que sea, para ponernos uno o dos penes y unas cuantas tetas (mientras más, mejor) al frente. Mi intención es la de dar una vuelta de tuerca a todo este rollo y, de una vez por todas, tratar de poner un nuevo orden a las ideas que nos formamos de todo lo que implican estas cosas.
            Y, para empezar con pie derecho esta charla, me gustaría aclarar un asunto. Podría hablar en términos de “erotismo” y “pornografía”, pero prefiero no hacerlo. En su lugar, voy a hablar de “lo erótico” y “lo pornográfico”. Que ni es lo mismo ni es igual, como pretendo demostrar en unos instantes. Antes, sin embargo, y para que no parezca que me salgo de la línea, dejaré en claro que, si “erotismo” y “pornografía” son los géneros, luego decir “lo erótico” y “lo pornográfico” es hablar de lo relativo a estos géneros.
            La pregunta que subyace a todo este rollo es bastante notoria: ¿qué es un género? Pero, para poder contestarla de la mejor manera posible, antes me gustaría pasar revista a algunos aspectos implicados. Bien, puesto todo esto sobre la mesa, paso a lo que quedó pendiente: las etimologías.
            ¿Qué significan las palabras “erótico” y “pornográfico”? La primera es más obvia: “Eros” es la palabra griega para el amor. Pero no cualquier amor, sino el Amor (con A mayúscula). Eros era, para los antiguos, una figura mitológica, divina. Los romanos le pusieron por nombre “Cupido”, y hay una larga tradición literaria que lo llama, sencillamente, Amor (Tirso de Molina en El burlador de Sevilla, por ejemplo). Lo cual es importante, porque en ese sentido “lo erótico” (o, si prefieren, “lo relativo a Amor”) compromete, sí, lo sensual y aún lo sexual, pero en un ámbito elevado, noble, hasta espiritual.
            La otra palabrita, en cambio, es arena de otro costal. “Porné” quiere decir, en griego, “prostituta”. Así, “lo pornográfico” vendría a ser, en su “espíritu” etimológico, “lo relativo a las prostitutas” o “a la prostitución”. Creo que queda más que claro que, una vez más, esto compromete lo sexual, pero en una forma muy distinta: vulgar, bajo, carnal.
            Si seguimos esta línea, llegaremos a una idea según la cual el ser humano se divide en dos partes. Una idea que de hecho ha sido expuesta por numerosos críticos, con Bajtin a la cabeza, y es la que reconoce una sección “superior” de una “inferior” del individuo. A la superior, la esfera “elevada” del ser, pertenece todo aquello que es racional, espiritual o, si quieren una palabra un poco más vieja, etéreo. Tanto lo estético como lo intelectual pertenecen a este ámbito del individuo. Del otro lado, a la sección inferior, la “baja”, pertenece todo aquello que sea relativo a lo carnal o corporal en su sentido más grotesco, por así decirlo: lo que se derive de lo genital, lo digestivo, lo fecal… Anatómicamente, el cuerpo se divide en dos partes: la cabeza (por lo menos de los ojos para arriba) y el resto del cuerpo, de la nariz y la boca hasta los pies. Separación que carga con un sentido geográfico, dicho sea de paso: la cabeza apunta (y por ende sirve de “puente”) hacia el cielo, a lo limpio y alto, mientras el resto del cuerpo desciende hasta el suelo, el polvo, la suciedad. O el infierno, podría agregarse.
            En este sentido, lo erótico y lo pornográfico tienen la función de excitar cada uno a su ámbito. En ese sentido, lo erótico vendría a ser una suerte de masturbación espiritual, tanto como lo pornográfico implica una masturbación corporal (literalmente). Cada uno de estos géneros tiene, pues, un objetivo que cumplir, sólo que uno es asumido como positivo o “noble” y el otro como negativo o “vulgar”, “sucio”. Lo que no significa otra cosa que esto: que cada una de estas formas tiene implicaciones y consecuencias prácticas.
            Claro que esta forma de definir los géneros es un poco tonta. Si estamos de acuerdo con ella, entonces reconocemos que las obras eróticas sirven para elevarnos intelectual o espiritualmente (si todavía podemos creer que tenemos algo parecido a un espíritu) y que el porno sirve para que pasemos un buen rato a solas, como quien dice, “haciendo manualidades”. El problema es que no nos dice nada acerca de qué demonios es una obra erótica y qué una pornográfica: así nos diga qué hacer con cada una de ellas, eso de poco nos sirve si no podemos reconocerlas.
            El gran problema de esta teoría de la interpretación (porque decir que una determinada obra tiene tales o cuales efectos sobre un espectador significa que éste la está interpretando) es que asume que el agente tiene un rol hermenéutico pasivo frente al objeto interpretado. Dicho en cristiano, que al espectador no le queda de otra que dejarse penetrar por la obra que está viendo, porque ella se define a sí misma. Pero esto es ridículo. El autor de cada obra, ciertamente, elige una serie de elementos para darle forma, pero esto no es más que la mitad del proceso. Una fotografía, una película o un texto no son nada más que un objeto físico si no hay alguien para interpretarlos. Y cada interpretación puede ser muy, pero muy distinta de las demás.
            Voy a proponer un ejemplo para hacer esto un poco menos confuso. Lo que voy a proponer a continuación es un breve análisis de la película que quizá haya causado más polémica en torno a los géneros en toda la historia del cine. Que es lo que se puede esperar cuando la productora de un director de cine erótico es una conocida industria pornográfica. Se trata de la película Calígula, dirigida por Tinto Brass y producida nada más ni nada menos que por Penthouse, la competencia de Playboy.
La pregunta clave ahora es: ¿por qué elegí esta película? Tan cargada de… ¿Pornografía? ¿Erotismo? No me cabe la menor duda de lo que todos los que la han visto estarán pensando: que se trata de porno y punto. ¡Y qué porno! Y eso es, precisamente, lo que me llevó a escoger esta película en particular. Calígula es una película que generó polémica desde antes de su estreno. Cuando Gore Vidal, el guionista (si alguno de ustedes ha leído alguna de sus novelas se dará cuenta de que es un nombre de peso) vio el resultado final de lo que él había escrito, pidió que su nombre fuera retirado de los créditos. Malcolm McDowell, al que seguro recuerdan por su papel en La naranja mecánica, tampoco estuvo muy contento. Ni el director, Tinto Brass (¡y eso que ha hecho otras películas bien subidas de tono!). Es decir: Penthouse había hecho de una película que fue concebida como una cruda reflexión sobre el poder y la condición humana una cinta porno; o, en todo caso, lo que los espectadores reconocerían como tal.
Y aquí hay una idea que yo creo que es fundamental. Si ven la película completa, notarán que la mayor parte de la película, que está llena de escenas de sexo, tiene un contenido que definitivamente va mucho más allá del clásico “sexo por el sexo” de la pornografía más descarada. Y sin embargo un amplio sector del público pensó, efectivamente, que se trataba de una cinta pornográfica.
Voy a tratar de ser un poco más claro. Les voy a contar una anécdota. La primera vez que yo vi esta película fue en casa de un amigo. Un día con un grupo de amigos le dijimos para verla, y él la puso. Sólo que el desgraciado adelantaba casi todas las escenas, y sólo dejaba las de sexo explícito. Nosotros, obviamente, nos quejamos, pero no hizo caso. Ahí fue que nos enteramos de que él jamás había visto la película completa. Y bueno, ya se imaginarán para qué le interesaba la película, ¿no? En fin, que como se negaba a prestarla, pues fui y me la compré. He visto Calígula muchísimas veces, y no sólo creo que es una gran película, de las mejores que he visto, sino que la considero una obra maestra del erotismo. Desde mi interpretación de la totalidad de la película, las escenas de sexo, por más explícitas o “pornográficas” que sean, van de la mano con un guión formidable y, así, pasan a ser una parte esencial del contenido, casi como un símbolo de lo que está diciendo la película: la corrupción del hombre por el poder, la voluntad como una sed de dominación y eso que el mismo Gore Vidal ha plasmado en otras de sus obras, que “el sexo es poder”, o una forma de dominación. Además, el caos de cuerpos revueltos que son las orgías en esta película, lo grotesco de las escenas sexuales, no hace otra cosa que jugar a favor de este tipo de lecturas: todo se sale de control, todo es sucio, la vida no es otra cosa que una lucha por el placer basado en la dominación… y así, en un larguísimo etcétera.
Tenemos, pues, dos interpretaciones distintas: una dice que Calígula es un porno; la otra, que es una cinta erótica. ¿Cuál es la correcta? Yo creo que ambas.
A ver, volvamos a lo que decíamos sobre la teoría de la interpretación. Antes hablábamos de una forma de entender la hermenéutica según la cual es el objeto interpretado el que se define por sí mismo, el que da sentido a sus propios contenidos, le guste o no al espectador. Y dije, también, que considero que esta es una forma incorrecta de entender la interpretación. Vale. ¿Entonces de qué se trata?
Esta teoría ha sido defendida, en la historia del pensamiento, sobre todo hasta inicios del siglo XX. Pero las cosas cambiaron mucho cuando hizo Heidegger apareció en el horizonte. Heidegger, de hecho, fue el primero en plantear que la interpretación (que, para él, es la interpretación que el ente que “es” hace de su propia condición de existente) recae tanto en las manos del propio agente interpretante como de aquello que conforma el mundo que lo rodea o, como él prefiere llamarlo, “mundo circundante”, donde se encuentran, entre tantas cosas, los “otros”. Pero la verdadera cima de la corriente hermenéutica fundada por Heidegger va a llegar con uno de sus alumnos, el genial Hans-Georg Gadamer.
 Repasemos: para la hermenéutica romántica, uno debe situarse dentro del contexto y los elementos del objeto interpretado para poder comprender, libres del peso de cualquier juicio previo, lo que ese objeto es por sí mismo. Pero Gadamer, con algo de lucidez, y sin muchas ganas de morder la almohada, dio vuelta a esta idea. Para él, plantear una fórmula de interpretación tan limpia es sencillamente imposible, porque uno no puede, por más que se esmere, abstraerse de esa forma del contexto (histórico, cultural, epistémico, biográfico o lo que quieran) en el que está metido. En otras palabras, que el agente, con todo lo que carga consigo, tiene un rol capital en la interpretación. En otras palabras, que no podemos evadirnos a nosotros mismos.
Pero ojo: esto no significa que “el hombre sea la medida de todas las cosas”, como decía Protágoras. La interpretación no es olvidarnos de nosotros mismos para dejar al objeto gritar sus verdades, pero tampoco se trata de amordazarlo para arrancar las conclusiones que se nos vengan en gana. Lo que propone la tradición hermenéutica de Gadamer, como la de Davidson, es más bien una suerte de diálogo entre el interpretante y lo interpretado, sin dejar de lado los contextos. Así, y como decía el mismo Gadamer, comprender algo es, necesariamente, comprender-se en ese algo. Y comprender es una forma de interpretar.
            ¿Qué delimita, entonces, el género erótico del pornográfico? Y, por ende, ¿qué demonios es un género? Creo que lo primero que tendríamos que hacer es romper un poco la idea de los límites. Siguiendo lo dicho hasta ahora, creo que puedo afirmar que los límites de un género no están delimitados por sí mismos: el género es, precisamente, una generalización, una categoría mental que nos permite organizar nuestras interpretaciones acerca de los objetos. Estoy de acuerdo con Gadamer en que estas interpretaciones tienen dependen tanto del objeto interpretado como del agente que lo interpreta. Y un género es resultado, precisamente, de una interpretación.
            Para ejemplificar un poco lo que digo, voy a citar un ejemplo propuesto por Borges. En una conferencia sobre literatura policial, Borges plantea que un género no es tanto una literatura como un lector. Borges, en este texto, nos pide que imaginemos a un lector particular, uno de ficciones policiales al que le dicen que el Quijote es una novela policial. Obviamente, tenemos que imaginar también que este lector hipotético no sabe nada sobre el Quijote, ni mucho menos ha oído hablar de Cervantes. Para él, el Quijote es un libro que podría haber sido escrito ayer mismo. Bien, el lector empieza a leer el Quijote y lo que se encuentra es esto. Cito lo que, según Borges, sería esta lectura: “En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un hidalgo… y ya ese lector está lleno de sospechas, porque el lector de novelas policiales es un lector que lee con incredulidad, con suspicacias, con una suspicacia especial.
            Por ejemplo, si lee: En un lugar de la Mancha…, desde luego supone que aquello no sucedió en la Mancha. Luego… de cuyo nombre no quiero acordarme… ¿por qué no quiso acordarse Cervantes? Porque sin duda Cervantes era el asesino”. Lo que está proponiendo Borges es, a grandes rasgos, muy similar a la teoría de Gadamer (lo que es curioso, porque no parece que se hayan leído nunca). En fin, que lo que se propone es precisamente un diálogo entre el lector y el texto, entre el agente hermenéutico y el objeto interpretado. Lo que me interesa hacer notar sobre este ejemplo es que lo que determina el género (en este caso del Quijote) no es el texto mismo, sino la forma en que es leído. Y la palabra “es leído” implica que hay, necesariamente, un texto y un lector. Hablamos, entonces, de una apertura del género, ya que lo que se sigue de este “diálogo” o interacción es que hay, efectivamente, más de una lectura o interpretación posible y válida. Una tesis pluralista.
            Ahora volvamos a Calígula y a la historia que les conté. Aquí también hay dos interpretaciones diferentes: película pornográfica o erótica. ¿Con cuál nos quedamos? Pues sucede lo mismo que con el ejemplo del Quijote que nos propone Borges: si la apreciamos estéticamente, interpretando lo relativo al sexo como un símbolo o lo que sea, entonces pertenece al género erótico. Pero si hacemos como mi amigo y la utilizamos con otros fines (todo el mundo sabe de a lo que me refiero), entonces se trata de una cinta pornográfica, o por lo menos de una cinta con escenas pornográficas.
            Esto nos devuelve a una idea anterior: no la de lo “elevado” y lo “bajo”, sino la de las consecuencias de una interpretación, tanto en el nivel de lo práctico como en el de las creencias. La hermenéutica, necesariamente, se traduce en estas formas. Podríamos pensar, si no, en el director porno Andrew Blake: mientras unos resaltan la estética, las luces y simetrías que utiliza en sus películas, llegando a llamarlas “cine erótico”, y llamándolo a él "el Helmut Newton del porno", otros sólo están interesados en apuñalarse un poco el bajo vientre mientras las ven. Es decir, que una vez que nos formamos una idea de lo que es “erótico” y lo que es “pornográfico” generamos una creencia, y nuestras actitudes frente a los objetos que nos parece que podemos catalogar como pertenecientes a uno u otro género, dependerán de estas creencias.
            No digo que el patrón de comportamiento “masturbación – deleite estético” sea el que determine el género. Digo que éste, si va a ser determinado, tiene que serlo en base al tipo de lectura que hacemos del objeto interpretado. En este sentido, Eros puede ser una prostituta y Porné una diosa. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, lo que importa es que disfrutemos, cada cual a su manera, de estas obras maravillosas que hacen de la sexualidad y la sensualidad humanas su personaje principal, por suerte para todos nosotros. Muchas gracias."

miércoles, 5 de enero de 2011

"Yabo Torbo" según Achorock


Me acaban de confirmar (vía e-mail de Santi Guillén) que ya está volando a territorio peruano mi disco de Yabo Torbo, así que pronto podré hacer lo que corresponde: sentarme en mi habitación, bien armado con una botella de cerveza o whiskie y un paquete de cigarrillos a escuchármelo de arriba abajo, de pie y de cabeza. Después, les prometo una reseña; pero, por lo pronto, copio por aquí otra reseña del mismo disco, recién aparecida en el blog "Achorock". Sólo he escuchado dos canciones de la banda, pero por lo menos hasta donde he llegado firmo lo que ha sido escrito; y, de paso, me alimentan las ganas (y la maldita ansiedad) de que el disco en cuestión llegue a mi puerta. Ahí les dejo la nota en cuestión: 

"Murcia es una ciudad con una oferta musical amplísima. Una ciudad donde (desde siempre hasta hace relativamente poco), reinaban el rock y el blues sobre los demás estilos; y que ahora tiende amigablemente la mano también al indie y al gafapastismo más pasmoso. Pero etiquetas a parte, la verdad es que hay mucho donde perderse en cuanto a estilos musicales y bandas. Bandas que a veces nos dan gratas sorpresas, ya sea por su calidad o por su originalidad, o por las dos cosas juntas, como es el caso que hoy nos ocupa.
Yabo Torbo es un dúo de Rock que nos presenta un primer álbum lleno de canciones de calidad y que no tiene desperdicio alguno. El disco nos invita desde el primer momento de escucha a entrar en el mundo de locura e imaginación de un grupo original donde los haya y a darnos un paseo imaginario por la cabeza del vocalista-guitarrista Santi Guillén y del batería-percusionista David Gómez; únicos componentes de la banda.
Para comenzar, aclararé que este es un disco que hay que escuchar con la mente bien abierta, sin prejuicios, y olvidando un poco lo que hemos aprendido antes. Digo esto porque quizá lo que escuchéis no tenga mucho que ver con el típico grupo de Rock al uso que todos conocemos. Pero no nos equivoquemos: aquí lo que prima son las buenas guitarras y las buenas melodías. Que nadie piense en un álbum de pseudo-Rock ultramoderno lleno de loops y sintetizadores, porque los tiros no van por ahí. Es Rock, al fin y al cabo, que da un pasito adelante, pero sin olvidar los orígenes clásicos. De hecho, hay un aspecto del disco que es completamente básico y que yo diría que mira hacia el Rock más primigenio y directo, y es el hecho de que todos los temas vayan a guitarra, batería y voz, sin demasiados artificios añadidos ni florituras innecesarias. Es justo mencionar que casi no se echa en falta un bajo, otra guitarra u otros instrumentos. Han sabido ingeniárselas para que una guitarra y una batería den para mucho.
Nos encontramos ante una obra conceptual, ya que todos los temas giran en torno al tema común que es el resumen de distintas vivencias, historias, lugares y momentos de los últimos tres años de la vida de sus protagonistas. La verdad es que la cohesión entre los distintos cortes está más que conseguida no sólo en cuanto a temática, sino que musicalmente este disco también tiene esa sensación de unidad que debe tener toda Ópera-Rock. La manera de estructurar los temas también ayuda a crear ese ambiente de unión, ya que la colección de canciones se presenta con un prólogo llamado “La locura viene a cenar”, una especie de introducción con cierto aire western al principio, y concluye con el correspondiente epílogo “Entre la guerra y la locura”, un corte que sirve como despedida del álbum.
La verdad es que en el disco hay variedad y canciones para casi todos los gustos. En cuanto a las letras, son ingeniosas y muy personales, dado el tinte autobiográfico de toda la obra. La mayoría de los temas tienen algún tipo de introducción que nos hace mantener la atención en el concepto general del álbum, sin olvidarnos de lo importante de verdad: las canciones; y aquí hay de todo: temas más melancólicos y lentos, como “Subimos a un tejado a llorar”, “Querida Rutina”, con la colaboración del omnipresente Carlos Vudú haciendo una gran interpretación en las voces, o “Mi desván”, en la que Pedro A. Teruel (guitarra del Clan Jukebox de Carlos Vudú) hace un trabajo sobresaliente con su pedal steel. Hay algunos cortes que pueden parecer un tanto extraños en principio, como el epílogo que cierra el disco, o “Leviathan”, que es una preciosa interpretación hablada en francés por Estrella Talavera; pero repito,  no nos olvidemos que esto es un álbum conceptual, y hay temas que, sin llegar a entrar en la definición “normal” de canción, nos sirven para mantener la atención y la cabeza dentro del concepto que quieren transmitir los autores  del disco. También existe alguna canción que me trae un aire cercano a Coldplay, como por ejemplo “Hoy viviremos”. Los temas más marchosos y alegres del disco los encontramos en “Las niñas juegan a irse de compras” o “Funk #6”. Especial atención merece el tema que abre el álbum tras el prólogo: “Me dispongo a morir”. Una composición que recuerda por momentos al grupo Fuzz y que es de lo mejor que he oído en mucho tiempo.
Escuchando el disco me vienen a la cabeza personajes como Matthew Bellamy, Jack White o incluso Pink Floyd en algunos momentos atmosféricos. Al primero quizá me recuerdan no tanto musicalmente como en cuanto a concepto, porque no son sólo un puñado de buenas canciones bien tocadas, sino que esta obra te invita a disfrutarla desde dentro y explorar cada rincón de ella, y eso es algo que también ocurre con los discos de Muse. Digamos que es un disco que no sólo tienes que saber escuchar, sino también saber entender, (dada su condición de álbum conceptual). El segundo personaje aparece por la evidente coincidencia de formar parte también  de un dúo guitarra-voz y batería como son The White Stripes. Por esta razón aquí si que podrían aparecer aspectos musicales cercanos entre unos y otros.
El dúo se concibe no solamente como un grupo de música. Me explico,  la parte musical es tan sólo un modo de expresión (el más importante), de una obra más completa en la que entran otros campos como las artes plásticas y visuales. Prueba de ello es el libreto del disco, cuyas ilustraciones ha realizado el cantante, y que también forman parte del concepto y ayudan a adentrarse en el universo de Yabo Torbo.
Quizá haya a quien igual el álbum no le entre a la primera. Mi consejo es: dadle una oportunidad y escuchadlo un par de veces más. Y si podéis, cuando se presenten en directo, acercáos a verles. Seguro que merece la pena y no os dejan indiferentes. Las grandes obras a veces necesitan varias escuchas para captar su grandeza y esta es una de ellas.
Esta gente es un claro ejemplo de que en Murcia hay gente joven haciendo música original y con calidad de sobra. Estaremos atentos para ver lo que es capaz de ofrecernos este dúo en el futuro."

Hasta aquí las palabras ajenas. Las propias tendrán que esperar, ya se los dije, pero no por mucho. Entretanto, que el público español (que es el que tiene acceso al disco, después de todo) ande con los ojos (y los oídos) bien abiertos, que aquí hay algo bueno.

martes, 4 de enero de 2011

Las aventuras de Tintín


¿Cómo olvidar al reportero del peinado gracioso que, acompañado por un equipo impensable (un capitán alcohólico, un genio sordo y un perrito blanco) resuelve algunos de los casos más difíciles, enfrentando situaciones imposibles y personajes peligrosísimos? Tengan por seguro que cuando Hergé se sentó a escribir la primera tira de Las aventuras de Tintín no estaba haciendo poca cosa: al menos para mí, se trata de uno de los héroes más importantes de mi juventud, y pocas cosas he disfrutado tanto como leer sus diferentes historias (y, luego, verlas en la televisión, cuando las pasaron a dibujos animados). Oigan, ¿es que acaso soy el único que ha crecido pensando que el Capitán Haddock es un ídolo y un ejemplo a seguir? ¿Ya nos entendemos?
Pero no hablemos sólo de juventud, porque nos va a crear una falsa idea. La pura verdad es que, para leer este tipo de historias, no hay edad límite: hace poco, de hecho, estuve releyendo algunas de las aventuras de Tintín (que hacía muchos años no tenía en mis manos), y las he disfrutado con toda la alegría de un niño. Todavía puede cortárseme la respiración ante el peligro inminente, como puedo reír a carcajadas con las torpezas de Hernández y Fernández, las maldiciones de Haddock o los malentendidos del Profesor Tornasol. Y no veo por qué dejar de hacerlo: ya que hay que envejecer, bien podría hacerlo leyendo Las aventuras de Tintín
Por todo esto, que no es todo, quería darme un momento para recordar a estos personajes, estas historias, estas lecturas. Yo le estaré agradecido por toda mi vida a Hergé. E insisto en que sé muy bien que no soy el único. 

lunes, 3 de enero de 2011

Sartre: léase con cuidado


Creo recordar que el 2010 (que en paz descanse) lo arrancamos con una breve nota sobre Hermann Hesse. Este año que recién empieza a batir las alas, no me ha costado mucho decidirme por otro genio, uno de esos que tengo más en alto de mi altar de divinidades paganas, y que comparte con el autor de El lobo estepario esa extraña capacidad de meterse en sus lectores y cambiarles la vida completa, con la única diferencia de que, si Hesse entra con delicada violencia, éste es especialista en pintar obras maestras a tajazos: nada más ni nada menos que Jean-Paul Sartre, señores. 
La obra de Sartre es, creo yo, el mejor ejemplo de lo que significa la lectura masoquista. Todo el que haya atravesado esos corredores silenciosos, los salones vacíos donde retumba el eco de los propios pasos y la propia respiración, lo sabe bien. Hablo de uno de los escritores más devastadores de la historia de la literatura; y lo peor de todo es que, cuando terminamos de leer, le quedamos absolutamente agradecidos. La forma en que concibió la articulación de los personajes (que responde a lo que expuso en su obra filosófica, y que está en deuda con el Dasein de Heidegger) fue algo que, hasta donde sé, no se había llevado a cabo en terrenos literarios, y convierte la lectura en algo parecido a una ronda jugando a la ruleta rusa, con lo que al pobre lector no le queda de otra que volarse la tapa de los sesos. Y sigue agradeciendo, dicho sea de paso.
Cabe decir que, a mi parecer, ésa fue la clave de la literatura existencialista: la forma en que se articula el personaje y, por ende, la situación sin la cual no puede ser comprendido. El existencialismo, al menos en su vertiente literaria, no significa lanzar preguntas sobre el sentido de la vida y hacer del Absurdo un jardín de juegos sádicos: todo esto, por sí mismo, no basta, sino que tiene que estar enlazado a lo otro. Que, en Sartre, no sólo funciona, sino que además se basa en una genial y compleja arquitectura, que se traduce como una realidad que se vuelve insufrible por su seco realismo. Ahí, ténganlo por seguro, no van a encontrar piedad, sino un verdadero estudio hecho novela. 
Pienso, sobre todo, en La náusea, esa obra maestra que en su momento despertó los instintos suicidas de tanto lector incauto, y que me significó una de las crisis más fuertes de las que guardo memoria. Pero no es todo: los cuentos reunidos en El muro, las magistrales obras de teatro (Muertos sin sepultura me ha provocado más de un insomnio), su admirable autobiografía que lleva por título Las palabras... y, por supuesto, sus difíciles pero geniales obras filosóficas. Sin olvidar sus artículos sobre sociedad, arte y literatura, reunidos bajo el nombre de Situations
Hoy por hoy, cada vez son menos los lectores que se interesan por Sartre, y hay quienes pretenden que ya está como para echarlo al baúl del olvido (Harold Bloom, por ejemplo). Yo no sé cuáles son sus motivos: cuestión de gustos, de nervios o de lo que sea. Lo que sí que puedo decir es que Sartre es una mina que todavía no se ha explotado ni al veinte por ciento, y que un autor capaz de generar lo que provocan las obras de Sartre no puede ser pasado por alto bajo ningún concepto. No será lo mejor para dormir tranquilo, pero hay muchas otras cosas que ganar allí. Ciertamente, yo levanto mi copa mil veces si es necesario. Salud, pues, por Sartre.

En la foto, el genial Sartre con un look que deja bien en claro lo que ya todos sabíamos: que se trata de un tipo duro, aunque use anteojos.
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